Las mejores firmas madridistas del planeta

Buenos días. Fin del stream. Lo que no puede ser no puede ser, y además es de todo punto imposible.

No es que el Mundial le venga grande a España, Marca. Es que se hincharon las expectativas al alimón con las que supuestamente habían de generar las nuevas estrellas (¿?) del Barça, sin reparar en que eran esas mismas estrellas (¿?) las que estaban hinchadas. Luis Enrique entró en el cotarro de los intereses de una firma de representación con mano en el ámbito blaugrana, que por lo demás es el del propio Luis Enrique. Así llegaron pseudocracks culés manejados por amigos de Lucho, pseudocracks aún no salidos del cascarón pero seleccionados con prisas para aumentar alegremente su cotización (es inevitable pensarlo) y favorecer de este modo a dicha agencia, al propio Barça y no se sabe de qué modo al propio Lucho, que es (paradójicamente) un magnífico entrenador pero un seleccionador no sólo pésimo: es un seleccionador cuyos criterios están bajo sospecha no por haber fracasado miserablemente como lo ha hecho, sino que ya venía bajo sospecha de casa. A Eric García ya no hubo cómo sostenerlo de manera decorosa y perdió su titularidad, pero ahí aguantaron el sobreexcitado Gavi y el sobravaloradísimo Pedri, futbolistas que no tienen la culpa de haber sido artificialmente elevados al pedestal que no les corresponde, y a los que de corazón deseamos -porque son jóvenes y tienen cierta calidad- que sean capaces de descender del mismo de la forma más decorosa posible y sin descalabros morales irreparables. Junto a ellos, para terminar de edificar las sospechas, ni más ni menos que el yerno del propio Luis Enrique.

Brutal.

Entretanto, en Madrid, y a pesar de la denuncia de unos pocos, a los que se nos tildaba de antipatriotas por no apoyar a la selección, se quedaban tipos con todo el callo del mundo en competiciones de tanto voltaje como la Champions, léase Nacho Fernández y Lucas Vázquez, ese que en Milán daba vueltas al balón en la cúspide del índice antes de lanzar un penalti incandescente, mostrando el cuajo que ninguno de los elegidos para lanzar ante Marruecos, tras 120 minutos de frustrante 0-0, fue capaz de poner en el césped para transformar al menos uno de los lanzamientos. Y se quedaron también en España Canales y Iago Aspas y Borja Iglesias, como se quedó en Liverpool Thiago Alcántara. Ninguno entraba en los planes del inefable Lucho. No tuvieron la suerte de caer en su networking.

el sobreexcitado Gavi y el sobravaloradísimo Pedri, futbolistas que no tienen la culpa de haber sido artificialmente elevados al pedestal que no les corresponde, y a los que de corazón deseamos -porque son jóvenes y tienen cierta calidad- que sean capaces de descender del mismo de la forma más decorosa posible y sin descalabros morales irreparables.

No solo es evidente que Luis Enrique ha fracasado, sino que habrá que analizar si no se ha tratado de un fracaso doloso. Pese a ello, en un triunfalismo insultante, el asturiano declaraba que estaba muy contento del trabajo realizado. Enhorabuena pues, y lo mismo para jugadores jóvenes que se manifestaban encantados de haberse conocido al término del partido, de manera pasmosa. No dejaron entrever ni un ápice de autocrítica, ni mucho menos un apunte de rabia. ¿Qué fue de aquello de quedarse sin dormir tras una derrota sonora? No descartamos que aquí haya algo generacional: un meme genial, sobre la fotos de Xavi-Iniesta y Gavi-Pedri, nos recordaba que hemos pasado de la generación del tiki-taka a la del tik tok.

No solo es evidente que Luis Enrique ha fracasado, sino que habrá que analizar si no se ha tratado de un fracaso doloso

Decíamos que no fueron capaces de marcar un solo gol en 120 minutos de juego ni en uno solo de los penaltis, y la cosa trae reminiscencias de un pasado culé que recordarán los más viejos del lugar. Tanto quiso Luis Enrique que su selección se pareciera con calzador a su amado Barça que la retrotrajo al 7 de mayo de 1986, cuando los azulgrana remataron 120 minutos sin goles, ante un equipo rumano, con un pleno de errores desde los once metros. Tanto quiso Lucho hacer una roja a imagen y semejanza de lo culé que le transmitió sus traumas.

Steaua de Marrakech.

Claro, As, claro que sanseacabó. Un gran papel en un Mundial  de selecciones (incluso en este mundial en minúsculas tan éticamente repugnante) equivale para clubes a un gran papel en la Champions. Pues bien: España se presentaba con una escuadra de Europa League, en el mejor de los casos. Así no se llega lejos en un mundial. Es de cajón, aunque nadie quisiera verlo. Thiago Alcántara jugaba una final de Champions hace poco más de seis meses, mientras Pedri y Gavi  llevan dos años seguidos siendo expulsados a las primeras de cambio de esa competición y relegados a la Europa League, de la que luego también son expulsados.

Qué enormemente significativa es la foto recogida por Mundo Deportivo para ilustrar el batacazo. Ni ascendiendo a Marte habrían dado con una vista más aérea. Desde las alturas, la responsabilidad se diluye. Recuerda a la escena de la noria de El Tercer Hombre, con Orson Welles y Joseph Cotten teorizando en el nihilismo acerca de las pobres vidas de aquellas miniaturas allá abajo. ¿Dónde están ahora los primeros planos de Pedri o de Gavi, juguetes rotos (esperemos por su bien que no) de la infame propaganda culé, comprada (cuidado) por casi todos, no solo por la prensa cataculé? ¿Dónde están ahora los primeros planos de Lucho? Y sobre todo ¿dónde está ahora Laporta? ¿No aseguraba Jan que el éxito (pero qué éxito) de la selección española había que atribuirlo en gran medida a Xavi? ¿No habrá entonces que achacar también en parte al ilustre Hernández esta sonrojante hecatombe?

Sport sí tiene, por lo menos, el detalle de personalizar, en la foto, en la figura del técnico, pero se muestra incapaz de salir de sus dogmas posesivos para explicar el costalazo: “La selección dominó totalmente, lo intentó todo, pero le faltó gol”. Ojalá sigan para siempre presos en el Barça de sus apriorismos tikitakescos, pero sería igualmente de agradecer que no trasladaran a la selección sus obsesiones de iluminados. Algunos tenemos cariño al equipo nacional español, y anhelamos aquellos tiempos en que los seleccionadores no sólo ganaban, sino que no se tomaban el lujo de despreciar al principal equipo de la península.

Pasad un buen día.

 

Buenos días, amigos. Hoy es el día de la Constitución española, por lo que felicitamos a nuestros lectores españoles, que son la mayoría pero ni muchísimo menos los únicos. De lo que no tenemos estadísticas es del porcentaje de lectores de La Galerna para quienes el partido de hoy, España-Marruecos, representa algo importante también. No todo español tiene por qué estar pendiente de ese partido, no es obligatorio, puesto que un español puede sentirse representado por esa selección de futbolistas, o no. Es una opción. Ocurre exactamente lo mismo que con la propia Constitución (qué buen ejemplo nos da el destino), con la diferencia de que la Constitución hay que cumplirla por mandato legal, se sienta uno representado por ella o no, sin que por el momento se haya promulgado ninguna ley que obligue a apoyar a un grupo de señores que dicen representar a España jugando a la pelota. ¿Te representan como español? Bien. ¿No te representan? Es igualmente legítimo.

También es una opción pasar de este mundial corrupto y manchado de sangre en señal de humilde protesta, si bien también lo es (y respetable) el separar la cuestión ética del disfrute de los partidos, y sentarse ante el televisor a gozarlos (o a intentarlo, dado que el nivel deja por el momento bastante que desear).

El partido de Brasil, por contra, con el que Mundo Deportivo abre su frontispicio, fue muy disfrutable. Los brasileños se gustaron, firmando jugadas para el recuerdo, incluido un tanto de Richarlison fruto de una combinación de ensueño. Estuvo casi sin trabajo Militao y muy bien Vinicius, autor de un gol y una asistencia que catapultaron a la pentacampeona. Los jugadores de Tite (¡y el propio Tite!) dieron también una verdadera lección de baile en cada gol que marcaban. Nadie les acusó de provocar. El propio Vinicius bailó a destajo, y no se le echó encima ningún sanedrín de indignados, acusándole de excitar la ira de las masas. No concitó su danza insultos racistas, y no salió a la palestra ningún fiscal para certificar que el racismo en realidad no es racismo cuando recae sobre Vini. No hizo falta porque no hubo racismo, ni gradas hostiles, ni carniceros coreanos dispuestos a rebanar la tibia del astro. Qué raro. A ver si el problema no van a ser los bailes de Vinicius sino el antimadridismo de algunas gradas de España, de algunas instituciones en España, de casi todos los periodistas en España.

Sin embargo, el asunto crucial de la portada de Mundo Deportivo es la llamada roja (le quitamos la mayúscula a Mundial como modesta protesta ética, y le hemos quitado la mayúscula a Roja por puro aburrimiento), que hoy se la juega en octavos ante Marruecos. El elegido para presuntamente representar a ese equipo que presuntamente nos representa es Gavi. Antes casi de que podamos volver a preguntarnos con quién ha empatado este chaval, nos fijamos en que ocupa el mismo lugar de honor en As, si bien esta vez abrazado a Busquets, jugador este que, en cambio, y por muy discutible que nos resulte su deportividad, sí ha ganado unas cuantas cosas. Pero ¿qué pasa con Gavi? ¿Por qué tanta portada?

La respuesta no tiene nada que ver (suponemos) con la penúltima noticia del corabalón, pero no tenemos la menor duda de que dicha noticia va a poner todavía más en el foco a un chico recién nacido al fútbol (no lo practica mal, aunque le sobran patadas e histerismo) que por lo visto hay que tratar como si estuviese ya consagrado.

Ay.

Gavi Leonor

Sí, amigos: ay. Si ya teníamos al zagal hasta en la sopa, ahora lo vamos a tener en la sopa, el gazpacho, el puré de lentejas y el borsch polaco (con perdón). Si ya nos parecía artificial el bombo que recibía este centrocampista resultón aunque bastante marrullero, preparaos para lo que está por venir. Si al parecer la princesa Leonor forraba sus carpetas del cole con fotos del chico, lo que ha terminado desembocando en romance (siempre según Marca, que al parecer ha consultado con la Casa Real), ahora van a ser Lluís Mascaró y Carme Barceló quienes van a forrar las suyas con la bandera de España. Si ya estamos viendo fenómenos paranormales de ese tipo (indepes furibundos que apoyan febrilmente a la roja para ver triunfar el ADN Barça), el supuesto emparejamiento real va a incrementar todavía más la raruna alianza proculé/prorroja.

El mundo se va a poner definitivamente boca abajo. Vamos a ver a amas de casa de rancio españolismo hacerse de un Barça manifiestamente secesionista a causa de este presunto amorío adolescente. Lo culé se va a volver a emparentar, paradójicamente, con lo nacional, pero no con lo nacional catalan: CON LO NACIONAL ESPAÑOL. Pero ¿de qué nos extrañamos? ¿No es esto mismo lo que pasó en 2010, sin figurar por medio ningún esplendor hormonal borbónico? ¿No se hizo del Barça hasta el señor más de derechas de Zamora en 2010, a cuenta del Mundial, mientras el Barça mostraba al mundo su independentismo catalán en pancartas gigantes y marchas secesionistas? Esta vez no va a hacer falta que España gane ningún mundial para que triunfe la propaganda azulgrana. La jugada de marketing (que no invalida la pureza de los sentimientos, sino que se acoge a la suerte de contar con ellos) va esta vez por otros derroteros.

Lo que parece claro es que en la roja, a día de hoy, cunde el yernismo. Si protegido debe sentirse el yerno del seleccionador, imaginaos lo protegido que se sentiría (caso de ser cierto todo) el yerno del Jefe del Estado, jugadores ambos que (oh) militan en el FC Barcelona. Claro es que nos tomamos con la debida cautela la noticia. No sería de extrañar que la Corona, en contra de lo que dice Marca, respondiera con fuerza ante los rumores. La última vez que la Casa Real emparentó con lo blaugrana no salió demasiado bien parada.

Y qué más. Pues que mucha suerte para España a pesar de que su seleccionador, ayer mismo, en rueda de prensa, al referirse a un episodio de su estancia en el Real Madrid (porque jugó en el Real Madrid), no fue capaz de pronunciar esas dos palabras, Real Madrid. "Un equipo en el que jugué" es el nuevo "Esa persona de la que usted me habla". El rajoyismo no solo ha llegado a El Debate, sino también al fabuloso mundo del stream.

Os dejamos con las otras dos portadas. No os perdáis la de Marca, que cita a Quevedo para excitar los ánimos del choque ante Marruecos. Pero no a Francisco de Quevedo y Villegas, infelizmente.

Pasad un buen día.

 

 

 

Continuando con el juego propuesto en las últimas semanas, que pretende una identificación entre colores deportivos y películas, en esta ocasión nos metemos en un jardín bastante complicado. La filmografía de Allen, inclasificable de puro variopinta, se caracteriza por obras de carácter fragmentario, por lo que resulta difícil establecer un encaje perfecto con una cinta completa. Sería más preciso aludir en cada caso a momentos dispersos de un puñado de ellas. No obstante, intentaremos respetar en la medida de lo posible el espíritu del planteamiento inicial de las anteriores entregas.

 

ATLÉTICO DE MADRID – LA ROSA PÚRPURA DE EL CAIRO

“Acabo de conocer a un hombre maravilloso; es de ficción, pero no se puede tener todo.”

Cuando me paré a reflexionar acerca de la película a la que iba a enfundar la zamarra rojiblanca, inmediatamente pensé en Annie Hall. No en vano su título original iba a ser Anhedonia, que más o menos viene a describir una incapacidad patológica para disfrutar de la vida. Realmente se podría resumir gran parte de la esencia colchonera en el chiste que Allen atribuye a esas dos señoras de un lujoso hotel; una le dice a la otra que la comida es realmente espantosa, a lo que esta responde que está muy de acuerdo, y encima las raciones son muy pequeñas. “Básicamente, así es como me parece la vida. Llena de soledad, miseria, sufrimiento, tristeza… Y sin embargo se acaba demasiado deprisa”.  

Sin embargo, acaso en un ejercicio de piedad ante semejante crudeza, creo que el ejemplo más ajustado podría corresponder a La rosa púrpura de El Cairo. La protagonista es una camarera torpe que acude habitualmente al cine para escapar de su rutina alienante y del matrimonio sin amor en el que languidece. Tras visionar en varias ocasiones la misma cinta, uno de los personajes rompe de manera súbita la cuarta pared e inicia un romance con ella. El sueño de todo atlético: que ese relato simbólico en el que a menudo se refugian para sobrellevar los malos tiempos y las derrotas reales deje de constituir una simple fantasía reconfortante para transformarse en el guion auténtico de sus vidas. El final, ay, también es puro Atleti. Una mala elección en el momento crucial deja a la pobre Cecilia compuesta y sin amante, trabajo o casa. Ante lo que, evidentemente, recurrirá, como siempre, a la opción del escapismo ficcional. No se molesten: no lo podemos entender.

BARCELONA - GRANUJAS DE MEDIO PELO

“Aquí todos somos listos, pero él lleva gafas”

He de confesar que, en un primer momento, la tentación de despachar al Barça con la facilona adjudicación de Vicky, Cristina, Barcelona fue muy grande. Tanto por el pleonasmo manifiesto como por la condición propagandística de la ciudad que comparten el club y la película -la segunda, por cierto, carece en mi opinión de cualquier otro interés-. Pero, como en la ocasión anterior, una lectura posterior me permitió encontrar un paralelismo mucho más acertado.

Conviene aclarar que el palmario juego de palabras con el título no supone la principal motivación para la elección de Granujas de medio pelo. No se trata de denunciar supuestos pillajes arbitrales o federativos, sino que verdaderamente el argumento encaja como un guante en el estatus del Barcelona de los últimos años. Compruébese: el protagonista posee un plan para atracar un banco, consistente en un artesanal túnel excavado desde el edificio contiguo. Mientras se lleva a cabo, el azar actúa y ofrece a los sinvergüenzas un regalo inesperado: el negocio pastelero que habían estado usando como tapadera de repente sube como la espuma y se hacen millonarios legalmente. La suerte les cae del cielo, como si el destino hubiese puesto en una cantera afanada en sacar mediocentros para el 4-3-3 a un extraterrestre argentino capaz de tiranizar el fútbol europeo durante un par de lustros.

La segunda parte de la trama no desmerece la identificación. Woody Allen y su mujer se ven aupados a la clase alta neoyorquina, como ejemplo perfecto de nuevos ricos. ¿Acaso no es lo que le ha sucedido al Barcelona en este siglo XXI? A partir de ese instante, el difícil acoplamiento con los usos y costumbres sociales de la nueva posición se convierte en el leitmotiv de la comedia, con escenas descacharrantes y con un final más o menos predecible. Al fin y al cabo, en la vida la figura del advenedizo suele resultar antipática, tanto más si uno se ufana a la hora de dar lecciones o de camelar sin disimulo a los jugadores de los clubes rivales. Se generan enemistades inesperadas, tus iguales te acaban poniendo la cruz y terminan atreviéndose a hacer chanzas con tus derrotas en Twitter; alguno hasta se jacta públicamente del disfrute que le producen -¿quién ha mencionado a Thomas Müller?-.

 

REAL MADRID – MIDNIGHT IN PARIS

“Una noción de que un período de tiempo diferente es mejor que el que estamos viviendo. Es una falla de la imaginación romántica de esas personas, que encuentran difícil lidiar con el presente.”

Una película que trata del encanto de la nostalgia, aunque sin caer en el peligroso embrujo de la nostalgia. Bastaría esta sentencia para justificar la elección, pero uno se puede extender un poco más. El protagonista, Gil -Owen Wilson-, es un joven escritor ingenioso, desilusionado y bastante perfeccionista que trata de construir una obra honrada, alejada de retóricas petulantes basadas en las apariencias. Su adversario Paul, por el contrario, consigue arrebatarle el interés de su prometida Inez por medio de soliloquios pretendidamente cultos que, cuando no son cháchara vacía, directamente constituyen un relato plagado de inexactitudes y mentiras. ¿Les suena? Accidentalmente y sin saber bien cómo, Gil viaja en el tiempo a otras décadas esplendorosas de la capital de Francia, y acaba codeándose con lo más granado de los integrantes de la Generación Perdida y de la Belle Époque, descubriendo las falsedades de su rival y a la vez reafirmando las convicciones que cimentan su estilo literario: “ningún tema es malo si la historia es real. Si la prosa es limpia y honesta y si afirma el valor bajo presión”.

No hace falta un excesivo alarde de imaginación para emparentar las distintas épocas brillantes de París con las etapas de oro del Real Madrid histórico. Una alineación con Hemingway, Stein, Fitzgerald, Buñuel y Picasso solo podría resistir la comparación con un Kopa, Rial, Di Stefano, Puskas y Gento. Por otro lado, el personaje de Adriana, interpretada fabulosamente por Marion Cotillard, representa la inevitable tentación de rendirse al cálido tópico de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Del mismo modo que un antimadridista suele recrearse en una ficción escogida para tratar de dar sentido a su frustración, un madridista siempre tiene a su alcance ceder ante la sugerente complacencia de la añoranza. Hay tantos ejemplos de temporadas o eliminatorias donde uno podría quedarse a vivir...

Sin embargo, Gil vuelve al presente y afronta con valentía la infidelidad de su novia. La determinación ha atemperado las tribulaciones de su carácter –“todos tememos la muerte y nos cuestionamos nuestro lugar en el universo. El trabajo del artista no es sucumbir a la desesperación, sino encontrar un antídoto para el vacío de la existencia. Tiene una voz clara y viva, no sea tan depresivo”-, y el destino parece recompensar su osadía con la grata compañía de Gabrielle. Algún cínico reprochará el optimismo de un final que, si bien algo abierto, ofrece bastantes visos de felicidad. Resultan comprensibles los bufidos del descreído. Pero no puedo más que encogerme de hombros y sonreír; qué quieren que les diga, al fin y al cabo, esto es el Madrid.

 

La pérdida de la inocencia

 

Si en el España-Corea de 2002 noté que se me rompía algo, en la Copa del Mundo celebrada en Alemania en el caluroso verano del año 2006 entendí, con una claridad absoluta, que no podía esperar nada de la selección española de fútbol. No fue, naturalmente, el mejor de los timings, porque dos años después España comenzó una carrera fabulosa hacia la posteridad encadenando tres títulos consecutivos y enhebrando un fútbol reflejo de un cambio de era, de una transformación. Pero en mi vida el timing nunca ha sido lo fuerte y, por otra parte, el corazón tiene su ritmo, emancipado del ritmo de la realidad, del ritmo del mundo.

Los 18 años son una edad crítica. A uno le pasan por dentro muchas cosas que a duras penas puede explicar. Sobre todo, uno se encuentra en un cruce de caminos por primera vez en la vida. Por primera vez, de verdad. Con 18, el hombre occidental contemporáneo, un niño comparado con las generaciones inmediatas que le precedieron, tiene que elegir. Tomar decisiones. Decisiones serias que van a marcar el rumbo de su vida, siquiera mínimamente, durante los siguientes diez años, como poco. Pero, en realidad, con 18, lo único que quiere uno es estar por ahí, haraganear, beber, jugar al fútbol con los amigos, ir a la playa, pasarse horas enteras jugando al Pro en la play del compadre, tirarse a la bartola e intentarlo con su prima.

En la Copa del Mundo celebrada en Alemania en el caluroso verano del año 2006 entendí, con una claridad absoluta, que no podía esperar nada de la selección española de fútbol

Es, probablemente, la peor edad de todas. Y a mí, que había tenido una infancia y una prepubertad envuelta en el pan de oro de las tres Copas de Europa del Madrid en cinco años (la Séptima, la Octava y la Novena) y en el papel de regalo de los galácticos (los veranos con Figo, Zidane, Ronaldo y Beckham), los 18 me cogieron en plena adquisición de una terrible conciencia: la de estar viviendo el crepúsculo de los dioses.

Figo, Zidane, Beckham, Ronaldo

Todo había sucedido muy deprisa. El gran Madrid de Zidane, continuación inmediata del gran Madrid de Hierro, Redondo, Roberto Carlos y Raúl, se había hecho viejo de golpe y era una sombra en el escenario del mundo, donde todos los focos apuntaban al Barcelona de Rijkaard, Ronaldinho, Xavi, Eto’o y un pequeño demonio del que todo el mundo empezaba a hablar, Messi. De un día para otro el Madrid dejó de ser lo extraordinario, lo que todos querían imitar, emular, remedar; el Barcelona era ahora lo moderno, lo cool, lo carismático, y lo que es peor, lo ganador. En el fútbol, y en España, habían pasado muchas cosas en muy poco tiempo. En medio del esplendor galáctico, el 11M cubrió el país con una mortaja de ceniza. Todo se embargó de tristeza y como una consecuencia moral natural, el Madrid empezó a perder y el Barcelona, a ganar. Los galácticos, figuras de leyenda, de fulgor inmarcesible, se descubrieron de pronto como estatuas viejas y ajadas por el tiempo, deslucidas, rotas, pasadas de moda, incapaces de seguir la velocidad del tiempo. Fuera del tiempo, criaturas de una época remota, dioses antiguos cuyo culto desapareció siglos atrás.

De un día para otro el Madrid dejó de ser lo extraordinario, lo que todos querían imitar, emular, remedar; el Barcelona era ahora lo moderno, lo cool, lo carismático, y lo que es peor, lo ganador. En el fútbol, y en España, habían pasado muchas cosas en muy poco tiempo

Se sucedieron siglos en apenas unos meses. Y yo, en un abrir y cerrar de ojos, dejé de tener 14 para tener 18 años.

Todo el proceso psicológico a través del cual, para el niño que está como una crisálida, transformándose en adulto, su padre, progresivamente, deja de ser una referencia perfecta y se aparece ante sus ojos con todas sus imperfecciones fastidiosas y autoritarias, se mezcló en el pandemonio de mi espíritu con la decadencia apoteósica del primer florentinismo y con el éxtasis zapateril y laportiano de aquel primer Barcelona de Messi. Fueron años terribles, de turmoil, como dicen en inglés, de confusión y agitación. Yo había dejado el colegio en el que pasé doce de los primeros dieciséis años de mi vida, cambiado de ambiente, cambiado de reglas, de amistades, todo empezaba a desasirse de mis manos, a escaparse, a ir rápido y a algún lugar incierto que no conseguía atisbar. Después de tres eliminaciones consecutivas en octavos de final de la Copa de Europa, a cual más dolorosa (Mónaco, Juventus, Arsenal), de la fuga del presidente Pérez, de la concatenación de monigotes en el banquillo y en la dirección técnica (Camacho, García Remón, Luxemburgo, López Caro), el Mundial de Alemania representaba para mí una ocasión única para que la selección española (renovada tras la catástrofe ridícula de la Eurocopa de Portugal 2004) me redimiera de todas esas confusas y ambiguas cuentas pendientes, que yo, como buen romántico de fervor stendhaliano, sentía muy vivamente en mi pecho.

España Ucrania Alemania 2006

Además, eran los últimos momentos de mi raulismo infantil, y Raúl se coló en aquella convocatoria de Luis Aragonés por los pelos, haciendo valer por última vez (fuera del Madrid) su condición de capo, su autoridad de vieja gloria. Aferrándome a los últimos instintos heredados de la niñez, Raúl en Alemania 2006 era un vestigio del pasado glorioso y lleno de luz que no quería dejar escapar, bajo ningún concepto.

Y allá fue España, la primera España de Luis Aragonés, al Mundial de Alemania en el verano de 2006, el verano en el que pude salir por primera vez por ahí de noche sin hora (no supe qué coño hacer la primera noche de libertad y volví sólo un cuarto de hora más tarde, aquella fue una valiosa lección). Por primera vez en mi vida España no era la favorita. Estaba llena de jóvenes que debutaban en una Copa del Mundo, o casi, y también había otros veteranos, no sólo viejos, gente con futuro por delante y veteranía a sus espaldas, como Casillas, Joaquín, Cañizares, Salgado o Marchena. Estaban Torres, Puyol, Ramos, Xavi, Iniesta, Reyes, Villa o Fábregas. Estaba ya Senna, el jugador más infravalorado de la historia del fútbol español. El grupo era bueno y el primer partido fue un pelotazo. El 4-0 a Ucrania de los jóvenes y descarados españoles rompió todo el perímetro de prudencia con el que se había rodeado a la selección española para protegerla, y como suele suceder, desató la histeria.

Me levanté de un salto con el gol de Zidane, con el 3-1. Desenganché de un tirón la bandera de la cortina, corrí hasta mi cuarto, cerré la puerta, tiré la bandera al suelo, me quité la camiseta y me tumbé bocabajo en la cama. Creo que en ese momento se terminó mi historia de amor con la selección española

Recuerdo que aquel Mundial fue nuevo en otras cosas. Lejos ya de la tele precariamente sacada de la cocina al patio en el verano de 1994, doce años después entró en mi casa, por primera vez, un tdt. Fui yo mismo a comprarlo. 72 euros. Era un cacharro imprescindible para sintonizar La Sexta. Fue un verano, ahora que lo pienso, terrible, porque entró ese infame canal en mi casa, hubo que pagar ese peaje antinacional con tal de ver el fútbol. Me propuse ver todos los partidos. Descubrí a Andrés Montes pero seguí añorando con intensidad a José Ángel de la Casa.

En aquella Copa del Mundo jugaron por última vez Raúl, Zidane, Roberto Carlos, Ronaldo Nazario, Ronaldinho, Beckham, Figo y Francesco Totti. Fue el último baile del fútbol tal y como yo lo conocí durante esos años en los que se colorea la vida. España empezó muy fuerte y en octavos le tocó Francia. En Francia jugaba Zidane y aquel podía ser su último partido. Yo estaba pasando todavía mi duelo zidanista. Mi corazón sufría pero todavía podía más España. Probablemente de vivir hoy aquel mismo partido iría sin ninguna duda con él, no con Francia, sino con él, con Zidane. Pero entonces yo tenía casi 18 años y necesitaba que la selección me curase del mal del tiempo en el que el Madrid acababa de sumir mi corazón. La selección tenía que limpiar y purgar todo aquel desvanecimiento galáctico, tenía que borrar el amargor del derrumbe del fabuloso y mayestático edificio del Real Madrid glorioso y glamouroso que había conocido. Además, España y Raúl tenían una factura por cobrarle a los franceses, la del penalty de Brujas del verano del 2000, a mí no se me olvidan estas cosas, siempre he tenido una memoria perfecta para el agravio. Por consecuencia agarré mi bandera y la puse en la cortina del salón. Me vestí de rojo y me puse delante del televisor. Dos horas después, me levanté de un salto con el gol de Zidane, con el 3-1. Desenganché de un tirón la bandera de la cortina, corrí hasta mi cuarto, cerré la puerta, tiré la bandera al suelo, me quité la camiseta y me tumbé bocabajo en la cama. Creo que en ese momento se terminó mi historia de amor con la selección española. Se terminó el amor, quiero decir. Todavía hubo cuatro años más de aburguesamiento feliz, de coda final. Pero aquello ya no era amor, sino costumbre.

Gol Zidane España Alemania 2006

Pasado el disgusto tengo que decir que disfruté mucho con el final de aquella Copa del Mundo. Creo que ha sido la última gran Copa del Mundo, la última en la que se han visto grandes partidos de forma general. Repasando la lista de todos aquellos que jugaron con su selección en aquel Mundial por última vez, empiezo a comprenderlo. Hasta hoy no me había dado cuenta, pero el nivel global bajó desde entonces una barbaridad, probablemente en la misma medida en la que crecieron sin parar dos monstruos totales, dos colosos como la historia de este juego no había visto ninguno antes, Cristiano y Messi, dos plagas de langostas en sí mismos, dos holocaustos futbolísticos que han arrasado con todo. Eliminada España empecé a seguir con entusiasmo el camino de Zidane. Su partido contra Brasil fue uno de esos momentos de verdadero y genuino disfrute futbolístico que atesoro en mi memoria por siempre. El Alemania-Italia de semifinales fue un partido espléndido, pero su prórroga fue una cosa antigua y poderosa, de fuerza ancestral, como todo el Mundial de Cannavaro. La final fue, como no podía ser de otra manera, una tragedia para mí, pero pensándolo con la perspectiva que da el tiempo, una criatura mística, un héroe de un tiempo indefinido que no es, desde luego, éste, el nuestro, un ser de otra experiencia sensorial como es Zidane, no podía acabar su carrera como futbolista de modo idealmente perfecto, de modo redondo y disneylándico, sino de aquella manera mediterránea, misteriosa y violenta. Literaria, particular, libre. Su manera.

El segundo cabezazo de Zidane

Getty Images.

Día 12

 

Ya es viernes, y no es que el cuerpo lo sepa, es que necesita descansar y desconectar para volver a rendir bien después. La dualidad cuerpo y mente es una tontería, porque el cerebro (más el cerebelo y demás cosas raras y blanditas), donde principalmente reside el pensamiento, también es cuerpo, entendido cuerpo como el conjunto de sistemas orgánicos que constituyen una persona. La separación cuerpo y mente es bochornosa y carece de sentido. Por no mencionar que el intestino alberga millones de neuronas.

Tras el trabajo, mi cuerpo, mente incluida, decide que salga a la calle para realizar acciones “desagradables”, “inapropiadas” e “irrespetuosas”. Quizá porque el cuerpo está cansado de la semana y no rige bien.

Accedo a una sucursal bancaria armado con un disco de Melendi. Encañono al director —apenas “unos segundos”— con la grabación del asturiano y robo 80 millones de Euros. Un golpe casi tan bueno como la venta de Morata por idéntica cantidad al Chelsea.

Dado mi nuevo estatus económico necesito un coche acorde. Oteo a un seguidor azulgrana —lo sé porque viste una camiseta del Barça— pilotando un vehículo de lujo eléctrico, dato este último capital no porque contamine más o menos, que no voy a fingir que me importe, sino porque con él puedo acceder al centro de Madrid. El conductor da la casualidad de que es afroamericano. Con actitud “despectiva” y “burlona” le grito “¡eres un mono!” y otros cánticos racistas, pero como están enmarcados en un “contexto de máxima rivalidad deportiva”, no “integrarían un delito contra la dignidad de la persona afectada”. Acto seguido le mango el coche.

 

Día 13

 

Libro y encima despierto rico y con vehículo nuevo. Leo el excelente Portanálisis de La Galerna escrito por un enigmático M. Rajoy y me voy de juerga con George Best. Dilapido en fiesta la mayor parte de los 80 millones, el resto lo malgasto. Me detiene la policía tras despilfarrar los últimos euros en un Toys 'R' Us. Juicio sumarísimo. Me acusan de robar un banco, un vehículo y de proferir insultos racistas. Me defiendo esgrimiendo el archivo, por parte de la Fiscalía Provincial de Madrid, de la denuncia relacionada con los cánticos racistas de parte de la afición del Atlético de Madrid contra Vinícius. Me dejan en libertad ipso facto.

De nuevo soy pobre, pero libre.

 

Día 14

 

Me dirijo caminando a comprar papel de regalo porque esta noche voy de cumpleaños. En un derroche sin precedentes decido no regalar solo el papel, sino rellenarlo con artículos de interés e incluso decorarlo. De camino a la tienda y en un lapso de apenas unos segundos casi me atropella en la acera un patinete conducido por un imbécil que iba mandando una nota de voz por el móvil y después, en un paso de peatones, una bicicleta que circulaba en sentido contrario. Yo equipararía en penas estas faltas de civismo, respeto y educación con el delito de homicidio, ese que la gente a menudo olvida, Fiscalía incluida, que miembros del Frente Atlético han cometido ya dos veces y siguen ahí, “animando”, con el beneplácito del club. Quien legitime al Frente Atlético está respaldando a homicidas. Y punto.

Frente Atlético

Voy al cumpleaños de una persona Excel-ente a quien por fin conozco en la celebración del mismo tras varios años de conversaciones en Twitter y por WhatsApp. Mucho mejor de lo esperado, si es que eso es posible, porque cuanto peor, mejor para todos, y cuanto peor para todos, mejor; mejor para mí el suyo beneficio…, perdón me estoy liando con Mariano otra vez.

Vuelta a casa a dormir a una hora decente, que mañana se trabaja. Hace fresco. Porque, aunque este año ha llegado más tarde, ya lo dice el refrán: “Para San Martín prepara la manta y el calcetín”. Salvo que la Fiscalía Provincial de Madrid lo desmienta.

 

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Día 1

Días 2 y 3

Días 4 y 5

Días 6 y 7

Días 8, 9, 10 y 11

Buenos días, amigos. A la pregunta de cuánto queda para que vuelva a jugar el Madrid, solo cabe responderos con la dolorosa honestidad con que lo hacia el Bill Murray más desesperado de Groundhog Day, mirando a la cámara en su enésima retransmisión de la tradición de Punxsutawney: “Tengo una predicción sobre el invierno. El invierno va a ser frío, va a ser gris y va a durar el resto de vuestras vidas”.

Así es, amigos. Queda tanto tiempo para que vuelva a jugar el Madrid que lo mejor es hacerse a la idea de que ya no volverá a jugar nunca. El invierno va a ser frío, va a ser gris y va a durar el resto de vuestras vidas. Queda aún mucho mundial apestoso, muchísimo. Queda mundial de esclavos muertos colapsando la temporada a la mitad por un tubo. Resta mundial a cascoporro, y las portadas nos alcanzan rebozadas hasta el cogote de mundialismo, con lo que queda todo dicho.

Bueno, todo no. Faltaba Morata, por ejemplo. Morata copando portadas como signo de los tiempos mundialistas. Morata aparentando (?) fiereza y casta para armonizar con el ardor guerrero de las masas rojífilas.

APortada AS

Morata es ese delantero que ganaba Ligas como titular en el Real Madrid pero tuvo que irse porque no soportaba la envidia de ver a Benzema ganando Champions como titular en el Madrid. Lo suyo le parecía poco, y así inició un peregrinaje de amor por diferentes clubes, de todos los cuales se hizo retrospectivamente forofo nada más aterrizar, para terminar recalando en la rapiña del cholismo. “Simeone me manda mensajes de ánimo”, revela.

Nada nos sobrecogería más a nosotros que recibir un WhatsApp animoso del Cholo. Lo miraríamos una y otra vez con recelo, buscando la orden prusiana y denodada que sin duda se oculta por ahí. Un mensaje de ánimo del Cholo tiene que tener truco. No puede ser un simple mensaje de ánimo sino que ha de esconder una escaramuza, una treta abyecta, una patada en clave. Por lo demás, dice el bueno de Álvaro que “no descarta los penaltis”. Se supone entonces que, caso de descartarlos Morata, los penaltis no se producirían. Morata es de los penaltis desde chiquitito, como lo es del Atleti, de la Juve, del Chelsea y hasta del Madrid. Toda la suerte del mundo a Morata en el resto de su andadura mundialista. Le deseamos que sea capaz de reponerse a los mensajes de ánimo del Cholo.

As se hace cargo en sus bajos, también, de las exhibiciones de Mbappé e Inglaterra, así como de la vuelta a la titularidad tras lesión de Neymar en la canarinha. “Brasil recupera a su estrella”, sueltan los de As, pese a que el mismísimo Cafú ya ha sentenciado quién es la estrella de la pentacampeona: el hombre que acaba de ganar la Liga española y la Champions League con su equipo, siendo además decisivo en dicho logro. La estrella de Brazil es Vini Jr., con Neymar y Rodrygo de lugartenientes.

Portada Marca

Marca dedica su portada a la tremenda exhibición de Mbappé contra Polonia. Ya hemos llamado la atención últimamente sobre la evidente aspiración marquista de convertirse en la Gaceta de los Deportes del Golfo Pérsico, y esta portada (que además no es injusta, porque el lagarto se está saliendo) encaja divinamente en dicha estrategia global de la marca, nunca mejor dicho. “Mbalado”, sueltan sin excesivo rubor. Quizá pronto le saquen mbelesado mirando la copa mundialista que acaba de ganar, mbobado en sus contornos, mbebido en sus exóticas formas sinuosas. Kylian, que dejó plantado al Real Madrid faltando a su palabra, ocupará cuantas portadas de Marca corresponda no tanto por ser uno de los mejores del mundo cuanto por ser el prohibitivo juguete de Al Khelaifi, compañero de pádel de Marca. Blanco (ojalá, o no) y mbotella.

Portada Mundo Deportivo Portada Sport

La prensa cataculé, por su puesto, arrima el ascua a su sardina y magnífica todo lo que de culé tenga la copa del mundo, ya sea la sonrisa de Ansu Fati o el flequillo melancólico de Pedri, quien esperamos que en Catar no se queje del frío. Respecto a la prensa cataculé, con todo, lo que nos llamó la atención en el día de ayer fue el apelotante tuit de Sport sobre Pep Guardiola.

Tuit Guardiola Sport

Ya lo veis, amigos. Pep Guardiola es el alfa y omega (¡el alfa y omega!) de todo (¡de todo!), y dentro de ese “todo” destaca Sport el éxito de España (¿qué éxito?), el resurgir de Alemania (¿qué resurgir?) y el renacer de Inglaterra (¿qué renacer?). Quieres hacer una cuenta fake de Sport para ridiculizar sus mantras y no te sale algo mejor.

Pero sí, amigos. Guardiola descubrió la penicilina, compuso junto a Beethoven (este último en un papel menor) la Quinta Sinfonía, susurró al oído de Shakespeare Hamlet y Macbeth, frotó las primeras piedras que produjeron fuego, ideó la rueda, inspiró al Espíritu Santo el 35% de los episodios bíblicos —algunos los protagonizó—, le hizo Pulp Fiction a Tarantino y North by Northwest a Hitchcock,  escribió dieciocho de los veinte poemas de amor de Neruda y le dejó humildemente que se llevara la gloria de todos ellos y de la canción desesperada, inventó la propia humildad, con ella inventó también el fútbol (en la misma mañana tonta), reconstruyó Nueva Orleans tras el Katrina, pintó la Capilla Sixtina dejándole a Miguel Ángel la portería del Madrid, cantó todos los galileos de Bohemian Rhapsody, inventó el sushi al alimón con la cocina peruana y por el mismo precio pergeñó la fusión de ambas especialidades, bosquejó la primera aurora boreal dejando humildemente al Supremo Hacedor que la ejecutara Él, independizó Cataluña, derribó el muro de Berlín, puso los primeros cimientos de la cirugía en la misma tarde ociosa que la primera piedra de Notre Dame, nos reveló (claro) la relevancia inédita de la posesión en el fútbol, se sacó internet y el GPS de la manga y el domingo, que le tocaba descansar, lo invirtió en cambio en hacer creer a todo el mundo que España era un éxito, que Alemania había resurgido, que Inglaterra había renacido y que él era (con toda humildad) el artífice de todo ello.

Pasad un gran día.

El Bernabéu y los fondos europeos

 

El otro día me di una vuelta por el estadio. A un tío como yo que sigue admirando abrir un grifo y que salga agua, esas obras le parecen magia. Hablé con un par de paisanos, gente entrañable que también iba ver la cosa.

Gente a la que la construcción excita. Les gusta acercarse, ver, imaginar. Cuando Gallardón levantó Madrid, el pueblo tuvo años de gran diversión. En Barcelona lo fueron las obras olímpicas. O antes, cuando enterraron la calle Aragón. Una de las atracciones de Sevilla el siglo pasado fue levantar los pabellones de la Expo. Bilbao y el Guggenheim, y así.

Obras Bernabéu

La charla derivó en lo que van a costar y llegamos a una conclusión la mar de interesante: deberían sufragarlas los fondos europeos. Tiene su sentido. ¿No nos cuentan que muchos no han sido ejecutados? El Madrid los emplearía bien y  hace feliz a todos. Unos, por madridistas y los otros por existir y poder  criticarle. Un dinero bien empleado. Se me ocurrió algo definitivo, la reflexión final: sin duda estarían mejor y más aprovechados, no sé, 500 millones en manos de Florentino que de Irene Montero.

Los fondos europeos deberían sufragar las obras del Bernabéu. Tiene su sentido. ¿No nos cuentan que muchos no han sido ejecutados? El Madrid los emplearía bien y  hace feliz a todos

Nos tomamos unos cafeses y uno de mis amigos propuso ir a ver la lona del Barça. No pude acompañarles. Ni un reproche a la ocurrencia en sus labios, oigan. Ambos, socios del Madrid. Una salida sabia por su parte, si acaso: abrir una tienda es empleo, que vendan mucho. El Barça crea riqueza en Madrid y eso es muy bueno.

Lo de la pancarta ha encabritado más al barcelonista que al merengue. La reacción de este me recuerda a mi abuela cuando sufría una de mis gansadas. La gran Guille se limitaba a decir “el niño es muy gracioso”. Y se daba la vuelta. Y hasta la próxima.

Raúl no es culer, pero vosotros sí tenéis la gracia ahí

El merengue considera a Laporta eso, un gracioso. Espera la próxima, echa unas risas. Fundamental siempre y más ahora que se ha ido Piqué y el Barça ha perdido mucho, en el campo y fuera. Risas y emociones que en el fútbol… Lo contentos que estamos ahora con el Francia-Inglaterra: después de 16 días de Mundial, y 50 y pico partidos, llega uno serio.

Aquí lo más casi siempre es un Clásico y fíjense que después de que el Barça prefiriera la Europa League, le gustó la experiencia, no volverá por el Bernabéu hasta octubre de 2023 como poco. ¡Se habrá hecho viejo el nuevo estadio! Sí, si, a lo sumo una eliminatoria de Copa. Un desastre.

A mucho culer, que lo que siempre fue culé es ahora culer, en cambio la cosa le encabrita. ¡Eso es complejo! ¡Ni en broma el Madrid abriría una tienda y diría que Kubala era madridista! O el gran Winston Bogarde. Complejo. Claro. Es el diagnóstico. Es superior a sus fuerzas, algo inevitable. ¿Qué ha querido el Barça toda su vida? Ser el Madrid.

Vinícius Atleti

Por lo demás, y vamos acabando, un abrazo a la Fiscalía que marcó una pauta jurídica con lo de Vinicius. He seguido con atención las reacciones de La Galerna, Jesús Bengoechea, Athos Dumas y tal pues también dictaron doctrina. Imposible mejorarles. ‘Nihil obstat’. Si acaso un matiz: Vinicius salió indemne. No hubiera sido descabellado que hubieran abierto diligencias contra él. Me lo temí: que consideraran que la culpa fue suya. Por intentar meter goles, por bailar, por quejarse si le pegan, todo eso.

Es curioso que el Mundial lo juega como en el Madrid y no le patean ni ha salido nadie diciendo que provoca y todas esas cosas. No adivino rival alguno que le trate estilo Liga ni afición que pueda acabar en un juzgado. Ahora, Brasil-Corea. Veremos, pero no pinta. El muchacho se ha limitado a decir “paciencia” y “¡Hala Madrid!”. Se le nota aliviado. No le han metido un puro. Todo se andará.

 

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Buenos días, amics, hoy más amics que nunca, lo que en realidad quiere decir amics como siempre, dado el aroma filoculé que suelen destilar habitualmente nuestras portadas deportivas y, por extensión, la mayoría del, a falta de mejor nombre, periodismo deportivo que nos asiste.

La cosa viene hoy estupenda y bien nutrida, con Messi a la cabeza, protagonista en tres de las cuatro portadas del día, quedando la cuarta para el ínclito Gavi, golden boy en nuestros corazones, donde comparte espacio con Pedri para hacer una pareja histórica, universal, cósmica, mitológica y supercalifragilisticoexpialidosa gracias a la cual respiramos, sentimos y vivimos.

Portada Marca 04-12-22

"Confiad en nosotros", dice Gavi clavando su pupila (no sabemos si) azul en nuestras pupilas aún legañosas, y cómo no hacerle caso a Gavi cuando además añade más abajo que quiere que vibremos, que no hay que cambiar la idea y que el campo ha dicho no sé qué. Lo que diga Gavi va a misa, porque Gavi es ese novio de una prima que acaba de llegar a la familia para ponerlo todo patas arriba, para que la abuela le haga postres que solo puede comer Gavi, para que Gavi ya decida por todos dónde se va a cenar en Nochebuena, dónde se va a comer en Navidad y qué fiesta se hará en Nochevieja. A nosotros que no nos toquen a Gavi, que ya se encarga él de tocar a todos con su calidad jamás vista en otros, con su haber venido a presencia cual ángel de la guarda y, por qué no decirlo, con sus empujones y patadas a destiempo, porque esto es tiki-taka ma non troppo, porque esto es lo que nosotros queremos que sea mientras sea lo que nosotros queremos.

Portada As 04-12-22Portada Mundo Deportivo 04-12-22Portada Sport 04-12-22

A Gavi solo le falta ser Messi, pero es que Messi es tan Messi que, como decíamos, ocupa tres de las cuatro portadas de hoy, y nos parecen pocas. No sabemos a qué esperan nuestros medios para editar un periódico donde cada página sea una portada con Messi, todas distintas pero todas iguales, como contaba el viejo Aristóteles que se decía el ser, único y múltiple a la vez, pues Messi se dice de muchas maneras, todas ellas virtuosas. Messi en el Sport, Messi en el As, Messi en el Mundo Deportivo, Messi está en ti y en mí, porque Messi es el que es, así como respondió Yahveh a Moisés al ser preguntado por su nombre.

Así que "sangre, sudor y Messi", "otra vez Messi" y "Messi vuela a cuartos" como enésima trilogía romántica para eternos adolescentes, de venta en todos los quioscos, a la espera de hacer las delicias de todos los corazones enamorados, sensibles y tocados por la magia. Love is in the air everywhere I look around, donde around significa Messi.

Se pelean las plataformas por llevar la trilogía al cine de sobremesa, ese tan pulcro y aseado. Ese cine donde una Navidad en un decoradísimo pueblo de las afueras de Nueva York es la Navidad perfecta de nieve falsa y adornos de cartón piedra. Ese cine donde chico (cuerpo y cara de modelo) conoce chica (cuerpo y cara de modelo). Ese donde los problemas solo existen porque se arreglan al final con amor, pan y fantasía. Ese cine, a falta de mejor nombre, donde hace siempre un sol esplendoroso, donde las vestimentas parecen de catálogo de Mango y los muebles son todos de Ikea. Ese cine, esa prensa deportiva, donde un país y un mundial se visten artificialmente de todo aquello que no es para ser publicitado y consumido como si debiera ser publicitado y consumido, sin mirar debajo de la alfombra, tan limpia en apariencia, tan bonita y exótica y multicultural ella, tan elevada porque se asienta en kilos y kilos de basura.

Pero, ¿no lo oyen? Llega un coro de niños inmaculados a nuestras puertas cantando villancicos, aun en el polvo del inclemente desierto catarí. Viene Messi encabezando el coro. Le sigue Gavi. Oh, amics, qué siesta nos vamos a pegar con esta película. Disfrutad de ella y de este domingo.

Siguiendo la estela marcada por Pablo Rivas, Hank nos ofrece un nuevo ejercicio futbolístico-cinematográfico en el que se establecen paralelismos entre películas y clubes.

 

Para el ejercicio cinematográfico de hoy, hemos decidido acudir a la temporada 2013-14. No la futbolística, no, sino la del séptimo arte. Y para ello, nos vamos a servir de tres películas que quizás hayan pasado desapercibidas para el gran público, pero que no por ello dejan de atesorar una inmensa calidad. Si en algo confluyen estas tres películas es en la forma en la que se valen del portentoso trabajo de sus respectivos protagonistas. Aparte de animarles a disfrutar de las respectivas comparativas, se las recomendamos encarecidamente.

Calvary (Calvario) - Atlético de Madrid

“La fe, para la mayoría, es el miedo a la muerte. Y si no es más que eso, es muy fácil perderla”

Calvary cartel

La premisa de esta maravillosamente dura película irlandesa no podría casar más con la historia de nuestro club vecino, pues no es otra que la crónica de una muerte anunciada. La primera escena de la película nos muestra al sacerdote de un pequeño pueblo irlandés confesando a uno de sus vecinos, que le advierte de que vaya poniendo sus asuntos en orden, pues en exactamente una semana lo va a asesinar. Desde ese momento, el destino del pobre sacerdote queda tan implacable e inminentemente decidido como si hubiera quedado atado a las vías de un tren desde las que va oyendo llegar al mismo desde el suelo sin poder moverse, vamos, como la eliminación de cada año del Atleti en Champions, con la diferencia de que, al contrario que el padre James, uno no sabe el momento exacto en el que dicha eliminación se va a producir, sólo que se va a producir.

A partir de ese momento, el padre James, magníficamente interpretado por el veterano Brendan Gleeson, actor que esta misma temporada por fin recibirá un merecido reconocimiento siendo nominado al Oscar (y posiblemente ganándolo) y al resto de premios, comienza a hacer lo que mejor se le da al Atlético de Madrid: sufrir. Sin importar el (encomiable) empeño que ponga por intentar ayudar a sus vecinos y acercarlos al buen camino, sus resultados acaban por resultar igual de infructuosos que los del mismo Cholo con los jugadores de su plantilla.

Eliminación Atleti

La película está llena de diálogos ácidos e ingeniosos que bien podrían haber sido escritos por el propio entrenador argentino, cuya labia y elocuencia es bien conocida; pero que de la misma manera que los esfuerzos del padre James, ya no consigue calar como antes ni en los jugadores ni en la afición atlética. Con un humor negro y cínico que se adueña de la película desde el primer minuto, el espectador va viendo como la trama parece que se dirige hacia un punto en concreto, pero acaba divergiendo en una mezcolanza de géneros entre los que destacan el drama, la comedia oscura y el thriller. Algo parecido a las diferentes etapas que se suelen atravesar anualmente en el Civitas Metropolitano, donde cada temporada se ven situaciones como la vivida en la primera jornada de Champions ante el Porto, en la que aquel eterno descuento acabó con la más absoluta de las euforias para la afición atlética; pero que desembocó en la vivida en la penúltima jornada ante el Bayern Leverkusen, con aquel penalti doblemente fallado en el último minuto. Una escena tan rocambolesca, con el portero deteniendo el lanzamiento del belga Carrasco primero, el larguero deteniendo el testarzao posterior y el propio Carrasco evitando con su pie el remate final, que no hubieran sido capaces de guionizar ni los hermanos Coen en el punto más álgido de sus carreras. De igual manera que al desolado padre James al final de la película, ni los aplausos en la lluvia le quedan ya a Simeone.

Nightcrawler – FC Barcelona

“Recordad: nunca os pediría algo que no fuera capaz de hacer yo mismo”

Nightcrawler cartel

Bien podría ser esta una cláusula que incluyera Laporta (o antes Bartomeu) en los contratos de los jugadores del FC Barcelona, pero lo cierto es que esta frase pertenece a la película Nightcrawler, dirigida por Dan Gilroy y protagonizada por el mejor Jake Gyllenhaal que hemos visto jamás, en una actuación que provoca verdadero pavor ante la demostración de hasta dónde puede llegar una persona por progresar en su trabajo cuando renuncia a cualquier tipo de pudor o escrúpulo que pudiera habitar en su ser. Aunque ciertamente es una película que viene mucho más al pelo para ser comparada con el periodismo deportivo actual (dado que el personaje principal es un joven abriéndose paso en ese mundo), y más en estos momentos, en los que surgen casi a diario diversas polémicas de periodistas a raíz de los streamings del seleccionador español, tampoco resulta fácil obviar el parecido del personaje Lou Bloom con lo que viene haciendo la directiva de un club cuya lista de miserias no para de crecer año tras año.

Porque sí, Nightcrawler es un tenaz ejercicio, continuo y ascendente, de ruindad y mezquindad (in)humana en el que su protagonista se esfuerza (con éxito) en provocar en cada escena un poco más de repulsión que en la anterior. Su trabajo, periodismo de a pie centrado en la obtención de morbosas imágenes de accidentes o asesinatos, da pie a una creciente obsesión hasta el punto de no importarle realizar desde allanamientos de morada para grabar los cadáveres aún frescos de un crimen realizando pocos minutos antes, dando prioridad a su grabación en lugar de a ayudar al que pueda seguir con vida; hasta provocar él mismo crímenes para poder filmarlos a continuación e incluso dejar tirado a su compañero de trabajo para posteriormente conseguir una buena primicia de su “accidente”.

Laporta mascarilla

Un todo vale del que el equipo de la ciudad condal puede presumir de no quedarse para nada atrás. No en vano le hemos visto (y no hace falta remontarnos mucho tiempo atrás) dejar tirado a uno de los jugadores de su plantilla de baloncesto en un aeropuerto de Turquía EN PLENA PANDEMIA (disculpen las mayúsculas, pero es necesario recalcar este punto para hacernos a la idea de lo que dicha acción supuso realmente; de hecho el jugador tuvo que volver a casa en un vuelo de otro equipo de baloncesto), forzar a jugadores a bajarse el salario o diferirlo para, posteriormente, arrojarles a la prensa, como si de un boomerang se tratara, como forma de presión para obligarles a buscar una salida (sin darse cuenta de la imagen que estaban dando como club) o incluso denunciar por ilegalidad el contrato de un jugador que firmó (redobles de tambores) ¡con ellos mismos! Poco nos puede sorprender a estas alturas de la persona y el club que traicionaron a Florentino Pérez y el resto de clubes en aquellas elecciones de 2004 en las que cambiaron su voto y el de otros para perpetuar a Ángel María Villar en la presidencia de la RFEF y que les volverán a traicionar a poco que tengan la oportunidad. Podríamos fácilmente ahondar más en la putrefacción de este club, pero realmente no vemos la necesidad de ello a estas alturas, pues cualquiera puede recordar los episodios más oscuros que han revoloteado alrededor de este club y escoger el que prefiera. No les van a faltar, desde luego.

All is lost (Cuando todo está perdido)– Real Madrid

All is lost cartel

Aunque la temporada 2013-14 nos dejó extraordinarias películas de supervivencia como Gravity o Captain Phillips, ambas producciones de inestimable factura y calidad, se ha considerado preferible que nos centremos en una película mucho más pequeñita, menos conocida y de una cruda pero quizá más efectiva simpleza que las anteriores. Se trata de una película dirigida por J.C. Chandor (al que recordarán más por A most violent year o Margin call) y protagonizada por un excepcional Robert Redford, que no necesita valerse de una sola frase en todo el film para brindarnos el que, en opinión de quien les escribe, es el trabajo más puro y hermoso de toda su amplia y exitosa carrera. La película, como se ha comentado anteriormente, es realmente simple: un hombre, del que no se conoce ni su nombre (de hecho, en los créditos figura como “nuestro hombre”) se encuentra navegando en su barco en alta mar cuando un accidente provoca una ruptura en el mismo. A partir de ese momento, Robert Redford pasa a convertirse no ya en un hombre sino en nuestro club, reflejando en la película una rutinaria temporada del Real Madrid.

El motor de esta película se basa en una frase tan simple como la premisa de la misma: “sigue adelante”. Y eso es lo que hace nuestro hombre. Y eso es lo que hace el Real Madrid. ¿Se abre un boquete en la fachada del barco? Nuestro hombre coge una tablillas de madera y lo arregla. ¿Se estropean la radio y el sistema de navegación? Nuestro hombre saca los cables e intenta arreglarlos. ¿Se acerca una tormenta? Nuestro hombre pone dirección contraria para escapar de ella. ¿Su barco se hunde? Nuestro hombre saca una balsa y se mete en ella.

Silla Alaba

Nuestro hombre tendría todo el derecho del mundo a quejarse de su mala suerte. Tendría todo el derecho del mundo a protestar airadamente por todo lo injustamente que le está tratando la vida, el destino o los elementos, pero nuestro hombre sabe que eso no cambiará su situación ni le salvará de nada. Si consigue salvarse, sólo podrá hacerlo por sí mismo, por lo que él haga. Y por eso no se permite más que un "fuck" de desesperación durante toda la película, de la misma forma que a nuestro querido Buitre a veces se le escapa un tímido “cáspita”, un “caramba” o un “caray”. Lo que vemos en All is lost es lo mismo que vemos cada año en el Santiago Bernabéu: una lucha del hombre contra los elementos, una contienda injusta en la que el club blanco juega contra algo más que sus rivales. Pero mientras que la prensa se dedica a polemizar alrededor, nuestro club sigue adelante. Mientras nuestra propia afición comienza a generar debates sobre nuestros jugadores, decisiones del club o del entrenador, el Real Madrid sigue adelante. Por muy difícil que sea la situación, el partido o la eliminatoria, el Real Madrid, como Robert Redford, como nuestro hombre, como nuestro héroe, sigue adelante. Porque cuando todo está perdido, nuestro héroe no se rinde, sino que mira hacia adelante, hacia la supervivencia. Porque cuando todo está perdido, el Real Madrid gana.

 

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La llamada del almuédano a la oración interrumpió mi sueño de forma brusca. Eran las seis de la mañana en Estambul, las cuatro en España. Trece horas y media antes, este humilde cronista llegaba al aeropuerto de Madrid con precisión militar, impelido por el ánimo de puntualidad de Javier Artime, el organizador de las Leyendas del Real Madrid. Tuve que esperar casi una hora a que llegara el resto de la expedición, deseando que lo hicieran cuanto antes para recibir la bienvenida – yo soy el foráneo en esta ocasión –, y con el cosquilleo propio de salir de viaje fluyendo por mi sistema nervioso.

La espera se hizo corta, a pesar de sentir el pálpito de mi querencia por los desplazamientos en equipo. De forma automática, al verlos dibujé una sonrisa involuntaria, saludando a los muchos conocidos, reconociendo a los que nunca he encontrado personalmente.

Vuelo Madrid-Estambul

Tan diferentes son los viajes ahora, que la primera conversación la crucé sobre el asunto con el preparador físico, Juan Trapero, atleta insigne de la cuadrilla de Paco López, entrenador que tantos años hizo con nosotros lo que Juan hace ahora con los propios: reventarlos. Fuera de las finales europeas jamás viajamos en chárter, con los gigantes buscando las salidas de emergencia - cuando las había -y los demás acoplándonos como podíamos. ¡Juro sobre las reglas de Naismith que he visto a Romay viajar en clase turista!

Las líneas regulares y las escalas obligadas tenían, en cambio, algunas recompensas. Conocíamos los aeropuertos y dónde comprar, en unos años en los que muchas cosas eran muy caras en España o ni siquiera se podían obtener. Los alemanes nos gustaban por la cerveza y la salchicha que la acompañaba, el de Ámsterdan por su riqueza electrónica y los de la Unión Soviética por el caviar.

También aquellos viajes daban pie a largas conversaciones, interminables tertulias para capear el aburrimiento del paso de las horas. Al fin, llegábamos a destino aeroportuario, pero no al del final del viaje: siempre nos esperaba el pabellón rival para ir a entrenar, para estirar las piernas y sudar el viaje, acciones de difícil asimilación en un principio, pero de recompensa final extraordinaria. Después, la cervecita de turno entraba del tirón y dormíamos como un lirón. Bueno, disculpen el pareado que ha surgido de corrido.

Ulker Arena

Hoy, los viajes son más cómodos y tanto confort induce a la siesta, así que, apenas se oyó nada durante el vuelo. En cambio, el revuelo vino cuando desembarcamos en el autobús que llaman jardinera. Estaba claro que el equipo se había despertado de buen humor. En cambio, la ciudad nos recibía vestida de gris y lloviendo, como si quisiera cambiarnos el humor para el encuentro. Por supuesto, no lo consiguió a pesar de su insistencia.

La mañana del partido nació tan oscura como la noche precedente. No me pregunten por qué, pero uno sabe que la hora del desayuno es la de mayor tranquilidad del día del partido. Un buen momento para intercambiar opiniones con los miembros de la expedición, todos muy animados, irradiando espíritu madridista. Disculpen que mi inveterada discreción no satisfaga su curiosidad. Sí puedo comentarles como conclusión propia – ya, ya sé que no es demasiado - que la tranquilidad es la nota predominante, algo por otra parte natural tratándose de profesionales que conocen al milímetro el gremio y los momentos críticos del mercado propio. A su vez, de esta calma cabe inferir una confianza profunda en sus fuerzas, cada vez más alineadas, tanto en sí mismas como con su propósito.

Mezquita de Camlica

Tras mi labor de espía autónomo, en vista de que los entrenadores se iban a ver una serie (de vídeos) y los jugadores a descansar, me di una vuelta por la mezquita de Çamlica, la más grande de Asia Menor, de construcción reciente y clásica, inaugurada con cierta polémica por ostentosa e innecesaria en 2019. Me dirá que por qué no me acerqué a otros sitios emblemáticos que tiene usted en su cabeza, pero, con franqueza y aunque me pirran, he estado más veces en los bazares, mezquitas y cisternas que en la Puerta del Sol, y tampoco estaba el día para fiestas.

Así que sólo quedaba esperar al partido, del que me veo obligado a hablar por deseo ferviente de Koki Martí, el tótem de la Ciudad de la Raqueta. O me estoy haciendo viejo, o el pabellón fenerbahçí – ojo al neologismo - es de los más ruidosos que recuerdo, incluso con el encuentro en ciernes, con los jugadores haciendo las contorsiones propias de su deporte. Causeur y Hezonja lanzando como metralletas y Tavares ofreciendo una exhibición con la comba digna de Alí. “Fibra rápida en un dos veintiuno”, en palabras de Juan Trapero, que de fibras rápidas sabe algo, pues fue uno de los mejores velocistas españoles hace cierto tiempo, esto último sin ánimo de ofender.

Tavares Fenerbahce

Los jugadores madridistas bien pudieran ser admirados en Estambul, no obstante el abucheo constante mezclados con gritos de protesta proferidos. Y eso que no estaba Rudy, el favorito de la afición local, según me confesó Felipe Reyes, que me concedió el privilegio de ver el partido a su lado.

De forma paulatina y sin réplica, desactivamos la sonoridad con una actuación de corte tan coral como aguerrida. Nadie flaqueó en este ámbito, el de la presión defensiva, la captura de los rebotes largos, de los balones divididos. Tavares levantaba tras el base la muralla defensiva propia, y cuando se debilitaba ahí estaban sus compañeros para reconstruirla, así como Deck y Hezonja para capturar los rebotes cuando el gigante se alejaba para ofrecer su ayuda a los exteriores. Abalde presionaba sin dejar casi recibir un balón al asfixiado particular y Musa parece dispuesto a emular al gran Mirza Delibasic. El juego fluía, porque este equipo se ha subido a los raíles de sus pretensiones y porque tiene muchos jugadores que interpretan con maestría el baloncesto. Hasta Tavares se ha convertido en un pasador notable, calmado, en busca de la mejor opción. Un grande que reparte juego es una bendición para un equipo y una tradición en este club, cuyo escudo han representado Clifford Luyk y Arvidas Sabonis.

Musa Calathes

El primer tiempo fue excelente, con racha de Llull incluida. Un pequeño despiste final amortiguó la diferencia de clase exhibida en los primeros veinte minutos. El líder era sobrepasado sin que quepa ninguna controversia, si bien es justo señalar sus bajas.

El tercer cuarto aún fue mejor. El Chacho sacó el libro del base de su chistera para mostrar sucesivos capítulos. Ahora, el bote; después, la finta; más tarde, el cambio de ritmo; desde el principio, los pases. Cuando ya había mostrado parte de su repertorio, Chus Mateo le brindó un descanso. En este lapso, Musa encadenó tres triples y el Madrid acopió una ventaja de 23 puntos. 41-64. El partido estaba en el bote, por más que en un par de minutos se sumaran una pérdida del bosnio y una técnica a Tavares que desconcertaron al equipo.

Pero el despiste duró poco, como poco duró el griterío del graderío. Para cualquier espectador imparcial el duelo estaba resuelto, lo que no fue óbice para que los que estábamos a pie de pista sufriéramos cierta incertidumbre hasta un par de minutos del final.

Madrid Fenerbahce

La victoria fue una consecuencia del gran juego y la forma en la que se consiguió un refrendo para el camino emprendido. Aún estamos a principios de temporada, y ni siquiera los técnicos han dispuesto de la plantilla completa en ningún momento, por lo que el juicio de valor siempre es relativo. Sin perjuicio de lo expuesto, la coherencia global y el aprendizaje de los nuevos auguran un porvenir brillante.

Hasta aquí la opinión sobre el partido, no mis impresiones del viaje. Me he encontrado con un grupo de personas que trabajan a destajo con el respeto como lubricante de relaciones complejas y constantes. La tensión no tiene por qué alejar la alegría puntual y necesaria, casi constante cuando aparecen los escasos momentos de relax. Miman el detalle cada uno en su vertiente, que son muchas, pues un equipo de este calado precisa organización certera. Mientras escribo estas líneas, ocho horas después del aterrizaje, la plantilla está de nuevo sobre el parqué trabajando para el encuentro de mañana contra el Valencia. Esta secuencia tan precipitada exige planificación, dedicación y vocación, sin las cuales este viaje que no cesará hasta las puertas del verano no tendría sentido.

Sólo me queda darles mi enhorabuena por el trabajo impecable y agradecerles el afecto con el que me han acogido. Merced a él me he sentido como uno más del grupo, amén de ayudarme a reflotar sentimientos de hace muchos años, cuando quien esto escribe era jugador y las emociones personales y colectivas se acumulaban en el ánimo, mientras palpitaban el orgullo y la responsabilidad de vestir la camiseta del Real Madrid. Señoras y señores, muchas gracias.

 

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