Hay un axioma indiscutible en el fútbol: Argentina es la selección más competitiva del planeta. Todo ello sin hablar de calidad, ni de talento, ni de tácticas.
El miércoles volvió a demostrarlo. Scaloni es ya un entrenador/seleccionador más que consolidado. Su triunfo en Catar 2022 ya le colocó para siempre en la élite mundial. Como primer técnico de la Albiceleste, ya ha superado a César Luis Menotti (1 Copa del Mundo conquistada en 1978) y acaba de igualar en palmarés a Carlos Bilardo (1 Copa del Mundo en 1986 y un segundo puesto en 1990).
Scaloni logró su título de entrenador en España, y, entre otros, uno de sus profesores fue el seleccionador de España, Luis de la Fuente. Sin duda aprendió mucho en aquellos meses de los tan laureados entrenadores españoles.
Sin saberlo al cien por cien, podemos afirmar que Lionel Scaloni leyó, al menos unos cuantos capítulos, del célebre manual de Sun Tzu, “El arte de la guerra”. El partido de semifinales ante Inglaterra da fe absoluta de ello.
Todo comenzó con una guerra de desgaste, de provocaciones, de fortaleza psicológica. Todo es discutible, los métodos que emplearon los suyos pueden parecer ignominiosos, más propios de una guerra, en la que todo vale. En el fútbol, no todo debería ser lícito, puesto que en teoría hay un reglamento que debe de ser acatado por ambos contendientes y respetado por el juez de la contienda. Pero da la impresión de que Argentina, en concreto, juega con reglas diferentes a las del reglamento FIFA, y que cuenta con una red salvadora en cada momento, pudiendo hacer -casi- lo que le viene en gana.
En ese sentido, Scaloni parece ser más bilardista – “al contrincante, písalo” – que menottista, más amante del arte este último, aunque bien es cierto que en el Mundial´78 contó con la red videlista, además de la aquiescencia de la FIFA. Scaloni antepone la madera a la varita mágica, y ya desde el minuto 3 el joven Anderson pudo comprobarlo en su propia nuca gracias a un duro pescozón propinado por Enzo Fernández.
Acto seguido, tangana y rodeo a los contrarios y al árbitro -dice los que ven la MLS que era el favorito de Messi, con el que nunca había perdido un solo partido, una especie de Clos Gómez para el Barcelona de Negreira –. Obviamente, cero consecuencias, y ni siquiera una reprimenda para el agresor.
A partir de ahí, hubo hasta 20 faltas en el primer tiempo, dos tercios de las cuales fueron hechas por los argentinos, y el balón apenas corría unos segundos entre infracciones, interrupciones y protestas varias. Scaloni lograba lo que quería: que no pasase absolutamente nada, mientras Paredes, Cuti Romero y Simeone Júnior repartían cera como si no hubiese un mañana y ante la pasividad absoluta del sospechoso referee.
Mientras tanto, la flema inglesa iba cayendo por el sumidero, ante tal pasividad arbitral y tantas provocaciones gesticulares por parte del equipo de Messi. A los madridistas, este escenario nos sonaba casi a rutinario, era como cualquier visita al estadio del Mallorca, o al Sadar o al Metropolitano (4 de los 11 argentinos titulares ayer habitan habitualmente en ese paradero). Tarascadas por doquier y sin fin, y la primera tarjeta amarilla para el equipo que quería practicar fútbol. Anderson fue amonestado antes que los Enzos, Giulianos y Nahueles de turno.
Inglaterra, poco después del descanso, logró adelantarse tras un buen servicio de Rogers culminado por Gordon. Para cualquier equipo del mundo, aquello debía de representar la gloria, y media puerta abierta para la final de Nueva York. Para el equipo de Tuchel, paradójicamente, empezó a ser su propia sentencia de muerte.
Según Sun Tzu, un ejército debe cambiar sus tácticas según evolucionan las circunstancias. Y no estancarse y empecinarse en el plan primario. Y justo después de encajar el gol, Scaloni cambió de esquema. Ya no se trataba de hacer pasar el tiempo y de desgastar física y psíquicamente al rival. El partido necesitaba otras cosas si no querías perder la batalla.
A los madridistas, este escenario nos sonaba casi a rutinario. era como cualquier visita al estadio del Mallorca, al Sadar o al Metropolitano. Tarascadas por doquier y sin fin, y la primera tarjeta amarilla para el equipo que quería practicar fútbol
Adelantó líneas. Hizo entrar a Nico González, un avión en las áreas para los balones colgados. Y, empujando a las huestes inglesas. Tuchel, que no ha debido leer a Sun Tzu, ni quizás ningún libro de interés en su vida, debió pensar que, como contra México y contra Noruega, sus pretorianos resistirían tranquilamente cualquier ataque enemigo durante poco más de media hora.
Argentina por fin comenzó a elaborar pases y fintas. Y pasó lo de los pájaros disparando a las escopetas. Argentina colgando balones al área, empleando la vieja forma de jugar de toda la vida de los ingleses. Córners y centros. Inglaterra elaboró menos de 10 pases en más de 20 minutos. Todo era sacar agua del buque y pelotazos de Pickford fuera de banda o a los pies de los centrales sudamericanos. “Ataca donde el enemigo no está preparado”, escribía Sun Tzu. También decía: “Muévete como un trueno, que golpea antes de que puedas tapar los oídos”.
Tuchel llegó a acumular seis defensas, de los cuales cuatro eran centrales, sacando a enormes torres como Konsa y como Burn, además de sus dos laterales. Y ninguno sabía lo que tenía que hacer. Veíamos achicar balones de su propia área a Kane y a Bellingham, como si fuesen centrales del Numancia de Lotina.
Sin elaborar ni una sola jugada coherente, se impuso la lógica, el talante, el talento y, sobre todo, el hambre por derrotar al rival. Inglaterra era un ejército cuyo general había perdido el norte y no sabía cómo defender lo que tanto había conquistado ganar en la primera hora de partido.
Todo el estadio, y los millones de telespectadores de todo el mundo, tras ver la lluvia de córners, de oportunidades, de tiros a los postes y de llegadas interminables, sabía que la resistencia desorganizada de los ingleses iba a acabar cayendo. El resto, ya lo saben. Un misil de Enzo y un cabezazo de Lautaro a pase - ¡con la derecha! - de Messi. Y la batalla terminó.
La reacción absurda y tardía de Tuchel, sacando dos delanteros a falta de cuatro minutos, fue totalmente estéril. Argentina ya ni tembló. Kane no disparó en todo el partido. Bellingham hizo el récord de kilómetros más inservible de la historia.
Scaloni se coronó como general y como estratega. Tuchel, como incompetente y carente de ideas. Pero todo ello, no lo olvidemos, con la inestimable connivencia del colegiado. Y es que, en una guerra, lo repetimos, todo vale, todo es lícito. Sobre todo, en las guerras modernas, exentas del romanticismo y de la caballerosidad de siglos pasados.
Pero eso no debería aplicarse a un deporte/espectáculo como el fútbol, y menos todavía en una semifinal de un torneo de máximo nivel, con todo el universo pendiente de un partido. Scaloni fue mucho más listo, más astuto, ganado también la pelea psicológica. Aplicando nuevamente la máxima de Sun Tzu: “Un ejército que comparte un mismo propósito y mantiene el espíritu intacto en los momentos de angustia es invencible.” Pero contó con ayudas, y no precisamente divinas ni caídas del cielo. La suma de tener al mejor general más la inestable ayuda arbitral fue letal para un equipo de calidad, muy mal liderado y, además, castigado por un juez que no fue imparcial.
Ya puede tomar nota de todo esto Luis de la Fuente, el que fue maestro de Scaloni. El discípulo también querrá desquiciar desde el primer minuto al equipo español.
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Fueron dos selecciones muy pardillas y con gran desconocimiento propio y del rival tanto Francia como Inglaterra en semifinales.