Me cabe la honra de escribir unas líneas sobre dos de los mejores jugadores que hayan pisado una cancha de baloncesto europea. Ambos cruzaron el Atlántico muy jóvenes y el destino los remitió a establecerse definitivamente en nuestro país, atraídos por el estilo de vida español y por el magnetismo de un club universal. También fueron mis héroes de infancia, cuando la vocación se configura de forma instintiva, sin saber cómo, hacia unas preferencias que terminan capturando la voluntad.
Tan íntimo fue mi primer encuentro con Clifford Luyk que quedó sellado en mis recuerdos como el más antiguo recuerdo de cualquier comentario televisivo. Fueron unos lanzamientos libres suyos durante uno de los primeros Torneos de Navidad. Debía rondar el lustro de vida, y pronto comenzaría a seguir cualquier transmisión del Real Madrid y la selección española con emoción creciente. Naturalmente, junto a Emiliano —nuestro premiado del año anterior—, Clifford se convirtió en uno de los centros de atención de mis miradas, con esos ganchos tan peculiares, ejecutados con ambas manos, que quedaron en la historia de nuestro deporte para siempre.
Pronto descubriría su inteligencia en la cancha, su capacidad de interpretación del juego y su influencia en el desarrollo de los partidos. Después, la vida me regaló la oportunidad de conocerlo, y entonces me percaté de su inteligencia vital, de su facilidad para narrar historias, de su amor por España. “Yo soy más español que tú”, me dijo en una ocasión. Ante mi rostro perplejo, palmeó la jugada para anotar, “porque yo elegí serlo”. Nadie pone hoy en duda que su llegada cambió el baloncesto español. Su irrupción permitió que el Real Madrid se tuteara con los equipos soviéticos, primero; y los derrotara, después. Incluso llegarían a marcar el hito de ser el primer equipo en derrotar al TSK de Moscú en su cancha de la capital rusa. Y con Clifford en el equipo nacional dejamos de ser un equipo combativo para convertirnos en una selección capaz de ganar a cualquiera.
El lunes, ambas leyendas del baloncesto español, de nuestro deporte, del Real Madrid, recibirán el premio Fernando Martín de La Galerna, otro mito de nuestros pabellones, de nuestro club. Me atrevería a decir que el sucesor de los premiados en cuestión de poderío, de coraje, de corazón de fuego
Cuando Wayne Brabender abrió la puerta de su hogar, previa llamada del intrépido Ferrándiz, se encontró con un señor bajito que chapurreaba el inglés y que le dijo: “¿Puedo hablar con tu hermano?”. Aunque el legendario entrenador blanco aún no lo sabía, la cara de ángel del joven escondía la fiereza de un gladiador. Un tipo duro, durísimo, en la cancha, un hombre tranquilo y educado fuera de ella. Forjado en los rigores de una granja en Minnesota, con inviernos bajo cero y veranos ardientes, aplicaría la máxima del máximo esfuerzo el resto de su vida, arrastrando con su ímpetu al resto del equipo.
Defensor pegajoso, tirador implacable, la vida me concedió la ocasión de ser su compañero y aprender a su lado. Antes, lo vería entregado en mil batallas, convertido en el mejor jugador del Eurobasket-73 y en el máximo anotador del Mundial del año siguiente. Sin duda, junto al mito Sergei Belov y al yugoslavo Kićanovic, el trío de ases de la década de los 70. Y para mí, el mejor. Cuando me preguntan cuál es el mejor jugador con el que has jugado, mi respuesta es siempre la misma: Mirza Delibasic, el de más clase; Wayne Brabender, el más completo. Si quieren, el más rentable.
El lunes, ambas leyendas del baloncesto español, de nuestro deporte, del Real Madrid, recibirán el premio Fernando Martín de La Galerna, otro mito de nuestros pabellones, de nuestro club. Me atrevería a decir que el sucesor de los premiados en cuestión de poderío, de coraje, de corazón de fuego. Una furia al servicio de la causa madridista, un alma común en tres vertientes sin par. Una trinidad de fenómenos ante los que no nos queda más opción que rendirles nuestro tributo galérnico en el altar del mejor club del mundo: el Real Madrid.
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A pesar de que a Roberto Carlos sus padres lo llamaron así debido a la admiración que sentían por el homónimo cantante, al mejor lateral izquierdo de la historia del fútbol pocas veces le vimos triste y azul, más bien todo lo contrario, porque, más allá de sus contundentes cualidades futbolísticas, lo que el tres del Madrid transmitía —y sigue transmitiendo— es felicidad. Ver jugar al fútbol a Roberto Carlos te alegraba el día.
Aquel verano del 96 andábamos los madridistas más bulliciosos que una aspirina efervescente, después de varias temporadas de estrecheces, Lorenzo Sanz había sacado la chequera y se nos había dibujado una ilusión que no podíamos borrar del rostro según íbamos conociendo los nuevos fichajes: Roberto Carlos, Suker, Mijatovic…
Más allá de sus contundentes cualidades futbolísticas, lo que el tres del Madrid transmitía —y sigue transmitiendo— es felicidad. Ver jugar al fútbol a Roberto Carlos te alegraba el día
Quienes bien no éramos expertos, bien éramos jóvenes, bien ambas cosas no conocíamos mucho al brasileño. Jugaba en el Inter y Roy Hodgson lo había adelantado al extremo para aprovechar sus virtudes atacantes, pero en esa posición Roberto sufría. Al técnico inglés no le convencieron sus prestaciones y al final de la campaña le dijo a Moratti que lo vendiese. Capello se enteró, no daba crédito, ¿cómo diantres iban a venderlo? No dudó un instante, levantó el teléfono —en aquella época aún se levantaban los teléfonos— y llamó al presidente del Madrid: «Lorenzo, vuela a Milan y ficha a Roberto Carlos». Dicho y hecho. Además, por una cantidad que ahora nos parece irrisoria, en torno a 600 millones de pesetas, unos 3,6 millones de euros.
La temporada arrancó con la ilusión en máximos, entonces a los galácticos aún se les llamaba estrellas y el Madrid se hizo con aquella liga de ídem en dura pugna con el Barça de otro brasileño estratosférico: Ronaldo Nazario.
Desde bien pronto el Bernabéu entendió que ese tres no era solo un gran futbolista con una exuberancia física y un disparo como pocas veces había visto, atesoraba algo más, el lateral provocaba un delirio colectivo solo al alcance de los más grandes. Roberto Carlos en el Bernabéu era como un concierto de los Beatles en el Shea Stadium. Se desató la robertomanía.
Cuando no había partido del Madrid pero sí de Brasil, corríamos a sentarnos frente al televisor. En una de esas jornadas internacionales, concretamente durante un amistoso que enfrentó a su selección con la Francia de Zidane el 3 de junio de 1997, Roberto Carlos marcó el mejor gol de falta de todos los tiempos.
Corría el minuto 22, el colegiado había decretado falta a una distancia más allá de lo prudente para atreverse con un lanzamiento directo. Roberto agarró el balón, se agachó y lo posó con esmero sobre las briznas de hierba girándolo hasta encontrar la posición óptima. Todos guardamos la imagen en la cabeza. El lateral caminó hacia atrás hasta el interior del círculo del centro del campo para coger carrerilla. Comenzó a trotar, primero sin moverse del sitio, sus rodillas subían y bajaban como los pistones de un motor Ferrari, para después abocarse al sprint sobre el esférico, al que pateó con lo más profundo del alma. El balón voló hacia afuera del marco, pero inopinadamente giró sobre sí mismo a velocidad supersónica, golpeó con violencia el poste y se alojó en la red. Barthez simplemente se giró para mirar, sin levantar los pies, porque él tampoco quiso perderse aquel golazo. Junto a la del hijo pródigo y la del buen samaritano, la que describió el balón tras chutarlo Roberto Carlos, quizá sea la parábola más famosa de la historia.
Roberto Carlos en el Bernabéu era como un concierto de los Beatles en el Shea Stadium. Se desató la robertomanía
Al finalizar la temporada 96/97, el brasileño ya era un ídolo del madridismo, le había bastado solo un año para lograrlo. La siguiente campaña no fue la mejor liga que disputaron los blancos, que tenían entre ceja y ceja la ansiada Séptima, pero Roberto tenía reservado otro gol de esos que quedan impregnados en la memoria y trascienden al propio partido donde tienen lugar, cuyo resultado termina por no recordar nadie.
Fue en Tenerife. Guti había servido un pase en profundidad que parecía marcharse por la línea de fondo, pero Roberto Carlos lo persiguió como quien intenta salvar a un ser querido de caer por un barranco. El brasileño voló con todo el cuerpo para chutar la pelota y la golpeó allá donde terminan los campos de fútbol. El resto es historia.
Nadie sabe aún, 26 años después, cómo pudo colarse ese balón por la escuadra del segundo palo de la meta rival tras dibujar una trayectoria que desafiaba todas las leyes de la Física aplicada al fútbol. Roberto apenas pudo taparse la boca en un gesto de autoasombramiento. Ni siquiera él mismo se creía lo que acababa de hacer.
Pocos meses después, el tres levantó la Séptima, y al cabo de dos años, la Octava. Para la Novena, la de la sinfonía de Zidane, tenía reservada la asistencia al francés. «Fue un pase espectacular, yo nunca en mi vida he visto un pase tan bueno al pie como en ese gol de Zizou. Mucha gente dice: “iba muy arriba”, y yo contesto: claro, yo sabía dónde poner el balón», así relataba el propio Roberto la acción que precedió a la madre de todas las voleas. El sentido del humor es otra cualidad que a menudo adorna a las personas que merecen la pena.
Con el Madrid ganó 3 Champions, 2 Intercontinentales, 1 Supercopa de Europa, 4 Ligas y 3 Supercopas de España. Además, con la canarinha se proclamó campeón del mundo, alzó 2 Copas de América y se colgó del cuello una presea de bronce en los JJOO de Atlanta de 1996.
Disputó 527 partidos, cuando se retiró, el extranjero que más veces había vestido la camiseta blanca, solo superado años después por Benzema y Marcelo. Y anotó 69 goles. Jugando de defensa.
Aunque en realidad Roberto no era solo defensa, si uno acudía al registro de la propiedad y pedía una nota simple de la finca sita en Avenida de Concha Espina, 1, el brasileño aparecía como titular de la totalidad de la banda izquierda del Santiago Bernabéu.
Si uno acudía al registro de la propiedad y pedía una nota simple de la finca sita en Avenida de Concha Espina, 1, el brasileño aparecía como titular de la totalidad de la banda izquierda del Santiago Bernabéu
No faltaron momentos menos buenos y quienes le acusaban de no defender de manera óptima, pero culpar de aquello a Roberto era tan absurdo como afear que calce unas zapatillas feas a quien acaba de salvarte la vida.
Roberto poseyó la banda izquierda blanca hasta que puso fin a su relación como jugador con el Real Madrid, y no pudo hacerlo de mejor manera, eligió para poner punto final aquella liga del clavo ardiendo del segundo advenimiento de Fabio Capello, donde fue protagonista con el gol agónico en Huelva.
Como ven, motivos no faltan para conceder a Roberto Carlos da Silva el Premio Francisco Gento de La Galerna. No puede ser más apropiado, pues don Paco, además de dar nombre a nuestra publicación y al premio, fue el más importante dueño de la banda izquierda del Real Madrid y del fútbol europeo, nadie ha superado aún las 6 Copas de Europa que recolectó. Roberto se convierte así en el sucesor óptimo del primer galardonado, don José Emilio Santamaría.
Roberto Carlos vino al Real Madrid a ganar y se fue con 3 Copas de Europa y un millón de amigos.
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Como todo profesional brillante y que llega a la élite, a Carlos Sainz le hizo todavía mejor tener que competir contra los mejores de su generación. A finales de los años 80, una pléyade de enormes pilotos de rallyes convivió al mismo tiempo sobre el asfalto, la tierra, el barro y los pedregales de todo el mundo. De esta forma, como en el Siglo de Oro español convivieron prácticamente en el mismo barrio madrileño Cervantes, Lope de Vega, Quevedo y hasta Luis de Góngora, Carlos Sainz se las tuvo que ver en aquellos campeonatos mundiales con gigantes de la talla de Massimo Miki Biasion, Juha Kankkunen, Didier Auriol o el malogrado Colin McRae. Todos ellos llegaron a ser campeones mundiales, algunos varias veces.
En España apenas se había oído hablar por entonces de los rallyes, excepto de la competición carismática que se desarrollaba en Montecarlo, un acontecimiento glamouroso que llegó a aparecer en algunas películas de los años 60. El Rally de los Mil Lagos escandinavos, por ejemplo, apenas ocupaba unas líneas al año en revistas especializadas como la añorada Autopista.
Carlos Sainz, madrileño del barrio de Retiro, tras pasar por muchos volantes de prestigio (SEAT, Renault, Opel, Ford), aterrizó en 1989 en Toyota, y desde aquel momento todos los que somos contemporáneos de Sainz quisimos ser dueños del modelo Celica. Célebre fue la dupla que hacía Carlos con el gallego Luis Moya, un matrimonio entre un apasionado merengue y un irredento culé, que funcionó durante mucho tiempo y logró incontables laureles para el automovilismo español, en el que apenas habían destacado unos años antes el piloto de F1 Emilio de Villota o el pionero en los rallyes, el catalán Salvador Serviá. Su aterrizaje en Toyota tuvo premio casi de inmediato, ya que en 1990 y en 1992 se coronó campeón del mundo de Rally, logro que, pese a su larga y exitosa carrera, no pudo repetir, aunque consiguió otros 9 podios, 4 subcampeonatos y 5 terceros puestos.
No es descabellado afirmar que Carlos Sainz Cenamor es el piloto de rally más completo de toda la historia, ya que su palmarés así lo indica. 2 Mundiales de Rally y 4 Dakar no los ha alcanzado nadie
Carlos logró en total 26 victorias en los Mundiales de Rally, y lideró dicha clasificación hasta que, años después, el sueco Grönholm (con 30) y los franceses Loeb (80 triunfos y 9 campeonatos seguidos) y Ogier (con 58) superaron su gran marca.
Apodado El Matador por sus adversarios, la mayor virtud de Sainz, además de su exquisita forma de sacar lo mejor de cada uno de los vehículos que pilotó, fue —y sigue siendo—, como gran madridista que es, su perseverancia y su negativa siempre a darse por vencido. Y es que, pese a algunos golpes de mala suerte que muchos recordamos, lo siguió intentando una y otra vez hasta que dejó de participar en el Mundial en 2005, cuando ya tenía 43 años, consiguiendo su última victoria en el Rally de Argentina de 2004.
Si a su fabuloso palmarés le añadimos que Carlos Sainz es madridista desde hace más de 50 años y Socio de Honor del club, no hay duda de que es un merecidísimo ganador del Premio Madridista de La Galerna
Ni corto ni perezoso, al año siguiente cambió de repertorio, y se lanzó a la conquista del Rally más duro y peligroso del mundo, el Dakar. Ese primer año ya conquistó 4 etapas y un meritorio, para su debut, 4º puesto en la clasificación general. Cuatro años tardó tan solo en proclamarse vencedor, ya con el barcelonés Lucas Cruz como copiloto, a los mandos de un Volkswagen Touareg en 2010, a sus casi 48 años. Desde entonces, cada mes de enero, El Matador ha sido fiel a su cita con el Dakar, ya bien por tierras africanas, sudamericanas o, desde 2020, por las arenas de Arabia Saudita, logrando otros 3 triunfos finales más, siempre con Lucas Cruz a su lado: 2018 (Peugeot 3008), 2020 (Mini Cooper Buggy), 2024 (Audi RS Q). Y, cada vez, batiendo el récord de longevidad de un piloto de Dakar, y es que, en enero de 2024, su 4ª victoria la logró con la friolera de 61 años y 9 meses cumplidos.
No es descabellado, por tanto, ni mucho menos, afirmar que Carlos Sainz Cenamor —padre del gran piloto de Ferrari de F1 Carlos Sainz Vázquez de Castro, también madrileño y orgulloso madridista— es el piloto de rally más completo de toda la historia, ya que su palmarés así lo indica. 2 Mundiales de Rally y 4 Dakar no los ha alcanzado nadie. Como hemos señalado, Sébastien Loeb logró 9 Mundiales seguidos, pero aun, pese a intentarlo desde 2016, no ha logrado vencer el Dakar (3 segundos puestos). Y es que, en toda la historia, además de Sainz, tan solo 2 pilotos finlandeses, Ari Vatanen y Juha Kankkunen, han logrado doblar victoria tanto en Mundial de Rally como en Dakar (Vatanen 1 entorchado en cada prueba, Kankkunen 4 Mundiales y 1 Dakar ganados).
Además de sus innumerables victorias (a destacar también 42 etapas ganadas en el Dakar), lo mejor es que tras una trayectoria de más de 40 años pilotando, Sainz sigue plenamente en activo, es en el deporte de las 4 ruedas, como todo un Pancho Puskas, el jugador más veterano del Real Madrid en haber jugado un partido oficial. Parece que El Matador debe de estar en posesión de un elixir de la eterna juventud, como aquel caballero templario de las aventuras de Indiana Jones con el Santo Grial.
Si a todo el fabuloso palmarés antes narrado le añadimos que Carlos Sainz es un seguidor madridista desde hace más de 50 años, que es Socio de Honor del club y que incluso, en 2006, llegó a presentarse, en la candidatura de Villar Mir, como vicepresidente a las elecciones a la presidencia del Real Madrid, no hay ninguna duda de que es un merecidísimo ganador del Premio Madridista de La Galerna en su II edición. Todos los que hacemos parte de La Galerna sentimos un enorme orgullo al poder ofrecerle dicho galardón a este deportista que encarna todas las virtudes que se le suponen a un madridista de pro: la fe, la constancia, el trabajo incansable, el esfuerzo, el talento, el afán de superación y la negación de aceptar caer en la rendición.
Enhorabuena, Carlos Sainz, enhorabuena, Matador, Premio Madridista del año de La Galerna 2024.
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Buenos días, queridos amigos, amantes del fútbol, del cine y de los espectáculos con emoción.
La Academia de Hollywood celebra este fin de semana la entrega anual de sus premios, los Óscar, y lo hará, como viene siendo habitual, en una ceremonia por todo lo alto en la que se juntará la crème de la crème. El evento finalizará el día 11 y no somos arrogantes al afirmar, sin pudor alguno, que la Academia pretendía contraprogramar con esta fecha la verdadera ceremonia por todo lo alto del curso: la entrega de premios de La Galerna. El próximo día 11 se juntarán tantas estrellas (¡o más!) como en la alfombra roja de Hollywood. No hay más que ver los nombres de los premiados que estamos conociendo estos días: Luka Modric, Roberto Carlos, Olga Carmona, Rudy Fernández, Carlos Sáinz… Sí, puede que nos hayamos pasado, habrá quien diga que entre los no premiados de Hollywood que acuden a la gala habrá gente como Tom Cruise, Hugh Jackman o Charlize Theron. La Galerna contrarrestará el peso de estas figuras con Jesús Bengoechea, Emilio Dumas o Lucía Corregel. No me dirán que no estamos en calidad de competir: Pacino vs Paquito, Brad vs Fred, Fassbender vs Falstaff.
Sin olvidar el cine, vayamos con las portadas del día. No entendemos muy bien por qué, pues LaLiga está aún lejos de decidirse, las portadas de los diarios madrileños se centran en posibles fichajes de futuro.
El campeonato sigue en plena disputa, hoy juegan el Atleti y el Girona, ayer lo hizo el Barça, y la portada nos habla de dos futuribles del Real Madrid por los que no vamos a perder un segundo en estos momentos de la competición. It’s open, haters. Son las típicas portadas para que la afición más numerosa de España, el antimadridismo, nos venda el cuento de que ambos diarios son madridistas. Pobres criaturas.
Open, haters bien podría ser el título de una película que compitiera por los Óscar. El argumento versaría sobre la historia de un hombre llamado a cambiar el curso de los acontecimientos. Pongamos Vinícius Jr., como podría ser Jude Bellingham. En lugar de celebrarse su buen hacer, tras cada una de sus explosivas actuaciones surge una oleada de críticos salvajes (haters), que encuentran un campo abonado y abierto (open) en redes sociales, prensa escrita y medios audiovisuales para sus encendidos mensajes, una mezcla de rabia, resentimiento y, por qué no decirlo, odio por las cosas bien hechas.
El Real Madrid aún debe ganar esta Liga infecta y Maestro Ancelotti debe hacerlo en La zona de interés que se halla en el propio Santiago Bernabéu y con Los que se quedan, no conviene hablar de los que puede que algún día, hipotéticamente, si se dan tropecientas circunstancias y tras dos millones de portadas llegarían.
No hay ni rastro de polémica arbitral en las portadas. Ayer le regalaron un penaltito desde el VAR al VARça, y le escamotearon uno más claro al Mallorca, pero nada de eso lo verán en la prensa. No son Los asesinos de la luna, pero sí podríamos denominarlos Los asesinos de la Liga. La trama de M.S. (Martin Scorsese) nos cuenta la historia de un grupo de asesinos silenciosos alentados por R.N. (Robert de Niro) que poco a poco van acabando con los legítimos tenedores de algo de mucho valor, el petróleo. En la trama de M.S. (Medina y sus Sicarios), con el apoyo inestimable de R.N. (Roures y Negreiros), vemos cómo, sistemáticamente y de modo cada vez menos silencioso, nos hurtan algo que tenía un valor inestimable: un campeonato, el propio fútbol. Nos han matado LaLiga y las ganas de verla.
Las portadas de la prensa cataculé siguen a lo suyo, anclada en su particular Catalonian Fiction. En American Fiction, el protagonista de la película de Cord Jefferson sabe que ha escrito una castaña sin valor, pero continúa con su farsa, en especial al ver que la prensa especializada le compra el relato y sus seguidores se multiplican sin que él mismo entienda muy bien por qué.
Lamine Yamal anotó un golazo anoche, eso es impepinable. También cometió un penalti, pero esa parte del relato no la encontrarán por ningún lado. El jovencísimo jugador culé se ha convertido en el auténtico referente de un equipo que anda a la deriva, con muy poco juego, pero que, como en un guion malo y completamente previsible, ya ha alcanzado la segunda posición. Y no descartemos que los guionistas de esta Liga lo acerquen más al primer puesto. No en vano, en todas las películas hay que poner algo de emoción y que parezca que los malos pueden superar a los buenos. Nosotros creemos que seguirán ganando los buenos.
No sabemos si la referencia al frío y a Lamine es una indirecta para el habitual de la enfermería y la manta zamorana, Pedri. ¿O es una sutil referencia a La sociedad de la nieve? Veamos… ya lo tenemos. Un club (azulgrana) de deportistas aparentemente de éxito se estrella contra una montaña de deuda y decisiones erróneas. La situación es crítica, por mucho que a base de palancas traten de sujetar la nave en ruinas que es el estadio, así como el propio club. Sus dirigentes acabarán devorándose entre ellos.
Y no olvidemos la Anatomía de una caída, si bien la caída de este club acusado por tantos delitos como el Código Penal no va a ser tan pronunciada como merece. En esta redacción solo conocemos la Anatomía de un Negreirato, la historia de un juicio cuyo desenlace parecería claro de no mediar la duda acerca de la imparcialidad del jurado.
Suerte para los nuestros en su partido de mañana, a ver si logramos reventar lo que los productores de esta historia tenían en mente. Pasad un gran día.
El madridista medianamente atento no pasaría por alto la anécdota divulgada tras el último (mal llamado) clásico en Montjuic con el doblete de Jude Bellingham. El inglés debutó en esas lides con dos goles, y esta circunstancia (un bigoleador debutante en el gran partido por excelencia del fútbol español) no se daba desde 1947. Sólo los madridistas más freaks se quedarían con el nombre del precursor del inglés. Pedro María Arsuaga también endosó un doblete a los azulgranas en su primer clásico, allá por año tan lejano.
Todas las crónicas futbolísticas apuntan a un extremo izquierdo bien dotado técnicamente (uno de aquellos dos tantos al Barça fue olímpico), y todas los recuentos íntimos dibujan un padre de familia ejemplar que aprovechó su inteligencia para estudiar Económicas y triunfar en el mundo de la empresa tras el fútbol, al tiempo que ejercitaba su gran facilidad en los idiomas para aprender inglés, francés, alemán, euskera, latín, italiano, ruso y hebreo sin salir de casa.
El que premiemos a Arsuaga en la categoría Antonio Escohotado redondea el sentido del premio. Tengo la certeza de que Antonio aprobaría esta candidatura con gran dicha
La herencia genética pesa, de modo que uno de sus descendientes, el pequeño Juan Luis, devino ilustrísimo humanista, paleontólogo de gran prestigio, divulgador a través de best-sellers de no ficción, director de los yacimientos pleistocenos de Atapuerca, conferenciante y miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, entre otros muchos logros de su curriculum. Desde el día 11 será además el nuevo Premio Antonio Escohotado de La Galerna.
No puede cuadrar más, se mire por donde se mire. Pedro María Arsuaga, que jugó seis años en el Madrid, fue el precursor de Paco Gento sobre la línea de cal de la izquierda en Chamartín. Si Arsuaga padre fue Pre-Galerna, Arsuaga hijo tiene que ser Galerna, cosa que desvergonzadamente tratamos de lograr mediante la concesión de este galardón. La Galerna es una excusa que nos hemos inventado para arrimarnos a gente que admiramos, empezando por el nombre que parasitamos a D. Paco, el admirado número uno.
Además, el que premiemos a Arsuaga en la categoría Antonio Escohotado redondea el sentido del premio. Ignoro si ambos, Juan Luis y Antonio, tuvieron la ocasión de conocerse, pero lo que sí me consta a mí, que conocí bien a Antonio y conozco algo a Juan Luis, es que les une no sólo una gran reputación en sus respectivos campos, sino sobre todo esa curiosidad inextinguible por cuanto les rodea y ese afán entusiasta por el estudio. También les hermana una gran admiración por Modric y Courtois (Juan Luis jugó de portero) y una vocación indomable por saber. Tengo la certeza de que Antonio aprobaría esta candidatura con gran dicha.
Enhorabuena, Juan Luis.
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Buenos días, amigos. Las portadas de la prensa de la jornada vienen plagadas de mentiras, pero no por ello os creáis que hoy es un día como otro cualquiera.
Hoy es el día en que Vinícius José Paixāo de Oliveira Júnior, aka Vinícius, ingresa por decisión unánime del antimadridismo en un convento de clausura. A partir de ahora podéis llamarle Sor Vinícius.
Lo hace además no solamente a requerimiento del antimadridismo, que es quien aspira a mandar en el madridismo como Hugo Duro manda en lo de cuándo acaban los partidos. Parte del madridismo (periodistas presuntamente afines al Madrid y buena parte del madridismo tuitero) se ha unido al akelarre. Ingrese ya el Sr. Paixāo en el convento de la orden monacal que le venga más a mano, pues no en vano hace exactamente las mismas cosas que todos los futbolistas en momentos de alguna tensión, con la diferencia de que a él existe la consigna de destruirle, cosa que no pasa con los demás. La pregunta que alguien lanzó al aire recientemente es lacerante: ¿qué pena de cárcel se solicitaría para Vinícius si lanzara un balonazo a un viejito entre el público del Nou Camp, como Messi hizo en el Bernabéu con la aquiescencia de absolutamente todo el mundo?
Si nosotros hemos visto esta portada de Mundo Deportivo, vosotros también. Miente Mundo Deportivo al decir que Vinícius "debió ver la roja" ante el Leipzig. Ningún árbitro en su sano juicio expulsa a un jugador por una acción así. El colegiado solventó el incidente, prescindible, con una tarjeta amarilla, que es lo que merecía. Cualquier otra cábala al respecto nos parece falaz, interesada y antimadridista, valga la redundancia.
Otra cosa es que ya esté casi todo el mundo poseído (Mundo Deportivo ya lo estaba de serie) por el espíritu de Hernández Hernández, Soto Grado y demás próceres del negreirismo, y nos hayan contagiado sus criterios, tan sesgados en función de la camiseta que tengan delante. La sensación de que un Hernández Hernández de la vida hubiera sido capaz INJUSTAMENTE de expulsarle no debe conducirnos a la conclusión de que la expulsión estuvo cerca, menos aún a la idea de que dicha expulsión hubiera sido justa. Es una idea ruin y absurda con la que nos entristece enormemente ver comulgar a cierto madridismo en las redes sociales. Es un madridismo que primero fue poseído por Manolo Lama, y ahora ha entrado en su anatomía el mismísimo Medina Cantalejo, entre hedores de azufre. No sabemos si hay exorcista capaz de obrar el milagro. Intentémoslo desde aquí: Mr. Rolex, sal ya del cuerpo de la opinión pública futbolera de España. Sal sobre todo del cuerpo del madridismo.
Nada. No ha funcionado, y no podemos hacer más. Los mismos que ven con absoluta normalidad que Luis Suárez cumpla cinco años en el Barça sin ver una tarjeta roja abogan por que la vea Vini por llevar a cabo una acción poco deportiva, sí, pero que han ejecutado tipos como Jordi Alba o Gavi casi a razón de una o dos por partido sin que nadie jamás haya solicitado para ellos la roja.
Es una cacería institucional, mediática y sociológica a Vinícius en la cual La Galerna no piensa participar. La Galerna solicita formalmente a Vini que no se meta a monja. Que ponga más cuidado en según qué acciones, sí, pero que siga siendo el mismo Vini que adoramos.
As en cambio dice la verdad, y contrarresta la campaña ponderando los méritos deportivos del brasileño. Atención: nadie, absolutamente nadie, ni siquiera Mbappé, ha participado en tantas acciones de gol en las últimas tres ediciones de la Champions League. ¿Es una ursulina? No, ni falta que le hace. Es un ser humano con sus virtudes y defectos, un gran tipo, un encendido madridista y un futbolista generacional. Debe pulir cosas, como todo el mundo, pero no es carne de correccional como la campaña poco más o menos trata de dar a entender.
Bravo por As.
La Galerna invita al madridismo a no caer en la trampa de sus enemigos, aun cuando somos enteramente conscientes de que no ha habido en la historia de la humanidad corriente tan proclive a comprar la mercancía averiada de sus adversarios como los simpatizantes del Madrid.
Marca trae en primera plana la segunda gran mentira del día. No es verdad que haya "luz verde para sancionar" a nadie, por cuanto el pronunciamiento al que se refiere esta portada es sólo un auto, no una sentencia en firme.
Tebas canta victoria en boca de Marca (hace muchas cosas en boca de Marca), pero puede que se haya precipitado. Nosotros consideramos que podéis piratear los partidos cuanto os plazca sin temor a represalias, es más, os invitamos a que lo hagáis, considerando la absoluta desproporción entre la calidad del producto (cuajado además de antimadridismo) y el precio desorbitado del mismo. La pregunta es: para el producto que ofrece Tebas ¿vale la pena el engorro (buscar el streaming, cabrearse porque no va bien) del pirateo?
Os dejamos con la portada de Sport.
Pasad un buen día.
La década no pudo empezar peor para los Urquijo y sus amigos.
Según amanecía el primer día de 1980, un coche arrollaba a Canito, el batería de Tos, en una curva de la Nacional VI (a la que más tarde Enrique cantaría que ‘ya no volveré más’ ).
Por aquel entonces Javier Urquijo era el líder del grupo que empezaba sus pasos a espaldas de sus padres, a pesar de que la vocación musical se había despertado en casa gracias a los discos que el progenitor, ingeniero, traía de sus viajes a Estado Unidos. El crecer con Crosby Still Nash & Young o Jackson Browne generó que los tres Urquijo empezasen a practicar a escondidas en una fábrica de caramelos en la sierra de Madrid.
El deseo de recordar a Canito unió en Febrero de 1980 en la Escuela de Caminos de la Politécnica de Madrid a unos imberbes Nacha Pop, Mamá, Paraíso, Los Bólidos o Manolo Tenia con Los Solitarios, entre otros. Ese concierto ha pasado a la historia por considerarse el punto de partida de la llamada ‘movida’, y fue el arranque de la evolución de ‘Tos’, que ya sin Canito pasaron a llamarse ‘Secretos’.
Un jovencísimo Álvaro Urquijo empezaba a demostrar su maestría dominando una guitarra de 12 cuerdas, en concreto una Hofner President de los ’60 con la que posaría orgulloso en la portada de su primer disco. En el debut de Secretos quedó claro el dominio compositor de Enrique, pero la personalidad de las guitarras la aportó Álvaro, como se demostró en el riff de inicio de ‘Déjame’ o en la versión de ‘Sobre un vidrio mojado’.
En el debut de Secretos quedó claro el dominio compositor de Enrique, pero la personalidad de las guitarras la aportó Álvaro, como se demostró en el riff de inicio de ‘Déjame’ o en la versión de ‘Sobre un vidrio mojado’
Es curioso que se englobe a Secretos como un grupo de la movida, cuando la realidad es que eran más de la ‘nueva ola’, y más cuando tuvieron en buena parte de esa sobrevalorada década una transición por el desierto, alejados de los sintetizadores y defendiendo su estilo. Sí es cierto que la repetida frase de ‘la banda sonora de nuestras vidas’ pasa por ellos; y que en esos años éramos de Radio Futura o Polanski y el Ardor, pero todos (en público o privado) de Secretos.
Su coherencia en ‘El primer Cruce’ (con la joya ‘Quiero beber hasta perder el control’) marca un renacer cuando se les daba por desaparecidos o fagocitados por una caja de ritmos, pero lo cierto es que buena parte de la supervivencia del grupo reposa en Álvaro, aunque él, discreto y sin buscar el foco, proyecte este sobre su llorado hermano.
Los discos ‘Continuará’ o el ‘Directo’ del ’88 podían haber tenido mejor sonido con un profesional más rodado en ese oficio al frente; y fue Álvaro el que buscó a Joaquín Torres para dar forma desde la producción a los siguientes álbumes, que se convirtieron en tres de los discos más populares de la formación: ‘La Calle del Olvido’, ‘Adiós Tristeza’ y ‘Cambio de Planes’.
El pequeño de los Urquijo, desde la discreción, supo dar un paso al frente en esos LPs para completar la labor de su hermano y ganar peso en la composición.
En esos trabajos despacha temazos con Enrique como ‘Qué solo estás’, ‘Soy como dos’, ‘Y no amanece’ o ‘Bailando en el desván’, se asocia con el gran Manolo Tena en ‘El hotel del amor’ o ‘Aprendiendo a soñar’, y firma en solitario himnos como ‘Amiga mala suerte’, ‘He perdido el tiempo’ o ‘Dos caras distintas’.
La Galerna le premia por su excepcional carrera y su irreductible madridismo. No pueden haber elegido mejor
Por si fuese poco, le da tiempo a rubricar un excelente y recomendado trabajo en solitario en el que ofrecía su versión de ‘Por el Boulevar de los Sueños Rotos’, compuesto junto a Sabina y que el jienense había estrenado en 1994.
La vida aun iba a poner a prueba la capacidad de liderazgo discreto de Álvaro al privarle de su hermano a finales de 1999, teniendo que recomponer el ánimo y la moral del grupo tras un año en el que tuvo que recuperarse de la tragedia. La desgracia se cebó en lo personal y en lo profesional, pero de ambos salió junto a sus inseparables Ramón Arroyo, Jesús Redondo y Juanjo Ramos para seguir ofreciendo exhibiciones de su maestría a la guitarra.
La Galerna le premia por su excepcional carrera y su irreductible madridismo. No pueden haber elegido mejor.
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A la conclusión del partido de Valencia, muchos aguardaban al tratamiento que RMTV iba a dar al gol anulado por Jesús Gil Manzano —tal es el nombre completo del árbitro, que el diablo está en los detalles—. Semejante expectación obedece a dos motivos. Uno, obvio, el despropósito del árbitro de turno, una vez más. Otro, llamativo, la enorme repercusión de RMTV de un tiempo a esta parte.
Así, lo que empezó siendo un canal en clave interna se ha convertido en un medio de información con mayúsculas, referente a nivel mundial. Ello es así por los famosos vídeos en los que se retrata fielmente el deplorable nivel del arbitraje español. Hasta ahora, los madridistas debíamos convivir aquí con la mafia audiovisual de las salas VAR, VOR y de realización del operador que tiene los derechos, avalista hasta anteayer del F. C. Barcelona. Fuera de España el panorama tampoco era demasiado alentador, con los resentidos de ESPN que están allí porque en ningún otro sitio les admiten.
El antimadridismo rabia porque una imagen vale más que mil palabras, y las de RMTV ponen blanco sobre negro en el estercolero de los descendientes de Negreira. Algunos rivales rabian porque no les gusta cómo salen en la foto, in fraganti en muchas ocasiones. El periodismo deportivo de bufanda rabia porque sus compañeros de RMTV hacen algo poco usual en esta jungla: informar, y dejar que sea el espectador el que opine. Eso escuece, claro. Y todos rabian porque, lejos de pasar desapercibidos, los vídeos de RMTV los ve muchísima gente en todo el mundo.
RMTV hacen algo poco usual en esta jungla: informar, y dejar que sea el espectador el que opine. Eso escuece, claro. Lo que se emite desde Valdebebas es verídico cien por cien. Sin anestesia
Los denostan, los critican y, por elevación, disparan contra Florentino, pero hay algo que jamás podrá verse en RMTV, y eso es quizá el principal motivo de odio audiovisual: lo que se emite desde Valdebebas es verídico cien por cien. Sin anestesia. Pocos hasta ahora se habían atrevido a denunciar los aberrantes manejos de Hernández Hernández, Soto Grado y demás aprendices “en negro” de Negreira. En La Galerna llevamos años poniéndole texto; RMTV pone imagen. De alta definición, en toda la extensión del concepto. Insisto, los ponen a parir, pero nadie se ha atrevido a desmentirlos, porque la verdad es demoledora.
Lo último es que, según “fuentes cercanas al vestuario”, algunos jugadores serían partidarios de una menor exhibición de casquería arbitral. Quien esto escribe cita también fuentes “bien informadas” al afirmar que de lo que están realmente hartos en la caseta es de un tinglado que sistemáticamente les perjudica e intenta desquiciar. Ojalá no hubiese que mostrar los vídeos, pero es la única manera de denunciar el inmenso estercolero en que se ha convertido el fútbol.
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En la Segunda Edición de sus Premios, La Galerna inaugura la categoría Premio Pioneras de la sección de fútbol femenino del Real Madrid, y lo hace otorgando esa primera distinción a Olga Carmona. No puede parecerme una decisión más acertada.
La interminable novela de aventuras que es el fútbol, la realidad alternativa que lo define como mundo mágico en el que todo es posible, necesita de protagonistas que hagan avanzar las historias que cada año devora el aficionado. En concreto, requiere la existencia de futbolistas tan humanos como nosotros, pero al mismo tiempo capaces de hacer lo que para la gran mayoría sería imposible. En esa dualidad —tan iguales, tan diferentes— se gesta tanto la mitificación y encumbramiento como la conexión profunda con personas que, simplificando, te alegran el fin de semana al marcar un gol defendiendo el escudo de tu equipo, o al dar la asistencia correspondiente, o al encumbrarse entre los/las mejores del duelo. Olga Carmona nos ha alegrado así muchos fines de semana.
La mayoría consume su carrera deportiva haciendo las veces de secundarios de lujo. A excepción de alguna escena puntual en la que acaparan la luz de los focos, parecen estar allí para dar consistencia al arco narrativo de los protagonistas. Cómo llegan hasta ahí los elegidos seguirá siempre envuelto en la bruma y el misterio. Conocemos la vía del talento innato, la del trabajo y consistencia enfermizos, y todos los caminos intermedios, pero cuando el aficionado queda convencido de estar ante alguien especial la transformación ya ha ocurrido; se trata de una estrella porque, está claro, es una estrella.
A Olga Carmona García (Sevilla, 2000) su demarcación en el campo debería actuar como primera e infranqueable barrera de cara a trascender más allá del rectángulo verde. Desde el lateral, con su complexión liviana, pasar desapercibida firmando una carrera decente en el mundo del fútbol habría sido un escenario lógico. Sin embargo, la andaluza tiene el don de los elegidos, la chispa indescifrable que marca la diferencia. Su apariencia menuda y la teórica limitación de su rango de acción no son más que los elementos que confirman estar ante una futbolista llamada a dejar huella.
Lo detectaron pronto en Sevilla, y lo mismo ocurrió tras aterrizar en el Real Madrid. Rodeada del ruido, de las incomodidades y de toda la dificultad asociada a rendir a gran nivel dentro de un proyecto en proceso de construcción desde los cimientos, Olga ha ido alzando la voz dentro y fuera del campo hasta convertirse en una de las líderes del equipo. ¿Quién si no sería la encargada de lanzar un penalti dentro de un Camp Nou con 90.000 aficionados rivales ejerciendo presión? Sí, hablamos de un gesto sencillo y practicado miles de veces por un profesional. Y aun así cualquier aficionado entiende que, en contextos como ese, mandar el balón a la red con la templanza con la que lo suele hacer la sevillana la sitúa en un plano diferente a la normalidad.
Sin jugadoras como Olga Carmona, el fútbol sería otra cosa. la andaluza tiene el don de los elegidos, la chispa indescifrable que marca la diferencia
Su epopeya personal, de la que todavía quedan muchas páginas por escribir, saltó al rango de clásico de nuestros días durante el Mundial de Australia y Nueva Zelanda. El golazo decisivo que firmó durante los momentos críticos de la semifinal ante Suecia, obra cumbre que cualquier futbolista desearía protagonizar, fue únicamente la antesala de lo que estaba por llegar: el contexto trágico en el que disputó la final, el gol que vale una Copa del Mundo, la impactante casualidad de su celebración dedicada a una amiga que había perdido a la madre; seguimos hablando de fútbol, de un juego entre personas de carne y hueso, pero historias como la suya demuestran que hay algo mucho más profundo.
El ser humano, desde el comienzo de los tiempos, necesita agarrarse a narraciones fuera de lo común; crece y aprende a través de cuentos, parábolas y hazañas. Nos sentimos vivos al ver nuestro reflejo distante en las trayectorias de personajes únicos. Dado que todo ese mundo se comprime y reduce al llegar a la edad adulta, quizás la explicación del valor exagerado que le damos a los sucesos que ocurren en torno al fútbol radique en que es uno de los pocos espacios en los que nuestra imaginación sigue volando sin limitaciones.
Olga Carmona, como tantos y tantas, se dedica a recorrer kilómetros sobre el césped y a patear un balón de cuero vestida con su camiseta blanca. Es su profesión, es lo que le gusta desde niña y es algo que se le da increíblemente bien. Si bien esta descripción tan anodina no deja de ser cierta, es evidente que le falta una pieza esencial: su núcleo pasional, la esencia que aviva nuestro vínculo con futbolistas como ella y nos permite conectar profundamente con las gestas logradas dentro del campo. Sin jugadoras como Olga Carmona, el fútbol sería otra cosa.
Enhorabuena por el Premio, Olga. Te lo mereces.
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El jurado de la II Gala de Premios La Galerna ha fallado por unanimidad que el Premio Forja de la Gloria de Baloncesto, que otorgaremos cada año a una leyenda en activo del Real Madrid, sea para Rudy Fernández.
Rudy Fernández está por méritos propios entre los mejores jugadores españoles que han pisado una cancha de baloncesto a lo largo de la historia. Una leyenda del Real Madrid que es ejemplo de liderazgo, jerarquía, categoría, longevidad y éxito.
El lock out de la NBA en el verano de 2011 permitió que el mallorquín iniciase la temporada con el Real Madrid. En esos primeros meses dio un gran anticipo de lo que estaba por venir. Un jugador diferencial en Europa. En diciembre volvió a Estados Unidos y terminó la campaña con los Denver Nuggets. Fue de cara a la temporada 2012-2013 el gran fichaje madridista que realizó la sección de baloncesto con Juan Carlos Sánchez Lázaro al frente.
Su incorporación supuso el gran salto de calidad al equipo dirigido por Pablo Laso que le permitió ser un aspirante a todo, ya no solo en España, sino también en Europa en la búsqueda de la tan ansiada Euroliga, que no se lograba desde 1995. Con su extrema ambición, su carácter ganador y su alta exigencia, Rudy contagió a sus compañeros y los hizo mejores.
El balear siempre se dejó todo sobre la pista mostrando entrega, lucha, pasión y hambre por ganar más y más títulos. Eso le ha hecho ganarse el respeto de todos sus rivales que le consideran un animal competitivo, y también el cariño de los aficionados del Real Madrid. No hay duda de que el equipo blanco que en la última década ha hecho disfrutar tanto y ha conseguido innumerables títulos no habría sido posible sin la participación vital de Rudy.
Rudy Fernández está por méritos propios entre los mejores jugadores españoles que han pisado una cancha de baloncesto a lo largo de la historia
Volvió de la NBA para ser decisivo en el baloncesto FIBA y lo logró. Además, supo readaptarse al paso del tiempo y sobre todo a las lesiones, principalmente de espalda, que mermaron su físico. En sus primeros años era habitual verlo machacar, realizar penetraciones a canasta espectaculares o finalizando en alley oop las asistencias de sus amigos Chacho Rodríguez y Sergi Llull. Un jugador que en ataque era un filón y una de las primeras opciones ofensivas del equipo. Todo ello sin olvidarse de ser un perro de presa en defensa, con su intensidad, su inteligencia, su capacidad de robo y sobre todo su lectura. Tras varias operaciones de espalda, su capacidad de salto, sus entradas a canasta y sus mates quedaron ligeramente relegadas para pasar a ser un jugador más exterior, pasador y tirador de tres de gran acierto y eficacia, con temporadas en las que superó el 40% en ACB y Euroliga. Pero, sobre todo, se convirtió en el mejor defensor de Europa desde el lado débil y uno de los jugadores de manos más rápidas del continente. Un escolta histórico en la Euroliga con estadísticas y cifras en el top de siempre en distintas categorías. Siempre disponible para el equipo aportando y sacrificándose a jugar mucho de alero frente a jugadores más altos y fuertes y hasta también en ocasiones como alapivot.
Su palmarés en el Real Madrid es brillante y grandioso con tres Euroligas, seis Ligas, seis Copas, nueve Supercopas de España y una Copa Intercontinental. A nivel individual posee un MVP de la Final ACB en 2018, uno de la Copa del Rey en 2015, uno de la Supercopa de España en 2012, dos presencias en el quinteto ideal de la Euroliga en 2013 y 2014 y dos también en el de ACB en los mismos años. En la retina de los hinchas madridistas también están sus canastas ganadoras. Aquella de espaldas ante CB Canarias en 2012 después de una remontada colosal del equipo, la conseguida contra Baskonia con un tiro de media distancia tras fintar un triple en 2018 y, principalmente, el triplazo desde nueve metros a una mano frente a Panathinaikos para silenciar el OAKA y dar el triunfo al Real Madrid en partido de la Euroliga en 2019. Además, no fue una canasta, pero su rebote y carrera por la línea de fondo en el mítico triple de Carroll ante el Barça en la final de ACB de 2019 lleva su firma.
Rudy Fernández es un jugador inolvidable en la historia del Real Madrid porque su llegada fue el punto de partida de una etapa gloriosa y ganadora del club blanco. Un extenso ciclo en el que deleitó a sus aficionados, convirtió en un parque de atracciones el Palacio de los Deportes y con su estilo de juego ofensivo, vistoso y deslumbrante ofrecía una de las mejores ofertas de ocio nocturnas de la capital. Por todo lo relatado, es merecido ganador de este segundo Premio Forja de la Gloria de Baloncesto de La Galerna.
Enhorabuena, Rudy.
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