Fue mala suerte, sin duda. La derrota del Real Madrid ante el F.C. Barcelona del domingo pasado no fue producto de una persecución arbitral intencionada, ni de un error forzado por un comité de árbitros que persigue desaforadamente a los nuestros. Fue mala suerte. Como siempre.
Fue mala suerte que los árbitros vieran la falta de Poirier en el rebote, que la hubo, pero no vieran el agarrón previo de Sanli en la misma jugada, o en las decenas de rebotes anteriores del partido. Fue así, no busquemos más. Igual que fue mala suerte que no hubiera una sola toma buena de Nikola Mirotic recorriendo diez metros para encararse con Alberto Abalde y empujarlo delante de los ojos de todo el mundo. Si Abalde hubiera sido un futbolista de los que lucen la azulgrana se habría caído con tres vueltas de campana y desplazamiento rodado por la pista hasta la canasta del Madrid. Pero Abalde aguantó de pie y puede que eso fuera motivo suficiente para ser expulsado junto con el agresor. Qué mala suerte tuvimos de nuevo. Y ni una sola toma buena en cinco minutos de parón, justo cuando estábamos remontando. Mala potra, la magia del Palau. Si os fijáis en la foto, en la “cabeza de la bombilla” está escrito “50 anys de magia”. Aprecio ver que los culés se sacuden los complejos y conmemoren la magia en forma de financiación que el régimen de Franco les dio cincuenta años atrás.
Lo ocurrido el domingo son cosas que ocurren en el baloncesto, no entremos en el juego de las conspiraciones. Que Laso sea el entrenador con más técnicas de la ACB y la Euroliga, y que Saras Jasikevicius se pase medio partido dentro de la cancha y piando a los árbitros sin ver una sola técnica es también mala suerte. Saras es hábil y grita siempre al oído sordo del árbitro, porque hacia el otro lado no solo escuchan, sino que además interpretan las sonrisas de Pablo Laso.
La derrota del Real Madrid ante el F.C. Barcelona del domingo pasado no fue producto de una persecución arbitral intencionada, ni de un error forzado por un comité de árbitros que persigue desaforadamente a los nuestros. Fue mala suerte. Como siempre
El baloncesto tiene esa crueldad que hace que los partidos se resuelvan en un lance, en un balón que surca el aire como una moneda que puede caer de cualquier lado. A veces entra y ganas, o da en el aro y pierdes. Cuestión de talento, pero también de suerte. El domingo dio en el aro, pero la “suerte” le da otra oportunidad a algunos afortunados en forma de falta que ni el supuesto receptor de la misma era consciente de haber recibido, pues ya estaba cabizbajo a cinco metros de la acción. Un agarrón como los que se habían propinado durante los cuarenta minutos previos.
A veces la “suerte” prima sobre el talento. En la final de Copa del Rey de este año los árbitros no vieron la falta antideportiva clara de Mirotic sobre Gaby Deck (y mira que la revisaron durante un par de minutos), ni el palo a Yabusele que acabó con triple de Jokubaitis en la canasta madridista. Mala suerte.
Es muy difícil pitar en baloncesto, con tanto contacto en las zonas. Por eso prefiero pensar en la mala suerte. Como fue mala suerte que los árbitros no vieran este pequeño, minúsculo, inapreciable agarrón de Davies a Abromaitis en la jugada que llevó el Unicaja-Barça a la prórroga en los cuartos de final de Copa de 2021. Fue mala suerte, apenas podía verse el enganchón.
También fue mala suerte que a los árbitros de la final de Copa de 2019 solo les mostraran dos de los once ángulos de cámara disponibles para decidir que el rebote de Randolph era en realidad un tapón ilegal. Que sí, que hubo falta previa a Singleton un par de jugadas atrás, como tantas en un partido, pero fue “la mala suerte” sin duda, o la mala conciencia, la que hizo que se señalara lo que nunca había ocurrido: convertir un rebote en canasta.
También fue mala suerte, sin ningún género de dudas, que Carlos Peruga (nº 31 a la espalda) no tuviera una visión clara de la última jugada de la final de Copa del Rey de 2018. Un palo claro e indiscutible de Claver a Taylor, ya es mala suerte que no lo viera. Como dijo Rudy Fernández, “la última jugada es falta, lo acabamos de ver. Es falta y punto. Es lo único que puedo decir. A veces te pitan bien, otras veces te pitan mal. Hoy nos ha tocado esa cruz, pero nada más. A seguir trabajando”.
Como también tocó cruz ese partido cuando el mismo Peruga decretó pérdida de balón del Madrid a falta de cuatro minutos por consumir los cinco segundos para sacar cuando, primero, es una infracción que no suele pitarse y, segundo, algunos aficionados demostraron en sus canales que no habían transcurrido los cinco segundos. Ya ven, mala suerte, leches. También tocó cruz en la última jugada de la primera parte, en la que podían haber utilizado el videoarbitraje para determinar quién sacaba de banda y decidieron no hacerlo: triple para el Barça.
Como es mala suerte que a ese mismo Peruga le sorprendieran tuiteando dos noches antes de la final y dando likes a las publicaciones que criticaban a Luka Doncic (gracias, Pablo Lolaso).
Solo debemos escudarnos en la “mala suerte” para entender que Peruga pestañeara en el justo instante del contacto entre Claver y Taylor. Hay acciones que son mala suerte y otras que no lo son. Por ejemplo, que Gerard Freixa (director de eventos de la ACB) se acercara a la mesa en ese mismo partido justo antes de la jugada decisiva para pedir que no emitieran repeticiones por los monitores del campo.
Desconozco si se olía algo o era una medida preventiva “a la griega”. Los errores en el baloncesto han existido siempre, es muy complicado arbitrar este deporte. Hay “errores” o “mala suerte” como los que precedieron a una de las jugadas más famosas de la historia de la Copa, el triple de Solozábal. La canasta anulada a Romay y la falta inexistente señalada a Joe Llorente dan un último tiro al Barça, que es el que les da el título. Carajo, otra vez qué mala suerte. De estas jugadas ya hablé en su día en mi artículo dedicado a Fernando Martín. Se ve claramente que había ganas de que tuvieran un último tiro:
Pero si unas decisiones, siendo generosos, entran en el terreno de la mala suerte, otras, como la del domingo pasado, no lo parecen. O como las de la final de la ACB de 1989. No fue mala suerte que el Madrid perdiera los tres partidos que arbitró Neyro, ni que ganara los dos en los que no estuvo este colegiado. El colegiado bilbaíno se la tenía jurada a Drazen Petrovic desde que el croata le escupiera en un torneo de pretemporada con la Cibona de Zagreb un par de años antes. Que se la tenía guardada fue muy evidente y se cobró la venganza en la final.
“A pesar de las dificultades nos fuimos al descanso con una ligera ventaja y jugando bastante bien. En el vestuario empecé a mirar las estadísticas y me fijé en un dato curioso: en la columna de las faltas personales leí 3,3,3,2,3,3… Recuerdo que pensé que en la segunda parte íbamos a sufrir lo indecible. Pero fue más que eso. El concepto clave aquí es el listón que se aplica a la hora de señalar las faltas. Los árbitros pueden colocarlo a una altura u otra, pero lo que no se puede hacer es cambiarlo cuando se trata de zonas del campo opuestas. Yo no digo que en nuestra zona no cometiéramos faltas, de acuerdo, quizá lo eran, pero en la del Barça no se pitaba la misma acción. Los árbitros (en especial Neyro) no midieron por el mismo rasero a uno y otro equipo”.
El Madrid acabó con 40 faltas por solo 19 de su rival. Seis expulsados por ninguno del Barça. Los blancos acabaron jugando con cuatro jugadores de campo, dos de los cuales eran juniors que debutaron en esas circunstancias infames, con Epi haciendo una patética parodia de Petrovic en la cancha.
Chechu Biriukov dijo al acabar el partido: “El arbitraje ha sido una vergüenza, no tengo palabras para describirlo. Ha sido un auténtico robo y estamos indignados. La sala de trofeos del Barça tendría que colocar un monumento a Monjas y Neyro. El cansancio no ha influido, estábamos jugando muy bien. Pero claro, con los juniors en pista ya podía ganar el Barça. Hemos controlado los primeros 30 minutos, hasta que los árbitros han comenzado el descarado y parcial concierto de pitos”.
Rescato estas declaraciones del bueno de Chechu porque el segundo colegiado de aquel partido fue Paco Monjas, director del Comité de Árbitros de la ACB hasta agosto de 2021. Ya es “mala suerte” que Undiano Mallenco, Clos Gómez o Medina Cantalejo dirijan el arbitraje en el fútbol, y que Paco Monjas lo haya dirigido durante tantos años en el baloncesto.
Contra los errores de interpretación de un arbitraje poco puedes hacer, contra lo que no son errores no queda otra que rebelarte. El F. C. Barcelona no se presentó al tercer partido de la final ACB de 1984 por no estar conforme con las sanciones impuestas por el Comité de Competición tras la tangana originada por Iturriaga y continuada por Mike Davis y Fernando Martín.
No se presentaron al campo y quien sabe si en esa decisión está el germen de los errores que forzaron el triple de Solozábal o las 40 faltas señaladas por Neyro. En la liga griega, el Olympiakos se retiró del campo durante las semifinales de Copa de 2019 frente a Panathinaikos por lo que consideraba un arbitraje muy parcial del trío de colegiados.
No contentos con eso y cabreados por el doble rasero arbitral, Olympiakos denunció lo que consideraba un maltrato institucional evidente y logró que en meses posteriores dejara de pitarle el trío que sistemáticamente los machacaba, nuestros Hierrezuelo, Peruga y Conde particulares. Pero cuando el sistema falla, los ataques continúan y finalmente el Olympiakos acabó por retirarse de la competición y participar solo en la Euroliga.
Mi opinión es que el club, el Real Madrid, no puede callar ante el maltrato evidente, tanto en el fútbol como en el baloncesto, en primera, filiales, equipos masculinos y femeninos. Denunciar no es llorar, exigir ecuanimidad no es llorar. Es exigir respeto a una institución modélica en sus facetas deportivas, sociales y económicas.
Llorar es autoproclamarse campeón de títulos morales o exhibir como pieza de museo una carta como la que durante años estuvo expuesta en el Museo del Barça. Tras perder la final de la Copa de Europa de baloncesto de 1996 por un error arbitral flagrante (el tapón de Vrankovic a Montero), el Barcelona impugnó el partido y desplegó toda su maquinaria: Salvador Alemany, Joan Gaspart y los dirigentes de la ACB Eduard Portela y Jordi Bertomeu (el mismo que ahora dirige esta Euroliga que tanta “mala suerte” tiene con el Madrid). Lograron incluso la intermediación de Juan Antonio Samaranch, presidente del Comité Olímpico Internacional.
No sirvió de nada, la apelación fue rechazada y el club no aceptó la derrota. Gaspart encargó una reproducción de la Copa para entregársela a cada jugador y los directivos del club mantuvieron su discurso victimista habitual hasta conseguir una carta de la FIBA que decía:
“La FIBA admite, en razón de las anomalías producidas, el derecho que asistía al FC Barcelona en la reclamación ante el Juez Único, a pesar de que fuera rechazada por este. FIBA desea con esta declaración ofrecer una compensación moral al FC Barcelona por el posible perjuicio causado por los errores cometidos, en la medida que pudieran haber afectado al resultado final del encuentro”.
Esa carta estuvo expuesta durante años en una vitrina como una Copa de Europa “moral” o algo así.
Habrá quien diga que los errores unas veces caen de un lado y otras de otro, y “era campo atrás”. Cierto, hace cinco años de aquello, en un partido de cuartos de final. Se sigue cantando todos los años en la fase final de la Copa del Rey, la copa de las aficiones. De siete aficiones contra una, en la que se pita hasta a los juveniles del Madrid cuando logran el título en su categoría. “Era campo atrás”, el pabellón al unísono. Claro que sí, aunque es una pena que jamás escucharemos cantar: “era falta de Davies”, “era palo de Claver”, “era un rebote legal”, “era canasta de Romay”, o “Saras, siéntate ya”.
Sábado Santo. Suenan los tambores de Calanda y los redobles penitentes se suceden a lo largo y ancho de la piel de toro después de un día sin deporte, ergo sin chiringuitos, ni tic tacs, ni exclusindas, y por ende sin los habituales dislates, botarates y disparates del llamado periodismo serio. Eso, amigos galernautas, sí que es un verdadero milagro.
Y en tal sentido divino apunta el diario Marca que parece haber guardado esta primera plana en un cajón desde tiempo inmemorial, aguardando, paciente, el momento más conveniente para rescatarla del olvido, The Oblivion que diría un hijo de la Gran Bretaña. El de tal día como hoy, Sábado Santo tras Viernes Santo, parece idóneo para que la redacción marquista, que diría Ciudadano Inda, se mofe del demonio Belfegor, ya saben ese señor rojo con rabo, cuernos y patas de carnero que representa el pecado capital de la pereza, un yerro muy típico de estos fistros de la pradera.
Porque estarán de acuerdo conmigo, queridos galernautas, en que la portada de Marca de hoy encierra tanta noticia como un ruso en Ucrania, un talibán en Afganistán o su señoría con sobre. A lo de Courtois, el madridista está tan acostumbrado como a la recurrente desidia de la prensa deportiva.
Pero es que resulta tal el desaliño esta santa mañana en la Meseta que fíjense que los vecinos del Marca, nuestros amigos del diario AS, han decidido dedicarse al noble arte de engullir torrijas en lugar de confeccionar portadas.
Porque nos hemos fijado, eh, que si no, no nos damos ni cuenta.
Donde la Semana Santa ha pegado tan fuerte como el latigazo de un picao de San Vicente de la Sonsierra es en Can Barça. Tan es así que estos días en Barcelona se han comido más salchichas de Frankfurt que buñuelos de Ampurdán. Así de fustigadas por tanto resultan esta mañana las portadas deportivas de la prensa catalana, máxime si consideramos que han tenido la gracia divina de disfrutar de todo un día para asimilar, digerir y tragar lo de un Eintracht que merece respeto —a nosotros también nos metió 3 en 1960— y que convirtió el Camp Nou “de los catalanes”, que diría Hernández, en Camp Nou pero Camp Nou über alles.
Tamaña ha sido la zozobra causada por el Eintracht en la Uropalí que Sport ha acabado sufriendo esta mañana un brote psicótico esquizoide. Fíjense en la azotea —siempre estuvieron mal de ahí— de su portada: Pedri se ha lesionado, se pierde lo que queda de temporada y desde La Galerna le deseamos una pronta recuperación. Faltaría más. Señorío, que se dice.
Pero es que hablamos de Pedri, ya no promesa emergente, sino estrella rutilante del fútbol mundial, el crack forjado bajo el sol canario y el frio de Valdebebas, el eje de la Roja, principio y fin de todas las cosas, la novia en la boda, el niño en el bautizo, el muerto en el entierro, el Golden, Silver, Bronce and Laton Boy, el crack de craques.
El recopón bendito, vaya.
Y va Sport y dice que falta un crack.
No lo podemos entender. Como el Cholo las pérdidas de Pep. De tiempo, no de orina, sea o no perfumada.
Faltará un crack como reza Sport, pero desde luego lo que no faltaron fueron germanos de la Germania, teutones de la Teutonia, bávaros de Baviera y/o salchichas de Frankfurt en el Camp Nou über alles el otro día.
De tal calibre resultó la invasión alemana, que esta mañana en Mundo Deportivo todavía están de Vía Crucis. En Mundo Deportivo no hay recogimiento alguno ni festivo que valga cuando la afrenta es haber padecido un Camp Nou über alles teñido de blanco.
Por una vez han iniciado un reportaje de investigación medio serio y no han enviado a un hooligan a hostigar al padre de un árbitro a Benidorm como hicieron sus colegas del Sport.
Enhorabuena, Mundo Deportivo, por algo se empieza.
La penitencia mientras tanto se la dejamos al club más exigente del mundo
¡Feliz fin de semana, amigos galernautas!
PD: Mañana en el Pizjuán para el madridismo se acaban las fiestas.
Serie de textos de Juan Carlos Guerrero que, bajo el epígrafe Gol del Madrid, glosan con el inimitable estilo de su autor algunos goles importantes por su trascendencia y/o belleza. Hoy, Roberto Carlos al Tenerife.
Hay goles que trascienden el marcador. Son goles sin contexto, eternos por sí mismos. Seres autónomos, que no necesitan un cordón umbilical que los conecte con la realidad. Suceden sin explicación y sin preliminares. Son goles que se elevan por encima del partido en el que fueron marcados. Da igual que acabara en derrota. La pena por los tres puntos perdidos dura unos días. Es incomparable a salir votado por unanimidad como el mejor gol que vieron los madridistas vivos en febrero de 1998.
Tenerife, isla maldita. Todavía se podía ver el fantasma de los guantes de Buyo traicionando la máxima de Di Stéfano sobre los porteros: “No le pido que ataje las que van dentro, me vale con que no meta las que vayan fuera”. El mismo mal rollo que cuando se vuelve a una habitación donde murió un ser querido. Se regresa porque no queda más remedio. Y el partido arranca con gol en contra, así se va al descanso. Pero, justo al volver al césped, Mijatovic intenta proteger un balón que acaba perdiendo y le llega a Guti, ese rubio que daba pases con el interior del pie en coordinación con el resto de su cuerpo. Con esa pose suya tan característica, envía el balón en profundidad hacia la línea de fondo, por donde aparece Roberto Carlos, lateral okupa, siempre en casa del vecino.
Hay goles que trascienden el marcador. Son goles sin contexto, eternos por sí mismos
El fútbol es un juego de adivinanzas. Se trata de averiguar qué va a hacer el rival antes de que lo lleve a cabo para ganarle una mínima y decisiva ventaja. A esa ciencia se escapan los genios, improvisadores para el disfrute del público. El pase de Guti va bombeado, de modo que con cada bote el balón alcanza menos altura que en el anterior. Al tercer bote sucede lo que nadie había podido imaginar: Roberto Carlos sorprende a la lógica y chuta con el exterior del pie directo a portería, en carrera, y a medio metro de la línea de fondo. Es una nueva exhibición del efecto que consigue dar al balón con su pie izquierdo (menos de dos años antes asombró al planeta entero con la bomba inteligente en un Francia-Brasil), arma más propia de un globetrotter que de un lateral izquierdo de fútbol profesional.
La toma lateral de la realización televisiva no se inventó para despejar las dudas sobre un posible fuera de juego sino para percibir mejor la obra maestra de Roberto Carlos. Es hipnotizador ver esa repetición en bucle mientras uno se hace preguntas de las que carece respuestas. ¿Cómo se le ocurrió? ¿Cómo es posible conseguir esa trayectoria? ¿Cómo no acabó ese disparo en El Teide? Tampoco él lo sabe. Mientras sus compañeros que están en el campo corren hacia él, en el banquillo madridista se llevan las manos a la cabeza. Pero Roberto Carlos parece incapaz de asimilar lo que acaba de hacer, como si ese gol también escapara a la lógica de su cerebro, como si su pierna hubiera actuado por libre. Cuando la piña que se le forma encima se despeja, el brasileño acierta a llevarse la mano a la boca, como si fuera un niño pequeño que se sorprende por primera vez. Y a ese gesto volvemos involuntariamente todos cada vez que recordamos el gol imposible.
Getty Images.
Capítulo 1. Puskas al Atlético
Buenos días. Ayer anunciamos en nuestras redes sociales que hoy, Viernes Santo, no habría contenidos nuevos en La Galerna. Junto al día de Navidad, es el único día festivo en nuestra actividad en el calendario laboral. Nos parece de justicia, además de honrar esa noble tradición, compartida antaño por parte de la prensa escrita, el otorgarnos un día de ocio en medio de la exigente tarea diaria que elaborar La Galerna trae consigo, y muy en concreto esta sección, que es la que más necesitaba un descanso, un día de asueto. Nos encanta la palabra asueto, aunque nos gusta mucho más aún la palabra fracaso. Y ¿a qué viene esto ahora?, os preguntaréis anhelantes. La verdad es que no lo sabemos. Nos ha salido así. Es como si algún entrenador ayer, en alguna rueda de prensa, hubiese dicho algo parecido, y esa frase viniese a nuestro subconsciente de manera repentina y misteriosa, como se manejan las cosas en esa parte del cerebro que hace lindar el recuerdo con lo onírico.
Pero ayer no hubo ninguna rueda de prensa postpartido, ¿o sí? Estamos confusos. Ayudadnos. De hecho, ¿hubo algún partido ayer?
La razón por la que hemos cambiado nuestra intención inicial, que era la de no escribir portanálisis hoy, no tiene nada que ver con ningún acontecimiento ligado a la actualidad futbolística. No nos suena que hubiese nada relevante en dicha actualidad ayer. ¿Pasó algo ayer? No. Simplemente, no sabemos estar sin vosotros, queridos lectores. Necesitábamos saludaros en esta bella mañana de Viernes Santo, sin otro particular que el de estrechar somera y simbólicamente vuestras manos de lectores fieles. Nada en concreto que comentar. Solo decir hola y preguntaros que qué tal todo, en general. Nosotros bien, descansando en una bella localidad costera del sur donde hay muchísimos alemanes. Te los encuentras por todas partes, incluso en esos sitios donde, a priori, menos esperabas su presencia. La carta de algunos restaurantes, por estos lares, está en alemán, y la leen muchísimos alemanes (yo qué sé, 20.000 a lo mejor) vestidos de riguroso blanco a pesar de que no estamos en Ibiza. La leen y luego piden una salchicha de Frankfurt, a lo mejor también, porque son restaurantes cuya oferta está adaptada al gusto de dichos 20.000 (no sé por qué este es el número que viene constantemente a mi mente, debo de haberlo visto en alguna estadística) alemanes ufanos, simpatiquísimos.
Y es en este idílico punto de la costa andaluza donde, en este incomparable amanecer, hemos decidido dar un giro de 180 grados a nuestra intención inicial de no escribir el portanálisis. Tenemos la sensación según la cual, a pesar de que nos merecemos un descanso, y a pesar también de que no hay nada de rabiosa actualidad que demande la existencia de portanálisis alguno en el día de hoy, os habríamos decepcionado de no haberlo publicado.
Hay quien prefiere, por cierto, la palabra decepción a la palabra fracaso. Si algún entrenador hubiera dado una rueda de prensa postpartido en el día de ayer (para lo cual habría sido necesario que ayer hubiese habido algún partido, cosa que como hemos subrayado no es el caso), tal vez habría acusado a los medios de tener un amor excesivo a la palabra fracaso. Si hubiera dicho eso y se hubiera referido a La Galerna, habría acertado de pleno. A nosotros nos encanta la palabra fracaso, ya lo hemos dicho antes. Nos pirra la palabra fracaso. No sabemos por qué será, pero en esta publicación es verdadera devoción la que se tiene por la palabra fracaso. Si anoche, sin ir más lejos, se hubiera concretado la muy improbable hipótesis de que el Barça hubiera quedado eliminado por segunda vez de Europa en la misma temporada -lo que supondría un hito sin precedentes en su historia-, podéis dar por seguro que nosotros hoy utilizaríamos la palabra fracaso sin remilgos, y conjugaríamos el verbo fracasar en todos los tiempos verbales de indicativo. Hoy solo podemos conjugar el subjuntivo porque nada concreto aconteció anoche, y como el verbo nos seduce que es una barbaridad vamos a hacerlo sin dilación. Solo en subjuntivo, ya decimos. Por ejemplo, ese mayestático pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo del verbo fracasar.
Si el Barça hubiera o hubiese fracasado...
Pero callad, por Dios, callad. No procede conjugar dicho verbo ni siquiera en subjuntivo, y de hecho de haber palmado el Barça ante el Eintracht -pero es que ayer el Barça ni siquiera jugó contra el Eintracht-, en ningún caso habría fracasado porque lo habrían intentado. Así se habría pronunciado su entrenador en el altamente improbable supuesto de que la xavineta hubiera o hubiese volcado. ¨No es fracaso porque lo hemos intentado". Así que aquí no ha volcado ni Zeus.
Bueno, pues sin otra cosa muy específica que contaros vamos a ir despidiéndonos. Solo queríamos dejar claro que nuestro amor por vosotros es de tan alto rango que no nos permite ni siquiera brindarnos un día de completo descanso. Os necesitamos. Qué haríamos sin vosotros, y qué mejor prueba queréis de nuestra galernadependencia que hoy nos pasamos por aquí con el único objetivo laboral de fichar, a pesar de que no hay actualidad particularmente reseñable, y con el único objetivo confeso de compartir este ratito con vosotros. A veces, allá donde hay verdadera camaradería, no hace falta decir nada para sentirse a gusto con el que nos acompaña. De suerte que vamos a ir diciendo adiós, no sin antes reiterar que os tenemos en lo más alto de la jerarquía de nuestros afectos, y os mandamos un cariñosísimo abrazo desde este vuestro rincón favorito de la red.
En las últimas horas se ha conocido el fallecimiento de Freddy Rincón, ex jugador del Real Madrid en la temporada 1995-1996. El colombiano sufrió un accidente de tráfico en su país del que no ha podido recuperarse tras unas secuelas fatales que le dejaron varios días internado en la UCI.
Rincón, que en su país militó en el Atlético Buenaventura, Santa Fe y América de Cali, está considerado uno de los mejores futbolistas colombianos de la historia e integrante de la gran generación de jugadores cafeteros de los 90 junto a los Valderrama, Asprilla, Higuita o Leonel Álvarez. Su fama internacional llegó con un gol a Alemania en el Mundial de Italia’90.
El dúo Valdano-Cappa aterrizó en la casa blanca en 1994 y ya pusieron su nombre encima de la mesa a Ramón Mendoza como refuerzo para el equipo. Sin embargo, su llegada se tuvo que demorar un año y firmó en agosto de 1995. El colombiano había jugado en el Nápoles como cedido por el Palmeiras, pero regresó a la disciplina del equipo brasileño por no poder el cuadro partenopeo hacer frente a los pagos para su continuidad con la poseedora de sus derechos Parmalat. El Real Madrid negoció con el conjunto sudamericano y cerró un acuerdo el vicepresidente merengue Lorenzo Sanz por unos 450 millones de pesetas.
Freddy Rincón se mostró entusiasmado y a MARCA declaró antes de viajar a España que “fichar por el Madrid es muy importante para mí, era una de mis mayores metas”. En Barajas le recibió el secretario técnico del club, Ramón Martínez, que le acompañó a un hotel donde descansaría hasta el día siguiente en el que tuvo el reconocimiento médico y la presentación. En sus primeras horas en la capital afirmó que “he visto cumplido mi sueño” o "soy un ganador nato, yo no temo al fracaso" y firmó un contrato de tres temporadas a razón de 75 millones cada una.
De este modo Valdano y Cappa ya tenían a su disposición a un jugador polivalente que podía jugar por el mediocampo o en cualquiera de las dos bandas. Un futbolista de una gran presencia física, potente, talentoso, bueno técnicamente, con llegada al área y un poderoso disparo. Cappa, en una entrevista reciente en El Confidencial a nuestro compañero Javi Roldán declaró que “el único fichaje de los que pedimos nosotros fue Freddy Rincón, que vino por tres pesos. Era un grandísimo jugador. Un jugador para el toque y para el estilo nuestro”.
Aquella temporada 1995-1996 resultó de las más funestas de la historia reciente del Real Madrid, con el club instalado en una enorme inestabilidad que acabó con la salida del presidente Mendoza y con el equipo que no se pareció en nada al que ganó la Liga el año anterior. En verano se perdió la Supercopa contra el Deportivo de la Coruña, al caer en ambos encuentros, en Liga se acumularon dos derrotas en apenas tres jornadas alejándose pronto de la lucha por el Campeonato (no se clasificó a Europa), y en la Champions se pasó de ronda como segundo al mostrarse muy inferior al Ajax de Van Gaal para caer en 1/4 ante la Juve. A la postre, el Real Madrid tuvo tres técnicos ese curso: Valdano, el interino Del Bosque y Arsenio Iglesias.
Freddy Rincón debutó en el Trofeo Bernabéu contra el Ajax el 30 de agosto con una actuación bastante discreta, y fue cambiado al descanso para dar entrada a Álvaro Benito. Su debut oficial fue en ida de la Supercopa contra el Depor en el que prácticamente se decidió el título para los gallegos, que se llevaron el triunfo por 3-0. Más tarde haría estreno en Liga y en la Champions, también con derrota por la mínima ante el Real Oviedo y el Ajax respectivamente. No empezó bien su periplo merengue y no terminó de encauzarse. La competencia que tenía el colombiano era grande (Laudrup sobre todo), y nunca consiguió una adaptación plena al equipo blanco. Su bagaje esa campaña fueron 21 encuentros oficiales entre todas las competiciones sin ningún gol en su haber (únicamente marcó en el I Trofeo de la Hispanidad frente al Atlético Celaya). Solo completó tres partidos (Real Oviedo, Celta y Racing), y lo habitual era verlo cambiado en la segunda mitad cuando salía de inicio, o utilizado como sustituto para disputar los últimos minutos.
En mayo de 1996 la entidad merengue fichó a Capello como técnico y Rincón tenía muy complicada su permanencia en la plantilla, pero no se rendía y declaró que “quiero esperar a saber las intenciones del nuevo entrenador. Yo quiero seguir en el Madrid, tengo contrato. Si el club no cuenta conmigo, lo que tienen que hacer es pagarme y ya está”. Finalmente en agosto se cerró su cesión al Palmeiras, donde había explotado sus mejores virtudes antes del dar el salto a Europa en 1994. En agosto de 1997 fichó por Corinthians y dejó de pertenecer al Real Madrid que recibió 1,3 millones de dólares por su pase. “Fue un error de los técnicos”, dijo Lorenzo Sanz entonces de su paso por las filas madridistas. Jorge Valdano hace unos días afirmó que “el Real Madrid no disfrutó todo el potencial de Freddy Rincón”. La aventura del cafetero comenzó mal ya con los capítulos de xenofobia que vivió, al aparecer pintadas racistas en el Santiago Bernabéu el día que se confirmó su fichaje.
En la Liga brasileña terminó jugando el resto de su carrera con especial mención a su papel en el Corinthians, donde se convirtió en ídolo y conquistó el Mundialito de Clubes del año 2000. Cruzeiro y Santos fueron sus otras camisetas en el país sudamericano. Con la selección, además del Mundial de Italia’90, también actuó en USA’94 y Francia’98 para unas estadísticas totales con el equipo nacional de 84 partidos y 17 tantos.
DEP nuestro exjugador.
Te conectas al partido en un segundo. Balón que deambula, dubitativo, errático. Balón sin sal. Balón sin peligro ni proyecto. Balón de equipo desinflado, entregado al peor de los destinos. Sí, un buen robo. Poco más. Balón sin dueño. Y entonces, Lukita, un resplandor, un chispazo, la imaginación del fútbol. Lo recoge, le monta una tienda de campaña, le da cobijo, buena comida y buen vino. Le hace sentir bien. Le hace volver a amar su vocación. Logra que la pelota vuelva a creer en su destino. Hace que se sienta como en una fábrica de balones. Lo acoge con el cariño de una madre. Y el balón se sabe amado. Lukita y la bola hablan el mismo idioma: el de Velázquez, el de Miguel Ángel, el de Leonardo, el de Goya, el de Caravaggio.
Son menos de dos segundos. Más del doble de lo que necesita para imaginar una maldita locura. Que al croata le sirven hasta tres opciones más razonables en este instante. Pero opta por la cuarta, que es la imposible. Acomoda el pie, acompasa el cuerpo, el ademán superlativo, y esos ojos tan graciosos que pone siempre, como quien acaba de divisar a un inspector de Hacienda. El balón ve venir al 10 y sabe lo que va a ocurrir. El balón está de fiesta, solo de pensarlo.
El elegido es Rodrygo. Modric deja el cuerpo muerto, como un trozo de hielo esculpido sobre el Bernabéu, que ya asume a su equipo entregado a la mala fortuna. Pero él todo lo hace con la pierna derecha, ajeno al drama de las gradas. La estira como en un videojuego, la arquea en forma inverosímil, contornea su pie, que se ríe del mundo, flirtea con el arte, viaja con sutileza, entornada la curvatura, lanza la melodía, cerrado el empeine, abierto el exterior, en una danza ancestral, la de la lluvia, la de la fecundidad, la que despierta la primavera en la capital del fútbol.
La bota del croata se sumerge en el césped bajo el esférico, precisión quirúrgica, como en una aventura de espeleología, el mundo abre los ojos clamando dudas, nadie sobre la tierra comprende qué es lo que intenta hacer el mago. Se clava el empeine hasta el infinito en la alfombra verde, a la izquierda desviado sobre el eje del balón, y le da la orden al esférico con un suavísimo golpeo, un roce lleno de matices, una caricia como de espuma de cerveza, como en un espasmo de la batuta del director de la orquesta. La pelota no duda, solo obedece, porque es Modric, porque no hay otro como él, porque es el mejor amigo del fútbol.
Y al instante, la bola se eleva con gracia en un viaje que podría ser infinito, rozando todas las estrellas de la historia del Real Madrid, Di Stéfano, Puskas, Gento, Juanito, Butragueño, Raúl, Beckham, Ronaldo, y todo el arte que en el Bernabéu se ha hecho. El club más grande del mundo en la estela de oro de un solo balón. Pero no se pierde en las alturas, el zapatazo de Modric lleva otra orden, lleva otro sello ese golpe de arte, el de la parábola perfecta, por eso supera en altura y en dirección a todos, a los cinco defensores del Chelsea y a Vini, y a Karim, mientras se va abriendo de la banda al área con un efecto imposible, saluda al pasar al punto de penalti –“te queremos, Oncemetros”-, el mundo entero se pregunta dónde demonios va ese balón, y solo hay uno –tal vez ahora ya sean dos, que dos Rodrygo ya está chispeando de emoción- que lo sabe, porque viaja a un poquito más allá, sí, a un poquito más allá de los dos defensores del Chelsea, que la ven pero no podrían detenerla sin ayuda de una recortada.
Y, al fin, el cielo blanco se abre, y el balón busca tierra, sin permiso para aterrizar, que no hay controlador aéreo que pueda gestionar semejante aventura espacial, exactamente a la frontal del área pequeña, destino perfecto y sin demoras, casi a la altura del segundo palo, allá donde el portero de Chelsea no pudo siquiera imaginar que pudiera terminar la jugada, a donde Rodrygo ha logrado hacerse con una ligerísima ventaja sobre sus defensores, y no tiene más que celebrar el gol antes incluso de golpearla, porque ese gol viene ya hecho desde treinta metros más atrás.
Estira la pierna Rodrygo sin aspaviento alguno de complejidad, tan solo empujarla, el balón ya conoce su destino, se trata solo de señalarle el camino, y ante miles de aficionados que han visto toda la parábola de la pelota sin respirar, el 21 del Madrid la enchufa a la red y despierta el clamor, y el miedo escénico de los rivales, y la pasión de propios y ajenos, que en toda España se grita el gol como propio, como si fuera la obra de arte común, la locura genial de Modric ya es patrimonio nacional, o más bien internacional, que hasta los ingleses se deshacen en elogios a un pase para la historia, ejecutado con la naturalidad con la que cualquiera se rasca levemente la patilla.
Después vino lo demás. Y antes ocurrió lo de antes. Pero el mundo puede detenerse en esos escasos dos segundos en que Modric dinamita el partido, en que Modric nos vuelve a demostrar que no hay nadie en el mundo como él. Que no veamos programas enteros dedicados a su pase, como en otras ocasiones, responde solo al hecho de que no se llama Pedri, ni Messi, ni va por el mundo con cara de cortina de humo, meando colonia. Es Modric y nos gusta así, aunque la gente dé por hecho que lo que hace no tiene nada de extraordinario, solo porque lo hace él.
Sospecho que necesitaremos años de sequía en el centro del campo para ser mínimamente conscientes de la fortuna que hemos tenido de poder verlo en directo sobre el césped del Santiago Bernabéu.
Buenos días. El rival del Real Madrid en su semifinal de Champions será el Manchester City de Pep Guardiola. Será el choque entre Lars Von Trier y Steven Spielberg, entre el cine dogma (no nos negaréis lo atinado del paralelismo) y el blockbuster de calidad, acaparador de Óscars. Von Trier, que también tiene calidad aunque poca enjundia en la historia del cine de masas, es loado por una crítica que le encumbra hasta extremos risibles. Spielberg es frecuentemente denostado por esa misma crítica a cuenta de su comercialidad y de lo presuntamente inane de su forma de entender el séptimo arte. Todo el mundo sabe quién es Spielberg, la mitad del planeta le ama y el planeta entero le envidia, pero tiene una cosa: no propone. Von Trier, en cambio, propone una barbaridad, y los exegetas desentrañan hasta la extenuación el plano de un zorro que de repente habla y dice a la cámara "La realidad muta". Los planos de Spielberg no han sido tan comentados, pero el tipo ha tenido que subir al estrado del Kodak Theatre a recoger estatuillas con una frecuencia agotadora. Lo único que nos estropea un poco el símil es la cantidad de pasta que tiene nuestro Von Trier futbolero, muy superior en este caso a la que atesora Spielberg.
Para plantarse en semis, Guardiola-Trier, o Von Guardiola si lo preferís, tuvo que eliminar al Atlético de Madrid, y lo hizo merced al gol de De Bruyne en la ida y al empate a cero de ayer en el Wanda. Fue un partido intenso, atropellado y feo ética y estéticamente. Cuando el Atleti, claramente demasiado tarde, había logrado poner contra las cuerdas a los citizens, arruinó su propio esfuerzo por culpa de su legendaria propensión a la bronca. La tendencia pendenciera de sus jugadores echó por la borda todo su esfuerzo. La cabra tira el monte, y como lo hace compulsivamente no repara en lo que deja abajo, en la llanura, que en este caso era la posibilidad del éxito. Qué manera de palmar por no saber sustraerse a la tentación de su mítico (con perdón) macarrismo.
"Corazón sin premio", dice Marca. Demasiado corazón, cantaba Willy DeVille, o demasiado ardor guerrero, o busquen todos los eufemismos que quieran. Felipe perdió completamente la cabeza en el momento más inoportuno (qué jugador este) y soltó la pierna ante Foden, ganándose con toda justicia la segunda tarjeta amarilla. Para cuando el árbitro se la mostró, la trifulca ya estaba en todo lo alto. Los ensayados manierismos teatrales de los futbolistas de Pep, que allá donde va deja una estela de acoso a los árbitros y atildamiento en el campo, también jugaron un papel importante. Se dieron cita el hambre y las ganas de comer, o en otras palabras la propensión a sacudir y la condición de sacudible sublimada. Savic sacó del campo a un Foden fraudulentamente doliente, y la tangana tuvo lugar cuando menos le convenía al Atleti... a pesar de que fue el Atleti quien la desató. Hay atavismos que no tienen remedio.
Dice Marca que hubo además lío en el túnel, y hay imágenes que lo prueban. El lateral de las infinitas consonantes seguidas casi se descoyunta lanzando un filardo, o tal vez solo era un cabeceo histérico. Savic, que había tirado del pelo a Grealish, lo buscaba como un toro fuera de sí. Qué tipo este Savic, también. Le hemos visto en todas y cada una de las entregas de Misión Imposible, siempre tortura a alguien que luego se quita la máscara y resulta ser otro y lo mata en un túnel centroeuropeo. No suele tener nombre su personaje, y el actor que lo encarna se pierde en una relación anodina de referencias en los créditos finales. Pero sale en todas.
A pesar del consabido filocholismo de la prensa deportiva madrileña, la portada de Marca es honesta reseñando la vergüenza de la actuación colchonera. Nos abstendremos, por considerarlos insultantes, y nosotros procuramos no caer ahí, los comentarios que hoy dedican los tabloides ingleses a los chicos de Simeone. Si portanalizáramos hoy esas portadas, mañana mismo ingresábamos en prisión por cómplices de un delito de odio.
Nos hace gracia la sutil referencia del Cholo a Guardiola: "Los que tienen un gran léxico te alaban con un desprecio". Bienvenido al mundo de los "atletas", Cholo, y los mismo decimos a esa prensa madrileña colchonera que reía las gracias al de Santpedor cuando afectaban al Real Madrid. Guardiola, el rey de la provocación más alambicada, ya no cae tan bien al periocolchonerismo.
As, en cambio, hace como si no hubiera pasado nada, y el filocholismo alcanza aquí concentraciones de glucosa en sangre francamente perjudiciales para la salud. Así quieren Gil y Cerezo las portadas, aunque quedamos a expensas de lo que el Frente Atlético decida en cuanto a reunirse (o no) con los futbolistas de la primera plantilla rojiblanca para leerles la cartilla.
"Faltó muy poco", reza la portada de As, que sin embargo no hace una sola mención al sonrojante lío final, no vaya a ser que esto no guste en los despachos wandareños. En su recuadro superior, se nos habla de la "asegurada" renovación de Modric, y qué podemos hacer al respecto sino regocijarnos y alabar al Señor en las alturas (en las alturas el Señor, nosotros nos hemos quedado al ras del césped donde Luka destiló las penúltimas gotas de excelencia con ese pase con el exterior que cimentó la remontada del Madrid, o la antirremontada del Chelsea).
Por lo demás, en la prensa cataculé se habla del partido del Torneo de Consolación para Hermanos Medianos que juega esta noche el Barça, que aspira a llegar a semifinales de dicho torneo galletero. No será fácil, por cuanto ya sabemos que el Eintracht es mucho mejor equipo que el Chelsea. Buena suerte a la xavineta y sus ilustres pasajeros.
Pasad un buen día.
Los alpinistas están locos. Para hacerles felices no hay como ponerles delante una pared vertical de cientos de metros (mejor si son miles), a ser posible con hielo y alguna grieta. La experiencia de superar la dificultad extrema no se puede comparar con ninguna otra. Sin sufrimiento no hay éxtasis. Y cuando logran alcanzar una cima buscan otra más alta, más abrupta o más congelada; o bien una ruta distinta, más escabrosa, con que alimentar el ansia de superación constante: siempre más, per aspera ad astra.
Cuando Dios creó el Real Madrid (contra una opinión muy extendida, el RM no fue fundado, sino creado) puso en su médula unas gotas de alpinismo. Eso explica el hambre atroz que nunca se le apaga, la exigencia feroz por ir siempre un paso más allá de lo conseguido: más ligas que nadie, más copas de Europa que ningún otro equipo, el mejor club del siglo XX (y del XXI, por ahora), y nada es suficiente, necesitamos superarnos a nosotros mismos (que al resto ya lo hemos rebasado sobradamente).
El escalador que baja de coronar el Naranjo de Bulnes ya va pensando en cómo lograrlo por otra cara o en otra época del año; si asciende al Mont Blanc o al Matterhorn, planea subir al Aconcagua, y después al Everest. Y si fracasa en el empeño, le pone más ahínco en la siguiente intentona. Cuando el Real Madrid había logrado varias ligas, se inventó una competición europea para dar salida a su ambición; cuando celebraba la conquista de la primera copa de Europa, ya empezaba a imaginar las siguientes.
Se dice que la razón por la que los pioneros intentaban escalar el Everest era “porque está ahí”. El Real Madrid se empecina en escalar lo que no estaba ahí hasta que él lo puso
Siempre nuevos desafíos, metas más difíciles. Hubo unos años en que el Real Madrid decidió aumentar el mérito de sus logros imponiéndose un hándicap: perdiendo el partido inicial se obligaba a unas remontadas adictivas, de lo que dan fe el Derby County, el Anderlecht o el Borussia de Monchengladbach. La final de la copa de Europa en Lisboa supuso un peldaño más en la escala, esperando al tiempo de descuento para emerger del sepulcro y alcanzar un triunfo agónico.
Recientemente, hemos refinado el modelo: no conformes con perder en París, llegamos con un gol de desventaja al descanso (y frente a un equipo temible, con un Mbappé estratosférico en sus filas) para limitar a un solo tiempo el plazo para escapar de la trampa, cual Houdini encerrado en la jaula de agua. Y aún le hemos dado una vuelta de tuerca más, inventando la antirremontada: consiste en vencer holgadamente en la ida, dejarse remontar indolentemente en la vuelta y esperar a falta de pocos minutos para voltear la situación, forzar la prórroga y ahí arrebatar el éxito a los incrédulos rivales. Por el barrio de Chelsea aún andan confusos intentando encontrarle la lógica a lo inexplicable.
Se dice que la razón por la que los pioneros intentaban escalar el Everest era “porque está ahí”. El Real Madrid se empecina en escalar lo que no estaba ahí hasta que él lo puso: tuvo que inventarse la copa de Europa para hacer crecer su palmarés, como se ha inventado la Superliga atisbando el agotamiento del modelo actual. Es como un alpinista que construyese montañas maś altas que las existentes, insuficientes para su ímpetu.
César Pérez de Tudela tituló uno de sus libros “Horizontes verticales”, que bien valdría como lema para el madridismo. A él le oí yo hablar por primera vez de “los ochomiles”, las montañas míticas que consagran a los mejores escaladores. El Real Madrid es, ¡qué duda cabe!, el mayor especialista mundial en ochomiles, ávido por coronarlos todos. Y por inventarse otros, si los del mapa no bastan.
Por cierto, los ochomiles son catorce.
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Imponente, poderosa, la sombra de Santiago Bernabéu asoma cuando la memoria del momento y quienes interpretan sus tablas de la ley lo merecen, primero de forma leve, inundando su estadio si fuera preciso. Vaporosa, etérea, cumple con su esencia siempre que los fieles sean practicantes ciegos de una fe que se aprehende más con las sensaciones que con el entendimiento, con el ajuste de la voluntad a la exigencia implacable del rito. Algunos, por carencia de nobleza, nunca se acercan a percibir sus encantamientos, mientras otros, sacerdotes avezados, son capaces de imitarlos por sí mismos, aunque la silueta sombreada ni siquiera tenga intención de presentarse. Alcanzar el don de esta conducta requiere dedicación ciega, y quizás Modric y Benzema lo consiguen en estos tiempos convulsos.
Como el rayo de Zeus o la cólera de Yahveh, la sombra compareció de nuevo contra el Chelsea, porque este equipo de transición larga - con algunos veteranos de juventud prolongada, y con jóvenes que se van sumando, pasado el rito iniciático y a fuerza de ceremonias en el misterio de Bernabéu - es dueño del poder de su invocación. Luchar sin desmayo, con o sin probabilidades, buscar la victoria cuando nadie más confía en ella, arrollar al rival con algunos generales fuera del campo de batalla, con la caballería haciendo de artilleros, los zapadores de infantería, todo manga por hombro, pero ¡qué más da! cuando los hombres se comportan como deben y apoyándose sin dudar.
lo que sucedió no tiene que ver con el ahora sino con el siempre de este club irreductible
Entonces, al imperio rival, aunque sea británico, se le aflojan las rodillas, se le dispersa la mirada, mientras la incredulidad vaga por sus mentes en busca de una explicación racional a lo que no la tiene, porque lo que sucede no tiene que ver con el ahora sino con el siempre de este club irreductible, que se resiste a dejar de serlo, pues su vocación identitaria y constitutiva pronto viajó a la vocación de los interpretes de sus fines con dedicación inefable.
Por ello, los que no quieren asumir los vaivenes del destino madridista acuden a explicaciones vanas, a excusas infantiles, lejos ambas de la certeza implacable de la sombra del fundador del espíritu deportivo más longevo, tenaz y exitosos de la historia del deporte.
PD: Quizás a ustedes esta historia les parezca mágica y disparatada. Pero visto lo visto, ¿tienen alguna otra explicación más creíble? Pues eso.
Hay jugadores capaces de voltear dinámicas. Se acaba de ver, sin ir más lejos, en la exitosa eliminatoria ante el Chelsea. Jugadores que, por sí mismos, le cambian la cara a su equipo. Es lo que sucede en el Real Madrid con Fede Valverde y Eduardo Camavinga. Ocurre cuando uno de los dos pisa el campo y, sobre todo, cuando ambos coinciden sobre él. Seguramente el contraste también ayuda, pues Casemiro, Kroos y Modric son legendarios pero también son otra cosa, futbolísticamente hablando. Quizá otra cosa mejor pero, a fecha de 2022, la partitura blanca agradece esas nuevas notas que aportan uruguayo y francés. Además, ya han jugado en casi todas las combinaciones posibles: solos en un doble pivote, más sueltos con Casemiro de guardaespaldas, guiados por la batuta del director de orquesta Kroos, liderados por ‘Benjamin Button’ Modric, o en un mediocampo de cuatro en el que, normalmente, solo ha entrado uno de los dos. En cada una de estas opciones, ambos aportan cosas algo diferentes y ajustan sus roles en función de las necesidades del equipo, si bien sus cualidades son tan marcadas que siempre salen a la luz. Dicho esto, ¿qué pack de centrocampistas les potencia más? ¿Cuál es capaz, a priori, de destacar más sus virtudes y ocultar sus posibles defectos?
Se trata de dos futbolistas muy versátiles, que se acomodan a varios roles y desde todos ellos aportan físico y dinamismo con pelota
Lo primero que hay que resaltar es que Camavinga y Valverde aúnan aspectos en común que el Madrid necesita sobremanera. Lo que más se está comentando es su capacidad física, quizá lo más obvio, pero también aquello que Kroos y Modric más agradecen. Sus piernas y pulmones permiten al equipo presionar más alto, hacerse más fuerte en los duelos individuales y correr en repliegue si las líneas se separan en exceso. Desde sus roles individuales contagian al colectivo. Sin embargo, hay otro aspecto del que se habla menos y que es, como mínimo, igual de fundamental: su energía con balón. Tanto por conducción -Valverde- y desborde -Camavinga- como por dinamismo al jugarla, ambos agilizan la fluidez del fútbol del Real Madrid. Reciben y sueltan en pocos toques, priorizan acciones verticales si pueden y tienen un golpeo lo suficientemente tenso como para que llegue rápido a sus receptores. Todo ello provoca que, cuando están sobre el terreno de juego, las posesiones puedan ser más dañinas.
Por otro lado, tanto Fede como Eduardo también adolecen aún de ciertos defectos que deben pulir. Más Camavinga, que lleva menos tiempo instalado en la élite, aunque quizá en ambos casos sea más justo hablar de “puntos de mejora” que de “defectos” como tal. En el caso de Eduardo, el más claro probablemente sea su impaciencia sin pelota. Es un jugador que salta mucho a encimar al poseedor de balón, lo cual le hace en ocasiones llegar tarde, con la consiguiente falta o, en el peor de los casos, dejando un espacio goloso a su espalda. En cuanto a Valverde, es probable que su incidencia en la organización de juego sea el factor en el que tiene aún más margen de mejora. Él sabe que si puede correr marca diferencias, pero también tiene calidad para involucrarse en la gestión del juego desde la base. Un rol que con Uruguay sí está exhibiendo más y en el que se atisba un potencial de crecimiento que puede y debe dar.
Juntarles amparados por Toni Kroos o Luka Modric llevando la manija parece el escenario ideal para que sus virtudes se potencian y sus posibles defectos pasen desapercibidos.
Por ello, en base tanto a sus cualidades como a estos puntos grises, hay dos combinaciones que, a priori, suenan con especial fuerza para llevarles al siguiente nivel. A gusto de quien escribe, un centro del campo de tres futbolistas, con ellos dos junto a Kroos o Modric parece el escenario ideal para sus intereses. Ya sea en una ecuación con Toni o Luka en el puesto de ‘5’, para gestionar la salida de balón y permitir a ellos estirar y apretar arriba, o en otra con Camavinga en ese rol más posicional y uno de los dos rubios con Valverde en los interiores, el fútbol de ambos se vería enormemente incentivado. Un Madrid con calidad para mover el juego y dominar con pelota, y también con un plus a nivel físico y de intensidad en duelos individuales que marca diferencias. Con Casemiro también han sido titulares pero esta elección de piezas les obliga a un rol en fase de creación de juego en el que aún no son pura élite y en escenarios con menos espacios pueden sufrir algo más. Sí son élite en muchos otros aspectos, por lo que, si se les acompaña de un compañero que comanden el timón, ellos pueden sacar a relucir toda su paleta de colores.
Ambos están para ya, lo demuestran sus minutos recientes en partidos de altura pero, especialmente, lo demuestra su personalidad. Juegan como auténticos jerarcas siendo todavía niños. Y eso en clave Real Madrid es un valor de peso. Fede Valverde y Eduardo Camavinga son las incógnitas del sistema blanco pero bien rodeados resultan no solo fáciles de despejar, sino que se convierten en soluciones del mismo. Sus presentes son tan estimulantes como necesarios, su fútbol conecta con el Bernabéu y no contar ya con ellos como protagonistas sería acortar innecesariamente el techo del Real Madrid que está por llegar.
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