
'La primera noche que entré en el Café Gijón puede que fuera una noche de sábado', así arranca 'La noche que llegué al Café Gijón', el libro en el que Umbral relata cómo se abrió paso en la capital a través del mítico café, epicentro de la bohemia, la farándula y la intelectualidad de la época.
De aquel viejo café apenas si sobrevive algún personaje. Todavía recuerdo la mesa que había junto al ventanal en torno a la cual se reunían Manuel Vicent, Manuel Alexandre, Álvaro de Luna... También se fue ya Alfonso, el cerillero, con su sempiterna chaqueta azul de Maquinista de la General, como lo describió certeramente el propio Manuel Vicent. Alfonso se ufanaba de no haber leído un libro en su vida.
—Cuando me los regalan, los utilizo para calzar las mesas de casa.
El pasado 15 de septiembre, mi dilecto amigo Miguel Dalmau acudió al Gran Café de Gijón pero no a abrirse paso en el mundo de la literatura —ya lleva más de una veintena de libros publicados, entre biografías, novelas y ensayos— sino para recibir el premio Café Gijón por su novela 'La Reina de Cuba', en la que rinde homenaje a su adorada madre.
—Era la mujer más guapa del mundo —me dice con los ojos vidriosos tras apurar un trago de cerveza en San Salvador, el barrio marítimo de El Vendrell donde ambos somos vecinos.
En realidad, yo pienso lo mismo de la mía, pero cualquiera se atreve a decírselo...
Entre semana, es fácil toparse con él enfundado en un abrigo azul marino de cashmere, con la cabeza cubierta por un gorro de lana y luciendo sus espesas barbas de archimandrita, como si se hubiese fugado de Central Park. Miguel es un pozo de sabiduría y conversar con él en cualquiera de nuestros abrevaderos favoritos de San Salvador, ya sea la tarima de La Canoa, el Can 60 o el Tama, o la terraza del lujoso Hotel Ra, a uno le eleva el espíritu.
Los fines de semana, sin embargo, se recluye en su torre de marfil y al llegar el verano huye despavorido de lo que él llama 'la invasión de los ultracuerpos'. O sea, la eclosión de turistas nacionales y foráneos que se adueñan temporalmente de nuestra 'aldea gala'.
Desde niño, Mito —así lo conocemos por estos pagos— respiró una atmósfera de cultura y sensibilidad. Su padre, Miguel Dalmau Ciria, fue un médico letraherido que, formando parte del jurado del premio Leopoldo Alas, puso su granito de arena para sacar a Mario Vargas Llosa del anonimato, al otorgarle el galardón en 1958 por su libro 'Los Jefes'.
La madre de Miguel, Cachi Soler, fue una reputada acuarelista y escultora. Y su hermana Ángeles, concejala de Cultura en el Ayuntamiento de Vilafranca del Penedés, es también escritora. De modo que por las venas de los Dalmau Soler corre sangre de artista.
Decía Umbral de Miguel Delibes que era uno de los pocos escritores sin 'pose' de escritor que había conocido en su vida. Y a esa singularísima especie pertenece también mi ilustre tocayo. Por eso, aunque sea un erudito, todos los domingos desciende del Olimpo al mundo de los mortales para comentar la jornada liguera conmigo.
Atrás quedan los tiempos en que los intelectuales, tan envarados, ocultaban su afición por el balompié. Sólo unos pocos, Albert Camus y Pier Paolo Pasolini, entre ellos, se atrevieron a 'salir del armario'.
Precisamente leyendo el libro que Miguel Dalmau escribió sobre Pier Paolo Pasolini —'Pasolini. El último profeta'—, con el que obtuvo el XXIV Premio Comillas de Biografía, me enteré de que un doncel Carlo Ancelotti disputó contra Pasolini 'el último partido de su vida'. La historia es como sigue.
En los albores de la primavera de 1975 coincidieron cerca de Parma los rodajes de dos de las películas más controvertidas de la historia del cine: 'Novecento', la epopeya sobre la lucha de clases ambientada en la Italia de la primera mitad del siglo XX, de Bernardo Bertolucci; y la espeluznante y repulsiva 'Saló o Los 120 días de Sodoma', el canto del cisne de Pasolini, basada en la obra del marqués de Sade. Por aquel entonces, Bertolucci todavía seguía escocido con la crítica que, tres años atrás, Pier Paolo Pasolini había hecho en el Corriere della Sera a su película 'Último tango en París'. Laura Betti, que era amiga de ambos y formaba parte del elenco de 'Novecento' —la sádica Regina— ofició de maestra de ceremonias, organizando un partido de fútbol entre los equipos de los dos filmes, a fin de que se reconciliasen.
La fecha elegida fue el domingo 16 de marzo de 1975. El día que Bernardo Bertolucci cumplía 34 años. Y el escenario, el Parque de la Ciudadela de Parma, que aquella mañana amaneció con el cielo encapotado.
Robert De Niro y Gerard Depardieu rehusaron participar en el encuentro. Y aunque Pasolini ya rebasaba los 53 años, no dudó en vestirse de corto, con el uniforme del Bolonia, el club de sus amores. Por el contrario, Bertolucci, más señorito, pese a su juventud, se limitó a dirigir a los suyos desde el banquillo. Y, por si fuera poco, no jugó limpio: coló de rondón a dos juveniles del Parma, a quienes hizo pasar por miembros del equipo técnico de 'Novecento'.
Uno de ellos atendía al nombre de Carletto y, como si llevase una estrella sellada en la frente, con el tiempo acabaría formando parte del legendario Milán de Arrigo Sacchi, junto a Gullit, Rijkaard y Van Basten. El partido terminó 5-2 a favor de 'Novecento'. Ancelotti marcó un gol. Y Pasolini tuvo que retirarse del campo cojeando tras recibir una patada.
Unos meses después, el 2 de noviembre de 1975, sería asesinado en la playa de Ostia, a las afueras de Roma, por el chapero 'Pino' Pelosi.
Esa es la versión oficial. Sin embargo, Miguel Dalmau sostiene en su biografía que fue víctima de un complot.
Pero a Mito y a mí no solo nos une el amor por el cine, también la pasión —que no es lo mismo— por el fútbol. Ni qué decir tiene que él es culé hasta las trancas y yo más blanco que el armiño. Miguel apela siempre a la estética y yo a la épica. Es lo que distingue el ADN blaugrana del merengue.
En eso no nos pondremos nunca de acuerdo, pero hasta la fecha nuestra amistad ha permanecido incólume, guardando las formas, el trato versallesco, diría yo. Lo que no sé yo es si esos exquisitos modales resistirían una hipotética final de Copa de Europa —todavía inédita— entre los eternos rivales que, como es sabido, se profesan un odio atávico y sarraceno. Al fin y al cabo, el balompié es la estilización de la guerra, como dijo no sé quién. Y militamos en bandos opuestos.
La amistad entre un culé y un merengue no es cosa fácil. Hay que saber compaginar el júbilo de la victoria con la desdicha del rival sin hacer sangre. Porque no nos engañemos, a un madridista, después de ganar, lo que más le excita es que pierda el Barça. Su némesis. Sé que Miguel me disculpará porque me tiene catalogado como un 'golfo de bien', tal y como me ha dicho alguna vez evocando el título de un libro de Lauro Olmo.
Además, a él le pasa lo mismo... Pero al revés.
Hay una bonita palabra con la que los alemanes definen la alegría por la desgracia ajena: Schadenfreude. O sea, el morbo que a los merengues nos producen las derrotas del Barça. Y viceversa. Pero cuando la amistad se interpone, insisto, hay que dominar los bajos instintos y morderse la lengua.
Y eso que él tiene que bregar con Lola, mi mujer, mucho más fanatizada que yo. Tal vez sea porque está poseída por la furia del converso. Fue hincha del Barcelona hasta que un día vio la luz y se cayó del caballo, como Pablo de Tarso camino de Damasco. Es sabido que los que cambian de trinchera suelen ser más vehementes que los que siempre hemos permanecido en el mismo frente.
—¡Jenízara! —bromea con ella nuestro querido amigo Félix Mestre.
Félix Mestre es un notario felizmente jubilado —valga la redundancia puesto que jubilación viene de júbilo— que le recrimina su conversión a la fe blanca. Los jenízaros —nos aclara Félix, lector voraz— en el Imperio otomano eran los guardias del sultán con un pasado cristiano.
Uno de los mejores amigos de Miguel Dalmau fue Fermí Puig. Culé hasta el tuétano y 'chef' de Drolma, el restaurante del Hotel Majestic, templo de la gastronomía catalana. Afamado por sus exquisitos platos: parmentier de bogavante, conejo a la rabiosa, cabrito embarrado, liebre a la royale, huevos mollet con crema de cangrejo... fue premiado en su día con una estrella Michelin.
Cuando en la temporada 2007-2008 el Madrid de Schuster se proclamó campeón de Liga por segundo año consecutivo, el Barcelona, con Frank Rijkaard en el banquillo, atravesaba una profunda crisis, coincidiendo con el ocaso de Ronaldinho. Y en la antepenúltima jornada del campeonato, los culés se vieron obligados a hacerle el pasillo al Real Madrid en el Bernabéu. Por aquellas fechas Laporta, para arengar a su parroquia, pronunció ante unos peñistas aquella frase que se hizo viral:
—¡Al loro, que no estamos tan mal!
Y solo unos días después, en el Drolma, le ofreció a Guardiola ser el nuevo entrenador del Barcelona.
—No tendrás cojones —le retó Pep.
Y los tuvo. Al cabo de un año, el Drolma fue el escenario donde los Messi, Xavi, Iniesta, Puyol, Piqué... celebraron el tan cacareado 'Sextete'.
Cuando hace ya tres veranos a Fermí Puig los médicos le diagnosticaron un linfoma, yo veía a Miguel todos los domingos por las mañanas dirigiéndose a la estación de San Vicente de Calders para coger el tren con destino a Barcelona. Y volver por las tardes apesadumbrado al comprobar cómo la vida de su amigo poco a poco se extinguía hasta que se apagó definitivamente el caluroso viernes 19 de julio de 2024 en el Hospital Clínic.
Mito es un 'solitario solidario', como se definió a sí mismo Albert Camus. Y no hace distingos entre sus amigos... aunque sean merengues.
Cuando Lola pasó unos meses postrada en la cama, aquejada de una enfermedad, cada semana, cual buen samaritano, se acercaba a nuestra casa a traernos un plato cocinado por él mismo en un tupperware o a ofrecerse para lo que fuera menester. Esa es la prueba palpable de que el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes.
Aun así, los dos hacemos votos para que nunca tengamos que vernos las caras en una final de Champions. No solo para preservar nuestra amistad sino también para que al que pierda no le dé un parraque. Porque los dos sabemos muy bien que en esa tierra quemada tardará tiempo en florecer una margarita.
Parafraseando a Francis Fukuyama, será 'el fin de la historia'. O casi...
Por lo demás, enhorabuena de corazón, querido amigo. Como has dicho recientemente, ganar el Gijón equivale a conquistar un torneo del Grand Slam.
Fotografías Miguel Espinosa García de Oteyza
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