Las mejores firmas madridistas del planeta

Primera conclusión: es imposible planificar bien una temporada con estos porcentajes de bajas semanales. Segunda conclusión: la ventaja del Real Madrid es que podría ganar jugando con el equipo de cáterin del Santiago Bernabéu como once titular.

No sé vosotros, pero yo veo los partidos ya con miedo a lesionarme. Es saltar al campo una camiseta blanca, y me empieza a tirar un poco el músculo este de atrás, que no sé cómo demonios se llama, pero es ese que se te rompe siempre a los diez minutos de comenzar el partido de fútbol navideño de padres del colegio. Caen como moscas y por cualquier razón. Que si todos fueran baja por traumatismo craneal, al menos podríamos investigar si es que las puertas del vestuario son demasiado bajas, pero que va, no hay manera; músculos, huesos variados, rodillas, tendones escalfados, y otras recetas variopintas de la enfermería popular.

No sé vosotros, pero yo veo los partidos del Madrid con miedo a lesionarme

Y cada semana, a recomponer el equipo con las piezas más impensables. La indisposición de última hora de Brahim me pareció ya un chiste, pero estaba equivocado, el chiste fue después el partidazo de Rodrygo, tapando felizmente la boca a quienes veníamos pidiendo un poco de banquillo para el muchacho (propósito: no lo haré más).

Hace un par de meses la prensa de las angustias decía que Modric no tenía hueco en el equipo y que estaba triste en el banquillo, pensando en su salida. De pronto, Lukita se ha roto… por jugar demasiado. Y así toda esta temporada, extraña, enloquecida, y sobrecargada de parones absurdos. A propósito: en el madridismo contemporáneo, ¿hay algo más triste que una lesión de Luka? La ovación del Cádiz, los jugadores de ambos equipos a su alrededor, la tensión de los médicos, los pelos como escarpias en los aficionados madridistas. Cuando Modric cae al suelo y no se levanta ocurre un fenómeno sobrenatural, una emoción que invierte los polos de la tierra, una hecatombe que ni nuestros enemigos pueden soportar; es como si todos hubiéramos asumido que se para el fútbol, que se muere la alegría. Ay, Lukita.

Luka Modric en Cádiz, qué arte

Como sea, tenemos futbolistas que entran y salen de lesiones, los tenemos que están lesionados para todo el año, y luego los tenemos que, con lesiones más breves, nos están permitiendo descubrir que tenemos un banquillo extraordinario —tal vez también lo descubra así Carletto—, pienso ahora en nuestro Lunin.

Y luego aparte de todos los anteriores tenemos a un futbolista que vive lesionado, y que de vez en cuando cae curado durante unas horas, pero en seguida se apresura a volver a lesionarse. Es difícil que haya en la parroquia madridista otro caso similar: tantas ganas tenemos de ver debutar a Arda Guller y tantas decepciones nos hemos comido ya; tantas, de hecho, que algunos empezamos a temer lo peor, que la otra noche, tras confirmarse su nueva baja indefinida, se me apreció en sueños Eden Hazard gritando en la celebración de la Champions: “Llevo tres años aquí y el próximo año voy a darlo todo para vosotros”. Bueno, Eden, al menos agradecimos la ilusión.

Algunas noches en vela, me pregunto cómo se sentirá eso de ver al Real Madrid de esta temporada con la enfermería vacía. Magia sobre magia. Confiemos

En medio de esta epidemia de roturas y dolencias, al Real Madrid solo le queda aspirar al escudo, que no es poco, como vimos y disfrutamos en el partido contra el Cádiz, donde además celebramos el debut de Gonzalo García. Y es que, en realidad, hace ya años que vivimos en idilio permanente con la épica. Y nos gusta y lo disfrutamos así, si bien, algunas noches en vela, me pregunto cómo se sentirá eso de ver al Real Madrid de esta temporada con la enfermería vacía. Magia sobre magia. Confiemos.

Entretanto, las tristes bajas de unos son felices oportunidades para otros. Y, por lo que estamos viendo, los madridistas no titulares parecían estar deseando que Ancelotti se las diera.

 

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Cartas de un madrididista millennial: Yo era ateo, pero ahora creo

 

Hola de nuevo:

Resulta muy difícil escapar de la falacia retrospectiva. Ya nos advirtió aquel genio llamado Oliver Sacks acerca de la afición de nuestra mente a engañarnos, hasta el punto de incluso crear recuerdos falsos que encajen perfectamente en un relato construido a posteriori. A menudo pretendemos una coherencia irreal que elimina nuestras opiniones previas. Ocurre en todos los ámbitos de la vida, pero hay campos que ofrecen casos realmente ilustrativos. Verbigracia, el fútbol: uno se tira años pensando que Fulano es un inútil y luego, cuando el tiempo demuestra lo contrario, el cerebro se afana en borrar las pruebas y acabamos hasta presumiendo, reconfortados, “yo siempre confié en él”. En realidad, la neurociencia no hace sino confirmar lo que ya atisbaba la sabiduría popular. Como diríais los taurinos: a toro pasado, todos somos Manolete, y esa circunstancia siempre ha terminado nublando nuestra percepción. Si la honradez intelectual cuesta tanto es porque implica desmontar esas cálidas trampas de la memoria.

Si alguien merece la humilde sinceridad de las disculpas antes que el artero cambio de chaqueta es Rodrygo Silva de Goes, alias Rodrygo

Como hay que predicar con el ejemplo, confesaré que mi hipocampo madridista no se muestra ajeno a estas engañifas, y más de lo que me gustaría reconocer. Pero si precisamente hay un muchacho que merece la humilde sinceridad de las disculpas antes que el artero cambio de chaqueta es aquel al que ahora todos sepultan con elogios torrenciales, después de haberse pasado años con una escéptica ceja alzada y despachando con suspiros de impaciencia cada que vez que salía despedido por el choque contra un defensa más corpulento. Hablo, por supuesto, de Rodrygo Silva de Goes, alias Rodrygo. Hoy dan ganas de recrearse: luz de mi vida, fuego de mis entrañas, pecado mío, alma mía, Ro-dry-go, la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, etcétera, etcétera. No sería justo. Reconozcamos que, incluso a los que abrazamos con mayor ardor sus explosivos golazos saliendo como revulsivo en el año de la Catorcésima, su frágil falta de consistencia terminó agotando nuestro optimismo y nos hizo concluir que habíamos echado las campanas al vuelo demasiado pronto, y que el chaval sería a lo sumo un buen agitador, si bien bastante lejos de lo apuntado. Esta misma temporada, después de su intrascendente desempeño en el Camp Nou, ha habido quien —y que Dios nos perdone— se ha permitido juguetear con la posibilidad de su venta. Sin embargo, en las últimas semanas, miles de cerebros han empezado a borrar las sucias huellas de la pérdida de fe. Me temo que, tras la actuación de Rodry en la Tacita de Plata, las neuronas tendrán que hacer horas extra.

Rodrygo

Despojado de la posibilidad de ceder la responsabilidad en Vinicius, y apoyado exquisitamente por los movimientos y combinaciones de Bellingham, Rodrygo fue el estilete que dañó al Cádiz una y otra vez, pidiendo el balón con el descaro habitual pero acompañándolo con una mayor inteligencia en sus movimientos. Hasta cuando erró, la jugada que pretendía tenía sentido, algo que no siempre podía garantizar hace apenas unas semanas. Los defensas se desgañitaban pidiendo coberturas en el uno contra uno, sabedores de que, con su habilidad para la conducción con la bola cosida al pie, cada regate exitoso alimenta el próximo. Por otro lado, el brasileño parece haber ganado en entereza; tuvo el hat-trick en una en la que no se entendió en última instancia con Joselu, mas el fallo no le hizo perderse en viejos fantasmas, esos asuntos del pasado que acaso le persiguen todavía. Supongo que, citando al Julio Iglesias millennial —Antón Álvarez lo entenderá como el halago que merece—, si la historia de Rodrygo y el Madrid ha llegado viva hasta aquí, ya no la va a matar una vieja herida.

Existe la posibilidad de que una nueva falacia retrospectiva nos vuelva a llevar en unos meses al punto de partida: acaso nuestra memoria termine borrando estas alabanzas del mismo modo que ha eliminado disimuladamente nuestras dudas. Aunque más nos vale a todos que no sea así

Sé que tu talante, más atemperado por la carrera de la edad, huye de maximalismos. Casi te oigo advertirme de que precisamente Cádiz ha sido territorio propicio para deslumbramientos fugaces que jamás tuvieron continuidad. Tienes razón. Existe la posibilidad de que una nueva falacia retrospectiva nos vuelva a llevar en unos meses al punto de partida: acaso nuestra memoria termine borrando estas alabanzas del mismo modo que ha eliminado disimuladamente nuestras dudas. Aunque más nos vale a todos que no sea así; no en vano, nuestra escasez de pólvora hace que la temporada del Madrid dependa en buena medida de que nuestra mente no se vea obligada a un segundo volantazo argumentativo respecto a Rodrygo. De momento, parece que nuestro brasiniño más tímido está consiguiendo retratar nuestras contradicciones originales. Honrando, por cierto, de manera simultánea a esos otros dos genios heterodoxos, cada uno en lo suyo, citados en esta carta. Por un lado a Oliver Sacks, el autor de Despertares, y por otro a C. Tangana, al servir de inesperado enlace que encaja las enseñanzas del primero dentro del verso más célebre del segundo: Yo era ateo, pero ahora creo.

Cuídate, volveré a escribirte pronto.

Pablo.

 

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Buenos días. Cuando no es posible comprar las victorias, hay que esforzarse más para lograrlas, y el ser humano siempre busca conseguir sus objetivos con el mínimo esfuerzo, por un tema de instinto, ahorro de energía y supervivencia. Si además se ha pagado durante muchísimos años al juez de la competición para lubricar la obtención de triunfos, es normal que uno se sienta engañado cuando todas las jugadas dudosas no caen de su lado, aunque apenas sean una o dos cada mucho tiempo. Y si encima se ha dejado todo atado y bien atado en la cúpula arbitral, y lo que no es cúpula arbitral, para que el funcionamiento del sistema sea propicio aun cuando Negreira a ojos de Hacienda ya no perciba una remuneración millonaria, es totalmente entendible que Laporta lloriquee ante la prensa por el trato que el Barça recibió por parte de los árbitros en Vallecas.

@elchiringuitotv 🔥 "PENALTI COMO UNA CATEDRAL". 🗣️ LAPORTA no se corta tras la polémica arbitral en Vallecas. #DeportesEnTikTok #tiktokfootballacademy #elchiringuitotv ♬ sonido original - El Chiringuito TV

Le ha faltado decir a Jan: oiga, ¡pero que yo he pagado! ¿Para esto cuadrupliqué el sueldo a Enríquez Negreira? ¿Para que no me piten un penalti en Vallecas como el que cometimos nosotros sobre Oyarzabal y nos pareció obvio que no se señalara?

Imaginad que durante décadas habéis untado a vuestro médico para saltaros las listas de espera y, un buen día, llegáis a la consulta y os hace aguardar vuestro turno en la sala de espera como si fueseis una persona normal, con los mismos derechos y deberes que todo el mundo. ¡Pero si vosotros habéis pagado!, ¡¿este tío qué se cree?!

Xavi está igual que Laporta. Ya sabéis que, cuando los arbitrajes van como debe ir un arbitraje cuando se han abonado millones de euros al número dos del CTA, Xavi es como un perrete cariñoso, todo amor hacia los colegiados, que si hay que ayudarlos, que si su labor es muy difícil y muy desagradecida, que si un día te dan y otro te quitan, etc.

Xavi Hernández

Ay, pero cuando su juego y sus resultados son paupérrimos y no son favorecidos nítidamente por los trencillas, el tema arbitral se une al coro de excusas del de Tarrasa y se le queda la cara que muestra hoy en la portada de Marca.

Portada Marca

Xavi exhibe el semblante que luce uno cuando ha ingerido demasiado picante y el punzante condimento comienza a corretear por el intestino grueso. Cara de temor ante la posibilidad de ser eliminados en Champions, otra vez, después de la temporadita que se están marcando en liga. «Obligados a ganar», titula Marca, para que Xavi no termine de descomponerse.

Como veis, hoy también Marca es central lechera, tras dedicar su espacio principal a Barça y Atleti, una parte a Javier Aguirre, otra a De Burgos y hasta a Juanma Moreno, incluso tiene la deferencia de dedicar todo un recuadrín al mejor inicio de temporada de Ancelotti con el Real Madrid y la posibilidad de que renueve.

Portada As

As sigue la misma senda de central lechera, Lewandowski y Griezmann, Barça y Atleti a todo color. Destacan que ambos se clasifican para octavos de Champions si vencen y se meten en un lío si pierden. «Ganar o temblar» es el encabezamiento, ideal para título de película de sobremesa de Antena 3.

El Madrid no tiene este problema, en liga es líder, el domingo ganó a pesar de la legión de bajas —a la que se unión Brahim a última hora— y a pesar de la salud exultante de Cuadra Fernández. Bellingham está batiendo todos los récords goleadores blancos y de otros colores, Rodrygo se sale aun con la rodilla algo maltrecha, Ancelotti, como hemos dicho, firma su mejor inicio de temporada. Entendemos que nada de eso es noticia para que se hable del club blanco. Toca esperar hasta que se encuentre algo con lo que atacarlo o a que Gil Marín compre otro publirreportaje.

La prensa cataculé pone el foco en el Barça. En concreto en Xavi. No hay mucho que decir porque como la prensa de Madrid ahora tiene el mismo target —los antimadridistas— que la de Barcelona, ya lo hemos dicho todo comentando las portadas de As y Marca.

Sí nos llama la atención en Mundo Deportivo lo siguiente: «Líder ya no, pero casi», en referencia al Girona. «Pero casi», fantástico, cuánta información aporta. En ocasiones no es suficiente con meterla un poco, tiene que entrar entera, no vale solo la puntita para que el resultado sea fértil. Hablamos de la pelota, por supuesto.

Pasad un buen día.

Como se ha estrenado el Napoleón de Ridley Scott y de Joaquin Phoenix, tengo la cabeza llena de pajaritos bonapartistas, lo confieso, y sólo se me ocurren analogías con Le Petit Caporal. El otro día que estuve en la presentación de Historia íntima del Bernabéu, el libro de los hermanos Del Riego, Marta y Ángel, se mencionó, cómo iba a no mencionarse, el nombre del gran patriarca Santiago Bernabéu y, claro, la sinapsis en mi cerebro fue instantánea. Como además he empezado a leerme un ensayo sobre la infancia y juventud del teniente de artillería corso que llegó a emperador, empecé a pensar en las similitudes entre Napoleón y Bernabéu. Hasta que llegué a la conclusión de que, en realidad, Santiago Bernabéu era un Napoleón que, como no tenía legiones, se inventó el Madrid para conquistar el mundo.

Los dos son ejemplos de orgullosos individuos oriundos de familias hidalgas apegadas a la tierra que, por azares del destino, son obligados a marcharse lejos de su casa en busca de fortuna y posición. Desde muy pronto tuvieron la conciencia de ser diferentes y de ser especiales, pero también de la herencia cultural que habían recibido y del mundo al que pertenecían: tributarios de lo insondable, las fuentes de sus espíritus se remontan tan atrás en el tiempo que podrían haber estado escritas en las tablas de arcilla de los astrónomos de Nínive.

Santiago Bernabéu era un Napoleón que, como no tenía legiones, se inventó el Madrid para conquistar el mundo

Napoleón abandonó de niño la cálida isla mediterránea en la que nació obligado por su padre, que le había encontrado acomodo en un colegio de franciscanos de Brienne, al norte de Francia, que estaba becado por la Corona. Allí iban, al alimón, los hidalgos franceses de medio pelo y los herederos de las grandes familias cortesanas un poco a igualarse, a que juntos crecieran con cierta conciencia común del deber al Estado que aplanase sus diferencias de clase y de patrimonio. Con Bernabéu pasó algo parecido. Nació por casualidad en la finca que la condesa de Montealegre, de la que su padre era apoderado y administrador, tenía en La Mancha, cerca de Almansa, en una pedanía en la que su padre, un abogado valenciano, pudo asentarse como propietario. Allí, rodeado de un horizonte infinito, vivió hasta los siete años, cuando la familia se trasladó a Madrid. Su padre era un profesional liberal, un burgués pero no un aristócrata, y su madre venía de una familia bien cubana venida a menos. Es decir, como Carlo Bonaparte y Letizia Ramolino, eran gente que sentía la obligación de justificar su presencia en los grandes salones, a los que por nacimiento no pertenecían.

Santiago Bernabéu, el séptimo de sus hijos, se fue de mozo a estudiar a un colegio de adscripción real, como Napoleón, en El Escorial, el Alfonso XII que administraban los agustinos. En El Escorial, bien lo sabe Dios, nieva tanto como en Brienne, que está en medio de Las Ardenas. A Bernabéu le dio por jugar al fútbol allí para quitarse el frío terrible que salía de las piedras y que cincelaba con mano de escultor los espíritus sublimes y austeros como el suyo. Los chavales correteaban pegando pelotazos por la inmensa Lonja renacentista que da acceso al Monasterio como Bonaparte, en invierno, recreaba batallas antiguas en las explanadas que rodeaban el colegio. En ambos surgió un sentido ascético de la existencia en medio de aquellos rigores, de una vida disciplinada por monjes, ordenada por horarios inflexibles. Sobre sus cabezas pendía la misma obligación de corresponder a los esfuerzos de la familia y a las expectativas creadas en torno a un futuro que no eligieron pero al que se debían con obligación sacerdotal, para no defraudar las perspectivas sociales del futuro que imaginaban sus padres. Uno tenía que ser teniente de artillería y el otro, abogado. Los dos fueron mucho más que eso.

Santiago Bernabéu

Sin embargo, en el colegio, los dos mandaban, los dos despuntaban ya por un carisma reconocible que los convertía en líderes naturales. Bernabéu ya era el capitán del equipo de los agustinos del Escorial, Napoleón elegía el papel de general cuando los de su clase jugaban a la guerra. Los hombres, todavía niños, se arremolinaban como ovejas en torno a ellos, que habían nacido pastores. Napoleón soñaba con ganar a los persas en Maratón y Bernabéu con volver a fundar un imperio en el que no se pusiera el sol. Como en un western de John Ford, las llanuras son infinitas y el mundo, en ellas, no tiene límites. Napoleón y Bernabéu habitaban esas llanuras. Los dos procedían de familias largas y a pesar de no ser los mayores, desde muy pronto empezaron a ejercer la jefatura de sus clanes. A su alrededor había una casta privilegiada de cuna que gobernaba las cosas y a los hombres, que había establecido desde el principio de los tiempos unas reglas que no eran las suyas. Los dos empeñaron sus vidas en fundar un orden nuevo y distinto que diera al desheredado la posibilidad de soñar con ser un rey. ¿Qué es el Madrid sino eso? Lo que cantaba David Bowie: We can beat them, just for one day. We can be heroes, just for one day.

Napoleón y Bernabéu empeñaron sus vidas en fundar un orden nuevo y distinto que diera al desheredado la posibilidad de soñar con ser un rey. ¿Qué es el Madrid sino eso? Lo que cantaba David Bowie: We can beat them, just for one day. We can be heroes, just for one day

La única ley de Napoleón y de Bernabéu era el mérito. Francia y el Madrid fueron sus imperios pero los dos los trataban como enormes familias donde cabía cualquiera pero no la deslealtad. Bernabéu no tuvo hijos y Napoleón, hasta el enfermizo Aguilucho, sólo bastardos: en la búsqueda obsesiva de un heredero cometió los grandes errores de su carrera política. Sus hijos, en verdad, eran sus obras. El Madrid y Francia, Francia y el Madrid, como si el primer peldaño en la escalera del mito madridista estuviera escrito que fuera París. Borges decía que los padres y los espejos estaban malditos pues ambos multiplicaban el número de los hombres sobre la tierra. Napoleón y Bernabéu debían ser padres de la Historia.

París

Ambos hombres tuvieron como escuela la guerra. Caminaron sobre las huellas que encontraron en el camino: Bonaparte aprendió realpolitik en Córcega y París antes de hacerse una leyenda a cañonazos y Bernabéu mamó grandeza de los muñidores del gran Madrid Football-Club de los años 20 y del republicano: Paragés, Sánchez Guerra, Hernández Coronado. Él proyectó la visión de aquellos hombres hacia el infinito, como Napoleón sublimó el ideal revolucionario con el imperio. Las dos cosmovisiones tenían por naturaleza alcance universal, pero una se imponía a sangre y fuego y la otra, a golazos y ensoñaciones.

Sus hijos, en verdad, eran sus obras. El Madrid y Francia, Francia y el Madrid, como si el primer peldaño en la escalera del mito madridista estuviera escrito que fuera París

Los dos cuidaron siempre de los suyos. De Napoleón huelga decirlo: gobernó el imperio francés como el capo de un clan corso y derramó como regalos entre hermanos, hermanas, madre y primos todas las coronas de Europa, grandes ducados, principados, capelos cardenalicios, lo más grande. Del mismo modo Bernabéu administró el Madrid como un paterfamilias. En Montealegre del Castillo, donde nació, aún recuerdan que se ocupó siempre de los paisanos, que incluso llevó al primer equipo a entrenar de vez en cuando. Cuando ya era un grande hombre en la capital, presidente y alma del mejor club de fútbol del mundo, una autoridad, recibía pedigüeños, concedía favores, sacaba gente de la cárcel, buscaba trabajo, gestionaba destinos militares y tenía la puerta abierta todo el tiempo para la gente de una tierra en la que conservó fincas familiares hasta que tuvo que venderlas para atender las necesidades del Madrid.

Bernabéu

Los dos fueron hombres que estuvieron pendientes de todo lo que pasaba en sus reinos, por grandes que fueran: Napoleón se sabía hasta el nombre de los grognards que montaban guardia ante su tienda antes de las grandes batallas y Bernabéu saludaba por su nombre al señor que cerraba la Ciudad Deportiva. El Madrid era, en un sentido dilatado, su Maison, y Saporta, ese prócer que todavía, incomprensiblemente, no tiene una biografía, era su eminencia gris.

Construyeron mundos y utopías. La tropa más fiel de toda la que siguió por los campos de batalla de Europa a Napoleón durante más de veinte años estaba compuesta mayoritariamente por sans-culotte, por gente que no tenía nada, por parias a los que la Revolución había puesto un fusil en la mano y que Bonaparte hizo desfilar a pie de Cádiz a Moscú con el único alimento de su carisma ilimitado. Bernabéu edificó el mayor artefacto de grandeza que ha conocido España desde Felipe II, un palacio para que lo habitara la gran provincia española que está desprovista de símbolos y de futuro, que no sueña con un Estado propio sino con tener el universo a sus pies. Bernabéu se lo puso.

Bernabéu edificó el mayor artefacto de grandeza que ha conocido España desde Felipe II, un palacio para que lo habitara la gran provincia española que está desprovista de símbolos y de futuro, que no sueña con un Estado propio sino con tener el universo a sus pies. Bernabéu se lo puso

Los dos arrancaron el oropel de las manos viejas para dárselo a las nuevas, desenterraron una playa en la que por un tiempo limitado las cosas pueden ser de otra manera y el destino está por escribir. El Madrid es el gran instrumento de venganza de los desclasados. En clave internacional es un hogar común en el que hacer realidad las fantasías desmesuradas de los niños. En clave española es una espada justiciera que repara simbólicamente los agravios infinitos de los nacionalismos periféricos a ese español normal que sólo quiere salir a buena hora del trabajo los miércoles por la tarde y ponerse a conquistar Flandes. La obra de Napoleón ahora es un museo, la de Bernabéu está viva porque se trata de una promesa que se renueva cada año, como la primavera.

 

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Gerard Piqué miraba nervioso la pantalla de su dispositivo móvil. Estaba acostumbrado a recibir críticas e insultos (para él eran sinfonía) de esos pobres madridistas que se contentaban con ganar títulos de cualquier manera, con un juego pobre sin excelencia alguna o cultivada humildad. Sin embargo, desde sus últimas declaraciones, más que insultos lo que recibía en X eran mensajes jocosos de sorna y burla. No iba a ponerse al nivel de aquellos talibanes del resultadismo, pero la verdad es que en lo más profundo de su ser comenzaba a experimentar ciertamente un sentimiento de humillación porque ya no eran sólo madridistas los que se mofaban de él, sino el mundo del fútbol en general. Casi hasta había llegado al punto de cuestionarse si no estaría errada su concepción del fútbol puro.

Gerard removió la cabeza, incómodo, negando rápidamente con un escalofrío, casi como para convencerse más a sí mismo que otra cosa. ¿Cómo iban a estar equivocados ellos, los culés, cuando habían logrado aquellas Champions con la mayor superioridad jamás vista en la historia del deporte? Cierto, había sido en la época de Negreira y del suizo ese que los madridistas, en su eterno despecho por no ser capaces de ganar una Champions así de gloriosa, sacaban continuamente a colación para justificar su impotencia por no alcanzar nunca, ni siquiera en aquellas tres tristes y descafeinadas Champions seguidas, semejanza alguna a la excelencia del dominio culé.

Ensimismado como estaba mientras su mente divagaba por aquellos pensamientos, casi ni se percató de que su móvil empezó a vibrar. Llamaba un número desconocido. Podía ser algún pirado que hubiera conseguido su teléfono y quisiera tomarle el pelo, pero aun así se arriesgó a cogerlo.

Piqué teléfono

—¿Diga?

—¿Es usted el señor Gerard Piqué Bernabéu? —preguntó una voz masculina en inglés, enfatizando en el último apellido.

—Así es. ¿Quién es y cómo han conseguido este número? —inquirió el catalán, también en inglés, con la mosca detrás de la oreja.

—Un familiar que se preocupa mucho por usted nos ha dado su número de contacto para ayudarle con la “presión” que está sufriendo en los últimos días debido a las palabras que pronunció en su entrevista.

Aquello apestaba a sus padres, siempre tan sobreprotectores. Continuaban tratándole como si aún fuese un niño. Quizá por eso a veces seguía comportándose como tal. Sí, definitivamente la culpa de todas sus malas decisiones era suya.

—No me hace falta ningún psicólogo. Díselo a ese familiar que tanto se preocupa por mí y no vuelva a molestarme.

—No somos psicólogos, señor Piqué.  No, la tecnología de nuestra empresa está orientada hacia una parte de la mente mucho más… específica.

—¿De qué cojones está usted hablando?

—De la memoria, por supuesto. Estamos especializados en la eliminación de ciertos recuerdos incómodos que nunca deberían importunar a nuestros clientes. Y tenemos entendido que hay uno en concreto relacionado con un título de fútbol de su equipo rival que le atormenta desde hace meses…

—¿Esto es una broma? ¿Una de esas que no tienen ni puta gracia? Porqu…

—No es ninguna broma, señor, y nos duele que cualquiera pueda poner en entredicho la excelencia de nuestros profesionales. No sólo nos dedicamos al borrado de recuerdos, sino que además lo hacemos maravillosamente bien —repuso con orgullo herido aquel señor.

Aquello le gustó a Piqué. Entendía mejor que nadie lo doloroso que resultaba que se dudara de la excelencia de alguien como estaba empezando a hacer el mundo del fútbol de su club sólo porque le hubieran pagado casi 8 millones de euros al vicepresidente de los árbitros. Una cifra irrisoria, por cierto, teniendo en cuenta el número de años. Cualquier club podía permitirse eso si de lo que se trataba era de comprar el arbitraje español. Seguro que si alguien investigara al resto de clubes encontrarían algo similar. Vamos, seguro que el Madrid, cuyo presidente es el dueño del país entero y lo rige desde su palco, ha estado pagando mucho más durante todos estos años. A ver cómo se justificaba si no aquel gol fantasma que Hernández Hernández, el madridista, les había robado, quitándoles aquella liga, por ejemplo.

—Discúlpeme, señor. Llevo unos días bastante raros. No quería poner en duda su profesionalidad. ¿Cómo funciona exactamente su empresa?

—¿Ha visto la película Eterno resplandor de una mente sin recuerdos?

—¿Cuál? No, creo que no. Y creo que recordaría una peli con un nombre así.

—Es la traducción correcta, pero creo que en España la llamaron algo así como “Olvídate de mí”. Con Jim Carrey y Kate Winslet.

Eternal Sunshine of the Spotless Mind

—Me suena de algo, pero nunca llegué a verla.

—Pues a alguien que sí la vio le encantó el concepto y realizó una gran inversión para llevar a cabo lo que en aquella película no era sino ficción: la eliminación de sus recuerdos. Gracias a nuestros logros y a nuestra experiencia, hemos conseguido ser una empresa pionera. Incluso el presidente de su país ha experimentado con éxito nuestros servicios. ¿Por qué cree usted que cambia tanto de opinión?

Piqué se quedó unos segundos parpadeando y asimilando lo que significaba todo aquello.

—Eso está muy bien, pero ¿de qué me serviría olvidar cierto recuerdo si cuando coja mi móvil y vea un vídeo en twitter voy a volver a recordarlo o a vivirlo de nuevo?

—Eso es lo mejor de todo, señor Piqué. No nos limitamos a hacerle olvidar su recuerdo, sino que, a ver cómo lo digo… Trasteamos su mente para que, cuando vea repetido el acontecimiento, su cerebro le muestre la imagen que nosotros crearemos para borrar ese recuerdo. Digamos que lo sustituimos por otro de mejor poso para su memoria.

—Pero el resto del mundo…

—El resto del mundo, como usted mismo dijo, lo acabará olvidando por sí mismo porque, y yo no sé mucho de ese deporte, según usted ese equipo de Madrid no ganó su trofeo de una manera memorable. Para usted será algo así como restablecer el orden en el universo dentro de su mente. Nada de lo que pueda decirle jamás nadie le convencerá de que el Madrid ganó ese título. Será usted el único cuerdo en un mundo de locos.

Piqué lo pensó unos instantes. La verdad es que sonaba bien. No merecía la pena vivir en un mundo en el que el Madrid había ganado aquella Champions tan inmerecida, sobre todo si existía la posibilidad de no hacerlo.

—Está bien, acepto. ¿Cuánto costaría…

—Me temo que el servicio ya está pagado. Así como su billete de avión a Miami, donde se encuentran nuestras instalaciones. Agradézcaselo cuando pueda a su benefactor —dijo el hombre justo antes de colgar.

Dos días después, Gerard Piqué se encontraba impaciente en una sala de espera. Afortunadamente le hicieron pasar pronto a una estancia que lucía un aspecto más futurístico que propio de un centro médico o de investigación. En ella había una camilla con arneses, varias pantallas frente a la misma y unos cuantos ordenadores de los cuáles salían diversos cables que se enlazaban con un casco que se hallaba en el cabezal de la camilla. La sala era rectangular, con las paredes pintadas de un blanco níveo, con amplios espejos en sendos lados de la misma. Había tres hombres con bata blanca pendientes de cada ordenador, una mujer de pelo rubio y lacio recogido en un cuidado moño y con gafas redondas que se encontraba con una tablilla repasando algunos datos y otro hombre, bajito, rechoncho y alopécico, esperándolo de pie en el centro de la sala. Se adelantó para darle la mano.

—Un placer conocerle por fin en persona, señor Piqué. —Era el hombre con el que había hablado por teléfono—. Entiendo que ya le han puesto al día mis compañeros de recepción e información, pero por si acaso mi compañera Stella le va a explicar con exactitud lo que va a experimentar.

Stella se aclaró la garganta antes de presentarse. Tenía una voz ruda y un acento difícil de catalogar.

—Encantada de conocerle, señor. Como ya sabrá, en cuanto se tumbe en la camilla y le coloquen nuestro casco rememorizador, revivirá en primer lugar los recuerdos que ha elegido olvidar. Será una experiencia algo diferente a dormir, ya que su consciencia permanecerá totalmente activa y usted vivenciará el recuerdo en plenitud de sus facultades. Cuando “despierte” de la primera parte del proceso, no recordará nada de lo acontecido en dichos recuerdos. A continuación, nuestros programadores —dijo señalando a los 3 hombres que estaban en los ordenadores, que hicieron un vago saludo con la mano cuando escucharon que se hacía alusión a ellos— se encargarán de instalar en su memoria los nuevos recuerdos. Según leo aquí, quiere borrar no sólo la última Copa de Europa del Real Madrid sino todas las que ha ganado desde el año 98…

—Las que ha ganado robando o de manera injusta, sí. Las otras no hacen falta, pues todos saben que las ganaron por Franco.

El Barça, siempre con Franco

—Ajam…—asintió Stella por educación, pues se le notaba que no tenía ni repajolera idea de lo que estaba diciendo Piqué.

Seguramente no habrá visto un balón de fútbol en su vida. Pensó Piqué.

—…En cualquier caso, en cuanto se tumbe quedará en manos de nuestros programadores. Han diseñado un final para cada uno de sus recuerdos que me aventuro a decir que usted encontrará más que satisfactorio —concluyó con una leve sonrisa.

Piqué le sonrió a su vez encantado. Stella no era precisamente fea. De hecho, si se soltara el pelo, quizás… Pensó con malicia.

—Por aquí, por favor —dijo Stella señalándole la camilla—. Dado que su padre le ahorró el sufrimiento de ver las de los años 98, 2000 y 2002, empezaremos por la última década.

Piqué se tumbó y dejó que le colocaran el casco tranquilamente hasta que notó algo raro en sus muñecas.

—¿Son necesarias las correas? —Preguntó algo nervioso.

—Son para controlar las posibles convulsiones, aunque realmente hasta ahora sólo dos clientes las han sufrido. Sin consecuencia alguna, por supuesto.

—Esto es 100 % seguro, ¿verdad?

—No tiene de qué preocuparse, señor —le tranquilizó el hombre amablemente—. Nuestros resultados tienen un 100 % de éxito. Y nadie hasta el momento ha mostrado secuelas —terminó apretándole las correas algo más de lo necesario en opinión de Gerard.

—Igualmente, estaremos monitoreando su evolución en la sala contigua, al otro lado del espejo —dijo Stella señalando uno de los espejos. Al lado del mismo se abrió una puerta que hasta entonces había permanecido casi imperceptible.

—Empezamos enseguida —avisó el doctor mientras se dirigía con Stella hacia donde Piqué se dio cuenta que esperaba una figura encapuchada.

—Iniciando rememorización —dijo uno de los programadores.

Piqué seguía mirando a la puerta junto al espejo, que ya estaba cerrándose. Aunque no podía distinguir el rostro bajo la oscura capucha, le pareció que sonreía…

Era una sensación extraña. Una rara dualidad en la que Piqué se observaba a sí mismo sentado en casa frente a la tele mientras, de alguna manera indescriptible, también estaba viendo lo que contemplaba el Piqué que estaba sentado.

Guarda el champagne un rato. Es de mal fario sacarlo antes de poder celebrar nada… —decía Shakira mientras Piqué observaba exultante en el televisor de casa cómo el Madrid llegaba al descuento en Lisboa sin poder empatar el encuentro que perdían desde la primera parte gracias a un error garrafal en la salida de un córner de su (bendito) colega Iker.

—Ja, ja. No me seas gafe tú, anda. Mira, cuando el Atleti se encierra atrás no hay nada que hacer. No hay quién les meta un gol a esos cabrones. —Se jactó el catalán. Bebió un poco más de su copa mientras Modric se llevaba el balón al córner de nuevo.  

—¿Ves? Llevan como mil córners hoy. No sé ni para que lo int…

Y se quedó mudo por un instante cuando el cabezazo de Sergio Ramos se adentraba en la portería a pesar de la excelente estirada de Courtois.

10 años de la Décima, puro ADN blanco

—¡ME CAGO EN LA GRANDÍSIMA P…! —exclamó Gerard al tiempo que le daba un golpe a la mesa que nada tenía que envidiar a los que sufría la de las retransmisiones de RAC1 mientras arrojaba el mando de la televisión con la otra mano hacia la pantalla, donde impactó con tal fuerza que se quedó clavado justo en el medio. No sabía qué hacer con la furia que acababa de apoderarse de su ser. Miró a su mujer, que tuvo la prudencia de no pronunciar el “te lo dije” que llevaba marcado en su cara, la muy…

Dos años después se encontraba de nuevo en el salón de su casa, inmerso en el partido mientras escuchaba a Shakira soltarle de nuevo la tabarra de la cautela.

—No se te ocurra volver a abrir el champagne antes de tiempo, que te veo venir. No pienso volver a verte como te vi hace dos años.

—Es cava, no champagne. Además, esta vez es diferente, cariño. Ya están en penaltis y es como que se nota en el ambiente que esta vez el Madrid no puede ganar. Lo presiento.

—Tú y tus presentimientos. Ya tuve que tolerarte que le pusieras Milán a nuestro hijo porque “presentías” que este año ibais a ganar la Champions ahí y mira quiénes están jugando la final…

¿Por qué demonios tenía que recordarle aquello? Había estado tan seguro entonces de que esa Champions era suya como lo estaba ahora de que el Madrid no podía ganarla. Miró de nuevo a la tele y suspiró aliviado al ver que Saúl metía su penalti. Sin embargo, un minuto más tarde, Ramos hacía lo propio. Insultó a Oblak por quedarse de nuevo en el centro, respiró profundamente y volvió la vista hacia Shakira.

—No sabes cómo funciona el fútbol. Este Madrid no puede ganar la Champions con la mierda de año y de fútbol que han hecho. Echaron a su entrenador en diciembre, pusieron al entrenador del Castilla, que no le había ganado ni a La Roda; han ido pasando rondas al tuntún contra rivales facilísimos; si incluso nosotros mismos les humillamos esta temporada en el Bernabéu 0-4. ¿Entiendes siquiera lo que te estoy diciendo?

Shakira lo miró un instante, vio como Juanfran disparaba al palo dejando a su marido helado y le contestó lo más tranquilamente que pudo: 

—Sí, que nunca aprenderás.

Esta vez no hubo golpe a la mesa ni lanzamiento de mano. El culé se limitó a apagar la televisión e irse a dormir antes de saber siquiera que Cristiano Ronaldo le acababa de dar la undécima Champions al Real Madrid.

Al año siguiente, un Piqué más comedido y con el cava bien guardado en la nevera observaba esperanzado el encuentro del Madrid frente a la Juventus.

—Nadie le ha metido más de un gol a la Juve en un partido este año —le había comentado sonriente a Shakira justo antes de que esta decidiera encerrarse en su cuarto para no saber nada del partido (o más bien de él durante el mismo).

Sin embargo, en ese recuerdo el Piqué externo empezó a darse cuenta de que algo no estaba saliendo del todo bien. Tras el primer gol de Cristiano, en lugar de su celebración habitual, lo que vieron ambos Piqués fue la celebración que hizo Ronaldo en el Camp Nou pidiendo calma y diciendo que ahí estaba él. Al principio pensó que sólo había sido un lapsus y hasta se permitió sonreír ante la desaforada celebración de su otro yo ante el gol de chilena de Mandzukic. Sin embargo, cuando Casemiro devolvía la ventaja a los de morado ese día, mientras su otro yo insultaba sin recato al centrocampista brasileño, apareció en la pantalla la imagen de un clásico en la que Piqué le decía algo a Casemiro y este se daba la vuelta y le miraba sonriéndole. Aquello ya no era un lapsus o casualidad. Algo iba mal en el experimento y aquello era una provocación en toda regla. Si alguien entendía de provocaciones, ese era Gerard Piqué. Para colmo, en lugar de a los comentaristas, el único sonido que llenaba el recuerdo era el de la grada, que en ese momento, en lugar de animar, cantaba:

 

“De repente ya no eras el mismo

me dejaste por tu narcisismo…”.

 

A continuación, Cristiano marcó el tercero y la celebración fue quitándose la camiseta delante de la afición culé. Hasta parecía que a quién miraba sonriente y desafiante era al propio Piqué.

 

“Te aviso, te anuncio

que hoy renuncio

A tus negocios sucios...”.

Cristiano Juventus 2017

A continuación, el cuarto gol de Asensio también vino acompañado de una celebración que hizo cuando marcó frente al Barcelona en la final de la Supercopa. También parecía burlarse del catalán. 

 

“Me dejaste de vecina a la suegra

con la prensa en la puerta

y la deuda en Hacienda…”.

 

De repente estaba viendo la final de Kiev, con una Shakira que ya se había abstenido de intentar razonar con él para que no sufriera más viendo al Madrid ganar otra Champions.

—En alguna tienen que perder. —Había sido el único argumento de Gerard ante una Shakira que, exhalando un suspiro, se había vuelto a encerrar en su dormitorio.

Llegó el gol de Karim y ninguno de los Piqués lo encajó muy bien.

—¡PERO SI ESO ES ILEGAL! ¡OTRA VEZ VAN A GANAR ROBANDO UNA P… CHAMPIONS! ¡QUÉ ASCO, DE VERDAD!

En lugar de a Benzema celebrando el gol, la imagen cambió totalmente a una del Camp Nou del que guardaba un funesto recuerdo: un eufórico José Mourinho salía corriendo con los brazos en alto señalando al palco después de negarle al Barcelona la posibilidad de ganar una Champions en el Santiago Bernabéu.

“Y”

Ni siquiera el gol de Mané sirvió de consuelo, pues al poco tiempo entró Gareth Bale al campo para marcar el mejor gol de la historia de las finales.

Bale no era lo que queríais

—¿PERO CÓMO PUEDEN TENER TANTA P… SUERTE? ¡UN TÍO QUE ESTÁ CASI FUERA DEL EQUIPO Y ENTRA Y HACE ESTO!

 

“Si te vas, si te vas, ya no tienes

que venir por mí.

 

Si te vas, si te vas y me cambias

por esa bruja, pedazo de cuero,

no vuelvas nunca más

que no estaré aquí”.

 

Tras el segundo gol, apareció un nuevo clásico en el que Piqué marcaba a Ronaldo y este lanzó con su tacón el balón al cielo para volver a recogerlo tras haber dejado bien atrás a Gerard y batir a continuación a Víctor Valdés.

—¡Que alguien pare esto, por favor! —pensó Piqué en voz alta, desesperado.  

Tras el último gol de Bale, Piqué contemplaba ojiplático en su salón a Sergio Ramos levantando la tercera Champions seguida del Real Madrid tratando de comprender cómo un equipo tan indigno, que no practicaba un fútbol lícito (ni siquiera se sabía a qué jugaban) podía haber hecho lo que ni el mejor equipo de todos los tiempos, con Xavi Iniesta, Busquets, Messi, Puyol, él mismo y con el mejor entrenador de la historia había podido hacer: ganar tres Copas de Europa seguidas y establecer un dominio en la competición más importante del mundo.

 

“Mejor te guardas todo eso

a otro perro con ese hueso

y nos decimos adiós”.

 

En la gala de los Latin Grammy celebrada en Sevilla, los hijos de Gerard aplaudían a rabiar ante la actuación de Shakira y la dichosa canción con Bizarrap que le iba a perseguir hasta el fin de sus días. Lo peor de todo es que se encontró tarareándola conforme iba cantando la madre de sus hijos, sin poder evitarlo. Para más inri, Sergio Ramos subió al escenario para entregarle un premio a Shakira por esa estúpida canción. ¿Le estaba mirando directamente el sevillano? Es más, ¿le acababa de guiñar un ojo?

Shakira y Ramos

Piqué abrió los ojos de pronto. Intentó incorporarse, pero seguía con los brazos y pies inmovilizados. La habitación estaba prácticamente a oscuras, salvo por la luz que transcendía de las pantallas de los ordenadores de los programadores, que seguían tecleando como si les fuera la vida en ello. A pesar de la oscuridad, pudo ver que a los pies de su camilla se encontraba el regordete y sonriente doctor. Al fondo de la habitación, se encontraba de nuevo la figura encapuchada que había visto antes de dormirse.

—Bueno, ¿qué tal ha ido? ¿Cómo se siente? —preguntó el doctor.

—Creo que algo no ha funcionado… El Madrid tiene 14 Champions, ¿verdad? —preguntó Gerard un tanto mareado.

—Hemos eliminado las 8 últimas de su mente, así que no sé si en realidad debería decirle esto, pero de hecho tiene 22.

—¡¿QUÉ?! —exclamó Piqué, exaltado—. ¿De qué va todo esto? Además, ni siquiera he revivido la 14.

—Hemos decidido dejarla para la segunda parte del proceso. Su cerebro estaba mostrando un estrés inusual y decidimos cortar un poquito antes de finalizar.

—Además, durante los recuerdos, no paraban de sonar canciones de mi ex…

—Ah, sí, una broma pesada de uno de los programadores. Ya lo hemos sustituido, descuide. Le ruego que nos disculpe. Qué falta de profesionalidad… —dijo el doctor, algo apesadumbrado.

—Y también se entrecortaban los recuerdos y se mezclaban con otros igual de desagradables y… —se calló al ver la sonrisa de su interlocutor— esto es una broma, ¿verdad?

—¿Ha visto usted la miniserie de Netflix de Jeffrey Dahmer?

Piqué alcanzó a negar con la cabeza.

—No ve usted muchas cosas. Está más dedicado a otras actividades más lujuriosas, por lo que se ve. ¿Los memes de “Te mentí, no tengo Netflix…” al menos?

—Ustedes no se dedican a borrar recuerdos, ¿verdad? —Preguntó Piqué aterrado, intentando inútilmente librarse de alguna de las correas.

—Por supuesto que sí. Y como ya le dije, somos extraordinariamente eficientes en ello. Pero le mentimos al decirle que nos contrató un ser querido suyo. No le hemos borrado sus recuerdos de las Champions del Real Madrid, sino que los hemos reforzado junto con otros tantos algo traumáticos para que los tenga bien presentes y le acompañen como su sombra a lo largo de su vida. Asimismo, en la segunda parte del proceso va a volver a revivir la decimocuarta Copa de Europa del Real Madrid y lo hará como madridista, en bares o en el campo, disfrutando de cada uno de esos partidos como un aficionado blanco más y como si fuera la primera vez que lo vive. Cuando termine, no podrá usted evitar sentirse como un vikingo más.

—Por... ¿por qué? ¿Quién le contrató? Le puedo pagar el doble, el triple. Lo que sea para que revierta esto.

—Haga el favor de no ofendernos, señor Piqué. Apreciamos el dinero, por supuesto, pero más aún el respeto que sentimos por nuestros clientes una vez que han contratado nuestros servicios y firmado con nosotros. Me temo que el proceso es ya irreversible. Aunque quisiéramos, no podemos volver a tocar y modificar los recuerdos que ya hemos transformado. Buena suerte con la segunda parte. Relájese e intente disfrutar. El deporte es algo bonito y, al fin y al cabo, es sólo deporte. Olvídese de las rivalidades y tómeselo como una broma sana. Además, tengo entendido que su segundo apellido es signo inequívoco de madridismo —dijo aquel hombre dejándolo sólo al volver a la puerta junto al espejo.

Piqué miró a los programadores.

—Escuchadme, os pago lo que sea si me sacáis de aquí o no me hacéis vivir lo que ha dicho el jefe…

Uno de los programadores se dio la vuelta y a Piqué casi le da un infarto. Tenía una cabeza gigantesca, inhumana. Tardó unos segundos en darse cuenta de que era una de estas máscaras que cubrían la testa entera propia de algunos carnavales. Y luego tardó un segundo más en darse cuenta de que era una versión cabezona de Álvaro Arbeloa. El segundo se dio la vuelta también para descubrir una cabeza gigante de Sergio Ramos. Finalmente, el tercero también se giró para mostrar un cabezón de Cristiano Ronaldo. Los tres le miraban fijamente sonriendo, como riéndose de él.

—¡NO! ¡NO! ¡NOOOOOO! —gritó Piqué desesperado.

—¡SIIIIIUUUUUUUUUUUUUU! —le respondió el cabezón de Cristiano Ronaldo.

Miró a la figura encapuchada, que ya se estaba dando la vuelta para enfilar la puerta junto al espejo.

—Ayúdame, por favor. — Le dijo con ojos suplicantes. —¿Por qué? Seas quien seas y te haya hecho lo que te haya hecho, ¿de verdad crees que merezco esta venganza?

La figura abrió la puerta y antes de cerrarla susurró una sola palabra que Piqué alcanzó a escuchar separada en dos:

Claramente.

En un bar lleno de madridistas, Piqué disfrutaba como un niño en una piscina de bolas al ver cómo el equipo blanco iba perdiendo también la vuelta por 1-0 y, por como estaban jugando, no parecía que fuera posible una remontada. Un señor de elevada edad, elevadísima en opinión de Piqué, tanta que quizá ver un partido de tanta tensión no fuera lo más adecuado para su salud, le puso una mano en el hombro y le dijo:

—Tranquilo, muchacho, sólo necesitamos marcar uno.  

Piqué le miró como si estuviera loco pensando: “en realidad necesitáis dos para ir a la prórroga, zopenco”, pero se limitó a decir:

—Ehm, sí, sí.

Y llegó ese gol. Benzema presionó a Donnarumma (cometiendo una falta que clamaba al cielo, según Piqué), la jugada continuó y el francés acabó rematando el pase de la muerte que le regaló Vinicius.  

Piqué se estaba levantando para protestar la falta de Benzema, pero, sin saber cómo, se encontró abrazado a varias personas celebrando el gol del empate.  

—¡Uno sólo! —le decía el ancianito de antes, eufórico.

Casi le daban ganas de decirle a ese viejo que todavía seguían perdiendo la eliminatoria cuando siguió viendo el encuentro y entendió lo que quería decir aquel hombre. El partido había cambiado drásticamente: el Madrid había pasado de ser un saco de boxeo a ser una máquina apisonadora que no paraba de atacar y buscar el gol encomiablemente. Los jugadores del PSG se miraban asustadizos entre ellos, sin entender qué estaba pasando. Y todo eso por un simple gol. El segundo no se hizo esperar. Con medio equipo del PSG en el área, Modric encontró un pase brillante entre 4 hombres y Karim remató otra vez a la red. De nuevo, el cuerpo de Piqué no obedecía a su mente, o al menos a la parte culé de su mente, y celebró exultante el gol del empate. Había que reconocer la genialidad de Luka, en honor al fútbol. Ese pase sólo lo podía hacer un maestro.

Modric exterior Chelsea

Gerard seguía sin entender a la gente a su alrededor. Celebraban el segundo como si fuera el de la remontada. Quedaba mucho partido aún y el PSG tenía a Messi, Neymar y Mbappé. En cualquier contra, les podían matar aún. Sin embargo, nada más sacar de centro, Rodrygo robó el balón, lanzó a Vinicius al espacio y Benzema certificó una remontada que Piqué celebró como un madridista más. La parte culé de su ser, cada vez más honda, reflexionaba acerca de la afición madridista. Pensó con admiración en su capacidad para vislumbrar la victoria antes de que llegaran los goles o incluso el buen juego. Era increíble lo seguros que estaban de que un gol bastaba para remontar. No era la concepción del fútbol que siempre había tenido Piqué, pero era interesante vivenciar otra perspectiva.

El Madrid, tras ganar la ida con un partido en Stanford Bridge, estaba haciendo un partido de vuelta paupérrimo en el Bernabéu. El partido iba 0-3 y el lenguaje gestual de los jugadores no podía ser más negativo. Alicaídos, cabizbajos. Era imposible pensar que el Madrid podía levantar aquello. Miró a la grada de su lateral y vio que celebraban algo. Iba a entrar Marcelo.

“¿Qué celebra esta gente? Si Marcelo lleva un año horrible. Es un coladero. Van a conseguir acabar 0-6…” —pensó Piqué—. “Es como si no entendieran nada de fútbol. Necesitan remontar y tienen en el campo a leyendas acabadas como Kroos, Modric o Marcelo, técnicamente excepcionales pero que físicamente ya no están para estos partidos. Si estuviéramos en el Camp Nou, este cambio no sería bien recibido…”.

Sin embargo, el público no se amilanaba y, quizá por eso, quizá por el capricho de la divina providencia, lo primero que vio hacer a Marcelo fue recuperar un balón, dárselo a Modric y que este diera la mejor asistencia de la historia de la competición. Y el estadio entero rugió como un león a punto de devorar a su presa.  

“Esto va contra toda lógica, no tiene ningún sentido” —pensaba Piqué mientras se abrazaba a todo el mundo.

De anticipar que la banda de Marcelo iba a ser una autopista a que no sólo el Madrid apenas volviera a sufrir por ese lado, sino que además también llegó su segundo gol por dicha banda para certificar la remontada. Camavinga recuperó, Vinicius la puso y Karim cabeceó a la red para delirio de una grada en la que Piqué no podía ni respirar entre tanto abrazo.

“Tiene que ser brujería. No tiene sentido, se mire como se mire. Pero, además, ¿por qué parece como si todo el mundo ya contara con ello? ¿Como si toda esta locura fuera algo no sólo normal para ellos sino incluso lo esperable? Quizá no lo supieran, quizá sólo se dejaran llevar…”.

De nuevo se encontraba en un bar lleno de madridistas en el que se mascaba la tensión en el ambiente. El partido seguía 0-0 y el Madrid necesitaba un gol para forzar la prórroga contra el Manchester City. Un gol que no llegaba. No sería porque no animara aquella gente. Parecía como si estuvieran en el mismo campo. Celebraban cada recuperación de balón, cantaban cada ocasión, animaban como si supieran que los jugadores podían oírlos. Se solía hablar mal de la afición del Madrid, como si fuera una afición fría, pero en ese momento sintió una profunda admiración por ese tipo de comunión entre club y afición. Ni siquiera el gol de Mahrez, con todo lo que implicaba, enfrió del todo los ánimos. El Madrid ahora necesitaba dos goles y, echado hacia delante como estaba, dejaba huecos atrás que el City aprovechaba. Miró con sorpresa cómo se celebraban como si fueran goles los mano a mano que falló Grealish amén de los pies de Courtois y Mendy. Miró el reloj del marcador. Era encomiable que aquella gente siguiera animando, pero necesitaban dos goles, apenas si quedaba el descuento y, de hecho, parecía más probable el gol del City que los del Madrid. No había terminado aquella reflexión cuando Benzema se estiró lo indecible para dejar un balón en el área chica que aprovechó un Rodrygo surgido de la mismísima nada para empatar el partido y reventar el globo terráqueo. Jamás en su vida había presenciado una explosión de alegría hasta que, unos segundos después, se escuchó en la televisión: “tiempo añadido: 6 minutos”. Un terremoto recorrió el bar entero y probablemente la ciudad de arriba abajo.

“Están todos locos” —pensó Pique, que ya empezaba a comprender—. “Están locos y van a ganar este partido. En este momento son absolutamente imparables.” Miraba a los jugadores del City y los veía como enanos jugando contra gigantes. Hasta sus sombras parecían más pequeñas. No le pilló por sorpresa que un minuto más tarde volviera a vivir la mayor explosión de alegría que había visto por tercera vez en una noche, a la que acabó rindiéndose en cuerpo y alma, aceptando esa realidad que alguien, curiosamente no recordaba quién, una vez plasmó en una frase: todo el mundo es madridista, lo que ocurre es que algunos aún no lo saben.

Piqué gol Rodrygo City

Celebró como un loco el penalti que dio el tercer gol al Madrid mientras ya ni siquiera se preguntaba cómo el Madrid podía estar resistiendo los embistes del mejor equipo atacante de Europa con Benzema, Vinicius, Kroos, Modric, Casemiro, Alaba y Militao mirando el partido desde el banquillo. Veía a Vallejo ganar duelos a los atacantes del City y le parecía lo más natural del mundo. Veía al Madrid sostenerle el pulso al City con Nacho, Vallejo, Lucas, Ceballos, Asensio y compañía y sonreía ante la inocencia de un City que no sabía que no podía ganar aquel encuentro por más que la lógica dijera lo contrario. No habían comprendido absolutamente nada de la inevitabilidad del Real Madrid.

Gerard se preparó para el último viaje: la final contra el Liverpool. Ya había desechado todos aquellos viejos estigmas que le habían impedido disfrutar verdaderamente del fútbol, de cualquier fútbol, durante tantísimos años. No sentía la necesidad de anticipar ni desear nada porque ya contaba con una certeza absoluta: iba a ser una final que nunca iba a poder olvidar.

 

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Buenos días, amigos. El Real Madrid, desafiando los malos augurios (incluidos los nuestros) que traían consigo las múltiples bajas, especialmente las dos últimas (Camavinga y Vinicius) propiciadas por el parón, se impuso al Cádiz a domicilio, de manera contundente (0-3) y con Rodrygo en modo estelar.

Portada Marca

“Rodrygolazos”, titula Marca. El titular es acertado aunque el juego de palabras ya esté un poco visto. El partido que se marcó el jugador brasileño fue de fábula, con dos rodrygoles de bellísima factura en cocción y definición, a los que hay que sumar una asistencia a Bellingham en el tercero. El inglés “reafirmó su idilio con el gol”, como bien dice Marca. Lleva catorce esta temporada, número de resonancias míticas que no obstante no nos harán desear que se quede ahí. A Jude se le vio aún un poco mermado por el problema en su hombro. Se nota que no juega con confort, lo que no le impide demostrar su calidad. Ojalá esa incómoda lesión de hombro pueda estar pronto del todo olvidada.

Pero el gran protagonista fue, en efecto, Rodrygo Goes. El vinagrismo —corriente en la que se engloban tanto parte de la prensa como un sector recalcitrante del madridismo en redes— llevaba una temporada muy pesado, y las últimas actuaciones de Rodrygo les han desautorizado. En particular la de ayer. Nunca decayó en exceso el nivel de juego de Rodrygo, aunque sí pasó por una sequía goleadora que ahora está solventando a punta de dobletes. Las acusaciones contra él, incluido un asqueroso bullying racista tras el Brasil-Argentina, habían sido excesivas y ridículas.

A callar, amiguitos. Entrando fundamentalmente por la izquierda, fue una pesadilla constante, con su arte de cirujano abstemio. Rodrygo juega muy bien por cualquiera de los dos costados y con una referencia fija arriba, papel que en ocasiones desempeña Joselu. Ayer se desenvolvió de maravilla por la izquierda, fabricándose sus propios espacios allá donde no existían y siendo implacable en el disparo. Rodrygo, sencillamente, es uno de los mejores delanteros del planeta. Juega en el Real Madrid, para desgracia de tantos y tantos.

Portada As

No acierta As en su titular, “Héroe por accidente”. Se refiere a que Rodrygo fue titular por una indisposición de última hora de Brahim, y que ese accidente acabó en exhibición. Pero es un titular que suena a que As hace de menos a la colosal actuación del delantero. Involuntariamente, suponemos. “Héroe por accidente” es una estimable película de Stephen Frears, con Dustin Hoffman, Andy García y la muy atractiva Geena Davis. El hecho es que Rodrygo es el héroe menos accidental que se nos ocurre. Su historia en el Madrid ya es una historia de triunfo, y las bases del triunfo son cualquier cosa menos casuales, con una cabeza bien amueblada al mando para sacar todo el partido a un espectacular talento natural.

Por lo demás, el Madrid jugó bastante bien, en particular al comienzo del segundo tiempo, con largas posesiones que burlaban la buena presión del Cádiz a punta de pura técnica y gran primer toque. Fueron los minutos en los que Modric (que no sea nada su lesión, por favor) chutó al palo, y Joselu decidió no empujarla a gol, con todo a favor, por si estaba en fuera de juego. Una decisión incomprensible hasta para él, que afortunadamente quedó en nada con el segundo golazo de Rodrygo.

“Lunin vuelve a lucirse”, dice As en su letra pequeña. Tampoco es que ayer tuviera muchas oportunidades para hacerlo, pero el ucraniano está ofreciendo mucha seguridad bajo los palos. No se entiende muy bien que Ancelotti anunciase en rueda de prensa la titularidad de Kepa una vez el vasco se recupere. Salvo desmotivar a Lunin, no comprendemos qué réditos puede traer consigo un anuncio de ese tipo. Las buenas actuaciones de Lunin tenían la ventaja, precisamente, de dibujar una sanísima competencia bajo los palos. Desbaratar dicha competencia, nombrando un titular indiscutible por encima del otro de manera pública, no parece muy juicioso.

Portada Sport Portada Mundo Deportivo

La prensa catalana se dedica fundamentalmente a llorar a Terry Venables, fallecido ayer a los ochenta años. Poco podemos comentar, salvo unirnos al pésame a su familia y seres queridos. Como entrenador culé, Venables fue un oponente respetable y respetado, que hizo jugar muy bien a aquel Barcelona con Schuster como estrella, aunque luego perdieran lastimosamente aquella final en Sevilla.

Descanse en paz.

Pasad un buen día.

¡Queremos la avioneta del Everton!

 

Imagino que la alquilarán. Y si no, la compramos. Una cuestación tipo el Domund. Se lo he sugerido a varios amigos y el que menos dice que pone 50 pavos. Sí, sí. Lo mejor de la semana fue la avioneta del Everton que sobrevoló el estadio del City. Humor inglés. Fino. Debió ir Mr. Bean al mando del aparato. El gran Rowan Atkinson. 68 años y tres hijos, la pequeña de cuatro. Un tío divertido. En todo.

Ya saben. Al otro equipo de Liverpool le ha sancionado la Premier con diez puntos por unas prácticas muy comunes allí: líos con los dineros y similares. Están el Té de las Cinco y las trampas en el fútbol. He hablado con gentes evertonianas y lo definen en tres palabras y muy a la española: nos han pillao.

No ponen pegas, sí a que el City, con 115 cargos por cosas parecidas —115 les conté el otro día y no tengo noticia de que sean ya 116 o así— no les haya caído el peso de la Ley. Y de la Vergüenza. Y de ahí la avioneta denunciando la cosa. Desde la de Nivea en nuestras costas no se ha visto cosa igual.

Avioneta Everton

Guardiola, torero, ha comentado que es más fácil que siga al frente del equipo si le bajan a Tercera que si vuelven a ganar la Champions. Parecido hicieron Del Piero, Buffon, Nedved, Trezeguet y Camoranesi cuando a Segunda mandaron en Italia a la Juventus. Y le quitaron títulos de Liga por aquella coña del ‘calciopoli’. Una negreirada, por hacérselo corto. Cosas.

La avioneta. Gran gag mientras aquí volvía la Liga. El Madrid tomaba Cádiz con Rodrygo desatado, el Atleti ganaba al Mallorca y el Barça empataba en Vallecas. Meritorio resultado culé pues no debemos olvidar que el Madrid, que entero es el mejor de todos, también hizo tablas con el Rayo.

Queremos la avioneta del Everton. ¿Para? Se acaba el año Negreira y hay que celebrarlo

Hoy, Girona-Athletic. Si el pequeño de los Williams quiere jugar en el Bernabéu debería espabilar esta noche. El fútbol, pendiente del Montilivi Arena. Si gana, el local mantendrá el liderato con dos puntos más que el Madrid y seis que el Barça. Lo de Rodrygo tuvo su miga, por cierto. No iba a jugar y sí Brahim, pero le dio un tripisí en el mismo estadio y fue baja. El brasileño, que volvió con una rodilla tumefacta de su experiencia con los argentinos, debió salir y vaya que si salió. Dos golazos y el último pase a Bellingham que sigue a lo suyo. Le vi prudente a Jude, natural con lo del hombro, pero metería gol incluso jugando descalzo. Debutó Gonzalo: habrá más.

Rodrygo

Y bueno que me pierdo. Que queremos la avioneta del Everton les decía y me he ido liando. ¿Para? Se acaba el año Negreira y hay que celebrarlo. El 15 de febrero pasado confirmamos su existencia. Que aquí pasaba algo lo sospechábamos. Se confirmó. La avioneta y un lema por decidir. Imposible competir con Me Gusta la Fruta, estoy abierto a sugerencias pero podría copiarse.

Eso sí: sobrevolaría el Bernabéu, Valdebebas, el Wizink, allá donde juegue el Madrid. No por donde están pensando, Montjuïc, Las Rozas… Sería una invitación al apedreamiento. Y tampoco es eso. Si se alquila hay que devolverla como Dios manda. Si se compra, jo, la de veces que la utilizaremos. ¡Será por mensajes!

 

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Arbitró Guillermo Cuadra Fernández del comité balear. En el VAR estuvo Díaz de Mera Escuderos.

Cuadra es uno de esos árbitros de Primera División que no sabe por dónde le viene en el aire ni estando en el epicentro de un huracán. Es un espanto verlo con el silbato. Es complicado dar tanta vergüenza ajena cada día que se viste de corto. Afortunado, eso sí, para ganar tanto dinero haciéndolo. Luego, sale su jefe en rueda de prensa para darse golpes en el pecho y decir que son todos la rehostia. ¿Autocrítica? Es un interior armenio.

El listón que puso en la primera mitad fue deplorable. Acertó en la amarilla a Valverde en el 3' por golpear en la cara a Alcaraz, pero no en la tarjeta posterior a Mendy en el 32' por derribo a Zaldúa ni mucho menos en librar de cartulina a Ledesma por llegar tarde ante Bellingham en el 46'. Los cadistas reclamaron, además, un penalti por mano de Rüdiger en el 31' cuando tenía el brazo pegado al pecho.

El inicio del segundo tiempo continuó siendo esperpéntico tras olvidarse de nuevo de la amarilla en un agarrón alevoso de Zaldúa sobre Rodrygo en el 48'. De las sucesivas faltas de Alcaraz sin amonestación ni hablemos. En la última media hora comenzó a desenfundar siendo tarjeteados Alejo, Alex y Javi Hernández en las filas locales y Rüdiger en el cuadro blanco. Para colmar su horrible actuación, Cuadra Fernández obvió un penalti de Ocampo sobre Lucas al que sujetó y derribó en el pico del área en el minuto 85'.

Cuadra Fernández, HORRIBLE.

Lunin: 7. Estuvo impecable cuando se le requirió.

Carvajal: 6. Cumplió perfectamente.

Rüdiger: 7. Sigue a gran nivel.

Nacho: 7. Siempre atento.

Mendy: 5,5. De menos a más. Mejoró en la segunda mitad.

Kroos: 6. Sufrió mucho en la primera parte y mejoró en la segunda.

Valverde: 7. Un pulmón para el equipo. Jugó más retrasado y centrado.

Modric: 5,5. Le costó mucho la primera parte, pero mejoró en la segunda.

Bellingham: 8. Fue creciendo con el paso del partido y acabó teniendo su gol.

Rodrygo: 10. Dos goles y una asistencia. No se puede jugar mejor.

Joselu: 4. La verdad es que no tuvo su día.

Ceballos: 6. Es bueno que se reincorpore a la rotación.

Lucas: 5. No estuvo demasiado fino, pero ya no había nada en juego.

Gonzalo: 5. Algo tímido.

Fran: sin tiempo relevante.

Nico Paz: sin tiempo relevante.

Ancelotti: 6,5. Le costó al equipo el primer tiempo, pero el segundo fue muy bueno y la gestión de los cambios bastante adecuada.

 

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El Madrid tenía un partido trampa en Cádiz y lo resolvió goleando con solvencia.

Ancelotti estaba obligado a arriesgar con varios jugadores que llegaban algo tocados. Bellingham jugaría con dolor y Rodrygo por un Brahim que estaba en la alineación titular, pero un problema estomacal sacó de la convocatoria en el último momento.

El resto era lo que había. Descanso lógico para Alaba y a jugar todos los demás. También un Valverde que está acumulando muchos minutos.

El comienzo del partido dejó a un Cádiz valiente buscando la portería blanca y dejando espacios para la contra. No estuvieron afortunados Bellingham y Rodrygo en dos ocasiones que prometían. El Cádiz inquietaba y dispuso de un par de remates peligrosos.

No tenía buena pinta el partido, pero de repente Rodrygo agarró el balón en el minuto 13, hizo su diagonal y clavó el disparo en la portería por la escuadra. Un golazo de bandera. Cuando te falta mucha pólvora, adelantarse es fundamental, aunque el Cádiz no se rindió y respondió con una ataque peligroso de inmediato.

Rodrygo

Al Madrid le costaba robar balones. Kroos y Modric sufrían físicamente y tampoco estaban demasiado precisos. En el 39’ Lunin hizo una gran parada a disparo de Roger. En el minuto 43 una genialidad de Modric habilitó a Rodrygo. El brasileño dribló, pero Chut le quitó el balón in extremis. El rechace lo recogió Kroos, pero un jugador cadista evitó el gol. Al descanso se llegó con una ocasión para Roger, pero su disparo se marchó alto.

En el minuto 53 ocurrió algo inexplicable. Bellingham hizo una gran jugada y asistió a Rodrygo. El brasileño remató muy flojo fuera y cuando Joselu la podía empujar no lo hizo por temor a estar en fuera de juego. El Madrid había salido bien tras el descanso, pero había perdonado la sentencia de una manera absurda.

Rodrygo ha firmado una exhibición. Ha sido el jugador diferencial del partido

En el 62’, Modric sacó un disparo muy seco que pegó en el palo. El contraataque del Cádiz fue abortado por Nacho y Rudiger, que dieron lugar a la contra del Madrid. Rodrygo lo cocinó y se lo comió marcando un gran segundo gol tras driblar a varios jugadores locales.

No convenía relajarse y el Cádiz avisó con una gran ocasión. Modric cojeaba y se tuvo que retirar del campo. Le sustituyó Ceballos. Rodrygo estaba firmando una exhibición, era el jugador diferencial sobre el campo. A punto estuvo de hacer el tercero tras una jugada individual que tuvieron que cortar con falta.

En el minuto 73, Rodrygo hizo un jugadón impresionante y cedió el balón a Bellingham que marcó con la zurda el tercero.

Jude Bellingham

En el 77’, Bellingham y Rodrygo se retiraron del campo para dar paso a Gonzalo y Lucas. En el 81’, Gonzalo pudo marcar, pero su disparo fue muy tímido. En el minuto 85, Joselu definió mal una gran ocasión para hacer el cuarto. En el 87’, Nico Paz entró por Valverde. También se retiró Carvajal para que se incorporase Fran. Ya no ocurrió nada relevante más.

 

Getty Images.

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