Algo anda muy mal en mi interior: estoy de acuerdo en algo con Gonzalo Miró. Esto me lo debo hacer ver, preferentemente en la misma sesión psicoanalítica en la que confiese que, de la saga El Padrino, mi favorita es la tercera.
Miró ha hablado de Julián Álvarez y el culebrón del verano. Dice que es mentira que el Atleti le prometiera jamás que le dejaría irse al club cliente de Negreira, y que, caso de haberle asegurado que “al final de temporada hablamos” o que “le ayudarían”, en ningún caso cabía interpretar esa ayuda como “te dejaremos ir a un club que va a pagar por ti lo que ellos estimen oportuno, aunque esté lejos de lo que demandamos nosotros”.
Obvio que no, pero vivimos en los tiempos en que lo obvio es contraintuitivo si se parte de la base de que no existen ocasiones en la vida en que lo que toca es joderse y bailar, como decíamos de jóvenes. Todo hace indicar que Julián se encuentra ante una de esas ocasiones vitales que los nacidos en este siglo se niegan a aceptar. No son como nosotros, los viejos, que identificábamos la existencia de jalones existenciales en los que solo cabe la resignación. La resignación tiene su gracia, aunque se le escape a Julián. “Quien quiere lo que sucede, logra que suceda lo que quiere”, nos enseñó Unamuno. “Omnipotencia humana a través de la resignación”, remató.
A Unamuno le habría gustado jugar (y rematar) en el Athletic de Bilbao, que alineaba a su pariente Pichichi, pero nunca pudo, de igual modo que tiene pinta de que Julián no jugará en el Barça. Alguien tiene que decirle al chico que no pasa nada y que no es conveniente atrincherarse ni contra la realidad ni contra Florentino Pérez. El máximo mandatario madridista hizo una oferta de 150 millones por el delantero argentino, y al día siguiente puso luz y taquígrafos a la negativa del Atleti. El Atleti, a su vez, pertenece ahora a uno de los fondos de inversión más potentes del planeta (Apollo), entidad que por lo que sea no acepta el dar la espalda a ofertas suculentas en beneficio de otras claramente insuficientes, por mucho que el de la segunda oferta nos caiga mejor que el de la primera (aunque, llegados a este punto de tensión, parece que incluso eso está en entredicho, y que los simpatizantes rojiblancos están empezando a interiorizar quién es el verdadero “trampas” del balompié patrio).
Dicen que Julián tiene una depresión y, aunque hay razones para el escepticismo, quién es nadie para negarlo. Julián pertenece a una generación que confunde las aspiraciones con derechos, y considera su presunto derecho (que en realidad no es tal) una norma de rango superior a la palabra dada o el contrato firmado libremente y en pleno uso de facultades. En ese sentido, la verdad es que pega con el club que le pretende, una institución que va un paso más allá en la pretensión de imponer sus aspiraciones a los demás. Ese paso más allá consiste en que tus aspiraciones (y/o tus actos) sean ilegales y tú te arrogues la prebenda de que el viejo y gordo mundo ahí fuera te las homologue como permisibles, por ejemplo comprarte al Comité Técnico de Árbitros vía soborno de su jerarquía, inscribir a centrocampistas cuando no se dan las condiciones, u organizar actos masivos de exaltación de símbolos inconstitucionales donde solo debería haber un evento deportivo. Lo mejor de todo es que lo logra, es decir, que de un modo u otro se mira a otro lado y pasan por buenos sus actos y aspiraciones. Ahora pretende que se puede llevar a un jugador por las bravas, pagando lo que le conviene a la institución, que es más bien poco al estar regida por pésimos gestores con marcada inclinación al latrocinio.
Es cuestión de derechos, piensan o dicen pensar. El Barça tiene supuesto derecho a arramblar con el futbolista que le plazca al precio que le lata, y el jugador tiene derecho a ir al baño sobre el contrato firmado y dejar tirado a un club que, caso de no querer contar más con Julián sin que este quisiera irse, se lo tendría que comer con patatas en virtud del mismo contrato. Julián se comporta como un adolescente y el Barça también, aunque ambos sean ya mayorcitos, cada uno en su escala. Adolescentes caprichosos y malcriados que creen que el planeta gira o se detiene a su conveniencia. ¿Y qué es lo peor? Que lo creen porque es verdad, por lo menos en el caso del club cliente de Negreira.
Si realmente Julián tiene una depresión, tal cosa no implica ninguna asignación objetiva de culpa. Tampoco implica que todo el mundo deba ceder a sus aspiraciones para que se cure. Las depresiones no se curan haciendo al mundo claudicar ante tus deseos, por la sencilla razón de que el mundo no quiere hacerlo. Si realmente Julián tiene una depresión, cosa que espero hondamente no sea verdad, deberá tratarla con la adecuada medicación, de igual forma que lidian con esa dolencia millones y millones de personas que se enfrentan día a día con las inexorables restricciones y miserias de sus vidas, sin que esas restricciones ni miserias tengan remedio por desgracia. Casi todo el mundo sale con vida del trance, y muchos se hacen hombres, incluso los nacidos más allá del 2000.
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