Supongo que el titular de este artículo no significará lo mismo para todo el mundo. Habrá quien lo lea y no le despierte absolutamente nada, quien viaje de inmediato a una de las etapas más intensas y agitadas del madridismo moderno y quien, simplemente, recuerde unos años que preferiría borrar de su memoria. Esa es precisamente la grandeza y, al mismo tiempo, la condena de un personaje como José Mourinho.
Es imposible que genere una sensación unánime. Con él nunca ha existido el término medio. Mourinho no entiende los grises, y tampoco permite que quienes le siguen o le critican se refugien en ellos. Con Mourinho siempre se ha sido de un bando o del otro, con una pasión desmedida que convierte cualquier debate sobre su figura en una batalla. Sé perfectamente que muchos de los que lean estas líneas sentirán rechazo. Incluso imagino que algunos dejarán de leer antes de llegar al final. Y, sinceramente, lo entiendo. Si yo hubiera vivido aquella época desde el lado contrario, probablemente también habría terminado odiando al entrenador portugués. No me cuesta reconocerlo.
El famoso lema de #JMTR, José Mourinho Tenía Razón, nació casi como una provocación, pero con el paso del tiempo muchos aficionados consideran que algunas de sus advertencias se han ido confirmando
Sin embargo, mi experiencia fue exactamente la opuesta. Para mí, ser de Mourinho era defender una forma de entender el fútbol y el madridismo que hoy echo de menos. Para muchos, Mourinho era polémica. Para otros, era ruido, enfrentamientos y ruedas de prensa incendiarias. Para mí era jerarquía. Era un entrenador que exigía un compromiso absoluto y que no aceptaba medias tintas. El que entrenaba mal sabía que iba a tener problemas. El que no daba el máximo entendía que, tarde o temprano, acabaría señalado. Y el que pensaba que el escudo del Real Madrid podía pesar menos que su propio nombre descubría rápidamente que con Mourinho eso no tenía cabida.
Muchos criticaron sus formas, pero pocas veces se detuvieron a analizar el fondo. Porque detrás de cada salida de tono había un mensaje muy claro: el Real Madrid tenía que volver a competir con el hambre de los grandes equipos. No bastaba con el talento. No era suficiente con la calidad individual. Había que recuperar el orgullo, el carácter y la sensación de que cada partido era una batalla. Yo siempre tuve la impresión de que Mourinho representaba la figura del entrenador dispuesto a proteger a los suyos por encima de cualquier cosa. Mientras otros preferían guardar silencio, él salía delante de los micrófonos para asumir el desgaste. Mientras muchos aceptaban determinadas situaciones como inevitables, él las denunciaba.
Y aquí aparece uno de los asuntos que más división sigue generando entre los aficionados. Durante años, Mourinho habló de un sistema que, según él, perjudicaba al Real Madrid. Se rieron de él, le llamaron paranoico y lo convirtieron en el villano perfecto para gran parte de la prensa deportiva. El tiempo ha traído consigo el llamado caso Negreira y una investigación que ha provocado que muchos vuelvan la vista atrás y recuerden aquellas denuncias. Cada uno tendrá su opinión sobre el alcance de los hechos, pero resulta evidente que muchas de las cosas que en su día parecían imposibles hoy forman parte del debate público.
Precisamente por eso me cuesta entender que haya madridistas que reciban una hipotética vuelta de Mourinho con enfado. No hablo de tener que compartir todas sus decisiones o justificar todos sus excesos. Sería absurdo. Mourinho también se equivocó y, seguramente, más de una vez confundió la intensidad con la confrontación permanente. Pero reducir su legado a eso me parece profundamente injusto. A José Mourinho nunca le gustaron los llamados topos del vestuario. Nunca soportó a quienes anteponían sus intereses personales a los del equipo. Tampoco aceptaba que un jugador se escondiera en los momentos difíciles, o que el capitán del equipo no defendiera a un compañero cuando las circunstancias lo exigían. Esa forma de actuar le costó conflictos con futbolistas importantes y provocó una fractura dentro del madridismo.
Mourinho habló de un sistema que, según él, perjudicaba al Real Madrid. Se rieron de él, le llamaron paranoico y lo convirtieron en el villano perfecto para gran parte de la prensa deportiva. El tiempo ha traído consigo el llamado caso Negreira
Había quienes entendían que estaba destruyendo el vestuario y quienes pensábamos que estaba limpiándolo. Y es aquí donde quiero dirigirme a quienes miran su figura con desconfianza. Antes de rechazarlo, dadle una oportunidad. Porque el madridismo nunca ha consistido únicamente en discursos elegantes o en repetir una serie de valores vacíos mientras los resultados se escapan. El Real Madrid es un club construido sobre la exigencia. Un lugar donde ganar no es un deseo, sino una obligación. Y, cuando esa obligación desaparece, cuando el conformismo empieza a instalarse, alguien tiene que recordar qué significa vestir esa camiseta. Si Mourinho señala a un futbolista en octubre porque no se está dejando la vida sobre el césped, mi opinión seguirá siendo la misma independientemente del nombre que lleve en la espalda. Duele más cuando se trata de un jugador al que admiras, pero la exigencia no puede depender de simpatías personales.
Durante demasiado tiempo, el madridismo ha contemplado actuaciones mediocres sin la reacción que una institución de esta magnitud merece. También creo que el madridismo debe dejar de sorprenderse por el tratamiento que Mourinho recibe en muchos medios de comunicación. No es casualidad que su figura genere tanta animadversión. Durante años fue un entrenador incómodo. No aceptaba determinadas preguntas, respondía con ironía a quienes buscaban crear conflictos y señalaba situaciones que otros preferían ignorar. Eso le convirtió en un personaje perfecto para ocupar portadas y alimentar debates interminables.
Pero el madridista debe tener criterio propio. No puede dejar que su opinión la construyan quienes llevan años marcando el relato según sus propios intereses. Si algo enseñó Mourinho fue precisamente eso, que el Real Madrid tenía que defenderse a sí mismo porque nadie iba a hacerlo por él. Tengo la sensación de que el club está entrando en una etapa decisiva. Una época en la que la necesidad de volver a conquistar títulos importantes será absoluta. El Real Madrid nunca debió perder esa hambre competitiva, pero el fútbol moderno castiga cualquier relajación. Las temporadas pasan muy deprisa y un club acostumbrado a llenar sus vitrinas no puede permitirse instalarse en la autocomplacencia. Por eso creo que la afición tiene una responsabilidad. Podemos seguir anclados en viejos enfrentamientos o entender que el objetivo está por encima de cualquier filia o fobia personal. Podemos discutir sobre las formas de Mourinho, sobre sus declaraciones o sobre determinadas decisiones que tomó en el pasado. Todo eso es legítimo. Lo que no deberíamos olvidar es que siempre actuó desde una convicción inquebrantable: el Real Madrid tenía que competir contra todos y rendirse ante nadie.
El famoso lema de #JMTR, José Mourinho Tenía Razón, nació casi como una provocación, pero con el paso del tiempo muchos aficionados consideran que algunas de sus advertencias se han ido confirmando. Tenía razón, dicen algunos, cuando denunciaba que existían intereses contrarios al Real Madrid. Tenía razón cuando aseguraba que había demasiado madridista disfrazado, más preocupado por quedar bien que por defender al club. Tenía razón cuando afirmaba que un jugador que no entrena como debe no puede tener privilegios. Y tenía razón cuando repetía que el madridismo consiste en morir sobre el campo y no en esconderse detrás de discursos grandilocuentes. Seguramente nunca habrá unanimidad alrededor de José Mourinho y, sinceramente, tampoco la necesita. Su figura siempre estará asociada al conflicto, a la intensidad y a una manera de vivir el fútbol que obliga a posicionarse. Pero quizá esa sea precisamente su mayor virtud. En una época en la que todo parece calculado para no molestar a nadie, Mourinho siempre eligió el riesgo de decir lo que pensaba.
Por eso, ahora que el destino vuelve a cruzar su camino con el del Real Madrid, yo solo puedo decir una cosa. Bienvenido a tu casa, José. Porque habrá quien recuerde las polémicas, quien no perdone determinados episodios y quien siga pensando que representa todo lo que no debe ser el fútbol. Yo, en cambio, seguiré viendo al entrenador que devolvió al madridismo el orgullo de plantar cara, el convencimiento de que nadie regala nada y la obligación de luchar hasta el último minuto. Y esas son cualidades que, para muchos, nunca debieron marcharse del Santiago Bernabéu.
Getty Images
















Por supuesto que José Mouninho tenía razón, lo han demostrado las facturas y los hechos. Mi pedrada es que el sabía cosas; no podemos olvidar que había trabajado en la cueva de Alí Babá antes de venir. No puedo afirmar que conociera lo que ocurría, pero estoy seguro de que lo sospechaba porque algo habría oído. Por otro lado, trataba a los periodistas exactamente como merecían, y eso es lo que no soportan ya que están acostumbrados a que les laman el c... y que nadie tenga duda que va a seguir tratando a cada uno según lo merezca. Seguro que cometió errores, pero "el que esté libre de pecado que tire la primera piedra".
Bienvenido de nuevo, Don José, buena suerte en su nueva etapa. No se lo van a poner fácil, tienen que hacer pagar a Don Florentino Pérez su reelección.
En todos los años de existencia de El Pais, JMouriño ha sido el único entrenador de fútbol.que ha merecido un editorial, criticandole, por supuesto.