Hola de nuevo:
Era 2014 y nos entrenaba Ancelotti. El Madrid venía de sacudirse doce años de obsesiones gracias a la reciente consecución de la Décima y, de repente, con el inicio del curso escolar rompió a jugar de manera excepcional. Si no pareciera un alarde desmesurado se podría decir que la racha de veintidós victorias consecutivas, récord de la historia del club, fue incluso lo de menos. Ese reguero de trequartistas que poblaba el mediocampo blanco y que hilvanaba combinaciones hasta llevar el balón al mazo de Madeira con guante de seda del Ródano constituía un extraordinario disfrute. Desde el Basilea hasta el equipo del Papa, pasando por el Liverpool o el Barcelona, todos hincaron la rodilla, sometidos. Con la guinda final de la proclamación del Madrid como campeón del mundo en Marruecos. Como sucede con todos los instantes felices, en el momento uno nunca lo sabe, siempre es necesario que transcurra el tiempo, pero para los madridistas millennials quizá fue el mejor otoño de nuestras vidas.
A menudo me adviertes, sin duda con ánimo protector, de que la fatalidad se esconde en cada esquina y, según nos enseñó Nassim Nicholas Taleb, la sucesión de días apacibles no garantiza que las cosas no puedan torcerse de forma imprevista. He ahí el cristalino ejemplo del pavo, acostumbrado a que el granjero lo alimente cada jornada, que peca fatalmente de exceso de confianza cuando de nuevo lo ve aparecer, tan alegre como de costumbre, la mañana de Nochebuena. Algunos aprendimos una cruel lección similar en aquel final de una temporada que prometía magnífica. Con la entrada del 2015, aquel Madrid de Ancelotti fue acusando el exceso de kilómetros de sus jugadores fundamentales, las lesiones y el cansancio hicieron mella y, pese a los encomiables esfuerzos por llegar a la orilla, se acabaron entregando todos los títulos en bandeja al Barça. Semejantes experiencias dejan secuelas inevitables: curten el ánimo hasta el punto de no permitirte contemplar un partido del todo tranquilo hasta el pitido final, a pesar del cinco a cero en el marcador.
Con la entrada del 2015, aquel Madrid de Ancelotti fue acusando el exceso de Km de sus jugadores fundamentales, las lesiones y el cansancio hicieron mella y, pese a los encomiables esfuerzos por llegar a la orilla, se acabaron entregando todos los títulos en bandeja al Barça
Quizá te preguntes a qué viene remover este lacerante asunto ahora, y sin duda tienes derecho a una explicación. Recordarás que hay una frase muy manoseada del 18 de brumario de Luis Bonaparte de Marx, según la cual la historia se repite dos veces: la primera como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa. Es probable que la analogía no sea perfecta, pero el columnista siempre está obligado al esfuerzo. Acompáñame y demos, pues, un salto en el tiempo.
Llegó 2022 y también nos entrenaba Ancelotti. El Madrid venía de sacudirse la obsesión de la salida de Ronaldo gracias a la reciente consecución de la Decimocuarta y, de repente, con el inicio del curso escolar rompió a jugar de manera excepcional. Si no pareciera un alarde desmesurado se podría decir que la racha de partidos consecutivos invicto fue incluso lo de menos. Esa pareja de brasiniños que culebreaba en la delantera blanca y que hilvanaba combinaciones, escoltada por un mazo uruguayo supuestamente destapado del todo al fin, constituía un extraordinario disfrute. Desde el Celtic hasta el equipo del pueblo, pasando por el Eintracht de Fráncfort o el Barcelona, todos hincaron la rodilla, sometidos. Con la guinda final de la proclamación del Madrid como campeón del mundo en Marruecos. Con la entrada del 2023, este Madrid de Ancelotti fue acusando el exceso de kilómetros de su jugador fundamental, las lesiones y el cansancio mundialista hicieron mella y, pese a los encomiables esfuerzos por llegar a la orilla...
Llegados a este punto, te confieso que me veo obligado a detener la comparativa. No solo porque la herida sea más próxima que la de 2015 y continúe escociendo demasiado. También porque, objetivamente, el tramo postrero de la temporada 2023 ofreció los suficientes alivios, a diferencia de su homóloga, como para evitar considerarla un derrumbe total. No en vano han sido las goleadas en Anfield, en el Camp Nou y el título de Copa lo que probablemente ha otorgado una vida extra a Ancelotti, evitando calcar al dedillo el desenlace del cuento. De momento, claro. No te sorprenderás si te señalo que el Madrid 2023-24 no solo está condenado a evocar a Sísifo, como acostumbra; el curso próximo comienza combinando este mito con el de Damocles.
No te sorprenderás si te señalo que el Madrid 2023-24 no solo está condenado a evocar a Sísifo, como acostumbra; el curso próximo comienza combinando este mito con el de Damocles
Antes de que me reproches falta de agradecimiento, te adelanto que me limito a describir la realidad, la cual no necesariamente coincide con mis anhelos. Bien sabes que, desde el punto de vista estético, considero imposible detestar a Ancelotti en su papel de técnico del Real Madrid. Su elegante carisma de bon vivant. Su carácter flemático y discreto. Su mano izquierda, no exenta de ironía. Aunque también reconozco que la paz y el respeto que nos inspira a sus partidarios nos hacen pasar indulgentemente por alto sus inclinaciones esporádicas al conservadurismo y sus posibles errores en la dirección de campo de partidos concretos. En cualquier caso, desengañémonos, ni siquiera Ancelotti podría soportar un segundo despeñamiento definitivo del equipo sin que esto tenga consecuencias en la impronta que ha dejado en nuestros corazones. Conviene que el italiano lo tenga presente ante la llegada de una temporada aún más comprometida de lo habitual. Al fin y al cabo, otra frase de Marx hace referencia a que lo sólido se desvanece en el aire. Y qué duda cabe de que este Madrid de la transición eterna entre los vestigios de los jerarcas y el liderazgo nunca asumido del todo por los jóvenes —especialmente por ese joven innombrable que vive en París, cuya palabra bastaría para sanarnos—, todavía no ha terminado de cuajar.
Cuídate. Volveré a escribirte pronto.
Pablo.
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Me pasa Bengoechea un vídeo de Tchouaméni tocando el piano y vestido de corto, en lo que parece el vestíbulo de un hotel. No hay más contexto y no he querido averiguar nada más sobre ese vídeo. Para qué contaminar ese momento con el ruido del mundo. Es mejor así: Tchouaméni, el uniforme del Real Madrid, el móvil apoyado sobre el piano y las manos, grandes y negras, escribiendo poesía en el aire. No importa de qué música se trate, ni quién sea su autor. Es Tchouaméni convertido en Glenn Gould, tocando para sí mismo y regalándonos unas Variaciones Goldberg premiosas, calladas, palpitantes de vida y de melancolía. Un momento de hermosa languidez, puro, desconectado de la realidad, casi como salido de un sueño.
Tchouaméni es un morrosko de imponente presencia, pero hay algo en él que es cálido como la primera luz del alba. Un poco a lo William Munny, un justiciero implacable con las botas manchadas del polvo del camino y con el alma llena de cicatrices, pero capaz de transmitir ternura —concisa, seca, profunda— a la prostituta vejada. Tchouaméni vino a reemplazar a Casemiro, que no es empresa pequeña, y puede que no tenga la mirada noble de Nadal que caracterizaba al brasileño, pero le sobra calidad, mando y —antes lo intuíamos, ahora lo sabemos— sentimiento. Tchouaméni convierte el centro del campo en su jurisdicción y su presencia en la ley, pero también interpreta Canciones sin palabras con su fútbol de toque preciso, viril y refinado, temible y distinguido. Tchouaméni juega como toca ese piano del que nada sabemos, y alumbra insospechadamente la posición de medio centro defensivo con su fútbol recio y delicado. Y al hacerlo, convierte esa demarcación de brega, oscura y sombría, en una oportunidad para la belleza, que brota, improbable y risueña, de la honda negrura camerunesa, deshaciendo la oscuridad como el rayo de luz que se cuela por una rendija. Si algo nos enseña el piano de Tchouaméni, es que el francés está destinado a ser no sólo el puntal defensivo del rombo ancelottiano, sino el faro cuya luz habrá de guiar al Madrid a nuevas cotas de grandeza.
Tchouaméni juega como toca ese piano del que nada sabemos, y alumbra insospechadamente la posición de medio centro defensivo con su fútbol recio y delicado
Hay, así, mucho madridismo reconcentrado en esos breves segundos de vídeo lacónico, sencillo y sin pretensiones. Ahí está, para quien quiera verlo, la promesa de glorias futuras, el acierto de un fichaje cuya luz acabará imponiéndose (ya lo está haciendo esta pretemporada) a la alargada sombra de Casemiro, el eje que habrá de dar equilibrio a nuestro equipo durante los próximos años, y que lo hará sin renunciar a la belleza, a la luz y a la elegancia, porque qué es todo eso sino la esencia última del Real Madrid. Ya lo cantaba Gazebo: Remember that piano so delightfully unusual... I like Tchoupin.
Así es, galernautas. Uno de los más grandes escritores que ha dado este planeta en general y este país en particular, el célebre poeta y dramaturgo granadino Federico García Lorca también es madridista. Y no lo digo yo por decirlo, porque se me antoje o porque desee que así lo fuera. Lo dicen las pruebas, irrefutables como el sol que se asoma cada mañana y se marcha a su reposo en cada ocaso. Y lo dijo el propio poeta granadino cuando definió al Real Madrid como, y cito textualmente palabras de Federico, “lo más elevado, lo más profundo, lo más aristocrático de mi país, lo más representativo de su modo y el que guarda el ascua, la sangre y el alfabeto de la verdad universal.” Una parte de mi malograda memoria trata sin éxito de recordarme que a lo mejor Lorca no se estaba refiriendo con estas palabras al club blanco, pero viendo una definición tan precisa, elegante y acertada del club de nuestra vida, opto en cambio por fiarme de mi instinto, pues ¿a qué otra cosa podría referirse Lorca al emplear estas palabras si no al Real Madrid?
Afortunadamente no tenemos que fiarnos de la memoria de este humilde servidor que les escribe, ya que existen pruebas gráficas que demuestran de manera fehaciente el ferviente madridismo de Federico. En la siguiente imagen pueden ustedes ver a Lorca, como un madridista más, posando ante nuestra diosa Cibeles, símbolo inequívoco de cada título blanco.
Existen pruebas gráficas que demuestran de manera fehaciente el ferviente madridismo de Federico García Lorca
Por supuesto, este hecho puede no ser más que una mera casualidad, pues al fin y al cabo, ¿cuántas personas no se habrán hecho una foto con la diosa Cibeles de fondo sin tener que ser necesariamente seguidores del club blanco? Podría ser una casualidad si no fuera por la fecha de la que data esta fotografía, que fue realizada el 6 de junio de 1932. ¿Y qué pasó ese año apenas un par de meses antes de la realización de esta instantánea? Pues nada más y nada menos que el histórico hecho de que el Real Madrid, bueno, el Madrid Football Club —ya que era el primer año en el que la liga se celebraba bajo la recién proclamada Segunda República Española y esta no permitía los títulos de realeza— consiguió su primer título liguero de la mano (o manos) de su portero Ricardo Zamora (el equipo consiguió aquella liga de manera invicta). De modo que no sólo Lorca fue acérrimo madridista sino que probablemente fuera la primera personalidad que instauró la costumbre de acudir a la diosa Cibeles a presentar cada trofeo que obtenía el club madridista hasta que, pasados los años 70, el resto del madridismo comenzara a hacer buena dicha tradición.
Pero Federico García Lorca no se conformó únicamente con ser madridista. Lorca era puro madridismo. Tan universal como el sentimiento blanco que arraiga en cualquier zona geográfica del planeta, Federico no se acomodó en nuestras tierras sino que viajó a otras partes del mundo, inspirándose e inspirando, dejando imborrables letras, recuerdos y amistades allá por dónde pisaba. Desde Granada hasta La Habana. Desde Santiago de Compostela hasta Montevideo. Desde Barcelona hasta Buenos Aires. Desde Madrid hasta Nueva York. Como si de una pretemporada del club galáctico se tratara.
Federico entendía mejor que nadie la exigencia que requiere un club de tal grandeza como el Real Madrid y de ahí que incluso se tomara la molestia de dedicarle al soberano del templo blanco esta pequeña oda a las pañoladas que han hecho célebre a nuestra afición:
“¡Ay qué trabajo me cuesta
Quererte como te quiero!
Por tu amor me duele el aire,
El corazón
Y el sombrero.
¿Quién me compraría a mí
Este cintillo que tengo
Y esta tristeza de hilo
Blanco, para hacer pañuelos?
¡Ay qué trabajo me cuesta
Quererte como te quiero!”
Casi eternamente incomprendido en vida, como el Real Madrid, que ya saben ustedes que siempre lo hace todo mal, Lorca fue una rara avis de lo suyo. Un maestro poeta de rima asonante, que en un principio puede poseer una menor musicalidad que la consonante salvo en el caso del granadino, que consigue que cuando se lee en voz alta un poema suyo, el lector se quede embelesado e hipnotizado cuál espectador madridista contemplando una contra del Real Madrid de Mourinho y sencillamente no pueda dejar de leer con admiración. Dos pases en corto, una sola rima asonante en los versos pares, un veloz desmarque de Di María que lee astutamente Özil, una pregunta retórica y cargada de ironía, un balón al que se adelanta y remata Cristiano, un estribillo que se repite y la obra maestra queda completa y sólo mejorable por una partitura de James Newton Howard.
No solo era madridista, sino que Lorca instauró la costumbre de acudir a la diosa Cibeles a presentar cada trofeo que obtenía el club madridista
A nivel poético, Lorca era un autor con una habilidad pasmosa para mezclar un nivel cultural muy alto con elementos más castellanos o tradicionales como el flamenco de una forma muy natural. Poetizaba con esa cultura humilde de pueblo de tan pulcra manera, con un uso tan bello de sus metáforas más habituales (mención especial a la luna y la sangre) que podía parecer que estaba trasladando al lector ambientes de la más alta aristocracia. En eso, Federico también nos evoca al Madrid de Zidane (entrenador), que sobaba y sobaba la bola durante minutos (“no juega a nada”—esbozaban indignados los agoreros, perdón, los periodistas—), pareciera que con parsimonia, casi hasta con simpleza y sin intención asesina, pero nada más lejos de la realidad. Cambiaba el juego de un lado a otro. Iba encontrando espacios y jugadores. El rival basculaba de un lado a otro y cuando uno de ellos giraba la cabeza, de repente se encontraba contemplando a su propio cancerbero recogiendo el balón de su red y a los blancos celebrando el pertinente gol. Lo mismo ocurre con un Lorca al que uno empieza a leer pensando que no tiene gran cosa de especial hasta que uno mira el reloj y se da cuenta de que lleva 3 horas leyendo sin poder soltar el libro.
Como maestro dramaturgo, Lorca siempre destacó por adentrarse como nadie en la tragedia humana, siendo capaz de transmitir los sentimientos de sus personajes a través de la potencia de sus diálogos; y pocos pueden dudar que si Federico hubiera vivido en esta época, no le habría faltado inspiración para sus obras en ese continuo drama que parecer acechar al Real Madrid. Los veranos sin fichajes, las derrotas en octubre, la falta del 9 o el culebrón Mbappé, por mencionar algunos ejemplos, hubieran dado al granadino no ya para su obra cumbre sino incluso para una decalogía que dejaría casi en comedias obras como La casa de Bernarda Alba o Bodas de sangre. De hecho, la última Champions que conquistó el Real Madrid bajo el mando de Carletto fue una historia con tintes lorquianos, cuyos en un primer momento crueles giros de guion parecieran trazados maliciosamente por la pluma del mismísimo Federico, y en la que el Madrid supo moverse como pez en el agua en la más oscura de las tragedias, manteniéndose siempre en el lado correcto del abismo para superar cada momento dramático que se le presentó hasta alcanzar un desenlace, esta vez sí, diferente a los que nos tenía acostumbrados el trágico autor andaluz.
Casi eternamente incomprendido en vida, como el Real Madrid, que ya saben ustedes que siempre lo hace todo mal, Lorca fue una rara avis de lo suyo
La vida de Lorca está cargada de paralelismos con la historia del Real Madrid. Si bien siempre fue un autor exitoso, sus obras fueron desde un principio mal entendidas o cuestionadas. Algunas de sus obras fueron recortadas o prohibidas en su estreno (Amor don Perlimplín con Belisa en su jardín) tanto por la República como posteriormente por la dictadura, que directamente las censuró. No hace falta ni explicar cómo el Madrid ha sido capaz de ganar Champions pese a no jugar cómo los cánones de los eruditos mandaban o sin fichar a los jugadores que la prensa demandaba. Además, el autor granadino demostró una gran polivalencia literaria al no encorsetarse en un solo género, sino ser capaz de mostrar su talento innato tanto en poesía como en teatro o prosa, de igual manera que el club blanco ha sido capaz de obtener sus triunfos más destacados adaptándose a diferentes estilos. Incluso se podría hallar cierta semejanza en esa turbulenta relación de Lorca y el imponente artista catalán Salvador Dalí, que influyó de gran manera en su vida y obra con la relación del Real Madrid y el FC Barcelona, condenados a la ruptura pese a los intentos de Florentino Pérez por mantener una mayor cordialidad. Quizá sea algo exagerado comparar el episodio de El perro andaluz (supuesta broma conjunta de Buñuel con Dalí a costa de Lorca) con respecto a la traición de Laporta en 2004 (no sólo al Real Madrid sino también al resto de equipos de la liga, que esto acostumbra a caer en el olvido) o incluso con la próxima y esperada puñalada trapera de Joan en el asunto de la Superliga, pero ahí quedan esos episodios.
Otro aspecto en el que convergen el Real Madrid y Lorca es en el político. Ambos han sido continuamente utilizados como arma arrojadiza por diferentes bandos que los han tildado de abanderados políticos pese a la incomodidad que esto producía a Federico y produce al Real Madrid. Es cierto que Lorca estuvo relativamente vinculado a la República (fue funcionario de la Junta Nacional de Música y Teatro Lírico). Tan cierto como que los círculos sociales en los que se movía realizaban la circunferencia completa del espectro político a raíz de la gran mentalidad abierta y sociable de Federico: desde Jose Antonio Primo de Rivera (extrema derecha) hasta su colega Rafael Alberti (izquierda radical). Sin embargo, Lorca no se consideraba político como tal sino un artista, como él mismo defendió con cierto malestar en una entrevista posterior a la presentación de una de sus obras: “Yo nunca seré político. Yo soy un revolucionario porque no hay verdadero poeta que no sea revolucionario. Pero político no lo seré nunca. ¡Nunca!”.
Al Madrid, por su parte, le han recriminado injustificadamente ser el equipo del régimen franquista y atribuido sus éxitos deportivos y títulos internacionales al imaginario poder que poseía el caudillo español sobre el deporte europeo. Independientemente de las pruebas y documentos gráficos que se aportan y que demuestran no sólo que el Real Madrid no era el equipo con el que mejor relación tenía Francisco Franco, ni el que más ayudas recibió; sino que incluso la relación del régimen franquista con el Real Madrid no era precisamente la más cordial, la etiqueta del equipo de Franco parece ser una de esas que nos va a acompañar a lo largo de la historia.
En cuanto a una comparación con jugadores de la amplia historia blanca, intuyo que a muchos les pedirá el cuerpo comparar a un poeta con otro y establecer una convergencia lírica y futbolística entre Federico García Lorca y Zidane. Es inevitable pensar en el vocablo “poesía” e impedir que la primera imagen futbolística a la que les catapulten sus cerebros sea la de Zidane realizando uno de esos controles imposibles, una de sus célebres ruletas con las que se escabullía de sus rivales o su mágica volea en la final de Glasgow. Sin embargo, en mi caso se me antoja más natural establecer una comparación con otro jugador con una menor historia en el conjunto blanco pero que dejó una huella inolvidable amén de su inconfundible y especial talento: Mesut Özil.
Y lo hago por un motivo en concreto a raíz de unos comentarios del propio Federico acerca de su infancia en los que comentaba que se consideraba a sí mismo un gran observador, dado que creció paseando y observando diferentes paisajes que escrutaba con meticulosidad para posteriormente escribir precisa y detalladamente sobre ellos. Lorca siempre se preció de cuidar su visión y fijarse en cada detalle de cuanto le rodeaba, lo cual le ayudó también a conocer la intimidad de la naturaleza humana de quienes le circundaban. Si hay algún jugador blanco que se haya caracterizado por una visión de juego infinita, con permiso de José María Gutiérrez, ese ha sido el germano Mesut Özil. El alemán tenía un verdadero don para visualizar la posición de sus compañeros, por lejana que fuera, y otro don que terminaba de complementar y perfeccionar al mismo con esa precisión que le permitía dar unas asistencias impredecibles a un compañero que se encontraba absolutamente desmarcado y al que lo único que le podía urgir ya era pensar en cómo celebrar ese gol inesperado que le acababa de regalar nuestro Mesuto. Su capacidad de asistir de la manera más inverosímil posible, sumada a su elegante y grácil zancada hicieron de Özil un verso tan libre en el campo como lo fue escribiendo Federico García Lorca.
Si queda algún aspecto que resalte lo mucho que comparten Lorca y el Real Madrid es sin duda el más importante: y es que siempre vamos a poder disfrutar de ambos y recordar con mimo y cariño sus obras más importantes. Porque por mucho tiempo que haya pasado y por muchas vicisitudes que atravesaran club y escritor, si algo tiene Lorca del Real Madrid es que es eterno. Les deseo un buen día mientras me marcho recitando ese otro poema que Lorca le dedicó al Madrid y que decía: “Blanco, que te quiero blanco…” ¿O era verde? No, estoy casi seguro de que era blanco.
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Nacho Fernández es el nuevo capitán del Real Madrid. En el Madrid no es baladí ser el gran capitán. En un club castizo y generoso que se rige por valores a la antigua usanza, ser el máximo baluarte de la capitanía es tener mando en plaza. El señor Fernández será el primus inter pares. Así pues, para la temporada 2023/2024 los portadores del brazalete son: Nacho, Modric, Carvajal y Kroos. Así queda la capitanía: dos madrileños y dos leyendas foráneas. Dos canteranos que aman a su Madrid con locura y dos figuras estelares del centro del campo. Los cuatros son jugadores queridos por la afición y que conocen a fondo el vestuario del primer equipo. Síntesis perfecta del espíritu universal del Real Madrid.
Nuestro nuevo capitán bien merece que nos ocupemos de él. Para mí, el capitán de un vestuario es el prócer del equipo. Un sabio. Un padre para los chavales. Un espejo donde han de mirarse los canteranos. Un reflejo del madridismo dentro y fuera del campo. Por todo ello, me gustaría loar su figura. Procedo.
Ser capitán nunca es fácil. Y menos en el Real Madrid. Es un vestuario plagado de estrellas y de jóvenes promesas. El capitán debe mediar, balancear egos y estatus
Don José Ignacio Fernández Iglesias, natural de Madrid, nació un 18 de enero de 1990. Con 33 años, acumula a sus espaldas doce temporadas. Fue don José Mourinho quien le hizo debutar un 23 de abril de 2011. El escenario fue el Estadio de Mestalla, marco incomparable, plaza de tronío. Es decir, el defensa matritense debutó como debutan los grandes: al más alto nivel y con la afición rival en contra. El mariscal de Setúbal conocía perfectamente al canterano. Lo había estudiado y sabía de su potencial y versatilidad. El mariscal de Setúbal ponderaba la valía del defensa. Las espadas en todo lo alto. La afición de Mestalla rugiendo en plena mascletá emocional. Y ahí, en mitad del ruedo nacional, don José Ignacio Fernández Iglesias. Plantado, en su sitio. Sin miedo alguno, con toda la valentía del mundo. Seguro de sí mismo. Concentrado. El canterano sabía que era su gran oportunidad y la iba a aprovechar. Porque Nacho Fernández, parafraseando a Jaime Gil de Biedma, como todos los jóvenes vino al mundo para llevarse la vida por delante.
Aquel partido en Valencia acabó con un 3-6 a favor del Madrid y Nacho, a pesar de unos calambres que casi le cuesta no acabar el encuentro, aguantó como el Cid Campeador hasta el final del mismo. Creo que este espíritu estoico simboliza al jugador y a la persona. A Nacho nadie le ha regalado nada. Ni en la vida ni en el fútbol. Es un hombre hecho a sí mismo. Es un tío por derecho. Por derecho, levantó una carrera espectacular en el mayor club de la historia del fútbol. Y todo esto lo hizo contra todo pronóstico. Pues, como usted y yo sabemos, en el Madrid siempre llega en verano algún fichaje de última hora que relega al canterano al banquillo. ¿Quién sale adelante? El canterano capaz de sobreponerse a la adversidad. Es decir, Nacho el estoico.
Ser capitán nunca es fácil. Y menos en el Real Madrid. Es un vestuario plagado de estrellas y de jóvenes promesas. El capitán debe mediar, balancear egos y estatus. En ese vestuario, es cosa fina erigirse capitán pues el Madrid es el Madrid y nada más. Al igual que no existe ni existirá un club de la dimensión del Madrid, no existe otro capitán como el del Madrid. Nacho sabe que ser capitán del club de Concha Espina es asumir mucho peso sobre sus espaldas porque, como todos aprendimos gracias a Spiderman, un gran poder conlleva una gran responsabilidad.
Nacho será un gran capitán. Una figura sana y sabia. Un veterano laureado que narrará los entresijos del club a los noveles que llegan al Madrid
A lo largo de su carrera, Nacho ha tenido a muchos capitanes. Primero, Casillas. Segundo, Ramos. Y, por último, monsieur Benzema. ¡Qué trilogía! Cada cual de su madre y de su padre. Casillas, el ponderado. Ramos, el pura sangre. Benzema, el tranquilo. Intuyo que de los tres habrá sacado muchas cosas. A su vez, el defensa madrileño tomó como guía otros segundos y terceros capitanes como Casemiro o Modric, por citar grandes nombres que en las últimas temporadas han ejercido en el campo la capitanía.
Como aficionado y conocedor del Real Madrid estoy encantado con la capitanía de Nacho Fernández. Estoy seguro, como lo estamos todos, de que Nacho será un gran capitán. Una figura sana y sabia. Un buen hombre que le dará los mejores consejos del mundo a los jóvenes. Un veterano laureado que narrará los entresijos del club a los noveles que llegan al Madrid. Porque Jude Bellingham o Brahim Díaz necesitan ese gran Faro de Alejandría que es Nacho Fernández. Porque la afición del Madrid quiere y admira al seis del Madrid. Oh, capitán, mi capitán, en usted confío.
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Buenos días, amigos. El Madrid perdió por 3 a 1 ante la Juve en Orlando y para muchos aquí hay tomate, aunque nos encontremos en pretemporada, periodo probaturas y experimentos por antonomasia, como aquel munícipe. Es tan cierto que el equipo tuvo momentos de buen juego como que demostró carencias defensivas y de gol preocupantes. Muchos no comprenden la insistencia de Ancelotti en colocar de inicio a Kroos como único pivote —con presencia simultánea de Modric en el once— en lugar de utilizar a Camavinga o Tchouaméni. De hecho, el gran pase de gol del alemán a Vinícius fue desde la posición de interior. Después rectificó Carlo.
Vinícius merece tratamiento aparte porque sus prestaciones son de jugador más desequilibrante del mundo. Le da igual 4-3-3, rombo, cuadrado o trapecio, se columpia en todas las defensas y ha alcanzado un grado de definición que ríanse ustedes del 8K.
Toda la información del último amistoso del Real Madrid antes del comienzo de liga el 12 de agosto está aquí, en la crónica de Genaro Desailly.
Cambiamos de tercio y echamos un ojo a las portadas del día. Estamos en agosto y muchos profesionales disfrutan de unas merecidas vacaciones. Se nota, basta con mirar la portada de Marca, en cuya redacción probablemente se produjo en la tarde-noche de ayer un diálogo similar al siguiente:
—El diseñador gráfico está de vacaciones.
—Haz la portada con un emoji del WhatsApp y una frase hecha, nadie va a notar la diferencia de calidad respecto a un día normal.
«El desenlace sobre su futuro se antoja que puede ir para largo». A nosotros se NOS antoja que el uso de Marca del verbo antojarse no es correcto.
El PSG pretende que el final de la estancia de la Tortuga sea una tortura, pero Mbappé no tiene prisa y una vez llenado el caparazón de millones ha dejado clara su hartura del PSG y —dicen que— su intención de vestir de blanco, aunque más que la fábula de la liebre y la tortuga esto parece el cuento de Pedro y el lobo. Si al final viene lo mismo ni nos lo creemos ya.
Más que una tortuga es una tortura.
Marca es el diario de todas las aficiones (menos de la del Madrid) y de todas las causas, ya sean nobles o innobles (también menos las relacionadas con el Madrid, no se vaya a enfadar el antimadridismo). Por ese motivo, si en lugar de retirarse Gianluigi Buffon hubiese colgado las botas (o el bate o la trompa) el cuarto capitán de la selección de elefantes con dislexia de la India, Marca le habría dedicado su portada íntegra a tan ilustre paquidermo. No se nos vayan a molestar los paquidermos ni los disléxicos, todos sabemos que estos últimos son persianas igual que nosotros, se trata de un mero recurso para resaltar la incongruencia intrínseca que caracteriza al diario madrileño.
Urbano Cairo no es un urbanita egipcio, sino el dueño de Marca y a la sazón presidente del Torino, por lo que no faltará algún malpensado que relacione este hecho con que al bueno de Gianluigi, uno de los mejores porteros de la historia del fútbol y leyenda de la Juve, se le relegue a un recuadrín en la zona murciana de la portada el día que anuncia su retirada.
Marca dedica el mismo espacio a Buffon que a las palancas del Barça, al que se le ha caído una de 60 millones de euros y se le complican las inscripciones. A quién no se le ha caído la palanca alguna noche de manera inoportuna. Ahora hay pastillas para eso, recomendamos a Laporta que consulte al Dr. Roures de nuevo.
Dejamos el Marca en el estante y asimos el As, especialmente ilusionante hoy para los madridistas (?).
«Dembélé descoloca a Xavi» es el titular. Vaya por Dios, si no es el césped es el Arsenal que juega compitiendo y si no es Dembélé, que le ha dado por elegir su futuro en lugar de hacer lo que le dice Xavi. A quién se le ocurre.
«La decisión del francés trastoca la planificación». Que el PSG fiche a Dembélé trastoca la planificación del Barça. Que el Barça arrebate a Braithwaite al Leganés en el mercado de invierno o a Rivaldo al Depor al límite del cierre de fichajes no trastocó la planificación de ninguno de ambos clubes.
«El extremo quería seguir, “pero en un ambiente sano”». Ambiente sano y Barça son tan compatibles como el sol y la noche.
Pasamos de As a la prensa catalana y no apreciamos diferencia alguna en cuanto a temática y enfoque.
«Lo hemos cuidado pero se quería marchar» leemos en Sport y «Ousmane me ha decepcionado», en Mundo Deportivo. A ver, Xavi, os pasasteis meses haciendo mobbing al chaval para que se fuese y, a poder ser, dejase de cobrar parte de lo que le correspondía por contrato. Pero eso no representa ningún problema laboral ni moral para ti, claro, qué demonios va a representar, si la dictadura catarí te parece maravillosa y para ti funciona mejor que España aquel estado teocrático en el que los derechos humanos son poco menos que un engorro que se obvia porque estorban. Pero cuando Dembélé decide aceptar una oferta de otro club, decepciona. Son previsibles y mezquinos hasta la saciedad.
Pasad un buen día.
El Real Madrid exhibió un gran juego, dinámico y combinativo, caracterizado además por una inédita presión alta bien ejecutada, para intentar remontar los dos goles tempraneros de la Juve. Esta vez no pudo. Acusó demasiado sus despistes en la salida de balón, que pagó caros en el marcador, y su falta de puntería en los últimos metros. Cuidado con esto, porque no sería el primer equipo que enamora pero se trunca a punta de falta de gol o facilidad para concederlos. Mata más la confianza perder jugando bien que lo contrario.
El partido se puso cuesta arriba nada más principiar, cuando un tacón innecesario de Modric derivó en una pérdida de balón, un remate de McKinney al palo y Kean remachando a la red. El Madrid, no obstante, no se descompuso. Pudieron marcar Vinicius en un astuto remate y Rüdiger en un cabezazo franco. El brasileño no hizo acuse de recibo ni del infortunio del gol inicial ni de la polémica sobre su nueva posición a resultas del famoso rombo. Se le veía suelto y revoltoso, entrando primordialmente por la izquierda, su banda natural, a pesar de que se estaba ensayando, de nuevo, el 4-4-2 con Bellingham en la cúspide del diamante.
Todo el peligro venía de parte de Vini, a veces por su flanco predilecto, a veces viniéndose al centro para abrir sitio a Fran García. No obstante, la Juve volvería a golpear al filo de los 20 minutos al culminar Weah un contragolpe muy bien diseñado y ejecutado por Chiesa. El castigo resultaba excesivo, máxime cuando a renglón seguido falló Joselu un gol cantado tras un pase filtrado por Bellingham, que parecía querer animarse animarse oliendo la llamada de la épica remontadora. De hecho, minutos después el británico buscó hueco en la frontal para descerrajar un disparo que obligó a Szczesny a una gran intervención. Los de Ancelotti jugaban con dinamismo, al igual que en otros partidos de la pretemporada, pero, del mismo modo que en estos, purgaba por errores groseros en la salida del balón.
Al borde del minuto 40, al fin, se equilibraron fútbol y lógica cuando Kroos y Vini tejieron uno de esos contragolpes fulgurantes que ejecutan de memoria. Vini recogió el pase magistral del alemán y dejó sentado a Szczesny con un amago antes de picar el balón. Exhibición de clase y frialdad de quien estaba siendo el mejor del partido.
Se temía que el descanso arruinaría los mejores momentos del Madrid, y el lamento que lo anunció fue más profundo aún cuando Rüdiger obligó a un espectacular Szczesny a volver a repeler un tiro lejano. Al término de los primeros 45 minutos, el portero polaco ya rivalizaba con Vini como hombre más destacado.
Pudo haber penalti a Vinicius (¿a quién sí no?) a la vuelta del descanso, pero de poca preparación real para la liga de Tebas y Roures servirían estos ensayos si los arbitrajes no fueran tendenciosos. A Fran García el tiro cruzado se le fue fuera. Insistía el Madrid, tan enchufado como al final del primer tiempo. Bellingham chutó por encima del larguero tras otra gran maniobra personal. A Gatti le perdonaron la expulsión tras derribar estrepitosamente a alguien en la frontal. ¿A quién? A Vini, hombre, a quién si no.
Se sucedían las ocasiones para los de Ancelotti, fruto en parte de una eficaz presión alta, lo que constituye una gran noticia. Joselu rozó con la bota un pase de Modric para que el balón, a su vez, rozase el poste. Cambió más de medio equipo Ancelotti para mantener la presión en la última media hora, y un recién ingresado Valverde probó la solidez del larguero en un tiro desde su casa. Se estrelló en la cruceta pero, con arreglo al neopanenkismo, no cuenta como ocasión de gol. La Juve ni la olía y la volvió a tener Bellingham. Allegri introdujo entonces su millón y medio de cambios, a efectos de enfriar un poco el dominio abrumador de su oponente.
Le salió bien. Narcotizó al Madrid y, de hecho, obligó a intervenir a Courtois en un disparo lejano que fue como un grito de alivio juventino. El alivio se tradujo en firme resistencia al asedio y, en última instancia, en el gol de Vlahovic aprovechando los espacios de un Madrid volcado.
Un 2 de agosto del año 2000 se concretó el fichaje de Claude Makelele por el Real Madrid. El centrocampista francés acabó llegando como uno de los recambios de Fernando Redondo en el cuadro blanco, pero el interés por su incorporación tuvo lugar antes de conocerse la marcha del argentino.
En el Celta se convirtió en uno de los mejores jugadores de la Liga española en su posición y llamó la atención de otros clubes españoles y europeos. Anteriormente había militado en el OM una temporada y en el Nantes (en muchas ocasiones jugando por la banda derecha) que conquistó la Ligue 1 en 1995 y participó un año después en la Champions League.
Makelele era un verdadero pulmón en la medular. Un mediocentro defensivo magistral en la recuperación del balón, inteligente, muy resistente, trabajador y de juego pulcro con la pelota en los pies. Con una gran fortaleza física, su presencia era una garantía en tareas de equilibrio y contención. Su papel en el Real Madrid acabó siendo el de escolta de Zidane y guardia pretoriana en el centro del campo para los ‘Galácticos’ a los que descargaba de mucha parte del esfuerzo defensivo.
La primera noticia del interés del conjunto merengue en el francés surgió en el mes de abril. El diario AS publicó que tanto el Real Madrid como el Celta habían estudiado un intercambio de jugadores: Sergio y Makelele aterrizarían en la casa blanca y Guti y Bizzarri en el equipo celeste.
Makelele era un verdadero pulmón en la medular. Un mediocentro defensivo magistral en la recuperación del balón, inteligente, muy resistente, trabajador y de juego pulcro con la pelota en los pies. Con una gran fortaleza física, su presencia era una garantía en tareas de equilibrio y contención
Uno de los grandes valedores del fichaje de Makelele era el secretario técnico blanco Pirri, aunque también contaba con el visto bueno del entrenador, Vicente del Bosque. Consideraban que era el recambio futuro de Redondo y el que podía ir dando minutos de descanso de calidad al argentino. La edad del francés, 27 años, se consideraba ideal porque estaba en el momento de madurez de su carrera. La cláusula en el Celta ascendía a 5.000 millones de pesetas pero el conjunto madridista sabía de boca del presidente celtiña, Horacio Gómez, que podría aceptar su traspaso por una cantidad bastante inferior.
En el mes de mayo el fichaje dio una vuelta de tuerca más cuando el jugador anunció su marcha del Celta. “El de Barcelona puede haber sido mi último partido con la camiseta del Celta. Hay varios equipos españoles, italianos e ingleses interesados en mí. Además, mi intención es la de mejorar deportivamente”, declaró Makelele según recogió el diario MARCA.
La primera oferta madridista se acercaba a los 1.500 millones y la cesión de algún futbolista, según apuntaron los dos periódicos deportivos madrileños el 30 de mayo. Lorenzo Sanz se reunió en el Santiago Bernabéu con los dos representantes del jugador, Marc Roger y Carpeggiani, para negociar el salario del francés y establecer la estrategia a seguir. La operación iba viento en popa y parecía que se cerraría pronto. Incluso AS sacó una portada con el titular ‘Makelele a un paso del Madrid’. Pero la cifra seguía siendo baja para los intereses celtiñas, que pedían más de 3.000 kilos.
El jugador lo tenía claro. El 31 de mayo el diario AS informó de unas declaraciones del francés que afirmaba: “Quiero jugar en el Madrid”. Explicaba que desea “aprovechar la posibilidad en un grande”. Sin embargo, a principios de junio toda la operación se enfrió por las exigencias del equipo gallego, que no bajaba de los 3.000 millones por el traspaso del futbolista. Además, entró en escena y con fuerza otro conjunto muy interesado en su fichaje, el Valencia. Por su parte, el Real Madrid buscó otras alternativas y pensó en nombres como Flavio Conceiçao que acabaría firmando por los blancos en cualquier caso, y también el portugués Costinha.
A mediados del mes de julio la oferta valencianista superaba en cuantía a la madridista y se acercaba a los 2.500 millones. El presidente del Celta, Horacio Gómez, negociaba con el equipo che pero seguía inflexible en su petición de 3.000. Por su parte, Makelele estaba realizando la pretemporada con los celestes pero poco centrado, triste y aislado hablando por el teléfono móvil. Finalmente acabó por declararse en rebeldía, no entrenarse y ‘fugarse’ de Vigo, por lo que la entidad gallega le abrió un expediente y lo sancionó. El día 28 de julio, el jugador aseguró que había recibido amenazas de muerte y que salía a la calle y le insultaban. La situación era bastante complicada.
La sorprendente venta de Fernando Redondo del Real Madrid al AC Milan aclaró el panorama y el Real Madrid volvió a la carga por su fichaje en los últimos días del mes de julio. El Valencia seguía en la carrera y Cúper lo veía compatible con Deschamps pero el deseo de Makelele era vestir la zamarra blanca. Las posturas entre blancos y celestes se habían acercado y el día 30 de julio MARCA afirmaba que el traspaso se cerraría en 48 horas. Una llamada de Florentino Pérez, que acababa de llegar a la presidencia blanca, a su homólogo Horacio Gómez desencalló la operación. Finalmente solo habría dinero y ningún jugador incluido pese al interés gallego en los últimos días por Canabal y Karanka.
El día 2 de agosto llegó la fumata blanca. A la vez, los merengues también cerraron a Flavio Conceiçao para que ambos jugadores fueran los recambios de Fernando Redondo. Makelele aterrizó en Madrid para el reconocimiento médico con el traspaso entre los clubes cerrado en unos 2.500 millones de pesetas. El francés respiraba tranquilo tras unas semanas complicadas y “contento porque voy a jugar al lado de grandes jugadores”.
Un día después llegó la presentación conjunta con Flavio Conceiçao en el Santiago Bernabéu y ambos acompañados por Alfredo di Stéfano, presidente honorífico, que sustituyó a Florentino Pérez. Makelele firmó un contrato de seis temporadas y no se quiso comparar con Redondo “que es un gran jugador” pero “soy distinto a él”. Su principal objetivo en la nueva etapa blanca era “ganar títulos, que es lo que le falta a mi carrera, y aspirar a incorporarme a la selección”. También mostró sus ganas de jugar con Figo: “Es impresionante; uno de los mejores del mundo”. Por último, mostró autocrítica por su salida del Celta explicando que “ambas partes nos hemos equivocado” y añadió que “no soy un pesetero”.
Makelele completó tres grandes temporadas en la casa blanca siendo un jugador vital y titularísimo en los esquemas de Vicente del Bosque. Un sostén en el esquema defensivo de los merengues, que cumplió siempre con gran eficacia y cuya participación resultó básica para los éxitos aquellos años. En total ganó dos Ligas, una Copa de Europa, dos Supercopas de España y una Copa Intercontinental. En el plano individual jugó 145 partidos oficiales entre todas las competiciones y marcó 2 goles. En el verano de 2003 tras unas semanas muy convulsas abandonó el Real Madrid camino del Chelsea, que pagó 20 millones por su fichaje. El francés pidió una mejora sustancial de su contrato pero no llegó a un acuerdo con la gerencia y el director deportivo, Jorge Valdano. El cuadro blanco y sus compañeros lo echarían realmente de menos a partir de entonces.
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Buenos días, amigos. Como las versiones escritas de la prensa tienen todavía hora de cierre, nada de lo interesante aparece en las portadas de hoy, dado que la muy sustanciosa rueda de prensa de Ancelotti en Orlando tuvo lugar ayer pasadas las 11 de la noche, hora española. Con esto no queremos decir que cuando Ancelotti no da una rueda de prensa a las 11 de la noche las portadas sí traigan en cambio cosas interesantes.
Carlo compareció ante la prensa y atendió a preguntas de toda índole, desde la transición generacional en la plantilla a Linda Caicedo, y satisfizo la curiosidad de reporteros de todos los medios habidos y por haber, desde televisiones locales de Orlando a Los Dueños del Balón de Colombia. Lo más mollar vino cuando le preguntaron por el sistema de juego que el equipo está ensayando ahora, es decir, el célebre rombo o diamante, diamond lo llaman los políglotas y/o pedantes. No ha habido diamante más mentado desde que Marilyn convirtió a otra de estas piedras preciosas en su mejor amigo, Paul Simon encontró algunos otros en la suela del zapato de su amada o James Bond los declaró eternos.
El Madrid no formaba sobre el campo con el dibujo de un diamante desde que lo entrenaba Valdano, que ponía a Redondo en la parte inferior de su rombo y a Laudrup en el vértice superior. Ese Madrid jugó muy bien, pero ha caído tanta lluvia desde entonces que el esquema produce cierta zozobra. Las voces más discordantes han apuntado que las mejores virtudes de Vinicius se pierden en ese contexto, presentando al brasileño como una víctima de la perfidia carlettiana, propulsora de un esquema malévolo diseñado para constreñir las virtudes de Vini.
Resulta que no es así. Deberíamos pensar más ante de criticar a Ancelotti, o a cualquier entrenador, o al menos liberarnos de apriorismos antes de hacerlo, porque según desveló el técnico anoche el primer interesado en jugar en esa posición es el propio Vini.
O sea, que el rombo te puede gustar mucho, poco o nada, faltaría más, pero no supone ningún sacrificio de las virtudes de nuestra estrella, o no al menos desde la óptica de la propia estrella.
Esta noche, ante la Juve, en el último partido de pretemporada, habrá ocasión de volver a probar el rombo. Ya ha anunciado nuestro entrenador que así lo hará, que seguirá por esa senda. Sin embargo, el propio Carlo ha agregado que esto son solo pruebas, que no es dogmático y que sí los contras de esta nueva idea superan a los pros volveremos al 4-3-3 o a aquello donde estén cómodos los propios futbolistas.
As, precisamente, abre con el anuncio del partido de esta noche, y nos depara una portada más bien sosaina en la que vemos al propio Vini entrenando duro junto a Militão. Benditos sean ambos, y quieran Dios y Clos Gómez que la temporada que principio les sea propicia, tanto a ellos como al resto de compañeros.
Marca trae novedades sobre el caso Mbappé, pero no sobre si va a venir o no (ya os decimos nosotros que seguramente casi seguro que sí o no), sino sobre la amenaza de denuncia del PSG al Madrid por haber firmado presuntamente un compromiso fuera del período legal para hacerlo. Si la UEFA sanciona al Madrid por esto, sin pruebas además, después de haber tenido Ceferin encima de su mesa pruebas concluyentes de la iniquidad negreiril del Barça y haber mirado para otro lado, habrá que concluir que hemos minusvalorado el alcance de la mafia ueferina.
La prensa cataculé se muestra noqueada tras la noticia de la casi segura marcha de Dembélé al propio PSG, y reclama fichajes. También lo hace Xavi con un gesto adusto que le hace parecerse terriblemente al Padre Apeles. Maliciamos que lo que les preocupa no es tanto la marcha del francés como el efecto dominó que esto puede tener para el traspaso de otro francés fuera del PSG y dentro (ay) del eterno rival. Los diamantes son eternos, pero no tanto como el pavor culé al enemigo de blanco, aunque le gane en verano.
Pasad un buen día.
Hoy, que empieza agosto, el Madrid no tiene un 9 en su plantilla, un hecho insólito que no ocurría desde que aún existía el imperio austrohúngaro, Joselito y Belmonte eran novilleros y Danzig todavía era una ciudad alemana. Pero recordaba hace unos días Alberto Cosín aquí, en La Galerna, que hace justo diecisiete años, unas semanas después de que Zidane jugase su último partido como futbolista profesional, se presentó en el Bernabéu el que fuera el último delantero centro premoderno de la historia del Real Madrid. Parecía Don Draper aterrizando en el aeropuerto de Los Ángeles: traje color camel, corbata azul, camisa blanca, pelo oscuro ligeramente despeinado y la determinación, en la mirada, de agujerear todas las porterías del mundo. Era Ruud Van Nistelrooy y, aunque nosotros no lo supiéramos todavía, acababa de empezar la mejor Liga de nuestras vidas.
A su lado, dándole la camiseta en la que no había un 9, sino el 17, estaba Ramón Calderón, pero hay cosas que es mejor olvidar. En el Madrid, muy rara vez algo es normal. Es como tiene que ser, y no hay vuelta de hoja. Yo había cumplido dieciocho años un poco antes, me tocaba empezar en la universidad al final de aquel verano, pero en mi vida, para qué negarlo, tampoco las cosas han sido muy normales. Todos mis amigos se iban a ir cuando llegara ese otoño, cada uno a un sitio, cada uno a hacer algo distinto. Yo, como dice Ángel del Riego de Bernabéu, necesitaba algo que fuera “una manera de combatir el desconsuelo de la vida, de no morirse de pena por el camino”, agarrarme a algo como sea. Ese algo fue Van Nistelrooy, Van The Man, un samurái de Kurosawa en una aldea llena de bandoleros.
Aquel verano me condenaba a seguir colgado de un par de asignaturas del eterno bachillerato y sobre todo, a no ver nunca más a Zidane vestido de blanco. El paso de España por el Mundial había sido, como dijo una vez Valdano del Liverpool de Benítez, una mierda pinchada en un palo y puesta al sol a secar. Me había tragado todos los partidos, había hecho a mi padre comprar un TDT, pero el histrionismo de Andrés Montes arrojó por la ventana la sobria austeridad de José Ángel De la Casa: los chascarrillos incongruentes y el tono desenfadado de Míchel, el contraste perfecto del laconismo de De la Casa, fueron reemplazados por los gritos, el tono de las madrugadas de la NBA, la multiplicidad de los “micrófonos a pie de campo”, el de las motos agitando a las masas sobre un escenario cuando jugaba la Selección, en fin, la decadencia y la muerte de la infancia feliz. Por si fuera poco las mujeres no me hacían demasiado caso, Florentino hacía meses que se había marchado y verdaderamente empezaba a asumir que no iba a volver, la presidencia del Madrid se rifaba en una tómbola, el Barcelona era el campeón de Europa y yo me quería morir. Era un tiempo oscuro en el que se derrumbaban todas las certezas. Zapatero celebraba los títulos con Laporta, en el césped, y en los bares yo escuchaba una sentencia lúgubre: el Madrid jamás ganará nada con un gobierno socialista, y los socialistas, por aquellas fechas, parecía que iban a estar mucho tiempo en el gobierno. El Madrid, como la quintaesencia de una forma concreta no ya de ser español, sino de ser en el mundo, parecía proscrita, vista para sentencia: una antigualla, una cosa absurda del pasado que estaba condenada a la desaparición. Ya no estaba el gran hombre en la última planta de palacio, con la luz encendida mientras la nación madridista dormía. No había nadie previendo el futuro, el gran salto adelante hacia el mañana que era el florentinismo, se había parado de golpe, en seco. Mirábamos asustados hacia las luces que aparecían de pronto por la carretera, como los conejos. El futuro era un coche que nos estaba pasando por encima.
Yo, como dice Ángel del Riego de Bernabéu, necesitaba algo que fuera “una manera de combatir el desconsuelo de la vida, de no morirse de pena por el camino”, agarrarme a algo como sea. Ese algo fue Van Nistelrooy, Van The Man, un samurái de Kurosawa en una aldea llena de bandoleros
Entonces, Van Nistelrooy se puso a meter goles. Yo creo que metió goles hasta en el trayecto en avión que lo trajo desde Manchester a Madrid. Además, tenía una forma de celebrarlos que te hacía creer que, con cada gol, estabas entre los que daban un golpe de Estado libertario. Chutaba a puerta como disparando ráfagas con un kalashnikov, remataba de cabeza dinamitando puentes del enemigo. Era una cosa extraordinaria, por él y no por Kaká, Robben y Cesc, yo, que no me perdí un día de la estrambótica campaña electoral entre Calderón, Baldasano, Villar Mir, Lorenzo Sanz y Juan Palacios, quería que ganara Calderón.
Como cuando se moría un emperador romano, cinco comandantes de los pretorianos se jugaban a los dados una corona que a ninguno pertenecía, arrojando montañas de oro a la tropa y al pueblo, por ver quién se ganaba su favor. Calderón, quien los hechos posteriores demostraron que era el que menos vergüenza tenía de todos, era el que más y mejores monedas tiraba al populacho: Mijatovic, Capello, Cannavaro, Kaká, Fábregas, Robben, Van Nistelrooy, Diarra, hasta Vlade Divac para el baloncesto, lo que hiciera falta, si llega a decir que tenía en el bote a Michael Jordan, también me lo hubiera creído. Estaba en un momento de mi vida en el que necesitaba creer. Necesitábamos creer.
Llegaba con 30 años del United, un poco como si fuera un desecho de tienta. Era aquel tiempo extraño, previo a la revolución total que sucedió al lanzamiento desde el espacio de las bombas atómicas Cristiano y Messi, en el que los jugadores de 30 años tenían fama de viejos. Van Nistelrooy llegó al Madrid como de segunda mano. Pronto se encargó de desmentirlo
Creímos en Van Nistelrooy, que desde el principio saltó a jugar consciente de esa necesidad de milagros que se apoderaba de su nueva afición. Yo creo que se alimentaba de ella para llenar el cargador de su fusil. Llegaba con 30 años del United, un poco como si fuera un desecho de tienta. Era aquel tiempo extraño, previo a la revolución total que sucedió al lanzamiento desde el espacio de las bombas atómicas Cristiano y Messi, en el que los jugadores de 30 años tenían fama de viejos. Van Nistelrooy llegó al Madrid como de segunda mano. Pronto se encargó de desmentirlo. Lo cuenta Cosín en su semblanza, seguía siendo una máquina de meter goles, contó 24 con el Manchester en su último año, 21 sólo en la Premier. Ahora esa cifra es casi una miseria, pero Raúl, por ejemplo, había sido pichichi de la Liga con 21 goles, unos años antes. Van Nistelrooy llegaba a un desguace galáctico: Ronaldo era una sombra, Capello prometió hacerle correr y él se reía, por lo bajini, como si supiera que aquellas no eran más que las agonías de la muerte. Que correr, iba a correr Rita. Raúl sí que corría. Se había comprado en Decathlon una cámara hiperbárica en la que dormía, según su prensa de cámara, solo por las noches. Raúl corría tanto como Forrest Gump, pero, tras la apendicitis y la lesión de rodilla, era como el Cid muerto montado a caballo a las puertas de Valencia.
En Old Trafford, a Van Nistelrooy le había pasado un poco lo que aquí a los madridistas. Abramovich había irrumpido en Inglaterra cabalgando un elefante de oro. Su Chelsea se había traído a lo mejor que había en Europa en aquel momento, empezando por Mourinho, y las viejas glorias -el United de Ferguson, el Arsenal de Wenger, el Liverpool de Houllier, luego de Benítez- reaccionaban como podían al tsunami azul que se lo llevaba todo por delante. En un United de entreguerras, después de Beckham y antes de que Cristiano cogiese de verdad galones, Van Nistelrooy surfeó la ola con su estilo primigenio, realmente clásico, de juego: alto, poderoso y altivo, se movía como cuentan los corresponsables antiguos del ABC que se movía Inglaterra en los conflictos mundiales. Empezaba muy lento, siendo yunque. Recibía hostias como panes de los centrales, que aunque le ganaran el sitio en un primer momento, eran incapaces de derribarlo del todo. Cubría la pelota como un pelotón de legionarios romanos en formación tortuga, y a partir de ahí, era martillo, martillo. Su cuerpo, en apariencia demasiado grande y poco apto para la velocidad, adquiría una ligereza de ninja. En un parpadeo se había hecho con la jugada y estaba disparando a portería, sin que los marcadores supieran qué había pasado. Jugaba con una brújula en el cogote que siempre marcaba al norte, por eso no le hacía falta mirar hacia donde estuviera el portero. Era capaz de armar las dos piernas, poca cosa a simple vista, como el que amartilla un revólver. Fuera del área parecía un torero al otro lado del Telón de Acero. Dentro, era una pantera.
Van The Man era mi “nick” en Messenger, con eso lo digo todo. Aún hoy hay algún amigo de aquellos años que me lo recuerda. Fue un héroe popular en sentido estricto. España se despeñaba por el precipicio de la gran crisis, que en realidad fue un ajuste monstruoso que nos dejó a todos más pobres y menos libres
Seguí su fichaje con angustia. Van Nistelrooy era un chute de energía, un jirón de la vieja Europa del fútbol, del mundo del fútbol de toda la vida. Era un tipo sencillo que destrozaba porterías y enardecía a la grada con el puño en alto. Celebraba los goles como si le prendiera fuego a los estadios, llevaba ese eco atronador del fútbol inglés dentro de sus botas y se lo trajo aquí para despertar algo antiguo, una rabia, que llevaba apagada en el Bernabéu desde hacía demasiado tiempo. Como era un tiempo en el que escuchaba el fútbol en la radio todavía, alguien, creo que Alejandro Romero, lo bautizó como el Rey Pescador. Van The Man era mi “nick” en Messenger, con eso lo digo todo. Aún hoy hay algún amigo de aquellos años que me lo recuerda. Fue un héroe popular en sentido estricto. España se despeñaba por el precipicio de la gran crisis, que en realidad fue un ajuste monstruoso que nos dejó a todos más pobres y menos libres. Ni siquiera, por ventura, nos quedaba al Madrid. Calderón ganó las elecciones pero luego supimos que, en realidad, había habido trampas, y como si presintiera que la policía judicial acabaría, un par de años después, registrando el Bernabéu en busca de sacas de votos pestilentes, Divac se fue a la semana de haber venido, imagino que con la cuenta corriente algo más ancha. Mijatovic cumplió en parte su palabra: llegaron veteranos experimentados, Emerson, Diarra y el flamante campeón del mundo y Balón de Oro, Cannavaro, que en la Juve nos parecía Mastroianni en La Noche y, aquí, Alfredo Landa en Amor a a la española. Pero sí que vino Van Nistelrooy, y su presencia en aquel paisaje en ruinas hizo carne la frase con la que Capello, una década después, se había presentado en Madrid unas semanas antes: recuperar el orgullo de la camiseta blanca. Recuerdo que durante ese año mis fines de semana consistieron en beber vodka con limón hasta doblarme de rodillas, los sábados por la noche, y atravesar las resacas a bordo de un cohete espacial llamado Van Nistelrooy. Como sería la cosa que dijeron que nunca había marcado desde fuera del área y le marcó uno a Osasuna desde la plaza en la que tiran el Chupinazo el día de San Fermín.
Resulta increíble que su debut oficial con el Madrid fuese un 0-0 en el Bernabéu frente al Atlético. Pero así es la vida, una broma imposible de predecir. Van Nistelrooy conectó desde el principio con algo muy íntimo y profundo que recorre la tribuna del estadio: jugaba con el cuchillo entre los dientes, como si cada pelota suelta en un pico del área fuera la diferencia entre sobrevivir o estar muerto. Metió 25 goles y se lesionó en el partido decisivo, en la primera final de verdad que jugó el Madrid en cinco años, el último partido de la Liga 2006-2007, con el Mallorca. Aquello, por supuesto, también formaba parte del plan diabólico con el que una inteligencia superior se entretiene mientras nosotros agonizamos y cuyo nombre terrenal es el de Real Madrid. Pero Van Nistelrooy, aquel año, ya había metido todos los goles que había tenido que meter, entre ellos uno de los más bellos y poéticos de la historia del club, la sinfonía al primer toque contra el Valencia, en el que fuera, probablemente, el primer partido de la serie de alocadas peripecias que terminaron con la remontada de todos los tiempos.
Van Nistelrooy amó cada minuto de los que jugó como futbolista del Madrid. Le metió goles a todos: al Barcelona, al Atlético, a la Juve, a la Lazio y a la Roma, al Betis y al Sevilla, al Bilbao, al Valencia, fue nuestro cañón de Navarone, y aunque sus últimas temporadas de blanco ya éramos la flota española en Santiago de Cuba, en el 98, estoy convencido de que habría podido hundir a un acorazado yankee mientras se iba de cabeza al fondo del mar. Al año siguiente de La Trigésima, la única Liga que tiene nombre y hornacina en la catedral madridista, llegué por fin a Sevilla, a la universidad. Lo primero que hice fue ir al Corte Inglés y comprarme su camiseta.
una noche desaparecerá el mundo y Van Nistelrooy rematará de cabeza, al segundo palo, el último cascote de chatarra espacial que quede por ahí flotando
La conservo como oro en paño, aunque se le hayan caído todas las letras. Con ella puesta vi la final de Milán: ante la circunstancia de poder comerme 20 horas en autobús desde la Lombardía con una derrota en los huesos, me la puse como si fuera el manto de una Virgen. No me falló, ¿cómo me va a fallar Van Nistelrooy? Con la última, la de París, lo mismo, aunque no me moví de mi casa. Con ella puesta, celebré la 14 bailando sevillanas. Siempre es lo mismo, una armadura, un fetiche. Su 17 lo heredó Arbeloa y en cierto modo siguió siendo un número de la gente, un número especial. Cuando en 2010 Mourinho pidió, en Navidad, un delantero centro de repuesto, su nombre volvió a sonar y estoy seguro de que habría venido al Madrid andando, desde Hamburgo. Todos nuestros recuerdos habrían hecho el camino, con él. Su último gol fue al Xerez, ya el año de los galácticos, tras tirarse un año entero con la rodilla colgando. Aquella lesión fue el final de muchas cosas, fue romperse él y quebrarse la voluntad de resistencia del último Madrid ganaligas de entreguerras. Creo que habría podido meter goles desde el hospital, pero una noche desaparecerá el mundo y Van Nistelrooy rematará de cabeza, al segundo palo, el último cascote de chatarra espacial que quede por ahí flotando.
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Está construyendo su Florentineza un equipo tan joven y tan pimpante que uno celebra la llegada de Joselu y sus treinta y tantos, como celebra que se queden los treinta y pico de Kross y los treinta y ocho de Modric, que suena como un western de Tarantino. A mí no me preocupa la juventud del equipo: lo que hace es dolerme. Poblar la plantilla de tanto talento que apenas ha superado la pubertad es una manera muy fea de señalar, qué quieren que les diga. De llamarnos viejos, o sea. Es un lugar común y una cursilada que el fútbol es el territorio de la infancia, pero también es verdad, y a ver cómo demonios vuelve uno a la niñez viendo defender el escudo a un puñado de chavales que podrían ser sus hijos, cuando no sus nietos, y que deberían estar no ya en el instituto, sino haciendo pellas en los billares, como Dios y las buenas costumbres mandan. Vamos, que es repasar la insultante juventud de la plantilla y le caen a uno los años encima a cholón, sin medida ni conocimiento, y ya no puede evitar ese runrún de preocupación paternal sobre si Bellingham se portará bien y será obediente; si Valverde no estará pasando por una pequeña crisis matrimonial, y por qué no hablas tú con él, Mirenchu, que a ti siempre te ha escuchado; si Tchouaméni será feliz jugando con la regularidad de un intermitente; si deberíamos hacer algo para conocer a los amigos de Vinícius, no vayan a ser una mala influencia en esa edad tan difícil por la que está pasando; si no se nos torcerá Arda Güler, que tanto promete, cuando empiecen a lloverle los millones en la cuenta corriente; o si no tendríamos que mandar a Camavinga a estudiar a Stanford, con lo listo y formal que nos ha salido. Pues eso: un sinvivir de padres de adolescentes que no deja espacio para disfrutar del fútbol, que es a lo que habíamos venido.
O sea que tenemos la dinojunta por un lado y el kinderequipo por el otro, un Madrid de contrastes. Confieso que no sigo mucho al Castilla, lo que constituye uno de los muchos pecados de mi madridismo cojitranco, pero habida cuenta de la edad media de los fichajes del primer equipo, me malicio que si has cumplido los quince años y todavía estás en el filial, ya puedes hacerte a la idea de que se te ha pasado el arroz y que tu mediocre futuro pasa por el Coliseo Alfonso Pérez, que es lo más parecido al purgatorio que ha inventado el ser humano. Yo creo que lo que tendríamos que hacer con el Castilla es repoblarlo de jugadores que pasen con holgura de los treinta años, con el alma manchada de barro, que puedan aspirar a convertirse en un Joselu y dotar de un poco de veteranía y colmillo al primer equipo cuando les toque descansar a los veteranos de guardia. Podríamos incluso reciclar al mismísimo Raúl, que apuesto que todavía corre más que esos jovencitos a quienes mandaría a su casa en pretemporada por no esforzarse en el trote cochinero de los entrenamientos caniculares. Un Castilla reloaded, un Castilla 2.0 adaptado a los tiempos de insultante juventud que corren hoy en día, en los que hay que fichar a las estrellas cuando aún usan chupete como único expediente susceptible de ganarle la mano a los jeques medievales. Un Castilla hecho de veteranos en edad de jubilación, ansiosos por debutar en el primer equipo, mientras meten la pierna y el codo en esos campos dejados de la mano de Dios de la Segunda B, o como demonios se llame ahora, y despliegan un inacabable abanico de triquiñuelas de perro viejo en cada partido. Es decir, haciendo méritos para que en algún momento su dominio de la gramática parda les aúpe al Bernabéu a fin de compensar la bisoñez insolente y brillante del primer equipo.
O sea que tenemos la dinojunta por un lado y el kinderequipo por el otro, un Madrid de contrastes. habida cuenta de la edad media de los fichajes del primer equipo, me malicio que si has cumplido los quince años y todavía estás en el filial, ya puedes hacerte a la idea de que se te ha pasado el arroz y que tu mediocre futuro pasa por el Coliseo Alfonso Pérez
Así que, como primera providencia, humildemente sugiero a su Florentineza que echemos a todos esos niñatos que conforman hoy en día el Castilla, que se han mostrado incapaces de subir a Segunda aun a pesar de tener ya pelos en las piernas, circunstancia que les inhabilita por sí sola para acceder al primer equipo por la vía tradicional del meritoriaje. Es un sinsentido y constituye un despilfarro de los recursos del club mantener un Castilla de futbolistas demasiado noveles para competir con éxito en Segunda B pero demasiado viejos para debutar en el Bernabéu; si bien se mira, tal proceder bien podría fundamentar una demanda de responsabilidad social contra su Florentineza por faltar al deber de diligencia del ordenado comerciante. Una vez completada la ingrata pero necesaria tarea higiénica de mandar a nuestros niños castillenses al Getafe y al Mirandés, que es su destino natural y donde iban a acabar de todas maneras, busquemos un Juni Calafat especializado en equipos acostumbrados a arrastrase por Primera y Segunda, de esos equipos susceptibles de ser entrenados alguna vez por Paco Jémez, para entendernos, y démosle carta blanca para fichar e a los jugadores más viejos, más perros, más revirados y, a ser posible, más feos. Montemos un Castilla reumático y renqueante, barbudo y tatuado, con más piojos que acné, poco amigo de la ducha pero ducho en el sucio arte de la guerra. Eso, y no otra cosa, es lo que el Real Madrid necesita porque eso, y no otra cosa, es el futuro. El primer equipo lo agradecerá, como lo agradeceremos los aficionados pudiendo identificarnos de nuevo con nuestros jugadores sin que nos asalten preocupaciones paternales por su incierto porvenir.
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