Los que saben de fútbol suelen explicar que la clave de un equipo está en el centro del campo, en la medular, que dirían los clásicos. El medio es la madre de todas las batallas, el espacio donde se dirime la suerte de un partido.
Si damos por buena esa teoría, se explica mejor la obsesión que han tenido desde siempre los entrenadores en poblar ese espacio con buenos jugadores, futbolistas que por sus características pueden marcar la diferencia tanto a nivel ofensivo como defensivo.
En ese esquema impuesto por los técnicos, no suele faltar nunca un jugador que tiene como principales argumentos de su juego las dotes de mando, capacidad posicional, técnica, visión de juego, llegada al área rival y esfuerzo en el repliegue.
El Real Madrid cuenta en sus filas con un futbolista que es todo eso y mucho más aún. Estamos hablando de Luka Modric, el cerebro de Zadar.
Modric, a sus 38 años, mantiene intactas muchas de las cualidades que le han convertido posiblemente en el mejor medio de la historia del fútbol moderno y en un jugador respetado en todos los estadios del mundo. Ver a las aficiones rivales del Madrid despedir en pie al genio croata es el mejor aval a toda una carrera deportiva que ha estado marcada por una trayectoria de leyenda vistiendo la camiseta blanca del Real Madrid.
Modric lo tiene todo. A sus 38 años, mantiene intactas muchas de las cualidades que le han convertido posiblemente en el mejor medio de la historia del fútbol moderno y en un jugador respetado en todos los estadios del mundo
Modric es un futbolista diferente. Aparentemente frágil físicamente, es, sin embargo, un jugador de pierna fuerte. Competitivo hasta el límite, lleva en sus genes un ADN balcánico de guerrero indomable. Modric nunca se rinde y esa es una de las principales cualidades de un futbolista que multiplica en sus botas y su forma de entender el fútbol todas las cualidades que debe tener un 10: técnica, posicionamiento, desplazamiento en corto y en largo del balón, visión de juego, capacidad para tomar la mejor decisión según el momento del partido en el que se está, compromiso defensivo, aporte en ataque e, incluso, disparo desde media distancia. Es decir, lo tiene todo.
Su carrera no tiene casi parangón a nivel mundial. Es, junto con Nacho, el jugador del Real Madrid que más títulos acumula en sus vitrinas: 26. Además, ha sido subcampeón del Mundo con Croacia en 2018 y tercero en el Mundial de Qatar, cuatro años más tarde.
Lleva en la élite del fútbol desde el 3 de agosto de 2003, cuando debutó con el Dinamo de Zagreb, su primer club profesional, ante Zrinjski Mostar. Después, vistió la camiseta del Tottenham Hotspur de 2008 a 2012 y, desde entonces, se ha dedicado a escribir la historia del Real Madrid formando parte de dos generaciones imposibles e irrepetibles del club blanco. Él es el nexo de unión entre los Cristiano Ronaldo, Sergio Ramos, Casillas, Benzema, Kroos, Casimiro o Keylor y la actual de los Militao, Courtois, Camavinga, Vinícius, Rodrygo… Por ende, será también el timonel de una era en la que se espera a Mbappé como estandarte de los nuevos tiempos.
El anuncio de la retirada de Toni Kroos ha modificado seguramente los planes a corto plazo del croata, que ha decidido prestar un último servicio a la causa del club del que es leyenda y seguir impartiendo magisterio desde el centro del campo, la zona donde se ganan las batallas, algo a lo que Modric está más que acostumbrado.
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Shockeado todavía por la incalificable agresión de Toni Kroos a Pedri, me puse a ver el Uruguay-Brasil, Copa América. Dos días y dos noches llevo sin pegar ojo por la brutalidad de Stuttgart, el stuttgartazo. Imagino que muchos de ustedes también andarán con mal cuerpo.
Me encanta la palabra shockeado. Es la fórmula potente para definir un estado de ánimo, el mío, tras lo sucedido entre el feroz ya exjugador del Madrid y el futbolista del Barcelona. Impresionado, conmocionado, impactado, atónito, estupefacto también valdría, pero donde esté shockeado… Oh.
Pues eso. Que me puse ese partido americano y en estas resultó que el racial defensa uruguayo Araujo, jugador del Barcelona en sus ratos libres, empujó por detrás a un chaval que pasaba por allí: Endrick, delantero brasileño que no tardará en debutar en el Real Madrid.
El natural lío que propició la acción tuvo un protagonista estelar, que no inesperado, como les contaré después: un paisano del chico agredido, Raphinha, también del Barcelona, apareció como un rayo y azuzó a Araujo en defensa de Endrick. Poco faltó para que le sacudiera en plan Tyson.
No fue la primera vez que Raphinha salió en defensa de un madridista, pues ya lo hizo con Vinícius cuando entendió, fíjense, que estaba mal llamarle mono y esas cosas. Entonces, en un programa de una televisión ejemplar, presentador y contertulios pusieron cara de póker con aquellas imágenes: Raphinha manifestándose pro-Vinícius.
No fue la primera vez que Raphinha salió en defensa de un madridista, pues ya lo hizo con Vinícius cuando entendió, fíjense, que estaba mal llamarle mono y esas cosas
La cosa fue más o menos así: imagen de Raphinha explicándose, voz del presentador: Raphinha ha opinado sobre Vinícius. (Opinado, ¿eh? La asquerosa equidistancia). Silencio de los presentes. Caras tiesas, ni un músculo movieron. La lengua, tampoco. Paso a otras imágenes. Ni mu, o sea. Raphinha, Raphael Dias Belloli. Raphael, tú eres aquel…
Floren, fíchalo. Merece jugar en el Madrid. ¿De qué? Ya veremos. ¡Qué importa! Calendario muy largo viene. Es un delantero notable y un tío con lo que hay que tener. Y al Barça le iría bien ingresar un dinerito. No sería la primera mano que le echa Florentino. Ni será la última.
Vamos, yo le presentaría el día 16 aprovechando el escenario por Mbappé. Y si no es así, cosa que lamentaría, espero que el día que aparezca como rival en el Bernabéu el Madrid le haga el pasillo y el pueblo le dedique una ovación sólo similar a la del día que se retiró Kroos... y voy por él.
Floren, ficha a Raphinha.Merece jugar en el Madrid. ¿De qué? Ya veremos. ¡Qué importa! Yo le presentaría el día 16 aprovechando el escenario por Mbappé
Toni ha jugado diez años en el Madrid y fue expulsado una vez. Una. Por doble amonestación en octubre de 2022, un partido con el Girona. Autor de la obra, el colegiado Melero López. El partido acabó 1-1 después de que el tal árbitro pitara un penalti por mano a Asensio que transformó el legendario Stuani entre risas: no podía contenerlas visto lo que habían pitado a su favor. Vamos, este Melero está en el España-Alemania y no sólo pita la mano del gran Cucurella, sino que llama a los ‘stewarts’ para que se lo lleven del estadio.
Fue aquella, además, la única expulsión de Kroos es su carrera. Una, sí. En el Bayern y en su doble etapa en la selección alemana, cero. Bueno, pues la jugada que acabó con la lamentable lesión de Pedri colocó a Toni como el nuevo Jack el Destripador. Hasta que el propio afectado salió con que esas son cosas del fútbol y muchas gracias, Kroos por tu interés. El 8 se había manifestado en las redes.
Antes, los jugadores españoles consultados por la acción manifestaron lo obvio: un lance desgraciado del fútbol. La aparición de Pedri ha acallado el gallinero. Es el antimadridismo, claro. Que no tiene límite ni matiz y seguirá buscando. Si la acción sucede entre el canario y cualquier otro futbolista del universo siempre que no sea del Madrid, nada habría sucedido. La pena por el lance, no más.
La jugada que acabó con la lamentable lesión de Pedri colocó a Toni como el nuevo Jack el Destripador. La aparición de Pedri ha acallado el gallinero. Es el antimadridismo, claro
El Madrid desquicia en verano, invierno, otoño… Siempre. También se lee y escucha: ¡mala Eurocopa de los jugadores del Madrid! Y es que como ustedes saben Bellingham, Camavinga, Tchouaméni, Mendy, Nacho, Carvajal, Joselu, Mbappé juegan entre Abu Dabi Este y el Atleti, y a Güler no le hemos visto apenas. Jo, Güler…
Lo que diga el pueblo me mueve a risa: pobrete. Me shocka —otra vez— el periodismo, me niego a ponerlo en mayúscula. Tíos y tías especialistas en atontar al personal con cantos al buen fútbol, cuatro-dos-cuatros, la limpieza del juego, todo eso, aullando como conejos, y conejas, en contra de Kroos… al que no hace tanto la mayoría ponía como ejemplo.
Su noción del fútbol es escasa y adormece, pero lo delirante es cómo les descompone el Madrid. Comprendo que el tiempo que llevan tragando es mucho y duro —son hinchas con pluma, algunos, o micrófono— y me temo que la cosa va a continuar. También ellos. Pero esta corrida general de rímel ha sido tremenda. Habrá más, sí. Un abrazo a Pedri. Que lo suyo evolucione bien y pronto.
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Buenos días, amigos. Cuando arranca el amanecer, unos minutos antes de las siete de la mañana en Madrid, y la cafetera italiana inicia el borboteo indicativo de que ha cumplido su labor, asimos el diario Marca y por poco no sufrimos un síncope.
Una señora —chiquitita— del revés en exorcista escorzo se precipita sobre un Rudy Fernández alarmado que grita y gesticula para llamar la atención. La muchacha ha superado de espaldas ya las letras del diario marquista y se aboca —abajo— sobre la leyenda del baloncesto.
Entramos en pánico, no sabemos si llamar a Juancho Gallardo para que avise a Rudy de lo que se le viene encima o directamente al 112. En ese momento el café se sale y tiñe de ocre los quemadores de la cocina. Sale humo y huele a rayos. Acudimos raudos, apagamos el gas, limpiamos el desaguisado y decidimos tomar una taza del salvador líquido oscuro.
Reconfortados, y totalmente despiertos por acción y efecto de la cafeína, echamos un nuevo vistazo a la portada del diario madrileño y descubrimos que no se trata de ninguna señora haciendo balconing sobre Rudy, sino de un montaje fotográfico con la saltadora de altura ucraniana Yaroslava Mahuchij como protagonista tras batir con 2,10 metros el récord mundial de la disciplina. La anterior plusmarca databa de 1987, año en que el Madrid de la Quinta del Buitre levantó su segunda liga consecutiva y, lo que es más importante, este humilde portanalista realizó la primera comunión.
Ya repuestos del susto, y más despejados, seguimos observando esta primera plana. «A París» es el titular y hace referencia a una sensacional —también en baloncesto— España, que con la victoria de ayer por 86-78 sobre Bahamas sella su pasaporte a los Juegos Olímpicos de la capital francesa. No es osado afirmar que España va bien, en lo que a fútbol y baloncesto respecta.
El periódico de Unidad Editorial destaca que don Rodolfo Fernández Farrés será el único baloncestista con seis Juegos, y no se refiere a que posea una colección con el Tetris, el Trivial, el Monopoly…, sino a que se convertirá en el único jugador de baloncesto en participar en seis citas olímpicas. Y, como todos sabéis, se trata de acontecimientos que ocurren cada 4 años. A poco que se sepa multiplicar da vértigo. Mérito tremendo de Rudy.
Otro veterano del Real Madrid que acaba de finalizar su periplo blanco aparece en la esquina superior derecha. Es Nacho Fernández, también de la selección española, pero de fútbol, quien en patriótica pose torera afirma que Mbappé es una potencia mundial. Así es. El combinado nacional también lo es. Respeto, no miedo.
En As también es Rudy el principal protagonista, aunque con más compañeros de selección y sin ninguna plusmarquista ucraniana sobrevolándole.
La parte Noreste de la portada, al igual que Marca, la dedican a la España de fútbol. De la Fuente destaca que esta selección no es solo Nico y Lamine e insiste en la fuerza del grupo por encima de sus emergentes valores. Es cierto, la principal virtud de este equipo es su juego colectivo. Los madridistas hace tiempo que tenemos ese concepto bien claro, no en vano en el túnel de vestuarios del Bernabéu está esculpida la mítica frase de don Alfredo: «Ningún jugador es tan bueno como todos juntos».
La prensa catalana relega al baloncesto a un segundo plano y se centra en el deporte rey. Dani Olmo, en pose propia de un celebrities de Joaquín Reyes, se muestra ambicioso: «Queremos más», y Mundo Deportivo utiliza la frase como titular.
Hace muy bien Dani en querer más. En deporte siempre hay que querer más, pero esta vez la aspiración está más que justificada, España está jugando, y compitiendo, realmente bien, y sus opciones de vencer a Francia y plantarse en la final no son pocas. El encuentro será mañana en Múnich a las 21 horas y lo dirigirá el esloveno Slavko Vincic, quien ya arbitró el reciente España-Italia.
Sport centra su atención en Araujo, defensor culé que ha sufrido una rotura muscular en la Copa América y se perderá lo que resta de competición y la pretemporada con su equipo. Con este calendario inhumano las probabilidades de que ocurran percances como estos aumentan considerablemente.
Tanto en la Eurocopa como en la competición americana estamos comprobando cómo gran cantidad de futbolistas de calidad están muy por debajo del nivel esperado. Se les critica quizá con demasiada dureza sin tener en cuenta que, literalmente, están agotados, extenuados tras una temporada abarrotada de partidos. Pensamos que son robots, pero tienen límites físicos.
Sport lleva esta noticia a primera plana porque cuando se cerró la edición de ayer aún no se había disputado el Uruguay-Brasil que concluyó con el pase a semifinales de los charrúas de Fede Valverde. La eliminación de la canarinha es aprovechada por el diario que cobija a Iván San Antonio para deyectar un «Vinícius, ¿sin Balón de Oro?».
La verdad es que, por desgracia, no nos sorprende, si alguien tenía papeletas para comportarse de manera abyecta era Sport. Vini, recordemos, ni siquiera llegó a jugar el choque contra Uruguay. Un choque en el que se produjo otro choque, disculpad la redundancia. Pero no fortuito, sino adrede. Araujo embistió a Endrick y tuvo que ser Raphinha, brasileño del FC Barcelona, quien saliese en defensa del nuevo jugador del Real Madrid.
Tomás Guasch escribe sobre sobre este asunto en La Galerna. También lo hace sobre la delirante persecución a Kroos por el desafortunado lance con Pedri. Ha tenido que ser el propio jugador español quien calmase las infundadas iras del antimadridismo patrio al publicar las siguientes palabras: «Gracias, Toni Kroos por tu mensaje. Esto es fútbol y estas cosas pasan. Tu carrera y tu palmarés quedan para siempre». El comportamiento de Toni y de Pedri ha estado a la altura de las circunstancias. No se puede decir lo mismo de buena parte de opinadores y medios.
Pasad un buen día.
Inicio la escritura de este artículo en la víspera del España-Alemania, partido que puede suponer el punto y final a la carrera de uno de mis jugadores favoritos, el mejor mediocentro organizativo que han visto estos ojos, la leyenda germana cuya despedida blanca nos ha estallado dejándonos un enorme butrón en nuestras almas. No sé si serán sus últimos noventa minutos o le quedarán uno o dos partidos más, pero estaré fotografiando con la retina cada gesto y cada toque al balón como si fuese el último.
Soy un aficionado al fútbol muy inclinado hacia los mediocentros organizativos. A otros les va el jaleo, los futbolistas explosivos y verticales, los más contundentes —que también—, pero si me das un jugador inteligente, con visión de juego, que no para de leer y moverse, con depurado toque de balón y suprema elegancia, me derrito. Mis primeros pasitos los di de la mano de Redondo; me fui haciendo mayor con Pirlo, seguido de Xabi Alonso y sí, el ínclito Xavi. Primeros amores de la adolescencia hasta que aterrizó el definitivo, el platónico, la “chica” de mi vida, la de “hasta que la muerte os separe”. Esa “chica” era rubia, germana, portaba las camisetas cual esmoquin y un control orientado que me hizo perder la cabeza.
Kroos es mi amor definitivo, el platónico, la “chica” de mi vida, la de “hasta que la muerte os separe”. Esa “chica” era rubia, germana, portaba las camisetas cual esmoquin y un control orientado que me hizo perder la cabeza
Creo que en la vida de todo aficionado al fútbol aparece un jugador que, cuando se despide, todo lo que le sigue se tiñe de gris. Imagino a aquellos brasileños que se enamoraron del fútbol con Pelé o Garrincha, a los madridistas de Di Stéfano, a los napolitanos con Maradona, a los que crecieron con la naranja mecánica o disfrutando con Eusebio. Esa muesca que te deja insatisfecho de por vida, porque “ya nadie juega como él lo hacía”. Esa muesca me la han incrustado Zidane, Benzema y, por supuesto, Toni Kroos.
Toni se diferencia del resto de grandes mediocentros organizativos de la Historia en que ha dominado cuando nadie tenía interés en los de su estilo. Ya lo comenté en un artículo previo llamado “El último crooner”: los aficionados ya no quieren jugadores —supuestamente— lentos ni directores de orquesta, quieren músculo, adrenalina e inmediatez. La “era viral” ha llegado al deporte rey y ha aniquilado a los de la estirpe de Kroos. Pero el alemán sobrevivió ya que adquirió una evolución darwiniana respecto a sus predecesores.
En sus primeros años en la élite conseguía seguir el ritmo endiablado que iba cogiendo la competición, soportaba las transiciones rápidas, llegaba al área y mantenía un soporte defensivo. Posteriormente se cubrió las espaldas con un descomunal Casemiro y se fusionó con Modric para crear el mejor centro del campo que han visto estos ojos. Todos los entrenadores han creado sus equipos alrededor de la figura de Antonio y lo han seguido haciendo hasta su último suspiro tanto Ancelotti como Nagelsmann. Y sus equipos han seguido ganando.
Toni Kroos se diferencia del resto de grandes mediocentros organizativos de la Historia en que ha dominado cuando nadie tenía interés en los de su estilo
Kroos ha conseguido jugar al golf mientras el resto han ido evolucionando al fútbol americano. Ha parado el tiempo durante una década y lo ha manejado a su antojo, como un héroe de Marvel. Se ha convertido en el mejor y más fiable pasador en largo de la Historia, ha facturado asistencias en los momentos claves y ha liderado al equipo cuando más se le necesitaba. Siempre con la máxima elegancia. Y lo ha hecho prácticamente en todas las Champions ganadas que, por cierto, son seis. El mejor palmarés de todos.
El partido para mi recuerdo es uno que ha pasado desapercibido, eclipsado por la jugada funambulesca de Benzema. Ese día me di cuenta de por qué el Madrid vencía tanto, por qué ganaba tantas Champions y por qué iba a ganar la de ese año. Hablo del partido de vuelta de semifinales de Champions contra el Atlético de Madrid, mayo del 2017. Los blancos llegaban al Calderón con un 3-0 y los colchoneros se ponían 2-0 en el minuto 16. Se auguraba debacle. Pero Toni Kroos, en los momentos en los que a todos los mediocentros organizativos les tiemblan las piernas, congeló el ambiente, ajustó su posición y decidió que ese partido no se iba a perder.
El convencimiento de Toni llevó a sus compañeros a ir dominando el escenario, todos se la daban a él porque todo el mundo necesita un salvavidas cuando las cosas se ponen mal. Ese día comprendí que el alemán no era sólo un jugador de técnica perfecta, comprendí que era uno de los mayores jerarcas que habían pisado el verde. Apagó el Calderón en uno de los momentos más difíciles a base de ajustes posicionales, seguridad con el balón y cambios de juego. De eso trata ser un jerarca, de golpear al rival cuando te tiene arrinconado, de rehacerte cuando te tienen en la esquina contra las cuerdas.
Kroos ha conseguido jugar al golf mientras el resto han ido evolucionando al fútbol americano
Su imagen más icónica siempre ha sido la de su salida del campo celebrando la Duodécima pero, si me tengo que quedar con dos imágenes, elijo su fotografía encima de las vallas publicitarias de Wembley tras la decimoquinta; flotando, agarrado de la camiseta por Vinicius, sujetándole para que no ascendiese a los cielos.
La otra, su abrazo cercano al nirvana con Modric, rodando y retozando en el suelo tras conseguir la milagrosa decimocuarta. Dos leyendas envueltas en felicidad y regresando a sus momentos más felices de la infancia.
Lo han señalado por lento o por ser el culpable de la bajada de nivel del equipo tras la Champions contra el Liverpool. Han criticado que siempre se ha tenido que jugar a lo que juega él y que el equipo no ha progresado. Que le ha negado la entrada de la modernidad al estilo de juego. Pero, ¿cómo no vas a jugar a lo que quiera uno de los mejores mediocentros de la Historia que continúa teniendo capacidad física? Es como renunciar a ser del Real Madrid, puro ejercicio de masoquismo.
Por si quedasen dudas, toda su trayectoria queda edulcorada con su último año. Nadie se despidió así y nadie se despidió con ese nivel. Sus partidos contra el Bayern en semifinales, su defensa contra el City en el Etihad, su temporada final como el mejor mediocentro del mundo (junto con Rodri). Su último título en lo más alto. Un final de carrera para desintegrar a los críticos y enmarcarse en lo más alto de la cúspide del Olimpo.
¿Cómo no vas a jugar a lo que quiera uno de los mejores mediocentros de la Historia que continúa teniendo capacidad física? Es como renunciar a ser del Real Madrid, puro ejercicio de masoquismo
Termino la escritura de este artículo tras la eliminación de Alemania a manos de España. Toni Kroos no volverá a tocar el balón en partido oficial. El cielo parece menos azul esta mañana y el césped no brilla de la misma manera. Las zapatillas blancas ya no lucen como antes y las camisetas no les quedan tan bien a los jugadores. Los controles orientados son un desastre y los pases en largo no llevan la tensión suficiente. Nadie organiza nada y los tempos de los partidos son caóticos. Reina la entropía.
“Nadie volverá a jugar como lo hizo Toni Kroos” —dice un Álvaro envejecido a su yo de ayer—.
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Buenos días, amigos. No hay Eurocopa que valga. Ni Mundial, ni Juegos Olímpicos, ni Tour de Francia. No hay acontecimiento planetario que por estas fechas consiga zafarse de ciertos usos y costumbres patrios de nuestro periodismo deportivo más cañí, aquel que detenta la medalla a lo rancio con distintivo rojo. La excelsa trayectoria de la selección española por esos prados germanos sin hacer prisioneros no ha sido suficiente. Tampoco los destellos de Aladin Güler, que con apenas 19 añitos ha llevado a Turquía a las puertas de las semifinales. Ni siquiera esto de que Rudy y España se queden sin JJOO de París merced a un delirante preolímpico infernal, cuyo escollo final es la Bahamas NBA, han conmovido a los hacedores de portadas deportivas de los kioscos este 7 de julio. Por suerte había un navarro sobre el césped, porque teníamos un Fermín en el bolsillo. Imagínense el bochorno de las primeras planas. Hubiera sido aún peor.
Lo de Mundo Deportivo tiene un pase, el diario de Godó, grande de España, más grande si cabe en periodos seleccionables. Ya saben: España no se acaba donde acaba el mar; hay barca pa´seguir, que decía Paca Carmona. Pues eso. Tiene un pase, no es que se hayan exprimido el cerebelo para idear maquetación y titular, pero aceptamos pulpo como animal de compañía. Además, aunque no sea como escribir esternocleidomastoideo, la ortografía es correcta, esto es, no se ha colado un mágico "chuminazo", como el que coló ayer la presentadora del informativo 24 horas del Ente. Sí, la misma que dijo aquello de que Robert Kubica iba como un pepino. Honor y gloria a esta señora.
Y decíamos que tiene un pase lo de MD en contraposición a la inenarrable portada del diario AS para cuyo confeccionador se intuye que San Fermín empezó ayer en la sobremesa entre pacharanes. A por Francia hemos de ir, han titulado, y a estas horas no nos consta ningún despido, dimisión o arresto en las oficinas del diario de PRISA. Habrá que agradecer que no hayan añadido nada al verso inicial, del estilo
A por Francia hemos de ir
Con Nico Williams y (San) Fermín
Sí, pedimos disculpas. Espero que sepan perdonarnos. El Pobre de mí (lector) resuena recóndito en nuestras neuronas.
Pese a su devenida devoción pamplonica, tanto As como Mundo Deportivo reservan algo de espacio para informar de que Países Bajos e Inglaterra se han plantado en semifinales de la Eurocopa. Los tulipanes lo hicieron pese a la exhibición de nuestro Arda Güler al frente de Turquía, y los de nuestro Jude Bellingham pese a su pésimo juego (el del equipo, no el de Jude en particular) gracias a la tanda de penaltis.
Ante tamaño sonrojo parece buena idea coger la bici como Luis y darse un garbeo melena al viento. El de la fuente es un ejemplo perfecto de señor encantado de subirse a la ola de los mass media en pro de la rojigualda, donde no solo hay licencia para abatir madridistas, sino que hay barra libre en un coto de caza donde vuelan los perdigones y se desploman los pichones, a poder ser blancos. En lo estrictamente deportivo, no cabe en cambio sino reconocerle el mérito de haber hecho a la selección jugar muy bien y llegar, como mínimo, a las semifinales.
Fíjense en Sport. No nos podía fallar. Jubiló a Kroos, quisieron hacerlo con Zidane, también en Alemania, por cierto, y ahora van a por Mbappé. No a por Camavinga o por Tchouaméni o N'Golo Kanté o Griezmann o Brigitte Bardot, si me apuran.
Mbappé. Casualmente Mbappé.
Así se diseñan las bienvenidas. En breve, Marca nos prepara una hernia discal.
El que las provocó en sus defensores con sus fintas, magia, gambeteos y regate… fue don Alfredo Di Stefano, de quien me chiva precisamente el telediario del chuminazo y el pepino que se cumple hoy el décimo aniversario de su muerte.
Siempre en nuestro recuerdo, don Alfredo.
Hala Madrid.
Viva España.
Y feliz domingo, amigos galernautas.
Santiago Bernabéu, durante la presidencia del Real Madrid, tuvo algunos momentos delicados. Por ejemplo, en 1958, se llegó a plantear su marcha porque sentía y observaba que el Real Madrid no caía igual de bien en el extranjero que en el fútbol español, y eso le apenaba. O en la temporada siguiente, cuando se mostró muy descontento con sus estrellas y el espectáculo faltante en el fútbol en una misiva enviada a su amigo y antiguo presidente Antonio Santos Peralba. También al comienzo de su etapa como mandatario blanco le llegó a confesar a su esposa doña María que sería cosa como mucho de un año y luego dejaría el cargo. Pero una de las situaciones que más dolió a Bernabéu ocurrió en la primavera de 1976.
El conjunto blanco estaba a punto de convertirse en campeón de Liga, pero unos días antes tuvo dos tropiezos en las otras competiciones. El primero, la eliminación en la Copa de Europa en semifinales a manos del Bayern. El segundo, un gran descalabro en la Copa del Rey frente al Tenerife, de Segunda división, en octavos de final. En la vuelta de este choque, se escuchó el cántico (no de una mayoría, pero se dejó oír) de “Bernabéu, dimite; el socio no te admite”. Algo que dolió e indignó mucho al mandatario, como se comprobó en unas declaraciones a la prensa horas después. Además, en la ida del partido contra los muniqueses en el estadio madridista se produjo el famoso incidente del ‘Loco del Bernabéu’, que agredió al árbitro austriaco Linemayr, y una invasión de campo en la que también recibieron golpes algunos jugadores bávaros como Gerd Müller. La prensa alemana estalló y pidió severas sanciones de la UEFA para el Real Madrid.
La eliminatoria contra el Tenerife se torció en la ida en la isla el 9 de marzo de 1976 al caer por 2-0. La victoria por la mínima en casa el 4 de mayo no fue suficiente para los blancos, que quedaron eliminados. Las críticas de antiguos jugadores, del opositor Diéguez a Bernabéu y de parte de la prensa fue enorme. El presidente, según publicó AS, se escudó en que “el equipo está cansadísimo” y reconoció “que se metieron conmigo, ya lo sé. ¿Qué voy a hacer?”. Mientras que MARCA, detalló que “Bernabéu más apagado que nunca” dijo que “se jugó mal y la gente protestó con razón”. No fue el único que recibió las iras del público, puesto que hubo cánticos a favor de Luis Molowny y gritos en contra del entrenador yugoslavo del cuadro vikingo: ¡Fuera Miljanic!
En la vuelta de la eliminatoria de Copa frente al Tenerife, se escuchó el cántico (no de una mayoría, pero se dejó oír) de “Bernabéu, dimite; el socio no te admite”. Algo que dolió e indignó mucho al mandatario
El lema de “Bernabéu dimite; el socio no te admite” lo tomaron los aficionados madridistas de los del FC Barcelona, ya que en términos similares se mostraron tiempo antes en contra del mandatario culé Agustí Montal. Al día siguiente, Bernabéu realizó una entrevista para el diario Arriba que se publicó el 6 de mayo. La respuesta del presidente al cántico era contundente: “Si sobro me voy”. Añadió que “yo pensaba que lo estaba haciendo bien, pero si los socios están a disgusto no tienen nada más que decirlo”. Respecto a si lo consideraba equitativo opinó que “no, si ellos lo creen justo, pues adelante, que lo digan, como yo no he hecho nada por el Real Madrid…”.
Unos días después los madridistas cantarían el alirón liguero contra el Granada en Los Cármenes y el presidente lo deseaba para no llegar al último partido en casa con el título en juego ante el Atlético de Madrid: “Me gustaría que se sacase un punto en Granada y que llegásemos al Bernabéu con el título en el bolsillo”. En ese último encuentro liguero las cosas volvieron a su cauce en el coliseo blanco que vio, además, como se apoyaba mayoritariamente a Bernabéu cuando se mostró una pancarta que decía “Don Santiago, no dimita, el socio le necesita”.
La última noticia al respecto de aquel cántico se leyó en las páginas de PUEBLO el mismo día que salió la entrevista de Bernabéu. En una pieza firmada por Martín Semprún, se explicó lo acontecido tras el partido cuando unos manifestantes siguieron con los gritos fuera del estadio en contra del presidente. El cronista del periódico afirmó que “estaban pagados”. Al término del encuentro, un grupo de aficionados se concentraron en la puerta 0, por la que solían entrar y salir los ocupantes del palco presidencial. Ante la mirada de socios y simpatizantes que abandonaban el estadio, empezaron a gritar al unísono durante unos quince minutos ¡Fuera Miljanic!, ¡Dimisión, dimisión!, de nuevo ¡Bernabéu, dimite; los socios no te admiten!, ¡Fuera la directiva!, ¡Bernabéu está gaga; basta ya! y ¡Miljanic, escucha; Molowny está en la lucha!
Martín Semprún, del periódico Pueblo, afirmó que los gritos contra Bernabéu “estaban pagados”, pero no consiguió dar con quién estaba detrás de esa protesta organizada
Los ánimos de los manifestantes se avivaron y empezaron a aporrear una puerta metálica con el consiguiente gran ruido. Fue ahí cuando intervino la policía, que realizó una carga y obligó al grupo de personas a retroceder. El resto de socios al unísono y con aplausos entonaron ¡Bernabéu, Bernabéu, Bernabéu! El presidente y el gerente Antonio Calderón salieron del campo con sus coches, no sin que antes intentaran alcanzarlos los manifestantes, lo que supuso otra carga de la policía.
Fue en ese momento cuando el periodista Semprún habló con un muchacho de los que protestaba contra Bernabéu y que le espetó: “¡Hay que ver, el golpe que me han dado por cuarenta duros!”. El periodista quedó con él al día siguiente a las 9 de la mañana porque el chico prometió contarle todo, pero no apareció. Semprún calculó que al hipotético organizador de ese grupo de aficionados le costó todo “unas seis mil pesetas”. Sin embargo, no consiguió dar con quién o quiénes estaban detrás de aquella protesta organizada.
Fotografías: archivo Alberto Cosín
Todo millennial aficionado al Real Madrid de baloncesto está inequívocamente hecho de otra pasta. No es mi intención polemizar, pero los que fuimos arrojados a este mundo a finales de los ochenta o principios de los noventa crecimos en el erial que fue la sección en el intervalo entre la muerte de Mariano Jaquotot y la llegada de Pablo Laso, apenas aliviada por tres o cuatro oasis puntuales, desoladoramente fugaces.
Durante esa Larga Marcha, durante esa diáspora particular —el lector perdonará mi tendencia a la hipérbole, pero aquellos años fueron como el amor: quien lo probó, lo sabe—, no solo hubimos de acostumbrarnos a racionar los triunfos; nuestro rol subalterno a menudo solía manifestarse de manera explícita en la cancha en forma de la acción más dolorosa que puede sufrir un jugador: el tapón.
La llegada de Pablo Laso al banquillo del Madrid —y la de los fichajes con los que lo obsequiaron— supuso un cambio de paradigma en el baloncesto español
Mi infancia no son recuerdos de un patio de Sevilla, sino de una silueta azulgrana, enorme, peluda y dueña de la pintura, que se afanaba en empequeñecer al Madrid a base de violentos manotazos. La figura de aquel jayán, protagonista de tantas pesadillas infantiles, fue reproducida también durante mi adolescencia —Pau Gasol, Gregor Fucka, Denis Marconato, Fran Vázquez, Boniface N’Dong...—, perpetuando el amedrentamiento. No en vano las réplicas de un seísmo, aunque cuantitativamente sean más suaves, conservan su capacidad dañina.
La llegada de Pablo Laso al banquillo del Madrid —y la de los fichajes con los que lo obsequiaron— supuso un cambio de paradigma en el baloncesto español. No solo porque invirtió la tendencia Madrid-Barça después de la —casi— doble década ominosa, sino porque cambió totalmente el enfoque de las prioridades. Un politólogo pedante de esos que ahora abarrotan las tertulias de televisión utilizaría la expresión “patear el tablero”. De repente, la sombra del pívot gigantesco que nos martirizaba y acomplejaba dejó de tener tanta importancia: pasamos de la ridícula búsqueda especular de un anti-Dueñas que tantas veces nos había llevado al esperpento —Van Rijn, Erik Meek, Lauderdale, Papadopoulos...— a centrar la mirada en los jugadores pequeños.
El sistema de Laso, dinámico, estético y atrevido, se basaba en una defensa agresiva más hija de la velocidad, de la anticipación y de la inteligencia que de la fuerza y el exceso de centímetros. Un enjambre de avispas que picaba, interceptaba líneas de pase y salía como un rayo al contraataque. Y otorgando una relevancia superior al lanzamiento exterior, hasta el punto de que la mandarina se convirtió en la caricatura simpática de la identidad del nuevo Madrid. Run & gun, que dicen los enteraos.
En este contexto, el papel de los pívots madridistas se transformó por completo. Súbitamente, los dos metros pelaos de Felipe Reyes dejaron de suponer un problema y podíamos aprovechar el resto de sus virtudes. Se probaban esquemas audaces, casi inauditos, como colocar a un Slaughter en punta de lanza para presionar al base rival. La agilidad y la movilidad primaban sobre la altura incluso en el puesto de cinco: de ahí el éxito descomunal de un pívot con capacidad de desplazamiento rápido como Gustavo Ayón.
¿Acaso se podía evitar que semejante intimidador condicionase los sistemas defensivos del equipo? En realidad, Tavares pasó poco a poco a convertirse en el auténtico sistema defensivo del Madrid
Si hay un gesto que resume el Zeitgeist del primer lasismo es la venta de Tomic, interior de corte clásico, al Barça. Ahí lo tenéis, no lo queremos. Dolido, el croata declaró algo así como que se marchaba a la ciudad condal “para ganar títulos”, y en ocho años se llevó a la boca el exiguo botín de una liga y tres copas del Rey —para más inri conseguidas, por cierto, en el último segundo y con polémica arbitral.
En definitiva, la apuesta de Laso no pudo obtener mejores réditos. Hasta tal punto que sus detractores, escasos de argumentos para atacarlo, recurrieron a una acusación de excesivo amaneramiento. “No juega con pívots altos porque no sabría cómo hacerlo”, fue la sempiterna muletilla a la que se aferraban los que no podían ni ver al técnico vitoriano y algo tenían que decir. Sin embargo, ni siquiera esa coartada les duró mucho: en el otoño de 2017 aterrizaba en el club Walter Tavares, tras un paso decepcionante por la NBA. El gigante de Cabo Verde, reclutado para el baloncesto a la tardía edad de diecisiete años, no había terminado de adaptarse a la norma de los tres segundos defensivos imperante en la competición americana, y regresaba a Europa como forma de encauzar una por entonces errática carrera. Los agoreros se frotaron las manos: “a ver qué hace Laso con éste”. La cuenta del final de su primera temporada refutó los pronósticos pesimistas: el Madrid fue campeón de liga y de Europa.
Con el paso del tiempo, los jugadores exteriores sobre los que se había cimentado el lasismo —Rudy, Llull, Chacho, Carroll...— fueron perdiendo fuelle y adquirieron un cometido más secundario: no menos importante, aunque sí más especializado. Un perfume que no había que despilfarrar con treinta minutos por partido, sino dosificar para estar frescos en los instantes cruciales de la temporada. Paralelamente, el peso de Tavares en la plantilla fue creciendo de manera natural. ¿Acaso se podía evitar que semejante intimidador condicionase los sistemas defensivos del equipo? En realidad, Tavares pasó poco a poco a convertirse en el auténtico sistema defensivo del Madrid. Cada vez que un rival se atreve a internarse en la pintura blanca se encuentra con una torre que suele hacerlo desistir.
La virtud de Edy va mucho más allá de afirmarse como el máximo taponador de la historia de la Euroliga; se trata de algo difícilmente medible con las estadísticas: ¿cuántos tiros habrá desviado su mera presencia? ¿Cuántos planteamientos de los adversarios habrá modificado sobre la marcha? Los entrenadores lo temen y prácticamente todos intentan sacarlo de la zona de una u otra manera, hasta modificando sus plantillas al inicio de cada año en función de ese determinante factor. El propio Real Madrid ha llegado a acomodarse a esta situación: la diferencia cuando está en el parqué y cuando se sienta en el banquillo resulta palmaria.
¿Cuántos tiros habrá desviado su mera presencia? ¿Cuántos planteamientos de los adversarios habrá modificado sobre la marcha?
En el último momento de crisis de la sección, debiendo afrontar la imprevista marcha de Laso en la víspera de la final de la liga 2021-22 contra un Barcelona colosal, artificialmente inflado, el —por entonces interino— Chus se aferró al flotador para salvarse y salvarnos: sota, caballo y rey, Deck al poste y balones a Tavares. Ganamos el título, claro. Igual que la Final Four del año siguiente, en la que fue galardonado como MVP. El de Maio se ha erigido como nuestro guardián entre el centeno, una especie de Holden Caulfield menos melancólico y narcisista que midiese 2,20 m.
Hay quien dice que la reciente renovación hasta 2029, para un jugador de treinta y dos, constituye un riesgo. No les falta algo de razón: la contingencia del viejazo siempre se halla presente. Pero un mercado tan volátil como el del baloncesto europeo obliga a asumir la posibilidad de la desgracia si se quiere blindar un núcleo que garantice estabilidad. Por mi parte, el niño que fui no puede evitar sonreír al comprobar que el gigante demoledor en esta ocasión está de mi bando, protegiendo las cuatro esquinitas de mi pintura que en tantas ocasiones fueron territorio hostil. Que nos dure muchos años.
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Se cuentan con los dedos de una mano los jugadores que a lo largo de la historia han supuesto una revolución absoluta allá donde llegaron. Este pívot americano de padre holandés y madre alemana fue uno de ellos, ya que dotó al Real Madrid, y por ende al baloncesto español, del toque de altura, fuerza y clase de las que carecía. Cuando Pedro Ferrándiz viajó a Nueva York en el verano de 1962 con el objetivo de presenciar de cerca las evoluciones de futuribles para el equipo, no sabía que estaba a punto de cambiar la historia, con mayúsculas.
Clifford Luyk dotó al Real Madrid, y por ende al baloncesto español, del toque de altura, fuerza y clase de las que carecía
Cuenta la leyenda que Ferrándiz se convenció presenciando como espectador un partido de pretemporada entre los Knicks de Nueva York y los Boston Celtics. Luyk había sido elegido en el draft de aquel año por la franquicia de la Gran Manzana, y no desentonó en absoluto compitiendo contra Bill Russell y Bob Cousy, auténticas vacas sagradas en Boston y la NBA. Pedro habló con Ned Irish, el factótum de los Knicks, para que se lo prestara un año. Accedió. Pero el año se fue ampliando poco a poco, hasta que Clifford decidió que ya no regresaría; se encontraba más a gusto en España que en la que había sido su casa hasta ese momento.
Así fue como el Real Madrid de repente poseía un arma con la que ir a la guerra de kilos, centímetros y movilidad contra los poderosos jugadores de la Unión Soviética y el bloque del Este. Con la base de los Emiliano, Sainz, Sevillano y compañía, el club blanco se alzaba con su primera Copa de Europa en 1964, y un año después con la segunda (esta vez con la presencia de los soviéticos, ausentes en la anterior, en plena preparación de los Juegos Olímpicos de Tokio). Las ediciones de 1967 y 1968 no hicieron otra cosa que refrendar la hegemonía de los blancos en Europa.
Don Clifford Luyk fue, es y será un mito del Real Madrid, un contribuidor principal a sus glorias deportivas
El hecho decisivo que precipitó la integración de Luyk en nuestro país fue la prohibición de extranjeros en la liga a partir de 1965. Ferrándiz amenazó con nacionalizar a sus dos americanos, Burgess y el propio Luyk. Lo que desconocía era que éste último ya tenía en mente dar el paso. Además, conoció a la modelo y Miss Europa Paquita Torres poco después, lo que convirtió también al jugador en un objetivo de la entonces floreciente prensa del corazón. Su boda (a la que calificaron de semisecreta) en junio de 1970 lo catapultó hacia la fama más global.
Luyk no paró de ganar y engrosar su leyenda a medida que pasaron las temporadas. Posee un palmarés que pocos pueden exhibir: 14 Ligas, 10 Copas y 6 Copas de Europa. Tan solo Dino Meneghin puede presumir de más trofeos europeos. Además, con la selección española logró una meritoria medalla de plata en el Eurobasket de 1973, disputado en Barcelona, en una época de dominio total de yugoslavos y soviéticos. Una vez retirado, siguió ligado al club, primero como asistente de Lolo Sainz, y después como entrenador principal, logrando liga y copa, aunque quedándose a las puertas del máximo galardón internacional.
Don Clifford Luyk fue, es y será un mito del Real Madrid, un contribuidor principal a sus glorias deportivas. Pertenece a ese selecto grupo de elegidos, junto con Wayne Brabender, Juan Corbalán, Felipe Reyes, Sergio Llull, y algunos más, sin los que no se entiende su historia. Como reza el tópico: puede que haya jugadores mejores, pero nunca más importantes.
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El antimadidismo sociológico (término estúpidamente acuñado por Jan Laporta) sólo se cura viajando, al igual que la ignorancia.
Y de viajes le quiero hablar, querido lector.
Mi primer vuelo transoceánico fue en el ya lejano 1989: septiembre, Rio de Janeiro. Nuestro Real Madrid venía de ganar su cuarta liga consecutiva, sufriendo una sola derrota en todo el campeonato. Además conquistó un doblete, al vencer también en la final de la copa del Rey.
El día que aterrizamos, un 3 de septiembre, ocurrió el famoso bengalazo en el Brasil- Chile en Maracaná, camino del mundial de Italia 90. Les recuerdo que el arquero chileno Robert Rojas simuló haber sido herido por una bengala que sí, temerariamente lanzaron cerca de él pero que de hecho no le había alcanzado. El partido se suspendió en el minuto 67 por la retirada de Chile del terreno de juego. Tras varias reuniones la FIFA dio finalmente a Brasil ganador del partido por 2-0. Rojas al final cantó, cual malo de una película. Las heridas se las había provocado él mismo con una cuchilla de afeitar que llevaba en uno de sus guantes.
Pero a lo que vamos: días después, y paseando por Ipanema queriendo encontrar a la garota que describió Vinícius de Morais (vaya con el nombre de pila), y a la que puso magistralmente música Antonio Carlos Jobim, observé que había cientos de pandillas de chavales jugando al fútbol-playa. Puede que hubiese mas de cien porterías a lo largo de toda la playa. Mis amigos y yo nos juntamos con la muchachada, y solicitamos si podíamos “jogar” con ellos. Ante la respuesta positiva, lo primero que nos preguntó el más gambetero fue; “¿De onde sou?”. Al responder que de Madrid, Madrid, la cara de aquellos chavales se iluminó y todos jubilosamente comenzaron a gritar: Real Madrid, Michel, Butragueño. Como para decirles a los chicos que éramos del Atleti(que no es el caso). Esta devoción por el Real Madrid, y sobre todo por Emilio Butragueño, nos acompañó aquella semana desde el pao de Azucar al Corcovado, pasando por las playas de Leblón, Copacabana, Botafogo, Tijuca, etc. Aquel ya lejano 1989 comencé a ser consciente de la magnitud y grandeza del Real Madrid fuera de España.
Un año exacto después, un compromiso familiar en forma de boda me llevó a Frankfurt. Aquel verano habíamos ganado la quinta liga consecutiva, la del récord de goles con 107, 38 de ellos de Hugo Sánchez. Yo, con mi camiseta del Real Madrid, buscaba encontrar en Frankfurt el mejor hot dog del mundo, y ocurrió algo asombroso. Cuando entré en aquella cervecería alemana y le pedí al camarero “Ein bier, bitte”, aquel orondo y rojizo personaje me respondió exactamente lo mismo que un año antes aquellos chavales cariocas que jugaban al fútbol descalzos en Ipanema: Real Madrid, Michel, Butragueño. Me enorgullecí de tal modo que tuve que compartir con aquel simpático barman 4 o 5 bier más. Desde ese día, soy del Eintracht de Frankfurt en la Bundesliga .
Nueve años después, en 1999, la vida me llevó a la Riviera Maya mejicana. Llevar la camiseta del Real Madrid puesta era prácticamente un pasaporte o un salvoconducto, pese a que el FC Negreira acababa de ganar su segunda liga consecutiva. Ese verano la UEFA hizo desaparecer la Recopa y la unió a la Europa League, y España tenía por vez primera cuatro equipos en Champions League, craso error de la UEFA, ya que al año siguiente conquistamos en París la Octava Copa de Europa, habiendo quedado segundos en la liga.
Al caso: Pasearte por Cancún, Valladolid, Mérida, Playa del Carmen, etc. con la camiseta del Real Madrid de Hugo Sáchez era el centro de atención de cualquier mejicano medio con el que me cruzaba. Me preguntaban, me la pedían, querían saber… y eso que Hugo había dejado el Real Madrid varios años antes.
Nos idolatran, querido lector, nos idolatran, y por eso y por muchas cosas más el antimadridismo sociológico solo existe en España. Al igual que la ignorancia, solo se cura viajando.
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Esa apuesta, como cualquier apuesta, era una bola caprichosa que saltaba como una peonza sin control sobre una rueda nacarada. Un "todo al blanco" que atrapó la atención de un mundo del fútbol que contenía la respiración. Aquel Madrid de los Galácticos cegaba como el reflejo de una plancha de aluminio bajo un sol impenitente. Muchos años después llegaron los dólares sucios de petróleo y ese escenario, ese acopio de cromos para soñar se vulgarizó.
Pero estamos en un Madrid que estrena el nuevo siglo, en el que un empresario sin vértigo desafía al miedo y la salud buscando un golpe de efecto audaz. La crisis económica aprieta y araña el cuello como una soga de esparto sin marcha atrás. Una huida hacia adelante, la única opción factible, separa al club, como una ruleta rusa, de la gloria o del pozo negro de la historia y aún es pronto para saberlo. Florentino tiene el maletín nuclear y no teme pulsar el botón: Luís Figo (2000), Zinedine Zidane (2001), Ronaldo (2002) y David Beckham (2003) visten de blanco ante el asombro y la duda del mundo. Sin tomar aliento, el madridismo ve cómo sus fantasías toman cuerpo. Solo resta lo más difícil, gestionar el éxito.
¿Qué ocurriría si uniéramos todos nuestros sueños imposibles, todas las fantasías tan lejos del alcance de nuestra mano, en un maravilloso instante? El reto, como la ensoñación de un coleccionista que contempla frente a sí su propio Caravaggio mientras apura una copa de Yamazaki, era un territorio hasta ese momento inexplorado.
Pero todo sueño tiene su sala de máquinas, una planta motriz saturada de compresores y llaves, porque la grasa del Lamborghini también mancha. Ese Real Madrid Galáctico, inacabado, de una estética erótica, tan erótica y plástica como la Victoria de Samotracia, necesitaba declarar su amor al fútbol también destruyendo, como la anarquía que precede al silencio.
Que el fútbol hoy no se entienda sin el mediocentro defensivo se lo debemos en gran medida a Makélélé
Entonces apareció él, Claude Makélélé, el perfecto escudero, el fontanero de ese Madrid impoluto. Un zaireño con pasaporte francés que llegó al Real Madrid como el "stopper" que aportase el equilibrio defensivo que no se esperaba de las estrellas. Era la venda antes de la herida que permitiera a los Traveling Wilburys del fútbol brillar bajo los focos. Puntual en el corte y los apoyos, su juego de pies y fortaleza física, no exenta de técnica, aportaron el contrapeso perfecto. Porque una banda solo suena bien si tiene un buen baterista, Claude se desenvolvía perfectamente entre los pliegues del tapiz de billar cuyas carambolas proponían otros.
Obturar y percutir y volver a obturar, con cualquiera de sus piernas. Claude creo escuela y su propio reino desarrollando la figura del mediocentro defensivo, un rol nuevo para un nuevo fútbol. Su influencia en el juego moderno es, en consecuencia, innegable, creando una nueva necesidad. Que el fútbol hoy no se entienda sin el mediocentro defensivo se lo debemos en gran medida a Claude.
La de Claude y el Real Madrid fue una historia breve no obstante. Solo supimos cuánto lo necesitábamos cuando ya no lo tuvimos, momento en el que buscamos otro amor en barras de bar equivocadas. Porque tras su marcha fueron muchos los intentos de encontrarle un sustituto que nos hiciera olvidarle (Gravesen, Borja, Lass Diarra, Pablo García...) hasta descubrir con dolor que hay piezas que no tienen repuesto. Asumimos entonces que había sido un Arcano Mayor de esa baraja de estrellas. Tan solo con la llegada de Casemiro, muchos años después, respiramos aliviados.
Solo supimos cuánto lo necesitábamos cuando ya no lo tuvimos, momento en el que buscamos otro amor en barras de bar equivocadas
Cuando veo a Kanté devorar kilómetros como una amante melancólica pienso en Claude, sabedor de que nadie lo hacía como él, de que con Claude hubo días de leche y miel en los que no cundía el pánico tras pérdida. Porque Claude era el galáctico con mono de faena que nos hizo suspirar, la viga madre que sostenía aquel maravilloso parque de atracciones de arquitectura tan efímera como preciosista que era el Madrid Galáctico.
Pero un día, como el heraldo de un tiempo nuevo, llegó Abramovich con un proyecto tan etéreo como el gas que lo sostuvo y lo vistió de azul. Cuando el Madrid no pagaba con gloria, Claude se nos fue de entre los dedos iniciando un luto tan riguroso como duradero. Adiós carnaval.
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