Mis amigos de Real Madrid TV (citaré de izquierda a derecha, según la posición del espectador ante la mesa de contertulios: José Luis Cabrera, Miguel Ángel Muñoz, Álvaro de La Lama, Antonio Esteva y Jesús Alcaide) soltaron un golpe de risa o de sorpresa. Ambas cosas se alojan, por si no se sabía, en la misma zona del cerebro, lo que determina que uno sólo puede reírse de lo que le sorprende, con la posible excepción de los delitos del Barça, que a veces todavía sorprenden pero no hacen reír, y otras consiguen que te descojones sin producir el menor atisbo de sorpresa ya. También enfurecen y hacen llorar a las almas de bien, pero ambas reacciones responden a estímulos (con o sin sorpresa) de otras zonas del cerebro, o de las gónadas sobrepasadas.
Florentino y Kepa, posando frente a las catorce orejonas, dieron la vuelta a la camiseta verde de guardameta que sostenían, y para sorpresa (y leve risa) de los presentes en el plató ésta no decía Kepa, sino Arrizabalaga, que no en vano es el portero vasco que ha recalado en Chamartín, el séptimo según Alberto Cosín que es quien se sabe estas cosas.
Álvaro de la Lama no pudo evitar prorrumpir en un amago de carcajada cuando la camiseta exhibió, serigrafiado, un vocativo infinitamente más largo que el previsto, pero reaccionó con el aplomo y la profesionalidad acostumbradas. Los apellidos vascos es lo que tienen. Yo no tengo ocho, pero el que me corona es lo suficientemente intrincado. Sólo la aparición de cierto colegiado, de infausta fama encima, en el panorama futbolístico nacional, lo ha hecho más inteligible para el común de mis compatriotas. Aprovecho para aclarar que… Es igual. Lo cierto es que mi primer apellido ha sido tradicionalmente bien pronunciado en Ghana y Gales, pero ha desencadenado épicas tormentas de confusión en lenguas y cuerdas vocales del resto de lugares del globo. Tampoco en el País Vasco, claro, de donde era mi padre y a mucha honra.
El apellido como Medusa a la que hay que abstenerse de mirar a los ojos para no quedar petrificado. Bilardo habría orquestado centenares de maniobras de distracción resultadistas en torno a este apellido. Si al apellido le unes que es cojonudo -porque los porteros vascos no son magníficos ni óptimos ni soberbios, sino cojonudos-, no veo ninguna razón por la cual Kepa tenga que conformarse con ser un parche para el mejor portero del mundo
-¡Arrizabalaga!- enunció al fin, triunfante, Álvaro, tras unos segundos de zozobra. El impacto de las cosas impronunciables es más notorio cuando se presentan sin avisar y en riguroso directo. La cara de somero cachondeo del nuevo portero blanco parecía rubricar la broma desde Valdebebas, el reto inocente y de sopetón. A decir verdad, fue una sonrisa que el de Ondárroa no perdió en ningún momento. Parecía genuinamente divertido ante lo surrealista de tanta felicidad. Le daba un poco la risa, como de no creérselo, que es seguramente (el no creérselo) lo que sintió cuando recibió aquella llamada, y lo que siguió sintiendo mientras le comunicaba al Bayern de Múnich (o sea, a uno de los pocos que puede mirar a la grandeza del Madrid cara a cara) que prefería probar suerte un año en el club blanco antes que firmar un compromiso a largo plazo con el histórico equipo bávaro. Hay que tener mucha fe. Hay que atesorar mucho coraje. Hay que ser muy del Madrid. Hay que saber sonreír así, hay que saber acordarse de los lesionados (incluyendo Courtois), hay que entender en el fondo del alma que el señorío del Madrid tiene mucho de norteño, y que por eso es en el norte donde más nos quieren y nos odian y nos desafían desde los tiempos de Zamora.
Yo abogaría por que el aplastante apellido de Kepa apareciera no solo en el reverso de su camiseta, sino en la parte de delante también. De este modo, no solamente le haremos la picha un lío a Carlos Martínez en las retransmisiones, sino que los propios delanteros rivales se sentirán abismados en intentos de pronunciación interna, y tratarán infructuosamente de evitar el contacto de las propias pupilas con ese apellido que no es un apellido, sino un desafío insoslayable, un acantilado fatal, cuando se acerquen a los dominios del arquero. Abirra, Azarra, Aberragalaga y fuera. Por encima del larguero. El apellido como Medusa a la que hay que abstenerse de mirar a los ojos para no quedar petrificado. Bilardo habría orquestado centenares de maniobras de distracción resultadistas en torno a este apellido. Si al apellido le unes que es cojonudo -porque los porteros vascos no son magníficos ni óptimos ni soberbios, sino cojonudos-, no veo ninguna razón por la cual Kepa tenga que conformarse con ser un parche para el mejor portero del mundo. “Ojalá”, respondió cuando le preguntaron si se veía en el Madrid más allá de este año de auxilio forzado por la lesión de Thibaut.
Pues eso, que ojalá, pero vayamos por partes. Aún no hemos terminado de pronunciar “Arriza”, como para pensar ya en el final. De momento, a pararlo todo en los entrenamientos (como él mismo dijo, evitando darse por titular) y a soñar con el marco de esa portería sin perder esa sonrisa de galán antiguo y altanero.
Los grumos del café son una espiral hipnótica cuando no hay nada que hacer. Afrontar otro día ocioso, sin estrés, el sueño recurrente del trabajador medio. Todo un año esperando este escenario para acabar recorriendo, una y otra vez, ese paseo marítimo, y dejarse envolver por un viento atlántico, prístino y reparador, que absorbes a bocanadas ansiosas, dejando atrás todo lo que se necesita pero no se quiere. Este lapso es peligroso, porque permite pensar. Al mediodía, la mesa del bar, un bosque de botellines de cerveza cada vez más tupido, se encara con el paseo marítimo, un desfile de turistas, roto por la rutina de pescadores que, ajenos, adecentan sus redes. Ellos siempre estuvieron allí, sus rostros, secos y horadados, indolentes ante ese ruido de fondo, han vivido todas las estaciones y todas las madrugadas. En cierto modo, son como el madridismo. Un San Sebastián asaetado, lacerado sin reacción aparente por los tramposos. A diferencia de aquellos conmovedores personajes de Pedro Lazaga, estos tramposos no son hijos del hurto famélico y de la necesidad. No, estos tipos son gente indigna. Hay que valorar, sin embargo, sus esfuerzos y, por qué no decirlo, sus resultados después de un trabajo concienzudo de años, de sembrar odio para recoger odio; falsedades para construir castillos en el aire. Es, a su modo, meritorio.
La España que conocí de adolescente no es ni un émulo de esta, por fortuna. Pero ha perdido su vigor, su capacidad de rebelarse ante la injusticia. Este código de conducta, este proceder sin filtros y sin miedo a exponerse está en la política y en la sociedad. También en el deporte, en ningún caso un compartimento estanco sino un escaparate de lo mejor y lo peor de cada casa. Desconozco si es por los estómagos saciados, pero las redes sociales y la concatenación de ideas han hecho de la audiencia una masa rendida al mitraísmo de los medios. En el pasado, la verdad eran los libros, la palabra impresa, generadora de preguntas, muchas de ellas sin respuesta. Hoy hemos descendido varios peldaños. Todo este tinglado que convenimos en llamar la Negreira League, esta cena recalentada, es consciente de que lo sabemos, sometidos a golpe de omisión y excepción. Y, no obstante, se aproximan como una hiena a los despojos, sondeando el límite una y otra vez. No les basta con lo ya conseguido, nos quieren vencidos y, mientras preparan la siguiente emboscada, sitúan sus peones también en Europa.
Aquellos enemigos viejos han conseguido que la masa crea que un anciano y falso agravio, cimiento de su torre de naipes, no fue un sueño. Los hechos no les van a detener. Hoy es la celebración de Jude en Bilbao, mañana quién sabe
La evolución de esta involución, ahora, el verdadero salto, es el cuantitativo. Es haber conseguido una mesnada acrítica, ruidosa, lo que la hace parecer mayoritaria (tal vez lo sea), que les secunde en sus fechorías. Una milicia heterogénea pero con un objetivo común, compuesta de, más que seguidores, devotos, plana, pasional y simple en sus deducciones, como la que describió como pocos Fritz Lang en Furia. Un think tank que no piensa, malparido por Twitter y ciertas tertulias, auténticos aparatos de agitación y propaganda. Esa es, probablemente, la gran diferencia de este nuevo tiempo, que el Real Madrid no debería infravalorar.
Nuestros rivales lo sabemos bien, siempre han porfiado, se han asociado, como plañideras, frente a nuestro éxito. Pero hoy les sigue esa masa ciega, mayoritariamente barbilampiña, esa amalgama dispuesta a creer, iracunda por motivos que posiblemente no acertarían a explicar, que se congratula no ya por nuestras derrotas sino por nuestras lesiones, que, guardiana de las presuntas esencias, asume como propia la mentira oficial al tiempo que niega la realidad que tiene frente a sí. En ambos bandos (porque, asumámoslo, hoy ya solamente hay dos bandos) siempre se ha deseado la derrota del rival. No puede culpárseles por ello, tampoco nosotros nos alegramos de su éxito. Ahora, no obstante, el objetivo parece ser imponer la presunta Verdad Única, la sumisión y el silencio, cuando no la extinción de todo lo que representamos. Una Damnatio Memoriae de la grandeza del madridismo.
El nivel de cólera marca esa disparidad, en lo fácil que es prender la mecha de un lado mientras se toleran las indecencias y corruptelas del otro, a mayor gloria del objetivo único. La vesania y el rencor, basados en la añoranza de lo que nunca fue, pueden desatar el universo en llamas con tan solo un gesto. Aquellos enemigos viejos han conseguido que la masa crea que un anciano y falso agravio, cimiento de su torre de naipes, no fue un sueño. Han materializado afrentas impostadas y las han convertido en una realidad compartida, de consumo rápido, consiguiendo que esa misma masa ciega obvie lo que ellos sí perpetran. Los hechos no les van a detener. Hoy es la celebración de Jude en Bilbao, mañana quién sabe. Es más, a quién le importa.
Ha llegado el momento de mostrar cierta afección por el asunto, nos va en ello la supervivencia de buena parte de lo que somos. El Real Madrid es un majestuoso tigre blanco hostigado, que se deja incordiar, que evita el conflicto. Hoy, Florentino puede mirar cara a cara a Bernabéu sin rubor por la comparación. Su único gran lunar, la política de comunicación. Todo es éter, una gran burbuja que el Madrid ha dejado crecer y crecer. Un globo sonda que hay que pinchar, generando un gran Big Bang que les devuelva a la realidad, no solo en el campo. El Nuevo Bernabéu y Mbappé son necesarios, pero construir una política de comunicación es urgente. No puede quedar en unos videos aislados. Es hora de despertar. Deben aprender a perder también en su propio terreno.
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«No sé si estoy despierto o tengo los ojos abiertos». Florentino amanece con Calamaro cantándole desde la zona de mejor acústica del bulbo raquídeo. Pululan por su cabeza los asuntos que inquietan al aficionado madridista. También ESE asunto. «No me gusta esperar, pero igual te espero» resuena el cantante argentino cuando lo recuerda.
Se prepara un café con el propósito de despejarse, pero hoy la transición sueño-vigilia es tediosa, se prolonga como un culebrón eterno, siente un discurrir pastoso, no tiene claro si sueña despierto o piensa dormido.
«Number 9, number 9, number 9…». Ahora es Revolution #9 de The Beatles la que se hace eco en su cabeza. El subconsciente le manda señales, o tal vez solo amplifica las que emite el madridismo.
«Time is on my side (yes it is)». Tranquilo, se dice a sí mismo, y por un momento recupera el control de la batalla onírica al son de Jagger, Richards y compañía. El tiempo siempre ha estado de su parte y lo sabe. Si se hubiese dejado llevar por el histerismo colectivo, si se hubiera dejado inocular por el demonio de la premura, Twitter Real Madrid estaría saciado y el Madrid por fin habría celebrado la temporada pasada la consecución de la Décima.
A pesar de no haberse despertado por completo, cierra una venta, dos acuerdos y tres patrocinios que suponen varios millones de euros más. Aun así, sigue oyendo «Number 9, number 9, number 9…».
Sabe que esta vez tiene sentido.
Intenta distraerse y sacarse el nueve de la cabeza. Al menos hasta que despierte del todo. Rememora a los galácticos. Piensa que tampoco estaba tan mal tirado aquel apelativo que nació desde el desprecio y la envidia de Jesús Gil, etimológicamente proviene del griego galaktos (de leche, en referencia a un gran grupo de estrellas) más el sufijo ico (relativo a) y la leche es blanca. En la Vía Láctea está el Sistema Solar, cuyos planetas son —mientras va contando con los dedos— Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno… ¿y Plutón? —Un, dos, tres cuatro, cinco, seis, siete, ocho… ¿y nueve?
Se intranquiliza. Y vuelve ESE asunto. Y con él la canción de Calamaro: «Te quiero, pero te llevaste la flor y me dejaste el florero». Le viene a la cabeza Negreira, el florero más caro del mundo, pero esa tampoco es la solución. Negreira es el nueve más rentable en la historia del Barcelona, pero el Madrid se asienta sobre valores irrenunciables.
Se prepara otro café y se marcha al salón. Quizá una película termine por despejarlo. Por suerte cuenta con lo último en tecnología y una colección completísima de films en VHS. Pero con tantos largometrajes, ¿cuál elegir? Pasa el dedo por el lomo de las cintas según cuenta. Lo hace hasta nueve y extrae la correspondiente. ¡¿Otra vez el nueve?! Sospecha que el subconsciente está a los mandos.
La película es Indochina. La recuerda, Catherine Deneuve fue nominada al Oscar, pero no lo ganó porque el galardonado fue Busquets, premiado por fingir una apoplejía tras sufrir una carga legal en un partido de alevines. El recuerdo le revuelve y decide no verla.
Coge otra sin mirar. El ansia. El título no ayuda. Está protagonizada por Catherine Deneuve, de nuevo, y David Bowie, The man who sold the world, como Laporta, piensa. Se apalanca en el sillón, comienza a verla y descubre que la trama versa sobre vampiros. Le vienen a la cabeza los compañeros de viaje de la Liga, se agita más y extrae la cinta del vídeo.
Vuelve a su filmoteca particular y toma otra película al azar. En un patio de París. Todo le evoca a él. ESE asunto. Manda narices. Qué curioso, también actúa Catherine Deneuve. Tampoco es tan raro, se dice, es la musa de muchos directores y una institución del cine francés, ha participado en más de cien películas.
Decide, no obstante, no verla porque le recuerda al hombre de París. Toma otra. Mi hombre es un salvaje. ¿Acaso se refiere a ESE asunto? Nunca ha sido paranoico, pero se escama. Le da la vuelta al estuche y consulta el reparto: protagonizada por Catherine Deneuve. Tranquilo, será una casualidad, se repite a sí mismo.
Respira hondo, piensa en ESE asunto. Sabe que el chico solo tiene dos opciones reales, irse o quedarse allí, con lo que cada una implica de cara a su futuro. Coge otro film. Marchar o morir. Florentino ya ve señales por todas partes. Para colmo, Catherine Deneuve también forma parte del reparto.
El reparto económico es una de las claves de ESE asunto y lo sabe. Agarra otra película. El dinero de los demás. ¿El azar se está cachondeando? Mira de reojo el elenco del filme. No puede ser. Otra vez.
Cuenta hasta nueve.
Se le ocurre que quizá no sea suficiente la relación establecida con la madre y quizá entablar un diálogo con la pareja del chico pueda ayudar a desbloquear ESE asunto. Esta vez toma dos cintas a la vez. Las mira: Mi amante prohibido y Esperemos que sea mujer. Se ríe por no llorar. Consulta con una risa nerviosa los protagonistas. Catherine Deneuve. En ambas.
Sale corriendo de la filmoteca, pero vuelven las canciones a su cabeza.
Ora Calamaro: «Me dejaste el vestido y te llevaste el amor», ora los Stones: «Now you always say that you want to be free / But you'll come running back, you'll come running back».
«Number 9, number 9, number 9…».
Se siente como Alonso Quijano, no quiere perder el juicio y que se le seque el cerebro.
Cae rendido en la cama.
Sueña con Catherine deambulando en la repulsión de un pasillo de cuyas paredes brotan brazos de Negreiras.
Despierta. Sonríe, acaricia al gato. Ya tiene la solución: Catherine de nueve.
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Buenos días, amigos. Unanimidad absoluta hoy en las portadas del día. Todas ellas están protagonizadas, con toda justicia, por la selección española de fútbol femenino, que ayer se clasificó para la Final del Mundial. Es una gesta sin precedentes, y si bien en La Galerna no prestamos especial atención al fútbol de selecciones (sí al fútbol femenino, como demuestran las estupendas crónicas y artículos de Fernando Alcalá-Zamora), hoy sólo cabe felicitar de corazón al grupo de Jorge Vilda, con especial mención, por ser este un medio declaradamente madridista, a las jugadoras vikingas presentes en la delegación nacional, entre ellas una Olga Carmona decisiva con su golazo en el último minuto de la semifinal ante Suecia.
Por lo demás, quedan en ridículo todos los que apoyaron el motín contra Jorge Vilda, con especial mención para los/las opinadores/as que despojan de todo mérito al técnico por este hito, alegando en catalán que este éxito es de “elles soles”. La mezquindad es un atributo humano de largo recorrido, especialmente en combinación con el culerío desaforado, o con el culerío alimenticio de tintes rojiblancos, lo que proceda.
Quedan también en ridículo las 15 amotinadas que no depusieron su actitud, están contemplando esta gloria desde la playa y no tienen siquiera la dignidad de poner en redes sociales un solo mensaje de felicitación.
Retratados/as, como reza la jerga de nuestros días.
Pasad un buen día.
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Al borde del último minuto del tiempo reglamentario de la primera semifinal de Mundial en la historia de la Selección española femenina, ante una rocosa Suecia que segundos antes acababa de empatar el partido, la lateral Olga Carmona recibió el balón en la frontal del área y decidió chutar a portería con su pierna zurda. Podría haber centrado al área en busca de la cabeza de alguna de las futbolistas mucho más experimentadas que ella, mucho más valoradas que ella por el aficionado del futfem, mucho más mediáticas y reconocidas que la sevillana. Habría entrado dentro de la lógica, pero hoy, en ese instante crítico y definitivo, era Olga Carmona García quien portaba en su brazo la cinta de capitana.
Hizo lo que debía, asumir el peso de la responsabilidad, y el fútbol correspondió como acostumbra ante las muestras de carácter de ese tipo: el balón superó por alto a la guardameta Zecira Musovic y el gol ya icónico de la futbolista del Real Madrid deja a la Selección a un paso de levantar la Copa del Mundo. Tras un año de turbulencias, motines, reproches, tiras y aflojas de propios y extraños, una jugadora –Teresa Abelleira– permitió con su calidad desde el centro del campo hacer soñar a España con la primera estrella sobre el escudo y otra –la propia Carmona– certificó con su valentía el pase a la final.
Que las dos futbolistas madridistas hayan sido protagonistas en este día memorable no debería sorprender, pero sí es de justicia subrayarse. Ellas, junto al resto de la expedición blanca que ha viajado a Australia y Nueva Zelanda, llevan sufriendo desde octubre una campaña de acoso y desprestigio que nada tiene que envidiar a lo que algún pupilo de Carlo Ancelotti experimenta en un buen número de campos de España. La única ‘culpa’ que tuvieron fue optar por la prudencia y el silencio de cara al exterior cuando el conflicto estalló con resultado impredecible en el seno de la Selección femenina. Junto a otras compañeras que ni siquiera han tenido hueco en el avión –como Maite Oroz–, sostuvieron durante meses al equipo nacional dando la cara en cada compromiso internacional previo al Mundial. Lo que recibieron fue malos gestos e insultos continuos en redes sociales, con acusaciones que no bajaron del ‘esquirolas’ y ‘malas personas’.
Que las dos futbolistas madridistas hayan sido protagonistas en este día memorable no debería sorprender, pero sí es de justicia subrayarse. Ellas, junto al resto de la expedición blanca que ha viajado a Australia y Nueva Zelanda, llevan sufriendo desde octubre una campaña de acoso y desprestigio que nada tiene que envidiar a lo que algún pupilo de Carlo Ancelotti experimenta en un buen número de campos de España
Jugaron, dieron la talla en el campo y callaron. Cuando el verano se echó encima y la mayoría de jugadoras críticas reculó ante el riesgo de quedarse fuera de la cita internacional –hecho que implícitamente confirmó como acertada la actitud inicial de las madridistas–, siguieron en silencio. Y ahora, en pleno camino hacia el título, este mismo grupo de futbolistas del Real ha seguido peleando sin rechistar por unos minutos y un protagonismo mucho más reducido del que quizás mereció su entrega de meses. La combinación de algunas de las mejores jugadoras de las plantillas de Real Madrid y Barcelona, antes o después, estaba destinada al éxito. Todas son muy buenas, y alcanzar la final en Australia sólo ha de ser el comienzo.
Por eso ni sorprende, ni debe sorprender, que alguien como Olga Carmona decidiese en el minuto 89 de su primera participación en un Mundial jugarse en primera persona el destino de la Selección. Al igual que Abelleira, Ivana, Misa, Athenea o Zornoza, por suerte o por desgracia la lateral ha tenido la mejor preparación posible para lidiar con la presión de las instancias finales de un torneo así: las empujaron al ojo del huracán y, aun con rasguños, han sobrevivido y madurado para contarlo. A Madrid volverán más curtidas, más líderes, siendo mejores futbolistas. Pero antes de eso se han ganado el derecho a disfrutar de uno de los partidos de sus vidas, merecen poder jugarse balones decisivos y sería justicia divina que cualquiera de ellas sea quien alce al cielo la Copa del Mundo: es lo que en última instancia hace una capitana. Todas ellas lo han sido.
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El sábado empezó la Liga (aunque oficialmente lo hizo el viernes, la Liga española comienza siempre cuando juega el Madrid) en San Mamés, y nos dejó ya una de las imágenes del campeonato: Muniain, el capitán del Bilbao, reprendía con la mano y un gesto autoritario de la cara a Jude Bellingham, que acababa de meter un gol, por celebrarlo mirando al público, abriendo los brazos y señalándose el escudo. El gestito de Muniain era claro y contundente, como diciendo “así no, así no” con el tonito paternalista y condescendiente tan propio del moralista español. El de Bellingham tampoco dejaba lugar a muchas dudas, pues abría los brazos y encogía la cabeza como preguntándose quién coño era aquel tipo y qué era lo que le estaba diciendo. En ese diálogo entre especies procedentes de planetas distintos está un poco de lo que va a ser la cosa este año en el “producto Liga”, como dice el inefable Xavi Hernández. Un país entero siguiendo la senda abierta por la turbamulta con Vinicius la temporada anterior, oponiéndose con rictus inquisitorial a que el Madrid, club de hombres libres, siga, parafraseando a Arcadi Espada, ciego su camino.
Muniain, el capitán del Bilbao, reprendía con la mano y un gesto autoritario de la cara a Jude Bellingham, que acababa de meter un gol, por celebrarlo mirando al público, abriendo los brazos y señalándose el escudo. Bellingham, sin embargo, no se achantó, porque viene de otro universo: uno que concibe el mestizaje
La fotografía es un extraordinario resumen del estado de la cuestión. Bellingham, que cuajó un partidazo en su debut, plantaba su metro ochenta y seis en medio de “la catedral del fútbol español” con todo el peso y la rotundidad de su desacomplejado talento. Acababa de marcar su primer gol como madridista y decidió celebrarlo como había sido su costumbre en el Borussia de Dortmund sin que se le ocurriera pedir perdón por ello. El dedo índice en el escudo del Madrid recordaba sus palabras tras cerrarse el fichaje: cuando me llamó el Madrid me dio un vuelco el corazón. Sin embargo al minuto apareció a su lado Iker Muniain, que parece David el Gnomo con esa barba, para recordarle que, amigo, está usted en España. Muniain, que llevaba el brazalete de una de las sociedades vizcaínas que son epítome de lo vasco, de uno de los adalides de la vasquidad contemporánea (con perspectiva de género, ecofeminista, gay-friendly y por supuesto, antimachirulista y ajena a todo lo que huela a ranciedad patriarcal y a cosas españolazas), se erigía curiosamente en el heraldo que venía a anunciarle al nuevo chico inglés del Madrid que a ver dónde se creía que estaba. Que esto no es ni la Premier ni la Bundesliga, sino un sitio “con valores” y aficiones con solera a las que “hay que respetar”.
Ya le pasó en mayo a Ancelotti en Valencia. Con medio Mestalla llamando mono a Vinicius, al bueno de Carletto se le ocurrió señalar lo obvio en la rueda de prensa y por poco la hoja parroquial de los deportes en la ciudad no pidió su encausamiento penal por terribles ofensas al pueblo valenciano. Es el procedimiento habitual en este país de pacotilla. Aquí, el hecho suele ser soslayado por la anécdota. El producto Liga se dota hasta de drones con los que filmar en exclusiva a los futbolistas en la ducha pero no de tecnología de precisión para afinar el videoarbitraje y reducir en lo posible las sospechas de prevaricación en la toma de decisiones trascendentales que determinan campeonatos, descensos y promociones. En la fiscalía se acumulan indicios de que el Fútbol Club Barcelona compró al Comité Técnico Arbitral durante décadas pero la prensa conduce el “debate público” hacia los rebuznos de Xavi contra el juego del Getafe y contra una decisión arbitral correctamente tomada, Virgen del Océano, en contra de los intereses del equipo más favorecido por los “errores” arbitrales en la historia reciente del “producto Liga”.
El producto Liga se dota hasta de drones con los que filmar en exclusiva a los futbolistas en la ducha pero no de tecnología de precisión para afinar el videoarbitraje y reducir en lo posible las sospechas de prevaricación en la toma de decisiones trascendentales que determinan campeonatos, descensos y promociones
El producto Liga. Jude Bellingham, que aún no tiene ni veinte años y ya es una estrella en ciernes, ha aterrizado en un territorio corrompido, no sólo arbitralmente. ¡Si sólo fuera eso! Pero nunca es sólo eso. De hecho la ponzoña arbitral no podría existir sin unas condiciones ambientales viciadas, perversas. Sin, por ejemplo, la degeneración periodística. Tuiteaba Ricardo Rosety, un chico Roures que tiene en su bio una frase muy cómica (“Periodismo es la ciencia de buscar la verdad y el arte de saber contarla desde un procedimiento ético”) que Xavi tenía toda la razón en lo que dijo al acabar el partido contra el Getafe. Cuando los que fiscalizan al órgano regulador, es decir al poder, están vendidos al poder, el poder tiene la facultad absoluta de trastornar todas las reglas y, en España, la única ley, seguramente desde el franquismo, es obedecer sumisamente al poder. A este país llega Bellingham, con todo su tremendo trapío de plusmarquista jamaicano, su asombrosa velocidad, su virtuosismo técnico y sus ganas de comerse el mundo. Lo bueno es que ha llegado al lugar correcto, el Real Madrid, que es la única parcela de la nefanda España moderna libre de la influencia tóxica de la mentira.
Muniain le decía que no, que no, que qué era eso de celebrar sin complejos ante una afición uncida, no se sabe bien por qué, desde antiguo por la prensa nacional. En la llamada catedral del fútbol español se ha ultrajado un minuto de silencio en tributo de asesinados por ETA y se ha aplaudido el golpe catalán del 17 pero ¡qué tronío tiene ese campo! Ese gesto de Muniain concentra la esencia mojigata de la España de hoy, un país al que le parece peor un baile de Vinicius que un muñeco con su nombre colgado de un puente de Madrid. Muniain en su día fue famoso por sus juergas escandalosas en Ibiza, pero, ay, es un chico “de aquí, de la casa”. Ahora ya está mayor y se ha dejado barba, todos estos personajes acaban, por muy jacarandosa que fuera su juventud, como transmutándose en parte del paisaje, sus caras se afilan, el rictus se les vuelve patriarcal, severo, adquieren formas rectilíneas; es como si con los años heredasen la fisonomía de los montes y los valles y como si la bruma vasca se les metiera dentro hasta que terminan pareciendo un tronco del árbol de Guernica, figuras egregias con la amplitud espiritual de un frontón de pelota vasca. Bellingham, sin embargo, no se achantó, porque viene de otro universo: uno que concibe el mestizaje. Siguió a lo suyo, moviéndose por el césped entre las líneas del Bilbao igual que Gulliver se paseaba por Liliput, pues Bellingham es el rostro de un mundo libre de vocación universal que desconoce la miserable existencia del rencoroso español. De esa materia está hecho el Madrid, esa es la pasta, y no el dinero, con la que ha conseguido sus éxitos a lo largo de ciento veinte años, por eso me parece que este chaval, que no parece inglés, tarde más o tarde menos, acabará triunfando en el Real.
Ese gesto de Muniain concentra la esencia mojigata de la España de hoy, un país al que le parece peor un baile de Vinicius que un muñeco con su nombre colgado de un puente de Madrid
Bellingham tiene, por la parte de su madre, sangre keniata y algo de eso se le nota en los andares, en sus hechuras. Danza con la pelota con una gracilidad no aprendida y su zancada es monstruosa, de maratoniano. En un momento de la segunda parte se giró con dos rivales delante y les tiró un autopase antiguo, de los que hacía tiempo que sólo se le veían a los grandes depredadores de las llanuras, como Vinicius, Haaland y Mbappé. Devoró medio estadio en dos pasos como Kipchoge y de repente estaba planeando sobre el área del Bilbao con los dos brasileños abriéndose por los costados dispuestos a clavarse como cuchillos en mantequilla. Fue estremecedor, pero ya antes, en la primera parte, había llegado lanzado a la posición del 9, terminando los ataques con un gesto de espuela que recordó a Zidane. Tiene en el gesto un desgarro barroco que engaña porque después se ríe y juega disfrutando como un niño de otra generación, una que no sabe nada de la minúscula tragedia provinciana en la que viven envueltos muchos españoles, tragedia pequeñita e irrelevante de la que el Madrid es liberación y refutación absoluta. En la foto, Muniain era un policía local dirigiéndose, caballero caballero, a multar a Matthew McConaughey por haber dejado la Endurance aparcada en medio de la ría.
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Buenos días. Los negreiras se han enfadado. Dicen que no juegan y que, como la pelota es suya (aunque lo que es suyo es sobre todo el colectivo arbitral), pues que aquí no juega nadie. El más negreira boy de todos los negreira boys, que responde al nombre de Xavi Hernández (ese señor que pasa por ser el paradigma del seny para la prensa comprada que sufrimos, pero que en realidad se echa al surco sin recato y se finge el ofendido en busca de rédito cada dos por tres) está indignado, y así le ha dicho a sus periodistas de cámara que lo pongan, textualmente.
-Indignado. Pon que estoy indignado. Esto es todo al revés. Pagas durante dos décadas a la cúpula del estamento arbitral y mira cómo te tratan.
-¿Eso lo ponemos así, Javi?
-No, hombre, esa parte no. Eso entre tú y yo. No se trata así a un cliente, hombre. Voy a pedir el libro de reclamaciones. No pagamos para esto.
-¿Lo pongo así, Javi?
-Que no, hosti, que no, que esto es mensaje de consumo interno, como los batidos. Tú pon sólo eso, que estoy indignado.
Ahí está Xavi, “encolerizado”. Hay que reírse muy fuertemente. Dice también la portada de Mundo Deportivo que “Soto Grado no puso trabas al plan anti-fútbol de Bordalás”, cuando lo cierto es que la práctica totalidad de los jugadores getafistas vieron la amarilla y uno de ellos fue expulsado. Nosotros por “no poner trabas a un plan anti-fútbol” entendemos lo que sufre el Madrid continuamente en esas encerronas que le hacen por la piel de toro o en las islas. Nosotros por “no poner trabas a un plan anti-fútbol” entendemos lo que hizo (o dejó de hacer) Hernández Hernández en la última visita del Madrid a Mallorca, donde los de Ancelotti sufrieron faltas continuas, algunas con violencia extrema sobre Vinicius, sin que vieran tarjeta los locales hasta más allá del minuto ochenta, y siendo el propio Vinicius el primero en ver una amarilla en un partido. Eso, lo de Hernández Hernández, es no poner trabas a un plan anti-fútbol, y no lo de Soto Grado en Getafe. Con la diferencia que nadie dijo nada tras lo de Hernández en Mallorca, y ahora los negreiras (sí, lo repetimos: los negreiras) montan este pollo.
Soto Grado, por cierto, se abstuvo de señalar penalti a favor del Getafe en una mano meridiana de Gavi en área culé, así como un derribo a Latasa al comienzo del partido. Ambas jugadas son penalti. Penalti condonado al Barça. La jugada de marras, la del minuto cuatrocientos sesenta y ocho, nos parece ligeramente más discutible, pero también nos inclinamos por que hay mano de Gavi en ataque y, por consiguiente, Soto Grado acierta al no pitar penalti tras consultar el VAR. Soto Grado, por cierto, es el mismo colegiado que otorgó sendas prórrogas al final de cada tiempo por las pérdidas de ídem del Getafe, mientras a los jugadores del Madrid, tras una encerrona similar en Pamplona, les espetó despectivamente “Habéis tenido noventa minutos para marcar un gol” tras pitar el final al filo de eso, del minuto noventa clavado.
La pregunta entonces es: ¿de qué se quejan los negreiras? Si pagas y el proveedor no responde como corresponde, es normal que te quejes ante la Organización de Consumidores, pero no es el caso. El proveedor sigue fiel, sin que esto garantice ganar el cien por cien de los partidos porque eso quedaría feo.
El relato puede llevarte lejos, pero tanto como para que olvidemos, queridos negreiras, que habéis pagado a la cúpula del estamento arbitral, durante al menos dos décadas, para garantizaros arbitrajes favorables, no. Tan lejos no te lleva.
Por lo demás, deseamos toda la suerte a la selección española femenina, que hoy acapara los titulares de la prensa capitalina, y os deseamos un feliz martes festivo de domingo.
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El elegido, no para sustituir, porque eso es imposible, sino para paliar la baja de Courtois es Kepa Arrizabalaga. El Madrid y el Chelsea han acordado la cesión del guardameta de Ondárroa hasta el 30 de junio de 2024. El club de Concha Espina responde con rapidez y eficacia a la contingencia desgraciada de la grave lesión del belga mediante la fórmula del préstamo, que se antoja la más adecuada al no hipotecar la portería blanca con una contratación.
El principal valedor de Kepa es Luis Llopis, preparador del porteros del club, una referencia mundial en la especialidad. El técnico coincidió con el meta en el Athletic y desde entonces nunca ha ocultado la gran estima deportiva que le profesa.
Llopis ya se mostró partidario de fichar a Arrizabalaga en enero de 2018, en su anterior etapa en el Madrid. Entonces Zidane decidió apostar por Keylor y Kepa terminó meses después en el Chelsea, convirtiéndose en el portero más caro del mundo. Aquella campaña abandonó la disciplina blanca el entrenador de porteros y volvió con el segundo advenimiento de Ancelotti.
El Madrid ha reaccionado con rapidez y eficacia. Kepa es uno de los mejores remedios posibles y la fórmula del préstamo se antoja como la más adecuada
En esta ocasión, Llopis sí podrá contar con Kepa, todos deseamos que la elección haya sido la adecuada. De lo que no cabe duda es de que se trata de uno de los mejores remedios posibles habida cuenta de la coyuntura y disponibilidad del mercado.
Comparar a Kepa con Courtois es absurdo, porque Thibaut es el mejor del mundo con mucha diferencia sobre el resto, pero el vizcaíno es un guardameta de garantías. A Courtois lo adornan una serie de cualidades físicas y técnicas que no posee ningún otro cancerbero de la actualidad. Y una personalidad y mando en plaza que echaremos de menos hasta que vuelva. Pero lamentarnos más tiempo del imprescindible no tiene utilidad alguna, salvo menoscabar nuestro ánimo. Solo cabe darle la bienvenida a Kepa y desearle toda la suerte del mundo.
La operación tiene varias ventajas. El Madrid no arriesga económicamente, ya que no paga traspaso. Tampoco arriesga deportivamente, Kepa es un portero contrastado, con experiencia en grandes clubes y selección en ámbito internacional. Sabe lo que es competir en la élite, ha ganado Champions, Mundial de Clubes, Supercopa de Europa, Europa League y Nations League. El club no condiciona el futuro de la plantilla al tratarse de una cesión.
Además, Kepa llega con ganas, renuncia al Bayern por esta oportunidad en el Madrid, y a buen seguro que se esforzará al máximo por convencer al club para que lo contrate una vez finalizada la temporada. Tampoco podemos olvidar que Arrizabalaga cumple con el principal requisito exigido por Ancelotti: para con la mano. Igual que Araújo, añado.
Según nos recuerda Alberto Cosín, Arrizabalaga es el séptimo portero vasco que se enfundará la zamarra blanca. Los otros seis fueron: Calleja, Juanito Alonso, Berasaluce, Araquistáin, Ochotorena y Lopetegui.
Y la pregunta que todo madridista se formula: ¿quién debe ser el titular, Kepa o Lunin? Por un lado, parece extraño que un portero como Kepa venga para ser suplente. Por otro lado, Ancelotti dejó claro —antes de la llegada del vasco— que el titular sería Lunin. La respuesta no está blowin’ in the wind, sino en manos de Ancelotti y su cuerpo técnico.
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A Xavi le conozco desde chaval, a parte de su familia, y la verdad es que me duele verle como anoche, hecho un basilisco.
Normal. El árbitro se volvió loco, más que Mata, y expulsó a Raphinha y no pitó lo que le pareció, a Xavi digo, penalti de ultimísima hora.
¿Que hubo mano previa de Gavi? Bueno, menos que una de Araújo, en realidad dos, una por cada mano que Dios le dio. Agarró el tío la pelota que ni el homenajeado Pau Gasol en sus mejores tiempos. Cosa de ‘la caló’. Y que Xavi no está acostumbrado a quedarse con diez y que no le piten penalti a favor con 0-0.
Sí, el Geta también acabó con diez y el duelo duró 110 minutos, casi hoy lunes. Lo cual también lo hizo el árbitro para jorobar al Barça. Con los 90 y tres, cuatro por parte vas que ardes. Lo demás es eso, prolongar la agonía. Que aquello era un 0-0 como una casa estuvo claro desde el minuto 20 más o menos. Y encima, el Madrid había ganado en San Mamés y eso es como las cuarenta en el tute: las cuarenta no joden, pero atormentan.
Xavi no está acostumbrado a quedarse con diez y que no le piten penalti a favor con 0-0. Y encima, el Madrid había ganado en San Mamés y eso es como las cuarenta en el tute: las cuarenta no joden, pero atormentan
Puede pasar, el caso es que pasó, pero yo no me pondría tan nervioso. Quedan 37 jornadas, hay tiempo de sobra para arreglarlo, personal muy cualificado —en todos los sectores— para conseguirlo y el Madrid no va a ganar siempre.
A Xavi le llueve sobre mojado. Se le fue su querido Dembelé y le quieren colocar a Neymar y/o Joao Félix… y no los quiere ver ni en pintura. Teme lo peor. Le gustan a Laporta y sus compinches y eso… Neymar ha firmado por un club árabe, pero créanme que sigue pensando en su primera ocurrencia: jugar esta temporada cedido en el Barça y, si acaso, echarse en manos árabes después. Y Xavi lo sabe y se excita. También que el capitán Sergi Roberto se abra de capa y diga que recibirían encantadísimos al brasileño y que ya está tardando.
También teme por Joao, que es Mendes y Mendes es Laporta y a ti te encontré en la calle. No es nuevo: el entrenador quiere o no a un futbolista y el presidente, todo lo contrario. Normalmente gana el presidente. Es normalísimo que tengamos a Xavi de los nervios. Él, que difícilmente se descomponía cuando jugaba. Y medio mes de mercado por delante. Un sinvivir.
Yo del Barça no me pondría tan nervioso. Quedan 37 jornadas, hay tiempo de sobra para arreglarlo, personal muy cualificado —en todos los sectores— para conseguirlo y el Madrid no va a ganar siempre
Mbappé también podría estar nervioso y no parece. El Madrid sigue a la espera de saber si viene, se queda u opta por el convento. Hombre, sería conveniente que despejara dudas por si Carletto y cía concluyen que igual sí les falta otro delantero, pongamos Kolo Muani. Y es peligroso llegar al último día de agosto y que el fax, el télex, el guasap o ingenio similar falle y se monte otro lío.
El Madrid está entre imprevistos por la plaga de lesiones que le persigue. Tras Ceballos y Arda cayeron Courtois y Militao. Poca broma. Lo del portero ya está: viene Kepa que estaba cerca del Bayern y prefirió el Madrid. Un tipo raro.
Lo del recambio de Militao se desconoce. Sí coinciden todos los expertos en que no se puede jugar una temporada con tres centrales, Alaba, Rüdiger y Nacho. Se ha hablado hasta de Pepe, lo que ha llevado a los más cachondos a rescatar al mismísimo Alexi Lalas, aquel melenudo defensor yanqui ya de cierta edad.
Es macanudo esto: lo que menos le incomoda ahora mismo al Madrid es Mbappé
¿Le ha mirado un tuerto al Madrid? Parece. Una pena pues el equipo se presentó bien en Bilbao y se volvió mejor. En lo futbolístico, claro. Bellingham dejó su sello y los demás anduvieron en el buen camino en pos de la finura deseada. El equipo por fin defendió bien, como equipo, o sea, y supo ser eso, un bloque pintón a mediados de agosto. Se impuso con autoridad y galanura.
Total, que es macanudo esto: lo que menos le incomoda ahora mismo al Madrid es Mbappé. El fútbol es la pera. Tanto, y acabo, que Minguella se apunta al carro de los que pensamos que las palancas de Laporta son cartón piedra. “Que me enseñen el dinero”, dijo anoche en la Cope. Lo pedirá en la próxima asamblea de compromisarios. Minguella: esos vikingos descreídos...
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No le había dado tiempo al madridismo a empezar a lamerse las heridas provocadas por los comunicados oficiales del club en los que se confirmaban las respectivas roturas de ese maldito ligamento cruzado anterior de nuestros Thibaut y Eder, a los que por supuesto les deseamos la mejor de las recuperaciones, cuando la afición blanca recibía como surgido de la nada otro traumatismo inesperado en plena sien: un nuevo giro de guion (otro más) en el eterno culebrón de cada verano. Kylian Mbappé ha sido readmitido en la dinámica del Paris Saint Germain y varios medios franceses afirman que se ha producido un acercamiento entre ambas posturas que facilitaría la renovación (otra más) del delantero parisino.
El caso Mbappé no puede cansar más al madridismo a estas alturas. Han pasado ya 6 largos años desde que el jugador francés debería haber llegado a la disciplina blanca si realmente ese hubiera sido su más puro deseo. Desde entonces, se han sucedido a lo largo de este tiempo largas esperas, supuestas promesas, desplantes de unos, traiciones de otros, amenazas de un club-estado, ruptura de relaciones con dicho club… Pero sobre todo hastío. El madridismo está exhausto de tener que contemplar cada verano, quiera o no, una pesadilla que le persigue como si de la maldición de “It follows” se tratara (aprovecho para recomendar esta película a los amantes del cine de terror: merece la pena, créanme).
Dado el carácter infinito de este culebrón, algunos han querido catalogarlo como La historia interminable. Otros, como nuestro compañero Antonio Valderrama, ha comparado el enquistado fichaje de Mbappé con la leyenda de Moby Dick. A mí, por mi parte, esta historia me retrotrae a un libro que cayó en mis manos cuando apenas si era un chaval al que Kylian aún no había exterminado su inocencia, y que devoré con avidez a pesar de su notable extensión: Las mil y una noches.
Esta historia me retrotrae a un libro que cayó en mis manos cuando apenas si era un chaval al que Kylian aún no había exterminado su inocencia, y que devoré con avidez a pesar de su notable extensión: Las mil y una noches
Las mil y una noches no es una novela al uso exactamente sino que más bien es un compendio de leyendas orientales tradicionales subyacentes a una trama principal de la que poco nos importa a lo largo de la lectura, pues sólo actúa como historia marco, o lo que es lo mismo: una “historia excusa” para narrar las diferentes relatos del medievo árabe. Esta historia parte de la premisa de un rey demente que toma por costumbre casarse cada día con una mujer diferente y decapitarlas cada noche (son sus costumbres, pero no hay por qué respetarlas). Así hace con todas hasta que contrae matrimonio con la hija de su visir (lo que en nuestro medievo era un valido), Sherezade, que para esquivar su funesto destino decide poner en práctica una peculiar estrategia en su noche de bodas: contar al rey un cuento cuyo final interrumpe justo cuando el alba irrumpe, dejando así con la intriga al rey Shahriar, que decide concederle un día más de vida para conocer el final de la historia. De esa manera, utilizando diferentes técnicas narrativas Sherezade va enlazando el final de una historia con el comienzo de otra para prolongar su vida a la par que va sanando la psicosis de su esposo.
Lo que viene a ser uno de esos cliffhangers con los que las series de hoy te obligan a quedarte sentado en el sofá para ver el siguiente capítulo y enterarte del desenlace que no te contaron en el no-desenlace del capítulo anterior. Y lo que viene sucediendo en cada capítulo de este longevo culebrón llamado Kylian Mbappé en el que los diferentes narradores de esta historia (periodistas, youtubers e insiders) nunca nos cuentan la información definitiva que supondría la resolución del caso —viene o no viene— pues con cada información siempre se deja la puerta o la ventana abierta a que pueda suceder lo contrario en un futuro no muy lejano. Al igual que la pobre Sherezade, estos informantes nos cuentan cualquier cosa con tal de no llegar al final de la historia porque saben que eso les dejaría sin cabeza. Y cuando llega el final de mercado sin que haya acontecido nada, se emplaza al público al verano siguiente. Y es que no hay verano que no se diga que “este año no, viene el siguiente”.
Al igual que la pobre Sherezade, hay informantes que nos cuentan cualquier cosa con tal de no llegar al final de la historia porque saben que eso les dejaría sin cabeza. Y cuando llega el final de mercado sin que haya acontecido nada, se emplaza al público al verano siguiente
Precisamente uno de los principales elementos narrativos característicos de Las mil y una noches es la presencia de múltiples narradores que, como en el caso Mbappé, pueden tergiversar la historia para generar una confusión intencionada en el lector. No es cuestión de detenernos a personalizar en este punto. En primer lugar porque está muy feo eso de señalar con el dedo; que la rabia y frustración por este caso no nos haga nunca perder los modales, faltaría más. En segundo lugar porque no se puede generalizar: hay personas que han contado el caso Mbappé y que poseen muy buena información y han hecho un tratamiento de la misma sobrio, serio y sin fuegos artificiales. Y en tercer lugar porque si tuviera que enumerar a todos y cada uno de los personajes que se han erigido como eruditos infalibles de la información relativa a este culebrón, tardaría más en escribir este texto que el propio Mbappé en llegar al Real Madrid.
La principal técnica narrativa utilizada en este conjunto de relatos es la narrativa incrustada, ya mencionada anteriormente y que consiste en la construcción de una historia dentro de otra historia. Con ella, Sherezade va enlazando historias para ir captando el interés tanto de su marido como de los lectores. En algunas ocasiones, esta técnica se perpetúa y se llega incluso a crear un tercer nivel de historias: una historia dentro de la historia dentro la primera historia. Algo similar a lo que ocurría en la película de Christopher Nolan, Inception, en la que los personajes entraban en un sueño dentro de otro sueño. Puede parecer complicado, pero es bastante sencillo si se compara con la cantidad de vueltas alrededor de las cuales nos hemos movido en estos años intentando captar todas las informaciones relacionadas con el caso Mbappé.
Recordemos que este culebrón tuvo comienzo en 2017, cuando el Madrid alcanzó un acuerdo de traspaso con el Mónaco y se contó que fue Unai Emery quién convenció al joven Kylian de fichar por el PSG (si esto no es otra historía de fantasía, que venga Dios y lo vea). Desde ese año, comenzaron las teorías de “Mbappé 2020” y los posteriores episodios de esta serie en los que se han vivido desde el fichaje fallido en 2021 cuando el PSG, con Kylian rehusando renovar en su último año, se negó a atender siquiera las ofertas llegadas desde Madrid hasta la renovación in extremis en 2022 cuando todo parecía apuntar a que finalmente firmaría por el club de la capital española. Sucesos que han dejado absolutamente extenuado al madridismo tras haber sido ilusionado por quienes afirmaban que el jugador estaba dispuesto a todo por jugar en el Real Madrid.
Este culebrón comenzó en 2017. Los sucesos posteriores han dejado absolutamente extenuado al madridismo tras haber sido ilusionado por quienes afirmaban que el jugador estaba dispuesto a todo por jugar en el Real Madrid
Otras técnicas narrativas que comparte Las mil y una noches con el caso Mbappé son la repetición de los mismos sucesos, como se ha dado ya en más de una ocasión al ver como un Mbappé que supuestamente tenía un acuerdo con el Real Madrid acababa quedándose en el PSG; la prolepsis o narración de hechos futuros, de los cuales tendríamos ejemplos proporcionados por nuestros insiders para dar y regalar; o las profecías autocumplidas, a las que podríamos acudir volviendo a la película Inception para recoger el concepto central de la misma: introducir una idea irreal en la mente humana. A lo largo de estos años, el madridismo se ha autoconvencido (o quizá lo hayan hecho quienes nos informan cada día) del deseo de Mbappé de jugar en el Real Madrid sin que este realmente haya expresado públicamente su deseo de vestir la camiseta blanca en ningún momento. Muchos supuestos guiños, muchas camisetas blancas en sus publicaciones de redes sociales, pero jamás dijo en voz alta “quiero jugar en el Real Madrid”. Lo único demostrado hasta el momento es que ha tenido sobradas oportunidades para hacerlo y hasta ahora las únicas veces que ha pisado el Santiago Bernabéu ha sido con la camiseta rival. Quizá podría considerarse como un auténtico guiño aquel tebeo que apareció tras uno de los ya numerosos fichajes frustrados por el Madrid en el que su personaje de niño sí que afirmaba que quería jugar en el Real Madrid, pero, sinceramente, ¿aquello pasó o también fue un sueño? ¿O quizá un sueño dentro de un sueño? Estamos como para distinguir a estas alturas…
Dentro de las mil y una noche, existen diversas historias cuyos personajes y circunstancias se pueden asemejar a las desventuras de Kylian (bueno, hay incluso una relativa al caso Barçagate -Negreira que seguramente les sonará: Alí Babá y los 40 ladrones, mas ya habrá tiempo para esa en otro momento) pero la historia más fácilmente extrapolable al caso Mbappé es la de Aladino y la lámpara maravillosa, en la que un joven de origen humilde encuentra una lámpara de la que surge un genio que le concede tres deseos. Al igual que le sucede a Kylian, el genio (jeque) cubrió de oro a Aladino, un oro inocuo que no terminó de llenarle nunca porque siempre sintió que sus éxitos derivados de esa riqueza eran vacíos e insuficientes. No fue hasta que lo perdió todo y tuvo que volver a ganárselo con su esfuerzo, que no pudo valorar realmente lo obtenido. Quién sabe si Kylian acabará por aprender la misma lección que Aladino o se quedará eternamente perdido en esa falsa sensación de confort que cree que le reporta ser el jugador mejor pagado del mundo en lugar de intentar ser el mejor jugador del planeta y demostrarlo donde realmente puede hacerlo.
Al igual que Sherezade cuando comenzó su unión con el rey, no sabemos cómo ni cuándo se pondrá fin a esta interminable historia, pero así como en el caso de Shahriar, por el bien de la salud mental y emocional del madridismo, es preciso poner el punto final a esta historia y cerrar el caso de una vez por todas, sea cual sea el desenlace. Ya sea unir nuestro camino al del francés o cerrarle la puerta del club definitivamente y poder planificar el ataque del conjunto blanco sin que la alargada sombra de Mbappé sea un condicionante decisivo.
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