He pasado la mañana en RMTV hablando de Pepe Santamaría, aún con el corazón encogido por la pérdida del héroe que se convirtió en amigo, adornando mi vida con generosidad que nunca terminaré de agradecer. Cuenta Victorio Calero desde Múnich que habrá minuto de silencio en su honor, que su rostro lo presidirá desde el videomarcador y que los jugadores intentarán ganar en homenaje al mito. Hay concomitancias extrañamente conmovedoras en este tributo.
El héroe por antonomasia en la historia muniquesa es Franz Beckenbauer, quien tenía por modelo a Pepe Santamaría. Al káiser, con ocasión de un premio, le felicitaron por haber sido el primer defensa del fútbol de élite que se esmeraba en sacar el balón jugado desde atrás, en contraposición al visceral y clásico patadón.
—Muchas gracias —respondió—, pero el primer central que tuvo esa vocación fue José Emilio Santamaría. Jugando así logró cuatro Copas de Europa con el Real Madrid.
Así que Santamaría era el ídolo de un ídolo (gracias, Esteva), el jugador favorito de tu jugador favorito, o tal vez, como ya han pasado muchos años aunque la longevidad de Pepe nos hacía olvidarlo, ya sea el jugador favorito del jugador favorito del… Las generaciones pasarán, pero la leyenda seguirá para siempre. No puede ser casualidad que la primera señal de respeto tras su muerte le llegue a Pepe en el estadio que encumbró al káiser.
Tengo una historia. Su proverbial modestia me desautorizó para contarla durante su vida, pero ahora me parece obligatorio dejar que se sepa. Es el testimonio de una era en la que los hombres se regían por otros códigos. Hubo un tiempo en que la vida y el fútbol fueron lugares edificantes. La escena pudo ser como la cuento o parecida a como la cuento, y el escenario algún evento donde coincidieron dos colosos de la historia blanca. Acababa de morir Paco Gento, Presidente de Honor del club por entonces, y los dos grandes candidatos a sucederle se encontraban como lo que eran: dos amigos, dos madridistas, dos caballeros.
—¿Qué vamos a hacer con esto, Amancio? —preguntó tal vez Pepe.
—Me parece claro —respondió el eterno extremo—. Tu palmarés supera al mío. Si me preguntan, diré que es tu turno.
—Si me preguntan, yo diré que es el tuyo —repuso Pepe—. Yo soy ya nonagenario, y es un cargo que, aunque honorífico, comporta responsabilidades y actividad.
La mira de su amigo se nubló, si bien no dejó de sonreír, o así me lo imagino yo.
—Tú serás nonagenario, pero lo que no conoces son las noticias sobre mi salud. Te cuento.
Y Amancio le contó a Pepe cómo la biología no respeta necesariamente ninguna prelación por razón de edad. Ni siquiera en eso nos es inteligible. El káiser se fue mucho antes que su maestro, y Amancio se iría también antes que el 5, que aguantaría más que nadie. Yo me figuro que Pepe le miró entonces con ese azul acuoso de hombre bueno con el que todo lo dignificaba.
—Pues entonces con más razón, Amancio —contestó al fin—. Con más razón.
Donde están ahora Pepe y Amancio no hay edad ni hay cáncer, y podemos tener tantos Presidentes de Honor como queramos. De hecho, ambos ejercen simultáneamente el cargo, ya, con un tal Alfredo y un tal Paco. La modestia incorregible del recién llegado le hará más llevadero el protagonismo si el cargo, por fin, se comparte. “Lo importante es el equipo”.
Lo fácil sería pedir que su ejemplo nos acompañe esta noche, en el Allianz, allá donde dicen que arden los árboles. No estará de más, pero donde realmente necesitamos a Pepe es solo en el resto de nuestras vidas. La mía fue tocada por su luz, y ojalá nunca se reponga del deslumbramiento.
Fotografías: La Galerna y Getty Images













Bonito artículo señor Bengoechea con esa anécdota entrañable sobre la presidencia de honor del Real Madrid. Tuve la suerte de conocer a ambos (a Amancio un poco más) y Santamaría me pareció un tipo formidable y con un excelente humor. Ahora se han vuelto a juntar ahí arriba.
D. E. P.