El 1 de julio de 2009 el Real Madrid cerró la contratación de Karim Benzema, un jovencísimo delantero francés que quería ser como Ronaldo Nazario y que tenía en su juego trazas del genio brasileño. Ese mismo año llegó Cristiano Ronaldo y en los siguientes años se completó la plantilla, especialmente con dos jugadores como Luka Modric y Tony Kroos, que conformarían junto con Sergio Ramos y Marcelo, la base de un equipo generacional: los jerarcas.
Hoy, 13 años después de aquel fichaje, Benzema es el indiscutible jerarca número uno del equipo, faro y referencia y máximo aspirante a balón de oro y mejor jugador del mundo. Para hacerle justicia, ese ha sido su nivel desde hace 3 años, concretamente desde la salida del jerarca por excelencia, Cristiano Ronaldo.
Ante la ausencia del portugués, Benzema ha cogido el relevo y lo ha hecho emulando al considerado heredero de Di Stefano y referencia ofensiva del Real Madrid durante la última época. Su actuación en lo que llevamos de Copa de Europa, con dos hat-tricks en dos partidos claves contra rivales de entidad como PSG y Chelsea le iguala.
Hoy, 13 años después de su fichaje, Benzema es el indiscutible jerarca número 1 del equipo, faro y referencia y máximo aspirante a balón de oro y mejor jugador del mundo
El gol para clasificar al equipo blanco en el partido de vuelta contra el Chelsea en el Bernabéu y sus tantos frente al Manchester City confirman el estado de gracia de un jugador que cumple los 35 años el próximo diciembre. Una edad que se acerca a los 36 años actuales de otro jerarca y otro ejemplo de longevidad como Luka Modric.
Ambos jugadores deberían estar en su ocaso futbolístico, retirados en Estados Unidos o en Japón, y sin embargo, su nivel es de absoluta élite, ambos candidatos a mejor jugador en su posición.
Son junto con Kroos, Casemiro y Marcelo los últimos jerarcas. Una generación única de jugadores-leyenda de un Real Madrid que ha dominado con puño de hierro la Copa de Europa (4 títulos y 10 semifinales en 12 años). Un dominio sin precedentes en la historia reciente de fútbol y que solo se explica desde la confluencia de una serie de jugadores, considerados durante muchos años como los mejores en su puesto.
El Real Madrid y esta generación única de jerarcas están a 2 partidos de su 5ª Copa de Europa. Sería un final increíble para un grupo único de futbolistas, que ya no cuenta en sus filas con dos pilares como Ramos o Cristiano Ronaldo. Otros futbolistas como Alaba, Militao o Vinicius van cogiendo el relevo.
Pero mientras tanto, los jerarcas siguen disfrutando y haciéndonos disfrutar a millones de madridistas de noches históricas. Las volveremos a vivir sin ellos, pero probablemente no con la misma regularidad. Y es que nos hemos acostumbrado tanto a competir en la competición más difícil del mundo que parece fácil.
Pero no lo es y de ello pueden dar fe el Bayern de Munich, otrora coco de esta edición europea, el propio Chelsea, campeón de Europa, o equipos creados para ganar la Champions como el PSG.
El que sí estará entre los 4 mejores de la competición, a “solo” 180 minutos de otro título para el club, es el Real Madrid de los últimos jerarcas. Quizá la última bala para algunos de ellos como Marcelo, y quién sabe si la penúltima para el resto. El 5º entorchado sería el auténtico broche de oro para estos jerarcas que vivieron a la sombra de Cristiano Ronaldo y Ramos, pero que han mantenido vivo y competitivo al equipo durante estos 3 difíciles años de transición.
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En diciembre de 1893, Arthur Conan Doyle publicaba El problema final. En el relato, Sherlock Holmes y el profesor James Moriarty se enfrentaban poniendo en juego sus respectivas inteligencias. Finalmente —nunca mejor dicho, puesto que Doyle parecía poner punto y eso, final a Holmes, de ahí el título— desaparecían en las cataratas suizas de Reichenbach. Ciertamente, Doyle recuperó después a Holmes, al parecer bastante a su pesar y por la presión de los lectores. La caída a las cataratas, que Watson intuye por las pistas que encuentra al llegar al precipicio, es el punto álgido de una rivalidad profunda, un trasunto del eterno conflicto del Bien y el Mal, heredado en Occidente de las tragedias griegas. Pero, en la creación literaria de Conan Doyle, lo era también entre dos cerebros supremos, que Doyle describió como pocas veces se ha hecho. Holmes apostaba todo al enfrentamiento con el único rival que verdaderamente había estado a su altura. A quien detestaba por su falta de escrúpulos, su maldad calculada, pero al que respetaba por su inteligencia, su brillantez en las matemáticas, y sus dotes organizativas.
Los enfrentamientos entre Guardiola y el Real parecen girar sobre una suerte de némesis, como los de Holmes y Moriarty
Hace unos días estaba yo en Sevilla y pude ver in situ en el estadio de Nervión la gran remontada del Real Madrid C. F. frente al Sevilla F. C. Tuve la suerte de ir a caer en la tribuna junto a dos socios sevillistas, Juanma y Chema, que vivieron en sus carnes lo que supone lo de casi siempre. Lo experimentaron con educación, respeto, y ambiente afectuoso para con un servidor. No imaginaba yo —o sí— que la ida contra el City nos iba a llevar otra vez al tobogán, pero esta vez de ocho (siete, para ser exactos) vueltas. Porque el martes, todos los madridistas estuvimos, otra vez, al borde del patatús. Lo nuestro, lo del madridismo, es un maravilloso tobogán acuático pero de los (muy) rápidos, en los que vas recibiendo golpes laterales en tu cuerpo pero en los que, al tiempo, disfrutas de ese gustirrinín que supone saber que el agua te va llevando hasta el triunfo final, digo, hasta la piscina.
Otra vez se van a encontrar Holmes y Moriarty. Ya lo hicieron el martes. Seguro que ustedes se han percatado de cómo, esta vez y durante todos estos días pasados, Moriarty había desplegado toda su capacidad seductora. La misma que no tuvo con el periodista español después del partido, por cierto. Imagino que algo parecido sucederá esta semana. Moriarty nos intentará hacer creer muchas cosas. Y serán transmitidas con idéntico servilismo con el que acataban sus designios las piezas del ajedrez (humanas) que el verdadero Moriarty movía para organizar sus estrategias.
Los enfrentamientos entre Guardiola y el Real parecen girar sobre una suerte de némesis, como los de Holmes y Moriarty. Némesis, en la mitología clásica, tiene que ver con muy relativo sentido de justicia, con el destino o la fortuna en cierto modo, pero sobre todo con la rivalidad y la venganza. Y, atención, Némesis se ceba con quienes quiebran el equilibrio universal. Y nadie más que el Real Madrid manda al carajo cualquier equilibrio universal.
Salvo que admitamos que el equilibrio universal es, precisamente, el Real Madrid C. F.
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Buenos días, amigos. El Madrid es el rey y la Champions es la reina. Y precisamente la reina, Queen, era quien cantaba It’s a kind of magic, que nos viene como anillo al dedo: One dream, one soul, one prize, one goal (o los que hagan falta) / One golden (balón para Benzema) glance of what sould be / It’s a kind of magic. Suponemos que el bueno de Roger Taylor no imaginó cuando escribió la canción mediados los años ochenta que en uno de sus párrafos había recogido tanto Real Madrid 2022. Ocurra lo que ocurra de aquí a final de temporada, este Real Madrid is a kind of magic.
Los madridistas estamos disfrutando este año de un Magical mystery tour. Roll up, roll up for the mystery tour! A diferencia de la Xavineta, aquel autocar de los Beatles —aunque psicodélico y surrealista— sí funcionaba, como lo hace el Madrid. Mas aún queda algún fool on the hill aferrado a no sé qué valores y formas éticas únicas de jugar al fútbol que finalmente se traducen en sacar a Luuk de Jong y meter balones a la olla.
Del mismo modo que Roger Taylor lo pedía en su canción, Marca también solicita el Balón de Oro para Karim Benzema. “Para nosotros no hay duda, Benzema debe ser el próximo Balón de Oro”. Lo mismo pensamos nosotros, Marca. Y también la mayoría de personas cuerdas (que las hay) del mundo del fútbol. ¿Quién en su sano juicio no sabe que el próximo Balón de Oro ha de ser para Karim? Como decía aquella hermana del baptisterio: “¿A quién no le gusta un Imperio Romano del Siglo I?”. Pero somos realistas y sabemos que el Balón de Oro en ocasiones no tiene relación con los méritos futbolísticos adquiridos durante el periodo que juzga el galardón. Véase por ejemplo el del años pasado. Jamás viose tamaño bochorno.
En la parte baja del diario de Gallardo leemos: “Deporte y negocio, el mejor equipo”. Se refiere a un foro que organiza Marca que imaginamos que tendrá como ponentes a Rubi y Geri. Otra opción sería una decepción.
Mundo Deportivo dedica la mayor parte de su portada a Dembélé. Al parecer hay una nueva cumbre por el futbolista. Ni Juanito Oiarzabal. Dicen los de Godó que hay buen feeling, pero la clave es llegar a un acuerdo económico. Nos ha fastidiado, pues como nos ocurre a todos: tengo buen feeling con ese reloj, coche, casa, me gustaría comprarla, la clave es el asunto económico. Como veis, noticia de impacto la que abre Mundo Deportivo. Pero les entendemos, con el Barça eliminado hasta del parchís y perdiendo todos los partidos que juega, ¿qué van a llevar a su portada?
Sport sin embargo siempre ha sido más imaginativo que Mundo Deportivo, a Sport ni la realidad ni la verdad nunca le han supuesto ningún freno editorial. Y hoy no es menos. Hoy Sport ha decidido convertirse en la Vale del periodismo deportivo y escribir sobre ligoteos.
La portada es para un Levandowski en interesante pose guiñando un ojo, y el titular: “Lewandowski pide salir”. ¿A quién? añadimos nosotros. Y parece que Sportify contesta en el faldón inferior: “Tímido acercamiento con Dembélé”. Con esto Telecinco hace un especial de Sálvame Deluxe.
Pero ahí no queda la cosa, el Cuore Sportivo afirma que el Barça sueña con Lucas Hernández. ¿Lo querrá camelar? “Sueño contigo / ¿qué me has dado? / Sin tu cariño no me habría enamorado”.
Ya ven, amics, hemos comenzado con Queen y hemos terminado con Camela. Como hace el Madrid en las remontadas de Champions, pero al revés, como le pasó ayer al Villarreal. Yellow Submarine está en el top 3 de canciones cansinas de los Beatles y ayer el Liverpool le impidió que subiera a flote.
El diario As también se ha dejado arrastrar por el mundo del corazón y afirma en un recuadro de su portada: “Una pareja que no mezcla”, refiriéndose a Griezmann y Suárez. Aconsejamos al Cholo y a la propia pareja que consulten al Cuore Sport, tal vez ellos puedan asesorarles para superar esta crisis. Quizá el problema sea que Suárez está mosqueado con Griezmann porque en lugar de comer con él se sienta en la misma mesa que Cristiano y Messi. Y Antoine puede que esté harto de que cada noche Suárez vea una y otra vez Reality Bites.
Nosotros el primer bocado de realidad se lo podemos pegar este sábado a la Liga si logramos un punto contra el Espanyol. La Liga número 35 será una de las que mejor sabor de boca deje.
En este Portanálisis hemos relacionado al Madrid con It’s a kind of magic. Todos deseamos que frente al City hagamos esa cosa mágica que es ganar y en Saint Denis cantemos a pleno pulmón otra de Queen, esa que lleva en su título el nombre de nuestra competición favorita.
Pasad un buen día.
Uno se sienta a ver el partido de cuartos de final o la semifinal de Champions y, pese a los lógicos nervios debidos a la incertidumbre del resultado o a la fortaleza del rival, al menos no se preocupa para nada por el colegiado de turno.
Sea francés, turco, eslovaco o rumano (como el del Manchester City), sabemos, más aún, estamos convencidos de que saldrá con la intención de hacerlo lo mejor posible, y que en la sala del VAR pasará exactamente lo mismo.
No ocurre así en La Liga, en la que por desgracia conocemos siempre los dos apellidos de los colegiados y sus regiones de procedencia. Siempre queda la suspicacia por saber si uno de ellos es el sobrino de Sánchez Arminio, si otro tiene un escudo del Atlético de Madrid dibujado en el fondo de su piscina, o si pertenece al colegio balear, cuando en realidad nació y vive en Pontevedra.
Uno se sienta a ver el partido de cuartos de final o la semifinal de Champions y, pese a los lógicos nervios debidos a la incertidumbre del resultado o a la fortaleza del rival, al menos no se preocupa para nada por el colegiado de turno
El circo que se monta cada semana con la penalización de las manos en el área es, en verdad, cansino. El último ejemplo lo tenemos en la clara mano de Laporte que fue inmediatamente señalada como penalti, cuando hace apenas 10 días, una mano prácticamente calcada de Diego Carlos en el Sevilla - Real Madrid ni siquiera mereció la atención de ser revisada, apenas dos segundos de conversación con el pinganillo de Cuadra Fernández y el habitual “sigan, sigan”. Como sabemos, el atraco de aquel día no acabó por ser perpetrado porque al Madrid se le ocurrió hacer una segunda parte de película, digna de la épica del mejor Howard Hawks, y se consiguió una victoria decisiva marcando 4 goles al equipo menos goleado, aunque el bochorno arbitral seguía en época de carnaval y Cuadra marcó como antebrazo una jugada de hombro-pecho de manual.
En Europa, y pese a los turbios manejos de Ceferin en otros aspectos, esto no suele ocurrir —toquemos madera— ya que para marcar como mano la jugada de Marcos Alonso que podía suponer el 0-3 en el Madrid - Chelsea, no tuvo el colegiado ni siquiera que acudir al monitor. Era mano y punto, se lo confirmó el de la sala VOR al árbitro y a otra cosa. Tuchel pataleó aunque sabía que no había perdido la eliminatoria por esa jugada ya que era clara y justa la anulación del gol.
Otra prueba del buen criterio (al menos, criterio ecuánime) fue la jugada que supuso el 4-2 en el Etihad Stadium, con el gol de Bernardo Silva. Bien empleada la ley de la ventaja, ya que aunque el trencilla rumano se llevó el silbato a la boca para señalar la clara falta de Kroos, en ningún momento llegó a silbar. Los jugadores madridistas hicieron gala de una candidez propia de aficionados y quedaron paralizados como si la propia Medusa los hubiese mirado directamente a los ojos.
Presenciar un arbitraje UEFA versus un arbitraje de La Liga es como asistir plácidamente a un concierto de la Sinfonía “Italiana” de Mendelssohn en el Albert Hall londinense versus un inquietante concierto de rock pandillero en un arrabal de una ciudad tercermundista.
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El Real Madrid perdió 4-3 ante el Manchester City en una noche en la que la derrota tuvo un sabor más dulce que otras veces por aquello de que noventa minutos en el Bernabéu son molto longos, y porque estar a noventa minutos de una nueva final de Champions League alivia a cualquiera.
Sin embargo, y dentro de las lecturas que se hicieron en redes sociales sobre lo sucedido, hay un hombre que ya ha sido juzgado, castigado y casi enterrado por parte de un sector del madridismo. Hablo, obviamente, de Toni Kroos. Seguramente me esté precipitando trayendo a La Galerna un artículo basado en opiniones de twitteros en una red social que se cree el ombligo del mundo cuando está muy lejos de serlo, pero como soy parte de esa plataforma y me siento integrado dentro de 'Twitter Fútbol', algo dentro de mí me decía "hazlo".
Tampoco penséis que he venido aquí a defender a Kroos como si fuera una especie de fanboy o a decirle a la gente que no tiene ni idea de fútbol o que el alemán es un centrocampista como la copa de un pino. Esa guerra no es la mía. Y si lo fuera, tampoco me apetece llevarla a cabo. No hoy, al menos.
Lo que sí quiero es poner un poco de cordura -sí, yo, que de cada tres veces que hablo, en cuatro sube el pan- y rebajar esa especie de ira que se ha desatado contra un Toni Kroos que se está llevando una tormenta de críticas que, en muchos casos, me parecen desproporcionadas.
Es cierto que no está en su mejor momento y que pide a gritos el final de temporada porque sus piernas parecen decir "basta" en muchas ocasiones. Lo que no entiendo es que un día como el de ayer, con el Manchester City superándote en todos y cada uno de los metros del campo, la guadaña se pase sólo por la zona en la que cabalga la sombra de Kroos, como si él fuera el principio y el fin de los problemas de un Real Madrid que tuvo que agarrarse a Modric, Benzema, Vinicius y el escudo para salir vivo del Etihad.
Entiendo que la campaña es exagerada por el simple hecho de que Kroos se come un marrón de proporciones bíblicas en casa de uno de los equipos más fuertes de Europa. ¿Jugó mal? Sí. ¿Estuvo perdido? Sí. Pero las preguntas deberían seguir y no lo han hecho. ¿Por qué Ancelotti lo pone como pivote en un 4-3-3 ante un Manchester City que tiene recursos ilimitados con balón? ¿Cómo podía Kroos salir de un laberinto construido por su propio entrenador? ¿Cómo no se van a comer Kevin de Bruyne y Bernardo Silva a un futbolista que está fuera de posición, con un físico incompatible con el rol 'casemiresco' y sin las suficientes ayudas como para parchear la situación? Y podría seguir, pero tampoco es plan de enrollarse.
El resumen es que anoche, justo anoche, Kroos es el menos culpable del mal partido de Kroos. Y, por supuesto, ni se me pasa por la cabeza aquello de pedir su marcha o decir que su etapa en el Real Madrid ha acabado. No hace falta trabajar mucho la memoria para recordar buenos meses del alemán. De hecho, de agosto a enero fue uno de los mejores centrocampistas del mundo. Otra cosa es que necesite algo más de descanso y no deba ser titular por decreto o jugarse absolutamente todos los partidos. Ese debate sí es interesante y estoy de acuerdo con la corriente que pide cierto lavado de cara en la medular blanca. Pero de ahí a enterrar a Kroos hay un trecho que no deberíamos cruzar.
Leo en el AVE, el domingo, de vuelta de Barcelona, una entrevista breve pero interesante que le hace Salvador Sostres a Emilio Butragueño en la trasera del ABC. Si bien siempre he dicho que Butragueño, en realidad, es el mayor especialista del mundo en hablar sin decir nada, un verdadero artista de esa disciplina, he de reconocer que Sostres sabe sacarle jugo. Y que el Buitre se deja. La entrevista, como digo, es muy interesante porque deja titulares y pepitas de oro de lo que bien podría considerarse la génesis de una Secretaría de Estado vaticana en el Madrid. Ante Sostres, el perfil de Butragueño se eleva, se hace más complejo de lo que creíamos desde siempre, adquiere matices distintos y hasta ahora insospechados, pareciéndose al del maravilloso cardenal Voiello de la serie de Paolo Sorrentino The Young Pope. ¡Quién lo iba decir del hombre que le mete formol a todas las polémicas!
“Las noches del Chelsea y del Sevilla suceden porque ha sucedido muchas veces. Está en la camiseta, está en el escudo, las anteriores generaciones nos enseñaron a hacerlo”. Con esto abre la charla y algo más que eso, la posibilidad de elaborar un corpus oficial de doctrina madridista, un santo catecismo blanco. Es la primera vez que alguien en el club revela un interés genuino por esto o que traza de alguna manera principios rectores que van más allá del clásico “evangelizar” con que Florentino ha aderezado siempre su propaganda electoral. Los recursos a Bernabéu y a los padres fundadores han sido recurrentes desde que se presentó contra Lorenzo Sanz en el año 2000; en su vídeo promocional de 2009, con el club bajo la lupa judicial por las artimañas electorales de Ramón Calderón y con el madridismo emocionalmente quebrado por los triunfos del Barcelona de Laporta, Guardiola y Messi, atajó y fue directamente al núcleo, a la esencia del bernabeuísmo.
Pero aquello fue una reivindicación sentimental, un tirar hacia arriba de un cuerpo muerto, inyectarle adrenalina al pueblo devastado y alicaído. Lo de Butragueño me ha parecido otra cosa porque además es Butragueño, el Delfín oficioso aunque ahora se hable mucho de Nadal como posible sucesor de Pérez en la presidencia. Butragueño es Director de Relaciones Institucionales, es el hombre de la Fundación, es la cara que ve el mundo en la zona mixta durante los entretiempos de los partidos, es el rostro patricio de mármol romano que observa imperturbable los sorteos de la Copa de Europa y que luego emite una valoración urbi et orbe. Es el gran visir del califa Pérez. Su figura concita la palabra mágica: consenso. Es un preboste de la curia florentinesca, un chambelán ungido por su condición de mito viviente y héroe epónimo para la generación boomer del madridismo, la que vivió La Quinta. Tiene estudios, sabe hablar, tiene presencia, es el yerno ideal de España, aunque ya va teniendo casi la edad de ser abuelo porque aunque no nos hayamos dado cuenta del todo Florentino lleva más de veinte años en nuestras vidas, su huella, en términos de tiempo histórico lineal, es ya profunda y duradera en el Madrid y en el fútbol mundial. Butragueño representa una confiabilidad rajoyesca, una amabilidad pepera (el hombre al que los jubilados pondrían en las manos todos sus ahorros), feijooyesca si lo actualizamos a los tiempos corrientes. Lo tiene todo para ser el De Carlos de Florentino porque la verdad sea dicha, igual que lo fue Bernabéu, Pérez es insustituible. Se tendrá que aprender a vivir sin él, pero no suplirlo.
El Madrid es lo más parecido en el mundo laico al Vaticano. Al Vaticano como cabeza mundial de la Iglesia pero también al Vaticano como Estado, como administración terrenal. Por eso no hay grandes cambios, al menos en la concepción florentinista del Madrid. Todo ha de conservar la apariencia de la serenidad, se huye de lo drástico. Esa es la razón de que me interesen tanto las palabras de Butragueño a Sostres. La política vaticana hay que auscultarla con un estetoscopio para adivinar los levísimos pero firmes cambios de rumbo de la nave. Butragueño es la transición suave. Es un hombre de Estado, un consigliere con la sutileza y la elegancia de un cavaliere. No entra jamás a ningún trapo de los que le muestra Sostres, mucho menos si ese trapo lleva los cuernos luciferinos de Guardiola ahora que viene con sus seis miuras: “Pep es un gran entrenador por el que sentimos un gran respeto, ser el Madrid es ser respetuoso con todos los clubes, el respeto es nuestra filosofía”. Es la línea oficial, siempre lo ha sido, del Madrid de Florentino con respecto a todos los demás, especialmente con respecto al Barcelona sainetero y populista, noventero, de Laporta; especialmente también con respecto a Guardiola, que en la lista de los grandes villanos del antimadridista debería estar el primero, muy por encima de Messi y de todos los demás que son y que han sido. El Buitre subraya la neutralidad política de un club que Pérez siempre ha querido sujetar dentro del famoso “señorío”, afianza ese empaque de club superior, superior en el sentido literal de estar por encima del barro, del fango (y en esencia el fútbol español es una ciénaga) pero un poco después da dos respuestas que, sinceramente, son lo más original y fresco que ha salido de la cancillería madridista desde que por los pasillos estaba Valdano.
El Madrid es lo más parecido en el mundo laico al Vaticano. Por eso no hay grandes cambios, al menos en la concepción florentinista del Madrid. Todo ha de conservar la apariencia de la serenidad, se huye de lo drástico. La política vaticana hay que auscultarla con un estetoscopio para adivinar los levísimos pero firmes cambios de rumbo de la nave.
“Cuando llegó Bernabéu, en 1943, a la presidencia del club, la situación económica era muy complicada, muchos de los jugadores habían muerto durante la guerra, las gradas del viejo Chamartín se habían arrancado para hacer hogueras y guarecerse del frío”. Esto es una estupenda actualización de la historia oficial del Madrid porque nunca hasta ahora Florentino había mostrado interés en todo lo que pasó en el club antes de Bernabéu. El Madrid de los años veinte, el Madrid de Parages, el Madrid republicano y el que sobrevive a la guerra, el club de Sánchez-Guerra y de Hernández Coronado, apenas eran una nota al pie en la página web y en los anuarios pontificios con los que periódicamente el club se cuenta pomposamente a sí mismo, casi siempre de manera particular, dirigiéndose a sus socios, por lo que todo se queda en algo de consumo interno sin repercusión en el exterior. Esta vez Butragueño se lo dice a Sostres en el ABC, nada menos. No es una gran cosa pero tampoco una cosa menor, porque Sostres es lo más cercano al Vázquez Montalbán del barcelonismo contemporáneo y el ABC aún conserva el prestigio de la cabecera más influyente de la prensa nacional. El Madrid empieza a mirarse a sí mismo y a expresarle al mundo que sus tótems principales, don Santiago y don Alfredo, no surgen espontáneamente en una tundra, sino que vinieron a coronar un modo particular de hacer las cosas. A consagrarlo, a consagrar un ethos, a ser el final de una trayectoria que iba más allá de los hechos particulares de uno o dos individuos aislados..
Pero Butragueño no se quedó ahí. La entrevista trasciende el “somos los valores y el espíritu de Bernabéu y Di Stéfano” usados por el periodista para titularla. Esa frase, al fin y al cabo, ha sido tan utilizada por el florentinismo para definir su misión y para definir la visión madridista que en realidad ya no significa mucho, es como el cliché culé del “més que un club” (aunque esto también conserva un gran fondo de verdad, pero no en el sentido en el que los magníficos publicistas catalanes lo han querido vender siempre). Butragueño hace una defensa del gran proyecto de reconstrucción del Estadio de Chamartín emprendido por Santiago Bernabéu en plena postguerra que no es otra cosa que una vindicación de la doctrina madridista (el genuino know-how blanco) que respalda la renovación del Bernabéu emprendida por Florentino: el pilar que sustenta la independencia inveterada del Madrid como sociedad autónoma que sólo responde ante sus socios, la bandera de la libertad que ha hecho del Real históricamente lo mejor que ha dado España al mundo en el siglo XX.
“Bernabéu creía en lo que hacía y para financiar la construcción se emitieron bonos al 5%. La misma mañana los socios los suscribieron todos. Bernabéu, que había acudido a la sede del Banco Mercantil aquella mañana, cuando vio la cola infinita que se formó pensó ahora sí que creo que el Real Madrid tiene futuro”.
Butragueño hace una defensa del gran proyecto de reconstrucción del Estadio de Chamartín emprendido por Santiago Bernabéu en plena postguerra, que no es otra cosa que una vindicación de la doctrina madridista que respalda la renovación del Bernabéu emprendida por Florentino: la bandera de la libertad que ha hecho del Real lo mejor que ha dado España al mundo en el siglo XX.
Si el secreto de la pervivencia milenaria de la Iglesia católica es mirar al mundo a través de los cristales de la Escritura y de la Tradición, el del Madrid es más o menos parecido. Escritura no hay pero empieza a haberla, y por primera vez el club participa de una empresa cuya naturaleza no puede ser sino comunal pero que a la vez requiere de una dirección patronal clara. A lo mejor la entrevista la dio Butragueño una mañana en la que estaba espléndido y contento, pero yo creo que mencionar por primera vez en una gran tribuna pública los hitos fundamentales del proceso histórico que ha puesto al Real Madrid en el lugar principal en el que ahora se encuentra se parece un poco a una intención de explicarse a sí mismo por parte de la entidad. Esto tiene una importancia extraordinaria de cara no ya al futuro sino al presente: el estadio nuevo se va a inaugurar el año que viene y el siglo XXI es ya sin ninguna duda el siglo del relato, de la narración y del venderse a sí mismo. Como dijo una vez el cantaor Pepe Blanco en el mítico Cantares de Televisión Española, extracto rescatado por C. Tangana en su disco El Madrileño, el Madrid, como la canción española, no sólo es racial y del pueblo sino que no puede ser imitado. El Milan, el United, el Chelsea, el PSG, sobre todo el Bayern, quieren imitar su música, pero sólo el Madrid sabe en realidad cantarla, y cuando alza su voz el mundo calla y se encoge.
Mientras el Real Madrid de fútbol intentaba flotar en las aguas turbulentas de Manchester, el de baloncesto repitió su dominio sin réplica. Una superioridad sin ambages que rememoró tiempos pretéritos, desde el Madrid de Emiliano y Luyk de los años 60 hasta el reciente del propio Laso. Una sucesión de equipos con la esencia compartida del juego de vértigo, del dominio de las situaciones adversas. Un regreso al pasado con tintes añejos y novedosos, pues a Sergio Llull se unieron Yabusele y Poirier en actuaciones soberbias.
Como siempre, como indican los cánones del club, por más que destacaran los citados, la victoria fue colectiva. Las ideas que fraguaban nuestro plan se asentaron con el paso de los minutos, y mediado el segundo cuarto el dominio madridista despuntó en el nudo del encuentro, una luz que emergió sobre la mano de Elías sin contradicción, como la fuerza de atracción entre los astros induce la gravitación.
Al empeño que ofreció el Maccabi en el comienzo del partido, el Madrid opuso la tranquilidad que hace una semana creíamos perdida. Impasible ante la rapidez y tino individual, sin verse afectado por la densidad del ambiente, la defensa madridista se asentó para convertirse en el primer paso de un torrente de contraataques. Esta célere disposición le otorgó canastas fáciles cerca del aro, y como la fluencia tampoco se detuvo en la ofensiva estática, las situaciones cómodas de tiro, incluso las bandejas, facilitaron el tránsito hacia un partido cómodo, hablando en términos relativos.
el encuentro fue cayendo del lado madridista por lógica deportiva y por estadística avanzada, que, en mi cómputo particular, incluye los bemoles.
Los altos madridistas desactivaron los macabeos con contundencia, de forma que su juego ofensivo quedó limitado a los pequeños, bien sujetos por la lista de defensores pegajosos en esta línea: Hanga, Abalde, Rudy, Williams-Goss, Causeur. Como quiera que los israelíes se esforzaban más en ataque que en el amparo de su canasta, el encuentro fue cayendo del lado madridista por lógica deportiva y por estadística avanzada, que, en mi cómputo particular, incluye los bemoles.
Un último apunte acerca de los designios del Real Madrid, de sus propósitos asumidos por una voluntad férrea. Nadie daba un sextercio por este equipo hace una semana, debilitado por trances de inseguridad manifiesta, con la peor racha de partidos de la historia como local, incluso con una crisis interna generadora siempre de tensiones. Ajenos al drama, impelidos por la fuerza del club y la sabiduría de Pablo Laso y sus ayudantes, un puñado de veteranos y noveles han hecho borrón y cuenta nueva cuando sólo lo pueden hacer quienes ostentan una condición superior. Capitaneados por los magníficos Rudy y Llull, el resto ha mostrado una predisposición y entidad competitiva de primer orden, incluidos lo que, como Williams-Goss, llevaban toda la temporada en entredicho. Una vez más, este equipo merece nuestro reconocimiento y nuestro respeto por una victoria en el momento que nadie soñaba y ante otro histórico, que ayer cometió su mayor error antes siquiera de empezar el partido, cuando decidió cambiar el amarillo tradicional de su vestimenta por el blanco. A eso se le llama tentar al diablo.
Se disputaban los últimos minutos de un partido de semifinales de la Champions League, nada más y nada menos, cuando Laporte agregó al carrusel de acontecimientos (cagadas defensivas, carreras épicas, fallos a puerta vacía, goles de patio de colegio) una mano diáfana que el árbitro no dudó en convertir en penalti. El Madrid estaba muerto y le caía del cielo, fruto de su fe indesmayable y de la suerte y del madridismo indudable de la Santísima Trinidad, la oportunidad de revivir. Para aprovecharla, no obstante, sería imprescindible una sangre fría digna de Chacal, aquel francotirador que trató de matar a De Gaulle, y quién sino un francés como él para ejecutar la tarea con el pulso más firme del mundo.
Antonín Panenka, el futbolista francés nacido en Lyon de ascendencia argelina, depositó grácilmente la pelota en el llamado punto fatídico y la contempló durante unos segundos con el detenimiento de quien ya masculla la viabilidad del viejo truco. Había fallado dos penas máximas en Pamplona pocos días atrás, lo que mellaba de algún modo su confianza de cara a repetir la añagaza, el sutilísimo golpeo que le había hecho célebre en la Final de la Eurocopa de 1976. ¿Sería capaz de añadir a la frialdad necesaria para tirar ese penalti en ese momento la gelidez paralizante de hacerlo con el estilo al que había dado nombre el legendario Karim Benzema? ¿Sería capaz Panenka de lanzar ese penalti trascendental a lo Karim? ¿Es la audacia extrema un camino recomendable para superar el pánico? ¿Sirve un más-difícil-todavía para aplacar los nervios, cuando la lógica dicta justamente lo contrario?
Si había algo, con todo, que había brillado completamente por su ausencia durante el partido, ese algo era precisamente la lógica. El Madrid podía sobrevivir a pesar de haber sufrido en contra ocasiones sin cuento del rival, con unos Militao, Alaba, Mendy y Nacho completamente desconocidos en las tareas de achique, muy desacertados, y un Toni Kroos irreconocible. Vinicius había desbaratado el mérito citizen con una carrera para la historia, pero Bernardo se había aprovechado de una incalificable actitud de los jugadores blancos, que pensaban que al colegiado había pitado falta, para hacer el 4-2. Era el partido más loco de todos los partidos locos, de suerte que solo la mayor de las locuras podía rubricar el desquicie.
Antonín Panenka miró fijamente a Ederson, caminó con ligereza hacia el balón, aceleró tenuemente el paso y al llegar al punto de destino se encomendó a la versión checoslovaca de Alá para picar la pelota con una suavidad que pudo ser la de la mortaja dentro del féretro pero que una vez más, como en el 76 ante Alemania, fue espuma celestial.
La primavera brotó en ese preciso instante en Praga, en Lyon y en Manchester, aunque sobre todo en Madrid, con el césped del Bernabéu ya regocijándose entre el rumor de las gramíneas. Entretanto, los panenkitas del mundo trataban de conciliar la sobrevenida actualidad de su inspirador con la completa imposibilidad de explicar en pizarras tamaño arcano futbolístico. Antolín Panenka miró de soslayo a una cámara, mientras recibía el abrazo desaforado de Asensio y Militao y Ceballos y Vini, y les hizo un guiño que no supieron interpretar. Que no supieron qué tal les sentó.
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Buenos días. "En el Bernabéu vamos a hacer una cosa mágica que es ganar". Las gotas de sudor aún descendían por su barba abundante. Se mesaba el cabello mientras hablaba con el reportero, con un aire entre meditabundo y emocionado. Karim Benzema acababa de protagonizar la enésima hazaña de un equipo que no necesita jugar bien, que incluso siendo arrollado por rivales de postín se las apaña para sobrevivir sacando petróleo de un remate del propio Karim, de una carrera fulminante de Vinicius, del exterior de Modric, de los guantes salvíficos de Courtois o de lo que sea. Una cosa mágica que es ganar. Una cosa mágica que es sobrevivir. La estupenda crónica de Andrés Torres del partido de ayer se preguntaba, ya desde el título, cuántas vidas tienen los de Ancelotti. Nunca un paciente, a lo largo de la misma competición, ha salido tantas veces de la UCI, se ha aproximado fumando un cigarrillo a los agentes de pompas fúnebres que confeccionaban su corona floral, les ha palmeado jovialmente la espalda y ha salido a la calle -con el batín hospitalario aún mostrando el culo- mientras tararea una canción de Nat King Cole.
¿Cuántas van?
"Milagro a milagro", titula Marca, que además se hace eco de las palabras paradigmáticas de Karim que nos han brindado a su vez nuestro titular, una frase que suena entre ingenua y amenazante, que conmueve y eleva el espíritu por lo que tiene de referencia a la infancia, a los Reyes Magos, a las cosas imposibles que los libros de Harry Potter desmienten como tales. "En el Santiago Bernabéu vamos a hacer una cosa mágica". Dice Nora Roberts: "La magia existe. ¿Quién puede dudarlo, cuando hay arco iris y flores salvajes, cuando existe la música del viento y el silencio de las estrellas? Cualquiera que haya amado ha sido tocado por la magia. Es una parte sencilla y extraordinaria de las vidas que vivimos". Las palabras de Karim y las de Roberts son básicamente las mismas.
¿Quién puede dudar que existe la magia cuando el balón se pasea un número indeterminado de veces sobre la línea de gol de Courtois sin cruzarla, cuando te pueden meter 9 y minimizas daños, cuando tú te estiras en tres boqueos de angustia y metes tres goles que pueden valer una final? Benzema (el mejor delantero del mundo, el hombre que debe ganar el próximo Balón de Oro si queda algo de justicia bajo el cielo) habló de la magia que esperamos en el Bernabeú, pero ¿y la magia de ayer? El Madrid es Houdini, aquel genio del escapismo a quien metías en una jaula con barrotes de acero, hacías descender la jaula hasta las profundidades de la llanura abisal, sacabas la jaula vacía y cuando volvías al hotel del cayo de San pedro, habiendo ya comunicado a las autoridades pertinentes el fallecimiento del showman, te lo encontrabas en el lobby, con un cóctel en la mano, vestido de punta en blanco y flirteando con las huéspedes más escotadas.
Sinatra decía que él no vendía su voz, sino que vendía clase. Esto lo aseveraba LA VOZ por excelencia, imaginaos qué clase tendría. El Madrid es el fútbol por excelencia, pero no es fútbol lo que vende. Vende -juegue mejor o peor, que de todo hay- lo de ayer. Vende clase, eso que no se compra, y te canta Fly me to the Moon mientras llueven las bombas sobre el área propia y ni Alaba ni Militao ni Mendy aciertan a despejar porque se han disfrazado del Rat Pack y se diría que han consumido más martinis de los aconsejables. Otras veces no. Otras borda el fútbol, porque le sobra calidad para ello. Pero, cuando no llega la inspiración, se impone la clase. El Madrid es ese amigo cuyo carisma le permite salir airoso de las situaciones más embarazosas, incluso de las creadas por él mismo, incluso diciendo aquellas cosas que tú nunca podrías decir porque te enterrarían en corrección política. Él puede. Pellizca gentilmente a una feminista recalcitrante y toda la venganza que recibe a cambio es un tenue sonrojo en esas bellas mejillas y un "uy" casi complacido.
El Real Madrid, amigos.
"El Madrid resucita tres veces en el Etihad", suelta As, y no se atisba el menos signo de sorpresa en el recuento de esas resurrecciones. ¿Que el Madrid ha resucitado tres veces? OK. Podrían haber sido veinte o setenta y cuatro. Es el Madrid, que en baloncesto, por cierto, también hizo esa cosa mágica que es ganar (sabemos que el de fútbol no "ganó" en la acepción más purista de la palabra, pero si Xavi Hernández considera al marcador un impostor no vemos por qué nosotros no podemos hacer lo mismo, sobre todo cuando un 9-3 es lo que llegó a cocerse en el Etihad y el impostor nos fue favorable). En baloncesto, decimos, los de Pablo Laso, que aparecen en el faldoncillo de As, ventilaron con un 3-0 una eliminatoria que muchos vaticinaban desfavorable ante el mítico Maccabi de Tel Aviv. Ese equipo que muchos ya desahuciaban, que estaba en caída libre en cuanto a juego y con serios conflictos internos, ha resurgido de las sombras, ha resucitado igual que su hermano balompédico, y se ha plantado en la F4 de Belgrado con suficiencia.
Hagamos copy/paste, porque qué sino un glorioso copy/paste del espíritu de Di Stéfano y Ramos, de Emiliano y Llull, es el maldito Real Madrid, ese sempiterno copy/paste de negación de la derrota. Hagamos copy/paste: El Real Madrid, amigos.
¿Y qué deciros de cómo contempla esto la prensa cataculé? La sensación es que han agotado su capacidad para el asombro. "Paliza sin KO", titula Mundo Deportivo, consciente (suponemos) de la contradicción intrínseca -una paliza es una goleada y ayer golearon ambos, solo que unos un poco más que los otros-. "Lo del Madrid no tiene ninguna lógica", se lamenta Mascaró en el frontispicio de Sport. Lo que tiene lógica es que él no le vea la lógica. El Barça es ciencia, probetas replicando un modelo cacareado y manido que solo funciona en la obediencia a la ortodoxia. El Madrid es magia y la magia carece de lógica y hasta de existencia para las mentes obtusas. "Los que no creen en la magia jamás la encontrarán", replica hoy Roald Dahl al culerío, y al conjunto del antimadridismo.
Claro que no basta con creer, no le basta a cualquiera. Hay que ser el Real Madrid.
Pasad un buen día.
PD: Suerte hoy para el muy meritorio Villarreal.
Arbitró el rumano István Kovacs. En el VAR estuvieron los alemanes Marco Fritz y Bastian Danker.
Partido de guante limpio en la primera mitad donde apenas hubo interrupciones y solo se señalaron cinco faltas: tres por parte del City y dos por el Real Madrid.
La segunda mitad comenzó con el primer amonestado del choque que no fue un jugador sino Guardiola por quejarse de un fuera de banda en el 53'. Tuvo incidencia e influencia este hecho ya que los siguientes minutos el rumano perdonó varias faltas a los locales, con especial mención una sobre Vini de Fernandinho en el lateral del área. En el 79', Foden hizo una dura entrada sobre Camavinga pero se libró de la amonestación. Sí la vio Fernandinho en el 82' por protestar y Nacho en el 92' por llegar tarde ante Mahrez. La jugada polémica del encuentro fue la mano de Laporte en el 80'. El brazo estaba abierto y por encima del hombro, justo una de las manos punibles del reglamento. En televisión pareció que fue un penalti más señalado por el línea que por el árbitro principal.
Kovacs, BIEN.
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