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El negreirismo en los tiempos del VAR (El conciliábulo invisible)

El negreirismo en los tiempos del VAR (El conciliábulo invisible)

Escrito por: Lila Castro7 agosto, 2026
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En el universo de Eduardo Sacheri —donde «El secreto de sus ojos» indaga verdades imposibles y cuentos como «Esperándolo a Tito» o «La vida que pensamos» elevan el gol a «explosión de júbilo o de dolor»— irrumpe «El aguafiestas del gol». Así titula su luminoso artículo publicado en Revista Seúl durante el Mundial: una denuncia precisa de que el VAR «tritura la espontaneidad del momento clave», impone «duda y reconstrucción mental» y persigue la utopía de una justicia que solo oculta «las mismas miserias de siempre en un conciliábulo invisible». Coincido por completo. Añadiré solo una herejía: sin esa catarsis inmediata, el fútbol se vuelve un juicio eterno sin Obelisco posible, el Var una máquina de frustraciones, aunque uno sueñe, como Fontanarrosa, con resolverlo  todo de un misil certero.

Esa es la naturaleza del VAR en abstracto. La herramienta que llega para interrumpir la celebración espontánea, para convertir el grito en una pregunta y temor, para transformar el hecho en hipótesis. Sacheri lo vio con exactitud: un conciliábulo invisible que promete pureza y, en el fondo, solo reordena las mismas miserias de siempre.

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Pero aquí no hablamos del VAR en general.

Hablamos del VAR que opera dentro del código legado del «Negreira Office».

Porque una cosa es la tecnología —esa promesa de pureza que llegó cargada de expectativas— y otra muy distinta el sistema que la administra: un andamiaje susceptible de corrupción, donde la herramienta más transparente puede convertirse, sin esfuerzo, en el disfraz más opaco.

el Real Madrid encabeza, con distancia escandalosa, la lista de goles anulados. Treinta y siete (37), treinta y nueve (39) según el corte temporal que se elija: casi el doble que el segundo clasificado y más del doble que el Barcelona

El VAR, en su concepción pura, se vende como herramienta de corrección.  El VAR español, sin embargo, se ha convertido en algo más: un medio de control selectivo del campeonato, un dispensario de beneficios a cambio de lealtades.  Materialmente, una sala oscura donde la herencia institucional decide qué errores son «claros y evidentes» y cuáles no.  El conciliábulo invisible del que hablaba Sacheri aquí tiene nombre, apellido y «path dependence». Ya no hacen falta cheques ni facturas opacas.  Basta la sala VOR, las imágenes ralentizadas hasta el ridículo y la autoridad discrecional de quienes, lejos del estruendo de la grada, deciden qué goles y faltas merecen existir y cuáles deben borrarse del relato.

La temporada 2025-26 trajo números que no ofrecen metáfora fácil. Once intervenciones del VAR terminaron en contra del Real Madrid.  La misma cifra que registró el Barcelona.  La simetría se rompe en cuanto se mide el daño: esas once revisiones costaron cinco puntos a los blancos y apenas uno a los azulgranas.

Dos de ellas bastaron para alterar el sentido de sendos partidos.  Al final de la Liga, la diferencia de ocho puntos entre Barcelona (94) y Real Madrid (86) se habría reducido a tres.  El Madrid habría terminado con 91 puntos.

La sala VOR no está habitada por extraterrestres. Está integrada, en buena medida, por los mismos hombres que crecieron, se formaron y ascendieron durante los veinticuatro años en que José María Enríquez Negreira fue el número dos del Comité Técnico de Árbitros. Los «Negreira boys»

En Montilivi, un gol de Mbappé fue anulado por un contacto mínimo de mano —un roce casi invisible a velocidad real— que solo el zoom extremo y los frames ralentizados del monitor convirtieron en evidencia. El empate se mantuvo donde hubiera nacido una victoria. En El Sadar, el VAR avisó de un penalti de Courtois sobre Budimir (inicialmente interpretado como simulación) y validó, además, un tanto de Raúl García que el juez de línea había anulado por fuera de juego. Osasuna ganó 2-1 un partido que, sin la intervención de la sala, hubiera terminado 0-1 a favor de los visitantes. Dos llamadas, cinco puntos, y la misma lógica de siempre: el conciliábulo decide qué centímetro merece existir y cuál debe borrarse.

No se trata de reclamar lo que no se marcó. Se trata de observar la firma.  El mismo protocolo que se activa con milimétrica precisión para invalidar un tanto merengue permanece en silencio ante situaciones de geometría idéntica cuando el beneficiario es otro. Manos involuntarias que anulan goles dentro y fuera del Bernabéu y manos equivalentes que se permiten en Vitoria. Agarrones revisados con lupa en un área y agarrones que el monitor no alcanza a ver en la otra. Fuera de juego de centímetros que borran dianas y fuera de juego idénticos que el VAR decide, con exquisita discreción, no revisar. Es como si el sistema tuviera dos manuales de instrucciones: uno para unos y otro para los demás. Un código legado que se actualiza sin perder funcionalidad.

Desde que la «tecnología» entró en LaLiga, el Real Madrid encabeza, con distancia escandalosa, la lista de goles anulados. Treinta y siete (37), treinta y nueve (39) según el corte temporal que se elija: casi el doble que el segundo clasificado y más del doble que el Barcelona. Una cifra que no se explica solo por el volumen ofensivo. El Barcelona, con un número comparable de ocasiones, acumula menos de la mitad. La estadística no grita conspiración; simplemente se niega a callar. Y, cuando una estadística se niega a callar durante años, deja de ser anécdota y empieza a parecer arquitectura.

Pero hay algo más demostrativo todavía. La sala VOR no está habitada por extraterrestres. Está integrada, en buena medida, por los mismos hombres que crecieron, se formaron y ascendieron durante los veinticuatro años en que José María Enríquez Negreira fue el número dos del Comité Técnico de Árbitros. Los «Negreira boys». Una generación de colegiados educada en una cultura de lealtades, de silencios calculados, beneficios invisibles y de criterios interiorizados. Path dependence pura: el  sistema no se reinicia con un relevo; se hereda. Y a esa generación el VAR les ha llegado como anillo al dedo. Porque lo que antes se resolvía con una mirada, un gesto o una conversación de pasillo, ahora se resuelve con la autoridad del dueño de la imagen. El conciábulo ha cambiado de escenario: de la cafetería de la federación o los almuerzos en restaurantes en la previa a la sala oscura con monitores y auriculares. Mismo poder, mejor disfraz con ropaje tecnológico.

Aquí entra el otro engranaje del «Negreira Office».  Las imágenes que llegan a la sala VOR no nacen de la nada.  Todas las cámaras envían su señal a la vez a la realización y a la sala. Quien decide qué se muestra y qué se analiza con lupa son los responsables de esa misma sala.

Pero la infraestructura que hace posible la señal ha estado años en manos de Mediapro, fundada por Jaume Roures y dirigida largo tiempo por Tatxo Benet: el mismo que formó parte del consejo de Bridgeburg Invest (Barça Studios) y del entorno que justificó los pagos a Negreira como «búsqueda de neutralidad».

Llámelo conflicto de intereses o coincidencia.  El mismo ecosistema que ha convertido el audiovisual en una de las palancas más opacas del fútbol español. Llámelo como quiera: conflicto de intereses, o simplemente la forma moderna de que el sistema controla no solo quién pita, sino qué se ve cuando se pita.

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Se promueve una tecnología que promete pureza … y resulta que la pureza se administra con el mismo criterio con el que se administraban los pagos a Negreira. Como aquellas sinecuras de Néstor Luján: cargos bien pagados donde el trabajo real parece opcional. Solo que aquí el cargo es invisible, el sueldo es poder y el trabajo consiste, a veces, en mirar hacia otro lado con profesionalidad exquisita. Un confesionario tecnológico donde algunas culpas se absuelven con generosidad y otras se castigan hasta el último centímetro de fuera de juego. El conciliábulo invisible del que hablaba Sacheri no ha desaparecido: simplemente se ha modernizado. Las mismas miserias de siempre, ahora con auriculares, zoom y pretensión de neutralidad. Y, lo más revelador, al servicio de unos y no de otros.

Es un poco la versión futbolística de aquella frase de «estaban ahí, sin afán patrimonial de uso ni destino». Aquí la justicia tampoco tiene afán, ni uso claro, ni destino previsible. Se aplica o no se aplica según el día, el equipo y la luz tenue de la sala. Una pureza sin dueño aparente… pero con beneficiarios muy concretos.

El fútbol, que siempre fue un juego de pecadores sutiles, ha encontrado en el videoarbitraje su más refinada herramienta de control. El grito sigue cortándose a mitad de frase. Solo que ahora, cuando vuelve a nacer —si es que vuelve—, ya no suena igual. Suena a algo que ha sido permitido.

Y lo que ha sido permitido, en este sistema, rara vez es inocente.  Porque el «Negreira Office» no se ha ido. Permítanme ser reiterativa en esto. Simplemente ha cambiado de habitación. Ha refactorizado el código. Ha pasado de los cheques y los cajeros automáticos a los monitores, de las facturas a las cámaras, de las conversaciones de pasillo a la sala VOR. Y la nueva habitación tiene luz tenue, auriculares y una ventaja decisiva: casi nadie puede ver quién está realmente al otro lado de la pantalla.

Y mientras tanto, el mandato dual de Javier Tebas —presidente de LaLiga y, al mismo tiempo, pieza clave del ecosistema que sostiene este andamiaje— permanece intacto, protegido por el silencio cómplice de casi todos los clubes. Un silencio que no es neutral: es estructural. Porque señalar el conciliábulo obliga a mirar también a quienes lo permiten, a quienes lo financian con sus derechos audiovisuales y a quienes prefieren no molestar al inquilino de la sala oscura.

Lo deseable sería sencillo: luz. Un Var minimalista. Protocolos claros y públicos, audios completos, rotación real de los ocupantes de la sala, independencia efectiva de quien produce la señal. Sanciones a los conflictos de interés. Que el conciliábulo deje de ser invisible y pueda ser auditado.

Hasta que eso ocurra, se seguirá administrando  el aparato a oscuras.  Los goles serán los que se permitan. Y el fútbol español, cada vez más, un juicio eterno sin catarsis ni justicia posible.

 

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