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La camiseta de Kaká

La camiseta de Kaká

Escrito por: Antonio Valderrama19 diciembre, 2017
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Se retira Kaká. Más allá del dolor generacional (otra estrella de mi adolescencia que lo deja; me hago viejo y esto no parece tener ya remedio) su jubilación me ha llevado esta mañana a abrir la puerta de mi armario. Ahí seguía, lustrosa y como nueva, la camiseta de la tercera equipación de la temporada 2009-2010. Naturalmente, con el número 8 a la espalda, y ese estupendo palíndromo. Kaká. Nunca me creí aquello de que Florentino descartó su fichaje en 2003 por resultarle cacofónico su nombre. Aparte de tener la inteligencia del presidente en mucha estima como para creerle capaz de algo parecido, Kaká siempre me ha sonado maravillosamente, como un estribillo alegre con algo de martillo. Esa temporada, nada más comenzar, me compré su camiseta y habría entregado todos mis ridículos ahorros a la economía del club si Florentino me los hubiera pedido. Llegaba de nuevo la promesa y el brillo de un mundo nuevo. Kaká era reflejo áureo que devolvía el espejo de esa promesa.

Si Cristiano Ronaldo era la espada de la justicia y la venganza que traía el florentinismo redentor ceñida a la cintura, Kaká era la Biblia y la ofrenda. La mano abierta. Florentino, aquel verano de 2009, fue un Dios bifronte que en una mano traía Amor y en la otra, Odio. No hay sarcasmo en esto. Llegué indeciso al Corte Inglés, sin saber si elegir el 8, el 9 o el 11. Me pareció que la cristianomanía lo iba a invadir todo, y como siempre he sido un poco snob, me decidí por el 8. Hay que distinguirse, me dije. Maldita la hora. Kaká, con su galopar erguido y majestuoso, con su eslalom altivo, de sangre azul, se me figuraba el asesino de la sonrisa y el cuello blanco, etcétera. Los primeros meses de Kaká en el Madrid fueron fulgurantes, superando incluso los de Cristiano. Miraba la camiseta negra con los ribetes en oro y recordaba París, Redondo en Manchester, el gol de Raúl tras regatear a Cañizares, la tijera de MacManaman. Es realmente bonita la zamarra, con una alegoría del Bernabéu en la pechera, bajo la banderita de España, herencia recibida del casposo calderonismo. Kaká marcaba golazos en el Calderón y todo parecía lucir como una mañana de domingo en primavera.

Mucho después Kaká amenazó con ser uno de esos bloques de pisos, dúplex y apartamentos que se levantaron durante la burbuja y se han quedado varados en los paseos marítimos de media España, sin vender, hipotecados, botín del banco malo y apulgarándose igual que los restos de un naufragio. Primero por promesa sin cumplir de Calderón; después, por promesa alargada y pospuesta en un limbo lisérgico una vez fichado, presentado y presumido. Tras el embeleso del principio al hombre empezó a dolerle de todo, a microlesionarse, peor que Bale. El motor de Pellegrini gripó sin que nadie supiera muy bien cómo había sucedido y la herida del 2-6, del triplete del año anterior, seguía abierta. Supurando. El nuevo Madrid de Florentino se desplomó en bolsa, pero la noche del crack no se me olvidará mientras viva. No sólo cayó el Madrid eliminado de la Copa de Europa cuya final se iba a jugar en casa. También se me cayó el 8 de la camiseta. Literalmente.

Vivía en Sevilla en aquel tiempo, territorio comanche para el madridismo de provincias. Sevilla es una ciudad tan suya y de un ethos tan particular que nada de fuera puede coexistir con lo autóctono. Hice bien saliendo de casa aquella noche con una chaqueta bajo el brazo. Estaba tan seguro de que el Madrid remontaría el 1-0 de Lyon como el capitán del Titanic de que su barco no se hundiría. Era imposible. ¡Florentino me lo había prometido! A mí, personalmente, y a cada uno de los millones de madridistas. Aquel año ganaríamos la Décima en nuestro estadio y acabaría por fin el reino del terror guardiolista. Kaká iba a ser decisivo, por supuesto. El equipo se había hecho hasta una sesión de fotos con la copa y el Bernabéu de fondo. Mi vida era un cuento de Disney.

estaba seguro de que remontaríamos el 1-0 de lyon y acabaríamos ganando la décima

Cuando terminó el partido y yo caminaba de vuelta a casa con el gol de Pjanic rebotándome en la cabeza, con la firmeza de un zombi, pasé por el arco de la Macarena apretándome bien la chaqueta, no se me viera algo de la camiseta del Madrid y alguien se riera y tuviera que pegarle. Algo se había derrumbado. Así debieron sentirse los intelectuales europeos de la gauche divine cuando iban a Rusia y descubrían que el paraíso obrero del nuevo hombre socialista era en realidad una jaula con las paredes desconchadas y sin calefacción en invierno. Al quitarme la camiseta advertí con espanto que el 8 estaba despegado; mucho después, al leer a Dostoyevski, comprendí cuáles son las nimiedades que pueden desatar la ira homicida de un hombre que se halla en el punto  preciso de ruptura. Cosas como aquella. El Madrid eliminado en octavos por el Olympique de Lyon y el 8 colgando de una camiseta de 90 euros.

Me daba vergüenza llevarla a pegar otra vez, a que me pasaran la planchita. Qué iba a pensar el dependiente de mí al llevarle aquella camiseta que de pronto valía menos que un billete de un trillón de pesos bolivarianos, con aquel producto devaluado, carne de mofa para toda la España oscura que esperaba el aplastamiento del florentinismo con la saña que sólo puede albergar un antimadridista. Esperé a que viniera Mourinho. Entre otras cosas, le creía capaz hasta de hacer que Kaká triunfase en el Madrid, y estuvo cerca, sobre todo en noviembre de 2011. Pasaba con él que sonreía como el yerno perfecto y parecía incapaz de mentir, con su fama de evangelista y atleta de Cristo. Era imposible odiar a un hombre así, a pesar de que la certeza de que jamás daría aquí lo que dio en el Milan fue filtrándose como una gotera sin remedio entre los madridistas. La carrera de Kaká de blanco terminó en una no-remontada contra el Dortmund, epítome perfecto de cuatro temporadas de coitus interruptus. Gracias a lo que llegó después, y gracias a Cristiano Ronaldo, su tránsito por el planeta Real Madrid es recordado tan sólo con una sonrisa de indulgencia. Al fin y al cabo, dejó un buen dinero en el club, y contribuyó a recuperar el estatus de superpotencia: los diez minutos de su presentación, los titulares, las fotos y la aprensión creadas en los adversarios amortizaron su estancia. No mi camiseta, que sigue colgada en el armario como un memento de todas las malas decisiones de mi vida.