Buenos días, amigos. En el oficio del portanalismo uno lidia con frecuencia con días inanes, mañanas insípidas, portadas planas. Sin embargo, ocasionalmente, se presentan ante nuestros navegados ojos primeras planas que uno identifica instantáneamente como seminales, como puntos de inflexión, como acontecimientos memorables que perdurarán en la memoria de las gentes.
Por razones buenas o malas. Una de las dos cosas con más frecuencia que la otra.
Son hitos que quedan ahí, adheridos al tablón de corcho de la línea del tiempo. La hernia de Bale, los 42 millones para tapar vergüenzas de Modric, el Parche Zidane y tantas otras.
Hoy llega un nuevo hito a este pequeño museo de los horrores. Si lo hemos visto nosotros, vosotros también. ¿Quién pensabais que erais para sortear el discutible privilegio de topar de buena mañana con algo como esto?
Sí, amigos. Pádel con Nasser. Pádel y entrevista. Nada mejor que una buena sesión de masaje tras la práctica deportiva. Lo que no es común (y esperamos que no haya contraindicaciones por parte de médicos y fisioterapeutas) es simultanear ambas cosas.
En La Galerna hemos defendido siempre que entrevistar a alguien no supone necesariamente darle la razón en nada. Salvando las distancias, defendimos y seguimos defendiendo la idoneidad de entrevistar a un culé redomado y con frecuencia hiriente como David Sánchez, máxime cuando quien le entrevista es alguien que le pone contra las cuerdas como hizo entonces Paul Tenorio. Sucede que en la entrevista de Marca a Al Khelaifi lo más parecido que se encuentra a ponerle contra las cuerdas es hacerle subir a la red, que es como cuerda al fin y al cabo, a rematar una volea. Uno puede entrevistar al mismísimo Jack el Destripador siempre y cuando le fría a preguntas sobre sus crímenes, le acorrale con las mismas. En ese caso, sería legítimo hasta entrevistar a Idi Amin, que en paz no descanse. El problema es que nada de esto tiene lugar en la entrevista de Marca a Al Khelaifi, a quien se pone el punto en bandeja una y otra vez. Lógico. Si quieres plantear una entrevista incisiva (como parece obligatorio hacer con un personaje de esta calaña, cuánto más si además es para hablar del nefando mundial de los 6000 esclavos muertos de Catar), no lo haces invitando a tu interlocutor a jugar al pádel.
Ni mucho menos dejando que sea tu interlocutor el que te invite a ti. No sabemos si, entre las muchas cosas que se ha comprado últimamente Catar (mundial incluido) está también Marca. Sí sabemos que invitando a sus entrevistadores a jugar al pádel Al Khelaifi pretende justamente dar esa sensación, y que Marca, por alguna razón, acepta que esa sea justamente la impresión que se traslade al mundo. Hay un refinamiento oriental supremo, bien mirado, en esto de hacer tuyo a quien debiera incomodarte juntando entrevista y ocio con esa ligereza. Habría sido conveniente que al descalabro ético no se hubiera unido un descalabro estético de estas características. Al Khelaifi ha querido trasladar al planeta la idea de que tiene a Marca comiendo de su mano, y por alguna razón Marca no tiene el menor inconveniente en que esa sea la imagen que cuaje.
Por alguna razón.
Bueno, dirá alguien, habrá que ver el contenido de la entrevista. Tal vez, en medio de la pérdida de resuello de un ajustado tie-break, cabe a la postre la posibilidad de que el entrevistador haya lanzado, al alimón con la bola, una repregunta espinosa en relación al Fair Play, las obras de los estadios, la conculcación sistemática de derechos humanos del régimen catarí. Sí, podría haber sido así.
Pero no es así. La condición desvergonzada del titular es lo que prima a lo largo de todo el encuentro tal como el cuerpo de la entrevista, en la web o en el ejemplar físico del Marca de hoy, refrenda. Al Khelaifi cuenta eso tan descaradamente taimado de que Catar “comete errores, pero somos buena gente” (qué forma malévola de reírse de nosotros y minimizar el horror) y se le permite salir adelante sin inmutarse más de lo necesario para ejecutar un golpe maestro desde el fondo de la pista. Cada indecencia dialéctica de Nasser es sellada por el bote de las bolas contra las palas y las paredes, acaso para rubricar acústicamente la ignominia. Sin preguntas comprometidas. Sin repreguntas incómodas.
“Lo que más me frustra es que la gente habla de Catar sin haber estado aquí”. Invítanos, Nasser. Juguemos al pádel y hablemos. Pero hablemos de verdad. La relación de Catar con el pádel parece más benigna que con el fútbol. Al menos no hay constancia de pakistaníes e indios muriendo como moscas en la construcción de las pistas.
En una suerte de mosca de portada, precisamente, anuncia Marca la dimisión de Agnelli al frente de la querida Juve. Golpe para la Superliga. Punto para Nasser. Hay que felicitar a Al Khelaifi, el emir de Catar, el Torino y Marca, ¿valga la cuádruple redundancia?
Os dejamos con el resto de portadas.
Pasad un buen día.
Quien esto escribe lo hace con el mismo criterio que un cuñado en Nochebuena, es decir, sin criterio ninguno, pues confieso que, también sobre este particular, toco de oído. Aun así, me gustaría opinar merced a la distinguida tribuna que otorga La Galerna.
A título preliminar, reitero que me da igual el mundial y de él sólo deseo que vuelvan los jugadores del Real Madrid lo antes posible. Los quiero de vuelta sanos y sin desgaste. En cuanto al equipo de Luis Enrique, cito a mi abuelo (QEPD) cuando defino lo que me suscita como movimiento oscilatorio pendular.
El seleccionador español juega al mentiroso, pues España es un equipo de falsos. Hay falsos a secas, como Busquets o Jordi Alba. Tal es así que la presencia de estos dos sólo es explicable merced a un acuerdo entre la Federación Española de Fútbol y Corega o Kukident, sin descartar que en ese contrato mediara y comisionara Geri. Busquets y Alba son también falsos jóvenes. En Gomaespuma sostenían que eres cincuentón cuando te vistes en la planta de jóvenes del Corte Inglés. Ya puedes peinar canas, o, peor aún, no peinar nada, pero te sientes legitimado para seguir vistiéndote como cuando tenías veinte años. Vaqueros, sudaderas, zapatillas deportivas, cuenta en Tuenti y Myspace… El resultado navega entre lo patético y lo risible y nos recuerda al señor Burns de los Simpson vestido con camiseta y gorro intentando, con limitado éxito, integrarse entre los estudiantes del instituto de Springfield.
El polo opuesto también lo vemos en la expedición española desplazada al execrable mundial catarí, es decir, el de jovencito que tiene maneras de viejo. Todos conocemos a algún ejemplar que con 18 años ya se ponía el abrigo sobre los hombros, llevaba cartera en vez de mochila y tenía el aire grave de un registrador de la propiedad aún antes de haber cumplido las dos décadas de vida. Gavi encarna al falso viejo, pues tiene las mañas y, no nos engañemos, mala leche, de un veterano cascarrabias encerrado en el cuerpo de un adolescente, por lo que podemos concluir sin demasiado riesgo que Gavi es un Mascherano de bolsillo.
En el equipo de Luis Enrique ha jugado Asensio dos partidos de falso nueve. Me parece estupendo que juegue el irregular y a veces genial zurdo del Real Madrid. Lo que no resulta admisible es que nos mientan. El único falso nueve de la selección es Morata, porque sus prestaciones no pueden compararse con las de ningún nueve serio, de los de verdad. Igual da que lleve un par de goles en este mundial infecto. Consultado el registrador de la propiedad antes referido, tenemos una nota simple en la que consta que el terreno donde tiene edificada su casa está en fuera de juego.
En la selección hay un falso nueve, hay falsos jóvenes, hay un falso viejo, un falso jugón y está Koke, que es un falso futbolista
Esta fiesta de la falsedad encuentra su continuación con Pedri, el friolero émulo de Adso de Melk. Pedri es un buen jugador, pero es un falso genio. La profusión de loas, tan almibaradas como excesivas, hacia cualquier cosa que haga el canario convierten en pieza de museo un pase horizontal o hacia atrás que no habría supuesto mayor problema para Christanval, Diogo o Pilipauskas sin ir más lejos.
Llegan las segundas partes de los encuentros y Luis Enrique decide hacer cambios. Quienes somos madridistas aún tenemos viviendo en nuestras mentes al perrito de Pavlov, por lo que, llegado el minuto 70, esperamos ver la entrada al campo de Lucas Vázquez. Dado que el bravísimo jugador gallego no está convocado, el seleccionador español se decanta por un cambio ofensivo. Sale el jugador que sea. Entra Koke. Esto sí que es un cambio ofensivo, especialmente para el jugador sustituido, pues no me digan que no es insultante que te saquen del terreno de juego para que entre Koke. Había falso nueve, hay falsos jóvenes, hay un falso viejo, un falso jugón y está Koke, que es un falso futbolista.
Lo demás, francamente, queridos, me importa un bledo.
Getty Images.
En el verano del año 2002 yo cumplí 14 años. Con 14 años tiene uno las venas abiertas del mundo. Nada se vive con tanta pasión como cuando se tiene catorce años: las alegrías, son absolutas, las penas, también. Una derrota es el apocalipsis. Todo es blanco o negro, todo es definitivo, sturm und drag. A esa edad la vida empieza a perder la cadencia lenta y fuera del tiempo que tiene la niñez. Coge ritmo, velocidad y por supuesto uno comienza a estar dentro del tiempo. Comienza a vivir en el tiempo y siente esa necesidad de lo absoluto, de participar del tiempo. España aterrizaba en el primer mundial asiático de la historia igual que en Francia, cuatro años antes: como una de las favoritas. Y yo, por supuesto, me lo creía, porque además de vivir lo que me gustaba intensamente, el Madrid había ganado, desde mayo del 98, otras dos Copas de Europa más. Lo que más me gustaba de la vida en ese momento era el fútbol. Y el fútbol, en mi conciencia, era, indistintamente, el Madrid y la Selección. Ambas nociones formaban un todo emocional. Por supuesto, era perfectamente capaz de diferenciar al uno de la otra, pero el afecto y la vehementia cordis que sentía por los dos era una misma cosa. Con 14 años ya puedes hacerte una idea panorámica de la vida, una idea, si se quiere, de colores vivos y llena de contrastes, como una pintura fauvista de Matisse, pero se tiene un primer mapa de la realidad, una somera topografía que delimita el contorno de las cosas. Todavía tenían que pasar unos cuantos años y alcanzar la madurez para que en mi espíritu se destilaran algunas verdades amargas y también otras lúcidas pero hermosas al mismo tiempo; todavía tenían que pasar unos cuantos años para que llegara en mi interior al hueso genuino de mis sentimientos y descubriera que no me gustan ni el fútbol ni la Selección española, sino el Real Madrid, y no por ser un equipo de fútbol, sino por ser un cristal mágico a través del que poder mirar la vida.
todavía tenían que pasar unos cuantos años para que llegara en mi interior al hueso genuino de mis sentimientos y descubriera que no me gustan ni el fútbol ni la Selección española, sino el Real Madrid, y no por ser un equipo de fútbol, sino por ser un cristal mágico a través del que poder mirar la vida
Aquel verano, como digo, viví probablemente con más ilusión que nunca la Copa del Mundo que celebraban Corea del Sur y Japón. Después de aquello ya nada volvió a ser igual, ni siquiera la siguiente, el Mundial de Alemania en 2006. Pues ahí, con 18 años, la inocencia estaba esfumándose, la mirada ya no era limpia, no como la de un niño. Con 14 sin embargo todas las potencias de mi alma estaban centradas en el fabuloso espectáculo que ocurría en torno al gran tapete verde. Y aquel año no había sido un año cualquiera.
2002 lo viví con una especial efervescencia. Ahora, cuando miro atrás y advierto que han pasado veinte años, no me lo puedo creer, pues si cierro los ojos puedo trasladarme sin problemas a entonces, a aquel presente continuo que sigue vivo en mi cabeza. 2002 fue el año del Centenario, el año de Zidane, de la Novena, de la volea de Glasgow y de las paradas de Casillas. Con el tiempo 2002 se ha transformado para mí en un fetiche, en mi Rosebud. En 2002 mi conciencia, como digo, despertó definitivamente, era capaz de darme cuenta de las cosas (de muchas, aunque en verdad de muy pocas, de eso se da cuenta uno muy tarde, en realidad la cantidad de cosas de las que pasan a nuestro alrededor cada día que somos capaces de aprehender son muy poquitas) y sentía dentro la punzada de la hombría. Era un niño pero no del todo. Quería ser hombre pero el mundo de los hombres se me presentaba todavía luminoso y horizontal, sin suciedad ni manchas ni asperezas; infinito, deseable, repleto de cosas que aún eran inaccesibles pero que pronto, cuando creciera, dejarían de serlo. Cosas importantes, cosas graves. ¡Qué estúpido puede llegar a ser uno con 14 años! En el verano de 2002 todos mis abuelos estaban vivos. Mi única preocupación era qué camiseta le sacaría Adidas al Madrid para la temporada siguiente, y si Florentino sería capaz de seguir coleccionando galácticos para intentar el asalto a la Décima, que veía como la cosa más natural del mundo entero. En 2002 España era una potencia mundial. Había trabajo, prosperidad, futuro y esperanza: todos éramos felices, o eso a mí me parecía, quizá me lo parezca ahora que intento ponerme otra vez en los ojos y en los zapatos de aquel niño de 14 años. En 2002 Pablo Iglesias sólo era un oscuro tipógrafo del siglo XIX. Ramón García presentaba el Grand Prix, en donde por supuesto se toreaban vaquillas. El verano no empezaba hasta que Ana Obregón no enseñaba las tetas en Ibiza. Florentino no era viejo, el Madrid fichaba galácticos, a los chinos se los llamaba tiendas de veinte duros, aún podías comprar en pesetas y el verbo reciclar no existía. 2002 es mi Arcadia feliz.
Aunque también había ocurrido el Centenariazo (recuerdo a la perfección todo lo que hice aquel día, que pasamos mi hermano y yo enteramente vestidos de blanco desde que pusimos un pie fuera de la cama hasta que nos fuimos a dormir) el sabor de la inverosímil derrota fue mitigándose poco a poco a medida que el Madrid avanzaba en Europa, rumbo a la final de Glasgow: la eliminatoria extraordinaria contra el Bayern, con un partido de vuelta que oí por la radio y que sucedió (todavía sucede, conecto el cine en technicolor a placer cuando quiero dentro de mi cabeza) en imágenes, como si estuviera yo allí en la banda del Bernabéu, bajo la lluvia, esa noche descubrí que las palabras sí que tienen de verdad el poder taumatúrgico de moldear la realidad; las semifinales con el Barcelona, en fin, todas aquellas cosas que iban convenciéndome de vivir en un mundo maravilloso en el que la frontera entre lo posible y lo probable sólo era cuestión de sueños.
Y España iba a ganar el Mundial. La lección de Francia estaba aprendida. El mejor jugador del mundo era Zidane, pero después de Zidane, estaba Raúl. Y además de a Raúl, España tenía a un portero que parecía jugar controlado directamente por Dios a través de un joystick invisible, un portero que también era del Madrid y que en Glasgow, un mes antes, se ungió con los óleos santos de la eternidad parando tres balones sucesivos sobre la misma línea de gol, sin que 20 años después nadie haya adivinado cómo lo hizo. Saliendo del banquillo, ya saben, una de esas historias tragicómicas y perfectas, de carga emocional insuperable, que sólo puede parir el Madrid. Y no España. Eso lo descubrí aquel verano.
En aquel España-Corea yo sentí por un momento que la Selección española de fútbol me inclinaba hacia el victimismo, la autocomplacencia, la autocompasión y la excusa
Por supuesto, en el verano de 2002 yo tenía el completo convencimiento de que el mundo era un lugar fantástico por el que correteaban sin cesar espíritus, genios y númenes antiguos que se entretenían realizando prodigios y jugando con nuestra pobre percepción de las cosas. ¿Cómo, si no, me podía explicar lo que hacía Zidane de blanco? Casillas paraba porque así estaba escrito en el Libro de los Profetas. Hierro mandaba porque así estaba dicho en el preámbulo de la Constitución. Joaquín era un chaval del Puerto que jugaba al fútbol como si fuera un gitano de Triana que toreara con el Barroco metido dentro, un extremo tan rápido y tan fino, tan lleno de imaginación y de un mundo interior tan exuberante, de tobillos tan elásticos como si fueran de dibujos animados, que además lo iba a fichar el Madrid al año siguiente: yo tenía la certeza, porque así Florentino me lo había demostrado, de que al presidente no se le iba a escapar su galáctico español, y en el banquillo de la Selección ya no estaba aquel señor vasco malencarado sino uno de los nuestros, Camacho, que para mi yo de 14 años era un señor de pueblo del que mis mayores contaban leyendas y al que siempre veía expresándose con pasión y vehemencia en las ruedas de prensa, un tipo que se iba a partir el pecho por España.
Pero España no ganó el Mundial, a pesar de todas aquellas cosas. De aquel Mundial recuerdo, sin embargo, momentos que como fotogramas o instantáneas se han quedado grabados en mi mente. Me molestaba que no lo diera Televisión Española, era la primera vez que algo tan grande no lo iba a escuchar con la voz de José Ángel De la Casa. No iba a estar Míchel tampoco, en su lugar entraron en mi vida la cacofonía ridícula de JJ Santos y la agradable sobriedad de Antonio Luque. Sobre todo, recuerdo los octavos de final contra Irlanda y los cuartos en Seúl frente a Corea. Era verano y hacía un calor de mil demonios. Eso no era extraño aunque ahora coloreen los mapas de rojo sangre y todo sean “olas de calor”. Aquella tarde sudé tanto que me pegué al sofá. La tanda de penaltis no pude verla porque me encerré en mi habitación. Al terminar, con Casillas como héroe, me puse la camiseta de la Eurocopa del 2000, regalo de Reyes de ese año, y me di un paseo por la playa, ufano y todopoderoso como sólo lo puede estar un niño después de ganar un partido de fútbol.
Aquel verano de 2002 la Selección española me hizo sentir un aficionado del Atlético de Madrid y aquello me llenó de estupor, que viene del latín y que significa golpear
El partido de Corea lo vi al completo excepto los últimos diez minutos de la prórroga y la tanda de penaltis. En el campo, mis padres tenían que trabajar y naturalmente los niños iban palante, con ellos. La radio me ha acompañado toda la vida, tengo algunos de los recuerdos inolvidables relacionados con el fútbol asociados a la radio y también al campo: Florentino anunciando tras ganar las elecciones que Figo, en efecto, era futbolista del Real Madrid; el gol de Alfonso a Yugoslavia, muchos partidos de otras selecciones en eurocopas y mundiales y, sí, aquella tanda de penaltis. La voz de Alfredo Martínez en Onda Cero puso el tono de algo que no era decepción, aunque al principio se le parecía mucho. Cuando se aposentó dentro de mí (del pecho de un niño de 14 años) todo el humo y la polvareda del robo, de Al-Ghandour, del linier de Trinidad y Tobago y del penalty de Joaquín, lo que saqué en claro al final de aquel verano creo que me empezó a apartar de la Selección. No fue algo inmediato, más bien un proceso largo que culminó en la plena madurez adulta. Pero lo cierto es que en aquel España-Corea yo sentí por un momento que la Selección española de fútbol me inclinaba hacia el victimismo, la autocomplacencia, la autocompasión y la excusa. Todo ello a cambio de nada o, mejor dicho, a cambio de una promesa levítica cuyo cumplimiento, como el de reconquistar Jerusalén para los judíos de tantos siglos de diáspora, quedaba postergado indefinidamente. España ganaría una Copa del Mundo, pero algún día. Aquel verano de 2002 la Selección española me hizo sentir un aficionado del Atlético de Madrid y aquello me llenó de estupor, que viene del latín y que significa golpear.
Getty Images.
Hoy sábado 26 de noviembre publicamos en La Galerna el vídeo de la entrevista inédita con Antonio Escohotado, se la realizó Jesús Bengoechea la última ocasión que estuvo con él, con motivo del también último cumpleaños del sabio en Ibiza. Es una gozada, si no lo han visto, se la recomiendo.
Por cosas como esta es reconfortante trabajar en La Galerna. Y por muchas más, como aquella vez que entrevistamos a Valdano. Creo que fue al terminar aquella charla cuando —mientras comíamos y hablábamos sobre temas de salud— José Luis Llorente Gento hizo referencia a algo relacionado con la inflamación en el cuerpo que se produce cuando no te alimentas bien, no te mueves, engordas, etc., y lo dañina que era para todo —no recuerdo si inflamación crónica, síndrome inflamatorio o algo parecido—, y comentó someramente en qué consistía. Yo llevaba un año horrible de salud con dolores y molestias generalizados que no lograban diagnosticar. Gané aún más peso y me encontraba realmente mal.
Aquello quedó pululando por mi cabeza sin ser yo consciente de ello y tiempo después, en julio de este año aproximadamente, me puse a andar en lo que yo pensaba que sería un impulso pasajero de apenas unos días, como tantas otras veces. Poco a poco, pero rápidamente, el ejercicio fue eliminando problemas de mi cerebro con el efecto secundario de una mejoría física. Uno siempre piensa que no lleva una vida tan sedentaria cuando realmente no se mueve un pimiento.
Le mejoría mental hizo que dejase de sentir la necesidad de devorar a todas horas y comencé a comer mejor, lo cual no significa ser un talibán de lo que se ingiere. Uno siempre piensa que come bien, pero en realidad suele comer fatal, lo cual es lícito, simplemente hay que asumir las consecuencias. Libertad. No hago dieta ni mucho menos, las dietas con nombre son para incautos y, además, nocivas.
He perdido 21 kilos y han desaparecido aquellos problemas de salud y otros que arrastraba hacía tiempo y parecían crónicos. Con esto no pretendo convencer a nadie de que se mueva o coma sano para encontrarse mejor, entre otras cosas porque convencer a la gente de cosas está muy feo, pero sobre todo porque cuanto peor se encuentren todos ustedes, más beneficio podré obtener yo de mi mejoría.
Hoy juega España contra Alemania. Yo voy con Toni Kroos, que no está en este mundial asqueroso. Pero antes está el Portanálisis y, además, hoy escribe Fred Gwynne, que siempre es motivo de alegría.
Después de comer, caminata. Al llegar a los lagos de Getafe veo cien gaviotas y me pregunto dónde irán. Para ser franco, no sé si son gaviotas, también soy un tremendo ignorante del mundo de los pájaros.
Me acuerdo de Queiroz y no precisamente de aquella pájara que sufrió su Madrid y que le llevó a terminar la Liga por detrás de Marino Lejarreta y Abraham Olano. Sino a su respuesta a una periodista de la BBC que le había preguntado por la situación política de Irán. El entrenador respondió con otra pregunta: “¿Y por qué no le preguntas a Southgate o al seleccionar de EEUU lo que piensan de Afganistán?”.
Respuesta efectista de plexiglás que seguramente tenga éxito entre los más acéfalos. Lo mismo es un régimen fanático religioso como el de Irán, que somete incluso a su propio pueblo y llega a asesinar a sus ciudadanos, que Estados Unidos o Inglaterra, que formaron parte de una coalición internacional como respuesta a una serie de atentados terroristas que estaba asolando a Occidente.
No quería ver nada del mundial, pero sucumbo y pongo el partido. Bajón con el gol anulado a Antonio Rüdiger. Encima marca Morata, a quien siempre imagino como una mezcla entre Forrest Gump y Ralph Wiggum. El gol alemán no fue suficiente para que perdiera la selección. No me sale apoyar a un equipo apropiado por antimadridistas e indepes. También entiendo a quien defiende que no ir con España en el fondo es darles la razón a quienes se la han apropiado. Pero, como digo, no me sale. Y no tiene ningún sentido fingir en algo así. ¿Qué importancia tiene a quién anime o deje de animar yo?
Que no me ilusione no significa que no reconozca los méritos de Luis Enrique y de la selección. Lástima que los demuestren en un mundial inmoral como este. Aunque si para Queiroz es igual de atroz el régimen iraní que países civilizados como EEUU o Inglaterra, seguro que encontramos a alguien que defienda la infamia de Catar.
Getty Images.
Este mundial edificado sobre los cuerpos inertes de miles de esclavos no nos da para mucho a los que, por imperativo moral, no le prestamos demasiada atención, pero el no inocular a nuestros niños nuestras fobias nos mueve a sentarnos ante el televisor, con todas las reticencias del mundo, por lo menos cuando juega España. Hay que dejar que los chicos disfruten con la inocencia que su edad debe consagrar, y evitar interferencias de nuestro escepticismo en su ingenuidad. Si eso significa pintarse la cara de rojigualda, real o figuradamente, fingiendo que nos sentimos representados por Lucho y los suyos, adelante con ello.
En el cumplimento de este deber teatral vi junto a mi descendencia el España-Alemania, y en clave madridista querría reseñar la conveniencia de fichar a Dani Olmo, un jugador verdaderamente singular que vendría muy bien tal vez no como titular indiscutible, pero sí como fondo de armario, como peón de brega en un centro del campo blanco donde nunca está de más la determinación indesmayable de la que hace gala un futbolista no exento además de cualidades técnicas (magnífico el disparo que a duras penas repelieron entre Neuer, el larguero y el poste derecho).
Dani Olmo aparece en las alineaciones con la etiqueta de delantero, aunque no lo es. Se suele pegar a la cal de la banda izquierda para recibir, pero es lo más lejano a un extremo que se pueda imaginar. Tampoco es específicamente un interior. Es una pieza que complementa al resto y juega sencillo, con inteligencia, y que se deja la vida en cada lance. Es un centrocampista pleno de brío, de los que impiden que decaiga el ritmo como al Madrid suele pasarle en esos primeros tiempos en los que fluye el tiempo en beneficio de un rival aupado por la laxitud en que suelen caer los de Ancelotti. Bien acoplado a la plantilla (y nada hace pensar que no pudiera acoplarse, siendo un buen tipo que estaría rodeado por gente de similar calidad humana), podría resultar un complemento anímico de primer orden. Dani juega con nervio y lo contagia. Siempre combina con criterio y, sin ser un diez en nada, es un siete o un ocho en casi todo, muy especialmente en la creación de un espíritu de equipo imbatible que es lo que siempre ha buscado el Madrid, al menos desde que Di Stéfano acuñó la célebre sentencia según la cual nadie es tan bueno como todo el equipo. Olmo es sobre todo eso, una pieza valiosa en términos colectivos.
Siempre he defendido la necesidad de tener un Lucas Vázquez en tu equipo. Cada día estoy más convencido de que hacen falta, de hecho, dos lucasvásqueces en la plantilla del campeón de Europa. Dani tiene más técnica y ductilidad que Lucas, pero comparte con él la lucha irreductible. Nominalmente, sin embargo, el paralelismo está servido por otro lado, dado que nuestro protagonista se llama (que sí) DANI Olmo CARVAJAL. Todo son señales que invitan a poner piedras de futuro, como la que su casi homónimo puso en Valdebebas de la mano de un tal Alfredo Di Stéfano.
Querría reseñar la conveniencia de fichar a Dani Olmo para el Real madrid, un jugador verdaderamente singular que vendría muy bien tal vez no como titular indiscutible, pero sí como fondo de armario
Dani Olmo es del entorno culé, canterano de la Masía, pero el que reconozca públicamente que su ídolo es Modric deja claro que no está abducido por la vacua retórica tiquitaquesca.
Si Florentino alienta (no sabemos si lo hace) alguna inquietud por españolizar un poco el elenco, hay pocos españoles fichables por calidad que además no jueguen en equipos españoles, condición indispensable para que los clubes vendedores no se suban a la parra (ni al olmo) a la hora de poner precios. Dani Olmo es español pero juega en el Leipzig, que no es el Valencia ni el Villarreal, no va a montar una guerra civil cuando Florentino se limite a preguntar por él. Los hinchas del Leipzig le dirán adiós con respeto y comprensión, sin organizar aquelarres ni insuflar rencores irrestañables.
El centro del campo del Madrid está ya acometiendo ni más ni menos que la renovación de las mejores piezas de su Historia. Aunque hay optimismo con la presencia de Valverde, Tchouaméni y Camavinga, existe aún un componente de incógnita por la extrema juventud de esos puntales, que siempre se pueden estropear por miles de razones y agostarse en el camino. Hay que sumar efectivos en esa línea, y si hay algo que hace Dani es precisamente sumar.
Seguir insistiendo nos produciría pesar. Hágase y punto.
Getty Images.
Hay veces que con una foto vale. Sobra el texto. El día del PSG pones a Alaba y su silla y “no hase falta desir nada más”, resumiría el gran Bernd Schuster. O un montaje con las caritas de Pochettino, Guardiola y Tuchel después de Aquello. Aquello llevará mayúscula por los siglos de los siglos. Amén.
El Mundial, una cosa flipante en lo futbolístico no está siendo. Momentitos. Hay que ser generoso y pensar que no están Kroos y Benzema que es como si un torero sale sin montera y capote de paseo.
Un Mundial sin Kroos y Benzema es como si un torero sale sin montera y capote de paseo
Los muchachos ponen interés, pero poca gracia. En todos los mundiales mucho espectáculo lo da el pueblo y el paisano con la camiseta de Puigdemont /155 es insuperable. Deberían localizarle y que hiciera el saque de honor el día de Japón. ¡Qué arte!
Afortunadamente cabalgamos hacia el final de la primera fase y 16 selecciones infumables volverán a sus casas. Algunas deberían ser mandadas al cercano desierto junto al tal Infantino. Ese tipo que está empeñado en que la próxima edición la jueguen 48 equipos. El otro día le leí a un colega argentino que muchos de estos partidos dan la razón a la Superliga de Florentino. Que eso es así. La Superliga es de Florentino.
Un Mundial serio da para 16 selecciones. 24 es una exageración. 32, una mamarrachada. 48, carcelario. Que la cosa es el negocio. Ya, la cosa es perfecto. No 48, 64. Incluso 125. Pero mamarrachada. En fin… También les digo que los cruces animarán el asunto y mi círculo madridista empieza a excitarse. Si España clasifica, sería extraordinaria otra cosa, nos las veremos con Marruecos/Achraf, Bélgica/Courtois & Hazard o Croacia, o sea Modric. Que es un país él solo. Yo me pido a Bélgica pues podría pasar algo indescriptible: que nos mandara a casa un gol de Eden. ¿Se imaginan?
Si está de Dios que España va a ser campeona del mundo no habrá nada que lo impida. Si no lo está, caigamos entre risas y alborotos. Que nos tumbe Marruecos, Croacia, Brasil tendría poca guasa. Que fuera Hazard… No imagino mejor final
Si está de Dios que España va a ser campeona del mundo no habrá rival ni persona, animal o cosa que lo impida. Que venga cualquiera. Si no lo está, caigamos entre risas y alborotos. Que nos tumbe Marruecos, Croacia, Brasil tendría poca guasa. Que fuera Hazard… No imagino mejor final.
Por cierto. Dije Brasil. Escucharían a Casemiro. Le preguntaron con quien se sentiría mejor acompañado. El colega preguntón se refería si a Paquetá, Bruno Guimaraes, Fred, esas gentes. Case lo liquidó con cinco palabras: Toni Kroos y Luka Modric. ¡Ay, Case, Case! ¿Por qué te fuiste?
Getty Images.
Continuando con nuestro juego de estas semanas, acudimos al cine italiano. Antes de que alguno alce ancelottianamente una ceja, admitiré que la variedad de las películas abarcadas en semejante cajón de sastre es enorme, en efecto. Pero... ¿Algún cinéfilo se atreve a negar tajantemente la posibilidad de que componga un género en sí mismo?
“La vida no es como la has visto en el cine. La vida es más difícil”.
La historia de un niño que crece amando una ilusión, se marcha a regañadientes de la tierra enferma y decadente que lo vio nacer y vuelve hecho un hombre para encontrar que nada es igual. A primera vista, parece una adaptación sui generis de la trayectoria de Fernando Torres. La metáfora, no obstante, se puede estirar mucho más. El discurso pragmático con el que se insiste a Salvatore acerca de la importancia del esfuerzo mantenido para lograr sus sueños y ambiciones constituye la manida cantinela del cholismo más puro. Y si Totó encaja fácilmente como el Niño, más sencilla resulta aún la identificación del viejo gruñón Alfredo, de amplia sabiduría y escasa paciencia, con otro de los puntales históricos del Atlético de Madrid. El avispado lector entenderá a quién me refiero, y tal y tal.
La película se halla impregnada de emotividad a raudales, quizá con algunos trucos que evocan una nostalgia por momentos excesiva, aunque no por predecibles menos efectivos. Un aura bastante similar a la que el relato colchonero se empeña en mostrar: melancolía suficiente para fundar un paseo entero. La música de Morricone le confiere un carácter inconfundible, y la cinta llega a su culmen en la escena final en la que Salvatore observa todos los cortes que Alfredo guardó para él. Beso a beso. Filmina a filmina. ¿Partido a partido?
“Buenos días, princesa”.
La película de Roberto Benigni tuvo un éxito extraordinario e inapelable, más o menos a la altura de los logros barcelonistas del guardiolismo. Galardonada con su particular triplete, que incluyó el Óscar a la mejor cinta extranjera, a la mejor banda sonora y al mejor actor, y además nominada a otras cuatro estatuillas. Por otro lado, y de idéntica forma que ocurre con el Barça, sus fans ensalzan el mensaje que deja más allá del metal atesorado. La condición humana resistiendo en el peor de los infiernos o el juego por encima del resultado son dos leitmotivs aparejados, de manera ineluctable y para siempre, con el film italiano y el club catalán, respectivamente.
Reconozco que resulta imposible no emocionarse con el afán de un padre por hacer llevadero el horror a su hijo. Por muy cínicamente que uno se presente ante la pantalla, descreído por la inverosimilitud del argumento, termina ligeramente conmovido aunque no quiera o sepa muy bien por qué, como aquellos tipos del Bernabéu que, a su pesar, se levantaron a aplaudir a Ronaldinho. No obstante, existe una reflexión moral que convierte el paralelismo entre el film y el club azulgrana en algo un poco menos amable. El excesivo sentimentalismo y el inevitable embellecimiento de una tragedia real contribuye de manera innegable a minimizarla y banalizarla. Por mucho que nos reconcilie con la vida, la película posee una visión demasiado edulcorada de la experiencia del nazismo y los campos de concentración. Hay temas en los que una fábula deliberadamente optimista no tiene cabida sin entrar en conflicto con la memoria real, cruda y atroz. En este sentido, cierta tendencia a la sobreactuación victimista por parte del Barcelona, con un entorno a menudo experto en sobredimensionar supuestos agravios e inventar relatos ficticios para no afrontar sus derrotas, puede acabar también reduciéndolo en ocasiones a la caricatura. La vida es bella es una película enternecedora, pero es mentira. Y el Barça...
“Pero yo no quería ser simplemente un mundano. Quería convertirme en el rey de los mundanos. Y lo conseguí. Yo no solo quería participar en las fiestas. Quería tener el poder de hacerlas fracasar”.
Hay tantas lecturas que resulta difícil elegir por dónde empezar. En la más superficial, el cinismo de Jep Gambardella lo empuja a una vida disoluta de lujo y fiestas decadentes que se corresponden con la alegoría perfecta del madridismo narcisista e inmoral que tratan de proyectar los antis. La opulenta bacanal inicial alude a episodios que se instalan en lo mitológico, como los antiguos cumpleaños de Ronaldo Nazario. Por otro lado, los dispendios desmedidos del ritmo de vida de la jet set romana equivaldrían a la desmesura de los peores años que los críticos reprochan al florentinismo, no tanto por gastar sino por hacerlo sin concierto.
Más allá de la contundencia de la secuencia del comienzo, se pueden apreciar matices más interesantes. El protagonista es un escritor brillante que murió prematuramente de éxito y que no encuentra inspiración para un segundo libro; podría recurrir a los trucos literarios que domina para obtener productos sin duda aclamados por un público y una crítica menos inteligentes que él, pero no lo hace por respeto a sí mismo. Toda la película gira en torno a una búsqueda de sentido, de contenido auténtico, que le permita construir una segunda obra a la altura de su ambición. Mientras tanto, se limita a hacer trabajos de aliño en prensa, a los cuales no otorga ningún valor y que sin esfuerzo son abrumadoramente mejores que los de la mayoría. No hace falta que me extienda demasiado: un pasado glorioso e irrepetible, unas expectativas por las nubes, un éxito mantenido en el tiempo casi por inercia, un escrutinio autoimpuesto sobre su día a día, algún enemigo mortal preso de los celos, una huida voluntaria de los discursos idealistas que reconfortan pero sacrifican la lucidez… ¿Acaso no sale sola, la identificación? Para los menos sutiles, únicamente subrayaré que Gambardella viste casi todo el rato chaquetas de color blanco. Nada más. O, mejor dicho: y nada más.
Si hubiéramos dicho alguna vez que Alemania es Alemania, no nos podría haber extrañado que Alemania asintiera, pero al no haberlo dicho nunca (no porque no sea verdad, sino por algún otro motivo que hablaremos con nuestro primo) resulta que Alemania no se ha pronunciado ni sobre su equivalencia con Alemania ni sobre la presunta obligatoriedad de otorgarnos la razón, caso de que lo hubiéramos señalado.
Buenos días, amigos. Mariano Rajoy está escribiendo en El Debate breves crónicas de la llamada roja en este mundial putrefacto, y la cosa está siendo un éxito sin parangón. En nuestro primer párrafo de hoy hemos tratado de replicar el estilo inimitable de nuestro expresidente. No podría negar la autoría de estos textos futboleros ni aunque se empeñara.
No está empleando a ningún afroamericano para esta tesitura. Es él, sin sombra de duda.
Ahí lo tenéis. “Dije que Alemania es Alemania y creo que Alemania me ha dado la razón”, se jacta el ex presidente del Gobierno español. Lamentamos no poder decir lo mismo. Nosotros nunca dijimos que Alemania fuese Alemania y, por consiguiente, los germanos no nos dieron la razón, puesto que es imposible dar la razón a lo que no ha sido dicho.
“Hay que pensar que si el balón está en el área del otro no te van a meter gol”, sostiene Rajoy, preclaro. Esto es ser un panenkita y lo demás son leches. “Como esté demasiado en la tuya, corres evidentemente algunos riesgos”, abunda el Segurola gallego, convirtiendo a Miguel Quintana en un perfecto ignaro balompédico. Qué lucidez, amigos. Queda visto que debería existir un término medio entre el pizarrismo y el galleguismo extremo. “Creo que hemos dado la talla y ahora hay que ver qué es lo que va a ocurrir”. Dicho esto, si no hubiéramos dado la talla estaríamos igualmente legitimados para ver qué es lo que va a ocurrir, si bien lo veríamos desde el avión de vuelta a España, tal vez. Ver qué es lo que va a ocurrir es casi siempre legítimo, si bien acertar en la puesta en práctica de esa disciplina es propio de pitonisos y oráculos varios, cosa que Rajoy no es. Tampoco lo es, por ejemplo, la FIFA, que se puso a ver lo que iba a pasar en la preparación del mundial y no vio que iban a morir más de 6000 esclavos en la construcción de los estadios.
Sostiene Rajoy, para cerrar su antológica columna, que “hay que ser optimista, porque ser cualquier otra cosa no sirve absolutamente para nada”. Hombre, aquí nos permitimos discrepar de D. Mariano, ex presidente del Gobierno (ojalá no fuese el único Mariano que ya es ex). Hay que cosas que no son ser optimista y que sí que sirven de algo. Ser guapo, por ejemplo, sirve para ligar, o al menos así era cuando ligar era actividad libre de sospecha. Ser ingeniero aeronáutico te sirve, en principio, para construir aviones. Ser Catar te sirve para organizar mundiales, aunque visto lo visto no debiera servirte.
Ser portanalista, en cambio, no sirve para gran cosa. Después de más de siete años haciéndolo, no le vemos gran ganancia al asunto. Cuando vemos “qué es lo que va a ocurrir”, no vemos un carajo. Bueno, sí, vemos las portadas, pero no nos referíamos a eso.
A veces, en la vida, empatar contra Alemania tiene más mérito y es más reseñable que meterle siete goles a Costa Rica. Estamos ante uno de esos casos. Todos aquellos que quieren ilusionarse con la marcha en el mundial de la llamada roja tienen ahora muchas más razones para hacerlo que hace unos días (nosotros no nos ilusionamos con la roja ni vamos con ellos porque no vamos con nadie, ¿cómo podríamos ir CON alguien en el mundial cuando vamos CONTRA el mundial?). Si fuéramos con la roja, estaríamos ahora más legítimamente emocionados que nunca. España debió ganar, fue superior a Alemania en juego y ocasiones, y mostró un cuajo que es el que de verdad hace a los equipos campeones. Luis Enrique lleva años forjando un grupo muy discutible nombre por nombre, pero que ha encontrado en eso, en la forja paulatina de un auténtico grupo, el elemento diferenciador con respecto a otros combinados. Una selección, hecha con retales de diferentes equipos que se reúnen de pascuas a ramos, no está por lo general muy trabajada. Luis Enrique ha obrado el milagro y su equipo lo está, como lo estaría un equipo de club formado por tíos que entrenan juntos todos los días. Le puedes discutir a quién lleva y le puedes discutir sus formas, pero le tienes que conceder ese logro que, potencialmente, puede conducirle a ganar el mundial, cosa que, de suceder, será utilizado contra el Real Madrid por los medios y las instituciones de un modo que ríete tú de lo de 2010. Pero esto es apuntar lejos. De momento, solo cabe felicitar al asturiano por el trabajo que está haciendo, nos caiga bien, mal o regular, y permanecer atentos a las columnas de Mariano Rajoy en El Debate. Cualquier otra cosa no sirve absolutamente para nada.
Pasad un buen día.
—Jajajajajajaja.
Se vio desde el primer momento que no iba a ser un trayecto normal. El taxista ya había arrancado, me miraba por el retrovisor y no cesaba de reírse.
—Pero tú eres… tú eres…
Había un punto inquietante en aquello. Hay varios colectivos susceptibles de secuestrarme y cosquillearme los pies, desde los dobladores de películas a los miembros de club de fans de Jordi Alba (si lo hubiere), amén de los muy numerosos y silenciosamente mortales detractores de la coma del vocativo.
—¿De qué me conoce? —quise atajar, agarrando con todas mis fuerzas el abridor de la puerta para saltar en marcha en cuanto el vehículo aminorara mínimamente.
—Jajajajajajajaja.
—En efecto. Jajajajaja. Ahora avancemos. ¿De qué me conoce? ¿De Real Madrid TV? ¿De Twitter? ¿Lee usted La Galerna? ¡Dígame, por Dios!
—Tú eres… tú eres…
Hemos visto en muchas películas asesinos que se recrean en la suerte del anonimato, del enigma, de la solo aparente ausencia de un móvil del crimen. Tal regodeo incrementa la zozobra en la víctima, primero porque sabe que tras esas risas sin respuesta late la pulsión irrefrenable de hacerte cachitos del tamaño de la modestia de Luis Enrique, y segundo (pero no menos importante) porque todo el mundo sabe que siempre, absolutamente siempre existe un móvil del crimen.
—Dígame ya, por favor. ¿Hemos discutido por Twitter? ¿Le he bloqueado yo a usted? ¿Me ha bloqueado usted a mí?
Había otra pregunta más, absolutamente pertinente: ¿es justo que usted pueda reconocerme a mí, y en consecuencia puede también enviar a mi familia veintitrés sobres en veintitrés días consecutivos con veintitrés apéndices de mi cuerpo, mientras yo nunca habría podido hacer lo mismo con usted porque usted se oculta bajo un nick del tipo @cruyffista1714 o @cholo_sarraceno? No dio tiempo a hacerla, porque Josechu (@josechumogan) no tardaría en referirme, domando por fin su hilaridad y mirándome a través del retrovisor, el origen de la discrepancia.
—Pero ¿fui borde con usted? ¿Le insulté? No suelo, pero sí imagino que puedo llegar a ser razonablemente cáustico y tocapelotas. Si alguna vez fue el caso, considere que tengo mujer y cuatro hijos, y que estoy absolutamente dispuesto a perder el más elemental resto de dignidad arrastrándome por los suelos suplicando que mi vida sea exonerada de un castigo terminal.
—No, hombre. Si tampoco fue para tanto. Simplemente contaste, en un hilo que me molestó bastante, que habías sido recogido por un conductor de Uber marroquí majísimo y eficiente (según tú) que además resultó ser madridista, y a partir de esa anécdota inferiste que los conductores de Uber han de ser vikingos por oposición a los del taxi, que serían del Atleti según tus propias y muy desafortunadas palabras.
Josechu no tenía el tono de voz inconfundible de los serial killers pero quedaba un buen rato hasta Juan Bravo, lo que venía a ser lo mismo. Con todo, enseguida se reveló como un interlocutor entretenidísimo que además, divergencias a un lado, seguía con asiduidad La Galerna y algunas veces coincidíamos “en otras cosas”. Yo no recordaba mucho de aquello en lo que muy amablemente consistía el pliego de acusaciones de mi conductor.
—Yo te dije que no tenías ni idea. Y te voy a decir más: en esa parada en la que te he cogido todos los taxistas son del Madrid. ¡Todos! Bueno, hay uno del Atleti y otro que no le gusta el fútbol.
—Tomo nota del dato —apunté, dejando de aferrarme a la puerta con pánico al desollamiento y posterior abandono en una cuneta de la A236—. Lo haré constar en un artículo en La Galerna. Será una especie de desagravio al gremio del taxi. Además te confieso que Uber me tiene muy disgustado últimamente. Tardan siglos en llegar y los conductores suelen no tener ni puta idea de los recorridos. Lo fían todo a Google, que muchas veces no puede sustituir la experiencia de un buen profesional, conocedor del terreno.
—Me alegra que te des cuenta por fin —repuso Josechu—. Uber es culé.
—¿Eso crees? —por entonces ya había empezado a tutear a Josechu.
—No, hombre, tampoco. Era por seguir con una broma de esas que hacéis en La Galerna. Que si Clint Eastwood es del Madrid. Que si John Lennon era culé. Eso sí, nada como cuando Athos Dumas comparó a Angela Lansbury con Chendo. Al día siguiente teníais que haber chapado La Galerna. Todo será cuesta abajo a partir de ese día.
—Tienes toda la razón.
—Ni los del Uber son del Barça ni los taxistas del Atleti. Esas generalizaciones son tonterías. En todos los gremios hay de todo.
—Y los taxistas madridistas de tu parada, por ejemplo, ¿sois piperos? Es por seguir con muestras estadísticas de las que no sirven para nada.
Como se verá, ya me había relajado mucho. Josechu era sobre todo un fan acérrimo de Richard Dees, a través del cual había llegado a La Galerna y, lo que es más importante, al descubrimiento de la doble vara de medir de la prensa deportiva patria. Al parecer había quedado para tomar unas patatas bravas con Richard en una de las últimas visitas a Madrid del creador de El Radio, pero habían tenido que cancelar por una enfermedad imprevista y por fortuna leve del hijo de Josechu.
—Hemos quedado en retomar la idea para cuando Richard vuelva a la capital. Se unirán Manuel Matamoros, que es un tío de puta madre con el que también hablo a veces por twitter, y otro compromisario que se llama Paco, ¿lo conoces? Vamos a ir al mejor sitio de bravas de Madrid. Bueno, al segundo mejor, porque en el primero son demasiado del Atleti. Es un matrimonio de gallegos, viejecitos y encantadores, pero con tanta bandera y tanto póster de Savic las bravas se me revuelven (excelentemente, pero se me revuelven) en los alrededores del píloro. Optemos por el segundo mejor.
—No caigo en quién es Paco. Pero, si te parece, Josechu, escribiré en La Galerna algo que sirva de disculpas mías ante el gremio del taxi, por aquella inexcusable torpeza o generalización tuitera. Confío en que, de este modo, me apuntéis al plan cuando por fin vaya a tener lugar.
Quiero aprovechar estas líneas para manifestar mi más sincero arrepentimiento ante el muy noble gremio de los taxistas de la villa y corte. He sido sin duda muy desafortunado en mis encuentros, como cliente, con los representantes del colectivo. No me cabe duda de que, en aquel hilo tuitero, caí en una nefanda generalización estadística. Además, como digo, Uber funciona cada vez peor.
Viva el taxi y Hala Madrid, valga la redundancia.
Buenos días. Ya son 17 los días, 408 las horas y tropecientos los minutos que han pasado sin ver a nuestro Real Madrid sobre el verde de los campos de la piel de toro. A cambio, los popes mundiales del balompié insisten en ofrecer una travesía en el desierto como beduinos envueltos en rojigualda que al parecer alcanza, hoy domingo, una de sus etapas reina; todo un Sacro Imperio Romano Germánico a coronar esta tarde en el emirato.
Yo soy español, ya saben, el cántico que se popularizara cuando los muchachos de Del Bosque acreditaron su buena estrella en Sudáfrica. Lo puede usted cantar en su casa, desgañitarse incluso agitando el Sport más espanyol de temporada o un Mundo Deportivo que al fin y al cabo nunca dejó de ser un diario de Godó, grande de España. Por poder, puede ser usted un español de Doha de arriba, llamarse Yusuf, vestirse de colorao, y salir a cantar las bondades de La Roja por las calles cataríes, donde, al parecer, algunos periodistas de investigación —de salón— esperaban descubrir restos de fiambre, sentenciados a muerte por las cosillas del emirato, asomando la patita por las alcantarillas.
Show must go on. Inshalla. Que no decaiga y arriba el gallinero.
¿Hemos dicho ya que llevamos más de 15 días sin madridismo balompédico masculino?
¿Por qué? Que diría un tal Mourinho.
¿Por qué? Porque hoy juega España.
¡Prensa de combate y prietas las filas!
¡A sus órdenes, Romerales!
Seas el GARA o El Diari de Girona, hoy toca domingo de exaltación patriótica. Y como suele suceder cuando suena el bombo de Manolo los titulares se embrutecen en consecuencia. Ni qué decir tienen sus imágenes de primera plana.
Así como un Morata recién salido de un estreñimiento corona el rotundo ¡Vamos España! con aroma a fritanga de la portada de Marca, son Pedri y Asensi (sí, se le ha caído la “o”) paseando sobre las dunas quienes presiden el pedreroliano —y ridículo— Final para jugones del diario As.
Aún con todo, como soflama y grito de guerra nos quedamos con Morata y lo ajustado de su punto de mira.
Sin embargo, oh sacrilegio, se nos cuela en la azotea de las portadas cierto intruso que se marca además una sardana. Sí, es Lionel, el Argentino, cuyos muñecos vestido de culé aún se venden en los aledaños de un Camp Nou que se cae a cachos bajo la triste y solitaria mirada de un grúa digna del Pocero en Seseña. Tan nostre es Messi como el espetec en Catalunya. Tanto sufrimos sus desdichas sauditas como celebramos la ristra de insultos del hincha argentino —hasta hoy sin ningún género de dudas lo mejor del Mundial— en esta mañana que nos ocupa, como aplaudimos la victoria de la Albiceleste ante una México que está para cantar rancheritas con el Tata. Messi gana, Messi líder, siempre Messi. Menudo fiestón se marcaron los argentinos en el vestuario después de ganar su primer partido en Qatar ante unos aztecas de mercadillo. Como Laporta, pulgares arriba por los campos de España.
¿Es Argentina el Barça de selecciones?
Se lo sugeriremos como encuesta a este Sport de tono rojizo catarí que te vi cuyos lectores aún no adivinan el terrible trauma que habrán de afrontar en la última jornada de la fase de grupos mundialista; ese Polonia (¿Catalunya?) Vs Argentina en el que tendrán que elegir entre papá o mamá, Messi o Lewandowski. Embolia azulgrana garantizada.
Precisamente fruto de la falta de riego son las declaraciones que recoge este Sport ocre del jardinero Hernández, que tan bien conoce las dunas del desierto. El jeque Xavi Al Kharrer aplaude a España y quiere fichar a Endrick como antes a Haaland y como antes de él a Verrati o a Marquinhos, a Neymar; a Ali Babá, incluso.
Así vienen luego los gatillazos. Quizás por eso está por aquí estratégicamente colocada la publicidad del mástil caído.
Hoy no es el día. Vigor para todos que juega la Roja.
Y que el streamer de moda DJLuchoPapiGavi21 nos lo cuente.
Feliz día, amigos galernautas.