Buenos días, amigos. El Real Madrid de Mourinho se estrena hoy en el estadio Santiago Bernabéu frente a la Real Sociedad, y la cosa produce el inevitable cosquilleo característico de la vuelta al Templo después de un verano que ha sido largo y tedioso. A ese cosquilleo se unen las burbujas que siempre trae consigo el descorche de un champagne Mou et Chandon. En realidad ya se había descorchado en Cornellá, donde se ganó 1-2, pero nada como en casa. Habrá quien se ría alegando que el de Mou es cualquier cosa menos lo que los cursis suelen llamar fútbol-champagne. Se verá.
Decíamos que ha sido un verano largo y tedioso, y aquí también habrá que se nos ofenda, claro, porque ha sido un verano de Mundial. Ya hemos dejado dicho muchas veces que no es la Copa del Mundo, ni en general el fútbol de selecciones, lo que nos mueve, sino la pasión por el fútbol de clubes y más específicamente la pasión por el Real Madrid C. de F., que hoy vuelve a su casa con la alegría de su afición aún magullada después de dos años malos, pero con el aliciente de la vuelta de Mou y de seis fichajes ilusionantes, a saber: Cucurella, Espí, Bernardo Silva, Konaté, Dumfries y Diomande.
Respecto al partido de hoy ante la Real (que es, no lo olvidemos, el vigente campeón de Copa), a Marca le preocupa la mejorable conexión entre Mbappé y Vinícius (cabría agregar a Bellingham al puzzle no del todo resuelto).
Aunque todos conozcamos la tendencia marquista/tebista a meter el dedo en el ojo blanco (no confundir con el ajoblanco, sopa fría tan popular en el verano andaluz), esta vez no es una preocupación artificial. Es un hecho casi incuestionable que esa pareja (o trío si incluimos al inglés) aún no ha rendido los frutos que podría dar, se intuye que por pura falta de química futbolística, dado que la relación personal parece ser buena. Es cierto que Mourinho, en ese apartado, tiene por delante una labor esencial.
Precisamente ayer le preguntaban por esto en rueda de prensa, y su contestación fue magnífica. Le interrogaban respecto al supuesto dolor de cabeza que este tema puede plantearle. Parafraseamos su respuesta: “Por muchos quebraderos de cabeza que pueda plantear el maximizar el entendimiento táctico de estos jugadores, siempre serán muy superiores las ventajas de contar con gente de semejante calidad”.
Este es un tema que preocupa, pero hay otro que preocupa más. Dice el técnico portugués que la plantilla está cerrada pero el mercado abierto, sin que se tenga la menor idea de lo que eso puede significar en términos de variaciones en los efectivos con los que va a contar a lo largo del año. El propio Mou insiste en que no es el caso, pero a mucha gente le parece que la plantilla agradecería como el comer la presencia de un centrocampista que mueva el hilo del equipo. Queríamos a Rodri, pero el estandarte del españolísimo mundialista se ha enrolado en las filas del independentismo catalán, llevado sabe Dios de qué extrañas contradicciones internas. ¿Realmente la cosa es Rodri o nadie? Hay una serie de jugadores que ocupan esa misma demarcación y a los que les sentaría muy bien la camiseta del Madrid.
Si el mercado lo permite, hágase.
“Ja sóc aquí”, proclamó Josep Tarradellas en su célebre aparición en el balcón de la Generalitat en 1977. De la misma guisa solemne (“ya está aquí”) presenta Mundo Deportivo la aparición del portero croata Livakovic en el tardoverano fichajil del club que sobornó a Negreira. La diferencia entre Tarradellas y Livakovic es que el primero dijo “ya estoy aquí” para quedarse, y el segundo no se sabe si se quedará o no, por esas cosas del Fair Play.
Si no se queda, irá cedido, se nos informa. Pero ¿y si no quisiese salir cedido, o si no se pusieran de acuerdo respecto al club destino de la cesión? Lo incierto de la repuesta nos hace maliciar que la cosa está ya resuelta. Jan y Javier se juntaron a comer unos huevos con chistorra y acordaron que lo del Fair Play no supusiese el menor inconveniente para la llegada del arquero del Este.
Y poco más que contaros. Vamos a ver qué tal se da el partido de esta noche y cómo se desenvuelven los nuevos fichajes. Mou vuelve trece años después. El Bernabéu le da la bienvenida. La Galerna también.
Pasad un buen día.
En el documental de Netflix sobre su vida, recientemente estrenado, Mourinho recuerda que, cuando llegó al Chelsea por primera vez, un lapsus de los periodistas ingleses parió al mundo su apodo inmortal: The Special One. Casi siete años después, cuando se fue del Madrid y volvió al Chelsea, a la pregunta de quién llegaba entonces a Londres, contestó: The Happy One. Ahora que he visto enteros los tres episodios de su singular biopic, en realidad un repaso (incompleto) sobre su trayectoria como superestrella de los banquillos, y a la luz de sus gestos desde que fichó de nuevo por el Madrid, de las expresiones de su rostro, de sus palabras, me parece que se podría rebautizar a Mourinho, a este Mourinho que regresa al Madrid trece años después, como The Quiet One.
Por primera vez desde que nació al mundo como un fenómeno de la naturaleza, Mourinho parece humano, tranquilo, en paz. Lo hemos comprobado en la primera jornada de liga. Nunca había visto a Mourinho tan locuaz con la prensa, de buen rollo: explicando y no confrontando, incluso bromeando. La rueda de prensa previa al debut y sobre todo, en el postpartido, y mira que hubo polémica, Mou lidió con todo ello sin aspereza, haciendo uso de su magnífica capacidad intelectual, de su elocuencia superior. Y eso que en el documental confiesa que no tiene aficiones, que su vida sólo es el fútbol: algo imposible de creer viendo cómo se desenvuelve en varios idiomas, a una distancia académica sideral del homo futbolensis promedio.
Hemos de pensar que Mou nos suelta una mentirijilla, pues eso también forma parte del personaje. Ahora torea igual a los periodistas, muchos de los cuales son los mismos de antaño, pero con pases naturales y de pecho, como un maestro de escuela se quedaría con sus ingenuos alumnos de parvulitos.
Es como si estuviera por encima de todo, como si lo hubiera visto todo y por lo tanto fuera consciente del valor real de todas las cosas. Omnia fui, nihil expedit. Todo lo fui y nada merece la pena.
Tampoco esta España es la misma que la de hace dieciséis años. El Procés comenzó, en realidad, con el choque del catalano-barcelonismo con el primer Madrid de Mou, trasunto de un régimen a batir por el catalizador que fue el binomio Guardiola-Messi. Hoy todo el mundo está más cansado y es más viejo, las vibras son las de que se están jugando, en todas partes y en todos los órdenes, los minutos finales de todo.
Hay dos fotos que he visto juntas con frecuencia a lo largo de los últimos días: Mourinho, con Florentino, en el verano de 2010, el día de su presentación, y los mismos protagonistas hace unos cuantos días, en el acto privado organizado por el club para escenificar la vuelta del portugués. En la primera fotografía, Mou parece Don Draper y Florentino, un niño entusiasmado con un regalo de Reyes. Se ven dos hombres aún jóvenes, enérgicos, flamantes, con aura de los mejores en lo suyo. En la segunda, en cambio, Mourinho posa junto al presidente como lo haría un hijo junto a su padre anciano. Los estragos del tiempo son evidentes. Hay un detalle revelador que impregna la foto de una ternura rara en el fútbol profesional: la mano de Mou sobre el hombro de un avejentado Florentino, una mano protectora, que cuida.
Con Espí, sobre el mismo césped de Cornellá, de igual modo parecía un padre orgulloso hablando de su hijo.
También es evidente el amor. En el documental, Mourinho parafrasea a Nietzsche y recuerda que todo lo hecho por amor no es jamás algo equivocado. Muchas veces a lo largo de estos trece años el entrenador portugués ha recordado su relación de afecto con el presidente Pérez, vínculo preservado de los avatares del cruel y volátil mundo del fútbol de élite. En sus primeras declaraciones «oficiales» como entrenador del Madrid, a la tele del club, menciona el cariño recibido por los hinchas en Wembley «cuando ganamos la final al Borussia».
Nadie resiste el desgaste de los años, ni siquiera los colosos. Mourinho se parece al Odiseo que regresa a Ítaca encorvado, apergaminado pero mucho más sabio. Quizá está ante el mayor desafío de su carrera, justo cuando ésta parecía declinar indefectiblemente. Es, de hecho, el Odiseo del poema de Kavafis. Este Madrid es su Ítaca, una Ítaca a la que regresa enriquecido de cuanto ganó por el camino. Mourinho lleva casi una década fuera del gran fútbol, alejado del círculo exclusivo donde los grandes equipos se reparten el reducido pastel de la gloria. No hace ni dos años, entrenaba en la liga turca. Es emocionante que al héroe caído le ofrezcan de pronto la posibilidad de resurgir, precisamente en el sitio de su faraónica obra incompleta.
Es como si estuviera por encima de todo, como si lo hubiera visto todo y por lo tanto fuera consciente del valor real de todas las cosas
El Madrid de Florentino es, desde luego, un ecosistema único, en lo que a entrenadores se refiere. La experiencia prueba que el número de los candidatos válidos es muy reducido: hombres con carisma homérico (pastor de hombres, se dice de Agamenón en La Ilíada), ganadores probados y que conozcan la casa. Si tomamos el período completo de la presidencia de Florentino Pérez, los últimos veinticinco años, nos quedarían Del Bosque, Mourinho, Ancelotti y Zidane. Si acotamos más el rango temporal y nos ceñimos a «la segunda venida», sólo cuentan los últimos tres. Los tres entrenadores que han dirigido al Madrid, más o menos, catorce de los últimos dieciséis años.
Este carácter circular implica por fuerza el cambio que el tiempo opera en las personas, empezando por el propio Florentino. Desde que Mourinho se fue la primera vez, el Madrid ha ganado seis copas de Europa, cinco ligas y dos copas. Mou reconoce que, si bien la primera vez el Madrid fue un reto para sí mismo, para su ego, ahora es distinto. Ahora quiere «construir» para el futuro, dejar las bases de algo. Habría que decirle que ya lo hizo (¡y de qué modo!) la primera vez, prefigurando el mejor Real Madrid de nuestras vidas. Ahora Mourinho parece muy consciente del momento delicado por el que el club, como institución, atraviesa, a medio camino de una transformación global que definirá su futuro. Y, como un madridista más, está dispuesto a asumir su responsabilidad para que las cosas salgan bien.
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Este cuento se me ocurrió a raíz de una publicación de mi estimado hEchicEro.
Aitor llevaba dos temporadas arbitrando en Segunda División, sin pena ni gloria. Era un tipo que procuraba ser justo en sus decisiones, calmado y al que le gustaba explicar las cosas a los jugadores. No creaba polémicas y, en su debe, era un árbitro que no se imponía con autoridad. No había acabado muy bien en la clasificación del CTA a final de ninguna de sus dos temporadas. Ni en la previa ni en la posterior al famoso "índice corruptor".
A la finalización de esa Segunda temporada, tomándose unos vinos con un amigo suyo, árbitro de Primera, le comentó que existían unos cursos de coaching con Javier Enríquez Romero, que venían muy bien para llegar lejos más rápido. Aitor preguntó a Jon si acaso ese no era el hijo de José María, el vicepresidente del CTA, a lo que Jon respondió que sí, que era muy buen profesional y te ayudaba a focalizarte y que te iba muy bien después. Que estaba garantizado.
Aitor, después de hablarlo con Mayte, su mujer, decidió hacer caso a Jon y contactó a través del CTA con Javier y contrató sus servicios. No le pareció barato, pero estaba decidido a hacer cuanto fuera, porque subir a Primera era su sueño y la diferencia de salario era brutal.
Jon tenía razón. Después de hacer los cursos, en su tercera temporada, a pesar de haber acabado por la zona de mitad para abajo en la clasificación de los informadores arbitrales, al concluir el curso le llamó José María, el vice, y le dijo: "Enhorabuena, Aitor, has sido uno de los mejores de la campaña y hemos decidido ascenderte a Primera División".
Aitor llegó a casa temblando en el coche y loco de alegría. Subió corriendo a casa y, cuando le abrió Mayte, la abrazó llorando y le contó la noticia. Le dijo el salario que iba a percibir, en comparación con lo que ganaba en ese momento, y salieron a celebrarlo con su hermana y su marido de cena por Elgoibar.
La temporada siguiente se quedó sorprendido porque, después de cuatro partidos, le llamó José María y le dijo que le gustaba cómo estaba arbitrando, que mantenía una buena línea y que estaba pensando en él para un partido importante en pocas fechas, que siguiera en esa línea y le avisaría. Sentía una emoción desmedida, todo iba viento en popa. Jamás hubiera pensado que lo que le hacía falta era poner el foco en sus objetivos para centrarse, tal y como le había enseñado Javier en el curso de la temporada anterior.
Para la décima jornada de liga, el Sevilla, que había comenzado como un avión esa temporada, visitaba el Camp Nou, y le llamaron para decirle que iba a arbitrar el encuentro. Jamás había notado la presión y la alegría, de forma simultánea, que sintió justo cuando le notificaron la designación. Estaba hecho un flan, pero contento.
Tres días antes del partido le llamó Javier Enríquez, le dio la enhorabuena y le dijo: "Oye, no te preocupes por nada. Cuando llegues al Prat, tú y los linieres, os recojo yo en el aeropuerto y os llevo al Camp Nou. Nos vemos el sábado".
El sábado, al llegar al aeropuerto, allí estaba Javier, quien se fundió en un abrazo con él y le presentó a sus linieres. Se fueron al parking y montaron en el coche de Javier.
Fueron charlando y, cuando se quiso dar cuenta, estaban parados frente a un bar que se llamaba "La Torrada". Javier les dijo: "Paramos cinco minutos aquí, que está mi padre y quería saludaros. Este es el bar de la mujer de mi padre". Bajaron del coche y, al entrar al bar, allí estaba José María, charlando en una mesa de forma amigable con otras dos personas. Levantó la vista y, al verlos, se levantó a saludar y les invitó a tomar un refresco rápido antes de ir al hotel a dejar las cosas.
—Aitor —le dijo pasando el brazo por encima del hombro—, cómo me alegro de lo bien que te está yendo. Te llevaba siguiendo un par de años en Segunda y me gusta mucho cómo te impones en el campo. Sigue así, que lo estás haciendo muy bien. Esta noche es un premio a tu temporada. Yo estaré en el campo, suelo ir al palco a ver los partidos al Camp Nou. Espero que tengas suerte. Cuando acabe el choque os traerá de nuevo Javier aquí, y cenamos juntos y charlamos.
De camino al campo, Javier fue diciéndole lo importante que era ese partido por el liderato, que ambos equipos estaban fuertes y que el Barça estaba esperando dar un golpe de autoridad ante su afición. Que ya sabía perfectamente lo que tenía que hacer, que estuviera tranquilo, pero que fuera consciente de lo que se jugaba el Barcelona, que no podía tomarse decisiones alegres que estropearan el espectáculo.
Hicieron el check-in en el hotel rápido y fueron al campo. Al llegar, Javier entró al parking del personal del Barça y les acompañó hasta el vestuario, saludando a todos los empleados que se iban cruzando. Les explicó que le gustaba acompañar a los árbitros hasta el vestuario, para que se sintieran cómodos. Le dio unas últimas charlas "de coaching" y allí los dejó. Aitor estaba como en una nube, nervioso pero contento por la confianza que mostraban en él.
Llegó el momento de salir a calentar. Cuando estaba corriendo hacia la banda donde estaba el palco vio a José María, que le saludó en la distancia con un gesto con la cabeza. Él sonrió.
Empezó el partido y pronto vinieron curvas. En el minuto cuatro, un delantero del Sevilla se internó en el área y un defensa fue al cruce. El jugador cayó rápidamente al suelo y el Camp Nou empezó a chillar. Era impresionante el ruido que podían hacer. Hizo gestos con las manos diciendo que no había pasado nada porque no había pasado nada, ¿no? Miró al linier más cercano y no le indicaba nada. Se quedó tranquilo.
El banquillo del Sevilla se lo comía y, al rato, en el centro del campo hubo una falta a un jugador culé, que se quedó dolorido en el suelo. No lo había visto bien, pero llevaban un rato alterados por la acción del área y decidió cortar de raíz. Le sacó tarjeta amarilla. Rápidamente le rodearon más jugadores sevillistas y tuvo que sacar otra tarjeta más por protestar.
Al descanso el Barça ganaba por 1-0 y, al dirigirse al túnel de vestuarios, el entrenador hispalense le dijo:
—No me jodas, Aitor, que era penalti y les estás permitiendo de todo. Nos jugamos mucho.
Se detuvo y le hizo un gesto de que continuara.
—Por favor, para adentro, no nos arrepintamos después. Vamos, vamos.
Todos los jugadores del Sevilla iban montando un buen pollo.
Acabó el partido, con varias polémicas más. Ganó el Barça por 3-1 y el Sevilla terminó con 10 en el minuto 60. Se montaron varias tanganas. En la ducha, Aitor pensaba que no había estado bien, que se le había ido el partido, que no había sido el de siempre. Era todo muy raro. Vio las repeticiones de todas las jugadas conflictivas y pensó que todas las había arbitrado mal. Estaba mucho más nervioso que antes del partido.
Al terminar, fueron al bar a cenar con José María, que le dio un gran abrazo y le dijo que había estado sublime, mostrando una gran personalidad ante las polémicas, zanjando y dejando claro quién era el que mandaba. Eso le alivió un poco.
Ese mismo año le tocó algún que otro partido de los importantes y tuvo varias charlas telefónicas con José María, en las que le decía que todo iba muy bien. Eso le dio tranquilidad para afrontar con calma los encuentros.
Esa temporada el Barça pudo ganar la liga por un gol con la mano de Messi, que un compañero suyo se tragó. Le dieron a ese árbitro la final de Copa, a pesar del error. Les explicaron a todos, en una circular, que el árbitro ya se había elegido antes del partido de dicho tanto y que no podían castigarlo por un error humano. Se lio una buena con los madridistas por aquello.
Aitor aquello lo vio raro y, cenando con su amigo Jon al término de la temporada, le dijo:
—No sé muy bien cómo se evalúan los fallos. A Tristante Oliva lo bajaron a Segunda por el penalti de Marchena a Raúl, y a Rodríguez Santiago le han dado este año la final de Copa por un gol con la mano que podía dar una liga.
—No te hagas líos —replicó Jon—. Tristante estuvo horroroso todo el año. Lo descendieron por eso, y Rodríguez Santiago estaba pitando muy bien, y no le vas a quitar un premio por un pequeño error difícil de ver.
En las siguientes temporadas arbitró bastantes clásicos entre Madrid y Barça. Los madridistas decían que siempre beneficiaba al Barça, y en la Ciudad Condal decían que era el árbitro de cámara del Real Madrid. Lo cierto es que, de 12 clásicos, el Madrid ganó dos y empató dos, perdiendo los otros ocho. Él árbitró en la época en que el Barça tenía un equipo de ensueño, con Messi, Xavi, Iniesta, Puyol…, era lógico.
Cuando se retiró, las estadísticas decían que con él los culés ganaron el 81% de sus encuentros y el Real Madrid, el 54%. Le habían hecho internacional al finalizar su Primera temporada y llegó a dirigir unos octavos de Europa League y un partido amistoso de Jordania contra Brasil.
Una noche, cenando con su cuñado, este le dijo:
—¿No has visto lo que ha pasado con el vicepresidente del CTA? —Aitor lo miró sorprendido—. El Negreira ese, se ha descubierto que el Barça le estuvo pagando durante varios años, y no poco dinero. Se ha montado un revuelo de la hostia. La gente anda preguntándose que si se amañaban partidos o no sé qué leches, porque por lo visto el tío en Hacienda ha dicho que el Barça le pagaba para garantizarse que hubiera neutralidad en las decisiones.
—¿Negreira, dices? —preguntó Aitor, echando mano a multitud de recuerdos—. No sé, chico, pero a mí en la vida se me dieron instrucciones antes de ningún partido. Me huele raro todo esto, no entiendo nada. Y una cosa te digo, Ibon: ese Negreira en el Comité no pintaba mucho. Iba a Santander a principio de temporada con el presi Arminio, y allí sentado a un lado se quedaba. Un figurante, un pasmarote. Ahora dirán memeces, pero te pongo yo la mano en el fuego por todos los compañeros. Aquí no se ha beneficiado a ninguno ni perjudicado a nadie, somos los más profesionales de toda Europa. No entiendo a qué le andaban pagando, pues. Serán invenciones, joder. Es imposible.
Relato de ficción basado en declaraciones de colegiados e investigaciones de la UCO sobre el caso Barça Negreira.
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Mourinho ha vuelto. Es una apuesta personal de Florentino y, de momento, ha empezado la Liga ganando fuera de casa al Español. El equipo ha echado a rodar hace nada, con los mundialistas recién llegados y nuevos sistemas. Es pronto, pues, para exigir nada, aunque la impresión es que el de Setúbal tiene mucho trabajo por delante.
No me gusta Mou. Nada. Dicho lo cual, le reconozco méritos deportivos en su primera etapa al frente del Madrid, donde se tuvo que enfrentar al mejor Barça de los Pep, Messi, Xavi, Puyol y demás, y a los hijos putativos de Negreira, aún de incógnito. Reitero, deportivamente lo hizo bien. Institucionalmente es otra cosa. El espectáculo no pudo ser más bochornoso: el dedo en el ojo a Tito Vilanova, ruedas de prensa enfangadas y una tensión permanente que generó antipatías por doquier.
Su trayectoria fuera del Madrid no ha sido precisamente exitosa. En los 13 últimos años apenas ha ganado una Premier y un par de copas; exiguo, considerando que ha estado en equipos punteros y con voz y voto en fichajes. Allí donde ha ido le ha seguido acompañando la polémica. No se le recuerdan éxitos deportivos apabullantes; básicamente, porque no los ha habido. Sí, en cambio, agrias polémicas con prensa, jugadores, directivos y todo aquel que se le pusiera por delante. Autocrítica, nada de nada. La culpa de los pobres resultados es siempre de otro.
Busquemos lugares comunes; el enemigo está fuera, no dentro
¿Por qué, entonces, Florentino ficha a alguien que parece acabado? El oficialismo sostiene que el criterio de nuestro presidente nos ha conducido a múltiples éxitos, y que en base a ello hay que tener fe en su designación. Nada que objetar. Ocurre que la trayectoria de Mou durante los últimos años arroja serias dudas sobre su capacidad para seguir entrenando en la élite. Hay quien piensa que se ha buscado más un “poli malo” que un entrenador, un gendarme que meta en vereda a una plantilla consentida —consentida por la actual junta directiva, dicho sea de paso— y plante cara a la prensa. Este último aspecto, el de las relaciones con los medios, también tiene su aquel. Ancelotti, Zidane, Xabi Alonso o Arbeloa no se han mordido jamás la lengua. Han aunado elegancia y firmeza a la hora de defender al club, demostrando que no hace falta ser un matón de instituto cuando se tiene un micrófono delante.
La prensa, mayoritariamente antimadridista, siempre se lo pondrá difícil al entrenador del Real Madrid, un poco más si se trata de Mou. Le buscarán las cosquillas y, lo que es peor, se las encontrarán. Por lo que a mí respecta, me apetece cero empezar a desayunarme titulares explosivos y declaraciones altisonantes. Pero soy del Real Madrid, y el entrenador de mi equipo de fútbol se llama José Mourinho. Así pues, más allá de simpatías personales está el deseo de volver a ganar algo tras dos largos años sin títulos. Hay plantilla —pese a no tener a Rodri—. Ojalá haya entrenador. Entre tanto, los críticos de Mou debemos aferrarnos a sus cosas buenas, que las tiene. Busquemos lugares comunes; el enemigo está fuera —Riquelme incluido—, no dentro. Hablaremos en junio.
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Malas sensaciones de muchos madridistas en mi bar de cabecera. Los tres puntos nunca han sido bastante en el Real Madrid. Lo sabemos. Sentimientos encontrados: fantasmas de la temporada pasada. Sensaciones: nada que ver. Los hechos: tres puntos que tal vez la temporada pasada se nos habrían escapado. Entre otras cosas porque no estaba Carlos Espí.
Las sensaciones, que son algo más inmediato que los sentimientos, han sido interesantes, como dicen los enólogos sobre los vinos raros. Durante algunos minutos vimos al Madrid que queremos ver, el que nos invita a soñar, corriendo, recuperando, con los jugadores moviéndose con y sin balón, y trabajando en equipo con garra. Si bien es cierto que, en muchos momentos del partido contra el Español, el Madrid parecía caerse, o salirse del encuentro, es justo reconocer también que no es nada que no ocurra siempre en el inicio de temporada. Les pasa a todos los equipos.
El sello Mourinho que muchos ansiábamos se dejó ver en varios momentos del partido. En la mala leche, cuando la hubo, en el compromiso de algunos jugadores, incluso aunque no estén todavía en forma óptima, y en la manera de espolear el once con un triple cambio que acabó en gol. Con el 1-1, la cara de Mou en el banquillo era la del madridismo. Eso también es liderar. Pocos amigos. Los futbolistas lo miraban de soslayo y sabían lo que se estaban jugando.
Comparto con los parroquianos del bar el hastío que por momentos produjo el juego del Real Madrid. Aburrido, tímido, lento. Me gusta el criterio de Bernardo Silva y la manera en que apoya y pide el balón en todas las jugadas; debe aparecer más. Necesitamos mucho más de Vinícius. Qué puedo decirte de Espí. Diomande es todavía un proyecto. Eché de menos unos minutos de Brahim. Mbappé debe aprender aún cómo funciona el nuevo Real Madrid. A la defensa le faltan muchas cosas, pero los mimbres están ahí. Camavinga será una pieza importante si Mou consigue que suelte el balón tras el primer toque. A Bellingham se le nota que tiene ganas de una temporada de gloria. Lo divertido empezará cuando Cucurella se encuentre bien y empiece a doblar a Vini por la banda. Y, con todo, un recordatorio: ayer pudimos marcar muchos más goles.
Me habría gustado un estreno de goleada. Pero habría sido un espejismo y podría haber trasladado erróneamente la idea de que ya está todo hecho
Las sensaciones, decía, son pequeños brochazos de optimismo. Los sentimientos, que son algo más profundo, emocional y elaborado, me permiten seguir soñando con que sea esta la temporada que todos estamos esperando. Mou debe cumplir su palabra y tener a todos los futbolistas en tensión. No hace falta recordar que todos los equipos se enfrentan al Real Madrid como si fuera una final. Eso exige a los nuestros una ambición constante que no vimos en la temporada pasada. No hay tiempo para echarse a dormir. No hay tiempo para esperar a que los titulares intocables despierten en los partidos en que se les nubla la cabeza. Además del Plan Espí —quien creo que va a marcar muchísimos goles esta temporada incluso jugando pocos minutos por partido—, tenemos talento y capacidades para otros muchos planes.
Me habría gustado un estreno de goleada, con sensaciones solo positivas, y con sentimientos de euforia brotando de nuestros blancos corazones. Pero habría sido un espejismo. Con un montón de jugadores que tan solo llevan unas semanas entrenando juntos, una victoria holgada y fácil podría trasladar erróneamente la idea de que ya está todo hecho, de que el equipo ya es imparable. Es probable que termine siendo imparable, pero también lo es que falta muchísimo trabajo, falta mucho equipo por hacer. La mejor noticia para el madridismo es que tanto el entrenador como los jugadores lo saben.
Antes quería que empezara de una vez la temporada. Ahora quiero que el equipo esté ya engrasado y empiece a volar. Supongo que todos los madridistas estamos ahí. Como cantaba Diego Vasallo hace unos años, “hay un cargamento de cosas buenas en camino”.
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Buenos días.
Hoy no comenzaremos con una portada, sino con un interior de la hoja parroquial de Tebas:
Debido a lo anodino de su existencia, conviene recordar quién es este tal González Fuertes. Se trata del analista arbitral de Radio Marca, excolegiado conocido principalmente por lubricar el tinglado y amenazar al Madrid en la previa de la final de Copa de 2025 mientras su compi De Burgos Bengoetxea plañía.
El señor Fuertes sentencia que la entrada dura al tobillo y sin balón de Cala sobre Carreras no es suficiente para que el jugador perico vea la segunda amarilla —que, a efectos prácticos, ya sería la tercera, pues la patada en la espalda a Vini se fue al limbo—. Aduce que «el listón debe ser más alto».
Como González Fuertes ha introducido inesperadamente la lexicografía en el debate arbitral, acudimos al Diccionario de la lengua española para saber exactamente qué listón pretende elevar. Clic:
Cinta de seda, filete arquitectónico, pedazo de tabla, moldura, barra de salto... Ninguna acepción parece aclarar gran cosa sobre el criterio empleado en Cornellà. Tampoco la taurina, aunque tratándose del arbitraje español nunca se sabe.
Como en la RAE suelen estar muy ocupados, que si acto por aquí, café por allá, simposio por acullá, a veces se les queda alguna acepción olvidada en el tercer cajón de la cocina. Para esto estamos nosotros. Rebuscamos:
Ahí aparece una séptima: «Persona avispada muy grande». Pero tampoco nos resuelve el expediente González Fuertes, ni siquiera aplicándoselo a él. Lo de «muy grande» no podemos comprobarlo porque, y esto es rigurosamente cierto, no hemos encontrado publicada su estatura en ningún sitio. Y lo de «avispada» preferimos someterlo al criterio del lector, que a estas alturas ya dispone de elementos de juicio para saber si el colaborador de Radio Marca tiene o no la silueta a rayas amarillas y negras.
Sin embargo, se nos abre otra vía de investigación. Si uno puede fabricar un listón, cabe realizar el mismo experimento con su pariente semántico menos favorecido. Tecleamos tontón y la Academia, con una pequeña ayuda de La Galerna, nos obsequia con lo siguiente:
La primera acepción nos lleva a Panamá y no vamos a meternos en un chocho así —con perdón—. La segunda: «Bobo muy grande», y la tercera: «Antiguo aparatejo utilizado en los vehículos para perderse» merecen nuestra atención.
Por el mismo motivo que hemos descartado calificar como listo muy grande a González Fuertes, descartamos aplicarle la segunda acepción, pese a que a algún mal pensado ya le gustaría.
Sin embargo, nos cuadra —y no Fernández— más la tercera, pues este sujeto se ha pasado años conduciendo los partidos desde el VAR de manera que los extraviaba por los caminos que le venían mejor a él.
Aunque, puestos a hablar de extravíos, quizá convenga abandonar por un momento a González Fuertes y volver al asunto que ha provocado todo este chocho —de nuevo, disculpas—. José Mourinho dijo el sábado que vivimos en una época antibullying salvo con Vinícius. Leed hoy a Guasch.
La respuesta del gremio periodístico ha sido bastante instructiva, pues con su modo de negar esta descripción de los hechos de Mou precisamente consiguió confirmarlos.
En COPE, como es habitual, alcanzaron cotas especialmente elevadas. Santi Cañizares sostuvo que «nadie quiere un jugador así en su club» y que el Madrid se había visto obligado a renovarlo porque no había encontrado comprador. Gonzalo Miró aportó que «se ha visto que el bueno es Mbappé». Y Alfredo Relaño explicó que «tiene más gracia pegarle y provocarle a él que a otros». La frase, por si creéis que es una hipérbole nuestra, podéis escucharla en el audio del programa.
La cuenta oficial del Espanyol también dio cera al siete madridista, ya sabéis.
Otros, como David Bernabéu Reverter, prefirieron la vía de argumentar que emplear el término bullying con Vini banaliza algo muy serio porque el brasileño es un «probado provocador».
Creo q el bullying es algo muy serio. Frivolizarlo y banalizarlo para defender a Vinicius, un probado provocador, es un error grave. Desafortunado. Espero q rectifique y concentre sus energías en mejorar la imagen mediocre q hoy ha dado su equipo.
— David Bernabeu Reverter (@DBR8) August 22, 2026
Curiosamente, gracias a El Norteño, descubrimos que el bullying es bullying siempre, salvo que la víctima sea Vinícius.
Por esas casualidades de la vida, hace un rato he visto aquí en tuiter una entrevista a Anthony Hopkins hablando de bullying en rodajes de cine. No he visto ninguna respuesta achacándole que eso sea trivializar el bullying porque los actores son adultos y ganan millonadas. https://t.co/IxuFCWeh6v
— El Norteño (@fsp1967) August 23, 2026
Sobre lo adecuado o no de la utilización del término bullying, aconsejamos que leáis esta pieza de Jesús Bengoechea publicada ayer en este medio que él mismo edita. Además, aconsejamos que le echéis al menos un ojo —y una oreja— a este vídeo de Kollins:
Vamos ahora con las portadas.
Marca y As titulan igual: «Sin perdón», en referencia al tratamiento recibido por Julián Álvarez de parte de su propia afición.
Mundo Deportivo habla de «Divorcio total», que no es una pesadilla de separación de Schwarzenegger en Marte, sino la situación entre la Araña y los del Atleti.
La preocupación general por el argentino nos parece genial, no es sencillo digerir una pitada multitudinaria de tu propia gente. Llama algo más la atención que el mismo ecosistema que examina con tanta delicadeza el sufrimiento de Julián se afane en responsabilizar a Vini del acoso que recibe.
En Can Barça están contentos, su sistema sigue hostigando al Madrid, dando palos a Vini y poniéndoles una alfombra azulgrana bajo sus pies. Anoche Gavi —ahora con pelito rosa— se marchó del encuentro sin amarilla.
Parece que Gavi sigue teniendo barra libre en LaLiga.
Pese a esta entrada a destiempo al jugador del Elche, el árbitro Quintero González decidió no mostrarle tarjeta al jugador del Barça.pic.twitter.com/ULCNtHtmI7
— Helena 🇮🇨 (@HdeHelena_RM) August 23, 2026
Hace décadas —tal vez desde siempre— el listón arbitral del fútbol español es de geometría y altura variables. Esta habilidad para amoldar la norma a cada uno según los intereses de los listos que lo dirigen ha producido un rebaño considerable de individuos sin mayor capacidad que mostrarse serviles con quien les suministran un sueldo desproporcionado para sus capacidades mentales y físicas. Y, hasta que se desarticule la banda, así seguirá siendo.
Por cierto, el bullying hace mucho tiempo que dejó de tener gracia, si es que alguna vez la tuvo para alguien. Excepto en España cuando la víctima es Vinícius.
Pasad un buen día.
Fácil: acoso, es acoso. Que nuestro idioma saca de apuros hasta a los analfabetos. Ya saben. Al final del partido en Cornellá, Mourinho dijo que Vinícius sufre bullying. Y puso a la turba en fila.
Los profesionales del periodismo deportivo y similares son los que más se han manifestado sobre el particular, la mayoría en contra de lo manifestado por el entrenador portugués.
No me ha parecido oportuno molestar al respecto a amigos y/o conocidos psicólogos, psiquiatras, psicopedagogos y tal en un domingo, y encima de agosto. No iban a tener influencia en lo fundamental, y para eso me basto. Lo fundamental, y luego me extiendo, es reconocer el inmenso amor que Vinícius siente por el Madrid.
Parece claro que entre los rasgos del bullying está la intención de dañar, no se trata de un hecho fortuito ni accidental. Es además repetitivo, no una situación aislada. Los insultos, burlas, amenazas, apodos hirientes y tal forman parte del decorado.
Lo de Vinícius no será bullying —o sí— pero huele a bullying que tumba. Situación que forma parte de su vida desde que llegó a España. Con 18 años, en un derbi de filiales, uno del Atleti le mordió la cabeza. Y hasta hoy.
Entre los defensores de que esto no es bullying están muchos de los que sostenían, y siguen, que el sonido del mono, el muérete, el negro-de-mierda no eran ni son racismo y sí una reacción comprensible de espectadores a los que Vinícius provoca y desquicia con su comportamiento.
Venía a demostrarlo, nos contaban, que los protagonistas de tan bellas expresiones no las utilizaban con otros jugadores negros, luego el culpable era Vinícius, el negro que rompía sus estándares. Y la rivalidad cruza los cables, ya se sabe. Eso se llegó a decir en un juzgado.
Veintiséis denuncias por episodios racistas acumula Vinícius en España, 26. No existe futbolista ni deportista alguno que se le acerque.
Lo cual me anima a pensar que esto no tiene arreglo, uno, y que debemos destacar lo mucho que debe querer al Madrid, dos. Tantísimo que ha renovado su contrato hasta 2031. Yo me hubiese ido pitando. Su sistema nervioso se lo hubiera agradecido eternamente.
Veintiséis denuncias por episodios racistas acumula Vinícius en España. Lo cual me anima a pensar que esto no tiene arreglo, uno, y que debemos destacar lo mucho que debe querer al Madrid, dos
Han bastado dos partidos en España para comprobar que su situación no va a cambiar. Pisó Riazor por primera vez y lo abroncaron como si fuese una estrella del Celta. Que en la historia del Depor, el Madrid, el equipo de Vinícius, ha sido un aliado extraordinario merecedor de una plaza en el centro mismo de Riazor, tampoco vale. Salió Vinícius, trofeo Teresa Herrera, y lo abroncaron.
Primer partido oficial. ¿Qué puede tener la afición del Espanyol contra Vinícius, así de entrada? Se me escapa. La mecha la encendió una patada sin balón del joven Calatrava al 7. Amarilla era. No apareció.
Como tantas veces, la vio todo el estadio menos el linier —hay una foto con él a pocos metros—, el árbitro y desde luego el VAR, que una vez no interviene porque no debe y la siguiente porque no quiere.
La estadística enseña que el marcador de Vinícius o quien le encima tarda más de media hora en ser amonestado… si lo es.
La mayoría de primeras faltas del partido las recibe él. Y generalmente de rivales distintos. Estrategia. La que le falta al trío arbitral. O no, simplemente se hace el loco. En esta ocasión el mismo Calatrava fue el primero en ser amonestado. Lo fue por conducta antideportiva en el minuto 32. En esa misma acción también la vio Vinícius. OK.
Son muchos años. No puede ser casualidad. Ojo a este dato del señor Kollins: los defensores de Lamine Yamal en Liga ven una tarjeta amarilla cada 3 faltas que cometen; los que se encargan de Vinícius, cada 16.
En rojas, los marcadores de Vinícius la ven cada 68 faltas graves y cada 11 los de Lamine. En Europa, Lamine y Vinícius empatan. Cada tres faltas los rivales de ambos ven amarilla. Cada tres. Los dos. Oh. No. No hay remedio. Hay amores que duelen, decía mi abuela. El de Vinícius y el Madrid no conoce la anestesia.
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Si es fijación, que lo sea. Si es obsesión, que así sea considerada. No importa. La renovación de Vinícius es lo peor que le ha ocurrido al Real Madrid en años y el mayor error del presidente Florentino Pérez desde que retornó al club en 2009.
Para quien esto escribe, Vinícius debería haber sido traspasado en el pico de su valor, hace exactamente dos años. Habría sido doloroso, sí, pero habría sido económicamente sobresaliente y deportivamente rentable. Cuestión diferente es que existiera realmente esa presunta oferta por una cantidad que muchos apenas podemos imaginar.
Vinícius tiene una relación de amor-odio con el balón. Resulta desconcertante haberle visto realizar regates dignos de anuncios de marca deportiva para observar cómo ahora tiene el mismo problema que algunos achacábamos a Fernando Torres: corre mucho y con mucha potencia, pero, al golpear la pelota, ya sea para chutar o para pasar, tiene un porcentaje de error casi inadmisible. A finales de agosto de 2026, Vinícius es una rémora para el Real Madrid. Su sueldo no se justifica con su rendimiento y, en el campo, crea más problemas que los que soluciona.
Vinícius debería haber sido traspasado en el pico de su valor, hace exactamente dos años. Habría sido doloroso, sí, pero habría sido económicamente sobresaliente y deportivamente rentable
Su permeabilidad al ambiente es parte de su sueldo, y me refiero a los pitos, no a las barbaridades proferidas contra él en el Metropolitano o en Mestalla y que ningún ser humano tendría que escuchar jamás. En el salario pingüe que recibe, más aún ahora, va su capacidad de concentración y de abstracción de aquello que es accesorio. Hacemos chanza de Gavi y de sus altercados cada vez que pisa un campo, conscientes de que si no está metido en más es porque juega bastante poco. Vinícius tiene la borrica a brincos en prácticamente todos los partidos, y reto a quienes lo justifican a averiguar qué porcentaje de las tarjetas que ha recibido puede ser considerado como evitable con más templanza o inteligencia.
Saliendo de las polémicas, el rendimiento deportivo de Vinícius es lamentable durante los dos últimos años. La concesión del Balón de Oro a Rodri parece haberlo desquiciado a pesar del apoyo unánime que recibió de la mayor institución deportiva de la Historia. Lo que sí está claro es que el Real Madrid no puede permitirse jugar con un tipo que pierde o empeora una proporción elevadísima de los balones que toca, y no, no vamos a entrar en el “con lo que nos ha dado”, porque, si lo hiciéramos, sería interesante dilucidar quién ha dado más a quién, si Vinícius al Real Madrid o viceversa.
Saliendo de lo estrictamente deportivo, no quiero contar con alguien que faltó al respeto a Xabi Alonso primero al ser sustituido y luego otra vez en la nota que publicó, que debería haber sido causa de despido inmediato.
No va a pasar, pero más allá del fichaje de Rodri, Kroos con 24 años o un talento que aúne a Mauro Silva y Fernando Redondo, la mejor manera de mejorar la plantilla del Real Madrid en estos días que restan hasta el cierre del mercado pasa por traspasar a Vinícius, agradecerle lo ganado y reiterarle que el Real Madrid siempre será su casa. O no, da lo mismo, pero que salga. Hoy mejor que mañana.
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Mou ha hablado de “bullying” contra Vinícius, y gran parte de la prensa deportiva y las redes sociales se han echado contra él, rasgándose las vestiduras cual sepulcros blanqueados. “Es un tema muy serio, no frivolicemos”, te sueltan quienes llevan años y años, precisamente, frivolizando con el hecho de que un ser humano sea sistemáticamente insultado y acosado por otros miles (y por periodistas que lo aplauden) un fin de semana tras otro. Yo llevo medio siglo viendo fútbol y nunca he visto nada igual, en todos los ámbitos: agresiones impunes sobre el verde, cánticos racistas, artículos denigratorios y una actitud general deshumanizante contra un chico cuyo único delito es revolverse contra eso mismo, no siempre ejemplarmente, eso es verdad, pero quién puede exigir ejemplaridad en medio de este contexto.
Perdón, su pecado no es solo ese. También lo es el escudo que lleva en el pecho, escudo por el que siente tanto amor y gratitud que acaba de elegir seguir seis años más viviendo ese calvario con tal de disfrutar el honor de seguir defendiendo esa camiseta.
Todas las definiciones existentes de la palabra “bullying” avalan cien por cien la acusación de Mourinho. Aquí no cabe ni la discusión semántica.
“El bullying es un conducta agresiva y no deseada por parte de la víctima, que se repite a lo largo del tiempo. Implica un desequilibrio (real o percibido) entre el poder del agresor y el del agredido, causando daño físico, emocional o psicológico. Hay tres elementos distintivos: la intencionalidad, lo repetitivo de la conducta y el desequilibrio de poder (la persona objetivo del bullying se siente en desventaja debido a tamaño, fuerza, popularidad o estatus social)”.
Si hay alguien ahí que no ve que esta definición se ajusta como un guante a lo que padece desde hace años el delantero brasileño, que haga el favor de explicarlo. Aquí, en La Galerna, si quiere. Pero que no venga con que Vini gana mucho dinero o que no ayuda con su actitud. Ni aun siendo ciertas esas pegas servirían para descartar la atribución de la palabra bullying a lo que está pasando. Repasen la definición. No aparecen esos conceptos como contraejemplos que nieguen el bullying o siquiera lo maticen.
Si hay alguien ahí que no ve que la definición de bullying se ajusta como un guante a lo que padece desde hace años el delantero brasileño, que haga el favor de explicarlo
Tampoco, aunque sea el contexto de aplicación más habitual del término, se me diga que Vini no es un colegial que está en el instituto. Como deja claro la definición, el concepto trasciende ese contexto. No es un abuso que se circunscriba al aula y a la infancia. Ese es solo un tipo de bullying de entre los muchos posibles.
Es bullying, pura y simplemente, y el hecho de que Mou haya sido el primero que no haya dudado en usar la palabra no la hace menos atinada. Si acaso más, porque la valentía lleva bola extra. El que nadie lo haya dicho antes, o no lo haya explicado en esos términos, no lo hace menos verdad. Si acaso (repito) más, porque las verdades resplandecen más cuando alguien, por fin, supera el tabú y las suelta por la boca, a despecho del escándalo de los biempensantes.
Un punto interesante de la definición observada es lo del desequilibrio de poder. Este aspecto es especial y sangrantemente ajustado al caso de estudio. Vinícius es un individuo increpado por sistema, o sea, por regla, sin que haya mediado ofensa previa, por parte de miles y miles de personas desde el (cuasi)anonimato de una grada. No hay mejor ejemplo de desequilibrio de poder. En cuanto a los mandobles y agresiones que recibe sobre el césped, el desequilibrio de poder se basa en la acostumbrada impunidad de esas agresiones. Cuando sabes que puedes pegar a Vini sin ver tarjeta, como saben a ciencia cierta la totalidad de los defensas de Primera, estás ejerciendo sobre tu víctima un poder del que él carece, y que te otorga una prebenda injusta. Desequilibrio de poder.
Lo mismo cabe decirse de un periodista que redacta un artículo o emite una perorata deshumanizadora (quizá incluso con tintes racistas, como hemos visto a veces) contra el brasileño. Vini no puede defenderse de esa agresión verbal. Puro desequilibrio de poder.
Todo, absolutamente todo, encaja en la definición de “bullying”. Mourinho no ha podido estar más acertado. La frase completa es para enmarcar: “Estamos en una era social de antibullying, pero con Vini estamos todavía en el bullying". Es un contraste desolador entre el camino por el que avanza la sociedad, que en este terreno es positivo, y el que esa sociedad (o al menos algunos de sus más casposos y violentos representantes) ha elegido seguir contra una persona específica por haber cometido el delito de caerles mal, que al final se reduce a eso, tristemente. A eso y al escudo que luce y ama, como decíamos. Vini es la excepción a la regla antibullying. Nos hemos puesto de acuerdo en que no conviene cosificar a la mujer, pero hemos hecho la excepción del reggaetón. Nos hemos puesto de acuerdo en que el acoso está feo, pero hemos hecho la excepción de Vini. Solo que lo segundo, claro, es infinitamente más grave por ser más concreto, menos vago. Es infinitamente más grave porque lo sufre una persona sola, a manos de miles de ellas.
Nos hemos puesto de acuerdo en que el acoso está feo, pero hemos hecho la excepción de Vini
Antes decía que Vinícius no siempre responde ejemplarmente a la agresión. Si hablamos de respuestas ejemplares, lo primero que hay que recalcar es la palabra “respuesta”. Rara vez es Vinícius el primero en ofender. Cuando manda a segunda a aficiones rivales, cosa censurable por supuesto, es porque lleva un rato soportando una tormenta de mofas e imprecaciones por parte de gradas enteras. Cuando finge en el área, cosa que tampoco es edificante, lo hace porque está hastiado de que nunca le piten los penaltis de verdad, y siente que tiene que inventar algo. Cuando se revuelve de manera frenética contra el árbitro, es porque no aguanta más que le cosan a patadas que no son castigadas con tarjeta. Son respuestas. Él no empieza. No es Luis Suárez, agresor y fingidor permanente y sin causa, cuya actitud vergonzosa, sin embargo, jamás hizo levantar una ceja a casi ningún plumilla de este bendito país.
Lo segundo que hay que analizar es la palabra “ejemplares”, y nos aproximamos al giro de tuerca final. El propio Mourinho ha admitido que Vini no es un santo. Ha quedado claro que estoy de acuerdo en que no lo es, pero ¿por qué no lo es? Hay razones intrínsecas que tienen que ver con un carácter que dista de ser perfecto. Pero ¿y si hay algo más? ¿Y si una de las razones por las que Vini no es ejemplar es porque siente que no da más de sí en contestación a los ataques? En otras palabras, ¿y si una de las razones por las que no es ejemplar es porque se siente solo?
Si sus compañeros en el campo le acompañaran en sus batallas, que casi siempre son justas, quizá veríamos un Vinícius más centrado, porque no tendría que luchar personalmente todas las batallas ni hacer él todos los esfuerzos. El año pasado vimos cómo sus compañeros le defendían de ataques racistas. Se vio en el campo y fuera de él, con declaraciones contundentes (Valverde, Mbappé). Ese es el camino a seguir, pero no hay que ceñirse solo a lo del racismo. Vini debe sentir el apoyo de los suyos cuando le siegan los tobillos y el árbitro ni se inmuta. Lo mismo cuando las masas rugen sin motivo contra él. Si sus compañeros le arroparan más sobre la cancha, sus reacciones no serían tan desmedidas, por la sencilla razón de que no harían falta, o no en la misma medida.
Para mejorar la conducta de Vinícius, lo más inteligente es apoyarle. Sus entrenadores lo han hecho, pero no siempre con la contundencia debida. Mou ha sido el primero en entrar al más incómodo de los trapos con una aseveración tan taxativa como justa. Vini necesita, precisa y exactamente, lo que Mou hizo ayer.
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