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Cincuenta huevos

Cincuenta huevos

Escrito por: Mario De Las Heras3 mayo, 2017
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Vi a Zidane en la resaca hablando en italiano. La entrevistadora se estremece. Luego Zizú pide perdón por el lapsus y sonríe y la entrevistadora se tambalea. Gran mérito de la entrevistadora que logra acabar de pie la interviú aunque sin poder vocalizar una sola palabra inteligible por el efecto de la turbación. Zinedine es un tranvía llamado deseo. Un largo y cálido verano. Es un hombre llamado caballo. Un dulce pájaro de juventud. Es el indomable Will Hunting. Es Cool Hand Luke diciendo que Benzema ha estado fantástico. Y aún habrá algunos que no lo creerán. Yo si me desmayé y al recobrar el conocimiento sentí irresistibles deseos de darme un baño caliente para calmar los nervios como quien de repente era, en quien me había convertido: yo era la pobre Blanche Dubois.

Aunque en realidad Blanche, la mismísima Blanche de Tennesee Williams era el Cholo, por mucho que cada vez tenga más parecido con el Elvis del traje de lamé. Simeone es la pobre Blanche maltratada en la casa de su hermana por Stanley, ese bruto que aquí actúa con las maneras elegantes de Zinedine Zidane, una especie de DJ de música clásica. Primero pinchó, muy bajo, el Canon de Pachelbel, y luego subió el volumen y se oyó soplar el 'Aire' de Bach. Sarabande, de Haendel, ya empezó a soliviantarme hasta que empezaron a sonar las teclas del piano de la Sonata dieciséis en Do Mayor de Mozart para acabar con Boccherini y la música nocturna en las calles de Madrid. Todo esto lo hizo Zidane con su batuta invisible.

Se notaban los nervios al principio. Incluso unas imprecisiones estremecedoras teniendo en cuenta a quien se tenía enfrente. Pero sólo bastó culminar una primera jugada para saber de qué iba a ir el tema. Cristiano e Isco adelantaron el gol con una avanzadilla primorosa por la banda. Cristiano huele el gol. Supo que lo de Casemiro le iba a llegar. Se vio como se erizaba, se adelantaba, levantaba la pata delantera, estiraba las orejas, esperaba y atacaba en el momento justo. La madriguera atlética estaba perdida y Cristiano ya estaba dentro. Había nacido una estrella nueva que, no crean, todavía hace sus pinitos por la banda como la antigua, y defiende y asiste y sigue buscando a Benzema como el tío Ethan iba tras el rastro de Debbie. Sesenta años después seguiremos recordando a Cristiano como a los centauros del desierto.

Oblak le iba a parar un cabezazo a Varane y luego Keylor le iba a barrer los pies a Gameiro, que ya no se puede casar. Kroos se estaba hartando de lanzar saques de esquina, la mayoría cortos, y Modric se animaba con la portería contraria. Yo echo de menos que se anime un poco más, como antaño, pero lo que diga Zizú. Carvajal internándose en esas líneas rojiblancas parecía un martín pescador zambulléndose en el agua para luego salir con su captura. Iban a volver Isco y Cristiano por la izquierda como pasándose una lata en la calle, y al final Cristiano iba a bailar con criterio y a centrar a la olla donde Karim remató de chilena que se marchó alta por poco. De acertar con eso hubiésemos visto tinieblas hasta la hora undécima.

Echo de menos que se anime un poco más, como antaño, pero lo que diga Zizú

Perdían balones Modric y Carvajal, pero la sensación seguía siendo de aplastamiento madridista, el típico aplastamiento madridista al borde del precipicio con uno a cero. Lo más peligroso del Atlético (cuatro remates hizo, y no es un decir sino la cifra exacta) vino en una falta lanzada por Griezmann que no disparó sino que centró por alto a un Godín adelantado que no logró rematar con precision. Luego al filo del descanso se vio fugazmente a ese equipo leñero de siempre y con su bula: Filipe de rositas con su recado a Cristiano, Griezmann con el propio a Modric, o Godín partiendo el labio a Casemiro. Íbamos a ver las diabluras de Marcelo, ¡Marcello, come here!, pero nos íbamos a ir molestos con la lesión de Carvajal.

En la segunda parte salió el Madrid concentrado a la presión primera, desactivada con solvencia. Isco se desfondaba corriendo como un loco por el centro del campo. Partidos como éste se le hacen desiertos al malagueño, pero fue bonito verle salvar dunas como a un camello. Un caballo de rejoneo atravesando el desierto, y Zizú el misericordioso, el sabio, que le relevó por Asensio. Pero esto sería más tarde. Se iría del campo con una amarilla que excitó a la locución, sobre todo a Petón que parecía Caifás pidiendo una condena. Cristiano estaba desatado. Larry Bird hubiera dicho que era Dios disfrazado de jugador de fútbol. Nacho negó al Aleti no tres veces sino veinticinco, quizá esta última cuando el Bernabéu se levantó de golpe viéndole anular a Carrasco. Después de esto el Cholo sacó al belga por Correa y también vino lo de Isco, que jugó en la penumbra casi mejor que bajo los focos. Qué duende.

Asensio entró para terminar de asustar a Simeone. El segundo del Madrid empezó en Marcelo que vio a Benzema fajándose en los medios. El francés aguantó la pelota, la retuvo consigo como un egoísta maravilloso y habilitó a Cristiano al que favoreció el rebote en Filipe. Se oyó ¡bum! y el madridismo cantó aquello de Charles Trenet: "La pendule fait tic-tac-tic-tic/ Les oiseaux du lac font pic-pic-pic-pic/ Glouglou-glou font tous les dindons/ Et la jolie cloche ding-din-don, mais boum...". Luego vino un caño de Modric a Koke, que tumbó al croata de pura rabia, y un reverso tenebroso de Asensio que dejó al Cholo y a todo ese Aleti de negro con la cara de Darth Vader y al madridismo con la sonrisa de Julie Andrews.

Por entonces estaba medio grogui el visitante. El tupé del entrenador era violeta, como el de las viejecitas. Cristiano conducía un contraataque con una finura asombrosa, estirándose, esbelto y rápido; la cedía a su derecha para Lucas Quinto (o Rayo McQueen), cómo me gusta Lucas, que aceleró al borde del abismo retrasando la pelota que dejó pasar Casemiro para que le volviera a Cristiano y definiera con temple (esa canción de Kings of Leon, ese personaje de Faulkner), esperando a que se cayeran todos para disparar con suavidad entre medias. Pudo destruir Modric con el pecho y el pie, pero su remate se marchó fuera. Fue todo una obra maravillosa apuntalada por un Cristiano que aplaudió al Bernabéu pitón después de enseñarle cómo se abandonan las malas costumbres, y dirigida por un Zidane que siempre sonríe como Paul Newman después de haberse comido cincuenta huevos.