Lluvia tamborileando contra los cristales. Viento. Truenos lejanos amortiguados. Un violín suma varias notas sostenidas al ambiente de misterio.
Una puerta se abre lentamente, chirriando sobre sus goznes. Se oyen pasos crujiendo contra un suelo de madera.
—Amigos…amigas…amigues… ¿Has sentido alguna vez una presencia en tu habitación, una silueta recortada a los pies de tu cama o una figura familiar, ya fallecida, escudriñándote entre el sueño y la vigilia? ¿Has escuchado ruidos inexplicables, visto luces que parpadean, escuchado susurros o puertas que se abren solas a tu paso? Hoy, en Madridistas en la Noche, vamos a hablar de lo paranormal, de todos aquellos sucesos que están ahí, a nuestro lado, y que nos intimidan. Soy Querubín Consuegra, tu amigo en la noche. Ven, déjate llevar, súbete la sábana hasta el embozo y deja que el escalofrío de la radio te recorra el cuerpo.
Suena una caja de música desafinada. Un potente trueno retumba en la emisora y todo queda en silencio.
…
—¿Conviven con nosotros seres de otros planetas? ¿Hay espíritus que vagan a nuestro lado, dando forma a nuestro devenir? ¿Existen personas capaces de predecir el futuro, de ver más allá de lo que alcanzan nuestros ojos? Esta noche te daremos todas las respuestas. Nos acompaña uno de los mayores expertos europeos en parapsicología. Autor de La Nave Descarriada, El Otro Lado del Otro Lado y de su último éxito, Predicciones Desnudas, escrita en pleno desierto de Los Monegros. Apariciones, telepatía, psicofonías, videncias. ¿Cómo surgió su amor por lo paranormal, señor Álvarez?
—De niño, en el colegio. Mi madre me preparaba un bocadillo, lo envolvía en papel de estraza y lo metía en la mochila. Fue entonces cuando descubrí que tenía un don. No necesitaba abrir el bocadillo para saber lo que llevaba dentro. El chorizo de Pamplona fue, posiblemente, mi primera experiencia con el otro lado. Con el más allá.
—José Álvarez Haya, valenciano, exjugador de fútbol, reportero y experto en parapsicología. Bienvenido a nuestra casa. Es un placer tenerle con nosotros.
—El placer es mío. Siempre he seguido con atención este magnífico programa.
—¿Podemos decir que esos bocadillos de chorizo de Pamplona, además de alimentar sus recreos, le abrieron las puertas de lo paranormal?
—Sí y no. El queso, el queso manchego con membrillo, también marcó mi devenir. Había días en los que, sin abrir la mochila, solo con sostenerla en la mano, ya visualizaba su contenido. Al principio me asusté. Entiéndame, era un niño con un poder desconocido.
—Hablemos, si no le parece mal, de su último libro: Predicciones Desnudas. ¿Es cierto que se fue solo, con una tienda de campaña, agua, varios cuadernos y un par de bolígrafos, al desierto de Los Monegros?
—Totalmente cierto, necesitaba desconectar para conectar. Mi yo dejó de ser mi yo, muté en un ente sin cuerpo. Allí, en la naturaleza, rodeado de estrellas y constelaciones, me dejé llevar, me sumergí en el infinito. Era un vidente y el mundo entero era mi espacio. Iba y venía. Subía, me teletransportaba por el mundo. Pasé por Katmandú, Getafe, Venta de Baños y acabé en Le Lapin Agile. Luego volvía, mi yo regresaba al cuerpo, me desdoblaba, si es que eso es posible, y escribía sin pensar conscientemente. Es lo que, dentro del ámbito de lo paranormal o del espiritismo, denominamos escritura automática, una manifestación del subconsciente.
—¿Había escrito alguno de sus otros libros siguiendo esta misma táctica?
—No, nunca. Mi única experiencia fueron algunos exámenes, especialmente los de matemáticas y lengua. Ahí me dejaba llevar. Veía los números y las formas verbales desde arriba, prácticamente desde el techo del aula, como si fuese un globo. Cuando volvía al pupitre, plasmaba los resultados liberando mi imaginación. Escribía y no escribía. Mezclaba raíces cuadradas con pretéritos imperfectos.
—¿Le ayudó en su formación?
—No, ni mi profesor ni la escuela estaban preparados para interpretar aquellos exámenes. Suspendí un montón de asignaturas. Llegué a renegar de mis poderes.
—¿Cómo se renuncia a algo así, a algo tan íntimo?
—Intenté no pensar en ello. Dejé que el río de mi vida no tuviese remansos. Me metí en una espiral de vicio de la que prefiero no hablar. Hacía rafting vital: descendía por las aguas bravas en una pequeña balsa. Sorteaba piedras, cascadas, remolinos. Me sentía solo, nadie comprendía mi actitud. Hasta que él se cruzó en mi camino.
—¿Quién fue él?
—Negreira. José María Enríquez Negreira. Él lo cambió todo.
—¿El vicepresidente de los árbitros?
-El mismo. Jamás he escondido el amor que siento por el Barcelona. Me hicieron una prueba para su cantera y ahí lo conocí. No hizo falta decir nada. Los videntes tenemos un sexto sentido, incluso un séptimo. Ves a alguien e, inmediatamente, sabes que es de los tuyos. Esa experiencia me marcó, sus poderes me eclipsaron. Nunca había visto nada igual.
—¿En qué sentido?
—En todos. Mi vida dio un giro completo. Me enseñó a leer los posos del café, runas, quiromancia, a interpretar huesos de cabra, a manejar el tarot, los arcanos. Nunca fallaba. Sus predicciones ponían los pelos de punta. Decía: “Mañana va a perder el Madrid”. Y perdía. “Mañana le van a pitar dos penaltis en contra”. Y se los pitaban. Mire mis brazos, todavía se me ponen los pelos de punta. Fue mi mentor. Se lo debo todo.
—Volvamos a Los Monegros. ¿Cómo consiguió que sus predicciones fuesen tan exactas?
—Gracias al ayuno, estuve diecinueve días sin comer.
—¿Pasó más de dos semanas ayunando?
—Sí, y en pelotas. Hay que purgar el cuerpo para purgar el espíritu. La segunda semana, una noche en la que Venus brillaba con fuerza inusitada, me elevé y me dejé llevar. Pasé por Valdepeñas, Asteasu y Sabadell. Cuando me di cuenta, estaba encima de La Masía, sobre el campo Johan Cruyff. Me invadía una paz absoluta. Y, de repente, caí. Notaba el viento, la velocidad, el césped del estadio acercándose. Grité. Un segundo antes de estrellarme, lo vi todo claro. El cielo se iluminó, el campo se desvaneció y me encontré de pie, aterido, a diez metros de la tienda de campaña. Corrí hacia ella, cogí un bolígrafo, dejé que la escritura automática se apoderase de mi cuerpo y allí, mágicamente, sobre la blancura del papel, aparecieron unos trazos y, después, cuatro nombres. Uno detrás de otro.
—¿Cuatro nombres?
—Sí.
—Increíble, llevo muchos años en la radio y he visto muy pocas experiencias como esta. Señor Álvarez…
—Dígame.
—¿Le importa si abrimos las líneas a nuestros oyentes?
—Lo estoy deseando.
—Nos llama Eugenia, desde Talavera. Buenas noches, Eugenia, pregunte lo que desee.
—Señor Álvarez.
—Dígame, señora.
—A ver, cómo se lo diría, nada más lejos de mi intención que dudar de sus poderes, pero en Predicciones desnudas, en el capítulo 2, afirma que estos cuatro nombres jugarían en el Barcelona. ¿No ha fichado ya el Real Madrid a todos y cada uno de estos jugadores?
—Sí, en el plano terrenal. No, en el plano astral. He de confesar, señora Eugenia, que igual no viajé exactamente a La Masía. En algunas ocasiones, la percepción extrasensorial va por un camino y la vida real, lo palpable, va por otro. Entiéndame, uno está ahí, a cientos de metros sobre el suelo y a veces comete pequeños errores de apreciación. El norte puede ser el sur y el sur, el norte. Ya sabe, el infinito no atiende a coordenadas humanas. ¿Y si en lugar de estar en La Masía, me encontraba sobrevolando Valdebebas? ¿Ha visto alguna vez que el universo tenga catastro?
—Ya.
—¿Qué quiere decir con “ya”?
—Pues eso, que ya.
—Concrete, señora Eugenia, no deje a nuestro invitado con la duda. ¿Su ya es un ya escéptico, de no me creo ni una palabra, o un ya afirmativo, de entiendo lo que me dice y sigo la conversación?
—Pues ni fu ni fa, un poco una mezcla de los dos. Es que yo también soy del Barça, me había hecho ilusiones y claro, ahora, mucho viaje astral, mucho libro y mucha leche, pero todos en el Madrid. En fin, buenas noches.
—Buenas noches, querida amiga. Vuelve cuando quieras.
Suena Tubular Bells de Mike Oldfield.
-Nos llama Antxon, desde Asteasu. Hola, Antxon, te escuchamos.
—Oye, Querubín, esto… gauza bat, me estoy mordiendo lengua. Al hombre este, al viajante, a la primera lo he pillado. No tiene palabra, es mentiroso. Hay que ir con verdad por delante.
—Oiga, no le permito que me llame mentiroso.
—Se lo llamo, bai, y vago, también le llamo vago. Seguro que viene aquí, a la arradio, para luego ir a la isla de tentaciones, esa de chavalas con buenos parachoques. A ver, esan, ¿cuándo ha pasado usted por Asteasu?
—Explíquese, señor Antxon, el señor Álvarez es un invitado de nuestro programa y su tono no es el más adecuado.
—Vamos a ver, yo vivo en la falda del Ernio, a ochocientos metros. Entre las ovejas, las vacas y la huerta me paso el día en el caserío, al aire libre. Y todas las tardes, después de echar mus con cuadrilla, cojo al txakurra y aurrera, a la cima. Por allí, a más de mil metros, que tengo yo aquello controlado como si fuera el salón de mi casa, no ha pasado ni Dios. A mí no me engaña un mangarrián.
—Igual, querido oyente, y el señor Álvarez me corregirá si estoy equivocado, hay un pequeño error de concepto. Lo que sobrevoló Asteasu no fue el cuerpo de mi invitado, fue su yo astral. Por decirlo de otra manera, su espíritu. Un ente no visible.
—Ez, ez, a mí no me tomas el pelo. O pasas o no pasas, como en el Mus. A mí me dices que has ido por Hernani, Rentería o Peñas de Aia, y vale, chitón, pero por Asteasu, no, ezta pentsatu ere!Por culo hartzera! Gabon.
Se oye un golpe y se corta la línea.
—Lamento el malentendido, señor Álvarez, a veces lo paranormal, lo inexplicable, nos hace recelar. Somos humanos. Le pido mil disculpas.
—No hay por qué.
—Le quiero dar las gracias por su amabilidad, su tiempo y su paciencia. Buenas noches.
—Buenas noches.
—Y a ustedes, queridos oyentes, les espero la semana próxima. Ya saben, somos… Madridistas… Clank, clonk, clank, psssssss… ¿Quién ha apagado la luz? ¿Hola? ¿Redacción?
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