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El Madrid primigenio (1902-1924)

El Madrid primigenio (1902-1924)

Escrito por: Antonio Valderrama23 noviembre, 2019
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Mi Real Madrid favorito

El Real Madrid primigenio (1902-1924)

 

En abril de 1902, en una mercería regentada por catalanes de la calle Alcalá de Madrid, se pusieron por escrito los estatutos de la “Sociedad civil particular denominada Madrid Football-Club”, cuyo objeto era “fomentar progresivamente la afición al juego llamado Football Asociation”. La mercería pertenecía a la familia Padrós. Los vástagos varones, Juan y Carlos, eran dos muchachos nacidos en Barcelona, en el barrio de Sarriá; ellos se habían hecho hombres, se habían educado y formado como dos magníficos ejemplares de la pujante burguesía urbana madrileña que empezaba a salir al mundo, a conocerlo y a traerlo a la España empequeñecida y derrotada de 1898. Esta “sociedad civil” formada por los Padrós cuya visión (se diría ahora) era la promoción de una extraña actividad al aire libre, un “sport” importado de Inglaterra que jugaban muchachos en calzones en parques y descampados, había nacido más o menos un mes antes, en marzo. Lo asombroso es que tardó solamente veintidós años en tener un estadio capaz de competir en capacidad y animación con los centros de entretenimiento más populares de la España de principios del siglo XX: las plazas de toros, los hipódromos y los frontones de pelota vasca. Todo sucedió muy rápido, tan rápido como cambió el mundo en esas dos décadas. Si hay que establecer un marco temporal para la primera fase histórica del Real Madrid, 1902, cuando se funda, y 1924, cuando estrena Chamartín, son las fechas adecuadas, porque a partir de ellas comienza algo nuevo. Entre su fundación y la inauguración de su primera casa en propiedad, el Real Madrid Club de Fútbol tuvo tiempo de hacer muchas cosas. La más importante de todas ellas fue adquirir, de una vez y para siempre, el carácter libre y universal que iba a determinar su comportamiento colectivo y su naturaleza como institución en los siguientes cien años de existencia. Esta naturaleza, evidentemente, no dimanó de la tierra ni apareció por generación espontánea bajo el suelo de Madrid: es entre 1902 y 1924 cuando al Madrid se adhieren hombres con personalidades fuertes que lo dotan de ese sentido de independencia, resistencia y ambición. Había surgido algo nuevo en España que el Madrid iba a encarnar, la espuma de una modernidad nacional que nunca iba a abandonar al club ni aun en los peores años de la postguerra civil.

El 9 de marzo de 1902, el club de fútbol Real Madrid celebra su primer partido en una explanada entre las calles de Alcalá y Goya, junto a la antigua Plaza de Toros

Y había surgido mientras el mundo, como decía, cambiaba radicalmente. Son los años del Art Nouveau, del expresionismo alemán, del vértigo: es la Belle Époque, el tiempo de las felices afecciones nerviosas, de la teosofía y del espiritismo, los años de la neurastenia y del psicoanálisis, de los automóviles y de los tanques. Entre 1902 y 1924, los años que el profesor Ángel Bahamonde llama “formativos” del Madrid, el club se constituye, crece y se prepara para la expansión global de aquel deporte minoritario y desconocido que había llegado a España como una moda traída por los muchachos de buena familia a los que sus familias mandaban a pasar los veranos en Londres. Entre esas dos fechas Galdós escribe y publica las dos últimas series de sus Episodios Nacionales, es elegido diputado en Cortes y muere; el Madrid sin embargo tiene cinco presidentes y curiosamente en esos años de amateurismo, sólo dos entrenadores. Es divertido compararlo con lo que pasa ahora, con la trituradora de coaches en que se ha convertido el banquillo del Madrid. El club conoce, en cambio, en ese tiempo, cinco terrenos de juego. De ellos, sólo a tres se les puede llamar, en puridad, estadios. Al tiempo, sus dirigentes se implican en la constitución de la primera federación nacional, de la primera competición oficial y de la primera liga, a la vez que están en la vorágine del debate que marcó el rumbo del fútbol a nivel mundial, su profesionalización. Pero en esas dos décadas en las que se va gestando el fútbol en España como industria masiva, el mapa de Europa, por ejemplo, se pone patas arriba: tiene lugar la guerra más devastadora conocida por los hombres, a consecuencia de la cual se desintegran tres imperios, dos de ellos milenarios; nace entre terribles estertores el primer Estado socialista de la Historia y el comunismo amenaza con hacer estallar Europa occidental; emergen el fascismo y el nazismo como reacción a él y a la reordenación del continente tras el tratado de paz que impusieron los vencedores de la guerra. Y por encima de las cabezas de los hombres, nunca mejor dicho, vuelan los aviones: la tecnología y la ciencia modifican el rostro del planeta y transforman las relaciones entre los individuos de una forma, y a una velocidad, inconcebibles tan sólo veinte años antes.

Carlos y Juan Padrós

Un año antes de que el Madrid se constituyera oficialmente a través de los primeros estatutos de esa naturaleza que se redactaron en España, moría la reina Victoria de Inglaterra. Se puede decir que también moría una época. Se moría el siglo XIX. El Madrid había nacido antes de que se muriera, en el 1900, como una escisión de la Sociedad de Foot-Ball, club pionero fundado el año que España perdía sus últimas plazas ultramarinas. Estaba naciendo también, por ejemplo, el cine, que Garci llama “el arte del siglo XX”. Pero antes de que los Lumière se dieran una vuelta por aquí grabando corridas de toros y procesiones en Sevilla, el año de 1898 sumergió a España en un estado de desconcierto y desaliento a todos los niveles. El país empezaba el nuevo siglo atormentado por la conciencia repentina de su irrelevante posición en el mundo industrializado: Europa iba lanzada hacia el futuro, proyectada sobre un progreso material y espiritual del que los españoles se sentían muy lejanos. Las derrotas militares en Cuba y Filipinas ante Estados Unidos hicieron temblar los propios cimientos de la identidad nacional, vacilantes a lo largo de la segunda mitad del siglo que acababa de morir, ya minados por la carcoma de los nacionalismos secesionistas. La conciencia de una revolución social y económica empezaba a forjarse entre las capas más bajas de la sociedad gracias al incipiente anarcosindicalismo, que tomaba fuerza en el campo andaluz y en las fábricas catalanas. Las élites urbanas querían subirse al tren de lo moderno y de lo progresista, querían reformar España y para empezar con tan vasto plan, lo primero era sacar a sus hijos a correr por el monte “aprovechando las condiciones naturales del clima” como escribió Carlos Padrós en aquellos días. Julián Palacios, que era un muchacho que estudiaba para ingeniero de minas, arrastró consigo en su escisión a los hermanos Juan (el mayor) y Carlos (que no podía jugar al fútbol debido a una minusvalía que, las cosas de la vida, seguramente azuzó su innata aptitud para la organización) Padrós y a algunos otros antiguos alumnos de la Institución Libre de Enseñanza y del Liceo Francés que conformaban la base social de los primeros clubes deportivos de Madrid. Se separaron de la antigua Sociedad y fundaron la Nueva Sociedad de Foot-Ball, rebautizada luego como Madrid Football-Club, que hasta 1902 no se hizo oficial, de la cual Palacios fue elegido primer presidente. Para entonces los promotores ya habían decidido honrar al mítico Corinthian de Londres, los globertrotters amateurs que iban de blanco. Este color, símbolo de pureza, sustituyó a los colores históricos relacionados con la ciudad de Madrid, el azul y el rojo, que pasaron a identificar desde entonces al otro equipo surgido de las cenizas de la primitiva Sociedad de Foot-Ball, el Sky. He aquí pues y desde el principio la pretensión de universalidad del Madrid, expresada en la elección misma de sus colores. Ese homenaje al blanco que ya era famoso entre los reducidos círculos de entusiastas del fútbol de la época en Europa regresó a Inglaterra, como una extraordinaria muestra de lo cíclica que es la vida, después de 1960, cuando el Leeds United honró al Real Madrid adoptando su color blanco tras la quinta Copa de Europa consecutiva de los españoles y su fantástica victoria sobre el Eintracht de Frankfurt en Glasgow.

Estatutos de 1902

Dos meses después de ese 6 de marzo de 1902 que quedó para siempre como fecha de fundación del Madrid, en Viena, capital cultural de Europa en aquel momento, Sigmund Freud era nombrado “profesor extraordinarius” de la Universidad de Viena por Su Apostólica Majestad Imperial y Real Francisco José. Aunque el inmenso imperio de los Habsburgo vivía en tensión interna permanente a causa de las fuerzas centrífugas de los nacionalismos etnolingüísticos y por culpa de las miradas ávidas de sus vecinos alemanes, la Ringstrasse de Viena seguía siendo el gran bulevar donde se desarrollaba el esplendor de la Europa ilustrada. Sus cafés y sus teatros se retroalimentaban y la conversación intelectual y política se desparramaba sobre cientos de publicaciones impresas, que alcanzaban todos los rincones de un imperio que iba desde el Adriático hasta la frontera con Rusia y desde los Alpes hasta Ucrania. Karl Kraus sacudía la opinión pública desde su tribuna en La Antorcha, Arthur Schnitzler escribía dramas y novelas que exponían a la vista de todo el mundo la bilocación de la moral predominante en la sociedad vienesa y Sigmund Freud desarrollaba su impactante teoría de la personalidad y la moral individual, apoyada por las obras de gigantes de la literatura austríaca del momento como Robert Musil. Viena bullía de actividad en aquellos años, era una constelación de astros que agitaban todas las disciplinas artísticas: entre 1901 y 1906 Gustav Mahler compuso su Quinta, Sexta, Séptima y Octava sinfonías, situándose según el historiador Philip Blom “en la primera línea de la investigación cultural de la percepción, de la falta de fiabilidad del lenguaje y sus reglas subyacentes, recreando el mundo exterior como un interior impresionista con la sencillez infantil de los textos de canciones populares”. Viena era un rompeolas donde se batían las filosofías del modernismo, el simbolismo, el expresionismo o el escepticismo; donde Adolph Loos desafiaba ya la concepción historicista neoclásica del paisaje urbano con su nuevo estilo y sus nuevos materiales importados de Estados Unidos, sobre todo con su audacia: cristal, aluminio, pureza arrolladora de líneas frente a imponentes vestigios del mundo de ayer como el Palacio Imperial del Hofburg. El arte se pone al servicio de una nueva concepción del mundo que pretende negar absolutamente todo lo anterior, inventar un mundo nuevo.

Carlos Padrós

Al final de ese mes de mayo en el que Freud es distinguido con el honor universitario en Viena y en Madrid, los Padrós organizan la primera Copa de España como homenaje a la mayoría de edad de Alfonso XIII (esa primera edición de un torneo oficial de carácter nacional llevó por nombre Copa de la Coronación y se jugó cerca de la ubicación del Bernabéu, en donde hoy se levantan los Nuevos Ministerios), en el sur de África está terminando la Segunda Guerra de los Bóers, conflicto en el que estuvo a punto de morir Winston Churchill, que por entonces era una especie de Tintín que correteaba por las heridas abiertas del mundo en busca de aventuras. Europa se ha arrojado sobre África y el Lejano Oriente con furia colonial y el capitalismo imperialista de las grandes potencias está esbozando un combate de dimensiones desconocidas que apenas diez años después se librará también debajo de los mares, en artefactos submarinos como los imaginados por Julio Verne, y del que no se escapará ningún rincón del mundo, por alejado que se encontrará del epicentro.

Precisamente seis meses después de la constitución legal del Madrid, Méliès estrena en Francia su increíble Viaje a la Luna, el primer hito de la Historia del cine. Las ensoñaciones quiméricas de Verne o Wells tomaban forma por fin, se convertían en imágenes, salían de las cabezas de los lectores e irrumpían en la realidad tangible. El cinematógrafo de los Lumière ya creaba un nuevo lenguaje.

Campeones Copa 1905

En España, mientras, Pío Baroja escribe su trilogía La lucha por la vida, en cuyo último volumen, Aurora roja, se anticipa el brutal atentado anarquista de 1906: en la calle Mayor de Madrid, al paso de la carroza nupcial de Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg, Mateo Morral lanza una bomba disimulada en un ramo de flores y mata a casi treinta personas. Entre 1902 y 1910 el Madrid gana su primer título nacional, la Copa de 1905, con un equipo en el que había nombres como Lizárraga, Álvarez, Alcalde, Bisbal, Berraondo, Normand, Prast, Alonso o el de Pedro Paragés, el primer gran presidente de la Historia del Madrid. Paragés es un preBernabéu pues además de liderar al equipo metiendo goles (un hat-trick suyo al Athletic de Bilbao en la final de 1906 dio al Madrid su segunda Copa) fue luego el responsable directo de que el Madrid se construyera el Estadio de Chamartín y no entrase en el ruinoso consorcio del Stadium Metropolitano. Fue el hombre que heredó de Carlos Padrós la dirección espiritual del Madrid. Además, Paragés también participó de la reconstrucción social y económica tras la Guerra Civil, por lo que estamos sin duda ante la primera gran figura, el primer gran patriarca madridista. En ese año de 1907 Picasso está reinterpretando los rostros infinitos del Greco, batiéndolos en un cuenco con las geometrías tribales prerromanas y africanas para luego derramar la mezcla en Las señoritas de Aviñón: nace el cubismo y el Madrid gana otra Copa, la tercera. En 1908, Klimt refleja su fascinación por la Rávena bizantina en El beso, su cuadro icónico, a la vez que el Madrid levanta su cuarta Copa de España seguida. Es la primera dinastía, el núcleo mitocondrial de todo. No obstante, tanto el formato como la duración de ese primer torneo nacional iba variando en función de la disponibilidad y de la voluntad de los principales clubes del momento, que eran catalanes, vascos y madrileños principalmente. Por supuesto, todos ellos estaban compuestos por jóvenes estudiantes y entusiastas amateurs “a los que había que ir convenciendo para jugar” como recuerda Paragés en un testimonio citado por Bahamonde en su libro El Real Madrid en la Historia de España. En 1910 se muere Tolstoi en una estación de tren tras haberse escapado de Yasnaia Poliana sin decirle nada a nadie y el Madrid está cerca de morir también, como el Barcelona, retados por socios hostiles que querían escindirse: la naciente Federación española está naufragando en un cisma que se abate sobre la credibilidad de los jóvenes clubes. El Madrid sobrevive y en 1912 por fin se establece en su primer campo con todas las letras: el de la calle O´Donnell, abandonando de esta manera los aledaños de la plaza de toros (donde hoy está el pabellón de baloncesto donde Llull mete las mandarinas) y la peña La Taurina, primerísima sede social: el dueño, a cambio de consumiciones, les dejaba cambiarse allí y alternar en las primeras juntas de socios

Pedro Paragés, jugador

1912 es un año fundamental en la Historia del Madrid. No sólo se traslada al primer campo vallado de España, que los socios (ya había 400) acondicionan con trece mil pesetas y en el que se puede cobrar regularmente la entrada al público. Es, en una palabra, el año en el que Santiago Bernabéu llega al Madrid. Ya hay un entrenador, Míster Johnson, que aconsejaba a los delanteros no pararse a fumar junto a los porteros rivales y que ofreció a aquellos muchachos las primeras orientaciones tácticas de la Historia del fútbol moderno en España. Como se ha visto ya existe también la Federación Española, Real por mediación de Carlos Padrós. Los Padrós, desvinculados de la dirigencia del Madrid, han intercedido también ante el rey para sofocar esa primera disidencia federativa, que amenazó seriamente con desintegrar la primera organización más o menos formal que tuvo el fútbol en España. Al Madrid también se le empieza a llamar “equipo merengue” por esta época; el equipo ya había estilizado su escudo introduciendo el redondel, dentro del que se enmarcaba su acrónimo. Todo esto ocurre mientras el mundo todavía se recupera de la conmoción por el hundimiento del Titanic y España traga saliva tras producirse en la Puerta del Sol el segundo magnicidio de factura anarquista en 15 años: Manuel Pardiñas, un desertor de la Guerra del Rif, le había pegado dos tiros al presidente del Gobierno, José Canalejas, a plena luz del día y mientras éste miraba el escaparate de una librería, al lado del Palacio de Gobernación.

Santiago Bernabéu

Entre 1912 y 1923 se produce el verdadero auge del Madrid, que sabe interpretar la naturaleza del fútbol como pegamento cívico en la naciente sociedad de masas. En 1914 Juan Belmonte cuaja algunas de sus más extraordinarias faenas, el país se divide después de cada corrida de toros entre gallistas y belmontistas, estalla por fin la guerra mundial y el Madrid incorpora a su primera figura extranjera: René Petit, otro alumno de la Escuela de Ingenieros, hispanofrancés, que terminó siendo un mito en el Real Unión de Irún y al que Alberto Cosín llama “el Di Stéfano de su época”. En estos once años el Madrid amplía su base social y se convierte, genuinamente, en un club popular, porque la misma ciudad se amplía, mejoran las comunicaciones, Madrid se extiende extramuros y ocupa nuevos espacios; hay más gente que trabaja y gana dinero, hay más gente cada vez que prospera y sobre todo, esa clase trabajadora va ganando tiempo libre. Surge el ocio como industria y el fútbol encarna una concepción diferente de ciudadanía, más moderna y cosmopolita que vincula su entretenimiento a actividades distintas de los toros o el teatro. El fútbol, como el cine, se convierte en un agente de mestizaje social puesto que tanto en el campo, vestidos de corto, como en las gradas, se encuentran, de igual a igual, obreros, profesionales liberales e incluso aristócratas. Ir al fútbol no es algo exclusivo y además otorga un tipo de distinción puramente urbana. Los dirigentes del Madrid olisquean el aire y pretenden incorporar a ese obrero que se va haciendo clase media, quieren atraerlo al club y lo consiguen. Todos pueden ser socios del Madrid y todos pueden jugar en el Madrid, aunque en este tiempo la cantera que surte de futbolistas al club sigue estando en los colegios. Bernabéu llega desde los agustinos de El Escorial, por ejemplo.”Las fotos muestran un once de tipos morenos, raya en el medio, bigote, pantalón justo por encima de la rodilla y camisa de manga larga remangada. Un equipo de dandis con su cinturón oscuro y los faldones de su camisa blanca bien remetidos. De dandis que juegan, aparentemente sin despeinarse, entre mujeres con corsés, pamelas desmesuradas y faldas hasta los pies. Pero dandis que, en realidad, dan patadas, empujan y se arremolinan en torno a balones de cuero ardiente que intentan colar en la meta a empujones, a dentelladas si es preciso”, escriben Marta y Ángel Del Riego en La Biblia blanca. El Madrid se hace de Madrid y sus socios se disparan hasta dejar pequeño el campo de O´Donnell y sus 3500 localidades, aunque hasta la creación de la Liga en 1929 el presupuesto del club dependía en gran medida de su capacidad para organizar partidos amistosos antes y después del campeonato regional (que daba acceso a la Copa de España) y de la Copa del Rey. Por eso, hasta los años 30 el Madrid, como el fenómeno del fútbol, crece de forma discontinua y su alza queda vinculada a la situación económica general. Esto cambia por completo a raíz del profesionalismo y de la Liga, que emancipan al fútbol de la coyuntura económica nacional e internacional hasta un punto evidente en la postguerra y toda la década de 1940.

Segundo partido en el campo de O´Donnell, contra el Irún

Tras las cuatro Copas seguidas en la primera década del siglo XX, el Madrid tuvo que esperar a 1917 para volver a levantarla. El título, ganado en Barcelona al Arenas de Guecho en un partido de desempate, se debió en gran medida a Petit, que poco después abandonaría el equipo rumbo a Irún. 1917 fue un año capital para la Historia del mundo. Para empezar, Pedro Paragés es elegido presidente del Madrid. En Rusia, un motín a gran escala en Petrogrado obliga a abdicar al zar. Medio año después, los bolcheviques toman el poder y meses más tarde, pactan una paz con Alemania. Estados Unidos entra en la guerra mundial. En España se produce una huelga revolucionaria en la que un imberbe Buenaventura Durruti se bautiza en fuego contra la Guardia Civil. Bernabéu ya era capitán en 1916 de un equipo en el que además de Petit se juntaron Alberto Machimbarrena y Sotero Aranguren. Al madridista de hoy probablemente no le suenen de nada estos nombres. Uno era vasco y el otro, aunque de apellido inconfundiblemente vascón, era argentino. Murieron muy jóvenes en un lapso de tiempo muy corto, uno de tuberculosis y el otro de una pulmonía. Eso y su fundamental participación en la victoria en la Copa de 1917 ayudaron a convertirlos en los símbolos del primer Madrid: tanto que todavía siguen vivos hoy en la memoria del madridismo puesto que la estatua de ambos, fundida en bronce, saluda a quien accede al vestuario local del Santiago Bernabéu. Como cuenta Ángel Bahamonde, “en los años diez empezaron a perfilarse los mitos del fútbol como mecanismo de identificación del espectador con su equipo”.

Equipo campeón en 1917

Y para el Madrid, ningún otro mito identificativo como el que terminó por darle nombre, acortándolo con aire místico sobre todo cuando se narraron sus hazañas europeas en los 50 en la prensa extranjera: el 24 de junio de 1920 el Madrid recibe de Alfonso XIII el privilegio de poder anteponer el Real a su nombre. Fue el año en el que España estuvo representada por una selección de sus mejores jugadores, de manera oficial por primera vez, en los Juegos Olímpicos de la ciudad belga de Amberes. Un mes antes, el 16 de mayo, un toro mató a Joselito en Talavera, y el cambio de guardia parece, a cien años vista, tan evidente, que le cunde a uno la superstición: la tauromaquia empezaba a declinar con la muerte del gran héroe, el fútbol tomaba el relevo con la coronación del futuro equipo-nación. La comitiva oficial que fue al Palacio de Oriente a recibir el título de Real estaba encabezada por Bernabéu, capitán del equipo, y por Pedro Paragés, presidente. Un año antes, mientras en Alemania se fundaba la Bauhaus para alentar una suerte de humanismo sincrético en las artes, el Madrid había fichado a un portero joven y sobrio que se llamaba Pablo Hernández Coronado: ya tenemos aquí, reunida, a la santísima trinidad del Madrid del Viejo Testamento, que dirían los hermanos Del Riego.

Pedro Paragés, presidente

Pero el Madrid, desde la Copa del 17, no gana más títulos nacionales hasta 1932, el año en que cae la primera Liga con Zamora, Ciriaco, Quincoces y los Regueiro. Entre esos años llega a algunas finales de Copa y gana algunos campeonatos regionales, pero la reestructuración socioeconómica en la que está embarcado el fútbol y las turbulencias morales del mundo parecen afectarle deportivamente. En 1921 Hitler da un golpe fallido en Munich y la juventud española se desangra en Annual, pero Fritz Lang estrena La muerte cansada y al año siguiente crea a la matriz de todos los villanos del cine que vino después, el Doctor Mabuse.

El Madrid campeón en 1917 tenía 500 socios que en 1922 serán mil, aunque se mantiene por debajo todavía de Athletic de Bilbao y Barcelona. Durante el primer lustro de la década de los 20 se produce el inevitable fenómeno del “amateurismo marrón”, por el cual los clubes fichaban futbolistas no profesionales que en la práctica doblaban sus sueldos como profesionales particulares con las dietas que recibían por jugar en su tiempo libre: Zamora llegaba a facturar al mes en 1923 nada menos que mil pesetas, claro que Zamora era el héroe de la plata olímpica en Amberes. El amateurismo marrón era algo semejante a lo que aún ocurre con los árbitros, llamados profesionales cuando se debería decir titulados. En 1922 el presupuesto del Madrid llega hasta las cien mil pesetas, que son cincuenta mil menos de las que pagaría ocho años más tarde al Español de Barcelona por el propio Ricardo Zamora. Los clubes empiezan a fijar las condiciones del inminente salto adelante del fútbol como industria y mercado y el Madrid asume un riesgo tremendo al desligarse del proyecto agregador del Stadium Metropolitano, cuyo objetivo último era subsumir a todos los clubes madrileños existentes en una nueva entidad patrocinada por la Corona que representase a Madrid y compitiese contra los potentes equipos catalanes y vascos. Los promotores de la primera línea de metro de Madrid constituyeron una compañía inmobiliaria con vistas a rentabilizar las nuevas zonas de la periferia urbana de entonces que las conexiones ferroviarias iban a poner en órbita: “el mundo financiero madrileño se aproximaba por primera vez al fútbol como objeto de inversión” dice Bahamonde puesto que tanto el rey como círculos próximos al gran dinero de Madrid invirtieron y patrocinaron el consorcio entre la Compañía del Metropolitano Alfonso XIII, el Banco de Vizcaya y la Compañía Urbanizadora Metropolitana, la sociedad mercantil aludida antes mediante la cual se levantó el primer gran estadio multiusos de España. El Stadium Metropolitano necesitaba un club que lo llenara y ante la negativa del Madrid, el primer equipo ya de la ciudad por socios y prestigio, sus moradores fueron el Atlético (sucursal madrileña del Athletic vizcaíno), el Racing de Madrid, la Gimnástica de Madrid y el Unión Sporting. De todos ellos sólo sobrevivió a la transición hacia el profesionalismo el Atlético, que en 1936 estaba a punto de desaparecer.

Inaguración de Chamartín vs Newcastle

Pero el Madrid se entrampa por valor de medio millón de pesetas con los Bancos Urquijo e Hipotecario gracias a la mediación del marqués de Bolarque, socio y directivo del club, y se compra unos terrenos fuera de Madrid, en el municipio de Chamartín de las Rosas. Confiando en la profesionalización y en el campeonato nacional de liga que ésta conllevaría inevitablemente, se construyó el primer estadio de España exclusivamente destinado a la práctica del fútbol, con un aforo de 16 mil espectadores que en la década de los 30 alcanzó los 22 mil. Lo inauguró el 17 de mayo de 1924, durante las fiestas de San Isidro, en un partido contra el Newcastle, que acababa de ganar la FA Cup. El rey no asistió, molesto con la directiva de Paragés por su contumaz rechazo a implicarse en la iniciativa del Stadium Metropolitano. En su lugar, mandó a su hijo, don Juan, desde entonces gran madridista y con el que Bernabéu, para disgusto recurrente de Franco, mantendría siempre una buena amistad. Fue aquel un buen año para dos de los “emperadores de la nostalgia” de la literatura europea del siglo XX. Si la nostalgia, tal y como la definió Don Draper al final de la primera temporada de Mad Men, es el dolor de una vieja herida, “una punzada en el corazón más poderosa que la misma memoria”, Bulgákov con su La guardia blanca y Jospeh Roth con su Hotel Savoy le erigieron los dos en 1924 sendos monumentos imperecederos.

 

Mi Real Madrid favorito

1-El Real Madrid de Capello

2-El Real Madrid de Di Stéfano (años 50)

3-El Real Madrid de Mourinho

4-El Real Madrid de Zamora

5-El Real Madrid de la Quinta del Buitre

6-El Real Madrid de los Galácticos

7-El Real Madrid de Miljanić

8-El Real Madrid de la Quinta del Ferrari

9-El Real Madrid de la posguerra (años 40)

10-El Real Madrid de los García

11-El Real Madrid de Valdano

12-El Real Madrid Ye-yé

13-El Real Madrid primigenio (1902-1924)

14-El Real Madrid del "4 de 5"

 

 

Antonio Valderrama
Madridista de infantería. Practico el anarcomadridismo en mis horas de esparcimiento. Soy el central al que siempre mandan a rematar melones en los descuentos. En Twitter podrán encontrarme como @fantantonio

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Via @lagalerna_

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