Estamos en guerra. En realidad, ya lo estábamos, desde hace treinta años. La diferencia está en que, como dice nuestro entrenador, al gato ya no solo se le ve la cola (el plumero, diríamos aquí) sino que ahora campa por todas partes sin que nadie denuncie lo evidente, salvo unos pocos, porque las piscinas no se pagan solas. Sí, esto último es de una canción.
Las guerras no son buenas para nadie, ni siquiera para el que las provoca, pero aquí estamos, muy a nuestro pesar, obligados a defender lo que es nuestro, nosotros, que solo queremos ver fútbol y discutir sobre dobles pivotes y laterales largos.
La solución lógica fracasó. Hablo de la SuperLiga. Y lo hizo, probablemente, porque lo de la corrupción sistémica no es algo endémico de este país, sino el estado natural de las cosas. Los que dirigen el negocio no van a entender nada que no sea un chanchullo que obligue a unos y otros en una red interminable de favores y beneficios. Es como proponer a Tony Soprano abrir una cafetería.
La alternativa es, claro, entrar en el juego. Es muy fácil. Unos pagos por aquí, unas firmas por allá, unos votos cuando toque, y a ganar Ligas y Supercopas. De repente, seríamos un equipo más simpático, podríamos fichar a jugadores de otros equipos de la Liga y nuestras estrellas serían admiradas como lo que son, grandes jugadores a los que merece la pena ver. ¿Saldo arbitral? Una cosa del pasado, oiga.
El problema es que no queremos eso. No somos eso. Llevamos una camiseta limpia y blanca y queremos que siga así.
¿Qué nos queda, entonces? Lo de siempre, lo que nos define: Seguir luchando, hasta el final, sea este el que sea.
Getty Images












La Galerna trabaja por la higiene del foro de comentarios, pero no se hace responsable de los mismos