Si en el España-Corea de 2002 noté que se me rompía algo, en la Copa del Mundo celebrada en Alemania en el caluroso verano del año 2006 entendí, con una claridad absoluta, que no podía esperar nada de la selección española de fútbol. No fue, naturalmente, el mejor de los timings, porque dos años después España comenzó una carrera fabulosa hacia la posteridad encadenando tres títulos consecutivos y enhebrando un fútbol reflejo de un cambio de era, de una transformación. Pero en mi vida el timing nunca ha sido lo fuerte y, por otra parte, el corazón tiene su ritmo, emancipado del ritmo de la realidad, del ritmo del mundo.
Los 18 años son una edad crítica. A uno le pasan por dentro muchas cosas que a duras penas puede explicar. Sobre todo, uno se encuentra en un cruce de caminos por primera vez en la vida. Por primera vez, de verdad. Con 18, el hombre occidental contemporáneo, un niño comparado con las generaciones inmediatas que le precedieron, tiene que elegir. Tomar decisiones. Decisiones serias que van a marcar el rumbo de su vida, siquiera mínimamente, durante los siguientes diez años, como poco. Pero, en realidad, con 18, lo único que quiere uno es estar por ahí, haraganear, beber, jugar al fútbol con los amigos, ir a la playa, pasarse horas enteras jugando al Pro en la play del compadre, tirarse a la bartola e intentarlo con su prima.
En la Copa del Mundo celebrada en Alemania en el caluroso verano del año 2006 entendí, con una claridad absoluta, que no podía esperar nada de la selección española de fútbol
Es, probablemente, la peor edad de todas. Y a mí, que había tenido una infancia y una prepubertad envuelta en el pan de oro de las tres Copas de Europa del Madrid en cinco años (la Séptima, la Octava y la Novena) y en el papel de regalo de los galácticos (los veranos con Figo, Zidane, Ronaldo y Beckham), los 18 me cogieron en plena adquisición de una terrible conciencia: la de estar viviendo el crepúsculo de los dioses.
Todo había sucedido muy deprisa. El gran Madrid de Zidane, continuación inmediata del gran Madrid de Hierro, Redondo, Roberto Carlos y Raúl, se había hecho viejo de golpe y era una sombra en el escenario del mundo, donde todos los focos apuntaban al Barcelona de Rijkaard, Ronaldinho, Xavi, Eto’o y un pequeño demonio del que todo el mundo empezaba a hablar, Messi. De un día para otro el Madrid dejó de ser lo extraordinario, lo que todos querían imitar, emular, remedar; el Barcelona era ahora lo moderno, lo cool, lo carismático, y lo que es peor, lo ganador. En el fútbol, y en España, habían pasado muchas cosas en muy poco tiempo. En medio del esplendor galáctico, el 11M cubrió el país con una mortaja de ceniza. Todo se embargó de tristeza y como una consecuencia moral natural, el Madrid empezó a perder y el Barcelona, a ganar. Los galácticos, figuras de leyenda, de fulgor inmarcesible, se descubrieron de pronto como estatuas viejas y ajadas por el tiempo, deslucidas, rotas, pasadas de moda, incapaces de seguir la velocidad del tiempo. Fuera del tiempo, criaturas de una época remota, dioses antiguos cuyo culto desapareció siglos atrás.
De un día para otro el Madrid dejó de ser lo extraordinario, lo que todos querían imitar, emular, remedar; el Barcelona era ahora lo moderno, lo cool, lo carismático, y lo que es peor, lo ganador. En el fútbol, y en España, habían pasado muchas cosas en muy poco tiempo
Se sucedieron siglos en apenas unos meses. Y yo, en un abrir y cerrar de ojos, dejé de tener 14 para tener 18 años.
Todo el proceso psicológico a través del cual, para el niño que está como una crisálida, transformándose en adulto, su padre, progresivamente, deja de ser una referencia perfecta y se aparece ante sus ojos con todas sus imperfecciones fastidiosas y autoritarias, se mezcló en el pandemonio de mi espíritu con la decadencia apoteósica del primer florentinismo y con el éxtasis zapateril y laportiano de aquel primer Barcelona de Messi. Fueron años terribles, de turmoil, como dicen en inglés, de confusión y agitación. Yo había dejado el colegio en el que pasé doce de los primeros dieciséis años de mi vida, cambiado de ambiente, cambiado de reglas, de amistades, todo empezaba a desasirse de mis manos, a escaparse, a ir rápido y a algún lugar incierto que no conseguía atisbar. Después de tres eliminaciones consecutivas en octavos de final de la Copa de Europa, a cual más dolorosa (Mónaco, Juventus, Arsenal), de la fuga del presidente Pérez, de la concatenación de monigotes en el banquillo y en la dirección técnica (Camacho, García Remón, Luxemburgo, López Caro), el Mundial de Alemania representaba para mí una ocasión única para que la selección española (renovada tras la catástrofe ridícula de la Eurocopa de Portugal 2004) me redimiera de todas esas confusas y ambiguas cuentas pendientes, que yo, como buen romántico de fervor stendhaliano, sentía muy vivamente en mi pecho.
Además, eran los últimos momentos de mi raulismo infantil, y Raúl se coló en aquella convocatoria de Luis Aragonés por los pelos, haciendo valer por última vez (fuera del Madrid) su condición de capo, su autoridad de vieja gloria. Aferrándome a los últimos instintos heredados de la niñez, Raúl en Alemania 2006 era un vestigio del pasado glorioso y lleno de luz que no quería dejar escapar, bajo ningún concepto.
Y allá fue España, la primera España de Luis Aragonés, al Mundial de Alemania en el verano de 2006, el verano en el que pude salir por primera vez por ahí de noche sin hora (no supe qué coño hacer la primera noche de libertad y volví sólo un cuarto de hora más tarde, aquella fue una valiosa lección). Por primera vez en mi vida España no era la favorita. Estaba llena de jóvenes que debutaban en una Copa del Mundo, o casi, y también había otros veteranos, no sólo viejos, gente con futuro por delante y veteranía a sus espaldas, como Casillas, Joaquín, Cañizares, Salgado o Marchena. Estaban Torres, Puyol, Ramos, Xavi, Iniesta, Reyes, Villa o Fábregas. Estaba ya Senna, el jugador más infravalorado de la historia del fútbol español. El grupo era bueno y el primer partido fue un pelotazo. El 4-0 a Ucrania de los jóvenes y descarados españoles rompió todo el perímetro de prudencia con el que se había rodeado a la selección española para protegerla, y como suele suceder, desató la histeria.
Me levanté de un salto con el gol de Zidane, con el 3-1. Desenganché de un tirón la bandera de la cortina, corrí hasta mi cuarto, cerré la puerta, tiré la bandera al suelo, me quité la camiseta y me tumbé bocabajo en la cama. Creo que en ese momento se terminó mi historia de amor con la selección española
Recuerdo que aquel Mundial fue nuevo en otras cosas. Lejos ya de la tele precariamente sacada de la cocina al patio en el verano de 1994, doce años después entró en mi casa, por primera vez, un tdt. Fui yo mismo a comprarlo. 72 euros. Era un cacharro imprescindible para sintonizar La Sexta. Fue un verano, ahora que lo pienso, terrible, porque entró ese infame canal en mi casa, hubo que pagar ese peaje antinacional con tal de ver el fútbol. Me propuse ver todos los partidos. Descubrí a Andrés Montes pero seguí añorando con intensidad a José Ángel de la Casa.
En aquella Copa del Mundo jugaron por última vez Raúl, Zidane, Roberto Carlos, Ronaldo Nazario, Ronaldinho, Beckham, Figo y Francesco Totti. Fue el último baile del fútbol tal y como yo lo conocí durante esos años en los que se colorea la vida. España empezó muy fuerte y en octavos le tocó Francia. En Francia jugaba Zidane y aquel podía ser su último partido. Yo estaba pasando todavía mi duelo zidanista. Mi corazón sufría pero todavía podía más España. Probablemente de vivir hoy aquel mismo partido iría sin ninguna duda con él, no con Francia, sino con él, con Zidane. Pero entonces yo tenía casi 18 años y necesitaba que la selección me curase del mal del tiempo en el que el Madrid acababa de sumir mi corazón. La selección tenía que limpiar y purgar todo aquel desvanecimiento galáctico, tenía que borrar el amargor del derrumbe del fabuloso y mayestático edificio del Real Madrid glorioso y glamouroso que había conocido. Además, España y Raúl tenían una factura por cobrarle a los franceses, la del penalty de Brujas del verano del 2000, a mí no se me olvidan estas cosas, siempre he tenido una memoria perfecta para el agravio. Por consecuencia agarré mi bandera y la puse en la cortina del salón. Me vestí de rojo y me puse delante del televisor. Dos horas después, me levanté de un salto con el gol de Zidane, con el 3-1. Desenganché de un tirón la bandera de la cortina, corrí hasta mi cuarto, cerré la puerta, tiré la bandera al suelo, me quité la camiseta y me tumbé bocabajo en la cama. Creo que en ese momento se terminó mi historia de amor con la selección española. Se terminó el amor, quiero decir. Todavía hubo cuatro años más de aburguesamiento feliz, de coda final. Pero aquello ya no era amor, sino costumbre.
Pasado el disgusto tengo que decir que disfruté mucho con el final de aquella Copa del Mundo. Creo que ha sido la última gran Copa del Mundo, la última en la que se han visto grandes partidos de forma general. Repasando la lista de todos aquellos que jugaron con su selección en aquel Mundial por última vez, empiezo a comprenderlo. Hasta hoy no me había dado cuenta, pero el nivel global bajó desde entonces una barbaridad, probablemente en la misma medida en la que crecieron sin parar dos monstruos totales, dos colosos como la historia de este juego no había visto ninguno antes, Cristiano y Messi, dos plagas de langostas en sí mismos, dos holocaustos futbolísticos que han arrasado con todo. Eliminada España empecé a seguir con entusiasmo el camino de Zidane. Su partido contra Brasil fue uno de esos momentos de verdadero y genuino disfrute futbolístico que atesoro en mi memoria por siempre. El Alemania-Italia de semifinales fue un partido espléndido, pero su prórroga fue una cosa antigua y poderosa, de fuerza ancestral, como todo el Mundial de Cannavaro. La final fue, como no podía ser de otra manera, una tragedia para mí, pero pensándolo con la perspectiva que da el tiempo, una criatura mística, un héroe de un tiempo indefinido que no es, desde luego, éste, el nuestro, un ser de otra experiencia sensorial como es Zidane, no podía acabar su carrera como futbolista de modo idealmente perfecto, de modo redondo y disneylándico, sino de aquella manera mediterránea, misteriosa y violenta. Literaria, particular, libre. Su manera.
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Ya es viernes, y no es que el cuerpo lo sepa, es que necesita descansar y desconectar para volver a rendir bien después. La dualidad cuerpo y mente es una tontería, porque el cerebro (más el cerebelo y demás cosas raras y blanditas), donde principalmente reside el pensamiento, también es cuerpo, entendido cuerpo como el conjunto de sistemas orgánicos que constituyen una persona. La separación cuerpo y mente es bochornosa y carece de sentido. Por no mencionar que el intestino alberga millones de neuronas.
Tras el trabajo, mi cuerpo, mente incluida, decide que salga a la calle para realizar acciones “desagradables”, “inapropiadas” e “irrespetuosas”. Quizá porque el cuerpo está cansado de la semana y no rige bien.
Accedo a una sucursal bancaria armado con un disco de Melendi. Encañono al director —apenas “unos segundos”— con la grabación del asturiano y robo 80 millones de Euros. Un golpe casi tan bueno como la venta de Morata por idéntica cantidad al Chelsea.
Dado mi nuevo estatus económico necesito un coche acorde. Oteo a un seguidor azulgrana —lo sé porque viste una camiseta del Barça— pilotando un vehículo de lujo eléctrico, dato este último capital no porque contamine más o menos, que no voy a fingir que me importe, sino porque con él puedo acceder al centro de Madrid. El conductor da la casualidad de que es afroamericano. Con actitud “despectiva” y “burlona” le grito “¡eres un mono!” y otros cánticos racistas, pero como están enmarcados en un “contexto de máxima rivalidad deportiva”, no “integrarían un delito contra la dignidad de la persona afectada”. Acto seguido le mango el coche.
Libro y encima despierto rico y con vehículo nuevo. Leo el excelente Portanálisis de La Galerna escrito por un enigmático M. Rajoy y me voy de juerga con George Best. Dilapido en fiesta la mayor parte de los 80 millones, el resto lo malgasto. Me detiene la policía tras despilfarrar los últimos euros en un Toys 'R' Us. Juicio sumarísimo. Me acusan de robar un banco, un vehículo y de proferir insultos racistas. Me defiendo esgrimiendo el archivo, por parte de la Fiscalía Provincial de Madrid, de la denuncia relacionada con los cánticos racistas de parte de la afición del Atlético de Madrid contra Vinícius. Me dejan en libertad ipso facto.
De nuevo soy pobre, pero libre.
Me dirijo caminando a comprar papel de regalo porque esta noche voy de cumpleaños. En un derroche sin precedentes decido no regalar solo el papel, sino rellenarlo con artículos de interés e incluso decorarlo. De camino a la tienda y en un lapso de apenas unos segundos casi me atropella en la acera un patinete conducido por un imbécil que iba mandando una nota de voz por el móvil y después, en un paso de peatones, una bicicleta que circulaba en sentido contrario. Yo equipararía en penas estas faltas de civismo, respeto y educación con el delito de homicidio, ese que la gente a menudo olvida, Fiscalía incluida, que miembros del Frente Atlético han cometido ya dos veces y siguen ahí, “animando”, con el beneplácito del club. Quien legitime al Frente Atlético está respaldando a homicidas. Y punto.
Voy al cumpleaños de una persona Excel-ente a quien por fin conozco en la celebración del mismo tras varios años de conversaciones en Twitter y por WhatsApp. Mucho mejor de lo esperado, si es que eso es posible, porque cuanto peor, mejor para todos, y cuanto peor para todos, mejor; mejor para mí el suyo beneficio…, perdón me estoy liando con Mariano otra vez.
Vuelta a casa a dormir a una hora decente, que mañana se trabaja. Hace fresco. Porque, aunque este año ha llegado más tarde, ya lo dice el refrán: “Para San Martín prepara la manta y el calcetín”. Salvo que la Fiscalía Provincial de Madrid lo desmienta.
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Buenos días, amigos. A la pregunta de cuánto queda para que vuelva a jugar el Madrid, solo cabe responderos con la dolorosa honestidad con que lo hacia el Bill Murray más desesperado de Groundhog Day, mirando a la cámara en su enésima retransmisión de la tradición de Punxsutawney: “Tengo una predicción sobre el invierno. El invierno va a ser frío, va a ser gris y va a durar el resto de vuestras vidas”.
Así es, amigos. Queda tanto tiempo para que vuelva a jugar el Madrid que lo mejor es hacerse a la idea de que ya no volverá a jugar nunca. El invierno va a ser frío, va a ser gris y va a durar el resto de vuestras vidas. Queda aún mucho mundial apestoso, muchísimo. Queda mundial de esclavos muertos colapsando la temporada a la mitad por un tubo. Resta mundial a cascoporro, y las portadas nos alcanzan rebozadas hasta el cogote de mundialismo, con lo que queda todo dicho.
Bueno, todo no. Faltaba Morata, por ejemplo. Morata copando portadas como signo de los tiempos mundialistas. Morata aparentando (?) fiereza y casta para armonizar con el ardor guerrero de las masas rojífilas.
Morata es ese delantero que ganaba Ligas como titular en el Real Madrid pero tuvo que irse porque no soportaba la envidia de ver a Benzema ganando Champions como titular en el Madrid. Lo suyo le parecía poco, y así inició un peregrinaje de amor por diferentes clubes, de todos los cuales se hizo retrospectivamente forofo nada más aterrizar, para terminar recalando en la rapiña del cholismo. “Simeone me manda mensajes de ánimo”, revela.
Nada nos sobrecogería más a nosotros que recibir un WhatsApp animoso del Cholo. Lo miraríamos una y otra vez con recelo, buscando la orden prusiana y denodada que sin duda se oculta por ahí. Un mensaje de ánimo del Cholo tiene que tener truco. No puede ser un simple mensaje de ánimo sino que ha de esconder una escaramuza, una treta abyecta, una patada en clave. Por lo demás, dice el bueno de Álvaro que “no descarta los penaltis”. Se supone entonces que, caso de descartarlos Morata, los penaltis no se producirían. Morata es de los penaltis desde chiquitito, como lo es del Atleti, de la Juve, del Chelsea y hasta del Madrid. Toda la suerte del mundo a Morata en el resto de su andadura mundialista. Le deseamos que sea capaz de reponerse a los mensajes de ánimo del Cholo.
As se hace cargo en sus bajos, también, de las exhibiciones de Mbappé e Inglaterra, así como de la vuelta a la titularidad tras lesión de Neymar en la canarinha. “Brasil recupera a su estrella”, sueltan los de As, pese a que el mismísimo Cafú ya ha sentenciado quién es la estrella de la pentacampeona: el hombre que acaba de ganar la Liga española y la Champions League con su equipo, siendo además decisivo en dicho logro. La estrella de Brazil es Vini Jr., con Neymar y Rodrygo de lugartenientes.
Marca dedica su portada a la tremenda exhibición de Mbappé contra Polonia. Ya hemos llamado la atención últimamente sobre la evidente aspiración marquista de convertirse en la Gaceta de los Deportes del Golfo Pérsico, y esta portada (que además no es injusta, porque el lagarto se está saliendo) encaja divinamente en dicha estrategia global de la marca, nunca mejor dicho. “Mbalado”, sueltan sin excesivo rubor. Quizá pronto le saquen mbelesado mirando la copa mundialista que acaba de ganar, mbobado en sus contornos, mbebido en sus exóticas formas sinuosas. Kylian, que dejó plantado al Real Madrid faltando a su palabra, ocupará cuantas portadas de Marca corresponda no tanto por ser uno de los mejores del mundo cuanto por ser el prohibitivo juguete de Al Khelaifi, compañero de pádel de Marca. Blanco (ojalá, o no) y mbotella.
La prensa cataculé, por su puesto, arrima el ascua a su sardina y magnífica todo lo que de culé tenga la copa del mundo, ya sea la sonrisa de Ansu Fati o el flequillo melancólico de Pedri, quien esperamos que en Catar no se queje del frío. Respecto a la prensa cataculé, con todo, lo que nos llamó la atención en el día de ayer fue el apelotante tuit de Sport sobre Pep Guardiola.
Ya lo veis, amigos. Pep Guardiola es el alfa y omega (¡el alfa y omega!) de todo (¡de todo!), y dentro de ese “todo” destaca Sport el éxito de España (¿qué éxito?), el resurgir de Alemania (¿qué resurgir?) y el renacer de Inglaterra (¿qué renacer?). Quieres hacer una cuenta fake de Sport para ridiculizar sus mantras y no te sale algo mejor.
Pero sí, amigos. Guardiola descubrió la penicilina, compuso junto a Beethoven (este último en un papel menor) la Quinta Sinfonía, susurró al oído de Shakespeare Hamlet y Macbeth, frotó las primeras piedras que produjeron fuego, ideó la rueda, inspiró al Espíritu Santo el 35% de los episodios bíblicos —algunos los protagonizó—, le hizo Pulp Fiction a Tarantino y North by Northwest a Hitchcock, escribió dieciocho de los veinte poemas de amor de Neruda y le dejó humildemente que se llevara la gloria de todos ellos y de la canción desesperada, inventó la propia humildad, con ella inventó también el fútbol (en la misma mañana tonta), reconstruyó Nueva Orleans tras el Katrina, pintó la Capilla Sixtina dejándole a Miguel Ángel la portería del Madrid, cantó todos los galileos de Bohemian Rhapsody, inventó el sushi al alimón con la cocina peruana y por el mismo precio pergeñó la fusión de ambas especialidades, bosquejó la primera aurora boreal dejando humildemente al Supremo Hacedor que la ejecutara Él, independizó Cataluña, derribó el muro de Berlín, puso los primeros cimientos de la cirugía en la misma tarde ociosa que la primera piedra de Notre Dame, nos reveló (claro) la relevancia inédita de la posesión en el fútbol, se sacó internet y el GPS de la manga y el domingo, que le tocaba descansar, lo invirtió en cambio en hacer creer a todo el mundo que España era un éxito, que Alemania había resurgido, que Inglaterra había renacido y que él era (con toda humildad) el artífice de todo ello.
Pasad un gran día.
El otro día me di una vuelta por el estadio. A un tío como yo que sigue admirando abrir un grifo y que salga agua, esas obras le parecen magia. Hablé con un par de paisanos, gente entrañable que también iba ver la cosa.
Gente a la que la construcción excita. Les gusta acercarse, ver, imaginar. Cuando Gallardón levantó Madrid, el pueblo tuvo años de gran diversión. En Barcelona lo fueron las obras olímpicas. O antes, cuando enterraron la calle Aragón. Una de las atracciones de Sevilla el siglo pasado fue levantar los pabellones de la Expo. Bilbao y el Guggenheim, y así.
La charla derivó en lo que van a costar y llegamos a una conclusión la mar de interesante: deberían sufragarlas los fondos europeos. Tiene su sentido. ¿No nos cuentan que muchos no han sido ejecutados? El Madrid los emplearía bien y hace feliz a todos. Unos, por madridistas y los otros por existir y poder criticarle. Un dinero bien empleado. Se me ocurrió algo definitivo, la reflexión final: sin duda estarían mejor y más aprovechados, no sé, 500 millones en manos de Florentino que de Irene Montero.
Los fondos europeos deberían sufragar las obras del Bernabéu. Tiene su sentido. ¿No nos cuentan que muchos no han sido ejecutados? El Madrid los emplearía bien y hace feliz a todos
Nos tomamos unos cafeses y uno de mis amigos propuso ir a ver la lona del Barça. No pude acompañarles. Ni un reproche a la ocurrencia en sus labios, oigan. Ambos, socios del Madrid. Una salida sabia por su parte, si acaso: abrir una tienda es empleo, que vendan mucho. El Barça crea riqueza en Madrid y eso es muy bueno.
Lo de la pancarta ha encabritado más al barcelonista que al merengue. La reacción de este me recuerda a mi abuela cuando sufría una de mis gansadas. La gran Guille se limitaba a decir “el niño es muy gracioso”. Y se daba la vuelta. Y hasta la próxima.
El merengue considera a Laporta eso, un gracioso. Espera la próxima, echa unas risas. Fundamental siempre y más ahora que se ha ido Piqué y el Barça ha perdido mucho, en el campo y fuera. Risas y emociones que en el fútbol… Lo contentos que estamos ahora con el Francia-Inglaterra: después de 16 días de Mundial, y 50 y pico partidos, llega uno serio.
Aquí lo más casi siempre es un Clásico y fíjense que después de que el Barça prefiriera la Europa League, le gustó la experiencia, no volverá por el Bernabéu hasta octubre de 2023 como poco. ¡Se habrá hecho viejo el nuevo estadio! Sí, si, a lo sumo una eliminatoria de Copa. Un desastre.
A mucho culer, que lo que siempre fue culé es ahora culer, en cambio la cosa le encabrita. ¡Eso es complejo! ¡Ni en broma el Madrid abriría una tienda y diría que Kubala era madridista! O el gran Winston Bogarde. Complejo. Claro. Es el diagnóstico. Es superior a sus fuerzas, algo inevitable. ¿Qué ha querido el Barça toda su vida? Ser el Madrid.
Por lo demás, y vamos acabando, un abrazo a la Fiscalía que marcó una pauta jurídica con lo de Vinicius. He seguido con atención las reacciones de La Galerna, Jesús Bengoechea, Athos Dumas y tal pues también dictaron doctrina. Imposible mejorarles. ‘Nihil obstat’. Si acaso un matiz: Vinicius salió indemne. No hubiera sido descabellado que hubieran abierto diligencias contra él. Me lo temí: que consideraran que la culpa fue suya. Por intentar meter goles, por bailar, por quejarse si le pegan, todo eso.
Es curioso que el Mundial lo juega como en el Madrid y no le patean ni ha salido nadie diciendo que provoca y todas esas cosas. No adivino rival alguno que le trate estilo Liga ni afición que pueda acabar en un juzgado. Ahora, Brasil-Corea. Veremos, pero no pinta. El muchacho se ha limitado a decir “paciencia” y “¡Hala Madrid!”. Se le nota aliviado. No le han metido un puro. Todo se andará.
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Buenos días, amics, hoy más amics que nunca, lo que en realidad quiere decir amics como siempre, dado el aroma filoculé que suelen destilar habitualmente nuestras portadas deportivas y, por extensión, la mayoría del, a falta de mejor nombre, periodismo deportivo que nos asiste.
La cosa viene hoy estupenda y bien nutrida, con Messi a la cabeza, protagonista en tres de las cuatro portadas del día, quedando la cuarta para el ínclito Gavi, golden boy en nuestros corazones, donde comparte espacio con Pedri para hacer una pareja histórica, universal, cósmica, mitológica y supercalifragilisticoexpialidosa gracias a la cual respiramos, sentimos y vivimos.
"Confiad en nosotros", dice Gavi clavando su pupila (no sabemos si) azul en nuestras pupilas aún legañosas, y cómo no hacerle caso a Gavi cuando además añade más abajo que quiere que vibremos, que no hay que cambiar la idea y que el campo ha dicho no sé qué. Lo que diga Gavi va a misa, porque Gavi es ese novio de una prima que acaba de llegar a la familia para ponerlo todo patas arriba, para que la abuela le haga postres que solo puede comer Gavi, para que Gavi ya decida por todos dónde se va a cenar en Nochebuena, dónde se va a comer en Navidad y qué fiesta se hará en Nochevieja. A nosotros que no nos toquen a Gavi, que ya se encarga él de tocar a todos con su calidad jamás vista en otros, con su haber venido a presencia cual ángel de la guarda y, por qué no decirlo, con sus empujones y patadas a destiempo, porque esto es tiki-taka ma non troppo, porque esto es lo que nosotros queremos que sea mientras sea lo que nosotros queremos.
A Gavi solo le falta ser Messi, pero es que Messi es tan Messi que, como decíamos, ocupa tres de las cuatro portadas de hoy, y nos parecen pocas. No sabemos a qué esperan nuestros medios para editar un periódico donde cada página sea una portada con Messi, todas distintas pero todas iguales, como contaba el viejo Aristóteles que se decía el ser, único y múltiple a la vez, pues Messi se dice de muchas maneras, todas ellas virtuosas. Messi en el Sport, Messi en el As, Messi en el Mundo Deportivo, Messi está en ti y en mí, porque Messi es el que es, así como respondió Yahveh a Moisés al ser preguntado por su nombre.
Así que "sangre, sudor y Messi", "otra vez Messi" y "Messi vuela a cuartos" como enésima trilogía romántica para eternos adolescentes, de venta en todos los quioscos, a la espera de hacer las delicias de todos los corazones enamorados, sensibles y tocados por la magia. Love is in the air everywhere I look around, donde around significa Messi.
Se pelean las plataformas por llevar la trilogía al cine de sobremesa, ese tan pulcro y aseado. Ese cine donde una Navidad en un decoradísimo pueblo de las afueras de Nueva York es la Navidad perfecta de nieve falsa y adornos de cartón piedra. Ese cine donde chico (cuerpo y cara de modelo) conoce chica (cuerpo y cara de modelo). Ese donde los problemas solo existen porque se arreglan al final con amor, pan y fantasía. Ese cine, a falta de mejor nombre, donde hace siempre un sol esplendoroso, donde las vestimentas parecen de catálogo de Mango y los muebles son todos de Ikea. Ese cine, esa prensa deportiva, donde un país y un mundial se visten artificialmente de todo aquello que no es para ser publicitado y consumido como si debiera ser publicitado y consumido, sin mirar debajo de la alfombra, tan limpia en apariencia, tan bonita y exótica y multicultural ella, tan elevada porque se asienta en kilos y kilos de basura.
Pero, ¿no lo oyen? Llega un coro de niños inmaculados a nuestras puertas cantando villancicos, aun en el polvo del inclemente desierto catarí. Viene Messi encabezando el coro. Le sigue Gavi. Oh, amics, qué siesta nos vamos a pegar con esta película. Disfrutad de ella y de este domingo.
Siguiendo la estela marcada por Pablo Rivas, Hank nos ofrece un nuevo ejercicio futbolístico-cinematográfico en el que se establecen paralelismos entre películas y clubes.
Para el ejercicio cinematográfico de hoy, hemos decidido acudir a la temporada 2013-14. No la futbolística, no, sino la del séptimo arte. Y para ello, nos vamos a servir de tres películas que quizás hayan pasado desapercibidas para el gran público, pero que no por ello dejan de atesorar una inmensa calidad. Si en algo confluyen estas tres películas es en la forma en la que se valen del portentoso trabajo de sus respectivos protagonistas. Aparte de animarles a disfrutar de las respectivas comparativas, se las recomendamos encarecidamente.
Calvary (Calvario) - Atlético de Madrid
“La fe, para la mayoría, es el miedo a la muerte. Y si no es más que eso, es muy fácil perderla”
La premisa de esta maravillosamente dura película irlandesa no podría casar más con la historia de nuestro club vecino, pues no es otra que la crónica de una muerte anunciada. La primera escena de la película nos muestra al sacerdote de un pequeño pueblo irlandés confesando a uno de sus vecinos, que le advierte de que vaya poniendo sus asuntos en orden, pues en exactamente una semana lo va a asesinar. Desde ese momento, el destino del pobre sacerdote queda tan implacable e inminentemente decidido como si hubiera quedado atado a las vías de un tren desde las que va oyendo llegar al mismo desde el suelo sin poder moverse, vamos, como la eliminación de cada año del Atleti en Champions, con la diferencia de que, al contrario que el padre James, uno no sabe el momento exacto en el que dicha eliminación se va a producir, sólo que se va a producir.
A partir de ese momento, el padre James, magníficamente interpretado por el veterano Brendan Gleeson, actor que esta misma temporada por fin recibirá un merecido reconocimiento siendo nominado al Oscar (y posiblemente ganándolo) y al resto de premios, comienza a hacer lo que mejor se le da al Atlético de Madrid: sufrir. Sin importar el (encomiable) empeño que ponga por intentar ayudar a sus vecinos y acercarlos al buen camino, sus resultados acaban por resultar igual de infructuosos que los del mismo Cholo con los jugadores de su plantilla.
La película está llena de diálogos ácidos e ingeniosos que bien podrían haber sido escritos por el propio entrenador argentino, cuya labia y elocuencia es bien conocida; pero que de la misma manera que los esfuerzos del padre James, ya no consigue calar como antes ni en los jugadores ni en la afición atlética. Con un humor negro y cínico que se adueña de la película desde el primer minuto, el espectador va viendo como la trama parece que se dirige hacia un punto en concreto, pero acaba divergiendo en una mezcolanza de géneros entre los que destacan el drama, la comedia oscura y el thriller. Algo parecido a las diferentes etapas que se suelen atravesar anualmente en el Civitas Metropolitano, donde cada temporada se ven situaciones como la vivida en la primera jornada de Champions ante el Porto, en la que aquel eterno descuento acabó con la más absoluta de las euforias para la afición atlética; pero que desembocó en la vivida en la penúltima jornada ante el Bayern Leverkusen, con aquel penalti doblemente fallado en el último minuto. Una escena tan rocambolesca, con el portero deteniendo el lanzamiento del belga Carrasco primero, el larguero deteniendo el testarzao posterior y el propio Carrasco evitando con su pie el remate final, que no hubieran sido capaces de guionizar ni los hermanos Coen en el punto más álgido de sus carreras. De igual manera que al desolado padre James al final de la película, ni los aplausos en la lluvia le quedan ya a Simeone.
Nightcrawler – FC Barcelona
“Recordad: nunca os pediría algo que no fuera capaz de hacer yo mismo”
Bien podría ser esta una cláusula que incluyera Laporta (o antes Bartomeu) en los contratos de los jugadores del FC Barcelona, pero lo cierto es que esta frase pertenece a la película Nightcrawler, dirigida por Dan Gilroy y protagonizada por el mejor Jake Gyllenhaal que hemos visto jamás, en una actuación que provoca verdadero pavor ante la demostración de hasta dónde puede llegar una persona por progresar en su trabajo cuando renuncia a cualquier tipo de pudor o escrúpulo que pudiera habitar en su ser. Aunque ciertamente es una película que viene mucho más al pelo para ser comparada con el periodismo deportivo actual (dado que el personaje principal es un joven abriéndose paso en ese mundo), y más en estos momentos, en los que surgen casi a diario diversas polémicas de periodistas a raíz de los streamings del seleccionador español, tampoco resulta fácil obviar el parecido del personaje Lou Bloom con lo que viene haciendo la directiva de un club cuya lista de miserias no para de crecer año tras año.
Porque sí, Nightcrawler es un tenaz ejercicio, continuo y ascendente, de ruindad y mezquindad (in)humana en el que su protagonista se esfuerza (con éxito) en provocar en cada escena un poco más de repulsión que en la anterior. Su trabajo, periodismo de a pie centrado en la obtención de morbosas imágenes de accidentes o asesinatos, da pie a una creciente obsesión hasta el punto de no importarle realizar desde allanamientos de morada para grabar los cadáveres aún frescos de un crimen realizando pocos minutos antes, dando prioridad a su grabación en lugar de a ayudar al que pueda seguir con vida; hasta provocar él mismo crímenes para poder filmarlos a continuación e incluso dejar tirado a su compañero de trabajo para posteriormente conseguir una buena primicia de su “accidente”.
Un todo vale del que el equipo de la ciudad condal puede presumir de no quedarse para nada atrás. No en vano le hemos visto (y no hace falta remontarnos mucho tiempo atrás) dejar tirado a uno de los jugadores de su plantilla de baloncesto en un aeropuerto de Turquía EN PLENA PANDEMIA (disculpen las mayúsculas, pero es necesario recalcar este punto para hacernos a la idea de lo que dicha acción supuso realmente; de hecho el jugador tuvo que volver a casa en un vuelo de otro equipo de baloncesto), forzar a jugadores a bajarse el salario o diferirlo para, posteriormente, arrojarles a la prensa, como si de un boomerang se tratara, como forma de presión para obligarles a buscar una salida (sin darse cuenta de la imagen que estaban dando como club) o incluso denunciar por ilegalidad el contrato de un jugador que firmó (redobles de tambores) ¡con ellos mismos! Poco nos puede sorprender a estas alturas de la persona y el club que traicionaron a Florentino Pérez y el resto de clubes en aquellas elecciones de 2004 en las que cambiaron su voto y el de otros para perpetuar a Ángel María Villar en la presidencia de la RFEF y que les volverán a traicionar a poco que tengan la oportunidad. Podríamos fácilmente ahondar más en la putrefacción de este club, pero realmente no vemos la necesidad de ello a estas alturas, pues cualquiera puede recordar los episodios más oscuros que han revoloteado alrededor de este club y escoger el que prefiera. No les van a faltar, desde luego.
All is lost (Cuando todo está perdido)– Real Madrid
Aunque la temporada 2013-14 nos dejó extraordinarias películas de supervivencia como Gravity o Captain Phillips, ambas producciones de inestimable factura y calidad, se ha considerado preferible que nos centremos en una película mucho más pequeñita, menos conocida y de una cruda pero quizá más efectiva simpleza que las anteriores. Se trata de una película dirigida por J.C. Chandor (al que recordarán más por A most violent year o Margin call) y protagonizada por un excepcional Robert Redford, que no necesita valerse de una sola frase en todo el film para brindarnos el que, en opinión de quien les escribe, es el trabajo más puro y hermoso de toda su amplia y exitosa carrera. La película, como se ha comentado anteriormente, es realmente simple: un hombre, del que no se conoce ni su nombre (de hecho, en los créditos figura como “nuestro hombre”) se encuentra navegando en su barco en alta mar cuando un accidente provoca una ruptura en el mismo. A partir de ese momento, Robert Redford pasa a convertirse no ya en un hombre sino en nuestro club, reflejando en la película una rutinaria temporada del Real Madrid.
El motor de esta película se basa en una frase tan simple como la premisa de la misma: “sigue adelante”. Y eso es lo que hace nuestro hombre. Y eso es lo que hace el Real Madrid. ¿Se abre un boquete en la fachada del barco? Nuestro hombre coge una tablillas de madera y lo arregla. ¿Se estropean la radio y el sistema de navegación? Nuestro hombre saca los cables e intenta arreglarlos. ¿Se acerca una tormenta? Nuestro hombre pone dirección contraria para escapar de ella. ¿Su barco se hunde? Nuestro hombre saca una balsa y se mete en ella.
Nuestro hombre tendría todo el derecho del mundo a quejarse de su mala suerte. Tendría todo el derecho del mundo a protestar airadamente por todo lo injustamente que le está tratando la vida, el destino o los elementos, pero nuestro hombre sabe que eso no cambiará su situación ni le salvará de nada. Si consigue salvarse, sólo podrá hacerlo por sí mismo, por lo que él haga. Y por eso no se permite más que un "fuck" de desesperación durante toda la película, de la misma forma que a nuestro querido Buitre a veces se le escapa un tímido “cáspita”, un “caramba” o un “caray”. Lo que vemos en All is lost es lo mismo que vemos cada año en el Santiago Bernabéu: una lucha del hombre contra los elementos, una contienda injusta en la que el club blanco juega contra algo más que sus rivales. Pero mientras que la prensa se dedica a polemizar alrededor, nuestro club sigue adelante. Mientras nuestra propia afición comienza a generar debates sobre nuestros jugadores, decisiones del club o del entrenador, el Real Madrid sigue adelante. Por muy difícil que sea la situación, el partido o la eliminatoria, el Real Madrid, como Robert Redford, como nuestro hombre, como nuestro héroe, sigue adelante. Porque cuando todo está perdido, nuestro héroe no se rinde, sino que mira hacia adelante, hacia la supervivencia. Porque cuando todo está perdido, el Real Madrid gana.
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La llamada del almuédano a la oración interrumpió mi sueño de forma brusca. Eran las seis de la mañana en Estambul, las cuatro en España. Trece horas y media antes, este humilde cronista llegaba al aeropuerto de Madrid con precisión militar, impelido por el ánimo de puntualidad de Javier Artime, el organizador de las Leyendas del Real Madrid. Tuve que esperar casi una hora a que llegara el resto de la expedición, deseando que lo hicieran cuanto antes para recibir la bienvenida – yo soy el foráneo en esta ocasión –, y con el cosquilleo propio de salir de viaje fluyendo por mi sistema nervioso.
La espera se hizo corta, a pesar de sentir el pálpito de mi querencia por los desplazamientos en equipo. De forma automática, al verlos dibujé una sonrisa involuntaria, saludando a los muchos conocidos, reconociendo a los que nunca he encontrado personalmente.
Tan diferentes son los viajes ahora, que la primera conversación la crucé sobre el asunto con el preparador físico, Juan Trapero, atleta insigne de la cuadrilla de Paco López, entrenador que tantos años hizo con nosotros lo que Juan hace ahora con los propios: reventarlos. Fuera de las finales europeas jamás viajamos en chárter, con los gigantes buscando las salidas de emergencia - cuando las había -y los demás acoplándonos como podíamos. ¡Juro sobre las reglas de Naismith que he visto a Romay viajar en clase turista!
Las líneas regulares y las escalas obligadas tenían, en cambio, algunas recompensas. Conocíamos los aeropuertos y dónde comprar, en unos años en los que muchas cosas eran muy caras en España o ni siquiera se podían obtener. Los alemanes nos gustaban por la cerveza y la salchicha que la acompañaba, el de Ámsterdan por su riqueza electrónica y los de la Unión Soviética por el caviar.
También aquellos viajes daban pie a largas conversaciones, interminables tertulias para capear el aburrimiento del paso de las horas. Al fin, llegábamos a destino aeroportuario, pero no al del final del viaje: siempre nos esperaba el pabellón rival para ir a entrenar, para estirar las piernas y sudar el viaje, acciones de difícil asimilación en un principio, pero de recompensa final extraordinaria. Después, la cervecita de turno entraba del tirón y dormíamos como un lirón. Bueno, disculpen el pareado que ha surgido de corrido.
Hoy, los viajes son más cómodos y tanto confort induce a la siesta, así que, apenas se oyó nada durante el vuelo. En cambio, el revuelo vino cuando desembarcamos en el autobús que llaman jardinera. Estaba claro que el equipo se había despertado de buen humor. En cambio, la ciudad nos recibía vestida de gris y lloviendo, como si quisiera cambiarnos el humor para el encuentro. Por supuesto, no lo consiguió a pesar de su insistencia.
La mañana del partido nació tan oscura como la noche precedente. No me pregunten por qué, pero uno sabe que la hora del desayuno es la de mayor tranquilidad del día del partido. Un buen momento para intercambiar opiniones con los miembros de la expedición, todos muy animados, irradiando espíritu madridista. Disculpen que mi inveterada discreción no satisfaga su curiosidad. Sí puedo comentarles como conclusión propia – ya, ya sé que no es demasiado - que la tranquilidad es la nota predominante, algo por otra parte natural tratándose de profesionales que conocen al milímetro el gremio y los momentos críticos del mercado propio. A su vez, de esta calma cabe inferir una confianza profunda en sus fuerzas, cada vez más alineadas, tanto en sí mismas como con su propósito.
Tras mi labor de espía autónomo, en vista de que los entrenadores se iban a ver una serie (de vídeos) y los jugadores a descansar, me di una vuelta por la mezquita de Çamlica, la más grande de Asia Menor, de construcción reciente y clásica, inaugurada con cierta polémica por ostentosa e innecesaria en 2019. Me dirá que por qué no me acerqué a otros sitios emblemáticos que tiene usted en su cabeza, pero, con franqueza y aunque me pirran, he estado más veces en los bazares, mezquitas y cisternas que en la Puerta del Sol, y tampoco estaba el día para fiestas.
Así que sólo quedaba esperar al partido, del que me veo obligado a hablar por deseo ferviente de Koki Martí, el tótem de la Ciudad de la Raqueta. O me estoy haciendo viejo, o el pabellón fenerbahçí – ojo al neologismo - es de los más ruidosos que recuerdo, incluso con el encuentro en ciernes, con los jugadores haciendo las contorsiones propias de su deporte. Causeur y Hezonja lanzando como metralletas y Tavares ofreciendo una exhibición con la comba digna de Alí. “Fibra rápida en un dos veintiuno”, en palabras de Juan Trapero, que de fibras rápidas sabe algo, pues fue uno de los mejores velocistas españoles hace cierto tiempo, esto último sin ánimo de ofender.
Los jugadores madridistas bien pudieran ser admirados en Estambul, no obstante el abucheo constante mezclados con gritos de protesta proferidos. Y eso que no estaba Rudy, el favorito de la afición local, según me confesó Felipe Reyes, que me concedió el privilegio de ver el partido a su lado.
De forma paulatina y sin réplica, desactivamos la sonoridad con una actuación de corte tan coral como aguerrida. Nadie flaqueó en este ámbito, el de la presión defensiva, la captura de los rebotes largos, de los balones divididos. Tavares levantaba tras el base la muralla defensiva propia, y cuando se debilitaba ahí estaban sus compañeros para reconstruirla, así como Deck y Hezonja para capturar los rebotes cuando el gigante se alejaba para ofrecer su ayuda a los exteriores. Abalde presionaba sin dejar casi recibir un balón al asfixiado particular y Musa parece dispuesto a emular al gran Mirza Delibasic. El juego fluía, porque este equipo se ha subido a los raíles de sus pretensiones y porque tiene muchos jugadores que interpretan con maestría el baloncesto. Hasta Tavares se ha convertido en un pasador notable, calmado, en busca de la mejor opción. Un grande que reparte juego es una bendición para un equipo y una tradición en este club, cuyo escudo han representado Clifford Luyk y Arvidas Sabonis.
El primer tiempo fue excelente, con racha de Llull incluida. Un pequeño despiste final amortiguó la diferencia de clase exhibida en los primeros veinte minutos. El líder era sobrepasado sin que quepa ninguna controversia, si bien es justo señalar sus bajas.
El tercer cuarto aún fue mejor. El Chacho sacó el libro del base de su chistera para mostrar sucesivos capítulos. Ahora, el bote; después, la finta; más tarde, el cambio de ritmo; desde el principio, los pases. Cuando ya había mostrado parte de su repertorio, Chus Mateo le brindó un descanso. En este lapso, Musa encadenó tres triples y el Madrid acopió una ventaja de 23 puntos. 41-64. El partido estaba en el bote, por más que en un par de minutos se sumaran una pérdida del bosnio y una técnica a Tavares que desconcertaron al equipo.
Pero el despiste duró poco, como poco duró el griterío del graderío. Para cualquier espectador imparcial el duelo estaba resuelto, lo que no fue óbice para que los que estábamos a pie de pista sufriéramos cierta incertidumbre hasta un par de minutos del final.
La victoria fue una consecuencia del gran juego y la forma en la que se consiguió un refrendo para el camino emprendido. Aún estamos a principios de temporada, y ni siquiera los técnicos han dispuesto de la plantilla completa en ningún momento, por lo que el juicio de valor siempre es relativo. Sin perjuicio de lo expuesto, la coherencia global y el aprendizaje de los nuevos auguran un porvenir brillante.
Hasta aquí la opinión sobre el partido, no mis impresiones del viaje. Me he encontrado con un grupo de personas que trabajan a destajo con el respeto como lubricante de relaciones complejas y constantes. La tensión no tiene por qué alejar la alegría puntual y necesaria, casi constante cuando aparecen los escasos momentos de relax. Miman el detalle cada uno en su vertiente, que son muchas, pues un equipo de este calado precisa organización certera. Mientras escribo estas líneas, ocho horas después del aterrizaje, la plantilla está de nuevo sobre el parqué trabajando para el encuentro de mañana contra el Valencia. Esta secuencia tan precipitada exige planificación, dedicación y vocación, sin las cuales este viaje que no cesará hasta las puertas del verano no tendría sentido.
Sólo me queda darles mi enhorabuena por el trabajo impecable y agradecerles el afecto con el que me han acogido. Merced a él me he sentido como uno más del grupo, amén de ayudarme a reflotar sentimientos de hace muchos años, cuando quien esto escribe era jugador y las emociones personales y colectivas se acumulaban en el ánimo, mientras palpitaban el orgullo y la responsabilidad de vestir la camiseta del Real Madrid. Señoras y señores, muchas gracias.
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La Fiscalía de Madrid ha decidido archivar el caso de los insultos racistas a Vinicius en el Metropolitano, y ha emitido una suerte de comunicado o pronunciamiento para explicar su lavado de manos. Pilatos resultó muchísimo más convincente. Resulta, quién lo habría dicho, que los insultos racistas de ciertos hinchas atléticos al brasileño fueron proferidos “en un contexto de máxima rivalidad deportiva”, lo que por supuesto, por supuestísimo, mueve de un modo lógico a descartar el tomar medidas como investigar la identidad de los cafres o sancionar al Atlético de Madrid.
Es un auténtico hallazgo esto del fiscal. Resulta que los insultos racistas (de viva voz pero también con parafernalia traída de casa, como aquel anormal que blandió un simio de trapo con la camiseta del Madrid) sucedieron porque era un Madrid-Atleti y allí había “rivalidad”. Eso cambia radicalmente las cosas, por supuesto. Ahí se entienden muy bien los insultos racistas, claro. Cuidado porque el fiscal no los llama insultos racistas en todo caso. No tiene el respeto a la verdad que el llamarlos así acarrearía. Se refiere a las barbaridades xenófobas del Frente Atlético y aledaños como “alusiones despectivas o burlonas”. Burla es lo que supone pretender que traguemos con ese calificativo cuando a Vinicius se le estaba cantando que era un primate, y se le cantaba eso por el color de su piel.
Esta conclusión del fiscal -que seguramente tiene nombre y apellidos, pero los medios se refieren a él como “el fiscal” para que la ignominia no recaiga sobre ningún ciudadano concreto- me sitúa a mí, inevitablemente, en un contexto de “máxima rivalidad” (deportiva y más allá) con el sujeto, por lo que, en directa aplicación de su misma lógica, habrá de archivarse mi caso si me atrevo a llamar al fiscal, por ejemplo, cobarde, o por ejemplo miserable, que son como mucho “alusiones despectivas o burlonas” emitidas, como digo, y por tanto habrá de ser comprensivo, en un contexto de máxima, muy máxima rivalidad entre Jesús Bengoechea y el anónimo fiscal.
También habrá de ser archivada mi causa porque son alusiones breves, puntuales. Según el fiscal, los cánticos “burlones” “solo se produjeron dos veces” y “duraron pocos segundos”. Exactamente igual que mis alusiones. Cobarde. Miserable. Solo son dos veces, se leen en pocos segundos o centésimas de segundo y han sido escritas en un contexto de máxima rivalidad con el señor fiscal. Me siento seguro, por tanto, de que voy a ser archivado con la máxima celeridad.
Todo esto forma parte de un contexto, por supuesto. El contexto es el siguiente. El antimadridismo rampante, escocido ante la mejor temporada de la historia blanca, no se resigna a no poder odiar a un grupo humano (el vestuario vikingo) ejemplar en lo deportivo y en lo humano, por lo que rebusca en los bolsillos en busca de alguien a quien aborrecer. Les sale Vinicius porque sí, porque había que odiar a alguien que vista de blanco. Y se pone en marcha el plan. Es un plan tácito, no se ponen de acuerdo las partes porque no hace falta. El puzzle del odio siempre encaja, sin necesidad de consultas previas.
Los rivales le escogen como víctima de sus agresiones, los colegiados las pasan por alto para que la rueda pueda seguir girando y los medios cierran el círculo riendo la gracia a los agresores en horario prime. Si Andy Warhol hubiera atestiguado los cinco minutos de fama de tipos como Maffeo, Raíllo o Alejo (los nombres, y no las caras, aunque también, son a veces el espejo del alma) se habría arrepentido de alumbrar la famosa idea. Y ya está inventada la rueda.
Claro que se trata de una rueda que no podría girar sin el combustible del aliento de las masas. Ahí entran en juego aficiones varias, hordas abducidas por el discurso mediático según el cual Vinicius es el villano y no la víctima, que ponen el foco sobre el brasileño, con especial mención para los nazis del Frente Atletico, ya mencionados en su absoluta impunidad que a su vez es consagrada por el fiscal de turno con un “aquí no ha pasado nada, circulen, circulen”. Que sí, que el racismo está muy feo pero solo según a quien le caiga encima. Hay ocasiones en que el racismo no es la lacra social que todos queremos combatir sino solo “alusiones malévolas” que duran demasiado poco como para que siquiera se investigue la posible comisión de un delito, no vaya a ser que la rueda de intimidación a Vinicius deje de dar vueltas.
Este es el panorama. Es un absoluto milagro que Vinicius todavía quiera jugar en España. El milagro, claro, tiene nombre propio, al contrario que el fiscal, y ese nombre es Real Madrid. Vinicius quiere jugar en el Madrid, y asume como un mal menor el hecho de que, por razones geográficas, o las que sean, el Madrid todavía juegue en España. Es un claro Top3 mundial para los próximos diez años, y sin embargo es tratado como si fuera un criminal en la muy depauperada liga de Tebas. Rivales envilecidos que le sacuden impunemente, colegiados que lo consienten, periodistas que le acusan de ser el culpable de las agresiones que sufre, gradas salpicadas de xenófobos que la toman con el color de su piel, fiscales que dan su bendición para que la máquina siga bien engrasada.
Vamos a decirlo alto y claro. España no merece a Vinicius. España maltrata a una de las escasísimas estrella del fútbol mundial para la próxima década que corre por sus campos de fútbol. Claro que España, la verdad, tampoco merece al Real Madrid, la empresa más importante del país, la que más gloria le procura, y sin embargo permanentemente sujeta al insulto burdo y la mentira como sistema.
En este sentido, la animadversión y la saña contra Vinicius no hacen sino singularizar en un futbolista concreto la inquina nacional contra el Real Madrid. La vuelta del mundial putrefacto de Catar va a ser dura. El club debe estar preparado para defenderse de la agresión permanente que se le viene encima al propio club, así como de la que va a seguir sufriendo el futbolista que ahora mismo concita toda la envidia sarracena que el Madrid despierta.
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Escribo estas líneas minutos después de que la Uruguay de Fede Valverde haya quedado eliminada tras una sorprendente –pero bilardista, he de reconocer– entrega del partido de Portugal a una casi amateur selección de Corea, con asistencias y yerros poco verosímiles, incluidos los de Cristiano Ronaldo, que o bien tenía su preferencia, o su perfil futbolístico ya es decididamente acorde al fútbol saudí que le pretende (lo cual invalida por completo mi anterior columna en esta selecta casa).
Independientemente del resultado de ayer, nuestro Fede bordó una copa que lamentablemente estuvo entre lo mediocre y lo terrible, sin llegar siquiera a sugerir, más allá de un tiro al palo en el primer partido, la calidad que tiene.
Como uruguayo y valverdista desde sus primeras épocas en Peñarol, por supuesto que fue una pena, pero sin todavía sacarme mi camiseta celeste con el número 15 a la espalda, quería enumerar aquí los motivos por los cuales creo que lo que ha sucedido en el mundial no debería preocuparnos demasiado como madridistas.
1- Su posición le condicionó
Durante los tres partidos del mundial, Fede jugó en un rácano mediocampo, acompañado de Rodrigo Bentancur –el mejor futbolista uruguayo en este mundial– y, hasta el segundo partido, un mediocampista cuya titularidad es un misterio para la enorme mayoría de los hinchas de la selección.
Matías Vecino es un correcto centrocampista que juega como suplente en la Lazio y que como atributos tiene apenas el buen posicionamiento y las rotaciones. Es un volante sin marca, sin despliegue, sin traslado y sin pase entre líneas, todas cualidades que pueden liberar o potenciar la combinación Valverde - Bentancur, que es el núcleo de talento más potente de la selección uruguaya actual. Al insistir con Vecino y sus permanentes pases hacia atrás durante dos de los tres partidos y no dar paso a un ‘5’ a la uruguaya que robara pelotas (Ugarte, del Sporting de Lisboa, está primero en duelos defensivos ganados en esta Champions y vio todo el mundial desde el banquillo), Valverde y Bentancur debieron retroceder y asumir otras tareas.
Fede, además, está ahora señalado por todos los planteos tácticos contra Uruguay por razones muy lógicas: su última temporada con el Madrid y su espectacular arranque de temporada. Corea le maniató con un par de marcas y eso fue suficiente debido a la falta de ajuste táctico, a pesar del pobrísimo nivel exhibido por los asiáticos. Una buena enseñanza de todo esto podría ser que tenemos que pensar si seguir reclamando para Fede el centro del campo del Madrid, cuando –a pesar de que él siga diciendo que siente que ese es su sitio– realmente es por la banda donde encuentra más impacto. Jugar en la medular y ser el jugador a seguir en un equipo con presión real es algo para lo que se entrena y se sufre antes de saber cómo hacerlo. Fede podrá hacerlo en el futuro sin dudas, pero ahora también es bueno que pueda ser decisivo en estos otros espacios dentro del campo.
La insistencia timorata y falta de elementos del entrenador con ese planteo en el centro del campo privó además a Uruguay de uno de sus futbolistas más importantes: Giorgian de Arrascaeta. El número 10 del último campeón de América, el Flamengo, acabó las eliminatorias como goleador de Uruguay y descolló en Brasil a tal punto que muchos en ese país lo pedían para su selección –algo inédito. Sin embargo, de Arrascaeta solo jugó medio tiempo ante Portugal y el partido contra Ghana, donde fue absoluta figura con dos goles. Con de Arrascaeta en el campo, el rival tiene otro futbolista del que preocuparse, liberando espacios para jugadores que llegan desde atrás como Fede. Los uruguayos no pudimos ver eso en acción cuando era realmente necesario.
2- El seleccionador no podría haberlo hecho peor
El único "logro" de Diego Alonso respecto de Fede Valverde en la selección uruguaya parece haber sido el de apodarlo ‘halcón’. El ex Atlético de Madrid demostró en este torneo que como entrenador es apenas un motivador y eso probablemente tuvo algún tipo de efecto en Fede durante las eliminatorias, donde se salió especialmente en los últimos partidos. Sin embargo, tengo que reconocer que, tras ver a la selección en estos últimos partidos, se me ocurrió que cada día de Valverde junto a Alonso puede ser un antídoto a las enseñanzas de Carletto para con Fede. El italiano dio confianza y transformó a Valverde como futbolista, haciéndolo concentrarse en sus habilidades y maximizándolas temporada tras temporada, como vimos que estaba sucediendo antes del parón. Lo que un entrenador de Uruguay debería haber hecho es proponer un sistema que basculara en función del talento de Fede y de Bentancur.
Pero más allá de ser un señor que gritaba y gesticulaba desde el banquillo de suplentes –algo que en Uruguay se reclamaba ante los años de parsimonia y audacia-solo-contra-los-periodistas del Maestro Tabárez–, lo que los uruguayos descubrimos –o confirmamos– en estos tres partidos es que Alonso era más de lo mismo e incluso menos: acabó el asequible partido contra Corea con una línea de 5 en defensa y contra Portugal organizó algo similar para resguardar a Diego Godín, otro de los ilustres en su tour de despedida.
Fede Valverde no necesita de apodos ni de supuestos motivadores: necesita seguir concentrándose en lo importante dentro del fútbol y tener entrenadores que confíen de verdad en su talento para poder liberarlo. Es una buena forma de entender también el éxito de Ancelotti en una institución como el Madrid. Por eso hasta incluso para los uruguayos debería ser un alivio que Fede vuelva con Carletto pronto.
3- El peso de ser el poster child uruguayo
Soy de los que piensan que, como madridistas, nos sirve y mucho que nuestros jugadores hagan buenos mundiales. Un mundial malo puede ser determinante en la motivación de un futbolista y Fede Valverde aún es joven. El argumento de que "mejor que vuelva descansado y ya tenerlo" es de jugadores de FIFA de Playstation. La vida no funciona así.
En ese sentido, sabemos por cosas que ha contado el propio Fede que su actual nivel en el Madrid es consecuencia de muchos apoyos desde lo mental por parte del club, su esposa, su entrenador y su círculo más íntimo. Con todo, en Uruguay los liderazgos tienen mucho peso, sobre todo desde la generación 2010 de la selección uruguaya de Sudáfrica. Llenar las botas de los Forlán, Suárez, Cavani y Godín representa mucho peso para una nación que vive el fútbol como una religión y es probable que parte del nivel de Fede en este mundial haya tenido que ver en gran medida con la presión que significa ser el heredero. Porque Valverde, junto con Betancur y Darwin Núñez, son el futuro de la selección uruguaya, y por ende de la alegría futbolística de un país laico pero entregado a este deporte.
Quizá el peso de decenas de miles de niños portando la camiseta celeste con el 15 en lugar del 9 de Suárez o el 21 de Cavani –una realidad apreciable en las calles y en las tiendas durante estas semanas– haya sido mucho para un chico que, sin dudas, aprenderá a lidiar con eso conforme siga avanzando y convirtiéndose en ese líder del Madrid que apunta a ser. Así que lo dicho: tranquilos todos y que nadie se alarme.
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Nota de redacción: Al ver que el anterior presidente de gobierno estaba comentando el mundial para El Debate, se nos ocurrió pedirle a través de un conocido común que hiciera un portanálisis. Nuestro amigo común nos envió una nota de audio (pues dice que es el modo habitual de don Mariano para enviar las crónicas) y nos aseguró que se trataba del original. Como no podemos asegurar que lo fuera y somos un medio que se distingue por su rigor, dejaremos que firme como se indica en el título. El estilo del portanálisis nos genera dudas acerca de que pueda ser el auténtico.
Buenosh díash, amigosh de La Galerna:
Como buen madridista que soy, no podía negarme a su petición. La Galerna es una gran página de encuentro de madridistas, y los galernautas, muy galernautas y mucho galernautas. Y además no debemos olvidar que son los lectores los que eligen al portanalista y es el portanalista el que quiere que sean los lectores el portanalista. Así que vamos con las portadas del día.
Nuestra selección española llegará a su partido de octavos frente a Marruecos con la “lección aprendida”, igual que nosotros aprendimos las lecciones de la crisis, o que no puedes dejar a tu tesorero que cobre las indemnizaciones en forma de salarios diferidos bajo la simulación de un despido. Para ganar a los chicos de mi hermano Mohamed VI, los de Luis Enrique tendrán que hacer todo lo que puedan y un poco más de lo que puedan si es que eso es posible, y sé que harán todo lo posible e incluso lo imposible, si también lo imposible es posible.
No me consta en ningún sitio de este diario madridista una mención a la enorme victoria del Real Madrid de baloncesto en la cancha del líder de la Euroliga, el Fenerbahce. Repito, no me consta, ha debido de desaparecer en alguna trituradora de documentos por error, que esas cosas a veces pasan. Veo la foto de los chicos de Luis Enrique y me gusta, porque muchos son del Barça, y los culés me gustan porque hacen cosas. En el campo y en los despachos.
Ponme otra, majo.
Lógico. No es lo mismo llegar al partido de octavos como primero de grupo que como segundo, no es lo mismo. O dicho de otro modo, es muy distinto. Gestionar un colectivo, ya sea una plantilla de desconocidos en un mundial o en un Consejo de Ministros, es una tarea compleja que hay que tratar de entender. Esto no es como el agua que cae del cielo sin que se sepa muy bien por qué. En la foto veo a Luis Enrique con cara de preocupación y me recuerda a la mía, tic en el ojo incluido, cuando nos subieron hasta el IVA de los chuches. Marruecos es Marruecos, igual que Alemania es Alemania, y Alemania me dio la razón. Debemos pensar que si el balón está más tiempo en el lado de los otros no nos van a meter gol. O dicho de otro modo: si el balón pasa más tiempo en el área de los nuestros, corremos el riesgo de que nos metan un gol. Yo quiero ser optimista y animo a los lectores a que lo sean, porque además cualquier otra cosa no sirve absolutamente para nada.
Vamos, España. Así me gusta, más animado, como en esta foto. Todo lo que se ha dicho estos días sobre Luis Enrique es falso, menos algunas cosas que son ciertas, pero no debemos perder la confianza en el asturiano. Los asturianos, como la cerámica de Talavera, no son cosa menor. O dicho de otra forma, son cosa mayor. Se han escrito muchas cosas sobre el juego de los nuestros y parece que algunos se alegran con el posible descalabro en octavos, pero no debemos hacerlos caso, pues son los mismos que creen que cuanto peor, mejor para todos y cuanto peor para todos, mejor, pero es mejor para mí el suyo beneficio deportivo. Y quien diga otra cosa miente, o dicho de otro modo, falta a la verdad.
No es buena esa “máxima presión” de la que habla Sport, porque al final “Luis Enrique se enfada” y le obliga a tomar decisiones drásticas, y a veces lo mejor es no tomar decisiones, y eso en sí mismo ya es una decisión. Si finalmente y por desgracia nuestra selección cayera eliminada, nadie podría probar que Luis Enrique no es inocente de lo que se le acusara, pero son los mismos que no sabemos si piensan antes de hablar o hablan tras pensar. Y las cosas son mucho más sencillas: un vaso es un vaso, un plato es un plato y un partido de octavos es un partido de octavos. Y si el vaso y el plato se rompen, puesh ocurre como con el partido de octavos, que ya no tienen remedio.
Muchas gracias a los redactores de La Galerna por brindarme esta oportunidad. Solo quiero mandar un último mensaje de apoyo a nuestro seleccionador:
Luis Enrique, sé fuerte.
Buenosh días.