Olvídense de Rodri. Rodri no existe. O mejor dicho, lo de Rodri es una invención de esa cursilería infantiloide tan culé que asola nuestro fútbol, con el añadido de la inconfundible caspa que se adhiere a todo lo que pasa por ese club que ya no está a orillas del Manzanares pero sigue viviendo a orillas del Frente Atlético. Rodri, Gavi, Pedri. Nombres de niños antiguos, peinados con raya a un lado, flequillo lamido, jersey de ochos, pantalón corto, calcetines blancos y zapatos negros. Papel pintado en tonos ocres, crucifijo sobre la cama, ganchillo sobre la tele, alcanfor en el armario, mesa de formica y sofá de skay. El parte de Radio Nacional de España y los dos rombos, a la cama.
Llamar Rodri a Rodrigo Hernández es un intento de apropiárselo para la causa. De hacerlo uno de ellos. De usurparle su individualidad para sustituirla por su pertenencia a un colectivo. Casi como un producto más de la Masía, porque todo lo bueno que produce el fútbol español es directa o indirectamente manufactura de la Masía, aunque nunca haya puesto un pie en ella. El madridismo siente una repulsión natural, innata, hacia la idea de fichar a alguien con ese nombre. El Real Madrid es, siempre lo ha sido, un club de adultos, de hombres capaces de estar a la altura de su historia. Alguien llamado Rodri produce en el madridismo algo mucho peor que recelo: vergüenza ajena.
Por eso llamar Rodri a Rodrigo Hernández es una trampa. Quieren que no lo queramos. Lo infantilizan con el nombre, le restan grandeza so pretexto de dotarle de una cercanía -¿de una humiltat?- tan falsa como los informes de Negreira.
Rodrigo Hernández, sin embargo, jamás ha llevado ese Rodri a la espalda. A diferencia de los verdaderos productos de la estomagante y repolluda manufactura culé, Rodrigo siempre ha lucido un restallante “Rodrigo” sobre el dorsal. Rodrigo. Con sus tres sílabas y sus siete letras. Sin abreviaturas vergonzantes. Sin familiaridades impostadas. No es un detalle menor. Rodrigo Hernández nunca ha cedido a la tentación, jamás se ha prestado a amputar ese nombre adornado con la pátina de gestas legendarias. Rodrigo, con toda la historia de épica, grandeza y honor -polvo, sudor y hierro- que tal nombre encierra. Difícil encontrar un nombre con más claras resonancias madridistas en nuestra lengua.
Así que sí, olvídense de Rodri. El fichaje es Rodrigo. El mejor centrocampista del mundo antes de la lesión, y el mejor centrocampista del Mundial después de ella. El hombre que hace buenas todos las metáforas y lugares comunes con que normalmente se loa a los buenos reggistas: la brújula, el compás, el metrónomo, el mariscal de campo. Lo que ustedes quieran.
Los más puristas le afean la celebración del Balón de Oro y su burla de Vinícius, y lo elevan a categoría de pecado imperdonable. No seré yo quien defienda el proceder de Rodrigo en aquella ocasión. Fue un error, un error zafio; un rebuzno si quieren. ¿Pero de verdad eso le descalifica eternamente como madridista? ¿Repasamos las declaraciones de Figo cuando era jugador del Barcelona? ¿Quizás las de Schuster? ¿Estamos seguros de que no encontraríamos nada reprochable? ¿No correspondería, en su caso, al propio Vinícius decidir si aquello fue realmente tan imperdonable? No parece que fuera algo que no pudiera solucionarse con una breve charla entre los dos, si es que el gran Vinícius guarda a Rodrigo por aquello una fracción del rencor que muestran los guardianes de las esencias madridistas.
es el hombre que hace buenas todos las metáforas y lugares comunes con que normalmente se loa a los buenos reggistas: la brújula, el compás, el metrónomo, el mariscal de campo. Lo que ustedes quieran
Fuera de aquel desafortunado incidente, no se conoce de Rodrigo ninguna actuación particularmente reprobable. Ninguna declaración altisonante. Ninguna falta de respeto hacia el Real Madrid. Siempre ha sido un hombre discreto. No luce peinados extravagantes. No ha llenado su cuerpo de fealdad tatuada. No tiene pinta de patán, ni de gañán patibulario, ni de matón de tercera de un cártel del narcotráfico. No ha aparecido nunca vestido de lagarterana ni enfundado en un outfit grotesco, ni se le conoce querencia alguna por la falda-pantalón, los bolsones de Gucci, los tacones cercanos u otras mamarrachadas. Nunca ha mostrado costumbres estrafalarias, compañías torvas o novias recauchutadas.
Tampoco ofrece reproche alguno su comportamiento en el campo. Siempre cerebral, siempre calmado, siempre ajeno a polémicas. Echándose a la espalda el inmenso peso del Manchester City y de sus urgencias europeas. Liderando a la selección campeona de la Eurocopa y a la -por ahora- finalista del Mundial. Calmado. Cerebral. Jugando y haciendo jugar. Nada más. Y nada menos.
Sí, puede que ya tenga una edad. Sí, puede que su rodilla no sea como la de antes. Sí, puede que no le queden muchos años. Pero no hay un solo jugador en el mundo, hoy por hoy, que recuerde más a Kroos. A ese Kroos que el Real Madrid tanto ha echado en falta en los dos últimos años.
Así que olvídense de Rodri y olvídense de prejuicios absurdos. El fichaje es Rodrigo. Rodrigo ha nacido para jugar en el Real Madrid. No habría que chamartinizarlo porque ya vendría chamartinizado de casa. Sólo necesitaría sacudirse el polvo guardiolista y desprenderse de la casposa paja atlética. Nada que no pueda hacerse simplemente atravesando el umbral del vestuario madridista bajo la frase imperecedera de Di Stefano, y dejándose insuflar el hambre que transmite el escudo sobre el pecho.
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Si, pero cuanto costará? Si fuera como Dumfries vale, pero el city no lo va a dejar barato para un jugador de 30 años con lesión de rodilla
No siempre sale bien fichar a alguien que destaca en un mundial.
Si le fichamos, espero que no, se nos lesiona a los 2 días.