En esta vida hay clases y clases. Como el Madrid es universal y ha ganado más que nadie, es natural que tenga millones de aficionados en todas las partes del mundo, cada uno de su padre y de su madre. Por esa razón, puramente numérica, hay madridistas de todas clases, naturalmente. Hay madridistas guapos y madridistas feos; altos y bajos, gordos y flacos, listos y tontos. También hay madridistas con honra, cada vez menos, y madridistas sin dignidad, que son los que más abundan pues, en el género humano, como pasa con la mala yerba, lo malo se reproduce por esporas.
Los madridistas con honra se van quedando ya como el almirante Méndez Núñez en Cuba: sin barcos, es decir sin títulos ni reconocimiento en este mundo gobernado por el meme y la estupidez colectiva empantallada.
En esta vida, también, hay clases y hay clase. Esta última, como la suerte, se tiene o no se tiene. Es una cualidad un tanto etérea, algo que tiene que ver con el carácter. Con clase, se nace. O no. Se puede tener un palmarés único en el mundo y ser, al tiempo, un completo majadero. A diferencia de la honra, que es una virtud congénita, la gloria es, como bien sabían los antiguos, una ramera caprichosa. Elige a sus agraciados un tanto veleidosamente y al tuntún: funciona como la mente de un adolescente. Son las reglas viejas del mundo, ¿qué se le puede hacer?
Entre tantos madridismos posibles, innúmeros como las arenas del Ganges, están el de Arbeloa, por ejemplo, y el de Casillas
Son clases antagónicas de madridismo. Uno es el de quien cumple con su deber, por ingrato que sea y el otro, en fin…
El otro es puro quintacolumnismo, un delbosquismo revenido, el olor a armario con polillas que acecha siempre al Madrid en los interregnos y en las crisis. Un madridismo tacaño y mentiroso, raquítico, que nunca le sirve a nadie más que para encabronarse. Un madridismo que como el amigo que no da y como el cuchillo que no corta, si se pierde…
Arbeloa se hizo cargo, en enero, de un disparate sin remedio y durante unas semanas hizo que todos creyéramos posible que su equipo consiguiera algo grande
Hay pruebas que revelan la naturaleza de las personas. Arbeloa se hizo cargo, en enero, de un disparate sin remedio y durante unas semanas hizo que todos creyéramos posible que su equipo consiguiera algo grande.
Es decir Arbeloa, con su trazo del Greco, con su sobriedad castellana, y sobre todo con su amor incondicional al club, asumió una responsabilidad que no era suya y dio un paso al frente. Su madridismo viril y antiguo le hizo no quitar la cara aunque supiera, como lo sabíamos todos, que había grandes posibilidades de que se la terminaran partiendo. Al final, su impotencia ha servido para exponer a la vista de todo el mundo la inviabilidad de un sindiós. De pie ante el tren descarrilado ha parecido decirle a todo el mundo: «¿veis? Esto es lo que había».
Aquí me viene al pelo la palabra bizarro. En español, bizarro siempre había significado valor extremo, gallardía, hermosísimo concepto asociado al quijotismo que late en el fondo del madridismo tradicional.
Antes, en las guerras, daban medallas al valor temerario. Eran las condecoraciones a los locos, de los que están y estarán llenos siempre los cementerios. Pero son esos locos los que ganan las guerras. Arbeloa no ha ganado, desde luego, la guerra, pero ha sembrado una semilla quizá más moral que estrictamente deportiva. Estuvo donde tenía que estar e hizo lo que pudo, con lo que le dejaron: de él se puede decir mucho más que de otros que, más comprometidos en el fracaso estructural de la primera plantilla, se van de rositas. Como otros antes que Arbeloa, quizá se vaya por la puerta pequeña, por la que salen las cuadrillas. Sin embargo, su madridismo enraíza en el sustrato que hizo del Madrid el club más importante del mundo.
Es el madridismo de Capello, de Mourinho. Un madridismo que sirve, sobre el que se puede hacer algo, que pone ladrillos para que otro construya otra cosa. Es el amor incondicional por la camiseta blanca, del cual nace el orgullo. Y el orgullo es el viento que ha impulsado siempre de vuelta al Madrid, por lejos que lo hubiera llevado antes la tormenta.
Es el madridismo de Arbeloa es el de Capello, el de Mourinho. Un madridismo que sirve, sobre el que se puede hacer algo, que pone ladrillos para que otro construya otra cosa. Es el amor incondicional por la camiseta blanca, del cual nace el orgullo
Pero bizarro, por culpa del inglés, significa ahora, en el patois del siglo XXI, «extraño», «grotesco». Algo bizarro es una cosa que podría estar en un cuadro del Bosco o haber sido imaginada antes por Dante. El madridismo de Casillas hace honor, en este caso, al personaje. Es bizarro porque da lache, como dicen los gitanos. Puede que nadie, nunca, haya dilapidado como Casillas un patrimonio simbólico y cultural semejante: nadie pudo ser tanto y acabó siendo tan poco.
El extra de Piqué en el decorado de Temu en que se ha convertido el entorno de las viejas glorias del fútbol español no pudo evitar su cagadita de paloma en X, antaño Twitter, al confirmarse en La Cartuja la claudicación total del Madrid esta temporada. Él seguirá a lo suyo, a sus cosas en las redes, a cobrar quién sabe si de la Fundación y quizá a hacerle el caldo gordo a los enemigos de Florentino ahora que viene movido el año electoral.
Arbeloa no ha logrado enderezar el rumbo de un proyecto fallido, muerto probablemente en su mismísima concepción. Sin embargo, el espartano estuvo a un Camavinga de las semifinales de la Copa de Europa. No dejó su lugar en la brecha de la muralla, que era lo que Sócrates le pedía a un ciudadano virtuoso. Hizo, no dijo: el madridismo atemporal son obras y amores mucho antes que buenas razones. Deja los mejores minutos de fútbol que se le han visto al Madrid en dos años y un puñado de canteranos con la puerta abierta del futuro. No es mucho pero es algo. Desde luego, mejor que un like en Instagram.
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"Es bizarro porque da lache,como dicen los gitanos".
Mi madre, madrileña castiza, decía "que poca lacha" en el sentido literal de "que poca vergüenza tienen algunos".
Arbeloa tiene lacha para dar y repartir.
Otros, como el que usted cita en el artículo, no tienen ninguna lacha, y hacen anuncios con Piqué, haciendo gracietas con la manita.
Para parar la deriva por la que nos deslizamos, por favor, Floren, tráenos a MOU.
Saludos.
No se que pinta hablar mal de Casillas en este artículo. Yo creo q al Madrid le faltó algo más “que un Camavinga” para eliminar al Bayern. Me parece que Arbeloa ha hecho un gran servicio al club en un momento complicado. Ahora es necesario otro impulso y alguien capaz de convencer a los jugadores.