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El hombre que no puede reinar

El hombre que no puede reinar

Escrito por: Antonio Valderrama8 septiembre, 2026
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Hay cosas que, más que verlas, cuesta aceptarlas. Cuanto más se desea algo, tanto más expectativas se crean al respecto. La larga espera por Mbappé generó en la conciencia del madridismo un ideal, proyectó la figura de una leyenda inexistente: no se aguardaba a un gran futbolista, se esperaba el advenimiento de El Elegido. Toda esa predestinación se asentaba sobre el recuerdo, distorsionado por los años, de su irrupción en los grandes salones del fútbol europeo, con el Mónaco, y por su actuación en el Mundial de Rusia. Con los veranos, la eterna promesa de su fichaje, siempre fallido, siempre pospuesto, invocó la idea de que al Bernabéu acabaría llegando el heredero de Di Stéfano y de Cristiano Ronaldo.

Pero, como cantaba sabiamente el Camarón de la Isla, cuanto más lejos esté el santo, más grande es la devoción. En dos temporadas, la realidad se ha impuesto. Crudamente, como se impone siempre la realidad en el Madrid cuando el Madrid, que es la voluntad salvaje de ganar hecha organización humana, no gana: Mbappé es, posiblemente, el peor fichaje galáctico de la historia del club.

Kylian Mbappé es la antigrandeza, la anticompetitividad. Napoleón prefería los generales afortunados a los simplemente buenos. Mbappé es bueno pero no es lo suficientemente bueno, no desde luego para justificar su condición de superestrella histórica del Madrid. Tampoco parece especialmente bendecido por la providencia, más bien al contrario. En el fútbol es muy importante el pálpito, la corazonada, lo intangible. Y a estas alturas está claro ya que, si Mbappé fuera un marinero en un barco de guerra del siglo XVIII, lo habría arrojadon por la borda, por gafe.

Es decir, Mbappé ha mostrado ser, hasta el momento, lo opuesto a la naturaleza de la camiseta blanca que viste, lo contrario también de aquel imperio que su despertar, con dieciocho años, prometía. Aquella mezcla entre Maradona, Benzema y Ronaldo Nazario, aquel dragón Targaryen que, cada vez que arrancaba por la banda, daba la impresión de batir unas alas monstruosas, ha ido menguando y reduciéndose a un goleadorcillo menor, a un acumulador de estadísticas.

Mbappé no parece especialmente bendecido por la providencia, más bien al contrario. En el fútbol es muy importante el pálpito, la corazonada, lo intangible

Digo que puede que sea el peor galáctico, superando incluso a Hazard, porque de Hazard no esperábamos el paraíso. De Mbappé, sí. Y Mbappé era la guinda al mejor equipo del mundo. Eso era, exactamente, el Madrid de Ancelotti cuando él llegó, una máquina en crecimiento que contaba con el balón de oro en potencia. No es que Mbappé ofreciera ese último y definitivo plus que transformara al Madrid de Vinícius y Bellingham en la siguiente dinastía: es que, precisamente, su incompatibilidad manifiesta (y, en apariencia, irreversible) con el jugador franquicia del equipo ha desequilibrado el, en teoría, mejor ataque del fútbol contemporáneo.

Su partido contra el Betis fue la confirmación absoluta de un cúmulo de sensaciones y verdades que han ido aflorando a lo largo de las dos últimas campañas. Un futbolista con su promedio goleador ha de resultar determinante, decisivo, para que su equipo gane el campeonato doméstico. La realidad es que sus récords son producto de la avaricia estadística, del abuso ante rivales sin enjundia. Recuerdo cuando, hace ya unos años, algunos madridistas, en plan socarrón, bautizaron al Messi crepuscular del Barcelona como Eibarman, por sus hat-tricks irrelevantes en liga y sus marcadas ausencias en los grandes partidos de la Copa de Europa.

¿Qué es, en realidad, Mbappé? Poco más que otro Eibarman. Un jugador que demuestra, en cada partido, deficiencias técnicas en la definición ante el portero, en la resolución de los mano a mano, incluso en algunos regates y controles, impropias de su categoría, sueldo y reputación; un delantero que no sabe colocarse dentro del área y que tampoco remata de cabeza; un atacante con limitadísimos registros de dribling y de disparo, un jugador que preserva su halo merced a una superioridad física apabullante.

¿Qué ocurrirá, cabe preguntarse, cuando, según pasen los años, Mbappé pierda la punta de velocidad que lo convierte en imparable al desmarque?

De Vinícius se pueden decir muchas cosas, pero hay dos hechos ciertos: su carrera se ha caracterizado por una continua progresión y, a día de hoy, también en sus malos partidos, sigue siendo el delantero que más ocasiones de peligro y situaciones de gol para el Madrid genera.

Vinícius, incluso en sus malos partidos, sigue siendo el delantero que más peligro y ocasiones de gol genera para el Madrid

Su obvia incompatibilidad con Vinícius me recuerda a la que también, fugazmente, mostró con Benzema. Fue en el regreso de Karim a la selección francesa, en la Eurocopa del 2020. Algo, en efecto, falla, sobre todo cuando se le empareja con futbolistas técnicamente superdotados, imaginativos y de fantasía.

Ahora es cuando, por su culpa, recuerdo la dupla extraordinaria que conformaron Vini y Benzema en el Madrid de la Catorce y me echo a llorar.

Hay otra cuestión que agrava el tema con Mbappé y es que es intocable. Incluso con Mourinho, hay tres futbolistas que, por mal que vayan las cosas, no abandonan nunca el terreno de juego. Esto lo distorsiona todo, degrada las posibilidades de que el equipo salga campeón, por no decir que las castra definitivamente. Mbappé es la gran apuesta estratégica de Florentino Pérez, es evidente que toda la concepción futbolística del Madrid en este lustro gira en torno a él: es, de entre las tres vacas sagradas, la vaca sacratísima. Sin embargo, hay una conciencia clara de que con Carles Espí, el otro día, sobre el césped de La Cartuja, el Madrid habría finiquitado el partido contra el Betis como mucho a la hora de encuentro.

Y así van pasando los años, las ligas y los títulos.

 

Getty Images

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