—Jajajajajajaja.
Se vio desde el primer momento que no iba a ser un trayecto normal. El taxista ya había arrancado, me miraba por el retrovisor y no cesaba de reírse.
—Pero tú eres… tú eres…
Había un punto inquietante en aquello. Hay varios colectivos susceptibles de secuestrarme y cosquillearme los pies, desde los dobladores de películas a los miembros de club de fans de Jordi Alba (si lo hubiere), amén de los muy numerosos y silenciosamente mortales detractores de la coma del vocativo.
—¿De qué me conoce? —quise atajar, agarrando con todas mis fuerzas el abridor de la puerta para saltar en marcha en cuanto el vehículo aminorara mínimamente.
—Jajajajajajajaja.
—En efecto. Jajajajaja. Ahora avancemos. ¿De qué me conoce? ¿De Real Madrid TV? ¿De Twitter? ¿Lee usted La Galerna? ¡Dígame, por Dios!
—Tú eres… tú eres…
Hemos visto en muchas películas asesinos que se recrean en la suerte del anonimato, del enigma, de la solo aparente ausencia de un móvil del crimen. Tal regodeo incrementa la zozobra en la víctima, primero porque sabe que tras esas risas sin respuesta late la pulsión irrefrenable de hacerte cachitos del tamaño de la modestia de Luis Enrique, y segundo (pero no menos importante) porque todo el mundo sabe que siempre, absolutamente siempre existe un móvil del crimen.
—Dígame ya, por favor. ¿Hemos discutido por Twitter? ¿Le he bloqueado yo a usted? ¿Me ha bloqueado usted a mí?
Había otra pregunta más, absolutamente pertinente: ¿es justo que usted pueda reconocerme a mí, y en consecuencia puede también enviar a mi familia veintitrés sobres en veintitrés días consecutivos con veintitrés apéndices de mi cuerpo, mientras yo nunca habría podido hacer lo mismo con usted porque usted se oculta bajo un nick del tipo @cruyffista1714 o @cholo_sarraceno? No dio tiempo a hacerla, porque Josechu (@josechumogan) no tardaría en referirme, domando por fin su hilaridad y mirándome a través del retrovisor, el origen de la discrepancia.
—Pero ¿fui borde con usted? ¿Le insulté? No suelo, pero sí imagino que puedo llegar a ser razonablemente cáustico y tocapelotas. Si alguna vez fue el caso, considere que tengo mujer y cuatro hijos, y que estoy absolutamente dispuesto a perder el más elemental resto de dignidad arrastrándome por los suelos suplicando que mi vida sea exonerada de un castigo terminal.
—No, hombre. Si tampoco fue para tanto. Simplemente contaste, en un hilo que me molestó bastante, que habías sido recogido por un conductor de Uber marroquí majísimo y eficiente (según tú) que además resultó ser madridista, y a partir de esa anécdota inferiste que los conductores de Uber han de ser vikingos por oposición a los del taxi, que serían del Atleti según tus propias y muy desafortunadas palabras.
Josechu no tenía el tono de voz inconfundible de los serial killers pero quedaba un buen rato hasta Juan Bravo, lo que venía a ser lo mismo. Con todo, enseguida se reveló como un interlocutor entretenidísimo que además, divergencias a un lado, seguía con asiduidad La Galerna y algunas veces coincidíamos “en otras cosas”. Yo no recordaba mucho de aquello en lo que muy amablemente consistía el pliego de acusaciones de mi conductor.
—Yo te dije que no tenías ni idea. Y te voy a decir más: en esa parada en la que te he cogido todos los taxistas son del Madrid. ¡Todos! Bueno, hay uno del Atleti y otro que no le gusta el fútbol.
—Tomo nota del dato —apunté, dejando de aferrarme a la puerta con pánico al desollamiento y posterior abandono en una cuneta de la A236—. Lo haré constar en un artículo en La Galerna. Será una especie de desagravio al gremio del taxi. Además te confieso que Uber me tiene muy disgustado últimamente. Tardan siglos en llegar y los conductores suelen no tener ni puta idea de los recorridos. Lo fían todo a Google, que muchas veces no puede sustituir la experiencia de un buen profesional, conocedor del terreno.
—Me alegra que te des cuenta por fin —repuso Josechu—. Uber es culé.
—¿Eso crees? —por entonces ya había empezado a tutear a Josechu.
—No, hombre, tampoco. Era por seguir con una broma de esas que hacéis en La Galerna. Que si Clint Eastwood es del Madrid. Que si John Lennon era culé. Eso sí, nada como cuando Athos Dumas comparó a Angela Lansbury con Chendo. Al día siguiente teníais que haber chapado La Galerna. Todo será cuesta abajo a partir de ese día.
—Tienes toda la razón.
—Ni los del Uber son del Barça ni los taxistas del Atleti. Esas generalizaciones son tonterías. En todos los gremios hay de todo.
—Y los taxistas madridistas de tu parada, por ejemplo, ¿sois piperos? Es por seguir con muestras estadísticas de las que no sirven para nada.
Como se verá, ya me había relajado mucho. Josechu era sobre todo un fan acérrimo de Richard Dees, a través del cual había llegado a La Galerna y, lo que es más importante, al descubrimiento de la doble vara de medir de la prensa deportiva patria. Al parecer había quedado para tomar unas patatas bravas con Richard en una de las últimas visitas a Madrid del creador de El Radio, pero habían tenido que cancelar por una enfermedad imprevista y por fortuna leve del hijo de Josechu.
—Hemos quedado en retomar la idea para cuando Richard vuelva a la capital. Se unirán Manuel Matamoros, que es un tío de puta madre con el que también hablo a veces por twitter, y otro compromisario que se llama Paco, ¿lo conoces? Vamos a ir al mejor sitio de bravas de Madrid. Bueno, al segundo mejor, porque en el primero son demasiado del Atleti. Es un matrimonio de gallegos, viejecitos y encantadores, pero con tanta bandera y tanto póster de Savic las bravas se me revuelven (excelentemente, pero se me revuelven) en los alrededores del píloro. Optemos por el segundo mejor.
—No caigo en quién es Paco. Pero, si te parece, Josechu, escribiré en La Galerna algo que sirva de disculpas mías ante el gremio del taxi, por aquella inexcusable torpeza o generalización tuitera. Confío en que, de este modo, me apuntéis al plan cuando por fin vaya a tener lugar.
Quiero aprovechar estas líneas para manifestar mi más sincero arrepentimiento ante el muy noble gremio de los taxistas de la villa y corte. He sido sin duda muy desafortunado en mis encuentros, como cliente, con los representantes del colectivo. No me cabe duda de que, en aquel hilo tuitero, caí en una nefanda generalización estadística. Además, como digo, Uber funciona cada vez peor.
Viva el taxi y Hala Madrid, valga la redundancia.
Buenos días. Ya son 17 los días, 408 las horas y tropecientos los minutos que han pasado sin ver a nuestro Real Madrid sobre el verde de los campos de la piel de toro. A cambio, los popes mundiales del balompié insisten en ofrecer una travesía en el desierto como beduinos envueltos en rojigualda que al parecer alcanza, hoy domingo, una de sus etapas reina; todo un Sacro Imperio Romano Germánico a coronar esta tarde en el emirato.
Yo soy español, ya saben, el cántico que se popularizara cuando los muchachos de Del Bosque acreditaron su buena estrella en Sudáfrica. Lo puede usted cantar en su casa, desgañitarse incluso agitando el Sport más espanyol de temporada o un Mundo Deportivo que al fin y al cabo nunca dejó de ser un diario de Godó, grande de España. Por poder, puede ser usted un español de Doha de arriba, llamarse Yusuf, vestirse de colorao, y salir a cantar las bondades de La Roja por las calles cataríes, donde, al parecer, algunos periodistas de investigación —de salón— esperaban descubrir restos de fiambre, sentenciados a muerte por las cosillas del emirato, asomando la patita por las alcantarillas.
Show must go on. Inshalla. Que no decaiga y arriba el gallinero.
¿Hemos dicho ya que llevamos más de 15 días sin madridismo balompédico masculino?
¿Por qué? Que diría un tal Mourinho.
¿Por qué? Porque hoy juega España.
¡Prensa de combate y prietas las filas!
¡A sus órdenes, Romerales!
Seas el GARA o El Diari de Girona, hoy toca domingo de exaltación patriótica. Y como suele suceder cuando suena el bombo de Manolo los titulares se embrutecen en consecuencia. Ni qué decir tienen sus imágenes de primera plana.
Así como un Morata recién salido de un estreñimiento corona el rotundo ¡Vamos España! con aroma a fritanga de la portada de Marca, son Pedri y Asensi (sí, se le ha caído la “o”) paseando sobre las dunas quienes presiden el pedreroliano —y ridículo— Final para jugones del diario As.
Aún con todo, como soflama y grito de guerra nos quedamos con Morata y lo ajustado de su punto de mira.
Sin embargo, oh sacrilegio, se nos cuela en la azotea de las portadas cierto intruso que se marca además una sardana. Sí, es Lionel, el Argentino, cuyos muñecos vestido de culé aún se venden en los aledaños de un Camp Nou que se cae a cachos bajo la triste y solitaria mirada de un grúa digna del Pocero en Seseña. Tan nostre es Messi como el espetec en Catalunya. Tanto sufrimos sus desdichas sauditas como celebramos la ristra de insultos del hincha argentino —hasta hoy sin ningún género de dudas lo mejor del Mundial— en esta mañana que nos ocupa, como aplaudimos la victoria de la Albiceleste ante una México que está para cantar rancheritas con el Tata. Messi gana, Messi líder, siempre Messi. Menudo fiestón se marcaron los argentinos en el vestuario después de ganar su primer partido en Qatar ante unos aztecas de mercadillo. Como Laporta, pulgares arriba por los campos de España.
¿Es Argentina el Barça de selecciones?
Se lo sugeriremos como encuesta a este Sport de tono rojizo catarí que te vi cuyos lectores aún no adivinan el terrible trauma que habrán de afrontar en la última jornada de la fase de grupos mundialista; ese Polonia (¿Catalunya?) Vs Argentina en el que tendrán que elegir entre papá o mamá, Messi o Lewandowski. Embolia azulgrana garantizada.
Precisamente fruto de la falta de riego son las declaraciones que recoge este Sport ocre del jardinero Hernández, que tan bien conoce las dunas del desierto. El jeque Xavi Al Kharrer aplaude a España y quiere fichar a Endrick como antes a Haaland y como antes de él a Verrati o a Marquinhos, a Neymar; a Ali Babá, incluso.
Así vienen luego los gatillazos. Quizás por eso está por aquí estratégicamente colocada la publicidad del mástil caído.
Hoy no es el día. Vigor para todos que juega la Roja.
Y que el streamer de moda DJLuchoPapiGavi21 nos lo cuente.
Feliz día, amigos galernautas.
Querubín Consuegra Tapiaperurena, 17 años, culé, toledano, piernas largas y huesudas, atolondrado, repetidor de cuarto de ESO, aficionado a la Play, a Bizarrap y al onanismo zurdo, tenía muchas dudas. La mayor parte de ellas, especialmente las concernientes a quedarse calvo como su padre, a su futuro y a lo que iba a hacer con su vida cuando terminase el curso, no le preocupaban. Sus dudas, o mejor dicho, la única que rondaba su cabeza desde que había salido de casa en dirección al centro comercial, no tenía nada que ver con su futura alopecia o su porvenir laboral, era algo mucho más pragmático y cercano en el tiempo. Esa misma tarde iba a comprase una camiseta del Barcelona y no sabía ni el nombre ni el número que iba a estampar en el dorsal. Había descartado imprimir Querubín, Consuegra o Tapiaperurena; los nombres largos eran cosa del pasado, nadie es su sano juicio elegiría uno como dorsal. Lo que estaba de moda eran los diminutivos. Y él, a pesar de que llevaba dándole vueltas varios días, no sabía si escoger Queru, Consu o Tapi.
Querubín se sentó en la parada del autobús. Hacía frío y se subió la cremallera de su cazadora hasta el cuello. Intentó, a pesar del viento helado que le impedía abstraerse en aquella desapacible tarde de diciembre, visualizar el dorsal. Cerró lo ojos e imaginó la camiseta en el aire, girando sobre sí misma, luciendo su nombre en la espalda. El azulgrana iba mutando, las líneas azules desaparecían, se volvían transparentes y dejaban paso al intenso rojo de la selección. Veía un Queru en el dorsal y se transportaba al golfo Pérsico, al calor del mundial de Qatar, esa exótica “u” final eran Las mil y una noches, un harén y cachimbas de hachís. Fantaseaba con vistosas sedas, muslos, ombligos y danzas del vientre.
La bailarina estaba a punto de quitarse el séptimo velo cuando notó, por el ligero crujido del banco de madera, que alguien se había sentado a su lado. No le había oído llegar, entreabrió los ojos y miró disimuladamente. Era un viejo de unos cuarenta años. Volvió a cerrar los ojos.
Del Queru pasó a Consu. A Consu se lo imaginó más como un central correoso, de brega y tarjeta, un Pujol con melena al viento.
Querubín escuchó con fastidio el ruido del motor. Abrió los ojos, se acomodó con disimulo lo acomodable, sacó los dos euros del bolsillo de su cazadora y subió al autobús. En cuanto franqueó la puerta notó un chorro de calor en el rostro. La calefacción le envolvió. Se sentó feliz y volvió a cerrar los ojos.
Quería estrenar la camiseta en Nochevieja. Había pensado vestirla con unos vaqueros y una chaqueta de su padre por encima. El cotillón era a cubierto, no haría frío y podría lucirla sin problemas. Igual, si la noche se le daba bien y tenía un poco de suerte, Marta se fijaría en él…
Consu y Queru estaban muy bien. Eran cortos, bisílabos y originales, pero les faltaba algo, les faltaba la “i” de Tapi, su preferido, la “i” tenía algo mágico, muy culé. Si hay una vocal que juegue al toque, a la posesión, esa es la “i”. El estilo del Barcelona es una larga e interminable “i”. Messi, Xavi, Pedri, Gavi, Rodri, Jordi, Sergi… Uno puede batir el récord de pases de “i” en “i”. Además, y esto confirmaba su teoría de las vocales, el Madrid tenía muy pocos jugadores acabados en “i”, su historia estaba llena de “os” y “as”: Casemiro, Juanito, Amancio, Butragueño, Kroos, Militao, Camavinga, Benzema, Ramos, Rodrygo, Di Stéfano, Gento, Santillana, Cristiano, Puskas…
El Madrid nunca había tenido estilo, con las “os" no hay estilo que valga. Juntas un montón de “os" y “as” y sí, lo reconozco, te sale un equipo ganador, goleador, pero muy serio, en plan…como viejuno. Por no tener casi no tienen ni diminutivos.
Si hay una vocal que juegue al toque, a la posesión, esa es la “i”. El estilo del Barcelona es una larga e interminable “i”. Messi, Xavi, Pedri, Gavi, Rodri, Jordi, Sergi… Uno puede batir el récord de pases de “i” en “i”
Al bajar del autobús ya lo tenía decidido: Tapi, iba a poner en el dorsal Tapi y el número 10 de Messi.
Messi, Pedri, Gavi y Tapi. La “i” al poder.
—¿Estás seguro de que quieres poner Tapi?
El dependiente de la tienda oficial del Barcelona soltó la pregunta e interrogó a Querubín con los ojos mientras sacaba la camiseta de la caja y la extendía sobre el mostrador.
—Sí, claro, ¿por?¿Hay algún problema?
—Hombre, entre nosotros, yo quitaba el Ta, quédate solo con el Pi.
—¿Pi, así, a secas?
—Sí, es lo último, en plan monosílabos. Es una moda que ha empezado en la Masía. Ya tenemos un jugador llamado Mi y otro Ti. Me han contado, y esto te lo digo en confianza, en plan de buena tinta, que en un futuro quieren jugar con once canteranos monosílabos. ¿Te imaginas? Mi, Ti, Di, Gi…
Querubín no lo tenía claro. De Tapiaperurena a Tapi había un camino recto, una evolución natural, muy culé. De Tapiaperurena a Pi había mucha imaginación. Y cierto riesgo.
—No sé, no me atrevo, seguro que mis amigos me toman el pelo con lo de 3,1416. O me añaden un TO o un CHA detrás del PI, que los conozco.
—Ni caso, el fútbol es para los valientes.
Entonces la vio, la camiseta pasó volando delante de sus ojos con su nombre estampado, nadie había llegado tan lejos y nadie llegaría más lejos. De Tapiaperurena a Tapi, de Tapi a Pi y de Pi a “i". Él luciría la esencia del Barcelonismo, él sería el primero en lucir una única vocal en una camiseta del Fútbol Club Barceloni.
—Sabes que te digo, ponme una “i”, una “i” bien grande y nada más, sin número ni leches. Y no la envuelvas, me la llevo puesta.
Unas semanas más tarde, Querubín dejó su chaqueta en el guardarropa al entrar al cotillón. Se sentía bien, estrenaba la camiseta del Barcelona con su “i” en la espalda. Sin darse cuenta empezó a tararear el himno…
Tot el camp
és un clam
…
una bandera ens agermana
…
Blau-grana al vent
…
Barçi, Barçi, Baaaaarçi!
Getty Images.
Lo más destacable de la jornada es que por la mañana amanece y por la noche anochece. El resto, lo esperado, tabarra de los fanáticos de la selección con intervalos nubosos. Que sí, que ya sabemos que goleó, que hacen un fútbol total, que tienen más propiedades que el brócoli y el aguacate juntos, que Luis Enrique es el mejor, pero disfrútenlo sin intentar evangelizar, por favor. No es obligatorio emocionarse con España del mismo modo que no es obligatorio ser del Madrid. Yo disfruto cada triunfo madridista sin bajar a convencer a mis vecinos atléticos del primero y del segundo de que cambien de equipo.
Sobre Luis Enrique tengo pensamientos encontrados. Detesto ciertos comportamientos y decisiones deportivas, sin embargo me gustan algunas actitudes suyas y el trato que dispensa a periodistas que no soporto. De todas maneras, carece de importancia mi opinión sobre el seleccionador, es un entrenador de élite que sabe hacer competir a sus equipos, el resto da igual. Y que dirija a España me importa lo mismo que si dirigiese al Liverpool. De hecho, me gustan más los Beatles que el fútbol español.
A primera hora de la tarde recojo a mi hija del cole. Me dice que tiene que estudiar para un examen de gimnasia. Me se produce un esguince cerebral. Ahora hacen exámenes escritos de gimnasia. Pero no solo eso, sino que hacen gimnasia en inglés. ¿McManaman hacía kárate en inglés?
Please, students, do a bridge handstand in English. And then jump to the plinth without spelling mistakes, podría ser perfectamente una orden del profesor de gimnasia, que en este caso además es el director, para que luego acusen a los docentes de gimnasia de vividores.
Por la noche, una hora de caminata en lugar de las dos habituales, porque a pesar del chubasquero me empapo.
No consigo dormir hasta las 6:30 y a las 7:30 ya estoy en pie. Durante la noche de insomnio me da tiempo a ver catorce veces las remontadas de la Catorce. Y a un ruso o de por ahí que cocina en la barbacoa de su chalet desde salmones hasta camellos. Camellos de los del desierto, no las personas traficantes ni el delantero del Rayo que quiso darse a conocer como lo hacen los que no pueden hacerlo a través de su talento: hablando mal del Real Madrid.
Paso el día zombi, pero en lugar de acostarme a media tarde como me pedía el cuerpo salgo a caminar. Parar es morirse más rápido. Caminando uno se siente mejor y se topa con atardeceres tan fantásticos que parecen un control de Zidane o un revés de Federer.
Se acaba el día. Sun, set y partido.
Entregas anteriores:
Hice esta entrevista a Antonio Escohotado la última vez que estuve con él. Fue el 6 de julio de 2021, el día siguiente de la que sería su última fiesta de cumpleaños, en Ibiza. Después, antes de su muerte en noviembre, hablaríamos por teléfono unas cuantas veces más. La última conversación telefónica resultó conmovedora cuando entendí ciertas claves de la misma, sin poder ya preguntar a Antonio por dichas claves. Quizás algún día cuente esa otra historia.
Pero esta fue la penúltima vez que le tuve frente a frente. La última de verdad fue un rato después, el mismo día, cuando pasé a despedirme ante de coger el avión. Aunque había anunciando que se iba a la isla a morir, yo estaba casi seguro de que habría más ocasiones. Pasé por su habitación de aquel hotelito en Can Partit para darle un abrazo de despedida y me lo encontré encima de la cama, con el ordenador en el regazo, viendo una película de burdo escapismo yanqui. Hay algo maravillosamente desmitificador en el hecho de decir adiós a uno de los grandes cerebros del siglo XX y XXI mientras en su portátil resuenan las explosiones y los puñetazos. Aquel sí que fue el último momento juntos, el último de verdad.
Tras haber publicado la entrevista transcrita en el primer aniversario de la muerte de Antonio, es el momento perfecto para que vea por fin la luz en imágenes. Gran parte de la conversación es relativa a la actualidad madridista de aquel momento concreto, pero tal cosa no hace sino acentuar, contemplada hoy, la admirable lucidez del sabio.
Entrevista: Jesús Bengoechea.
—Escolti, Agustí, te dejo.
—¡Pero Mercè!
—Lo que oyes.
—Acaso no te he querido, acaso no he consentido tus caprichos siempre, acaso no te he dado todo hasta que me lo he podido permitir.
—No te arrastres, querido, me marcho. Me voy a vivir como una reina a París. Con un jeque, para más señas.
Pasados los años, Agustí sigue hablando de Mercè en todas las conversaciones, incluso en las que mantiene con su charcutero de siempre.
—Agustí, además del fuet, ¿quieres un poco de butifarra?
—Sí, Andreu, ponme una butifarra bien turgente. No me gusta mucho, pero a mi Mercè le encantaban las butifarras grandes y turgentes, y cuando vivíamos juntos todas las semanas se hacía con una para apretársela entera.
Agustí sigue escribiendo cartas a Mercè en su cumpleaños, en Navidad, el 14 de febrero… Agustí le manda flores por primavera y cada 24 de septiembre, como siempre con tarjeta, le manda un ramito de rosas. Mercè pasa de él como de comer deyecciones.
El síndrome de abstinencia emocional consiste en la imposibilidad de decir adiós, la incapacidad de continuar sin alguien. Quien lo padece necesita mantener el contacto con la persona que se ha marchado, no deja de pensar en ella y de preocuparse por lo que hace. Tiene la sensación de que la vida no tiene sentido sin ella. Sufre dificultades para dormir, mareos, náuseas, dolores de cabeza, falta de concentración y un sinfín de síntomas físicos y psíquicos.
No os preocupéis, sí, esto es el Portanálisis. Tras esta introducción, las portadas de Mundo Deportivo y Sport.
¿Imagináis a Agustí proclamando a los cuatro vientos que Mercè se enfrenta al reto de seguir adelante en una competición de lucir joyas tumbada, que Mercè se la juega?
Sí, amics, el Barça es como esa persona que sigue obsesionada con su ex años después de que le hubiera dejado. El Barça padece síndrome de abstinencia emocional con Leo Messi. Raro es el día que, ora Mundo Deportivo, ora Sport, no dedican su portada al argentino o al menos hacen referencia a él si el espacio principal lo emplean para atacar al Madrid o ilusionar a sus acólitos con un fichaje inventado.
La afición del Barça está llena de “viuditas” perpetuas de Messi. En Madrid las mocitas madrileñas van alegres y risueñas porque juega su Madrid y en Barcelona las “viuditas” culereñas van tristonas y mohínas porque no juega Messi.
La previa de un Argentina-México de un mundial ominoso portada de dos de los cuatro principales diarios deportivos españoles. Pues muy bien.
En Madrid también hay “viuditas”, hay quien no ha superado la espantada rentable de Cristiano, tema que vuelve a estar de actualidad, y que incluso no se ha repuesto de la salida de Ødegaard porque tiene que haber de todo, pero la patología no está institucionalizada, como en el Barça, sino que la padecen individuos discretos que no afectan al funcionamiento del club, afortunadamente.
As no es Machado y su primera plana no está dedicada a un olmo seco, sino a un Olmo en plenitud de nombre Dani (entendemos que Daniel, porque ahora hay gente que llama a sus hijos registralmente Dani).
Para Marca, la principal noticia es que, según ellos, Joao Félix puede salir del Atleti en enero. Salga o no, ni el futbolista ha demostrado lo que se esperaba de él por la calidad que atesora ni el club ha estado a la altura de las pretensiones deportivas del jugador.
Que paséis un buen día.
Leyenda, historias y mito. Son los ingredientes de los que se nutren los mundiales de fútbol. Sin esos componentes, un Mundial es un gran evento más, de los muchos que todos los años forman parte del calendario deportivo a nivel global.
Hablar de un Mundial de fútbol es hablar de hechos insólitos, de historias que se cuentan de generación en generación entre los aficionados al fútbol.
Hablar de los mundiales es recordar a la gran Uruguay de los años veinte y treinta ganando en el estadio Centenario el primero de los campeonatos en su casa, con miles de argentinos llegados atravesando de noche el Río de la Plata para asistir en directo al primer gran partido de la historia.

11/07/2020 Andrés Iniesta en el momento de marcar su gol en la final del Mundial de Sudáfrica.
España se proclamó campeona del mundo, por vez primera en su historia, después de derrotar, por 1-0, a Holanda en la final, disputada en el Soccer City de Johannesburgo (Sudáfrica), con un gol del centrocampista Andrés Iniesta, en el minuto 116, a sólo cuatro del final de la prórroga.
AFRICA DEPORTES SUDÁFRICA
RFEF
Hablar de los mundiales es echar la vista atrás y recordar al formidable Mathias Sindelar y su lucha contra el nazismo a final de la década de los años treinta con el maravilloso Wunderteam austriaco y su negativa a jugar con Alemania.
Hablar de los mundiales es tener subrayado en rojo el Maracanazo, el gol que convirtió en inmortal al ‘celeste’ Alcides Ghiggia, capaz de acallar a 200.000 brasileños y de crear un término que desde entonces es sinónimo de fiasco sin igual.
Hablar de los mundiales es también posar la mirada en el gol de Telmo Zarra a Inglaterra, la ‘Perfida Albión’. Un tanto que, durante décadas, fue el mejor recuerdo de nuestro fútbol. Solo el tiqui-taca y los éxitos de la Edad de Oro del fútbol español entre 2008 y 2012 lograron apagar los ecos de aquel gol a bocajarro del león de San Mamés.
Hablar de los Mundiales es hablar de los Magiares Mágicos, de la Hungría de Puskas, Kocsis y Kubala. Es hablar del ‘Milagro de Berna’ y de una de las victorias más épicas de todos los tiempos. En Berna, en un campo encharcado hasta límites insospechados, nació el mito de Alemania y, ese mismo día, el de Adi Dassler, el fundador de Adidas. Hay un antes y un después en la historia del fútbol.
Hablar de los mundiales es asistir atónitos a la irrupción de un tal Pelé en Suecia 58 o del robo del siglo en la final de Wembley entre Inglaterra y Alemania y cómo no, de la épica de Beckembauer jugando la semifinal de México 70 con el brazo en cabestrillo o de la gran victoria del Brasil ‘ de los Dieces’ ante Italia en el Azteca.
Hablar de los mundiales es rendir homenaje a la Holanda conocida como la Naranja Mecánica, la selección que, perdiendo, logró acuñar una filosofía de juego de la que han bebido cientos de equipos desde el año 74. Hablar de los mundiales es también hablar de otro mundial con ignominias como fue Argentina 78 y de otra derrota con honra de Holanda .
Hablar de los Mundiales es también recordar a Naranjito y a la Italia de Paolo Rossi en el 82 y cómo no, a Gentile y su caza implacable de un tal Diego Armando Maradona en el estadio de Sarria una tarde de verano.
Y por supuesto, hablar de los mundiales es quedarse atónito ante el mejor gol que vieron los tiempos, el de Maradona ante Inglaterra, o el de la Mano de Dios en ese mismo partido. Dos goles que fueron mucho más allá de un simple partido de fútbol.
Hablar de los mundiales es ser testigo de la irrupción de Zidane y la Francia multicultural, de la explosión de Ronaldo Nazario en Corea o el robo de un egipcio llamado Al Ghandour a la selección española un amanecer con churros y café de ese mismo mundial de 2002.
Hablar de los mundiales es levantarse de un salto y correr por toda la casa ante el gol de Iniesta en Sudáfrica y por qué no, también del 1-7, el segundo maracanazo de Alemania a Brasil en 2014.
Y por supuesto, hablar de un Mundial es reconocer el mérito de un pequeño país como Croacia conducido por un grande como Luka Modric en Rusia 2018.
La pregunta es, ¿qué nos deja Qatar? Aún es pronto. Dicen que el fútbol todo lo puede, pero será difícil que el balón pueda borrar cómo se llegó hasta este campeonato.
Conozco muchos amigos, grandes aficionados al fútbol, que ni siquiera lo están viendo. Es su forma de protestar ante un hecho incuestionable: en Qatar no hay leyenda, lo que hay es una flagrante falta de derechos que convierte este torneo en un mundial manchado desde el punto de vista de cuestiones fundamentales que deberían ser innegociables como la dignidad de las personas, sea cual sea su orientación sexual; la igualdad de las mujeres o los derechos laborales. Ese es el legado de Qatar. Triste contraste para el torneo de los torneos.
Cuando acepté el reto tuitero (¿cuántos de estos nos quedarán?) de Jesús Bengoechea hace 48 horas, asumí otro compromiso conmigo mismo: intentaría explicar con argumentos racionales por qué, en mi opinión, están dadas las condiciones para que Cristiano Ronaldo regrese para disputar la segunda mitad de la temporada con el Real Madrid.
Fue tan solo comenzar a escribir estas líneas cuando me di cuenta de que puedo honrar el primer compromiso, pero no el segundo. Muy pocos de los argumentos que aquí quedarán expuestos son en realidad racionales. Para muchos, eso quizá hiere de muerte a esta opinión y quizá piensen, parafraseando una frase recurrente actual aplicada a las reuniones, esta columna podría haber sido un tuit.
Y de algún modo creo que acertarían en ese pensamiento. Sin embargo, no he visto aún en mi dieta de medios una consideración argumentada –desde la razón o la emoción– sobre el regreso de Cristiano, así que voy a intentarlo de todos modos, porque creo que razones sobran pese a que en este espacio no incluyan métricas ni analíticas. Debo añadir aquí que soy plenamente consciente de que . Comienzo a enumerar:
Sí: muy pocas cosas dentro de la política de fichajes del Madrid podrían justificar traer a Cristiano seis meses sin valor de reventa alguno. Afortunadamente no es lo que hacemos y no tenemos tal necesidad. Sin embargo, tengamos en cuenta los siguientes factores: traspaso gratuito y hambre de gloria. Si a Cristiano realmente le tiran estas dos cosas, no debería poner demasiados problemas económicos ni condiciones temporales y podríamos negociar unos seis meses y la chance de ayudar en un tirón por una nueva Champions. Y la obsesión de Cris con la Champions no tiene parangón en el mundo del fútbol. El Madrid puede aún sacarle renta a eso.
Recordemos que el Madrid no tiene hoy alternativa alguna de centrodelantero a Benzema más que Rodrygo. ¿Puede la llegada de Ronaldo ser un potencial problema para Rodry? Sí y no. Sí, porque si Benzema está bien, la alternativa obligada será Cris y no el brasileño. Sin embargo, ante una potencial recaída de un Karim cuyo estado físico este año es una incógnita, no hay nada mejor a adquirir que Ronaldo porque para disputar Champions y Liga con cierta holgura se necesita fondo de armario. Respóndase con la mayor cuota de honestidad posible: a falta de que en el mundial haya alguna sorpresa, ¿hay algo más que el Madrid pueda traer para paliar esa falta que tenemos en la zona de gol?
Cuando Ronaldo dice que a un jugador como él no se le pone 3 minutos en un partido, tiene razón. Lo que Ten Hag y el United en general han hecho con él es solo un síntoma de lo deprimida que está la cultura en un club (¿no les sorprende lo ocurrido con Varane y hasta con Casemiro?) que otrora ha sabido cuidar algo más a sus ídolos. El United está en un momento terrible, y hay una ristra de historias desde adentro publicadas en The Athletic que dan cuenta de ello. Ronaldo sabe que el Madrid puede darle lo que quiere: Champions, instalaciones, un modelo sostenido de optimización del rendimiento de sus futbolistas más veteranos y la chance de una última redención antes de volver al Sporting y encaminar su retiro. Y reivindicación en el escenario más importante del mundo, en el mismísimo centro del Universo.
Siempre recuerdo las anécdotas de Ancelotti con Ronaldo en la época de la primera Champions. Carletto hablaba siempre de un Cris obsesionado con su entrenamiento y su rendimiento, a quien el entrenador a veces animaba a ir a cenar con Irina Shayk cuando era la supermodelo rusa la que esperaba al delantero en casa. Nadie mejor que nuestro míster –con la excepción de Zidane– sabe lo que hace hacer ‘click’ a Cristiano. Carletto en el banquillo ofrece esa calma que tan bien le hace a nuestros Jerarcas y que seguro a Cristiano le permitiría entregarse a un último gran capítulo con el Madrid. Yo con él allí es que ni me lo pensaba; con otro entrenador, pues habría que verlo: ya vemos que no todos pueden trabajar bien con estrellas.
Seamos inteligentes: ¿qué tiene el Madrid para perder aquí? Como mucho una temporada, vale. Cristiano es una bomba emocional que puede trastocar la dinámica de una plantilla en armonía. Pero, ¿será tan así? Habría que preguntar a Modric y a Kroos, pero vale la pena recordar que ninguno de sus colegas se ha quejado o ha sugerido que Ronaldo fuera un problema para trabajar. El frágil ego de Cristiano puede ser gestionado de mucho mejor forma esta vez por un gigante como el Madrid. Porque ya lo hemos hecho y porque Ronaldo –diga lo que diga– necesita una última chance de ganar para acrecentar su leyenda. ¿Y si se cabrea? Pues luego del pollo que ha montado en Manchester, solo él y su marca tienen para perder. Llegará para contribuir al campeón de Europa, no para rescatar a un viejo club legendario al que todavía le sobra polvo en los hombros y le falta aceite en las articulaciones (y al parecer, también bañeras nuevas). Los escenarios son distintos y solo dependerá de él comportarse en función de un legado que –uno cree– debería seguir queriendo ampliar.
Cuando Cristiano salió del Madrid, su carrera comenzó un declive inevitable que sigue su cauce a pesar de sus números hasta el año pasado: unas Serie A con la Juventus no son el tal mérito y con el United ya vimos qué pasó. El Madrid no las ha pasando tan mal: luego de una sola temporada verdadera de entreguerras, hemos ganado varias ligas y Champions. Pero Cristiano –por muchos desdenes que haya hecho al Madrid desde que se fue– es el gran hombre récord merengue de nuestro tiempo. De los pocos –poquísimos– a la altura de Zidane o Di Stéfano. ¿Que no será hombre de club? Vale, sabemos que Cristiano juega solo para su marca. Pero, ¿no hay una chance de terminar todo esto un poco mejor? El Madrid ha sido el club de la vida de Cristiano y Cristiano ha sido uno de los jugadores de nuestras vidas, seamos sinceros. Se nos presenta aquí una chance de corregir el final de un matrimonio por conveniencia que todos merecemos que acabe mejor.
Buenos días, amigos. Prosigue el mundial en Catar, sin que entre la jornada de ayer y la de hoy se tenga constancia del fallecimiento de ningún otro obrero indio o pakistaní en la construcción de los estadios, más que nada porque los estadios hace tiempo que se terminaron de construir. Allí, en esos mismos recintos donde murieron insolados, de sed y desesperación, miles de trabajadores/esclavos, van transcurriendo los partidos y van haciendo acto de presencia las grandes estrellas, entre ellas, ayer, Cristiano Ronaldo.
Debajo del anuncio de una entrevista con Galtier en la hoja parroquial de Al Khelaifi, se nos informa de que Cristiano marcó de penalti uno de los goles con los que Portugal derrotó a Ghana, y se convierte de este modo, como informa Marca, en el primer jugador de la historia que anota gol en cinco mundiales distintos. Es un hito sobresaliente por lo que revela de perseverancia en la excelencia, de longevidad en la élite. No somos amigos de la hipérbole, en la que tan frecuentemente se cae para evaluar este tipo de cosas, pero no pensamos discutir con quien afirme que estamos ante el mejor jugador del fútbol moderno. Jugador que, por cierto, estuvo diez años en el Real Madrid, ganando varias veces todo lo ganable (incluidas 4 Champions) y pulverizó absolutamente todos los récords concebibles, en particular el de los goles. Diez años a gol por partido. No puede ser verdad.
Pero lo es. Como lo es que, ahora mismo, Cristiano Ronaldo está sin equipo. Esta última circunstancia ha impulsado a Twitter Madrid, o a un sector del mismo, a sugerir la conveniencia de refichar al portugués. No nos parece indicado, aunque ya conocéis la pluralidad de La Galerna y no os extrañe encontrar en las próximas horas o días, en el seno de este vuestro portal, voces que defiendan lo contrario.
No nos parece indicado que vuelva porque la propia grandeza de Cristiano en la Historia del Madrid convertiría cualquier retorno en un sucedáneo fugaz y descafeinado. Hay libros que no se pueden cerrar de cualquier manera, meganovelas que no admiten apéndices acomodaticios, leyendas orales incompatibles con puertas de vodevil que se abren y cierran. Vamos a decir una barbaridad, viniendo además como viene de un resultadista consumado como este humilde portanalista: el retorno de Cristiano al Madrid no sería conveniente ni aunque saliera bien.
Así que no es solo el riesgo de que saliera mal. Hay una alta probabilidad de que lo hiciera, un riesgo de que su presencia desestabilizara el vestuario más sano y ajeno a egos tóxicos que ha tenido el club en mucho tiempo. Pero esto es casi lo de menos. Cristiano no puede volver al Madrid porque la propia vuelta contaminaría el recuerdo, con independencia del resultado deportivo que cosechara la toma de esta medida. El mito y el cortoplacismo son verbos de conjugaciones distintas, irreconciliables. Esto es así por definición, por el orden natural de las cosas, que es insobornable. Cristiano es al madridismo la réplica contemporánea de D. Alfredo. D. Alfredo se fue mal del Madrid, como se fue mal Cristiano, y de alguna forma que tiene que ver con alguna filosofía ancestral estuvo bien que estuviera mal, como está bien que no haya movimientos posmodernistas en el poso insondable que quedó. Cristiano no puede volver a jugar en el Madrid porque D. Alfredo tampoco volvió al club tras su choque de trenes con D. Santiago.
Y punto.
El resto de portadas del día oscilan entre la exhibición de Richarlison con Brasil, asistido por Vini (estos dos sí harían buena dupla en el fútbol de clubes blancos), hasta la sobredosis de glucosa con terminaciones en i latina que nos trae la apropiación cataculé de la goleada de la llamada roja ante Costa Rica.
Con vuestro pan os lo desayunéis, amigos.
Pasad un buen día.
El intento de incumplir aquí en España —como protesta— todas las normas y leyes arcaicas de Catar sorprendentemente no sirve para nada. Mi actitud de ayer me recuerda a la escena de Amanece que no es poco en la que Manuel Alexandre le pregunta a Cassen que cómo notan los pobres que él ayuna por ellos, que si no sería mejor darles la comida que no se come. Decido que es mejor opción intentar no ver nada del mundial, aunque solo sea por higiene mental.
El viejo de la otra noche al que abordé para intentar convertirme en gáyer (ver día 1) era policía jubilado y pasé la noche en comisaría. Por la mañana se celebra el juicio rápido y me condenan a acudir a 20 sesiones de psicoanálisis. Por un lado me viene bien, de ese modo tendré menos tiempo y será menos difícil no ver ningún partido del campeonato abyecto catarí.
Acudo a mi primera sesión cuando salgo del juicio a las 13:30. Ya en la sala de espera noto que algo no va bien. Se oyen golpes y gritos, ruido de cristales rotos. Aunque no se escucha muy bien, creo entender muchas veces la palabra concha, ¿habrá dentro algún paciendo con trastorno obsesivo-molusco-compulsivo? Tras media hora esperando me preocupo y llamo a la puerta. Nada. Llamo más fuerte. Nada. Abro y cierro rápido porque una silla vuela con violencia hacia mi cabeza. Tras eludir el golpe vuelvo a abrir y veo al psicoanalista solo en la consulta destrozando el mobiliario y gritando una colección de insultos más grande que la deuda del Barça: “¡Panda de boludos, andate a cag… (censored), De Paul, cementerio de canelones, atajo de termotanques de choripán, hijos de mil… (censored), la reconcha de tu p… (censored)!”. Deduzco rápidamente que Argentina ha perdido frente algún rival débil y me marcho con premura de la consulta sin poder contener la risa.
Por la tarde estoy con mi hija, por lo que no hay riesgo de mundial ya que no le gusta el fútbol, sino el anime. Ella se esfuerza en explicarme los personajes y los diferentes mangas, pero no me entero. Me hace hasta exámenes, hoy tres, y en los tres suspendo con un cuatro. Tiene espíritu de maestra cruel.
Mi afán por esquivar el mundial no impide que sepa que esta jornada juega España. Hoy no tengo que realizar labores en La Galerna, por lo que tras completar los quehaceres matinales hablo con mi amiga Esther, que es maestra de verdad y cruel solo cuando es necesario. Está enfadada como una mona porque ha concertado tutorías con los padres de unos alumnos y no se han presentado. No es la primera vez que ocurre. Esta situación me sirve en bandeja la excusa perfecta para alejarme de la actualidad e intentar no saber nada de la selección española, así que acudo a su centro escolar, rapto a los padres irrespetuosos con el tiempo y el trabajo ajeno, los amordazo y los obligo a ver un partido del Atlético de Madrid. Al cuarto de hora suplican por señas que los libere y mascullan algo de la Convención de Ginebra. Los suelto, piden mil perdones a Esther y juran que no volverá a suceder. Los miro con cara de Liam Neeson y me marcho con andares peligrosos.
A pesar del viaje de ida y vuelta y la tortura a los progenitores maleducados, aún es mediodía, el tiempo no pasa y temo que el partido me alcance. Recuerdo que había quedado para comer. Acudo y ahora sí el reloj corre en buena compañía. En el restaurante no hay televisión. Magnífico. Terminamos y de vuelta a casa mientras camino por Atocha oigo salir un grito comunal de un bar. Temo algo malo, seguro que ha marcado España. Entro a Twitter y es peor aún, es el 3-0. Llego a casa y Gavi marca el quinto, lo que faltaba, gol del niño maleducado. Al final me dicen que son siete. Pues que pasen, como decía Forges.
Lo malo no es que gane España, cuyos resultados me importan lo mismo que los del Écija Balompié, sino aguantar después a los culés y a los indepes. Y más malo aún es estar participando en un mundial que no debía haberse celebrado ni moral ni legalmente.
Por un lado, los seguidores del Barça se han apropiado de la selección y se arrogan cada triunfo del equipo de Luis Enrique. Que si ADN Barça, que si la selección está llena de futbolistas del Barcelona, etc. Pero ¡caray!, como diría Butragueño, si son todos tan buenos, ¿por qué están jugando la Europa League y llevan una trayectoria europea propia de un “Lotin Lover”?
Si son todos tan buenos, ¿entonces el mal entrenador es Xavi Hernández? No puede ser, si dicen que es el mejor. Esta paradoja pone de relieve que las matemáticas mienten, que aunque los números de Xavi sean peores que los de la mayoría de técnicos del Barça y aunque el equipo no haya ganado nada últimamente, siguen siendo los mejores, porque el mejor no lo deciden los goles ni los títulos.
Por otro lado está la paradoja de los indepes, que han abrazado a la selección del país que según ellos los oprime. Los mismos que odian todo lo que huela a España prorrumpen en berridos con cada gol, gozan, se excitan, babean, se abrazan a la selección española como una garrapata a un perro. Pero es incoherente pedirle coherencia a un nacionalista, y si además es del Barça, mejor ni intentarlo.
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