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¿Por qué la gente quiere a Míchel?

¿Por qué la gente quiere a Míchel?

Escrito por: Jesús Bengoechea8 noviembre, 2020
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Casi una semana después de su publicación, continúan en las redes sociales los ecos de la entrevista a Míchel en La Galerna. Pocas veces (y hemos entrevistado a unas cuantas leyendas, desde Gento a Mijatovic, pasando por Santamaría, Roberto Carlos, Arbeloa, Hierro o Santillana, entre otros) hemos registrado una reacción de cariño tan abrumadora por parte de nuestros lectores, una respuesta más entusiasta y pasional. ¿Por qué quiere la gente tanto a Míchel?

Entrevista a Míchel

Las razones son a mi juicio futbolísticas y extrafutbolísticas. En el segundo grupo hay que valorar la doble condición de miembro de la venerada Quinta del Buitre y de, en cierto modo, ideólogo o cronista de dicha Quinta. Digámoslo ya: Míchel se explica muy bien, haciendo gala además de una seductora mezcla de ponderación y desenfado, y ha sido siempre (por así decirlo) a la vez héroe y juglar de las bondades de ese grupo de jugadores de culto. Ya en su época de jugador era el que mejor respondía ante los micrófonos de García (no había otro) acerca del devenir del equipo y en concreto del quinteto. Con los años acabaría trabajando en medios y desarrollando su faceta de buen comunicador, algo que no ha sucedido en la misma medida con sus compañeros de generación, que de este modo, aun siendo muy queridos, no se han acercado tanto al corazón del hincha, o alguno se ha acercado demasiado, o lo ha intentado demasiado. Yo me entiendo, tal vez Míchel también. Míchel entiende muy bien muchas cosas, por ejemplo, que hay momentos en que conviene estar ahí, mediáticamente hablando, y otros en los que lo cabal es hacer un Greta Garbo, incluso desde el banquillo.

Míchel entiende muy bien muchas cosas, por ejemplo, que hay momentos en que conviene estar ahí, mediáticamente hablando, y otros en los que lo cabal es hacer un Greta Garbo, incluso desde el banquillo

Hay incidentes extrafutbolísticos célebres, que en su momento le valieron no pocos denuestos, pero sobre los cuales ha extendido el tiempo una pátina de rabiosa humanidad que, nuevamente, le acerca al aficionado común. Aunque aún hay quien no le perdona su célebre espantada, ha crecido con los años una enorme desafección por parte del madridismo que no va al estadio hacia el madridismo que sí va, o al menos al que solo va para descargar sus bajas pasiones abucheando a los jugadores propios. Con el paso de los lustros ha crecido el número de madridistas que ha hecho suyo aquel "ahí os quedáis". Ese gesto ha pasado a la posteridad con un carácter simbólico, adelantado a su tiempo: es el madridismo pasional diciéndole al piperío, veinte años antes de que se lo dijera, que ya está bien de meter palitos en las ruedas de la bici propia.

En cuanto a lo de Valderrama, por seguir con afamadas salidas de tono, ha habido tanto descaro y sentido del humor en la gestión posterior del asunto por parte de Míchel ("estoy triste porque Valderrama no me llama, no me escribe") que aquella extravagancia gonadal cuenta también más a su favor que en su contra. En eso Míchel fue pionero también, propiciando un eco sociológico que llega hasta nuestros días: tuvo que venir un heterosexual de libro para hacernos entender por primera vez que está muy feo llamar maricón a nadie, le gusten o no le gusten los hombres, te ocultes tú o no te ocultes en el anonimato de una grada atestada de cafres. Míchel prefiguró en la sociedad madridista y española debates que a día de hoy están al rojo vivo, dio el primer tajo (sabiéndolo o sin saberlo) a melones que solo hoy hemos decidido abrir.

Míchel

Lo principal, con todo, es lo futbolístico. Es la verdadera razón por la que se le quiere tanto. Era buenísimo. Míchel, sencillamente, dictó sentencia respecto a cómo tiene que jugar en el Real Madrid un señor que se desenvuelva por donde él se desenvolvía. Él puso el listón. Él estableció el parámetro. Años más tarde, un tal Luis Figo desembarcaría en el Bernabéu en medio de una expectación descomunal y un escándalo sordomudo. Jugó muy bien de blanco. Ganó la Copa de Europa que Míchel y los suyos no pudieron ganar. Todo ello fue maravilloso (el escándalo, el juego, la Novena), pero ni siquiera Figo, con la calidad intrínseca y el ruido aparejado, y a pesar de ser también interior derecho, logró borrar del inconsciente colectivo la imagen de Míchel como el interior derecho perfecto, aquel en el cual hay que mirarse para jugar de blanco y ahí. El molde estaba hecho, y la mejor prueba es que ni siquiera una estrella del fútbol mundial como el portugués, entre los más grandes de la historia, logró cambiarlo.

Lo principal, con todo, es lo futbolístico. Es la verdadera razón por la que se le quiere tanto. Era buenísimo. Míchel dictó sentencia respecto a cómo tiene que jugar en el Real Madrid un señor que se desenvuelva por donde él se desenvolvía

Todavía más tarde, un tal David Beckham recalaría en Concha Espina. No solo era un futbolista excepcional sino también el más popular, el de alcance más planetario, el amigo de Tom Cruise, el prototipo del hombre moderno sobre dos piernas, el icono de la moda, el rey de los catálogos, el oscuro objeto de deseo de la mercadotecnia. Beckham era todo eso, pero no era Míchel. La maldición de Míchel seguía reinando sobre la cal. El corazón del aficionado blanco mayor de veinte años (también del que le había abucheado tantas veces, sí) tenía dueño. Ese aficionado, al mirar a la derecha en el mapa de sus afectos, no encontraba a Beckham ni a Aznar ni a Rajoy, sino a Míchel. La nostalgia es de derechas o al menos de la banda derecha, tal vez por eso a los de esa adscripción política se les llame también conservadores.

Para un madridismo peinacanista, el ocho es Míchel y nadie más

Beckham jugaba muy bien y vendía todas las camisetas del mundo, pero pegadas al corazón, lo que se dice pegadas, la gente solo llevaba las de Míchel. El inglés, por tener, lo tenía absolutamente todo, incluido un síndrome de Rebeca galopante, aunque quizá inadvertido o inexplicado, en relación a aquel antiguo inquilino de puesto. Le pasó como a Figo, pero después de Figo. Beckham había reventado el mercado, pero la idea colectiva de cómo se juega en su posición (o al menos de cómo se juega en su posición en el Madrid) la seguía ostentando otro, otro anterior, ni siquiera Figo, sino uno del que no hacía en realidad tanto tiempo pero se antojaban eones, porque aunque hubiera expirado hacía poco él venía de otra era, de un anteayer que sin embargo sonaba al cuaternario, un tiempo en que el marketing estaba en pañales y mandaban las pulsiones. No sé si Beckham alguna vez lo advirtió así, tal cual. Ignoro si alguna vez alguien lo verbalizó delante de él en estos mismos términos. Pero ese lugar en el alma blanca que se le resistía tenía dueño, a la sazón un chaval que había crecido en las divisiones inferiores del club, ajeno al oropel del merchandising y las peluquerías, criado a años luz de Hollywood y de Elton John. Yo personalmente soy muy de Míchel, muy de Figo, muy de Beckham, muy de Hollywood y muy de Elton, pero dudo si en el madridismo de mi edad caben tantas filias. Para un madridismo peinacanista, el ocho es Míchel y nadie más, es lo que trato de explicar.