Las mejores firmas madridistas del planeta

El polémico empate del domingo por la tarde contra el Girona en el Bernabéu ha servido para algo más que lamerse las heridas, que por lo genera es para lo único que le sirven los empates a un madridista: para rumiar, rezongar, mirar dentro de los ojos de la muerte mientras declina la luz y se aproxima el lunes. Por de pronto, el club ha alzado una ceja, y no la de Ancelotti. Butragueño ha vuelto a manifestarse sobre los árbitros, como gran visir, interpretando el malestar de palacio ante las cámaras de televisión (“sorprendente” ha sido esta vez la palabra: los kremlinólogos deben ahora medir su alcance profundo, y las consecuencias) por las controvertidas decisiones que determinaron el 1-1 final que acorta la ventaja sobre el Barcelona y comprime la Liga a 20 días del comienzo de la copa del mundo de la vergüenza. En Marca se dice hoy que, aunque no se ha reprendido directamente a los jugadores, desde la dirigencia se cree que se están dosificando para el mundial. Lo cual no deja de ser, en una palabra, adulterar la competición.

Infantino Catar

Seguramente no sea una cosa que se circunscriba sólo a la plantilla del Madrid, probablemente a la del Madrid sea a la que menos le afecte, visto los resultados obtenidos hasta el momento (líder de la Liga y primero de su grupo en la Copa de Europa a falta de un partido; una ristra de encuentros disputados desde el 10 de agosto y tan sólo una derrota, por lo demás irrelevante), pero es un fenómeno humano e inevitable: a medida que se va acercando la fecha del Mundial, la gente, inconsciente y no deliberadamente, afloja. Es natural, es la condición humana. Muy a menudo olvidamos que los futbolistas son personas normales para quienes su selección, defenderla, jugar una Copa del Mundo, son cosas importantes, cosas que están fuera del debate minoritario en redes sociales acerca de la naturaleza del fútbol de selecciones o acerca de la inmoralidad del engendro qatarí que nos han impuesto por la fuerza. Por la fuerza del dinero, que ha sustituido a la coacción armada como manera de hacer la guerra y de corromper voluntades en este siglo infame que nos ha tocado vivir.

La culpa, por tanto, no es de los futbolistas, sino de todos aquellos que han permitido semejante adulteración de todas las competiciones de clubes disputadas en la temporada 2022-2023. Adulterar, según la segunda acepción del diccionario de la Real Academia, significa “alterar la naturaleza de algo”. Es indiscutible que interrumpiendo durante un mes el curso natural de las ligas nacionales y de las competiciones europeas, la FIFA, con la complicidad abierta y entusiasta de todas y cada una de las federaciones nacionales del mundo, ha prostituido bajunamente el espectáculo en que se basa su pacto con el aficionado, que consiste en ofrecerle al señor normal que sustenta el negocio una lid justa, honesta y limpia.

es un fenómeno humano e inevitable: a medida que se va acercando la fecha del Mundial, la gente, inconsciente y no deliberadamente, afloja. Muy a menudo olvidamos que los futbolistas son personas normales para quienes su selección, defenderla, jugar una Copa del Mundo, son cosas importantes, cosas que están fuera del debate minoritario en redes sociales acerca de la inmoralidad del engendro qatarí que nos han impuesto por la fuerza

Si acaso se podría achacar a los futbolistas muy poca valentía a la hora de confrontarse con la dura realidad del mundial qatarí (que no merece ser escrito con mayúsculas). Podrían haber dicho algo, podrían haberse negado a ir a un mundial que se va a desarrollar en instalaciones levantadas por esclavos. No es posible hablar de trabajadores, trabajo implica remuneración legal y reconocimiento de una dignidad personal y profesional de la que carecen por lo completo los infelices, procedentes en su mayoría de Nepal, Pakistán o Bangladesh, por ejemplo, atrapados en la “kafala” qatarí. La kafala, lo explica Manuel Mañero en su página, The Last Journo (Mañero ha sido de los pocos periodistas en alzar la voz en España, en decir las cosas claras, en presentar hechos y datos en toda su crudeza) es un sistema de explotación alegal vigente en las teocracias del Golfo Pérsico que recluye a estas personas y las convierte en “mano de obra casi gratuita e importada de países pobres, a cambio de un salario simbólico e insignificante”. Podrían decir algo, negarse a jugar, alzar la voz (ellos, que cuentan con el altavoz más potente jamás imaginado en décadas anteriores: un futbolista cualquiera de la élite, del Madrid, del Barcelona, del Arsenal, por ejemplo, cuenta por millones sus seguidores en redes sociales, su capacidad para desbordar los tradicionales medios de comunicación es tremenda, sin embargo ninguno de ellos la utiliza casi nunca para algo más que el mero exhibicionismo, cuando no la publicidad más descarada, aunque bien es verdad que casi ninguno de los futbolistas de la élite pueden presumir de tener una idea propia), cualquier cosa. Van a ir a jugar un mundial en un lugar terrible para homosexuales, mujeres, cristianos, judíos o pobres, un lugar de sufrimiento y dolor, hecho ex profeso para que las élites comerciales y políticas de Occidente se cubran de oro a cambio de permitir que los tentáculos de aquellos regímenes teocráticos cuyo único fundamento es la infinita riqueza producida por el petróleo y el gas sobre el que se asientan alcancen los rincones más sagrados de nuestra civilización. Y los manchen.

Trabajadores Mundial Catar

Sé que ante la magnitud y el calibre de los atropellos de la dignidad humana en que se basa la mera existencia de la Qatar 2002 FIFA World Cup, el hecho de que la Liga española, por ejemplo, resulte perjudicada gravemente en su transcurso ordinario por la ruptura del calendario entre noviembre y diciembre parece poco menos que una gilipollez. Y seguramente lo sea. Pero ésta culpa, por secundaria que sea, es otra que hay que amontonar encima de las anchas espaldas de todos aquellos que han permitido, por acción y omisión, que esta aberración se produzca. En 2010, cuando la corruptísima FIFA consumó el disparate y se anunció la copa del mundo qatarí para doce años después, todo el mundo se tentó las vestiduras ante la posibilidad de que se parasen todas las competiciones del fútbol de clubes en pleno mes de noviembre para irse al desierto a jugar un mundial que siempre se había jugado a lo largo del verano del hemisferio norte. Las cosas parecen imposibles hasta que suceden, y cuando suceden uno se queda estupefacto al comprobar que en efecto, nunca pasa nada. Tenía razón Obdulio El Negro Varela, el capitán de Uruguay cuando el Maracanazo. Las cosas pasan y pasadas se quedan. Nunca pasa nada. Me gusta pensar en qué diría Varela, que no celebró aquella Copa del Mundo ganada a Brasil en Río de Janeiro porque consideraba que los oropeles se los iban a llevar todos los de traje, los dirigentes, si viviera hoy y le dijeran que tiene que ir a una tecnotiranía islámica a jugar un mundial de mierda sobre la sangre y los huesos aplastados de miles de individuos traídos bajo engaño desde el Sudeste asiático.

ante la magnitud y el calibre de los atropellos de la dignidad humana en que se basa la mera existencia de la Qatar 2002 FIFA World Cup, el hecho de que la Liga española, por ejemplo, resulte perjudicada gravemente en su transcurso ordinario, por la ruptura del calendario entre noviembre y diciembre, parece poco menos que una gilipollez. Y seguramente lo sea. Pero ésta culpa, por secundaria que sea, es otra que hay que amontonar encima de las anchas espaldas de todos aquellos que han permitido, por acción y omisión, que esta aberración se produzca

Que los jugadores levanten el pie y aflojen para no lesionarse estando tan cerca de un mundial es algo de lo que ellos no tienen culpa. O muy poquita. La culpa la tienen los presidentes de los clubes, empezando por el del Madrid; los representantes, los figurones de la prensa, los opinadores, los sponsors, los gobiernos. A los flabelíferos de las federaciones nacionales y a los magnates del mal de las confederaciones continentales ni los cuento: ellos no es que tengan la culpa por ser cómplices o anuentes, es que directamente son los responsables, los autores materiales de esta abyección. Pero todos los demás se han callado y han mirado para otra parte. Lo de las marcas que visten a las selecciones es muy gracioso, como lo de todas las multinacionales que cuando llega el 8 de marzo o el mes del Orgullo Gay se visten de morado o arcoíris y convierten nuestro mundo en un decorado circense. Pero las hay que van a rizar el rizo, como Hummels, que vestirá a la selección danesa toda de rojo para que no se note su marca. A veces parece que nos están grabando, a lo mejor todo es una simulación y en efecto hay un tipo en una dimensión desconocida de la realidad que nos está monitorizando a todos desde la pantalla gigante de un superordenador.

A los aficionados se nos hurtan nuestros equipos en lo más álgido de los torneos, cuando las cosas empiezan a enfilarse, a encarrilarse de cara a la próxima primavera. Se nos emplaza a una supercopa española pútrida en otro arenal corrompido bajo las banderas de Alá, la Arabia Saudí del estadista feminista Rubiales, y del Mundialito de Clubes (la primera gran concesión, requiescat in pace nuestra añorada Copa Intercontinental) no tenemos noticia por el momento. En veinte días nos meten por los hocicos un mundial que verá, por supuesto, todo el mundo, porque si a la gente del común a duras penas le importan sus propios muertos, ¿cuánto más les van a importar muertos del Nepal que llevan años enterrados bajo toneladas cúbicas de hormigón en ciudades fantasma levantadas en un pispás en medio del desierto, como las que los humanos de Ray Bradbury erigieron en Marte? El Madrid va a cumplir. Sea como fuere, Ancelotti habrá llevado al equipo hasta el 20 de noviembre en primera línea, con infinitos problemas musculares e infinitas bajas de sus mejores jugadores y también de sus mejores suplentes. Luego, la competición regresará en enero como si nada hubiera pasado, pero es inevitable también sentir que un cierto aire de hartazgo, de misión cumplida, de final, envolverá a todos a partir de entonces, porque el Mundial siempre ha sido el final de una larga campaña, y no un entremés. A ver quién logra arrancar después de este coitus interruptus que casi no está pareciendo coito.

Mientras veía el partido del domingo ante el Girona, pensé en lo que hace tiempo se está convirtiendo la liga española. Un basurero infame. Un estercolero. Un lugar del que hay que huir.

Independientemente de las siniestras circulares arbitrales -fantasmas o espíritus que apenas nadie conoce y que cambian con caprichoso criterio-, es increíble que lo de Asensio fuese considerado penalti (comparando por ejemplo con la mano de Felipe en el derbi 2020-21, que le costó el campeonato al Real Madrid) o que lo de Rodrygo no fuera gol (porque aparentemente el portero Gazzaniga tenía dos dedos rozando el esférico) cuando es una jugada que ni se revisa por el VAR.

Una sala VOR, por cierto, habitada por el pésimo ex árbitro Iglesias Villanueva, descendido a Segunda División por sus malas actuaciones en el campeonato 2018-19, y que ha encontrado cobijo (y jugosos estipendios) en las oscuras salas de la revisión tecnológica: este mal juez, el de los 3 penaltis en el 4-1 del Valencia hace un par de años, el día anterior no quiso ver una clara tarjeta roja a Marcos Alonso en el Valencia-Barcelona, como tampoco una agresión del acelerado (y protegido) Gavi a un defensor ché.

Melero López

Si a esto le añadimos la actitud de Melero López durante todo el encuentro (en el primer minuto, tras una falta aleatoria hecha por Rüdiger, se fue a por el alemán con actitud desafiante para amedrentarlo), pitando 16 faltas al equipo local, obviando una posible agresión a Carvajal que casi cuesta el 0-1, y permitiendo que los gerundenses le tomaran el pelo con infinitas pérdidas de tiempo (lo del calambre del portero Gazzaniga fue una mala broma), no es de extrañar que volaran dos puntos del Bernabéu, que dan sin duda un picante y una emoción a una liga cada vez más desesperante, aburrida y depauperada.

Tebas y Roures se frotan las manos ya que, antes del parón por el infame Mundial que se avecina, no habrá grandes diferencias en la clasificación entre Madrid y Barça, y así podrán presumir de emoción, y tratarán de vender el pollino cojo de “la mejor competición del mundo” a quien se lo quiera comprar.

La sensación de asco es casi infinita. Una competición en la que Gavi lleva una media de 3 faltas sancionadas por partido (más muchas actitudes que no se le sancionan ni que se repiten por el VAR manipulado por el socio culé Óscar Lago), 2 tarjetas amarillas en total, y que contemplan la vergonzosa expulsión de todo un Toni Kroos, la primera tras más de 700 partidos como profesional por ver dos tarjetas amarillas por hacer dos faltas.

Una competición en la que Gavi lleva una media de 3 faltas sancionadas por partido (más muchas actitudes que no se le sancionan ni que se repiten por el VAR manipulado por el socio culé Óscar Lago), 2 tarjetas amarillas en total, y que contemplan la vergonzosa expulsión de todo un Toni Kroos, la primera tras más de 700 partidos como profesional por ver dos tarjetas amarillas por hacer dos faltas

Y de esta forma, cuando tras esta jornada debería haber una diferencia de 5 puntos entre Madrid y Barça (lo lógico es que jugando con 10 con una expulsión merecida para Marcos Alonso es que su equipo no hubiese pasado del 0-0 inicial), resulta que solo hay un punto (32 a 31) a favor de los blancos.

Para más inri, nos hemos enterado ayer lunes 31 de octubre, en plena víspera de Halloween, que la Real Federación Española de Fútbol dispone de un Departamento de Integridad (un oxímoron tan increíble como un Departamento de Ética en la empresa de Al Capone o un Departamento de la Verdad en el diario soviético Pravda) que va a estudiar las declaraciones postpartido de Ancelotti (“el penalti de Asensio fue inventado”, imaginen ustedes la gravedad de dicha afirmación) para sancionar al técnico italiano entre 4 y 12 partidos de castigo.

“Pocilga” es el título posiblemente de la peor película de Pier Paolo Pasolini (lo cual ya tiene mérito en un currículo de baja calidad), un batiburrillo de escenas sin sentido donde se mezclan, por ejemplo, historias de caníbales y de colaboracionistas nazis.

No se me ocurre un sustantivo más apropiado para lo que estamos viviendo estos últimos años en nuestra liga doméstica. Aunque todo es siempre empeorable. Seguro que Tebas, Roures y el comité arbitral pueden hacer aún más hediondo este cenagal, esta pocilga de la que sin duda me gustaría que saliera huyendo el club de mis amores.

Buenos días, amigos. Le van a meter cuatro partidos de sanción (o más) a Carlo Ancelotti, ese bárbaro, ese maleducado, ese insultador inveterado sin respeto a las normas ni a las costumbres, como aquellos niños de Serrat pero añadiendo a su carácter díscolo un componente de perversidad por todos conocido. Qué desgracia para el deporte, ese tal Ancelotti. No nos extraña que le tengan que sancionar. Ha vuelto a hacer manifestaciones públicas chocantes e inaceptables, como es habitual en él, y ya está bien. Hay un límite que colma la paciencia del Departamento de Integridad de la Real Federación Española de Fútbol.

Nos sorprende que Marca, que habla de la posible sanción arriba en pequeñito, junto a la primera designación arbitral femenina en la historia del Real Madrid masculino, ni siquiera destine unos caracteres al nombre completo de la institución cuyo nombre hay que decir más, repetid con nosotros: Departamento de Integridad de la Real Federación Española de Fútbol. Lamentapla de toda lamentaplabilidat que el nombre completo no salga en ninguna parte en esta primera plana, demasiado preocupada en la clasificación para Europa League (Europa League también hay que decirlo más) del Malakito de Memphis, últimamente más Malakito de Memphis que nunca.

¿Que qué es el Departamento de Integridad de la Real Federación Española de Fútbol? ¿Esa es la pregunta que nos hacéis? Pues hombre, a ver, el Departamento de Integridad de la Real Federación Española de Fútbol es un organismo con sede en Motril que vela por la limpieza de todo cuanto ocurre tanto dentro como fuera de la propia Federación. Bajo ese nombre orwelliano, más propio de tiempos y latitudes de la Stasi que de la España playera de 2022, se oculta un departamento pistonudo, creednos. En lo relativo a limpieza interna, ved si no con qué célere ejemplaridad se empleó cuando el propio presidente de la RFEF dejó de usar gorra para ir por la calle para que no le metieran un saco de cocaína en el maletero del coche, o cuando organizó una Supercopa en arábigos parajes a fin de lucrarse hasta las trancas con su amigo el bueno de Geri. No veáis la rapidez e intachabilidad con la que se empleó ahí el Departamento de Integridad de la Real Federación de Toda la Inmundicia. Pues similar a la que está empleando para inhabilitar en el desarrollo de su profesión a un broncas profesional como el Carletto ese, menudo oprobio para el balompié.

El Real Departamento de Pureza de Fluidos e Integridad Motrilera no descansa. Cuando te parece que está de capa caída, que casi no se le escucha, es porque está laburando en lo oscuro para asegurarnos a ti y a mí que podamos dormir en paz, libres de las asechanzas de gánsteres italianos y otras gentes de mal vivir. Tres hurras por el Real Departamento de Integridad de la No Menos Real Federación Española de Arabia Saudí.

¿Es todo esto Real, or is it just fantasy?

As pasa de todo esto. Trae una entrevista con Iniesta, que es la integridad nipona, así que para qué mencionar siquiera la integridad granaína que tiene sin duda peor follá. El Departamento de Integridad de la Real Federación Española de Venta de Vinos y Kalises no se mete en estas cosas, y menos si el bueno de Andrés no tiene más que buenas también y agradecibles palabras para Modric (no confundir Modric con Motril). Ahí abajo, en pequeñito, se consigna el hastaelhuevismo blanco con ciertos arbitrajes, y cuidadín ahí porque el Departamento de Integridad de Etcétera no ve con buenos ojos el hastaelhuevismo y podría actuar de oficio (y de orificio) contra el Madrid en general y contra Modric en particular, que pasaba por la portada de As pensando que puede hacer lo que le salga del pínfano.

No, hija, no. El Departamento de Integridad de la Real Federación Española de Fútbol no se inhibe nunca. Eso lo deja para los difuntos, que para eso es hoy su día. El Departamento de Integridad de los Aledaños de Salobreña te pilla diciendo un “se han inventado” más alto que otro y te manda donde corresponde, a la nevera, y sin el consuelo de guante ni pelota de baseball como Steve McQueen en La Gran Evasión.

Que se pudra en la nevera, o en la despensa, el facineroso de Carlo Ancelotti, ese broncas incorregible, ese felón. Que lo pongan al lado del estante de latas de caballa, a ver si por la noche se le cae alguna en la cabeza y le despierta, cojones ya. Granada es una provincia con alta actividad sísmica, por ahí vamos bien. Parecerá un accidente. Que purgue el indeseable transalpino sus múltiples fechorías. Vayamos todos juntos, La Galerna la primera, por la senda de probidad que marque en todo momento y lugar el Sacrosanto Departamento de Integridad de Rubi & Geri.

A todo esto, esta noche se disputa un partido de altísimo voltaje entre el Victoria Plzen y el Barça. El futuro del palanquismo en Champions se decide hoy. Las espadas (y las palancas) están en todo lo alto en la República Checa. Pese a la trascendencia del choque, el xavismo apuesta por su ADN de manera insobornable, y alineará a varios chicos de La Masía para demostrar que ellos son cantera y en ningún caso cartera, aunque bueno, eso el mundo ya lo sabe. Con Pablo Torre e Iñaki Peña (que son los nuevos Gavi y Pedri, quienes a su vez son los nuevos Xavi e Iniesta), el Jardiner más ilustre de los parterres está dispuesto a enfrentarse a la consabida crueldad de la Champions brindando al culerío un éxito sin precedentes y clasificando al Barça donde corresponde.

O sea, en la Europa League, que es la competición de moda, que es lo que se lleva ahora, como el tractor amarillo y los grandes tiburones fracasados. La verdad, no sabemos por qué Mascaró titula “Optimismo para amortiguar el fracaso”. ¿Qué fracaso? ¡Pero si dice Iniesta, en la portada de As que hemos visto antes, que no hay fracaso sino tan solo decepción! Informa también Sport de la presencia de Piqué en la lista de los 55 preseleccionados de Luis Enrique para el mundial, que es otro evento de mucha integridad. Está Piqué pero no está Nacho. Lo normal. Está Eric García pero no está Nacho. Lo normal también, qué coño. Quien piense que Nacho está entre los 55 mejores jugadores de España posiblemente crea asimismo en la integridad de la Real Federación Española de Fútbol, esa gente que, de todos los múltiples malajes a los que podría condenar, ha decidido fijarse en Carlo Ancelotti.

Os dejamos con la portada de Mundo Deportivo, que es crema como siempre.

Pasad un buen día.

Han pasado más de diez días desde que la revista France Football entregó los premios del Balón de Oro y todavía no sabemos los motivos por los que el Manchester City fue nombrado mejor equipo de la temporada pasada. Yo esperaba que Pascal Ferré, el director de esta revista, que acusó a Florentino Pérez de saber orquestar campañas para ganar el prestigioso premio, nos diese una explicación convincente, es decir, que pusiese encima de la mesa las votaciones (si las ha habido) o los requisitos necesarios para levantar el trofeo.

Alfredo Relaño, el único periodista español que ha votado en los premios del Balón de Oro, se mostraba igual de sorprendido que miles de madridistas:

"Me parece una gambada de categoría. No sabía ni que existía eso. Creo que ha sido una improvisación, no tenía ninguna noticia de que había esto. El Manchester City es un club que juega bien y es admirable, pero es un club estado de un jeque que está desvariando todo. Si querían hacer esto y no dárselo al Real Madrid, podrían haber tenido alguna idea más imaginativa. Un club que tuviera un gran mérito por alguna cosa o algo, pero han premiado a la cara menos presentable del fútbol”.

A pesar del desconocimiento de Relaño y de la inmensa mayoría de los aficionados del mundo, el premio sí existía: el año pasado fue el primero en el que se otorgó y lo ganó el Chelsea, el mismo equipo que levantó la Copa de Europa. Estas palabras del exdirector del AS nos confirman que este premio no se vota, lo entrega, siguiendo unos criterios desconocidos, directamente la publicación. En la revista digital de France Football aparecen unas 50 fotos y multitud de artículos. Ninguno de ellos habla sobre el Manchester City. Es un homenaje a Halloween, un premio fantasma. Da la impresión, visto como ocultan el galardón entre la hojarasca, de que están igual de avergonzados que los representantes del equipo que lo recogieron en la gala. Solo hay que ver las caras de forzados impostores de Ferrán Soriano, Begiristain, De Bruyne y Ederson para comprobar que ni ellos mismos sabían qué hacían en ese escenario. Son rostros y ademanes de los que se ven obligados a usurpar un premio, un trágame tierra que lo invalidaba y que mostraba a las claras que el verdadero campeón no era el Manchester City.

El único motivo, al menos el único que he conseguido encontrar, apareció en media docena de líneas de L’Équipe:

France Football balón de oro City

Naturalmente no especifica nada, las bases no aparecen. De la noticia (es un decir) se puede entresacar (siempre de forma oficiosa) que uno de los criterios es la suma de los representantes masculinos y femeninos nominados al Balón de Oro. El Manchester tiene 6, el Liverpool 6 y el Madrid 5. Parece ser, y esto me lo estoy inventando, que al existir un empate se dilucida el ganador en función de los méritos deportivos, es decir de los triunfos de cada equipo. Y aquí, para poner al City por delante del Liverpool, consideran que ganar la Premier es más importante que llegar a la final de la Champions. Siguiendo este razonamiento (repito, no oficial) y comparando los 6 candidatos del City contra los 5 del Real Madrid, llegamos a la conclusión de que tener un solo representante más nominado al Balón de Oro, aunque este, después de las votaciones, haya quedado en última posición, es más importante que ganar el trofeo más prestigioso del fútbol mundial: la Champions League. Un sindiós y una ridiculez que explica la “alegría desbordante” de Txiki y compañía al recoger el premio.

City Balón de Oro

Es una lástima que al Barcelona, que tiene el mismo número (5, cuatro femeninos y uno masculino) de nominados al Balón de Oro que el Real Madrid, no le hayan concedido uno más. Sería divertido  (creo que tomarse este premio como una chanza ya es una obligación) ver cómo el Barcelona, sin ningún título, sacaba al Real Madrid, campeón de la mejor Champions de la historia, de la Liga, de la Supercopa de España y de la Supercopa de Europa, del podio del trofeo.

Hay otras teorías (iba a escribir no oficiales, pero al no disponer de las oficiales todas tienen la misma validez) que intentan explicar el desaguisado. Son conjeturas que circulan en internet, propiciadas por la falta de transparencia, alimentadas por el desconocimiento de los requisitos para entregar el premio. Algunas son más peregrinas y otras menos, van desde el patrocinio de Roures al Balón de Oro hasta “la relegación de Real Madrid como una forma de repudio al presidente Florentino Pérez, impulsor y defensor de una Superliga de Europa”. Creo que ha pasado un tiempo prudencial para que France Football acabe con estos bulos o les siga dando, con su silencio, más pábulo.

 

Getty Images.

Cuento ganador del I Certamen de Cuentos Madridistas de Terror de La Galerna.

 

Perdíamos por dos goles cuando me marché del estadio, con ganas de darle una patada a algo.

—Me largo —le dije a Santi, arrancándome de cuajo la bufanda del cuello—. Tú haz lo que quieras, pero yo me voy.

Me siguió. Qué remedio. Habíamos venido en mi coche desde las afueras, así que Santi no tenía muchas opciones.

Estaba muy oscuro y llovía a mares. En apenas unos pasos me empapé de una manta de agua aceitosa, lo que no ayudo a mejorar mi humor. Al subirnos al coche, Santi comentó: “ha sido divertido a pesar de todo”, o algo similar. Menudo cretino.  Me arrepentí de habérmelo traído. Santi ni siquiera era madridista, quiero decir, madridista de verdad. Por el amor de Dios, si tenía como oro en paño una camiseta firmada por Bale. La de veces que habré pitado yo a ese jeta en cuanto saltaba al campo.

Pensaba en ello mientras conducía a través del aguacero y me ponía aún de peor humor. Menudo fracaso de noche. A mi jefe del curro un cliente le había regalado aquellas entradas para el Bernabéu, pero como es colchonero me las dio a mí. Le ofrecí una a Santi porque sabía que le hacía mucha ilusión conocer el estadio. Ambos compartíamos piso en Toledo. Era un buen tío y me caía bien, pero a veces me sacaba de mis casillas. Como ahora, cuando me ponía la cabeza como un bombo diciendo que nos teníamos que haber quedado hasta el final mientras yo intentaba manejar el coche en medio de aquel aguacero del infierno. La visión del parabrisas era como la pantalla de un televisor estropeado.

Encendí la radio para no tener que escuchar a Santi. Roncero despotricaba contra el equipo por haber dejado escapar un partido que tenía que haber ganado de calle. Tenía más razón que un santo.

Se me fue pasando el cabreo. Además, el tiempo era tan malo que apenas podía concentrarme en otra cosa que no fuera la carretera. La lluvia arreciaba cada vez con más fuerza. En la radio, Roncero anunciaba el apocalipsis madridista con voz de predicador. Me dio la impresión de que llevaba horas hablando.

De pronto la luz de los faros mostró una furgoneta orillada en la carretera. Vi un triángulo de emergencia en el suelo y, a su lado un tipo nos hizo señas pidiendo ayuda.

La lluvia había remitido de forma sorprendentemente brusca. Me hice a un lado y detuve el coche. El hombre que hacía señas se acercó, nos dio las gracias por detenernos y nos explicó que su furgoneta se había quedado sin batería, ¿tal vez podríamos echarle una mano? Le dije que no había problema, que precisamente llevaba unas pinzas en el coche.

Ayudé a aquel hombre a conectar ambos vehículos. Mientras la batería se cargaba y Santi esperaba en nuestro coche, intercambié unas palabras con el conductor de la furgoneta. Lucía un equipo completo de hincha merengue: gorra con escudo, bufanda, camiseta… Pero, lo que más me llamó la atención fueron sus gafas de sol. Supuse que tendría algún tipo de problema en la vista. No me parecía buena idea que condujera de noche con aquellas gafas de sol, pero no quise meterme donde me llamaban, así que no hice ningún comentario al respecto.

Le pregunté si había visto el partido. Respondió afirmativamente y me contó que, de hecho, era presidente de una peña madridista. Hasta el final, se llamaba, me aclaró. Me dijo que estaban abiertos a recibir nuevos socios y que quizá podría interesarme.

¿Por qué no? Pensé. Hacía tiempo que le daba vueltas a la idea de apuntarme a una peña donde ver los partidos junto a madridistas de verdad, y no tipos blandos como Santi. Le pedí al hombre de las gafas que nos intercambiáramos los números de teléfono por si finalmente me animaba a unirme a su grupo.

—Creo que encajarás bien con nosotros. Lo creo de veras. Pero te lo advierto: aquí siempre animamos al equipo. Siempre. Hasta el final.

Sonrió. Fue una sonrisa extraña. No sé por qué, me hizo pensar en un gato hambriento.

Lo cierto es que apenas volví a acordarme aquel tipo hasta unas semanas después de nuestro encuentro. Entonces llegaron las semifinales de Champions contra el Manchester City. Era un partido donde nos jugábamos mucho y me apetecía verlo en compañía de otros merengues como yo, así que llamé al presidente de la peña Hasta el Final. Me invitó a ver el partido, que se jugaba esa misma tarde, junto con los demás socios en su local.

La sede estaba en un barrio bastante lejos del centro, donde había más solares que edificios, estos últimos de aspecto viejo y descuidado. Junto a un bar costroso con más moscas que clientes encontré la peña, en un establecimiento a pie de calle. Al entrar vi a unos diez o doce socios sentados frente a un viejo televisor donde se emitía la previa del partido. Su presidente me recibió con un apretón de manos. Llevaba la misma camiseta y las mismas gafas de sol que la noche que nos conocimos. El resto de miembros actuaron como si yo fuera invisible. Permanecían quietos y silenciosos, mirando al televisor profundamente concentrados. El himno de la Décima sonaba a un volumen bastante alto y el local olía raro, como a humedad y tierra removida. Notaba algo inquietante en el ambiente, pero no sabía definir qué era.

Tomé asiento en una silla al fondo del local. Veía las espaldas de los peñistas, tan quietos, tan silenciosos, con las manos sobre las rodillas y mirando el televisor igual que maniquíes.

De pronto el once del Madrid saltó al campo y fue como si una corriente eléctrica agitara el local. Los peñistas empezaron a aplaudir y a corear consignas y lemas. No desfallecieron ni un solo momento, al contrario: a medida que avanzaba el partido sus ánimos eran cada vez más exultantes. Arengaban a cada jugador, cada lance, como si les fuera la vida en ello. Apenas uno de los nuestros tocaba el balón, se volvían completamente locos de euforia. Al principio me dejé llevar por aquel espíritu, pero según pasaban los minutos y veía angustiado cómo el Madrid era incapaz de imponerse al City en el marcador, empecé a enfadarme. Tenía claro que íbamos a perder ese partido y, a pesar de ello, esa gente seguía animando como en el primer minuto. Eso me cabreó bastante.

Me negué a ver cómo el City de Guardiola nos pintaba la cara, así que me dispuse a largarme. El presidente me agarró del brazo y me miró a través de sus gafas de sol. “No puedes irte aún —dijo—. Nosotros siempre animamos al equipo hasta el final.” Lo mandé a tomar por saco y salí de allí dando un portazo. Menudos imbéciles: el equipo palmando en semifinales y ellos aplaudiendo como gilipollas. Aún se me revolvían las tripas de rabia cuando llegué en casa.

Al poner la tele me enteré de que, después de todo, el Madrid había remontado en los últimos minutos. Se me pasó el cabreo al instante y me sentí orgulloso de ser parte de la mejor afición del mejor equipo del mundo. Me avergoncé un tanto de mi abrupta salida de la peña y llamé al presidente para disculparme y felicitarnos por el triunfo. No me cogió el teléfono, ni siquiera dio señal. Imaginé que estaría celebrando la remontada con el resto de peñistas entusiastas.

Tenía la casa para mí solo porque Santi estaba fuera el fin de semana, de modo que me quedé despierto hasta bien entrada la madrugada viendo repeticiones del partido. A eso de las dos me sonó el móvil. La pantalla mostraba el número del presidente de la peña.

Descolgué y lo primero que escuché fueron gritos y voces, como millones de aficionados gritando gol. “¿Hola?”, repetí varias veces, sin obtener respuesta. El sonido llegaba a trozos hasta que la señal se perdió definitivamente. Colgué. Justo entonces recibí un mensaje de texto.

“SIemPre Annnim amos AL EQUiPO”

Pensé que los peñistas habrían celebrado la victoria con bastante alcohol. Empecé a teclear una disculpa (“siento haberme ido así, tío, pero enhorabuena por…”). El teléfono volvió a sonar. Descolgué. De nuevo solo pude escuchar gritos de fanáticos en un estadio. Colgué de inmediato, ya algo molesto.

Me metí en la cama. Fuera soplaba un vendaval. A los pocos segundos caí en un sueño dulce y satisfecho del que me arrancó de pronto el timbre del teléfono, con el himno de las mocitas. Descolgué y respondí con voz pastosa.

Al otro lado oí una multitud de gargantas rugiendo a su equipo. El sonido llegaba entrecortado igual que un disco viejo. En realidad, ya no me parecía tanto exclamaciones de júbilo como gritos de desesperación. Un escalofrío me recorrió la espalda.

— Vale, como broma ya está bien. ¡Dejad de tocar los cojones!

La señal se cortó y justo después recibí un mensaje:

“SmpRe anms l eqpo. Hst el FiNAL!!!”

Empecé a sentirme inquieto. Apagué el móvil, lo arrojé sobre la mesilla y me tapé con las mantas. Volví a quedarme dormido mientras el viento ululaba al otro lado de la ventana. No fue por mucho tiempo.

Me despertó otra vez el himno de las mocitas. Eran las cinco y media. Maldita sea, ¡habría jurado que apagué el móvil! Justo al cogerlo dejó de sonar y llegó otro mensaje. Esta vez no había texto, solo una foto de mi camiseta con el 7 de Raúl, que era mi mayor tesoro, extendida sobre una mesa.

—¿Qué coño…?

Salté de la cama. Descalzo y en calzoncillos salí al cuarto de estar. Allí estaba mi camiseta de Raúl sobre la mesa, con un corte en diagonal a la altura del estómago, como si alguien me hubiera acuchillado las tripas llevándola puesta. Exactamente igual que en la fotografía de mi móvil.

Aquello ya no tenía ni puta gracia. Sentía que había alguien en la casa, acechando, aunque sabía imposible que alguien pudiera esconderse en un piso tan pequeño. Lo recorrí palmo a palmo, encendiendo todas las luces a mi paso. No había nadie. Estaba solo.

Respiraba agitado cuando guardé la camiseta en el armario de mi dormitorio, junto a mi cama (¿cómo coño la han sacado de aquí sin despertarme? ¿quién has sido? ¿cuándo…?). El himno de las mocitas sonó de pronto en mi móvil. Me sobresalté como si una mano me hubiera rozado la nuca.

—¡Dejadme en paz, cabrones! —grité al teléfono. Le quité la batería y lo metí en un cajón de la cocina. Después me metí en la cama dejando encendidas todas las luces del piso. En cualquier caso, no pegué ojo hasta que salió el sol.

A la luz del día tenía claro que me habían gastado una broma pesada. Aquellos putos peñistas perturbados. Decidí presentarme en su sede para dejarles bien claro que estaban jodiendo al tipo equivocado. En eso pensaba mientras conducía hasta allí a toda pastilla.

Encontré la peña cerrada a cal y canto. Los cristales de las ventanas estaban rotos, salvo aquellos que habían sido sustituidos por cartones. La fachada repleta de pintadas y la puerta cegada con tablas, aunque solo quedaban dos o tres, medio podridas. Asomé la cara por un hueco y me golpeó una vaharada de olor pestilente a meados y basura. Joder. Ese lugar parecía abandonado desde hacía siglos.

¿Me había equivocado de dirección? No. Era el mismo sitio donde estuve anoche, sin duda. En la misma calle, junto al mismo bareto casposo y sin clientes. De pronto sentí el estómago revuelto y me metí en el bar para tomarme un café. Lo necesitaba.

Era el único cliente cuando me senté frente a la barra. El establecimiento estaba decorado con toda clase de fotos y recuerdos del Real Madrid. Atendía un tipo con edad suficiente para haber visto construir el Bernabéu que me sirvió el café de mala gana. Al coger la taza, las manos me temblaban. El camarero se me quedó mirando.

—¿Se encuentra bien? Está muy pálido.

—No me pasa nada, gracias —respondí, hosco—. Oiga, ¿en el local de al lado no hay una peña madridista?

—Válgame Dios, no —el tipo se metió un palillo en los dientes y se puso a limpiar un vaso con un trapo harapiento—. La hubo, pero hace años de eso. Buena gente, venían siempre aquí después de los partidos. El presidente era un tío simpático. Murió. Todos murieron, una tragedia. Regresaban de Portugal en una furgoneta, de ver la final de Lisboa. Tuvieron un accidente y se empotraron contra un camión, no sobrevivió ninguno. El presidente aún estaba vivo cuando lo llevaron al hospital, pero la palmó allí. Iba al volante, ¿sabe? Cuando reventó el parabrisas los cristales le destrozaron los ojos, eso he oído —el camarero agitó la cabeza, apesadumbrado—. Pobre hombre. Habría disfrutado con el partido de ayer, ¿lo vio usted?

—No… no hasta el final… —balbuceé.

Pagué la cuenta y salí del bar dando traspiés. El camarero mi miraba como si estuviera borracho. Aún oía su voz en mi cabeza (los cristales le destrozaron los ojos) cuando me metí en el coche.

Tenía la mente en blanco y sentía el corazón palpitarme por todo el cuerpo. Imagino que fue la conmoción lo que hizo que me distrajera por un instante y perdiera el control del coche, justo al dar aquella curva. Recuerdo caer desde una gran altura, luego un estruendo, un dolor atroz en el estómago, como si alguien me clavara un cuchillo, y un fogonazo de luz intenso.

Supongo que debieron encontrarme inconsciente en aquel lugar y que luego me trajeron aquí. Eso debió de ocurrir, ¿no es cierto? Porque lo siguiente que recuerdo es estar aquí sentado, con las manos sobre las rodillas. Llevo puesta mi camiseta con el 7 de Raúl, que tiene un corte a la altura del estómago rodeado de manchas oscuras, como de sangre seca.

A mi alrededor hay otros pacientes… Porque no cabe duda de que esto es un hospital, ¿verdad? Sí. Tiene que serlo. Es curioso, todos llevamos camisetas del Madrid. Todos sentados con las manos sobre las rodillas y todos miramos la pantalla del televisor. Acaba de empezar el partido. Benzema golpea el balón y lanzo un grito exultante. Tengo ganas de animar al equipo. Muchas ganas. No puedo pensar en otra cosa.

Ya tendré tiempo de averiguar qué hago aquí o cómo he llegado. De momento seguiré viendo el partido. Animando. Hasta el final.

 

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Ayer la tarde fue dura, para qué engañarnos, porque un juego que debería poderse disfrutar se sufrió durante 100 minutos y todos contribuyeron.

El primero, el Madrid, al que esa especie de T.O.C. que les ha hecho no fichar a un Cavani o un Dzeko nos obliga a ver a Rodrygo haciendo de Benzema pero no de Rodrygo. Imaginemos qué hubiera pasado con un delantero suplente por un segundo, ¿no hubiera sido una buena idea que hubiera descansado Vinicius que no bajó una sola vez a defender? ¿No hubiera tenido sentido que hubiera jugado 30 minutos Rodrygo que se pasó la noche del viernes “indispuesto”? ¿No hubiera podido salir Valverde 30 minutos al que un mezquino, como el tal Papu, lesionó con intención?

Lo segundo es el cambio sin sentido alguno de Ancelotti de quitar al que estaba jugando mejor. Ayer Camavinga debió de entrar en la conciencia de Ancelotti mientras dormía y le debió de decir aquello que dijo Raúl cuando Valdano le quitó, “te mereces el empate por haberme cambiado”.

Un gol quizá crucial para esta liga PUTREFACTA y en 10 segundos les da para “arbitrar” que tiene el balón “agarrado”… ¡claro! Agarrado con dos dedos. ¿Les dio pereza hacer la revisión a cámara lenta o simplemente es mejor para LaLiga de Tebas que el Madrid pierda puntos aquí y allí?

Lo tercero, por qué no decirlo, es la actitud de mierda del Girona. Y ya sé que es legal, pero no loable en ningún caso, el fútbol necesita ser jugado por caballeros y que un portero finja 3 veces un calambre es aparentemente legal y claramente deleznable. ¿El problema es de la liga? Seguro que sí y tendría una solución sencilla, decirles a todos los equipos que será amarilla perder más de 15 segundos y roja en los siguientes 15. Es tan fácil como esto, pero Tebas se ha hecho emperador como aquel personaje que parece salido de un cuento de Kipling, Joshua Norton, que decidió un día que era "Emperador de los Estados Unidos y protector de México", ¡toma ya! A Tebas le pasa lo mismo que a Norton, que sabe que dejando perder tiempo tendrá más votos, al igual que repartiendo prebendas televisivas y, la más importante, plantando cara a Florentino. Tebas se ha aprovechado del sistema haciendo cada día “su” Liga peor, pero si él gana 3 millones de euros al año le pasa como a la Ministra, que está en contra de la OTAN, pero no tanto.

Gazzaniga finge calambre Girona

Y por último y más flagrante, la sala VOR. Pasando por alto la mano que será o no será, llegamos al gol anulado a Rodrygo y me centraré en el tiempo de ejecución de la decisión del VAR, ¿10 segundos? ¡Cómo es posible tan evidente robo! Ese maldito VAR estuvo 10 minutos revisando un gol de Jovic, por cierto anulado, que suponía un 3-0 en casa con Osasuna; otro VAR, el de la UEFA estuvo 7 minutos revisando el de Benzema en la final de Champions para anularlo porque el Madrid tiene muchas Copas de Europa, y etc., etc., etc. Pues bien, ahora llega un gol quizá crucial para esta liga PUTREFACTA y en 10 segundos les da para “arbitrar” que tiene el balón “agarrado”… ¡claro! Agarrado con dos dedos. ¿Les dio pereza hacer la revisión a cámara lenta o simplemente es mejor para LaLiga de Norton que el Madrid pierda puntos aquí y allí?

La culpa es de todos, sí, pero solo esto último es hacer trampa.

 

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El otro día, mi novia me sugirió como al descuido que fuese buscando alguna película entretenida para ver juntos en la noche de Halloween. Cualquiera podría pensar que el requerimiento era de naturaleza sencilla, pero de inmediato me invadió una intranquilidad de intensidad similar a la que debió de sentir Lope de Vega ante el encargo de la tal Violante. No exagero un ápice. Se trata de una elección mucho más complicada de lo que parece, habida cuenta de nuestra condición tiquismiquis: a saber, ella tolera difícilmente el terror psicológico mantenido y yo soy un enemigo declarado de la casquería, lo que elimina cualquier tentación gore. Tras un repaso infructuoso de los títulos que componen mi modesta cultura cinéfila, abrí el catálogo de todas esas plataformas audiovisuales que se supone me impiden ahorrar para la entrada de un piso y deambulé con desgana durante horas, como si fuera Messi en una semifinal de Champions. Con idéntico resultado frustrante.

Históricamente al Madrid le ha costado evitar un petardazo de mayor o menor envergadura alrededor de Halloween

Irritado, cerré el portátil y reflexioné acerca de cómo, de un tiempo a esta parte, la noche de Halloween no trae más que problemas. En primer lugar, suele venir acompañada de una de esas recurrentes polémicas plomizas que tan a menudo alimentan de combustible el iracundo motor de las redes sociales. Uno no sabe si puede celebrarla humildemente sin convertirse en un cosmopaleto que frivoliza con la solemne memoria de la Víspera de Todos los Santos. Por otro lado, hay que reconocer que a veces resulta difícil evitar el alzar la ceja ante el impostado entusiasmo de esos simpáticos —no tan— chavalillos, ávidos de encontrar una coartada para lanzar huevos a la puerta de tu casa. Travesura que se puede perdonar con indulgencia cuando se trata de preadolescentes, pero que cuesta más si la edad de la cuadrilla se asemeja a la de la tuna. Todos recordamos a Piqué y a sus adláteres lanzando bombas fétidas hace unos años en la sala de prensa del Getafe; cualquier espíritu noble se sintió impelido a agarrarlos de la pechera para explicarles concienzudamente el origen celta de la festividad de Samhain.

Piqué Halloween Getafe

Tratando de hallar refugio y de despejar la mente de soliloquios estériles, me apresuré a recurrir al comodín de mi otro acompañante vital. Sin embargo, ni siquiera el Madrid puede compensar siempre un estado de turbación: hay momentos en que el cariz del equipo coincide inoportunamente con el del hincha, como esas mujeres cuyas menstruaciones se sincronizan. Quizá debiera haberlo previsto, pues históricamente a los blancos les ha costado evitar un petardazo de mayor o menor envergadura alrededor de este puente: tanto el Alcorcón como el Real Unión de Irún asestaron sus golpes aproximadamente por estas fechas, igual que aquel Mönchengladbach que casi nos envía a la Europa League —algo que a este paso de aquí a poco se conocerá como “hacer un Barça”—. El mismo Girona ya se había erigido en otra ocasión, justo hace cinco años, como un desconcertante enemigo insospechado que, a lomos de algún empujón arbitral, terminó infundiendo el pánico de manera inesperada.

Que te envíen a la Europa League de aquí a poco se conocerá como "hacer un Barça"

Y, tristemente, la coyuntura se repitió: un confiado protagonista que no toma todas las precauciones necesarias debido a una actitud indolente, un peligro súbito que va adquiriendo forma real, una ristra de improperios y advertencias gritadas inútilmente desde el sofá, unas fuerzas del mal que alimentan la amenaza hasta que se acaba descontrolando, una serie de infortunios que provocan que al héroe siempre le salga cruz en cada encrucijada, un último arreón final para intentar lograr la supervivencia y... En fin, todos los ingredientes canónicos de una historia de terror. Los tres pitidos del árbitro me dejaron abatido tras un parapeto improvisado de cojines. Desconsolado, me disponía a apagar el televisor cuando me percaté de que, una vez más, el Real Madrid me estaba ofreciendo generosamente la solución a un arduo contratiempo. Y no pude menos que esbozar una sonrisa irónica.

Acabo de colgar con mi novia, tras informarla de que ya tengo una película para esta noche que cumple todos los requisitos. Ignoro si este recurso encaja más en el truco o en el trato. Lo que sí sé es que el que no se consuela, es porque no quiere.

 

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Vayan destinadas estas palabras a todos aquellos que quieran saber, a quienes no se conformen con los arrebatos iracundos o ingeniosos que se vierten en las (más) redes (que) sociales cada vez que un lance peculiar concita todos los ojos y las voces de la polémica. Las cosas son bastante más sencillas de lo que hacen ver esos ojos y de lo que gritan esas voces. Las cosas, como ocurre en todos los ámbitos del conocimiento, se desvelan claras y distintas cuando se arroja sobre ellas la sana razón y el docto juicio, si bien para ello se hace necesario un sosiego del que suele adolecer la verbena de la Paloma en que se convierte casi cada postpartido.

Leerse el reglamento también ayuda, así como conocer las reglas anteriores, precisamente para saberlas anteriores y, por lo tanto, ya no vigentes, y así entender que las reglas cambian y que no cabe buscar en justicias pasadas lo que en este momento se ha consensuado como injusto. En ejemplo inverso, vayan si no a demandar a Zeus por el castigo infligido a Prometeo, por considerarlo anticonstitucional o por vulnerar los Derechos Humanos. Anacronismo se llama eso, queridos niños, y eso no es legítimo, no encaja, no debería tener lugar. Y, sin embargo, lo tiene en exceso. Nadie parece conocer las reglas actuales de este noble deporte y nadie parece tener una perspectiva clara del lugar en el que estábamos hace apenas unos años en cuanto a justicia se refiere y del lugar, sin duda mejor, al que estamos destinados si decidimos dejar atrás la senda del ciego forofismo y optamos por la mirada aséptica del aficionado cabal.

Aficionados fútbol años 30

Vayamos a las cosas mismas. El revuelo con las manos dentro del área es enorme, y también la confusión de propios y extraños, que en nada ayuda a gozar de las bondades de las nuevas reglas al respecto. El punto principal es claro en el reglamento actual, que dictamina lo siguiente: «Todas las manos dentro del área por parte de un jugador del equipo defensor serán sancionadas como penalti, salvo en el caso de aquellas manos dentro del área por parte de un jugador del equipo defensor que no sean sancionadas como penalti». Con esto se va a misa, a Roma y a Girona si es preciso. Nada que ver con la regla anterior, según la cual —recordemos— todas las manos dentro del área por parte de un jugador del equipo defensor eran sancionadas como penalti, salvo en el supuesto de aquellas manos dentro del área por parte de un jugador del equipo defensor que no eran sancionadas como penalti. Como ven, la diferencia es abismal, y también la mejora, el avance y el progreso que debemos a la implementación —oh, qué bella palabra— de la tecnología en el fútbol, que ha venido a resolver todas nuestras cuitas, pese a tanto agorero antediluviano que se empeña en ver árbitros cuando lo que hay son pantallas 4K, Alexa y Siri.

«Todas las manos dentro del área por parte de un jugador del equipo defensor serán sancionadas como penalti, salvo en el caso de aquellas manos dentro del área por parte de un jugador del equipo defensor que no sean sancionadas como penalti»

Pasa lo mismo con los fueras de juego, antaño dirimidos a ojo de buen cubero por personas vestidas de negro y ahora, muy al contrario, dirimidos a ojo de buen cubero por personas vestidas de colores. Lo que antes era o no fuera de juego por centímetros (a veces muchos), hoy lo es o no por nanomilímetros, por una mota de polvo, por el pelo de una gamba, por una brizna de tabaco de liar, por todo aquello que se interpone en el camino de una carrera y que antes, tan miopes, éramos incapaces de ver. Cuánta realidad se nos escapaba, queridos niños. Puede que ahora se nos esté escapando el fútbol mismo, pero a quién le importa desde la apacible distancia de los frames y las cámaras superlentas, ellas tan llenas de vida y realismo como la oveja Dolly.

Ordenador viejo fútbol

Capítulo aparte merecen las posibles futuras reglas que está estudiando la International Board. Resulta incuestionable el notable avance civilizatorio para todos los pueblos de la Tierra que ha producido la pausa de hidratación, por no hablar de la llegada a nuestras vidas de las palancas, así que por qué no profundizar en la audacia y proponer la abolición del gol como unidad de medida de las victorias en un mundo que debiera ser más cualitativo que cuantitativo, más de toque y posesión que de balón en red, más de preliminares que de orgasmo. Sin duda es arriesgada la propuesta, pues llevamos mucho tiempo valorando al ganador por encima del resto, pero eso debe acabar si queremos que el Manchester City sea el mejor equipo del mundo, así que hágase aunque se escandalicen los anquilosados, aquellos casi fascistas que siguen pensando que ganar es marcar más que el rival. Qué poca vergüenza.

Por qué no profundizar en la audacia y proponer la abolición del gol como unidad de medida de las victorias en un mundo que debiera ser más cualitativo que cuantitativo, más de toque y posesión que de balón en red, más de preliminares que de orgasmo

Por último, algunos panenkitas avezados han logrado acceder a informes aún en fase de estudio según los cuales se está estudiando prescindir de los brazos de los jugadores durante los noventa minutos de los partidos, a cuyo fin la inteligencia artificial puede aportar enormes ventajas, transfiriendo el carácter, la personalidad y el modo de jugar de un futbolista a un robot que fuera puro tronco, cabeza y extremidades inferiores y que jugara por él, evitando así que haya penaltis por manos dentro del área. Once robots contra once robots arbitrados por Hal-9000 y a campeonar, queridos niños. Ya sabemos que el fútbol es de la gente, pero es que a veces la gente se pone insoportable con eso de ser gente y los robots no tienen ese defecto. Le pasa lo mismo al fútbol, que resulta muy cargante cuando quiere emular a la vida, pudiendo convertirse en una pizarra digital que haga las delicias de los habitantes de Alfa Centauri.

Robots jugando al fútbol

De los chicles de Ancelotti hablaremos otro día, porque su ingesta será próximamente sancionada con tarjeta roja directa por banalizar la hiperglucemia infantil, salvo que los chicles sean sin azúcar, en cuyo caso la acción acarreará cinco partidos de sanción porque ya se sabe que los edulcorantes son aún más perniciosos que el azúcar para la buena salud de las niños, de los robots y de la madre que nos parió.

 

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El Madrid, Sísifo y los 110 puntos

 

Me espanta lo sabio que soy. El Madrid deberá sumar 110 puntos si quiere revalidar su título de Liga. Se lo escribí a ustedes no hace tanto. 110. Es obvio el por qué —el Barça los sumará seguro— y da para otra reflexión: ¿le merece la pena el esfuerzo?

Cada día que pasa me voy convenciendo de que para el Madrid, técnicos, jugadores, afición, la Liga se está convirtiendo en un acompañante engorroso. Cabreo dos o tres veces por semana a cambio… ¿de qué? Desde Courtois al socio más infantil lo que les pone es la Champions, cosa de nivel y jerarquía. Me dirán: eso, de toda la vida. Y les contestaré: sí, pero me temo que nunca como ahora. Creo que paran la Liga tras el Mundial y no vuelve y el madridismo fuma en pipa.

La Liga se le está haciendo bola, algo difícil de tragar. Un día son tres goles anulados, al otro el rival que patea y no ve la roja, al siguiente… lo que toque

La Liga se le está haciendo bola, algo difícil de tragar. Un día son tres goles anulados, al otro el rival que patea y no ve la roja, al siguiente… lo que toque. La Superliga es una amenaza para nuestro campeonato, se oye por ahí. Vale, Pero más peligroso me parece que el madridismo acabe tomándose a chirigota este y cualquier torneo nacional. Si lo ganamos, bien. Y si no, también. Fueron varios los mensajes de amigos que, ayer y sin conocerse, iban en la misma dirección: les ponía más la tomadura de pelo arbitral, pues así lo consideraban, que el haber perdido dos puntos. Significativo. No entro en si fue o no penalti, si el gol anulado o si la roja que la víspera no vio Marcos Alonso. Reflejo lo que va sintiendo el madridismo. Desapego a lo de aquí, Miau.

Gol Rodrygo anulado Girona

Ayer, un buen Girona, que sí juega la Liga con los cinco sentidos, mereció el empate. Es justo y necesario valorar los méritos del rival que no tienen que ver con lo que hagas tú o dejes de hacer; el Madrid de ayer, poco. Ni lo que decidan o no el árbitro, el VAR, el tío que tira las líneas o su señora madre. Un partido es por lo menos cosa de dos. Uno, el Girona, jugó y empató. Pudo ganar y pudo perder. Hizo en el Bernabéu lo que el último visitante paisano, catalán o sea, no pudo: puntuar. Perfecto.

El jugador del Madrid sospecho también cree que en cuanto se ponga de verdad, después del Mundial o sea, ganará esta Liga con diez puntos de ventaja. Arriesgada apuesta. El rival, tan apurado, estará en la pelea. El Barça nunca caminó solo y menos ahora. El vestuario blanco lo sabe

Luego está el Madrid al que volví a verle también con síndrome de Mundial. Más guindas al pavo, Apuestan por hacer poco y exponer menos. Muy humano si pensamos que en tres semanas arrancará lo de Qatar y un miserable tironcito te deja fuera. El problema es que con el freno puesto no le ganas a nadie. Dominando el coche con la marcha correspondiente y pisando el pedal adecuado, no hay rival aquí: ver partidos contra Atleti y Barcelona, Jugando al ya te pillaré te puede pasar lo que ya le pasó ante Osasuna. Que te pones 1-0, te empatan y no hay manera de arreglar en 10-15 minutos lo que en hora larga ha sido un sí pero no. El jugador del Madrid sospecho también cree que en cuanto se ponga de verdad, después del Mundial o sea, ganará esta Liga con diez puntos de ventaja. Arriesgada apuesta. El rival, tan apurado, estará en la pelea. El Barça nunca caminó solo y menos ahora. El vestuario blanco lo sabe. Al Madrid puede estar convirtiéndose en un nuevo Sísifo, ya saben: el condenado a arrastrar una enorme piedra hasta la cima de una montaña… que se le venía encima una y otra vez cuando estaba a punto de coronarla. Malo si el Madrid se cansa.

 

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Buenos días, amigos. El colegiado Melero López se convirtió ayer, con ocasión del Real Madrid-Girona del Bernabéu, en un auténtico pionero. Consiguió dos cosas que no había logrado nadie hasta la fecha. Ambas tienen indudable mérito, no sabríamos decir cuál de las dos en mayor medida.

En primer lugar, se convirtió en el primer árbitro que expulsa a Toni Kroos en toda la carrera deportiva del alemán. 381 partidos con el Real Madrid, 206 con el Bayern, 106 con Alemania, 48 con el Bayer Leverkusen. Ni una sola expulsión. Melero ya tiene algo que contar a sus nietos.

Pero no solo eso. Los nietos de Melero escucharán embelesados las batallas del abuelo. El segundo logro es tal vez más impactante aún. Es el primer trencilla que saca de quicio a Carlo Ancelotti, a quien hizo decir cosas que no estamos acostumbrados a oír decir a Carletto. Cuando alguien tan moderado y ejemplar como el italiano pierde el temple, mucha gente debería empezar a pensar que algo sucede.

Portada Marca

Hay que felicitar a la selección sub-17 de fútbol femenino, que salomónicamente comparte honores de portada con la controversia del Bernabéu en los diarios deportivos de hoy. Y a continuación hay que preguntarse hasta cuál de sus célebres canas (las tenía ya a los 30) está Ancelotti del factor arbitral para quejarse tan amarga y frontalmente como refleja Marca. Para ser sinceros, en una segunda toma lateral a este portanalista la mano de Asensio le parece eso, mano y por tanto penalti. No es la mano derecha sino la izquierda, que se activa de manera instintiva, para protegerse, y desvía la trayectoria del balón. Pero existen tantas normas y circulares al respecto, a cual más abstrusa y peor redactada, que ya nadie sabe a qué atenerse. Atención a lo que decía sobre esto John Falstaff, abogado de profesión, ayer, tras el escándalo, en el chat de La Galerna.

“Esto recuerda mucho a los ordenamientos jurídicos comunistas: una confusión de innumerables leyes y normas, deliberadamente contradictorias, como forma de justificar la arbitrariedad de la autoridad, cuya actuación, sea en el sentido que sea, siempre estará amparada por una norma jurídica. Es la prostitución del principio de legalidad, no mediante la negación del mismo, sino a través de su hipertrofia”.

En cuanto a la otra jugada polémica, el gol anulado a Rodrygo, nos parece discutibilísimo el que el portero del Girona tenga realmente el balón retenido, como se supone que tiene que pasar para anular el gol, cuando Rodrygo mete astutamente la puntera para enviarlo a la red. La norma, de nuevo, es tan incomprensible en su literalidad que lo mismo da para anular que para no anular. En ese contexto, con esa discrecionalidad vía ininteligibilidad, puede pitarse lo que se quiera, lo que invariablemente va a coincidir con lo que quieran Roures y Tebas, claro.

¿Y qué quieren Roures y Tebas? Pues una Liga con un Barça fuerte para mantener el nivel de su producto, muy depauperado. Es una forma artificial y repugnante de mantenerlo con vida, claro. La gente no es tonta y se da cuenta. Como tampoco hace falta ser una lumbrera para darse uno cuenta de que en la redacción de As triunfó anoche la aversión a meterse en líos: portada casi completa para las niñas de la selección y trocito de faldón para el lío del Bernabéu, donde volvió a triunfar esa extraña alianza entre un indepe y un señor de Fuerza Nueva que rige en España los destinos no sólo del fútbol sino de su relato, que es tan importante como el fútbol mismo. Estos dos, y no la tecnología, son el verdadero problema. No lo dudéis.

Portada As

En cuanto a la prensa cataculé, pues tan contentos, claro. Mundo Deportivo adopta una postura pancatalanista, por así decirlo, y se felicita por lo que llama el “gironazo” no en tanto favor al Barça (que también), sino per se, digamos, siendo como es el Girona un equipo de Cataluña (y de Emiratos, o sea del City, o sea de la órbita Roures). El Girona juega bastante bien en general. Lástima que ayer, en el segundo tiempo, decidiera arruinar su buena reputación con un festival de pérdidas de tiempo bastante lamentable. En la rueda de prensa, en cambio, estuvo muy bien Míchel, su entrenador, admitiendo que lo de Rodrygo era gol legítimo.

Portada Sport

Y llegamos a la paletada del día, amics. Qué mejor manera de cerrar por hoy esta sección que con un buen agradecimiento sin coma del vocativo. Otras veces ponen en diferentes colores el mensaje y el receptor para escudarse en eso, pero hoy no se toman ni la molestia. “Gracias Girona” por “Gracias, Girona”. La coma ha ido a parar al mismo limbo que el gol de Rodrygo.

Pasad un buen día.

Portada Mundo Deportivo

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