Florentino mira Valdebebas y ve el futuro del Real Madrid. Riquelme mira Valdebebas y ve un club social. Es como si Miguel Ángel hubiera preguntado si con ese bloque de mármol de Carrara podía hacerse unas encimeras.
Este es el aroma que desprende la campaña electoral. Florentino —enfocado en el futuro— habla para adultos y su discurso gira en torno al bien global del Real Madrid. Riquelme —enfocado en recuperar el pasado— utiliza un lenguaje más simple y muchas de sus propuestas tienen un objetivo: satisfacer intereses particulares de un segmento del club, los socios, que son precisamente quienes eligen al presidente.
Hay un sector de los socios que lleva tiempo reivindicando una serie de cuestiones. Algunas son necesarias; otras, según para quién. En la vida, cuando uno tiene satisfechas las necesidades principales, empieza a preocuparse por las banales. El problema llega cuando se les concede la misma importancia.
Riquelme ha sabido capitalizar el descontento de un sector de los socios cuyas reivindicaciones tienen un cariz más privado que general. Es necesario demandar claridad en la lista de espera de abonos, es lícito reclamar mejoras en el acceso a entradas para socios no abonados, es imprescindible redoblar esfuerzos contra la reventa, pulir el sistema oficial de cesión de abonos o agilizar la atención al socio.
El populismo empieza cuando esas demandas legítimas se mezclan con promesas de beneficio privado: cuotas rebajadas, abonos sorteados, piscinas, cupos familiares, etc., y se presenta todo como si fuese el interés general de la entidad.
El Real Madrid no debe gobernar contra los socios, pero tampoco puede dedicarse a halagarlos en lugar de dedicar sus esfuerzos a buscar lo mejor para el porvenir del club.
Riquelme recaba pretensiones legítimas del socio, pero se columpia al pretender gestionar el Real Madrid como una asociación de amigos del pádel de Somosaguas.
Riquelme se columpia al pretender gestionar el Real Madrid como una asociación de amigos del pádel de Somosaguas
Usted pagará menos, usted tendrá más opciones de abono, usted disfrutará de las instalaciones, usted tendrá piscina, restaurante y hasta aparcamiento para niños para que nadie le perturbe el tardeo. El del candidato Enrique es un discurso cómodo, blandito, como el de los políticos que prometen subir prestaciones, aumentar servicios, construir hospitales, plantar árboles y solucionar los problemas más complejos de la manera más sencilla, gratis y sin explicar cómo, por supuesto.
Florentino está situado en otra escala. Mira el horizonte del club en términos de propiedad económica, patrimonio, valoración, protección jurídica, explotación de activos y capacidad competitiva. Son palabras menos sexys que piscina. También bastante más importantes.
Ningún niño pide para Reyes una fuente estable de ingresos para su familia, pide un cochecito. El cochecito hace ilusión, pero lo que de verdad le garantiza el futuro es lo primero. Riquelme quiere alcanzar la presidencia ofreciendo cochecitos de juguete a socios que hace años que conducen un BMW. Pero sabe que el ser humano decide con las tripas, no con la cabeza.
La propuesta de Florentino es más incómoda porque obliga a pensar y necesita de la capacidad del receptor del mensaje para ser entendida. La de Riquelme es dulzona y dirigida al socio anclado en la nostalgia de otro tiempo, el que piensa que la mayor entidad del mundo puede seguir gestionándose como una peña de las fiestas patronales a la vez que le exige máxima profesionalidad para ganar siempre.
Es complicado pasar de no poder pagar las nóminas a ganar Champions y ser reconocido como el club más rico del mundo, manteniendo a la vez una estructura pequeña y de trato cercano. Del mismo modo que para un núcleo poblacional no es sencillo pasar de diminuta localidad a gran ciudad manteniendo el trato familiar entre todos sus habitantes. No se puede soplar y sorber.
Riquelme sabe que tiene muy difícil hallar defectos relevantes en los cimientos y la estructura del edificio del Real Madrid, por eso basa sus críticas en el color de los toldos.
Hay un tipo de vecinos que con la adecuación del edificio a los tiempos actuales se queja de que ya no puede asar panceta al fuego en las zonas comunes. Otro grupo, de que no le permiten colocar piscinas portátiles en las terrazas porque no sé qué de media tonelada sobre una superficie de metro y medio cuadrado. Riquelme les pasa la mano por el lomo y les dice: «A usted le han quitado lo suyo, no le dejan hacer lo que quiere. Y yo he venido para devolvérselo y recuperar sus costumbres». El problema viene cuando se le pregunta cómo pretende compatibilizar todas esas reivindicaciones con la realidad. Ahí empieza a chirriar el columpio.
Florentino Mira el horizonte del club en términos de propiedad económica, patrimonio, valoración, protección jurídica, explotación de activos y capacidad competitiva. Son palabras menos sexys que piscina. También bastante más importantes
El socio del Real Madrid es depositario de una responsabilidad histórica: va a decidir quién gobernará el club más importante del mundo en la etapa más crucial de su historia para permanecer en lo más alto del fútbol y el baloncesto mundiales. En un entorno, además, totalmente diferente al de la época en la que el Bernabéu contaba con piscina. No se trata de despreciar al socio, todo lo contrario. Hablarle con sinceridad sobre los desafíos a los que se enfrenta el Madrid y apelar a su importancia para afrontarlos es tratarlo con el respeto que merece. En cambio, reducir su papel a un mero emisor de votos a cambio de satisfacer sus comodidades inmediatas es menospreciarlo.
La rebaja del 50% de la cuota hasta ganar la Champions es el ejemplo más evidente de este enfoque. Suena de maravilla. ¿Quién no quiere pagar menos? Si volvemos de los mundos de Yupi, hay dudas sin resolver: ¿cuánto dejaría de ingresar el club? ¿Con qué se compensaría la disminución de ingresos? ¿Por qué se vincula a ganar la Copa de Europa? ¿Qué clase de lógica institucional relaciona el precio de la cuota con la eficacia continental? Si el Madrid pierde la final en el descuento con tres postes, dos penaltis no pitados y cuatro lesionados, ¿al año siguiente habría más o menos descuento? Y si gana con gol ilegal ¿el socio podría reclamar su 50% al año siguiente?
La propuesta tiene gancho, sí, como los anzuelos. Y su propósito es el mismo: pescar.
El Real Madrid ha crecido cuando ha entendido antes que los demás hacia dónde iba el fútbol. Sucedió con la construcción del estadio, con la Copa de Europa, con Di Stéfano, con la ciudad deportiva, con la creación de una marca universal, con la transformación del Bernabéu. Siempre hubo quien criticó cada una de esas apuestas por ser demasiado arriesgadas, por no respetar los valores de siempre del Madrid.
El planteamiento de Florentino parte de una pregunta pertinente: cómo se blinda la institución para que siga compitiendo contra clubes-estado, fondos, instituciones con intereses económicos propios, etc. Riquelme parte de otra pregunta: cómo seducir al elector con promesas de rápido retorno emocional.
Por eso la metáfora de los columpios es tan eficaz. No porque una piscina sea indigna ni porque el socio merezca menos atención, sino porque revela la escala mental de cada proyecto. Donde uno ve patrimonio estratégico, otro ve servicios.
El Real Madrid está obligado a pensar diez años por delante, incluso cuando quienes eligen presidente quieren soluciones para dentro de cinco minutos.
Riquelme se columpia con su idea de Madrid. Pero Florentino ha de seguir explicando —de manera más pedagógica, si cabe— a parte del electorado que se está columpiando. Porque la gente tiende a pensar en sí misma y el presente antes que en el interés general y el futuro. Porque el socio, como cualquiera, puede confundir lo inmediato con lo importante. Porque el votante, a veces, se columpia.
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Algo me dice que si fuera al revés y Riquelme hablará de cambio societario y no Floper ésta columna sería muy distinta, como tantos y tantos escritos y comentarios donde se utiliza para na doble vara de medir.
Yo ya lo he dicho, no me parece tan grave un cambio societario si realmente no implica perder el control del club por parte de los socios ni ahora ni nunca y si se vota por todos los socios, no sé como sería elegido el presidente en éste caso, otra duda a resolver.