Buenos días, por decir algo. Nos hemos levantado mal, claro. Suena el despertador, abres los ojos y, en esos segundos que transcurren entre el sueño y la vigilia, recuerdas vagamente que algo no está bien. Tardas unas décimas de segundo en recuperar qué es. Luego comprendes que no es nada grave en lo que podríamos llamar “tu vida”, pero sí sientes resquebrajada la ilusión en lo relativo a lo más importante dentro de las cosas no importantes, como decía aquel. Por fin recuerdas exactamente qué es, y revives una sensación familiar, porque no es la primera vez, pero también inusitadamente amarga.
Amarga porque este (o mejor aquel, para ir poniendo distancia) no es tu Madrid. Un Madrid claramente superado, encajonado durante noventa minutos y aparentemente casi satisfecho ante su propia mezquindad de planteamiento. “Ay, si no hubiera sido por ese gol final...” Si no hubiera sido por ese gol final, habríamos seguido estando disgustados por lo cicatero del planteamiento de Ancelotti, por la aparente incapacidad de los jugadores para mantener el balón más de tres toques (Modric extraviado, Kroos desconocido), por la impericia para generar nada digno de llamarse una ocasión de gol. Claro que cabía un planteamiento cauto de bloque bajo para aprovechar nuestro contragolpe, pero lo que bajo ningún concepto entraba -o no debía haber entrado- en el plan era abonarse a lo ramplón de un modo tan desolador, perder al instante la pelota tras recuperarla, defenderse groseramente, encomendarse a un portentoso Courtois y unos Alaba y Militao multiplicados como si el resto del equipo no contara. O bien el plan no armonizaba con la grandeza del Madrid, o bien los jugadores escogidos para llevarlo a cabo no encajaban con la estrategia marcada por Ancelotti, o bien ambas cosas.
Y muchas más cosas, claro. Hay muchas más preguntas. ¿Cuántas veces más va a traicionar Asensio las esperanzas que ocasionalmente despierta? ¿Cuántas veces más tiene previsto Carvajal cometer el penalti innecesario a Tévez frente a la Juve, a Sterling frente al City, a Mbappé frente al PSG (afortunadamente, el lanzamiento desde los once metros se lo paró un inconmensurable Courtois a un patético Messi)? ¿Por qué jugó 87 minutos un Benzema visiblemente disminuido tras su lesión? ¿Por qué consideraba Ancelotti que no había nada que cambiar mientras el planeta entero consideraba lo contrario? ¿Por qué tantos cambios tan tardíos? ¿Por qué, si abrazas una táctica ultradefensiva, no eres al menos capaz de mantenerla hasta el final para amarrar el empate? Hay tantos porqués que se nos satura el alma.
Y sí, claro, qué bueno es Mbappé. Ya lo sabíamos, ¿no? Fue la frase feliz durante el partido, la comidilla que va de boca en boca en los bares, en los desayunos de esta mañana gris. El PSG fue Mbappé. Taladró una y otra vez la defensa vikinga, y al final, en el último suspiro, encontró un justísimo premio a su tenacidad, al inconmensurable talento desplegado sobre el césped. Su perfil comenzaba a decaer en el madridismo ante el brillo rutilante de Haaland, porque el madridismo es capaz hasta de decepcionarse con los fichajes que aún no han fructificado en tales, pues bien: si lo de ayer tiene algo de bueno (por llevar a cabo el ejercicio fútil de buscarlo), es que la posible contratación de Mbappé por el Real Madrid ha reverdecido la ilusión que despierta en la parroquia blanca.
Hágase.
As nos informa de que Mbappé “es la bomba”. Gracias por la revelación, amigos. La portada recrea el momento fatídico (para nosotros, aunque sublime para el fútbol de los neutrales y de los antis) en que Kylian supera a Lucas Vázquez con una maniobra prodigiosa y cuela el balón entre las piernas de Thibaut.
La depresión es total en este momento. Solo resta que los jugadores del Madrid vean el capítulo 4 de La Leyenda Blanca de Amazon Prime para impregnarse del espíritu de las grandes remontadas europeas. Y que, antes de ello, se centren en hacer el milagro de superar en el campeonato doméstico a Alavés, Rayo y Real Sociedad superando a los sanchezmartíneces que el destino (es un decir) nos pueda deparar.
Estad bien.
Suele ser habitual meter a un jugador del Real Madrid en esta sección, pero hoy vamos a hacer una excepción. Era obligatorio hablar de Kylian Mbappé como MVP del encuentro de anoche por mucho que nos emocionase la exhibición de Militao y Courtois.
Ayer, durante más de noventa minutos, y especialmente en una segunda parte increíble, Mbappé demostró que, a día de hoy, es el mejor futbolista del planeta a años luz del siguiente y está llamado, con permiso de Haaland, a ser el digno heredero de Cristiano Ronaldo y Leo Messi.
Antes de ir con su partido me vais a permitir un paréntesis. Ya teníamos claro que había que ficharlo y todo el madridismo cuenta con verlo de blanco la próxima temporada, pero si alguien guardaba alguna duda, por muy pequeña que fuera, sobre la conveniencia, o no, de fichar a Mbappé, creo que ayer quedó disipada. Habrá que retocar otras cosas y mejorar la plantilla en otras líneas, pero la diferencia entre estar o no en la conversación de la élite europea pasa porque este gigante vista de blanco durante la próxima década. Fichaje más que necesario, estratégico y os diría, sin ánimo de exagerar, que vital para el futuro a corto y medio plazo del Real Madrid.
Volviendo al encuentro, no voy a deciros nada que no sepáis ya. Sé que el cuerpo os pide criticar con dureza a Carvajal, cuyo rendimiento fue pobre y lo adornó con uno de esos penaltis tan innecesarios e inmaduros, pero ayer fue uno de esos días en los que cualquier lateral habría sufrido lo indecible ante Mbappé. Con esto no justifico el pésimo partido del lateral derecho del Real Madrid, sino que pongo en valor la descomunal exhibición del francés.
Quitando a Verratti, que se comió él solito al centro del campo del Real Madrid, Mbappé fue el principio y el final de todo en el PSG. Muy por encima de un Leo Messi correcto y sin chispa, el atacante galo inició embestidas en casi cada zona del campo y regaló un abanico infinito de amagos, regates, cambios de ritmo y remates únicamente al alcance de un jugador llamado a hacer historia. El destrozo no fue mayor porque Militao aguantó de pie salvo en la última acción del choque y porque Courtois es, seguramente, el guardameta más completo que ha vestido la camiseta del Real Madrid.
Ayer nos encontramos con ese Cristiano Ronaldo que nosotros teníamos o ese Leo Messi que tenía el Barcelona. No pretendo compararlos, ya que Mbappé, para mí, no está a esa altura (todavía), pero sí constatar que el PSG tiene a ese jugador diferencial capaz de destrozar cualquier equipo, cualquier defensa, cualquier sistema y cualquier planteamiento. Bastante que caímos 1-0 y no fue la goleada escandalosa que mereció ser.
Courtois (9)
El héroe blanco. Impresionante durante todo el encuentro. Sostén y valladar del equipo. Detuvo un penalti a Messi. Una verdadera lástima ese gol al final.
Carvajal (4)
Demostró pundonor, pero fue final y absolutamente superado por Mbappé. Incapaz de frenar al francés, fue señalado por Carletto con su cambio.
Militao (8)
Imperial encuentro de Militao. De los pocos que agitó al equipo en los momentos de mayor naufragio. Valiente.
Alaba (7)
Ejercicio serio y profesional del austriaco. Supo sufrir y arremangarse.
Mendy (4)
Torpe. Incapaz también de frenar a Mbappé. Amonestado. No jugará en Madrid.
Casemiro (7)
De menos a más. Impecable en defensa cuando peor lo pasó el Madrid. Pudo ahorrarse la tarjeta. Se le echará de menos en la vuelta.
Kroos (2)
Superado. No gobernó el partido en ningún momento.
Modric (3)
Fuera del encuentro. Lo intentó.
Vini (2)
Triste. Esta noche nos faltó su optimismo. Ninguna aventura. Mal.
Asensio (2)
Ausente.
Benzema (6)
El único que arrojó algo de luz en la oscuridad.
Lucas Vázquez (4)
Insufló energía a la decaída banda de Carvajal, pero no pudo siquiera pensar en frenar a Mbappé en el gol de la victoria del PSG.
Rodrygo (4)
Protestón y fallón. Desconcentrado.
Valverde (6)
Un soplo de aire fresco, de empuje y energía. Demasiado tarde.
Hazard (-)
Sin tiempo
Bale (-)
Sin tiempo
Ancelotti (2)
Inmovilismo. No reaccionó a ninguno de los múltiples problemas del equipo. Los cambios llegaron muy tarde. Se espera algo más del entrenador del Real Madrid.
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Arbitró el italiano Daniele Orsato. En el VAR estuvo Marco di Bello.
Arbitraje típico en Europa: casero a más no poder. Los primeros lances dejaron clara la tendencia arbitral cuando evitó señalar varias faltas claras a Asensio y Carvajal. Las tarjetas se las dejó para el tramo final del primer tiempo. Casemiro por derribar por detrás a Paredes en el 37' y Verratti por llegar tarde ante Casemiro en el 39' fueron los destinatarios.
El segundo acto comenzó con una señalización de la ventaja lamentable. Una falta sobre Mendy la dejó seguir y, cuando el PSG recuperó inmediatamente el cuero, no dio marcha atrás. Fallo grosero. En el apartado de amonestaciones, Militao por pisar a Mbappé y Mendy por hacer lo propio frente a Danilo vieron la amarilla en pocos minutos. A ellos se unió Danilo por entrar tarde a Vinícius en el 61' y Paredes por una dura acción a Kroos en el 90'. Kimpembe y Rodrygo por una trifulca se llevaron las suyas también en el 83'. Cabe destacar la falta inventada en la frontal de Alaba a Neymar y que Achraf se marcharse del choque sin tarjeta después de varias faltas reiteradas a Vinícius.
Orsato, REGULAR.
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Acudían al encuentro ambos enemigos íntimos con el ceño fruncido; incómodos cual ser superior y jeque antes de que llegaran los entremeses en un menu du jour de París. Tan es así que no habían transcurrido ni dos minutos cuando un bravo Casemiro rebañó un balón a Lionel que se quedó mirando al tendido bucólico, incomprendido cual garçon al que el colegiado le dio plantón. Poco después, Mbappé, el Deseado, quebró a un sufriente Carvajal con un amago seco y duro y sirvió tenso a Di María, que malogró la oportunidad a escasos metros de Courtois, añorando, quizás, su pasado madridista.
No en vano París es amor. Y abrazados a Leo, los parisinos comenzaron a imponer ritmo de cancán. Concluido el primer cuarto de hora, se hizo la oscuridad para el Real Madrid en la ciudad de la luz. Agobiados, desconectados, incapaces de enlazar jugada alguna, los de Carletto trataron de atravesar con penuria el yermo páramo que engulle a los incautos en la Copa de Europa. Carvajal, sufriente y doliente como decíamos, sintetizó mejor que nadie la angustia del madridismo. Emparejado con un futbolista superior como Mbappé, el pitbull de Leganés trató de fajarse con escasa fortuna con la verdadera y única estrella del PSG. Recuperó a la heroica una pérdida que propició un prometedor contraataque lanzado, cómo no, por Kylian, y supo molestar lo suficiente a Donatello para evitar que la Tortuga Ninja se comiera su primera pizza en el área de Courtois. Lo evitó el belga con su espinilla milagrosa.
Transcurrían los minutos y el Madrid seguía igual de mísero en el encuentro, hasta que una arrancada de Militao, imperial, arrojó algo de luz en las catacumbas de París. Fue el preludio de una tibia mejora de un paciente que a pesar de todo permanecía bajo respiración asistida. Casemiro repartió estopa a Paredes, que se revolvió como buen canchero argentino, y se ganó una amarilla que le impedirá recibir a los catarís en Madrid. Poco después, Verratti —qué futbolista desperdiciado en la Liga francesa— sería también amonestado por una entrada tardía sobre el propio Casemiro. Fue todo un plaisir comprobar que en el Viejo Continente quedan árbitros como el italiano Daniele Orsato que mantienen el mismo criterio. Probablemente, en España hubiéramos visto dos tarjetas fucsias y tres gris marengo.
Mejoró algo el Madrid (con un exiguo 40% de posesión durante el primer periodo) antes de su paso por los vestuarios. Incluso un testarazo también de Casemiro en el único disparo y córner de los merengues hasta entonces invitó a la esperanza tras 45 minutos de dolor.
Carvajal, sufriente y doliente, sintetizó mejor que nadie la angustia del madridismo
Fue un espejismo. Pronto regresó el peligro, máxime cuando una veloz combinación dentro del área de Messi y Mbappé acabó con otro latigazo seco y venenoso que desbarató Courtois con una impresionante mano felina.
Después, dos jaimitadas madridistas consecutivas en defensa, y aderezadas con sendas amarillas para Militao y Mendy —que se perderá la vuelta—, sumieron oficialmente al Madrid en estado de pánico permanente. Carletto mascaba chicle, aun a riesgo de atragantarse, mientras observaba inquieto al banquillo. Mientras tanto, su equipo seguía sufriendo. París ardía. En medio del incendio, Carvajal, finalmente sobrepasado, cometía un claro penalti sobre Mbappé por tratar de pescar un colibrí con un cazamariposas.
Messi desde los once metros a falta de media hora. Sólo un obstáculo, el guardián valón del arco madridista. Lionel disparó duró, pero poco ajustado, y Courtois, gigante, reaccionó con presteza para desviar el lanzamiento del menudo argentino, fiel a su costumbre de fallar penas máximas en el peor momento. Mérito en esta ocasión del mejor portero del mundo. El octavo según la FIFA, o no sé quién.
A falta de veinte minutos para la conclusión, por fin Ancelotti e hijo decidieron intentar cambiar la siniestra dinámica del partido con la entrada de Lucas Vázquez en lugar de un superado Carvajal, así como de Rodrygo por un ausente Asensio. Poco después, Hazard, Pajarito Valverde y finalmente Gareth Bale ingresaban en el terreno de juego. Un triste Vinícius, un desdibujado Modric y un exhausto Karim, a la caseta.
También hacía acto de presencia otro viejo enemigo: Neymar, teñido esta noche como un pollito. Como acostumbraba en Barcelona, no ha perdido esa habilidad tan suya para lanzarse a la piscina. Así se inventó una falta peligrosa que desperdició su amigo Lionel.
Le sentaron bien los cambios al Madrid, pero ya demasiado tarde, además, el destino escondía una broma asesina. Cuando parecía que podríamos sobrevivir, casi sobrevivimos. De nuevo, Mbappé, quién si no, recibió en la zona izquierda de la vanguardia parisina. En frente, Lucas Vázquez. Presto acudió Militao a la ayuda. Dio lo mismo. Kylian zigzagueó a velocidad supersónica para colarse entre ambos y, en prácticamente la última jugada del partido, batir por debajo de las piernas a un titánico Courtois.
El Madrid muere en París en una noche funesta. La Morte.
Pero, aunque parezca una paradoja, todavía sigue vivo.
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Buenos días. “Raúl, te la has jugado mucho. Solo te aviso, ten cuidado”. No se trata de una regañina cotidiana de una madre superada por la vida a un niño travieso, no. Estas palabras fueron dichas por Sánchez Martínez a Raúl Albiol tras el codazo propinado por el defensa del Villarreal a Vinícius dentro del área paleta, perdón amarilla. Veamos el vídeo:
Tras asistir a este despropósito, cualquier madridista estará encolerizado, aunque por desgracia no sorprendido, porque no es la primera vez que asistimos a una prevaricación con luz y taquígrafos. La jugada en cuestión ya sabemos todos cómo ocurrió, la vimos en directo, no era necesaria ni repetición para observar lo sucedido: Raúl Albiol giró la cabeza, vio acercarse a Vinícius, se desplazó hacia su derecha para colocarse en la trayectoria del brasileño (que no se dirigía hacia el defensa), y cuando el madridista estuvo a su altura le soltó un codazo que lo envió a la lona. Dentro del área. Penalti claro. Y roja.
Sánchez Martínez lo vio, porque detuvo la jugada y se acercó al lugar del crimen. Los adultos funcionales que estaban viendo el encuentro estaban seguros de que iba a señalar penalti o, en su defecto, que el VAR se encargaría de notificar al colegiado la agresión de Albiol a Vinícius. No ocurrió ni lo uno ni lo otro. Descartado el hecho, por motivos obvios, de que Sánchez Martínez y los encargados del VAR no fueran adultos funcionales, solo quedaba la opción de que no habían señalado penalti porque no habían querido, aun viéndolo.
Esta sensación quedó refrendada ayer con las imágenes de televisión, el colegiado corroboró con sus palabras que vio el codazo, pero decidió no pitar penalti. Imaginad a un policía que acude a un aviso porque están robando una joyería. El agente asiste sin actuar de ninguna manera a la sustracción de las joyas, que también está siendo grabada por las cámaras de seguridad. Tras concluir el caco su trabajo, el policía se acerca al ladrón y le dice: “Te la has jugado mucho. Solo te aviso, ten cuidado”. Después, el juez ve las imágenes y tampoco toma medidas. Por último, las imágenes del robo son editadas de manera presuntamente jocosa y se emiten por televisión como mofa y para mayor escarnio del joyero robado. Pues es lo mismo que ha ocurrido desde el partido frente al Villarreal hasta ayer.
La flagrante tomadura de pelo tiene una explicación, por supuesto, nadie tira su honestidad al suelo y la pisotea delante de una audiencia planetaria a cambio de nada, gratis, porque sí.
Estas palabras pueden sonar duras, pero se deducen de lo dicho en el campo por el propio Sánchez Martínez. Si textualmente soltó por su boquita de piñón: “Raúl, te la has jugado mucho. Solo te aviso, ten cuidado” es porque vio la infracción y no la quiso pitar. No existe otra posibilidad. El propio árbitro —viva imagen de Manolete, por otra parte— se califica a sí mismo.
Durante el vídeo, también se aprecia —entre otros golpes— cómo la ruleta de brazo de Parejo golpea a Vinícius y lo vuelve a derribar. Ni árbitro ni VAR, por supuesto, pitaron nada. En este caso, Sánchez Martínez dice que no hay nada. Ay, Manolete, si no sabes torear, pa qué te metes.
Decíamos antes que los hechos nos mantienen enfurecidos, pero no nos sorprenden, porque desgraciadamente son habituales. ¿Recordáis aquel “Sandro, ¿qué mas quieres que te dé?” que soltó Villar a Rosell? Tampoco pasó nada, claro. Cuando huele a putrefacción es señal de que algo está corrupto, y el olor a podredumbre lacera nuestras fosas nasales desde hace mucho tiempo. El fútbol, más que un deporte, es un parque de atracciones que funciona a mayor gloria de quien programa la noria y vigila la caja.
Precisamente un parque de atracciones es en lo que ha convertido Marca el choque de esta noche entre el PSG y el Madrid. Sí, a pesar de la ira que provocan las palabras de Sánchez Martínez, hoy es EL PARTIDO. Marca muestra a Mbappé con retortijones junto a Vinícius, ambos sentados en una vagoneta de montaña rusa que patina a toda velocidad sobre unos raíles que no son otra cosa que la Torre Eiffel.
As también opta por ambos príncipes, Vinícius y Mbappé, en el Parque de ídem, pero sin montañas rusas (o cataríes).
Nos preocupa, eso sí, lo que leemos en la zona baja del diario: “Un Sporting-Manchester City marcado por los pinchazos de Guardiola en Portugal”. Como la seguridad es lo primero, hemos buscado talleres de neumáticos en el país vecino. Pep, si sufres un pinchazo, pincha aquí.
Hoy hay partido de los gordos, disfrutémoslo. En La Galerna podéis leer la previa ortodoxa de Alberto Cosín, la poco ortodoxa de Itxu Díaz y la total de Antonio Valderrama.
El Madrid ha sido, es y será el más grande a pesar de seres ínfimos como Sánchez Martínez. Pasad un buen día.
Aprecio altamente a las francesas, algo que no me ocurre con los franceses, con la excepción de Benzema y compañeros merengues, Houellebecq, y alguno más. Cuando el satírico americano P. J. O’Rourke pasó un mes en Europa escribió un artículo diciendo que todo aquí le parecía pequeño y desagradable; si bien de España solo pisó Barcelona, todo hay que decirlo. A nuestros vecinos les hizo un traje memorable: “Los franceses son una panda de pequeñajos con cara de mico y no visten mejor, si hablamos de la media, que los ciudadanos de Baltimore”. Y sobre París: “Es cierto que tiene una arquitectura agradable, debido a que los franceses se escaparon como gallinas durante la Segunda Guerra Mundial. Pero está rodeada del anillo más deprimente de suburbios de clase media baja a este lado de Smolensk. De hecho, uno de esos suburbios se llama nada menos que Stalingrado, lo que sirve para demostrar que los franceses no han aprendido nada sobre política desde que guillotinaron a todos los tipos listos allá por 1793”.
El PSG tiene bastante más de catarí que de parisino o francés, mientras que si algo mantiene intacto el Real Madrid a través de los tiempos es su condición irrenunciable de madrileño y español
De mi última visita a Francia llegué a la conclusión de que esa nación ya no existe. Lo mismo puede decirse de sus grandes equipos de fútbol, cuyo vínculo con las ciudades que los acogen es casi inexistente. El PSG tiene bastante más de catarí que de parisino o francés, mientras que si algo mantiene intacto el Real Madrid a través de los tiempos es su condición irrenunciable de madrileño y español. Sea como sea, debido a aquel inútil que olvidó meter la bolita en el primer sorteo, nos ha tocado enfrentarnos al PSG, un club que es pura ingeniería balompédica, que es al fútbol lo que los filetes sintéticos de Bill Gates al mundo de la gastronomía.
Pese a todo, no vamos a negarlo, el fútbol es espectáculo, es decir, es Modric, y el partido de esta noche es el acontecimiento del año. Si Putin quiere invadir Ucrania sin hacer mucho ruido, mi consejo es que lo haga entre las ocho y las once de la noche del martes, porque sencillamente, a excepción de los americanos, nadie va a prestarle la más mínima atención, haga lo que haga. No obstante, también hay que advertírselo al ruso: si gana el Real Madrid, yo no tocaría mucho las pelotas a los franceses después del partido.
Si Putin quiere invadir Ucrania sin hacer mucho ruido, mi consejo es que lo haga entre las ocho y las once de la noche de hoy
Confieso que el único encuentro que he visto del PSG de las estrellas fue tan sumamente aburrido y decepcionante que me quedé dormido a los veinte minutos, que es más o menos el tiempo que llevaban sesteando Mbappé y Messi; pero es obvio que el PSG no es el mismo que aquel del comienzo de la temporada, así que todo apunta a que veremos un encuentro vibrante y divertido, siempre y cuando ambos equipos logren desperezarse del respeto atenazador que se tienen. Mi apuesta, después de algunos vermuts, es un 2-3 con goles de Benzema, Vini y —agárrate— Bale.
El Real Madrid, en teoría, no llega en su mejor momento, pero todo depende de cómo lo mires: a fin de cuentas, hace tres meses ni sospechábamos que Bale se convertiría en nuestro mejor fichaje de invierno, lo que empieza a apuntalar a Carletto como campeón en resurrecciones. Tenemos, por lo demás, un largo historial de crecernos en las grandes citas, como corresponde a un club de gloria y triunfo legendario; justo lo contrario que acostumbra a hacer Leo Messi.
Obviamente, hablamos del PSG de 2022, en París, en un partido de ida, lo que nos sitúa ante una posibilidad bastante razonable, que es perder el partido. Pero ni siquiera en esas estará todo dicho. Que, con permiso de la III Guerra Mundial, después de París vendrá Madrid, y ningún rival de Champions viene al Bernabéu a darse un paseo triunfal. Me encanta, de todos modos, que tantos barcelonistas se hayan vuelto parisinos, que el huidizo Messi siga siendo su ídolo por más que Adama Traoré se esfuerce en parecerse a La Masa (ese tipo no regatea, circunvala), y que la prensa deportiva conceda al PSG el puesto de favorito. A fin de cuentas, de los grandes entusiasmos colectivos emergen los más sonados ridículos y las peores decepciones; esto puede aplicarse indistintamente al amor, a la política, y al fútbol.
Hemos amanecido entonando desde el alba nuestro Cerveza, fútbol y La Galerna. A fin de cuentas, era lo que queríamos: este PSG - Real Madrid es lo más parecido a la Superliga que nos merecemos
Los periodistas franceses no están a gusto con el papel de favoritos, quizá por eso en las últimas horas han puesto a caer de un burro a todos sus ídolos, incluidos Messi y Mbappé, pero se trata de la típica maniobra de distracción. Carletto debería pagarles con la misma moneda y filtrar a los deportivos españoles que, en lugar de Courtois, planea poner a Isco tumbado bajo palos.
Sea como sea, hoy es jornada de ilusión, bares y disfrute. Todo el día será partido. Tiempo de dejarse poseer por los nervios sanadores del fútbol, de discutir alineaciones improbables, comentar durante horas cualquier pequeña mueca de nuestras estrellas durante un entrenamiento, y de la emoción legendaria del madridismo. Si Los Rebeldes soñaban en los 80 con aquello de Cerveza, chicas y rockabilly, nosotros hemos amanecido entonando desde el alba nuestro Cerveza, fútbol y La Galerna. A fin de cuentas, era lo que queríamos: este PSG - Real Madrid es lo más parecido a la Superliga que nos merecemos.
En fin, ya sabes: ¡que gane el mejor! Y si no, daremos la enhorabuena al PSG.
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Vuelve la Copa de Europa, vuelve febrero, vuelve el Madrid a jugar en París. El nombre de París evoca algo primitivo y luminoso en la imaginación de los madridistas. Para el mundo es la ciudad del amor, por eso fue en París donde el Madrid juró los votos eternos de sus esponsales con la Copa de Europa. En París se fundó y en París se ganó la copa de todas las copas, la copa que vino a disolver la importancia del resto; el torneo que hizo carne y sangre el deseo de los padres fundadores de pisar la cara oculta de la Luna para poner allí un banderín blanco. Si hubiera alguien que reescribiera las cartas a los apóstoles de San Pablo debería añadir una a los madridistas que empezara diciendo: Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo la Copa de Europa, no soy nada. En París el Real también se encargó de renovarlos una vez, hace ya más de veinte años. París casi siempre trae buenos recuerdos. El Madrid vuelve a la competición que todo lo redime, la que todo lo salva, la que todo lo eleva, y vuelve a enfrentarse al Paris Saint-Germain, como en 2018. La diferencia es que entonces el Madrid era el campeón de Europa y tenía a Cristiano Ronaldo; ahora, de azul qatarí, estará Lionel Messi.
Para el mundo es la ciudad del amor, por eso fue en París donde el Madrid juró los votos eternos de sus esponsales con la Copa de Europa
Messi, Neymar y Mbappé, los tres jinetes del Apocalipsis. Ya la última vez el duelo entre Madrid y PSG tuvo algo de Harmagedón, de desafío finisecular. El príncipe de Qatar se había comprado a dos de los cuatro mejores futbolistas del mundo a la vez y el destino le proporcionó la maravillosa oportunidad de probar su formidable nuevo caballo de carreras midiéndolo contra el mejor. Fracasó. Ahora, esa impresión melancólica de cambio de guardia, de época, podríamos decir, es más profunda. La acentúan el crepúsculo del Madrid, el último gran campeón, y la decadencia del fútbol español, que ha dominado el europeo en casi todo lo que llevamos de siglo XXI. Sobre todo, la monstruosa aparatosidad de los franceses impone un respeto especial, pero también excita de un modo especial. Lo más español, tradicionalmente español, que ha tenido siempre el Madrid en su núcleo mitocondrial es la capacidad inefable de crecerse ante el castigo, lo que en castizo es el venirse arriba. El Madrid se viene más arriba cuanto más grande es el toro que le ponen en frente y de ese material está hecho gran parte de lo imperecedero de su leyenda.
Escribió Dostoyevski una vez que nadie sabe qué efecto puede tener un rayo de sol oblicuo que entre por la ventana al final de la tarde en el alma de un hombre. Del mismo modo nadie sabe qué cosas puede lograr en el alma de un madridista una gran noche en la Copa de Europa. No se me ocurre una representación más verosímil de lo que es el amor, en donde sólo una sonrisa o una mirada de complicidad, a veces tan sólo una palabra, puede poner el mundo al revés y convertir en Superman al hombre más apocado. También ocurre naturalmente lo contrario y las catástrofes europeas inciden de un modo notable en el estado de ánimo del equipo, incluso inducen en ocasiones a malas rachas de tenebroso recuerdo. El Madrid va a París en octavos de final con un espíritu extraño, un poco outsider, y lo cierto es que casi siempre que se ha travestido de eso la caza ha sido gloriosa y abundante.
El Madrid se viene más arriba cuanto más grande es el toro que le ponen en frente y de ese material está hecho gran parte de lo imperecedero de su leyenda
No tiene por qué ser siempre así. Primero porque la vida es pura imprevisibilidad y segundo porque el PSG es un equipazo. Un equipazo absolutamente galáctico, lo más parecido a aquella cosa que montó Florentino en el verano de 2003 y cuyo vuelo, como el de Ícaro, fue tan hermoso como trágico. Cuando yo era chico el PSG no era el peseyé sino el Paris Saint-Germain, el equipo de Ginola, de Weah y de Lama: un club joven y con glamour pero sin historia al que la misma Francia le quedaba grande, sin apenas arraigo en París, capital mundial del tenis en donde aún resonaba el eco del antiguo Racing. El PSG cumple una década siendo el juguetito de uno de los sultanes más ricos de la historia de la humanidad y como pasa con algunos perros, ha terminado adoptando los rasgos estéticos del dueño. Como debía sonarle raro a un teócrata islámico que su agencia de marketing universal llevara el nombre de un santo en la camiseta, la identidad visual del equipo ha ido simplificándose con el tiempo en aras de esa globalidad amorfa , desarraigada, de la que es el máximo representante: destacaron en grande la palabra París, minimizaron el Saint-Germain de Saint-Germain-en-Laye, residencia ancestral de los reyes de Francia; por supuesto borraron la cuna de Luis XIV que estaba en el escudo original, y el azul, blanco y rojo, fusión de los colores nacionales con los de la capital, fue poco a poco tiñéndose de un azul negro, opaco, sucio, un azul petróleo qatarí que parece una bandera pirata.
En el Parque de los Príncipes de París se vuelven a enfrentar dos concepciones antagónicas no sólo del fútbol sino del propio futuro del fútbol y del juego como celebración global, como espectáculo universal. El PSG qatarí del testaferro Nasser y del sultán del Golfo es la degeneración monstruosa de lo que concibió en 2003 Florentino, de aquel mensaje evangélico que planeó en primera instancia con Beckham como símbolo de un salto adelante cualitativo. Lo primero que hicieron los qataríes al comprarse el PSG fue fichar a Beckham, que ya estaba en esa fase terminal de su carrera deportiva en la que se dedicó a pasearse entre Milán, París y Los Ángeles, afinando los resortes comerciales de la majestuosa marca en que se convirtió a sí mismo. En París se enfrentan la tradición y la audacia frente a la mediocridad del dinero ilimitado. Esa malversación de la visión florentinista ha reducido la idea original, que era crear un lenguaje que pudiera ser entendido por todos en todas partes, a una moda banal: niños y niñas vestidos igual, con el mismo chándal y la misma mochila, sin ni siquiera ser aficionados al fútbol y qué decir del Peseyé. La androginia estética ha convertido a los chavales en clones de sexo difuso, replicantes que van luciendo por el mundo los colores de una franquicia global que en realidad no pertenece a ninguna parte; una franquicia despersonalizada que se viste como un equipo de la NBA y que acumula bugattis y ferraris en el garaje del chalet hortera de la urbanización como decorado ideal de vídeos para TikTok. Pero el Madrid tiene todo lo que el sultán de Qatar no puede comprar: verdad, una verdad pura y sencilla que resplandece en el color de su camiseta. Ese blanco satinado tiene en las vidas de la gente el efecto de la nieve sobre la tierra herida de un campo de batalla: cicatriza, cura y ayuda a olvidar. A olvidar las mezquindades de la vida pequeña, a olvidar las frustraciones, a olvidar las impotencias y las limitaciones. Es un blanco sin mancha de ropa tendida al sol que lava el azul corporativo de la tapadera con la que el jeque está destruyendo el fútbol. Un blanco que pone el mundo a temblar cuando asoma la primavera y que nos convoca como a los estudiantes en el Día de la Primavera: a consagrar lo mejor de nosotros mismos en el empeño de soñar, que es otra cosa que tampoco podrá comprarse nunca el jeque.
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El PSG llega al choque de octavos contra el Real Madrid en una línea irregular, que es lo que lleva ofreciendo desde principios de temporada. Un plantel repleto de calidad individual, pero al que le cuesta funcionar en conjunto y no ofrece garantías continuas de buen juego. Pochettino utiliza de forma inalterable el sistema 1-4-3-3 y para esta cita no podrá contar con Sergio Ramos que está lesionado. Además, Neymar llega muy justo y aunque estará en la convocatoria no se le espera en el XI después de varios meses en el dique seco. De esta forma la alineación, salvo la duda en el marco, parece clara. Donnaruma o Keylor Navas en portería; en la defensa Achraf, Marquinhos, Kimpembe y Nuno Mendes; en la media Verratti, Paredes y Danilo y en la línea de ataque Messi, Mbappé y Di María. En el banquillo mucha profundidad de plantilla, y con Neymar como revulsivo, también tienen opciones de salir y tener protagonismo en la segunda mitad hombres como Icardi, Draxler, Ander Herrera, Wijnaldum o Gueye.
La presión del PSG cuando no acaba la jugada se limita a unos pocos segundos. Si en ese tramo de tiempo no consigue robar, comienzan sus problemas. El equipo ataca con mucha gente y si el rival sale de esa rápida presión con celeridad y precisión el PSG sufre. Los adversarios le hacen mucho daño en las transiciones rápidas y sobre todo por el sector derecho de la defensa. Achraf deja muchos espacios, tarda en replegar y no es un baluarte defensivo para recuperar la posición. En ese sentido, Vinícius debe ser un jugador capital para mostrar las debilidades del PSG. Los grandes defectos del equipo francés todo el año han sido convertirse en un equipo que se parte, con cinco o seis futbolistas arriba y cuatro defendiendo con el conjunto contrario corriendo y llegando sin oposición hasta las inmediaciones del área. Si la presión surte efecto, son un equipo devastador, porque te ahogan, no te permiten descansar con balón, y si recuperan cerca del marco rival son temibles. La presencia de Di María ayudará en ese sentido, por tener una capacidad de sacrificio y un físico mayor que el de Neymar.
En el magnífico hilo que publicó Andrés Onrubia en Twitter (@AndiOnrubia) se muestra a la perfección cómo el cuadro parisino usa la salida de tres para sacar el cuero desde la zaga. Tres opciones distintas. En una de ellas, con Danilo por la zona derecha, en la segunda, con Paredes bajando a la posición de libre y Verratti o Danilo por delante, y en la tercera con el italiano en el sector izquierdo y el portugués unos metros más arriba. Es la idea de Pochettino cuando los rivales presionan con dos delanteros, aunque lo probable es que mañana el Real Madrid mantenga su bloque medio y no se vuelva loco a presionar con intensidad cerca del área del PSG. La ayuda de uno de los medios es básica, pero los dos centrales, Marquinhos y Kimpembe, tienen buen pie para jugar el cuero. Los dos laterales se abren para ampliar el rango de juego e incluso en ocasiones se lanzan arriba para que exista la posibilidad de cruzarles un balón en diagonal desde la defensa. Si en algún momento jugase Icardi, el argentino ofrece la alternativa de recibir pases en largo para que pelee con los centrales, busque los balones aéreos e intente descargar a los medios que llegan de cara.
En el apartado defensivo, el PSG ha combinado este curso momentos de solidez con otros de dudas. Con el equipo armado y en estático se muestran firmes gracias en parte a sus dos fenomenales centrales y las ayudas en el medio de jugadores físicos como Danilo o Gueye. En ese aspecto, lo ideal para hacer daño es entrar por las bandas, con la derecha como zona más frágil. Entre líneas dejan pocos espacios, pero si Benzema fuese de la partida y estuviese a buen nivel físico tras sus molestias, sería un jugador referente para posicionarse por detrás de Danilo, sacar a uno de los centrales de zona y buscar combinaciones para las entradas de Vinícius o Asensio. En cuanto a la opción de colgar centros desde la banda, tanto Marquinhos como Kimpembe son contundentes en el juego aéreo y dejan pocas opciones al remate. En las jugadas de estrategia estará todo muy igualado en cuanto a futbolistas potentes por arriba con interesantes duelos como el de los centrales brasileños o el de los pivotes Casemiro y Danilo.
Uno de los equipos con más pólvora y arsenal ofensivo del planeta. Un cuadro que cuenta con Messi, Neymar, Mbappé, Di María o Icardi es garantía de gol y pegada. Los parisinos pueden tener media oportunidad y lograr dos goles porque la eficacia de sus delanteros es altísima e impresionante. Las individualidades son formidables y de la nada pueden inventarse un gol en cualquier momento. En línea de tres cuartos, si se juntan los dos argentinos con espacios y opciones de girarse y encarar portería, son dañinos, tanto si buscan el disparo ellos mismos como si intentan filtrar balones a Mbappé. Además, la banda derecha es otra de las zonas prolíficas parisinas con un Achraf que se despliega con potencia, velocidad y llegada arriba. El sistema que ha quedado verificado que les cuesta más atacar es el de 1-4-4-2 cuando se cierran bien los carriles centrales y se les obliga a jugar y proyectarse mucho por la banda. En los córners o faltas laterales también tienen un poderío aéreo considerable con Marquinhos, Kimpembe o Danilo, tres jugadores de gran envergadura y magníficos en el remate de cabeza. Por último, no es recomendable concederles faltas cerca de la frontal por la enorme capacidad de Messi para convertir un tiro libre en gol.
La propuesta de Pochettino en su ya importante trayectoria como técnico se define siempre como ofensiva, vistosa y con gusto por la iniciativa del juego. El argentino busca la posesión de la pelota, las combinaciones rápidas y la capacidad de asociación, pero también demuestra sus armas al contragolpe si es lanzado por Messi y finalizado por Mbappé. Un combo de visión, precisión, velocidad y definición. La clave de los parisinos en la parte estática se basa en el dúo Verratti-Messi. Si el italiano y el argentino se encuentran, se entienden y conectan en el mediocampo o en tres cuartos de campo, el juego fluye. Y ahí es cuando el PSG es un equipo complicado de detener y de contrarrestar. Por tanto, un resumen conciso es que el equipo parisino te puede matar en capacidad asociativa si no se ejerce una presión y enorme agresividad cuando tienen el balón Verratti o Messi o en una contra porque con espacios Mbappé es casi intratable.
El fichaje estrella del PSG el pasado verano fue Messi, pero el césped está confirmando que el jugador franquicia es Mbappé. Los guarismos del delantero son abrumadores y en su club acumula 21 tantos y 13 asistencias este curso. A ello hay que sumar las estadísticas con la selección francesa donde ha conseguido siete dianas y cuatro pases de gol. A estas alturas es difícil descubrir la calidad del parisino. Un delantero rapidísimo, con una calidad técnica fantástica, hábil, eléctrico, con desparpajo para el regate y desequilibrante. Un fenómeno que está en el olimpo futbolístico mundial en este momento. Un jugador al que no se le debe dejar ni un centímetro para armar el disparo, girarse o arrancar porque en velocidad es prácticamente imparable. Una dura piedra de roer para los Carvajal, Militao o Alaba, con los que se encontrará en distintos lugares del terreno de juego.
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Muy buenas. Estas líneas tienen divisa: cuesta mucho pitar penalti a favor del Madrid.
Avancemos. En su noble lucha con Albiol, el llamado Chori, Vinícius resbaló. Su carrera fue tal, explosiva y miaja descoordinada también, que pasó eso: resbaló.
Cuesta mucho pitar penalti a favor del Madrid.
El árbitro acertó, no podía equivocarse: hubiera prevaricado o así. La tele lo explicó fetén. Estaban los dos solos, el plano para ellos. Defensa y delantero. No apareció otra persona, animal o cosa en ninguna toma. El árbitro, no les cuento el VAR, los cuatro tíos juntos, calentitos, tuvieron todos una visión perfecta, nítida. Y no dudaron. Vinícius resbaló y el defensa, atento y decidido, trató de impedir que se cayera estirando el brazo con intención agarrarle y evitar la trompada. Lo consiguió a medias, pues caerse se cayó el brasileño. Pero bueno, la intención es lo que vale.
Cuesta mucho pitar penalti a favor del Madrid.
En el partido de la primera vuelta vivimos algo parecido con Albiol que apareció en el camino de Nacho, en el área, cuando pretendía rematar el insensato. Se pidió penalti, pero tampoco se concedió. ¿Si se hubiera pitado en ambos casos? Los eruditos dicen que fueron jugadas grises, o sea que pueden pitarse o no. No sé. Probablemente el Madrid los hubiera fallado. Los dos.
Cuesta mucho pitar penalti a favor del Madrid.
Eso sí. No en todas partes los árbitros entienden la cosa igual. Acción parecida sucedió un rato después en Pucela. A la salida de un córner, El Yamiq, central local, le dio un guantazo al chico Arnau, del Girona. El árbitro no lo vio, quizá porque había no menos de 15 tíos en el área. Pero el VAR, ¡oh!, le mandó a consultas. Hay al menos un tío al que eso, lo de sacudir a un rival en la cara, le parece raro. Pitaron penalti.
Cuesta mucho pitar penalti a favor del Madrid.
En su noble lucha con Albiol, el llamado Chori, Vinícius resbaló. Su carrera fue tal, explosiva y miaja descoordinada también, que pasó eso: resbaló
Por lo demás, el partido en La Cerámica fue entretenido y con dos tiempos. El primero, local. Y el segundo, visitante. Si al descanso hubiéramos llegado con el Villarreal por delante a nadie hubiese extrañado. Si el Madrid acaba goleando, tampoco. Rulli pareció una mezcla de Yashin, Zamora y Arconada con ribetes casillescos, y los de blanco llevan 48 remates a puerta en los últimos tres partidos… y un gol. 48-1. Ese es el problema.
Cuesta mucho pitar penalti a favor del Madrid.
A mí me ilusionó la segunda parte merengue. El equipo tiene piernas camino de París. Y eso es fundamental para andar por Europa. Para correr, diría mejor. Jugó Bale y lo hizo bien. Oigan: lo normal es que lo haga bien. Otra cosa es su currículo de los últimos años. ¿Si jugará contra el PSG? Pues dependerá de Benzema, claro. La cosa es que entre Karim justito y Bale u otro al cien por cien, déjense de coñas: el que está al 100 x 100. Veremos. Más allá de eso, servidor pondría cuatro volantes mañana. En la zona de máquinas, digo. Los Tres Tenores y Valverde. Y Camavinga a calentar desde el minuto 10. Manías, seguramente.
No sé si les había dicho que cuesta mucho pitar penalti a favor del Madrid.
Y lo del derbi catalán. El resultado confirmó los temores: enfrentándose las dos peores defensas de Europa es natural que haya goles y nada raro que se repartan. La del Espanyol dejó su sello: encajó en la primera jugada del partido y en la última. Tuvo mérito. También la del Barça. Dos tiros a puerta, dos goles. El primero lo marcó Darder de magnífico disparo ante un grupo de defensores azulgrana que se posicionó para ver mejor que nadie la belleza del remate. Los tíos miraron como chutaba el rival desde una perspectiva tan única que ni desde el palco más vip del estadio se mejoraba. El segundo lo vi el otro día en un partido de mi nieto, el pequeño. Gran pase largo de Darder, el defensa García parece medir 20 centímetros, la pelota le supera y el delantero se aprovecha.
Cuesta mucho pitar penalti a favor del Madrid.
No sé si les había dicho que cuesta mucho pitar penalti a favor del Madrid
El delantero que se aprovechó fue RDT, que acabó con un globo monumental. Se cagó en las muelas, con perdón, de sus colegas. Un balonazo a la olla donde está el 9, Luuk De Jong, que había salido sólo para eso, y ninguno de los centrales es capaz siquiera de molestarle. Otra verbena. Raúl enloqueció y es normal porque él, el ariete, había despejado varias veces balones a la olla convirtiéndose en el mejor jugador del Espanyol y del partido en todas las zonas del campo. Estuvo en el primer gol, anotó el segundo, jugó bien la pelota cuando bajó a buscarla y se la dieron, y defendió como el mejor defensa. Fue el mejor arriba y abajo, lo que me anima a decir que hizo de Di Stéfano, que fue el Di Stéfano de la noche. Porque eso era Alfredo: el mejor en todas las situaciones. El partido de RDT fue conmovedor. El que más lo mereció ganar. Claro que encajando dos goles por partido, lo de ganar es difícil. Un abrazo, muchacho.
Cuesta pitar penalti a favor del Madrid.
En San Mamés clamó por el derribo de Vivian a Hugo Duro. Pidió penalti y no se lo concedieron. En Vitoria perdió por un penalti antológico. Fue eso, de antología, ver pena máxima, ¡pena máxima!, en esa jugada. En fin…
Como en Cornellá, en casa más de una vez. Su topetazo ante el Villarreal lo enmendó a la primera empujando otro poco al Levante hacia el descenso y confirmando que quiere estar en la Champions el año que viene. Por juego lo está mereciendo.
Los suyos querrían que lo fuera menos, pero el pueblo en general se pone un partido de este Atleti y lamenta que se acabe. La decisión de sus partidos ante Valencia y Getafe fueron grandes verbenas. Ahora, el United. Muy excitante, sobre todo si defiende mejor.
Eso, camino de París recupero esta fotografía. Está Zidane, París o sea. París, mejor Marsella, y toda Francia. Está Guti, ¡qué arte! Y está, quien lo pillara, Ronaldo Nazario. El Madrid buscará colgarse otra medalla. Lo sería meterse en cuartos, sí.
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