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Marguerite

Marguerite

Escrito por: Athos Dumas27 febrero, 2020
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Esta mañana falleció mi querida madre. 97 años. 9 hijos. 19 nietos. Muchos bisnietos.

Nacida en Madrid, de padre francés y madre española, nunca quiso renunciar a su nacionalidad francesa, pese a ser también muy española y muy madrileña. Criada enfrente del Retiro, en la calle Juan de Mena, casada en la iglesia de su barrio, San Jerónimo el Real, popularmente conocida como “Los Jerónimos”, iglesia de bodas reales y de alto copete, pero para ella, Doña Margarita - mejor dicho, Marguerite - era casarse en su parroquia.

Conoció a mi padre, también francés, en el viejo Lycée Français de Madrid, sito en la calle Marqués de la Ensenada - justamente dónde se ubica hoy en día el Consejo General del Poder Judicial - ambos estudiaron allí y ambos fueron profesores en los años 40.

Perdonen que les cuente mi vida, o en parte la de mi querida madre, pero entre ella y mi padre, también con ayuda de mis abuelos paternos, lograron inocularme de este bendito veneno que es para mi el madridismo, ya que todos ellos eran socios del Real Madrid de toda la vida.

Me contaba a menudo mi Mamá que ella tuvo la suerte por ejemplo, estando aún de novios con mi padre, de asistir a la que hasta hoy es la mayor goleada jamás habida entre el Madrid y el FC Barcelona, un 11-1 inigualable allá por la primavera de 1943, el 13 de junio, festividad de San Antonio - día de la madrileñísima tradición de los alfileres de San Antonio de la Florida -. Aún hasta hace poco ella me recordaba la alineación de aquél día: Marzá; Querejeta, Corona; Barinaga, Sauto, Moleiro; Chus Alonso, Ipiña, Alsúa, Botella y Pruden. 8-0 al descanso y los goleadores fueron Sabino Barinaga (4), Alonso (2), Botella y Alsúa. Sólo suman ocho me dirán ustedes. Y es que los otros tres fueron obra del jugador favorito de mi madre, el gran Pruden Sánchez, 5 temporadas en el Madrid en las que anotó 87 goles.

Aquellos años 40, de posguerra en España y aún de guerra en Francia, origen de ambos de mis progenitores, fueron muy complicados y con escasos recursos para todos. No pudieron irse de luna de miel, y, paulatinamente, mi madre fue dando a luz uno tras otro a mis hermanos y hermanas mayores, de tal modo que en 1955 ya tenían 5 hijos, mi madre ya había tenido que abandonar su profesión de maestra, y mi padre seguía trabajando 60 y 70 horas semanales para alimentar tantas bocas, aunque es de ley reconocer que mis abuelos ayudaban dentro de sus posibilidades.

Llegó 1956 y se disputaba la primera edición de la Copa de Europa. El Madrid se clasificó para la final tras eliminar al Milán en una dura semifinal (global de 5-4) y se plantó en la final que iba a tener lugar, curiosamente otro 13 de junio, en el Parque de los Príncipes de París ante el campeón francés, el Stade de Reims. Mi abuelo materno Henri quiso hacer a su hija el regalo de luna de miel que no había podido ofrecerle en 1944. Sacó dos pasajes de ida y vuelta en el mítico tren “Puerta del Sol” para el recorrido Madrid-París, y reservó creo recordar que dos o tres noches de hotel cerca de la Avenida de la Ópera, además de 2 tribunas para la final. Era prácticamente la primera vez en doce años que mis padres se iban solos de viaje, sin niños, y todo fue para disfrutar de la “Ville Lumière” y de un partizado de fútbol de su Real Madrid. Súmenle ustedes que ya en los años 50 el ídolo de mi madre era por entonces el gran Raymond Kopa, la figura de nuestro rival y líder de la selección francesa. Pero el corazón de mis padres, pese a ser de sangre francesa, no estaba en ningún modo partido, apoyaron ambos incansablemente junto a unos pocos seguidores llegados de Madrid y unos cuantos más emigrantes de toda Europa, para llevar en volandas a los merengues y disfrutar de un 4-3 final tras haber ido perdiendo 0-2 y 2-3 durante varios minutos. La explosión de alegría tras el tanto de la victoria de Héctor Rial debió de ser épica según me narraba hace bien poco mi mamá. Los dos días siguientes en París fueron según ella de los mejores de su larga vida.

También asistieron ambos al año siguiente a la final ante la Fiorentina en el Bernabéu, que con tanto arte narró en estas páginas Andrés Amorós, la que para mí es la mejor crónica de fútbol jamás escrita. Ya en aquella ocasión la final fue una fiesta de principio a fin, y a ella asistieron esta vez mis padres y mis cuatro abuelos. Mi madre tenía mucho cariño al golazo de Gento, jugador que siempre figuraba por muchos motivos entre sus favoritos.

Les contaré la aventura que suponía cuando, ya en los años 70 (y yo por fin ya nacido, habiendo sido el “octavo pasajero” de los nueve que formamos la hermandad), cada dos meses llamaba al timbre el cobrador del Real Madrid para que se le pagasen los cupones de todos los que éramos socios en la casa (yo creo que éramos incluyendo a mis padres como 6 o 7). Mi madre, la jefa absoluta del clan, se ponía de los nervios ya que tenía que pagar un pastizal al susodicho cobrador, y tenía que perseguir a mis hermanos mayores - que ya trabajaban - para que al menos aportasen una parte de las cuotas bimensuales. Alguno salía corriendo, otro de encerraba en el baño, yo a Dios gracias era menor de edad y mi madre pagaba mis cupones con todo su amor y su cariño.

Ahora ya se me ha ido al Cielo mi adorada madre, con la que, por circunstancias, he compartido muchísimos momentos juntos en estos últimos tres años. Hemos disfrutado hasta hace bien poco de ver juntos películas de Hitchcock y del Oeste, muchos partidos de fútbol por TV y hablando de aquellos tiempos en los que ella disfrutaba tanto del talento de Molowny, de su Kopa del alma - al que quiso hacer padrino de mi hermana mayor -, de Santamaría y de aquél al que ella llamaba simplemente Alfredo y a quien siempre ponía dos escalones por encima de todas las estrellas que tuvo el privilegio de ver en vivo y en directo.

Te voy a echar mucho, muchísimo de menos, Mamá. Siempre serás para mi la luz en mis sombras y la mejor maestra de la vida que se puede haber tenido. Pero sé que no te has ido y que siempre brillarás desde allá arriba para guiarme y para llenarme la cara con tus besos de amor.