Suena Here comes the sun. La voz de George Harrison es el sol más radiante del verano.
Here comes the sun, doo-d-doo-doo
Here comes the sun
And I say, "It's alright"
--Buenas noches, queridos amigos. Hoy, después de una temporada en la que hemos compartido risas y llantos, preocupaciones y alegrías, ha llegado el momento de que Madridistas en la noche se despida de vosotros. Tenemos que decirnos adiós. Solo durante unas semanas. El adiós en la radio no es más que un hasta luego. Volveremos pronto. Sin mis queridos oyentes, no soy nada. No soy nadie. Os habla Querubín Consuegra y escucháis… Madridistas…en la noche.
Little darling
It's been a long, cold, lonely winter
Little darling
It feels like years since it's been here
--Y qué mejor forma de despedir la temporada que hacerlo con un bombazo informativo. Después de numerosos contactos, reuniones, intermediarios, amenazas, y después de remover Roma con Santiago, lo hemos conseguido. Tenemos en nuestros estudios a un hombre que hasta ahora había permanecido en la sombra, en un discreto segundo plano. Alguien que ha venido para dar luz a la noche. Don Ricardo Negreira. Sobrino de José María Enríquez Negreira. Buenas noches, señor Negreira. Le agradezco enormemente que haya elegido nuestro programa para darse a conocer.
—Buenas noches, Querubín. Yo también le agradezco la oportunidad que me ofrece de defender la honorabilidad de mi tío.
—Millones de madridistas llevamos varios años pidiendo justicia y algún tipo de reparación: un descenso de categoría, la expulsión de las competiciones internacionales, la devolución de los títulos ganados… Estamos ansiosos por escuchar lo que tiene que decir.
—Precisamente por eso he venido a este espacio líder en la noche de la radio. Quiero que el madridismo conozca, de una vez por todas, la verdad. Busco que el buen nombre de mi tío no se siga manchando con falacias y acusaciones infundadas. El juicio que se está celebrando es una farsa. La única verdad se va a abrir paso esta noche.
—¿Y cuál es esa verdad?
—La verdad es que mi tío, José María Enríquez Negreira, nunca, jamás, influyó en un solo árbitro. Nada más alejado de su intención. Esos ocho millones y medio de euros tuvieron otro destino.
—¿Qué destino, señor Negreira?
—La rumba.
—¿La rumba?
—La rumba catalana. Al catalán lo que de verdad le gusta es la rumba, es una de nuestras mayores señas de identidad. Nuestro ADN está formado por cientos de hélices que bailan al ritmo de las palmas y la guitarra. Donde esté una buena rumba, que se quite la sardana.
—Perdóneme, señor Negreira, pero no acabo de ver la conexión. Y me temo que nuestros oyentes tampoco.
—Paciencia. Mi tío siempre fue un rumbero. A él lo que de verdad le gustaba, su verdadera afición, no era el arbitraje, era la música. Desde niño tocaba la guitarra en todas las reuniones familiares. Nos criamos con Peret, Los Amaya, Tío Paló, Rumba Tres, Chacho… La rumba catalana era nuestra religión.
--Una noche de verano, a principios de los ochenta, coincidió con Joan Gaspart en un concierto de Peret. Empezaron a hablar, descubrieron que compartían la misma pasión y formaron un grupo: “Los ventiladores del ritmo”. Un homenaje a la forma de tocar la guitarra de Antonio, el Pescaílla. Empezaron tocando disfrazados en pequeños garitos, con pelucas, bigotes postizos y patillas de pega. Con el tiempo se fueron sumando Laporta, Rosell y Bartomeu.
—¿Me está diciendo que Negreira, Gaspart, Laporta, Rosell y Bartomeu formaron un grupo de rumba?
—Exacto. Incluso grabaron varios casetes de forma clandestina: “El silbato del compás”, “Los presidentes” y “Trencilla, el hechicero”.
—¿Y se pueden conseguir todavía?
—Imposible, fueron ediciones exclusivas, muy limitadas. La mayoría habrán acabado sus días en trasteros o en el cubo de la basura. Se vendieron casi todos en gasolineras y clubes del alterne del Alt Empordà. Ahí se fue parte del dinero. Nunca recuperamos gastos.
—A ver, recapitulemos, señor Negreira. Centremos el tema. ¿Esos ocho millones y medio de euros se gastaron en grabar casetes de rumba?
—En eso… y en otras muchas cosas: camisas de lunares a medida, guitarras de alta gama, bongós, viajes de perfeccionamiento a Cuba, cursillos de palmas con el Tío Paló, un par de limusinas para desplazarnos y fiestas con los árbitros.
—¿Fiestas con los árbitros?
—Fiestas no. Fiestones. De tres o cuatro días. Más largos que una boda gitana. ¿O usted se piensa que íbamos a Santander, al chiringuito, solo para las pruebas de arbitraje? Mire, le voy a dar otra exclusiva: el famoso índice corrector, arteramente conocido como corruptor, se basaba en las habilidades de los árbitros para bailar rumba. Mi tío, que arbitrando era un santo, para lo de la rumba era muy estricto. No pasaba una. En el ambiente musical le llamaban Tarjetita. Yo he seguido con la tradición. En casa soy Negreirita. Toco la guitarra y canto. ¿Quiere que me marque una rumbita? He venido preparado.
(Abre una funda de guitarra, saca una botella de whisky, coloca dos vasos de tubo sobre la mesa y los llena hasta la mitad. Le ofrece uno a Querubín.)
—Hombre, no era esta la intención de la entrevista, pero ya que estamos.
(Querubín le da varios sorbos al whisky, Negreirita afina un par de cuerdas y se lo bebe de un trago. El sonido de la guitarra se cuela en millones de hogares…)
Es la rumba del colegiao,
colegiao,
la que no se toca sentao,
colegiao,
es la rumba del trencilla,
del trencilla,
la que te levanta de la silla,
de la silla,
Tra catatatatatatá
Tracatá
Tra catatatatatatá
Tracatá
(Querubín se sirve otro medio vaso).
—Oiga, pues muy bien, se me van los pies. ¿Le importa que me levante y baile un poquito?
—Baile, baile, Querubín. No se corte. Vamos allá:
No sé qué tiene tu silbato que me vuelve loco,
que me vuelve loco,
cuando lo tocas muy poquito a poco,
muy poquito a poco.
(Querubín coge la botella y bebe a morro. Da cuatro palmas desacompasadas y se ríe bobaliconamente).
Tarjeta roja,
tarjeta amarilla,
la senyera de Cataluña es la más bonita,
es la más bonita.
Caramba, carambita, carambirurí,
Caramba, carambita, carambirurá,
Tarjeta roja que me gusta a mí
tarjeta amarilla no es ni fu ni fa.
(Media hora de rumbas más tarde, Querubín rebusca en la funda de la guitarra, saca otra botella de whisky y llena, derramando la mitad del líquido en la mesa, los dos vasos. Se le cae uno al suelo y se hace añicos)
—La estoy gozando, Negreirita.
—Suéltate, Querubín, dale, dale. ¡Que viva la rumba!
Neutralidad, neutralidad,
la niña más guapa de mi portal.
Neutralidad, neutralidad,
cómo te mueves, reina,
por delante y por detrás.
(Querubín se despierta varias horas después, desnudo, abrazado a la guitarra. Negreirita ha desaparecido, igual que su cartera, el reloj y la ropa. Tiene la boca pastosa. Hay varias botellas de whisky por el suelo. Se levanta con dificultad, se tambalea y cae golpeándose contra la silla. Se vuelve a levantar, se sienta y coge el micrófono).
--Nos vemos la próximaaaa temporada. Os esperamos. Somossssssssssssss… Madridistas…en la noche.
Tra catatatatatatá
Tracatá
Tra catatatatatatá
Tracatá
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