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Relato arbitral

Relato arbitral

Escrito por: Sergio Yebra25 agosto, 2026
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Este cuento se me ocurrió a raíz de una publicación de mi estimado hEchicEro.

 

Aitor llevaba dos temporadas arbitrando en Segunda División, sin pena ni gloria. Era un tipo que procuraba ser justo en sus decisiones, calmado y al que le gustaba explicar las cosas a los jugadores. No creaba polémicas y, en su debe, era un árbitro que no se imponía con autoridad. No había acabado muy bien en la clasificación del CTA a final de ninguna de sus dos temporadas. Ni en la previa ni en la posterior al famoso "índice corruptor".

A la finalización de esa Segunda temporada, tomándose unos vinos con un amigo suyo, árbitro de Primera, le comentó que existían unos cursos de coaching con Javier Enríquez Romero, que venían muy bien para llegar lejos más rápido. Aitor preguntó a Jon si acaso ese no era el hijo de José María, el vicepresidente del CTA, a lo que Jon respondió que sí, que era muy buen profesional y te ayudaba a focalizarte y que te iba muy bien después. Que estaba garantizado.

Aitor, después de hablarlo con Mayte, su mujer, decidió hacer caso a Jon y contactó a través del CTA con Javier y contrató sus servicios. No le pareció barato, pero estaba decidido a hacer cuanto fuera, porque subir a Primera era su sueño y la diferencia de salario era brutal.

Jon tenía razón. Después de hacer los cursos, en su tercera temporada, a pesar de haber acabado por la zona de mitad para abajo en la clasificación de los informadores arbitrales, al concluir el curso le llamó José María, el vice, y le dijo: "Enhorabuena, Aitor, has sido uno de los mejores de la campaña y hemos decidido ascenderte a Primera División".

Aitor llegó a casa temblando en el coche y loco de alegría. Subió corriendo a casa y, cuando le abrió Mayte, la abrazó llorando y le contó la noticia. Le dijo el salario que iba a percibir, en comparación con lo que ganaba en ese momento, y salieron a celebrarlo con su hermana y su marido de cena por Elgoibar.

La temporada siguiente se quedó sorprendido porque, después de cuatro partidos, le llamó José María y le dijo que le gustaba cómo estaba arbitrando, que mantenía una buena línea y que estaba pensando en él para un partido importante en pocas fechas, que siguiera en esa línea y le avisaría. Sentía una emoción desmedida, todo iba viento en popa. Jamás hubiera pensado que lo que le hacía falta era poner el foco en sus objetivos para centrarse, tal y como le había enseñado Javier en el curso de la temporada anterior.

Para la décima jornada de liga, el Sevilla, que había comenzado como un avión esa temporada, visitaba el Camp Nou, y le llamaron para decirle que iba a arbitrar el encuentro. Jamás había notado la presión y la alegría, de forma simultánea, que sintió justo cuando le notificaron la designación. Estaba hecho un flan, pero contento.

Tres días antes del partido le llamó Javier Enríquez, le dio la enhorabuena y le dijo: "Oye, no te preocupes por nada. Cuando llegues al Prat, tú y los linieres, os recojo yo en el aeropuerto y os llevo al Camp Nou. Nos vemos el sábado".

El sábado, al llegar al aeropuerto, allí estaba Javier, quien se fundió en un abrazo con él y le presentó a sus linieres. Se fueron al parking y montaron en el coche de Javier.

La Torrada

Fueron charlando y, cuando se quiso dar cuenta, estaban parados frente a un bar que se llamaba "La Torrada". Javier les dijo: "Paramos cinco minutos aquí, que está mi padre y quería saludaros. Este es el bar de la mujer de mi padre". Bajaron del coche y, al entrar al bar, allí estaba José María, charlando en una mesa de forma amigable con otras dos personas. Levantó la vista y, al verlos, se levantó a saludar y les invitó a tomar un refresco rápido antes de ir al hotel a dejar las cosas.

—Aitor —le dijo pasando el brazo por encima del hombro—, cómo me alegro de lo bien que te está yendo. Te llevaba siguiendo un par de años en Segunda y me gusta mucho cómo te impones en el campo. Sigue así, que lo estás haciendo muy bien. Esta noche es un premio a tu temporada. Yo estaré en el campo, suelo ir al palco a ver los partidos al Camp Nou. Espero que tengas suerte. Cuando acabe el choque os traerá de nuevo Javier aquí, y cenamos juntos y charlamos.

De camino al campo, Javier fue diciéndole lo importante que era ese partido por el liderato, que ambos equipos estaban fuertes y que el Barça estaba esperando dar un golpe de autoridad ante su afición. Que ya sabía perfectamente lo que tenía que hacer, que estuviera tranquilo, pero que fuera consciente de lo que se jugaba el Barcelona, que no podía tomarse decisiones alegres que estropearan el espectáculo.

Hicieron el check-in en el hotel rápido y fueron al campo. Al llegar, Javier entró al parking del personal del Barça y les acompañó hasta el vestuario, saludando a todos los empleados que se iban cruzando. Les explicó que le gustaba acompañar a los árbitros hasta el vestuario, para que se sintieran cómodos. Le dio unas últimas charlas "de coaching" y allí los dejó. Aitor estaba como en una nube, nervioso pero contento por la confianza que mostraban en él.

Llegó el momento de salir a calentar. Cuando estaba corriendo hacia la banda donde estaba el palco vio a José María, que le saludó en la distancia con un gesto con la cabeza. Él sonrió.

Empezó el partido y pronto vinieron curvas. En el minuto cuatro, un delantero del Sevilla se internó en el área y un defensa fue al cruce. El jugador cayó rápidamente al suelo y el Camp Nou empezó a chillar. Era impresionante el ruido que podían hacer. Hizo gestos con las manos diciendo que no había pasado nada porque no había pasado nada, ¿no? Miró al linier más cercano y no le indicaba nada. Se quedó tranquilo.

El banquillo del Sevilla se lo comía y, al rato, en el centro del campo hubo una falta a un jugador culé, que se quedó dolorido en el suelo. No lo había visto bien, pero llevaban un rato alterados por la acción del área y decidió cortar de raíz. Le sacó tarjeta amarilla. Rápidamente le rodearon más jugadores sevillistas y tuvo que sacar otra tarjeta más por protestar.

Al descanso el Barça ganaba por 1-0 y, al dirigirse al túnel de vestuarios, el entrenador hispalense le dijo:

—No me jodas, Aitor, que era penalti y les estás permitiendo de todo. Nos jugamos mucho.

Se detuvo y le hizo un gesto de que continuara.

—Por favor, para adentro, no nos arrepintamos después. Vamos, vamos.

Todos los jugadores del Sevilla iban montando un buen pollo.

Acabó el partido, con varias polémicas más. Ganó el Barça por 3-1 y el Sevilla terminó con 10 en el minuto 60. Se montaron varias tanganas. En la ducha, Aitor pensaba que no había estado bien, que se le había ido el partido, que no había sido el de siempre. Era todo muy raro. Vio las repeticiones de todas las jugadas conflictivas y pensó que todas las había arbitrado mal. Estaba mucho más nervioso que antes del partido.

Al terminar, fueron al bar a cenar con José María, que le dio un gran abrazo y le dijo que había estado sublime, mostrando una gran personalidad ante las polémicas, zanjando y dejando claro quién era el que mandaba. Eso le alivió un poco.

Ese mismo año le tocó algún que otro partido de los importantes y tuvo varias charlas telefónicas con José María, en las que le decía que todo iba muy bien. Eso le dio tranquilidad para afrontar con calma los encuentros.

Esa temporada el Barça pudo ganar la liga por un gol con la mano de Messi, que un compañero suyo se tragó. Le dieron a ese árbitro la final de Copa, a pesar del error. Les explicaron a todos, en una circular, que el árbitro ya se había elegido antes del partido de dicho tanto y que no podían castigarlo por un error humano. Se lio una buena con los madridistas por aquello.

Aitor aquello lo vio raro y, cenando con su amigo Jon al término de la temporada, le dijo:

—No sé muy bien cómo se evalúan los fallos. A Tristante Oliva lo bajaron a Segunda por el penalti de Marchena a Raúl, y a Rodríguez Santiago le han dado este año la final de Copa por un gol con la mano que podía dar una liga.

—No te hagas líos —replicó Jon—. Tristante estuvo horroroso todo el año. Lo descendieron por eso, y Rodríguez Santiago estaba pitando muy bien, y no le vas a quitar un premio por un pequeño error difícil de ver.

En las siguientes temporadas arbitró bastantes clásicos entre Madrid y Barça. Los madridistas decían que siempre beneficiaba al Barça, y en la Ciudad Condal decían que era el árbitro de cámara del Real Madrid. Lo cierto es que, de 12 clásicos, el Madrid ganó dos y empató dos, perdiendo los otros ocho. Él árbitró en la época en que el Barça tenía un equipo de ensueño, con Messi, Xavi, Iniesta, Puyol…, era lógico.

Cuando se retiró, las estadísticas decían que con él los culés ganaron el 81% de sus encuentros y el Real Madrid, el 54%. Le habían hecho internacional al finalizar su Primera temporada y llegó a dirigir unos octavos de Europa League y un partido amistoso de Jordania contra Brasil.

Una noche, cenando con su cuñado, este le dijo:

—¿No has visto lo que ha pasado con el vicepresidente del CTA? —Aitor lo miró sorprendido—. El Negreira ese, se ha descubierto que el Barça le estuvo pagando durante varios años, y no poco dinero. Se ha montado un revuelo de la hostia. La gente anda preguntándose que si se amañaban partidos o no sé qué leches, porque por lo visto el tío en Hacienda ha dicho que el Barça le pagaba para garantizarse que hubiera neutralidad en las decisiones.

—¿Negreira, dices? —preguntó Aitor, echando mano a multitud de recuerdos—. No sé, chico, pero a mí en la vida se me dieron instrucciones antes de ningún partido. Me huele raro todo esto, no entiendo nada. Y una cosa te digo, Ibon: ese Negreira en el Comité no pintaba mucho. Iba a Santander a principio de temporada con el presi Arminio, y allí sentado a un lado se quedaba. Un figurante, un pasmarote. Ahora dirán memeces, pero te pongo yo la mano en el fuego por todos los compañeros. Aquí no se ha beneficiado a ninguno ni perjudicado a nadie, somos los más profesionales de toda Europa. No entiendo a qué le andaban pagando, pues. Serán invenciones, joder. Es imposible.

 

Relato de ficción basado en declaraciones de colegiados e investigaciones de la UCO sobre el caso Barça Negreira.

 

Getty Images e IA

 

Sergio Yebra
Yebrita: berciano y apasionado del Real Madrid.

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