Todos sueñan con el magnicidio. Y es la reacción natural y lógica. Cada año, 19 equipos de Primera División señalan en rojo dos fechas; las de los partidos de ida y vuelta con el Real Madrid, sus particulares finalísimas del Mundial. Podríamos hacer dos excepciones. En el caso de Sevilla y Betis, su enfrentamiento local es el que sin duda marca toda la temporada. Para ambos, el del Madrid es ‘solo’ el segundo partido que aguardan con más ganas.
Después de más de 20 años siendo socio y abonado del Madrid me he hartado de escuchar a otros aficionados incidir en que, si el rival de turno se aplicara con la misma intensidad durante el resto de la temporada, no pasaría apuros para mantener la categoría, clasificarse para competición europea o incluso ganar títulos. Y no creo que los madridistas nos debamos quejar de ser el indiscutible y perenne rival a batir para el resto. De hecho, es una condición que apuntala la simpar grandeza del club, una deferencia tácita que desmiente buena parte del relato. Para la inmensa mayoría de nuestros contrincantes en España, Europa y el mundo, jugar contra el Madrid es su propia final de la Champions. Para el catorce veces campeón de Europa, en cambio, su única final de la Champions es la verdadera final de la Champions.
Incluso en la era dorada del Barcelona, con Messi en su plenitud y Guardiola en el banquillo, el rival más deseado por todos siempre fue el Madrid. Un buen número de entrenadores (también de equipos punteros como el Sevilla) preferían reservar a sus titulares contra los azulgranas, conscientes de su inferioridad, pero también de que los más habituales se resignarían a no disputar ese partido, siempre que sí jugaran contra el Real Madrid, contra el que nunca he visto rotaciones de este tipo. Ni siquiera contando con rentas amplísimas de puntos en la punta de la tabla o con marcas históricas en cuanto a goles anotados. Para nuestros dos grandes rivales en España, ganar a su némesis incluso ha salvado temporadas. Aún sonrío cuando un culé agita el 0-4 de la temporada pasada como gran logro, recordando el desenlace de las grandes competiciones.
Para la inmensa mayoría de nuestros contrincantes, jugar contra el Madrid es su propia final de la Champions. Para el catorce veces campeón de Europa, en cambio, su única final de la Champions es la verdadera final de la Champions
Tiene sentido que todos los jugadores, especialmente los de los equipos más modestos, busquen lucirse contra el Madrid. Saben que los focos están puestos por una vez sobre ellos y que una actuación destacada puede cambiar su carrera. Además, siempre está la obsesión con matar al rey, con triunfar ante el mejor de los mejores, aunque solo sea una vez. También justifico que se incremente la intensidad, e incluso en que se traspasen los límites del reglamento y se llegue a la violencia. El problema ahí es de aquellos que tienen que impartir justicia y no lo hacen. En los países que hay más acceso a las armas hay más heridos y muertos por armas de fuego. Y en los partidos en los que se permite el juego duro, muchas más entradas violentas y agresiones. Casualmente, la tolerancia con aquellos que no respetan las reglas es mucho más frecuente contra cierto equipo que va de blanco y lleva un escudo redondito en el pecho. Es otra de esas coincidencias tan difíciles de explicar como los fríos datos de tarjetas y penaltis a favor y en contra en las últimas décadas. Entiendo que todo forma parte, una vez más, del peso de la corona y el cetro, y lo opulento del trono en el que se sentaba y se sienta el Real Madrid.
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Buenos días, amigos. Los Globe Soccer Awards han premiado al Real Madrid en todas las categorías imaginables. Ha habido premio a Florentino Pérez por ser el mejor presidente, a JAS por el ser el mejor vicelíder en la sombra, a Juni Calafat por fichar divinamente, a Ancelotti por entrenar como los ángeles (como angelotes de Murillo, tal vez), a Benzema por jugar mejor que nadie con un dedo roto (y con todos los dedos sanos también) y no sabemos cuántos más. Seguro que nos olvidamos de alguno.
Los premios gustan más aún en contraste con la excentricidad de los que se otorgó Roures hace bien poco en la Gala del Balón de Oro, ya sabéis: ManCity mejor equipo del año pasado (a despecho del equipo que lo eliminó para unir el logro de la Champions al de la Liga española) y Gavi Premio Kopa al mejor joven mayor de quince años que aún no se ata las botas. Estos otros premios tienen una mayor naturalidad que aquellos, no ponen bombas al sentido común, aunque alguna excentricidad hemos observado también en esta ocasión, como se verá también.
Marca otorga la mayor parte de la portada a Ansu Fati, que jugó muy bien en el amistoso de la Selección Previamente Conocida como España ante Jordania (¿era Jordania?), pero reserva un buen espacio a los Globe Soccer para enumerar los premios madridistas arriba consignados. Únicamente echamos de menos el premio a Chendo como mejor delegado del balompié europeo y a La Galerna como el mejor portal futbolero del multiverso. Es por ello que podríamos levantamos (y nos levantamos) con la vena del cuello hinchada reclamando a Mendes lo que es nuestro. Pero no nos vamos a quejar. Son premios eminentemente madridistas porque la realidad es madridista. Lo normal.
Con todo, no son ajenos estos galardones a ciertos apuntes de excentricidad. Sergio Ramos fue nombrado mejor defensa de todos los tiempos, lo que (con todo el amor que tenemos a Sergio) nos parece mucho decir, y su representante y hermano, el inefable René, mejor representante de la galaxia. Son como es sabido premios que otorga en la sombra Mendes, representante de representantes, por lo que la primera noticia es que no se lo haya dado a sí mismo, como tiene por costumbre. Ahora bien, si no te das el premio a ti por lo menos dáselo a alguien con más fundamento, digamos.
El resto de periódicos del día pasan por encima de los Awards. En el caso de la prensa cataculé era esperable, por razones obvias, pero que As ignore el tema sin una mención portadil es más de extrañar.
No nos importa porque la portada del día viene en realidad del Levante español. Es la portada del día porque, puesta en relación con nuestro portanálisis de ayer, nos permite descubrir una tendencia.
¿Recordáis de qué manera Mundo Deportivo nos revelaba ayer la castidad de De Jong, que al parecer se mantiene puro hasta en la ducha?
Pues bien. Tras esta chocante revelación de la jornada previa, hoy nos llega, gracias a Superdeporte, un scoop que nos pone sobre la pista de lo que puede ser una epidemia de castidad.
Gayá tampoco. ¿Cómo os quedáis? Vaya por delante que cualquier tendencia (a)sexual nos parece respetable mientras no haga mal a nadie, pero no terminamos de asombrarnos ante esta ola de neoconservadurismo. ¿Os parece que exageramos al llamarlo “ola”? Hemos estado buceando en la hemeroteca y podemos hablar, sin temor a errar, de una verdadera epidemia de castidad. El asunto es impactante.
Es tremendo, amigos. ¿Nadie se toca ya en estos tiempos? Sí, este es un país libre y quien quiera permanecer puro está en su perfecto derecho, aunque imaginamos que al tratarse de varones jóvenes, en algunos casos aún en plena explosión hormonal, les costará no poco perseverar en la abstinencia.
El que lo respetemos no implica que debamos privarnos de manifestar algún estupor. Todos los que se han revelado como espíritus puros pertenecen a clubes intrínsecamente antimadridistas. Son por tanto chicos que sufren mucho habitualmente, y ante ese padecimiento es una verdadera lástima que no aprovechen la gratuita producción de endorfinas asociada al noble hábito del tocamiento propio. La Catorce, por ejemplo, la habrían llevado mucho mejor tocándose.
Nosotros (nos disculparéis) nos tocamos sin remilgos —casa uno para sí— ante la lluvia de premios madridistas de ayer, y os deseamos un buen día de amor, ajeno y propio, el primero para quien pueda y el segundo para quien quiera.
Nos toca irnos. Adiós.
Una de las primeras imágenes que recuerdo de Vinicius en España fue hace cuatro años, en un duelo de filiales contra el equipo del Frente Atlético. Su capitán, Tachi —hoy sin equipo tras un oscuro periplo en segunda—, no encontró mejor forma de parar al brasileño que pegarle un mordisco en plena cabeza. Desde entonces, Vinicius ha venido sufriendo una violencia en los terrenos de juego que de un tiempo a esta parte se ha ampliado a redes sociales y medios de comunicación. Vinicius y, por añadidura, el Real Madrid.
Contra el Mallorca, Vini fue objeto todo tipo de tarascadas. Maffeo, que ya el año pasado a punto estuvo de lesionarle, y Raíllo, capitán mallorquinista, disfrutaban en redes sociales atacando al brasileño de no se sabe muy bien qué. En los enfrentamientos con Rayo Vallecano y Cádiz, más de lo mismo. Y aquí, como protagonistas, dos jugadores con —casualidad— pasado atlético: el cadista, con el mismo estilista capilar que Maffeo, y el vallecano, con apellido de animal —Camello, para más señas—, vomitaban su odio antimadridista en Twitter e Instagram.
Como puede apreciarse, suelen ser jugadores de medio pelo quienes buscan que alguien les conozca a base de dar hachazos en el terreno de juego y de decir tonterías fuera de él. Son muertos de hambre que nunca llegarán a nada en el mundo del fútbol y que necesitan del barro para que les hagan caso. Cada vez que alguien juega contra el Madrid, sale el animal de turno para repartir estopa y ladrar después en redes, que todo va unido últimamente. Y una buena parte del periodismo deportivo ha comprado esa mercancía averiada a sabiendas, poniéndole además altavoces.
Los futbolistas antimadridistas suelen ser jugadores de medio pelo que buscan que alguien les conozca a base de dar hachazos en el terreno de juego y de decir tonterías fuera de él
Vini debe aprender a contar hasta diez. O diez mil si hace falta. ¿Injusto? A todas luces. Pero es un hecho que cada vez que salte al césped le van a buscar las vueltas, empleando violencia y juego sucio. Y que como ya le han colgado el sambenito de provocador, esas acciones serán poco menos que justificadas. Por muchos. Es fácil desde la comodidad del sofá pedir cabeza fría a quien acaba con las espinilleras gastadas cada partido, y encima tiene que leer después auténticos exabruptos. Pero no le queda otra. Es el precio que ha de pagar quien es infinitamente mejor que sus agresores —físicos y verbales— y quien será recordado como un excelente jugador importunado por gañanes. El club a nivel institucional no debe permitir que los malos ganen la batalla de un relato falaz. Y nosotros tampoco.
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Si existe un deporte poliédrico, capaz de combinar enormes dosis de comedia, drama, épica, patetismo, suspense y terror, ese es el fútbol. Cada hincha crea un relato acerca de su equipo y los rivales en el que encaja las desventuras que sufren jornada a jornada. Al echar la vista atrás, la temporada suele poseer un carácter tragicómico, con etapas de distinta índole y múltiples matices, que además ha de enmarcarse en la identidad que cada uno atribuía previamente a sus colores. Ante esto, y en espera del ansiado retorno del fútbol de clubes, abruptamente interrumpido por un cuestionado Mundial, en La Galerna proponemos el siguiente juego: identificar la esencia narrativa de los tres principales clubes españoles con ejemplos de películas de cada uno de los géneros principales. Somos conscientes de la dificultad subjetiva que supone el reto, mas siempre fuimos echaos palante. Comenzamos con la comedia dramática, denominación que parece contradictoria en sí misma. Aunque quizá sea, precisamente por esto, la más realista a la hora de describir la vida. La nuestra, la de nuestro equipo y la de sus adversarios.
«Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos. (…) Elige pudrirte de miedo cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida… Pero, ¿por qué iba a querer yo elegir algo así? Yo elegí no elegir la vida: yo elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. Quién necesita razones cuando tienes heroína».
Basta el monólogo inicial del film de Danny Boyle, extraído del conocido texto de Irvine Welsh, para condensar en un puñado de frases la retórica exclusivista en la que la afición del Atleti encuentra el mayor confort. Empleo deliberadamente el término “exclusivista”, y conviene ahondar en este punto para desterrar equívocos. Desde hace años una corriente exacerba artificialmente la identificación rojiblanca con lo obrero, sobre todo en la parte de su hinchada más románticamente izquierdista. ¡Quiá! En mi opinión, se trata de algo totalmente discutible. Los obreros reales no constituyen esa clase estéticamente pura tantas veces idealizada por según qué vanguardias. Los obreros reales escuchan pop y reggaetón, quieren progresar en la vida antes que revolcarse en el fetichismo y, horresco referens, la mayor parte de las veces son del Madrid.
Los obreros reales no constituyen esa clase estéticamente pura tantas veces idealizada por según qué vanguardias
Sin embargo, la afición del Atleti se autodefine como especial, recalcando específica y altivamente su oposición al “camino fácil”. La naturaleza colchonera conllevaría en puridad, entonces, un punto de hipsterismo, de algún modo similar al que se atribuyen los protagonistas de Trainspotting. Por si fuera poco, las críticas de Renton a la rutina consumista y al calor del establo nietzscheano resuenan a cierto eco atlético dirigido contra ese enemigo, nebuloso e indefinido, que ellos voluntariosamente identifican con el madridismo; que la comparación no sea justa ni cierta no impide que la perciban así. Y existe otro nexo, menos obvio, entre la cinta y el Atlético. Se trata del leitmotiv de la droga: antes de la llegada de Simeone, la categoría de sustancia que te hace sufrir y no puedes dejar constituía un estereotipo del que los propios aficionados se enorgullecían, para alivio de los publicistas sin ideas.
En última instancia, es probable que considerar Trainspotting una comedia, aun con el apelativo atenuante de dramática, suponga sobredimensionar las escenas de sorna e ironía salpicadas a lo largo de la cinta para lograr encajarla en ese género. Pero concédasenos un ejercicio de piedad: al fin y al cabo, nadie dijo que ser del Atleti fuese sencillo. Que se lo pregunten a los abonados al Metropolitano este año.
«Finalmente nuestros sueños se hacen realidad».
Difícilmente encontraríamos una metáfora mejor para el Barcelona de hace una década, pues la comparativa se sostiene en todos los ámbitos. El éxito en taquilla y el elogio prácticamente unánime de la crítica se corresponderían con el metal atesorado en la sala de trofeos y la admiración conseguida en todo el planeta. La escenografía primorosa —que, como el poeta, a punto está de morir de pura delicadeza— valdría como alegoría de su juego, de propósitos tan preciosistas como eficaces. La sutil banda sonora incidiría en este apartado, y su carácter pegadizo redundaría en la nueva condición del Barcelona como club generador de simpatías. Por último, el reparto estelar con Ryan Gosling y Emma Stone equivaldría a la sucesión de cracks más o menos recientes que han pasado por el conjunto azulgrana, desde Ronaldinho hasta Messi.
Francamente, uno no sabe si el culé es más feliz cuando gana o cuando puede quejarse de los árbitros: quizá por eso a veces combina ambas circunstancias de manera vergonzante
Por otro lado, la analogía permite lecturas menos superficiales y amables. La película describe el abordaje a los sueños y cómo perseguirlos hasta alcanzarlos, del mismo modo que el barcelonismo anheló los triunfos y la gloria durante décadas en las que permanecía ajeno a estas suertes. El protagonista, Sebastian, posee unas firmes convicciones acerca del jazz, género musical al que pretende no ya honrar sino incluso salvar. Este ánimo redentor evoca la estirpe de los hijos de la filosofía cruyffista, cuyo respeto reverencial a la Idea se convierte en puro talibanismo; uno escucha la efervescencia entusiasta e inflexible de Gosling y enseguida recuerda a Xavi Hernández, un hombre a un discurso pegado. Asimismo, el film tiene un deje melancólico que permanece incluso al relatar el éxito: todos notamos una punzada con la sonrisa que Mia dedica a Seb cuando, ya casada con otro, piensa en su amor de juventud perdido, en lo que pudo ser y no fue. El culé, sobre todo el hincha clásico, no renuncia a ese punto de melancolía en el que refugiarse en las derrotas —últimamente muy frecuentes, y, para los jóvenes malcriados en la confortable cuna meneada del guardiolato, aún más dolorosas—, y acaso alguno aún lo arrastra también en las victorias, como sin querer rechazar del todo el prestigio moral que el vencido conserva. Ese impulso voraz de ansiar una cosa y la contraria, resuelto en La la land con una toma de partido un tanto frágil —¿quién de la pareja es más feliz, al final?—, interpela a muchos aficionados azulgranas. Francamente, uno no sabe si el culé es más feliz cuando gana o cuando puede quejarse de los árbitros: quizá por eso a veces combina ambas circunstancias de manera vergonzante. Una frivolidad muy propia del carácter veleidoso y contradictorio de la ciudad de las estrellas.
«Ya sabes, vivo como Robinson Crusoe, náufrago entre 8 millones de personas. Entonces, vi una huella en la arena y allí estabas. Es maravilloso, cena para dos».
Hablábamos antes de aficiones que hacen gala de su hipsterismo, y frente a esa perspectiva se erige el Madrid. Incapaz de moldear un relato común que unifique mínimamente a su hinchada, como si el blanco de su uniforme representase un lienzo dispuesto a recibir las motivaciones particulares de cada cual, se convierte en el equipo más llano y acogedor. Podría parecer paradójico al observar la sala de trofeos, pero no hay club menos elitista. Cualquiera puede ser del Madrid, característica señalada con displicencia por parte de algunos de sus enemigos, más satisfechos de su condición de tribu cerrada con valores compartidos. Dicho de otro modo y que se dé por aludido quien lo desee: al Madrid todos lo pueden entender.
De ahí que su esencia se ajuste a la película de Billy Wilder. El protagonista, Baxter, se trata de un modesto trabajador de una compañía de seguros de Manhattan. Solitario, taciturno y soltero, trabaja mucho y gana poco. Con el afán de progresar, pelotea a sus jefes prestándoles su humilde piso para sus citas amorosas. Hasta que uno de ellos pretende llevar a la señorita Kubelik, ascensorista por la que Baxter bebe los vientos, situación que pondrá a prueba su integridad y sus contradicciones. La trama, sencillísima, coloca el foco en un arquetipo muy explotado en la cultura estadounidense: la escondida grandeza del hombre corriente, aquel que jamás tuvo alardes ni lo pretendió. Como en Las uvas de la ira, como en Qué bello es vivir, se pone a prueba la capacidad del don nadie en una encrucijada imprevista. Sin destripar más detalles, confío en que a estas alturas a nadie le quepa duda de que el pobre diablo Baxter es madridista.
Dicho de otro modo y que se dé por aludido quien lo desee: al Madrid todos lo pueden entender
Contemplada de un modo más global, y evitando subrayar su evidente categoría de clásico imperecedero en blanco y negro para establecer el símil facilón con la época de Di Stefano, la cinta posee otros rasgos homologables al Real Madrid. Por ejemplo, el carácter de fábula con afable moraleja, que incide en la ingenuidad del planteamiento, con el que se consigue empatizar sin esfuerzo —ya se sabe que uno se hace del Madrid por inercia, porque nunca juega a nada—. O la necesidad de un refugio victorioso para tantas almas humildes pisoteadas por la presión de lo que se espera de ellos. Y sobre todo ese final, que desprende un feliz aroma de minuto noventa merengue, pero permanece lo suficientemente abierto como para dejar intriga hacia lo que está por venir. Como le ocurre al Madrid tras ganar un título: no hay descanso que valga porque enseguida se piensa en el siguiente.
Invitamos a los lectores a que completen estos esbozos, continúen el debate en las redes sociales o a que propongan sus propias opciones, de este género o de otros. Por lo menos hasta que vuelvan la liga y la Champions, y podamos regresar a lo importante.
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Buenos días, amigos. Sí, nosotros también tenemos alguna dificultad para procesar el título del portanálisis de hoy. Pero no por una cuestión de concepto, sino prepositiva. Muchas “des” ahí. “La castidad de De de de Jong” y tal. ¿No podría considerarse que, en la eventualidad de hablar de un neerlandés, la primera parte de su apellido sirviera al mismo tiempo de primera parte de apellido y de preposición?
LA CASTIDAD DE JONG
Y todos tan contentos.
Como estamos, no obstante, casi seguros de que la RAE nos afearía esta medida, pues esos señores siempre están por el rigor aun en caso de manifiesta cacofonía, nos hemos abstenido de lanzarnos al vacío.
LA CASTIDAD DE FRENKIE DE JONG, podíamos haber titulado, sorteando el mal efecto vía inclusión del nombre de pila. Pero queda demasiado largo, ¿no?
A estas alturas, es posible que ya os andéis preguntando si no es hora de ir al meollo del asunto. Nos parece una duda razonable. Pero es que parecemos tartamudos. “La castidad de-de Jong”. Aclaramos que no tenemos nada en contra del muy respetable gremio de los tartamudos. No pretendemos ofenderles con este sencillo comentario. Tampoco pretendemos ofender en el portanálisis de hoy a aquellas personas que pertenezcan al colectivo de asexuales o simplemente de personas no interesadas en la búsqueda del placer sexual. La renuncia a los placeres de la carne, incluso al subapartado de los placeres solitarios, nos parece una opción tan digna de respeto como cualquier otra, por más que de primeras produzca alguna perplejidad.
Apuntando que la opción produce alguna perplejidad no pretendemos ofender al colectivos de los castos, al cual, por lo que dice en portada Mundo Deportivo, parece pertenecer Frenkie De Jong.
No, amigos. Frenkie no se toca. Nos parece (nunca insistiremos suficientemente en ello) profundamente respetable. De hecho, no podemos decir que nos extrañe si nos dejamos guiar por ese rostro angelical que parece denotar no solo que Frenkie ama a Laura pero esperará hasta el matrimonio, sino que se abstendrá incluso de aliviarse manualmente cuando la concupiscencia apriete. Según Mundo Deportivo, Frenkie observa el cumplimiento del sexto mandamiento en toda su extensión.
Nos parece bien, ya decimos, si bien nos permitiremos sugerir al por lo demás excelente centrocampista que la retención de determinados fluidos corporales durante más tiempo del estrictamente necesario puede causar tensiones pélvicas innecesarias, carraspera y sabañones en invierno, todo ello según médicos muy reputados aunque profundamente madridistas.
En cualquier caso, respeto ante todo. Hay que admirar a quienes apuestan por ir contracorriente, y no cabe duda de que quienes perseveran en la pureza pueden ser catalogados como tales. Ayer mismo (os lo juramos) “tocarse” era tendencia en twitter, no sabemos exactamente por qué. Tenemos pruebas de ello.
Y, sin embargo, De Jong, con el ademán impávido de un monje cisterciense, permanece alejado de la tentación, y sin necesidad de que nadie le ate las manos a la espalda como ya ha empezado a hacer Asensio para no cometer penalti. Nos cuentan que Frenkie es un acérrimo seguidor de Radio Futura, y no podemos sino alabarle el gusto.
Lo dicho: es una opción como otra cualquiera, y si bien estamos enteramente a favor de la libertad de prensa no entendemos porque el diario del conde de Godó, grande de España, considera imprescindible mantenernos al tanto de estos pormenores, tan personales.
De hecho, y según nos cuenta Sport, Lewandowski ha sentido hoy un prurito de vergüenza al ver en el quiosco la portada del otro diario barcelonés. No parece tener interés el polaco por la (no) vida venérea de su compañero. De ahí que le dé corte este engorroso asunto. “Vergüenza”. Lo entendemos.
Lewandowski sí que se toca, aunque sólo en la zona de las napias. No baja del ombligo. Su autoimpuesta restricción no le rinde cuentas, no obstante, por cuanto le han metido un palo de tres partidos. Intulerapla. Si le meten tres partidos a Lewandowski por tocarse las napias, ¿cuánto le meterían a De Jong por tocarse más abajo? Visto así, se entienden sus reticencias onanistas.
Os dejamos con el resto de portadas. Pasad un buen día, entregados en cuerpo y alma a la abstinencia sexual o a todo lo contrario. Si optáis por la segunda opción, celebrad el que Madre Natura nos haya dado la opción de derramar en tierra sin necesidad de ayuda externa. Diógenes lo dejó claro cuando le recriminaron que se tocara en plena calle. “Tocándome sacio mi apetito carnal. Ojalá pudiera saciar mi hambre palpándome el estómago”.
A cuenta de los incidentes del reciente Osasuna-Barcelona, el Comité de Competición ha sancionado a dos jugadores del Barça, a uno en vida y al otro allá donde esté.
A Lewandowski le han caído tres partidos por hacer un gesto despectivo (“usted esnifa”, “usted toma decisiones que apestan”, “a usted le huelen los pies”, qué más da) al colegiado, el mismo al que Piqué —el sancionado póstumo— insultó gravemente al término del choque. Se cagó en su puta madre, en la puta (siempre según Geri) madre del trencilla, así, literalmente, cuestión por la que se anuncia que le caen cuatro partidos. Cuatro partidos que Piqué se lleva al otro mundo. Uno más que Lewandowski, el vivo. Queda aritméticamente demostrado que un partido de fútbol puede ser cuestión de vida o muerte.
El polaco vivo cumplirá su condena (tres partidos de Liga en los que confío que su equipo le eche mucho de menos), pero el polaco fenecido no, por cuanto lo está (fenecido, metafóricamente, claro). Piqué se ha retirado, por lo que no pueden aplicársele sanciones. Quedan así sus cuatro partidos de sanción en el ámbito de lo simbólico, como los cuatro polvos que pensaba descerrajar aquel famoso empresario al que la Viagra le obró antes de tiempo y solo por vía cardiovascular. Que te sancionen después de (metafóricamente) muerto no tiene más que ventajas. Un encofrador levantino porfió en cometer cuantas sanciones de tráfico le dieran tiempo en 24 horas, solo para convertirlas en simbólicas vía su posterior suicidio. Una multa que llega en su sobre a la casa de un muerto es como una cuenta de Twitter que sigue ahí cuando el titular ya pasó al otro barrio, como su nombre formando aún parte de la lista de contactos en tu móvil. No lo quieres borrar pero no pasaría nada por hacerlo, como esas putamadreadas con las que Geri quiso despedirse del fútbol porque por qué no, por irse con un gesto a la altura de lo que ha sido, porque el insultar (como el saber) nunca ha ocupado lugar para él. Piqué no se ha ido al más allá pero sí lo suficientemente lejos como para que las multas no le alcancen. ¿Quién no firmaría un corazón que aún late pero ya no se acelera ante la perspectiva del poder coercitivo de los municipales o de la RFEF?
A cuenta de los incidentes del reciente Osasuna-Barcelona, el Comité de Competición ha sancionado a dos jugadores del Barça, a uno en vida y al otro allá donde esté
Para Rubi ha tenido que ser un alivio el que la sanción a su socio sólo pueda tener un carácter cosmético. Habría sido muy incómodo tener que meter la mano en el mismo bolsillo que otrora le llenó, o privarle de jugar partidos destinados a dejar al Barça en el lugar que ambos necesitaban para el negoci marchara. Al negoci tampoco llegan las sanciones. Que podría ser, eh. “Como usted se ha retirado, los cuatro partidos de sanción se canjearán por cuatro Supercopas arábigas sin facturar”. Pero no.
El período activo de un futbolista es el comienzo y el fin de su tiempo para merecer y desmerecer, pero también para purgar sus culpas. No así para recibir homenajes que suelen prodigarse al que fue por lo grande que fue. En el caso de Geri hasta eso se pone difícil, porque Geri solo fue grande en un ámbito muy concreto, que es el estrictamente futbolístico. No está mal, si se piensa. Poca gente reina en varios ámbitos, y los grandes futbolistas no tienen por qué ser también personas decentes. Hoy, por ejemplo, se ha sabido que Piqué, además de cagarse en las putas madres de los árbitros (putas siempre según Piqué), inyectó muchos millones de dólares en su FC Andorra tras cobrarlos de sus chanchullos con Rubi, que es justamente la persona que rige la competición en la cual juega su FC Andorra. Parece chungo, pero es natural. A la muerte le sucede exactamente lo mismo.
Eso sí, mucho nos tenemos (ay) que la faceta de businessman de Piqué no se rige por las mismas leyes que la otra, y que una eventual jubilación en ese apartado no supondrá, en cambio, la extinción de la obligatoriedad de cumplir con las sanciones que se le impongan. Lo que pasa es que tendrán que esperar, que estas cosas se cocinan en el palco del Bernabéu y por allí, hasta bien entrado el mes de enero, no aparecerá ni el proverbial Tato.
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El pasado miércoles 9 de noviembre, el seleccionador Didier Deschamps dio a conocer la lista de convocados de Francia para el Mundial. Entre los 25 convocados no se encontraba Ferland Mendy, el único extranjero madridista (Kroos está retirado de la mannschaft; Alaba y Lunin no se clasificaron) con opciones de ir que no estará en Qatar.
Hubo gente que se sorprendió de su ausencia pero, aunque tenía alguna opción de ir, se ha impuesto la lógica porque no es un habitual bleu.
Deschamps lleva en el cargo desde 2012 y fue el técnico que hizo debutar al lateral izquierdo en la selección. Mendy todavía era jugador del Olympique de Lyon cuando en un amistoso frente a Uruguay en 2018 se puso por primera vez la elástica del equipo nacional. Desde entonces, solo en ocho encuentros más (un amistoso, dos de fase de clasificación para la Euro’20 y seis de la Nations League) ha jugado Mendy con Francia. Ocho en justo cuatro años. Parece claro que Mendy no es de la guardia pretoriana de Deschamps en defensa y es que hay otros cuatro laterales izquierdos que son más del gusto del seleccionador galo: Lucas Hernández, Theo Hernández, Lucas Digne y Benjamin Mendy.
El otro Mendy, Benjamin, hace tiempo que dejó de ir por razones obvias debido a las acusaciones de violación que le apartaron del fútbol. Los hermanos Hernández, son los dos futbolistas que pueden ocupar esa demarcación que estarán en el Mundial y Digne era hasta hace unos meses el segundo lateral para Deschamps que lo convocó para la Eurocopa 2020 y antes para otras citas de importancia.
Hubo gente que se sorprendió de su ausencia pero, aunque tenía alguna opción de ir, se ha impuesto la lógica porque no es un habitual bleu
En lo que se refiere al aspecto futbolístico intentaremos buscar explicación a las razones que llevan a Deschamps a elegir a otros jugadores en esa posición antes que a Ferland Mendy.
Lucas Hernández fue el lateral izquierdo titular en el Mundial 2018 que ganó Francia. Con el paso de las temporadas se instaló tanto en el Bayern como en la selección en la posición de central. Sin embargo, en una reciente entrevista Deschamps declaró que iba a volver a ser lateral y sería el titular en el Mundial de Qatar. Con Lucas, el técnico se garantiza a un jugador más defensivo que ofensivo, que cierra bien su banda, es fuerte en el uno contra y uno y un valladar en el juego aéreo. Por tanto, en ese aspecto cubre varios apartados en los que Mendy es un titán.
Theo Hernández es un recién llegado a la selección francesa con la que debutó en septiembre de 2021. Su incorporación a los bleu se basó principalmente en que Deschamps cambió el sistema de juego y comenzó a poner una defensa con tres centrales y dos carrileros largos. En esa idea, Theo encajaba como un guante al no tener tantas obligaciones defensivas y permitirse subir al ataque con frecuencia con toda la banda para él. Ahora que ha confirmado que volverá a jugar con cuatro atrás, el pequeño de los Hernández partirá como suplente pero será una baza desde el banquillo si se requiere un lateral más ofensivo o si en algún momento concreto Deschamps vuelve a jugar con carrileros.
Por tanto, la labor que desempeña Mendy considera Deschamps que con Lucas está más que cubierta. Y el lateral izquierdo madridista no tiene entre sus aptitudes más potentes el juego ofensivo como le ocurre a Theo. Si al final un seleccionador busca dos perfiles para sus laterales, uno más de fortaleza y firmeza en defensa y otro con más poderío en ataque, ahí pueden estar los motivos de que Mendy vaya a ver el Mundial por televisión.
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Hace unos lustros, que un futbolista fuese o no a su selección era un refrendo casi necesario para asentar su estatus en el Madrid, no digamos ya si era español, que antes de la Ley Bosman eran la mayoría. A los madridistas nos hacía ilusión, a algunos incluso les llenaba de orgullo y satisfacción cual monarca en Nochebuena. Incluso su presencia o no en el equipo nacional era tema de enconado debate: que si Buyo está mejor que Zubizarreta, que juega con garrota y solo se deja caer hacia los lados, que si por qué narices Míchel no va a la selección, etc.
En cambio, ahora sucede lo contrario, al menos para una parte de los aficionados, entre los que me encuentro. Si un madridista titular no es convocado, muchos respiramos con alivio. En la actualidad, que un jugador del Madrid acuda con su combinado nacional es una faena. El número de partidos internacionales ha aumentado en la misma medida que ha decrecido la categoría y el interés de los mismos. Antes se jugaban un puñado de encuentros clasificatorios y la fase final de eurocopas y mundiales, más algún amistoso suelto de preparación. Ahora bajas a comprar y te encuentras un Bélgica-Luxemburgo en la sección de frescos del Carrefour.
Si un madridista titular no es convocado con su selección, muchos aficionados respiramos con alivio
La ausencia de Mendy en el Mundial ha generado controversia. Deschamps no ha convocado al lateral izquierdo madridista y hay quien no comprende la decisión del seleccionador francés. Con toda seguridad, al primero que le habría gustado ir es al propio Ferland. La alegría que produce la presencia en un mundial para un jugador es el único aspecto positivo que aprecio. Afortunadamente, su no presencia disminuye la probabilidad de que se lesione, de que lo lesionen o de que sufra algún problema de esos que se pueden padecer cuando uno viaja a un país donde no se respetan los derechos humanos, como es el caso de Catar.
Tampoco voy a analizar las causas que han motivado a Deschamps a dejarlo fuera del mundial, precisamente porque es Deschamps, un tipo que no convocó (afortunadamente) a Benzema durante años —más allá de que hubiese otro tipo de motivaciones— deja bien claro que sus decisiones no pueden juzgarse desde la lógica, y desde otros puntos de vista no me veo capaz de analizarlas.
Hay, sin embargo, situaciones en las cuales sí es positivo que convoquen a un madridista, por ejemplo cuando no es un titular indiscutible pero juega con asiduidad, ya que no está saturado de partidos y disputar encuentros con la selección puede ayudarle a coger ritmo de competición. También para los casos de futbolistas que participan en los partidos lo mismo que la foto de la primera comunión de la prima Angelita que está en la mesa de la tele (que está en la mesa de la tele la foto, no la prima Angelita, que ya tiene 48 años, pesa 75 kilos y desencolaría el mueble).
Este es el caso de Hazard, que no sabemos si hizo o no la primera comunión o tiene una prima Angelita, pero sí sabemos que no juega con el Madrid aunque esté en él. Y no juega porque no se encuentra en la forma necesaria para participar. De modo que actuar con su selección tiene la doble ventaja de que lo mete de lleno en la dinámica de los partidos y, con suerte, destaca y algún club quiere ficharlo.
Ahora muchos madridistas no necesitamos que nuestros jugadores titulares acudan a la selección para valorarlos o quererlos más. Por eso la presencia o no de Mendy con Francia no debe influir para su renovación con el Madrid, porque a dos años y medio del final de su contrato parece que se ha abierto ese melón.
Si fuese necesario renovarlo ahora, entiendo que sería una buena decisión hacerlo. Insisto, si hubiese necesidad, que a más de dos años de extinguirse la relación contractual no parece que la haya, pero vaya a usted a saber si me he perdido algo.
Si fuese necesario renovar a Mendy ahora, entiendo que sería una buena decisión hacerlo
Mendy no es el futbolista más estético que ha pisado la banda izquierda madridista, pero sí una maldita roca ígnea contra la que nadie quiere chocar. Las cualidades defensivas de Mendy —recordemos que es defensa— están fuera de toda duda. Es más, los que ven en el fútbol una tabla Excel dicen que cuando Mendy es de la partida el Madrid pierde menos. Dato nada despreciable si tenemos en cuenta de que lo que verdaderamente distingue al Madrid del resto es que gana más que nadie.
Sus detractores se escudan en lo tosco de su juego de ataque, en las accesos de inconsciencia que en ocasiones lo poseen cuando saca el balón controlado y lo llevan a asumir unos riesgos que han llenado las consultas de los cardiólogos de medio mundo. Sin embargo, creo que esos aspectos pulibles de sus juego no merman la valía de este futbolista.
Me erijo, sin autoridad alguna pero sí con entusiasmo, en representante de los defensores de Ferland y digo: queremos a Mendy y queremos que Mendy siga jugando en el Real Madrid mucho tiempo.
Getty Images.
Buenos días, amigos. Tras sobrevivir a un martes tedioso, comenzamos un miércoles que en lo relativo al madridismo se prevé tan ilusionante como depilarse las partes blandas con lava en un entorno hostil. Pero el principal cometido, aunque hay más, de esta sección es analizar las portadas de los cuatro principales diarios deportivos patrios. Vamos a ello.
Comenzamos por As. Vemos a Pablo Iglesias en la portada y desistimos al instante de seguir portanalizando. Optamos por el cometido número 33 del Portanálisis: proveer de recetas de repostería al lector de La Galerna.
Antes de entrar en harina, o en lácteos, es necesario preparar la base sobre la cual verteremos nuestro preparado cuando esté listo. Para ello necesitamos galletas María, azúcar a discreción y mantequilla. No me utilicen margarina ni porquerías por el estilo. Si tienen algún problema con los ingredientes, mejor que no hagan el postre.
Lo primero que hay que hacer es machacar las galletas con saña, como si se tratasen de Luis Suárez, de Alejo, de Fali o de cualquier otro ser vivo de este pelaje. La manera de hacerlo es indiferente, se pueden golpear con los puños, meter en una bolsa y pasarles un rodillo por encima, como por ejemplo hizo el Madrid al Bayern de Pep en Alemania o, y esta opción es la que recomendamos, añadir en un vaso de batidora las galletas troceadas, el azúcar y la mantequilla y batirlo como si no hubiera mañana. El resultado es un polvo terroso compacto como tierra húmeda al día siguiente de una tormenta, pero a la vez ha de desmoronarse como si fuese el mismísimo Camp Nou.
Esta mezcla de galletas, azúcar y mantequilla la extendemos en el fondo de un recipiente plano y no muy profundo (el clásico recipiente Pyrex de horno es idóneo) hasta formar una capa de aproximadamente un dedo humano de grosor.
Vamos con el meollo, que no Maíllo —que no es más que una fusión de Maffeo y Raíllo—, de la cuestión.
En un bol grande vertemos la leche, la nata, depositamos la Philadelphia, el azúcar y espolvoreamos la cuajada. Introducimos la batidora y batimos. Batimos mucho, pero con cuidado de que no salga desperdigadas gotas blancas por toda la cocina, no vaya a venir luego la prima de Monchi y nos regañe.
Cuando la mezcla es homogénea y sin grumos, la trasvasamos a una olla de capacidad suficiente para contenerla y la ponemos a fuego lento durante veinte minutos.
Ahora viene la parte tediosa de la receta, porque durante esos veinte minutos no hay que dejar de remover. Hay que trabajar para obtener el resultado apetecido, como hace el Madrid, sobre todo en eliminatorias Champions.
Durante el meneíto, hay que estar pendiente de que no se formen burbujas de magma volcánico en la gruesa mezcla, porque al explotar pueden saltarnos y quemarnos. Si aparecen, es necesario bajar aún más el fuego.
Tras los veinte minutos de calor, vertemos con cuidado el mejunje sobre la cama de galletas, azúcar y mantequilla. Dejamos reposar hasta que se atempere e introducimos, al menos una noche, en el frigorífico.
Al día siguiente la mezcla habrá cuajado y podremos cortarla en porciones que nos aportarán ricas calorías suficientes para escalar el Everest sin oxígeno y con una mano atada a la espada, no nos vayan a señalar penalti ahí arriba y la liamos.
Pasad buen día.
En estos tiempos de incertidumbre energética y de satanización del motor de combustión interna, hacerse con un coche nuevo cabalga entre la temeridad y el masoquismo, pero qué se le va a hacer. Consciente como soy de los precios de los combustibles, he optado por un vehículo de construcción estadounidense que no requiere de la combustión de hidrocarburos, sino que, merced a un dispositivo casi mágico, obtiene su energía de un dispositivo denominado de manera críptica condensador de fluzo. Lo has adivinado, querido lector. Tengo un DeLorean.
Haciéndole el rodaje, aún frustrado por no poder poner una cinta de Bordón 4 por haber sido el radiocasete sacrificado para albergar una pléyade de complejos sistemas, me percato de que el vehículo va como la seda. Sobrevira un poquito, eso sí, pero ¿qué tracción trasera no lo hace? Al tratarse de un vehículo norteamericano, el velocímetro está en millas, lo que me obliga a hacer un poco de cálculo mental, pero nada grave. Al zurrarle un poquito en la bajada de la cuesta de las Perdices en la A6, ocurrió algo curioso en extremo: en cuanto alcancé las 88 millas por hora, es decir, me puse a 140, algo cambió. Como por ensalmo, me vi transportado a una época diferente. Viajé en el tiempo. Era Madrid, sí, pero estaba distinto. Un vistazo a un diario As que vi tirado me informó de que se estaba elevando a los altares a Cañizares y que Hierro había marcado un golazo de cabeza importantísimo con la selección española en un enfrentamiento contra Dinamarca. Clemente de seleccionador, oigan. En el rotativo no hallé referencia alguna a croquetas ni vituperios contra Florentino Pérez. Un rápido vistazo a la contraportada me mostró la foto de una chica extraordinariamente bien proporcionada que lucía una vestimenta tan exigua como inútil.
Algo debió de cambiar en mi tránsito por el espacio tiempo, pues en esta época soy persona con una fama y prestigio tan injustificados como inmerecidos, pero me hallo invitado a un programa de variedades para sentarme en un sofá con titanes como Mel Gibson a mi diestra y Sabrina Salerno a mi siniestra, mientras la inefable Raffaella Carrá ejerce de manera magistral como anfitriona
Algo debió de cambiar en mi tránsito por el espacio tiempo, pues en esta época soy persona con una fama y prestigio tan injustificados como inmerecidos, pero me hallo invitado a un programa de variedades para sentarme en un sofá con titanes como Mel Gibson a mi diestra y Sabrina Salerno a mi siniestra, mientras la inefable Raffaella Carrá ejerce de manera magistral como anfitriona. Al parecer, mi celebridad se debía a que se me consideraba un excéntrico que había profetizado que, para el año 2000, el Real Madrid tendría 8 Copas de Europa, y que en 2022 el número sería de 14, amén de otros vaticinios de limitado interés, desde el suicido de Kurt Cobain en 1994, el cambio de gobierno en España de 1996 o que Metallica se cortarían el pelo en el mismo año.
Pulula por ahí un tipo bajito argentino que responde al nombre de Tony Kamo y que es presuntamente hipnotizador, habilidad que quiso probar conmigo. No es que me entusiasmara que me tocara la frente y me dijera aquello de “1, 2, 3 duerme”. El caso es que me traspuse, un sueño reparador y, ay, breve. Demasiado. Desperté como lo hago siempre, de mala leche y con ganas de ir al baño y de rascarme. En un corte publicitario satisfice mis necesidades fisiológicas y volví al plató, nada nuevo que no ocurra todas las mañanas, así que no vi nada extraordinario en cuanto a los poderes del hipnotista.
Empezamos a jugar a una cosa llamada el “Si fuera”. Se revelaba un personaje o cosa a uno de los invitados de los sofás sin que los otros lo vieran y debía responder a preguntas de éstos que, necesariamente, deberían llevar tal formulación. Casualmente, me tocó responder a preguntas sobre el Real Madrid y el Barcelona, por lo que comenzó el interrogatorio.
Sabrina Salerno abrió fuego. Con esa musicalidad italiana en su habla, preguntó “¿Si fuera un niño o chico? La respuesta era fácil. “Si fueran unos niños o chicos”, le corregí.
“Uno de ellos sería aplicado, buen estudiante y con un tesón y fe a prueba de bombas. Eso le ha hecho granjearse la inquina y envidias de sus compañeros de colegio, gente mediocre, y también de algunos profesores que se niegan a reconocer la excelencia porque son conscientes de que es mucho más inteligente y válido que ellos. Sin duda está llamado a hacer grandes cosas en la vida. Fuera del ámbito académico, es un chico que cae muy bien con muchísimos amigos, admirado y respetado por los que cuentan con su compañía. Cierto es que hay veces que se descentra y se deja llevar, con rachas en algunos casos muy mejorables, pero es humano, así que esos despistes son perdonables, pues se compensan con mucho con todo lo bueno que hace.
El otro, por el contrario, es un niñato malcriado que se enfrenta a la autoridad con unas formas inadmisibles. Odia al chico antes referido y esa hostilidad, así como su perenne ostentación de la misma, albergan, de manera indudable, un gran complejo. No es tonto, pero sabe que no podrá ser como él, y eso termina devorándolo por dentro. Eso sí, siempre tiene una justificación victimista para cuanto no hace bien, y lo malo es que sus padres y profesores consienten y aceptan esas excusas“.
Mel Gibson creyó dar con la respuesta y farfulló con acento australiano
Lamenté responder negativamente al hombre que había encarnado a Riggs en Arma Letal o a Mad Max y que iba a dar vida a William Wallace, por lo que le animé a que me preguntara su “si fuera”.
Uno de ellos sería aplicado, buen estudiante y con un tesón y fe a prueba de bombas. El otro, por el contrario, es un niñato malcriado que se enfrenta a la autoridad con unas formas inadmisibles
“¿Si fueran un tipo de música?” me inquirió.
Esto iba para largo. Tomé aliento y comencé a responder a don Mel.
“El primero que he dicho sería el resultado de mezclar a los Beatles con el Rat Pack, les añades a Led Zeppelin, Pink Floyd, los Rolling Stones, The Who, los Kinks, Queen, Guns n’ Roses, Sparks, la genialidad de Beethoven y Mozart, el sentido de la melodía de Puccini y Tchaikovsky y la capacidad de enardecer de Wagner y Iron Maiden. Esa mixtura da como resultado algo inmortal, glorioso y frenético capaz de ser a la vez épica, lírica y dramática, es algo atemporal y eterno.
El otro sería más bien la obra de uno de esos grupos que son buenos, muy buenos, pero que se creen más de lo que son. Son U2, Coldplay o Springsteen olvidando que son artistas que hacen un rock and roll cojonudo y de repente se arrogan una misión, adoptando una impostada trascendencia que resulta tan ridícula que acaba siendo risible. Tiene un punto de cansautor, de esos que tocan mal la guitarra y que ponen letras pretenciosas a sus composiciones, de manera que quieren tener mensaje y no llegan siquiera a tener recado. Por si fuera poco, están rodeados de palmeros que les dicen que son lo más grande, y ellos, criaturas, se lo creen. También tiene una componente de moda en cuanto a lo perecedero. Es un producto musical que puede tener muchísimo éxito comercial, incluso más que su competencia, pero que no puede compararse con ella en términos de pervivencia. Es, para que nos entendamos, como el reggaetón”.
“¿Reggae…qué?”, preguntó Raffaella con la confusión reflejada en su rostro.
Quise decirle que es lo que suena en 2022 en las discotecas, pero no podía explicarle a la diva, a la mujer que nos regaló “Hay que venir al sur” o “En el amor todo es empezar”, que la cosa había degenerado tanto, que sus magnas obras habían sido desplazadas por un subproducto de semejante calaña. Sólo podía explicarlo de una manera, mediante el método empírico. Te dejo aquí, querido lector, lo que revelé a Raffaella que sería el Barcelona que conozco si fuera un tipo de música.
Vídeo: Nanook The Eskimo