Ha finalizado el Mundial, y el lector habitual de esta página no se sorprenderá si le confieso que, sin menoscabo del triunfo de España, lo que me produce más alegría es el hecho de que cada vez queda menos para que retorne mi auténtico acompañante vital, el Madrid. Sin pretender coquetear al estilo Brassens, uno está deseando que la semana recupere su arquitectura sentimental y que ese compañero silencioso que lleva décadas marcando el ritmo de mi rutina vuelva a asomar por el horizonte.
Reconozco, no obstante, que este mes también he pasado algunos buenos ratos frente al televisor. A pesar de la inevitable merma física, hubo partidos verdaderamente entretenidos, con alguna historia inesperada. Por otro lado, también ha constituido un fenómeno interesante de observar esa extraña comunión nacional tan poco frecuente en otros ámbitos. En este sentido, personalmente tengo la impresión de que este Mundial ha tenido una capacidad de arrastre aún mayor sobre esa inmensa multitud de no futboleros que, llegado el caso, se suben gustosamente al carro.
Quizá la explicación esté menos en el fútbol que en todo lo que hoy gravita a su alrededor. Hace tiempo que las redes sociales ya no analizan únicamente los encuentros: exprimen los gestos, las celebraciones, la ropa, las miradas, las cámaras lentas, los bailes del vestuario y las frases convertidas en meme. Se consume muchísimo contenido tangencialmente futbolero, suficiente para enganchar a quienes, seamos sinceros, disfrutan bastante más del show business que del juego. No es ninguna novedad contemplar el fútbol como gran fenómeno cultural -y político- antes que como deporte, si bien el formato ha evolucionado y ahora los goles y las ingentes cantidades de atrezo se empaquetan para el TikTok. Bien está.
Ha finalizado el Mundial, y lo que me produce más alegría es el hecho de que cada vez queda menos para que retorne mi auténtico acompañante vital: el Madrid
Dentro de ese universo paralelo, en este Mundial 2026 pocas cosas han dado tanto que hablar como las canciones elegidas por las distintas selecciones para celebrar sus triunfos. Los ingleses se han aferrado a Wonderwall, preciosa ñoñada que se convirtió en un oasis -disculpas anticipadas por el chiste facilón- para un combinado que, con los años, ha eclosionado como un equipo epítome del romanticismo, para desgracia de sus hinchas. Ya se sabe, luchamos como nunca y perdimos como siempre. El romántico emociona al espectador neutral, pero condena al que lo sufre desde dentro a una existencia de belleza melancólica y derrotas memorables. La cara de Cristo del barroco de Bellingham -exquisita definición de Ángel del Riego- acaba, de este modo, inspirando más ternura que miedo. Por su parte, los mexicanos colocaron sobre el tablero la arrebatadora El Rey, canción orgullosa hasta la obstinación, si bien también puede resultar una celebración consoladora que trata de construir una forma de victoria cuando la victoria de verdad se ha escapado. Ni trono, ni reina, ni nadie que les comprenda. Luego está Francia, con ese inexplicable One More Time de Daft Punk regurgitado tras cada gol: una pieza electrónica tan impersonal que constituía una renuncia estética y me atrevería a decir que a la identidad cultural francesa si no fuese un tema que ha acumulado ya demasiadas peligrosas boutades.
España, mientras tanto, ha memetizado el Superestrella de Aitana, a mi juicio de una forma bastante coherente. La afición que ha reforzado el grueso de la marea roja durante este campeonato comparte rasgos con el hit: es ligera, festiva, poco dada al ceremonial y muy consciente de que la experiencia, en la vida actual, también consiste en generar contenido. Si la alternativa era Un beso y una flor, de Nino Bravo, a punto de desplomarse por exceso de solemnidad antes incluso de arrancar, no hay color. Hay canciones demasiado grandes para convivir adecuadamente con el algoritmo.
A medida que cavilaba sobre todo esto, me sorprendí a mí mismo vehiculando el contenido de mis reflexiones hacia mi obsesión particular. Es decir, preguntándome acerca de qué músicas podrían hacer justicia a los goles imposibles y las victorias inverosímiles del Real Madrid. No sería la primera vez que en La Galerna se juega a estas cosas: hace años algunos compañeros recopilaron listas magníficas capaces de retratar diferentes aristas del madridismo. Pero el ejercicio sigue teniendo algo de irresistible.
En primera instancia, la épica desnuda nos insta a recurrir a elecciones grandilocuentes, acaso un punto rimbombantes. Qué menos que El éxtasis del oro, de un Morricone, para transmitir esa sensación del caminar hacia algo inevitable que poseen los duelos europeos. O, puestos a perder la vergüenza revolcándonos en la desmesura, por qué no recurrir a una banda sonora de Vangelis y de Ridley Scott: solemnidad, aventura, destino, Conquest of Paradise. Con la sonoridad del Bernabéu, los atronadores acordes convencerían al adversario de que no comienza un partido sino una expedición. Habrá quien mencione My Way, de Sinatra, aludiendo a la terquedad insolente de hacer las cosas según un criterio propio aunque el resto del mundo insista en que existe un camino más razonable. El Madrid jamás ha sido un club especialmente preocupado por parecer sensato, la verdad sea dicha.
Menos suntuosas pero más íntimas podríamos enumerar unas cuantas: Bruce Springsteen tendría un lugar reservado representando esas gestas del trabajador que se niega a aceptar que el día ha terminado -No surrender, Badlands, Dancing in the dark...-, Elton John podría presentar su candidatura con I'm still standing -dedicada, de manera apócrifa y avant la lettre, a Vinicius Júnior-, y servidor no se resiste a mencionar Heroes, de Bowie, por la predilección que tiene el Madrid por convertir en protagonistas a los secundarios más inesperados. Sin embargo, semejante tendencia a la anglofilia debería verse compensada con la más apropiada de todas: La vida sigue igual, espejo inmejorable de la tranquilidad con la que el club afronta el paso del tiempo. Cambian los entrenadores, envejecen los ídolos, aparecen nuevas hegemonías... y ahí continúa el Madrid. No nos extenderemos demasiado a este respecto, pues hemos contado aquí mil veces que ese eterno retorno constituye una nana sentimental para el madridista que nos acuna y nos reconforta frente al odio que nos profesan y la incertidumbre que nos rodea.
En cualquier caso, es muy probable que el lector haya llegado a este punto concluyendo que, en el fondo, todos estos jugueteos resultan innecesarios. El Madrid ya tiene su música, y no encontraremos mejor plasmación que aquel himno que en buena hora escribió Jabois. Ese “y nada más” que no necesita explicar nada porque lo explica absolutamente todo. El Mundial vive de pequeños símbolos compartidos capaces de condensar un mes de entusiasmo: necesita fabricar una memoria acelerada porque sabe que, pasados unos días, cada cual volverá a su vida. Por el contrario, el Madrid siempre será, antes que un acontecimiento al que uno se suma, una presencia que acompaña. De manera que a ver si regresa de una vez y podemos, por fin, dejar de darle vueltas a estas cosas. Al fin y al cabo, dicen que uno escribe canciones para rellenar un vacío, mientras que la mejor playlist para un madridista siempre ha sido el calendario.
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Yo en las remontadas del Madrid, me imagino de fondo el Blitzkrieg bop de Los Ramones a todo volumen
Magnífica playlist !!