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92-85: A una hebra de la gloria

92-85: A una hebra de la gloria

Escrito por: Pablo Rivas25 mayo, 2026
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Hay una postura perfectamente racional -y en apariencia irrebatible- que sostiene que no hay que buscar verdades poéticas en el deporte, y que un número indeterminado de hombres pugnando por una pelota no deberían elevarse jamás a categoría simbólica de nada. A priori, cuesta discutirlo. Aunque también es cierto que la mayoría de la gente que sostiene esto no conoce al Real Madrid.

Porque cuando, en un ambiente hostil, con el equipo mermado hasta extremos casi grotescos y tras aguantar durante cuarenta minutos una combinación sádica de gota china y bota malaya, el Olympiacos  afrontaba los últimos instantes con un 88-80 favorable, nadie podía imaginar que el Madrid todavía iba a obtener un tiro para forzar la prórroga a falta de quince segundos. Nadie que no fuese el propio Madrid.

Uno siente incluso un leve rubor al escribirlo, temeroso de deslizarse hacia el exceso o la caricatura, pero hay ocasiones en las que el madridismo parece desbordar su propia naturaleza de afición deportiva para convertirse en otra cosa. El término apropiado para definirlo no lo acabo de encontrar: una creencia, una doctrina, un dogma, una convicción... Desde luego, no en el sentido impostado y prefabricado con el que las marcas deportivas o los manuales de autoayuda intentan vendernos superación personal con eslóganes vacíos y zapatillas fluorescentes. Lo del Madrid consiste en asumir, con una pureza que a los adultos nos resulta sospechosa por carecer del cinismo que empapa nuestras vidas, que todo es posible. Pasan los años y nadie consigue desmentirlo: la fe madridista tiene algo de sobrenatural, hasta el punto de que ha acabado impregnando más al antimadridismo que al propio madridismo. De ahí que muchos rivales no vean ya los partidos: los vigilan. Intentan escudriñar aristas, reales o no, para manchar el relato antes de que ocurra la desgracia de casi siempre. Viven asustados, incluso resignados, ante una anomalía estadística y, para ellos, moral.

Sin embargo, no es día para perderse en demasiadas filosofías, sino de volver a ratificar la naturaleza épica de este equipo, ya glosada en esta misma página en la batalla del viernes. Si aquella semifinal nos remitió a Aquiles y la Ilíada, la final constituyó una Odisea llena de Polifemos, Escilas y Caribdis, con un Ulises que, esta vez sí, murió antes de alcanzar la orilla. Esperemos que Nolan no se vea tentado también a la hora de darle un trágico toque al final de su publicitado rodaje.

Lo del Madrid consiste en asumir, con una pureza que a los adultos nos resulta sospechosa por carecer del cinismo que empapa nuestras vidas, que todo es posible

Scariolo había diseñado un plan de supervivencia para una circunstancia tan inaudita como la de afrontar una final europea sin pívots. Lo logró gracias un sistema de ayudas y colapsos defensivos destinado a sacar del encuentro a las dos grandes armas interiores griegas, Nikola Milutinov y Sasha Vezenkov, que funcionó durante muchísimos minutos. Cada recepción del Olympiacos encontraba varios manos blancas amenazando líneas de pase, los cambios defensivos se sucedían con precisión quirúrgica y la presión la comandaba un perro viejo llamado Facundo Campazzo, que mordía los tobillos de Walkup con una desesperación voraz.

El Madrid, además, comenzó acertado desde el triple, única vía realista de supervivencia toda vez que el rebote iba a pertenecer inevitablemente al Olympiacos. La falta de cincos ocasionó que no hubiera ningún rebote ofensivo blanco en toda la primera parte: si el balón no entraba, la posesión moría allí mismo para los merengues, lo que suponía una asimetría demasiado ventajosa para los del Pireo. No obstante, el 3-15 inicial provocó los primeros frotes de ojos en Atenas. El conjunto griego se apresuró a reaccionar aprovechando la segunda falta temprana de Campazzo, condenado al banquillo demasiado pronto.

Maledon, menos brillante que en la semifinal, trató de capear el temporal, aunque el fuego lo ponía la muñeca de seda de Lyles, encadenando triples con esa frialdad propia de los grandes jugadores. Andrés Feliz apareció para ofrecer oxígeno, y a lomos de su energía el Madrid seguía pareciendo un equipo muy superior a sus posibilidades materiales. La explicación estaba en la solidaridad y en la inteligencia competitiva, encarnadas sobre todo en un Mario Hezonja extraordinario. El croata, tantas veces tentado por el individualismo volcánico, entendió perfectamente qué requería el partido y eligió casi siempre la decisión correcta. Ayudó, corrigió, leyó ventajas y hasta contemporizó cuando fue imprescindible. Si Scariolo consigue consolidar definitivamente esa versión madura y luminosa de Hezonja, habrá entregado a la sección otro líder histórico.

En el segundo cuarto, Bartzokas agitó la rotación y el Olympiacos encontró en el despegue de Fournier el impulso necesario para igualar el encuentro. El Madrid volvió a arremangarse, con Deck, Okeke y el propio Lyles alternados en el rol de cinco improvisado y heroico. La marea griega subía y los blancos llegaron al descanso sin asideros: no se les concedió un solo tiro libre en toda la primera mitad. Sin embargo, el electrónico no transmitía sensación de desastre: 46-44, todos vivos y jadeantes.

Tras el descanso, el Olympiacos quiso romper definitivamente el encuentro. Apareció un McKissic bastante pasado de revoluciones que acabó protagonizando una acción bronca con Campazzo por los suelos. El Madrid no quiso distraerse con ningún arrecife de sirenas, respondiendo de inmediato con varias canastas y un triple majestuoso de Hezonja. Facu y Abalde, puntales defensivos en el perímetro, resistían con tres faltas y el tercer cuarto concluía con un inenarrable 61-65 a favor del Madrid. A esas alturas de la final, ya nadie se atrevía a conservar sus pronósticos.

Scariolo había diseñado un plan de supervivencia para una circunstancia tan inaudita como la de afrontar una final europea sin pívots. Lo logró gracias un sistema de ayudas y colapsos defensivos

Por desgracia, en el último acto el equipo blanco se atascó algo más en ataque. Quizá necesitó buscar alguna penetración adicional, si bien el Olympiacos exprimía sin pudor su ventaja física manteniendo continuamente centímetros y cuerpos grandes sobre la pista. Tras el 80-80, y con Lyles condicionado por cuatro faltas -descomunal su esfuerzo defensivo, tan poco habitual en él-, llegó la serie de catastróficas desdichas no escritas ni por Lemony Snicket ni por Homero, sino por Latisev, Radovic y Lotermoser: varias pérdidas, contactos no señalados, otros muy discutibles y un clima arbitral con aroma a otras épocas. Del 80-80 se pasó al 88-80; cualquier otro equipo habría aceptado la sentencia.

En ese instante, el Madrid volvió a recordarnos quién es. Dos robos absolutamente inexplicables de Lyles en dos saques de fondo y una demostración de astucia tirando a fallar -justo en el momento crucial apareció, por fin, el añorado rebote ofensivo- dejaron a Campazzo con un 88-85 y un tiro libre adicional. El argentino volvió a lanzar a errar, Lyles capturó el rebote y el balón llegó limpio a Andrés Feliz. Durante una fracción de segundo toda Europa contuvo la respiración. El triple habría sido el final perfecto para esta historia: puro cierre mitológico. Pero, aunque el madridismo consista en hacer posible lo imposible, alcanzar siquiera ese lanzamiento ya había constituido un prodigio concedido por capricho de los dioses. El balón escupió el aro y Grecia entera no respiró hasta muchos segundos después, cuando terminó el carrusel final de tiros libres y la bocina clausuró definitivamente la noche.

Llegados a este punto, invito al lector a que, lejos de dejarse llevar por la melancolía, aproveche para ratificar la elección del lugar desde el que quiere mirar la existencia. Si prefiere la visión resignada y cínica de quienes necesitan que el milagro fracase para sentirse cómodos en el mundo, o la de quienes creen, contra toda lógica, que la victoria va a llegar siempre, incluso de la manera más rocambolesca. Servidor tiene claro lo que desea para el deporte, que al fin y al cabo no es sino una mezcla de ficción y mito en la que, a veces, algunos equipos pueden reírse de las acusaciones de ingenuidad y son capaces de desmentir, por unas horas, la condición resignada del mundo real. Por encima de todos, uno que lleva décadas especializado en ello y que ya está pensando en el saque inicial del año que viene.

El telar blanco se destejió anoche cuando apenas le quedaba una hebra para completarse. Pero todos sabemos -también los antis, y para su desgracia quizá ellos más que nadie- que volveremos a coserlo. De manera que el regreso de estos héroes a la gloria, su Ítaca particular, solo se ha retrasado. Cuando el balón vuelva al aire la próxima temporada, allí estará el Madrid. Y nosotros, como siempre, con él.

 

Getty Images

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