Courtois: bien. Último partido de un año malo para el equipo. Thibaut, sin embargo, estuvo a la altura.
Carvajal: matrícula de honor. Por su carrera, por su garra, por su lucha, por sus centros, por goles que valen Copas de Europa. Gracias, Dani.
Asencio: aprobado. Faena de aliño.
Alaba: sobresaliente. Su despedida, con las sillas en todo lo alto, entra en la historia del Madrid.
Álvaro: aprobado. Dio sus últimas carreras de la campaña.
Valverde: aprobado. Recogió el brazalete de capitán cuando se marchó Carvajal.
Bellingham: notable. Terminó la temporada con un gol de bandera.
Thiago: notable. Dos asistencias. Los errores se pulen con trabajo y tiempo.
Mastantuono: aprobado. En la línea de toda la temporada.
Gonzalo: bien. Marcó un gol de delantero. Curiosamente lo que es.
Mbappé: aprobado. No se vino abajo con los pitos, no se escondió y acabó marcando.
Huijsen: aprobado. Salió con la intensidad que requería el partido, como pudo comprobarse en el último gol del Athletic.
Brahim: notable. Un ratito y gol. Estupendo.
Güler: sin tiempo.
Ceballos: sin tiempo.
Manu Serrano: sin tiempo. Un canterano que empieza relevó a uno que termina.
Arbeloa: sobresaliente. Siempre ha puesto al Real Madrid por delante. Gracias, Álvaro.
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Arbitró Juan Martínez Munuera del colegio valenciano. En el VAR estuvo Raúl Martín González Francés.
Partido sin problemas ni jugadas polémicas en las áreas.
El trencilla mostró amarilla a Thiago por una dura entrada con la planta a Jaureguizar en el 3', y después a Bellingham por derribar con la pierna de apoyo a Yeray en el 18'. También debió hacerlo, para mantener el listón, con Gorosabel en el 67' por pisar a Mbappé.
El gol de Brahim en el 89' finalmente subió al marcador tras comprobar el VAR que Mbappé no estaba en fuera de juego.
Martínez Munuera, CORRECTO.
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Dicen que no hay que poner todos los huevos en la misma cesta. El Madrid —de baloncesto— ayer se aplicó el cuento y colocó un par en la del Valencia Basket. Y mientras esperaba la gran puesta frente a Olympiacos, se enfrentaba —el de fútbol— al Athletic Club.
El interés residía en despedir como merecía a uno de los jugadores históricos del club: Dani Carvajal. Se desplegó un mosaico en el fondo con la recordada imagen junto a Di Stéfano colocando la primera piedra de Valdebebas, cuando el lateral lucía pelete rubio.
En este último encuentro de la liga también se despedía Alaba, magnífico futbolista que aportó todo lo que le permitieron las lesiones. Además de regalarnos aquella celebración con la silla.
Arbeloa dirigía su último partido. Hay que agradecerle siempre el gesto que ha tenido de inmolarse por el Real Madrid. Ojalá goce de otra oportunidad. Por cierto, Ernesto Valverde también se sentaba por última vez en el banquillo vasco en esta su tercera etapa.
Por desgracia —o suerte—, es probable que fuera el último partido para algún otro jugador.
El final del tardeo de Riquelme acabó en el Bernabéu. Hizo lo posible para que se le viera junto a personas. Mañana, de nuevo, recibirá el apoyo mediático del sistema. Tienen poco tiempo y van con todo.
En lo futbolístico, encuentro sin nada en juego y a las puertas del Mundial.
El primer gol llegó a los doce minutos. Carvajal sirvió una espléndida asistencia a Gonzalo, quien controló el balón y lo mandó a la red. 1-0. Carlos Martínez y compañía —como no podía ser de otra manera— tienen en gran estima a Dani Carvajal.
Hasta el 24' no hubo otro disparo a puerta, de Thiago. Sin consecuencias. Cuatro minutos después, Mbappé recibió en posición propicia, pero no anduvo fino, hecho que hizo aumentar los pitos del sector de la afición que le dedica música de viento a Kylian.
El Athletic se acercó con peligro en un centro que si sí que si no que si todo lo contrario. Al final, no. El balón acabó bajo la custodia de Courtois.
Los futbolistas pararon un momentito para beber agua u otros brebajes similares. Alguno apuraba sobrecitos ayudándose con los dedos de la misma manera que se hacía con los flashes.
El refrigerio le sentó bien a Thiago y a Jude. El primero elevó la pelota sobre la defensa rojiblanca. El segundo la aterrizó con el pecho y la voleó con espectacularidad. 2-0.
Al final de la primera parte, Mbappé se aproximó a portería por la línea de fondo y en lugar de centrar o disparar, envió el esférico lejos de todo cuando se encontraba muy cerca del arco. Y con ambos equipos casi en la caseta, Guruzeta acortó distancias. 2-1. Descanso.
El Athletic reanudó la segunda parte poniendo en aprietos al Madrid en dos ocasiones consecutivas, pero quien marcó fue el Madrid. Mbappé acalló los pitos con un zapatazo que mandó la pelota al fondo de la red. 3-1. El francés se acercó a saludar a Arbeloa, igual que hizo Jude, tras anotar.
La primera despedida de la noche, la de Alaba. Lo sustituyó Huijsen. Recibió el abrazo de todos los compañeros mientras se dirigía a la banda, donde le esperaba la familia emocionada. La grada comenzó a levantar sillas blancas.
Continuaba el carrusel de cambios. Ceballos, Brahim y Güler sustituyeron a Bellingham, Gonzalo y Mastantuono.
Y llegó el momento más emotivo de la noche, la salida del campo de Dani Carvajal. El partido, el tiempo y algo en el corazoncito se detuvieron unos minutos. Ambos equipos hicieron el pasillo a Dani. Entró en su lugar Manu Serrano, otro joven de la cantera, igual que lo fue él.
Su mujer y sus peques esperaban al otro lado de la línea de cal para abrazar a la leyenda del Real Madrid que se despedía de su casa.
El cuarto, obra de Brahim. El gol subió al marcador cuando quiso el VAR, pues Martínez Munuera lo había anulado por un fuera de juego inexistente.
Hubo tiempo para otro gol. De cabeza Izeta, como quien recita el final del abecedario.
Así acabó el encuentro, acabó la liga, acabó el periplo de Alaba en el Madrid y de Arbeloa en el banquillo.
También el del capitán Carvajal. Gracias por todo, Dani, jugadores como tú y con 6 Champions aparecen de Pascuas a Ramos. Hoy cerraste el círculo. Carvajal: de la primera piedra al último pasillo.
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Hay causas que giran alrededor de un hombre. Que se alimentan de su figura, que aguardan su palabra, que construyen su arquitectura sobre la promesa —o la amenaza— de lo que ese hombre podría llegar a decir cuando se sienta frente a un juez. El caso Negreira fue durante mucho tiempo una de ellas. Ya no lo es. O, al menos, ya no puede serlo del mismo modo. José María Enríquez Negreira, el hombre que da nombre al procedimiento que ha sacudido los cimientos del fútbol español, está perdiendo la batalla cognitiva que libra en silencio desde hace años. Y ese silencio, que sus abogados han convertido en escudo procesal, va a obligar a todas las partes a replantear su estrategia desde los cimientos.
Durante casi tres años de instrucción, el Juzgado de Instrucción número 1 de Barcelona acumuló tomos, expedientes y declaraciones en torno a una causa que el propio tiempo ha ido complejizando. José María Enríquez Negreira, Vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros de la Real Federación Española de Fútbol entre 1994 y 2018, era algo más que el protagonista nominal del procedimiento. Era, en términos procesales, la clave de bóveda. El hombre que recibió más de siete millones y medio de euros del FC Barcelona a través de un sistema de sociedades interpuestas durante diecisiete años. El hombre que, ante los inspectores de la Agencia Tributaria, había dicho —antes de que estallara el escándalo, antes de que hubiera cámaras ni titulares— que le pagaban «para que todo fuese neutral».
Esa frase, pronunciada en el contexto aséptico de una diligencia fiscal, sin abogados penalistas, sin la autoconciencia del investigado que calibra cada palabra, es probablemente la descripción más precisa de la finalidad del sistema que ha producido este procedimiento. Y es también, por eso mismo, la pieza que todas las partes querían —o temían— ver llegar al juicio oral.
El hombre que recibió los pagos ya no puede explicar para qué eran. La pregunta que queda en el aire es si eso importa jurídicamente. Y la respuesta es más compleja de lo que parece
Pero Negreira ya no puede llegar del mismo modo. La Fundación ACE, centro de referencia nacional en el tratamiento del Alzheimer, emitió en enero de 2026 un informe que sitúa al anciano expresivo en el nivel 5 de la escala de deterioro cognitivo de Reisberg —deterioro moderado-grave, demencia moderada—. Sus propios abogados lo han llevado al juzgado no para que declare, sino para que no pueda hacerlo: han solicitado un nuevo reconocimiento médico forense que evalúe si su representado tiene capacidad procesal para actuar con plenas garantías en el procedimiento. La petición es formalmente impecable. Y estratégicamente demoledora.
Porque en torno a esa pregunta —¿cambia algo la incapacidad de Negreira?— se está librando una de las batallas tácticas más sofisticadas de la causa. Y la respuesta, como suele ocurrir en el Derecho Penal de alta complejidad, no es binaria.
La primera confusión que conviene despejar es conceptual, y sin embargo determina todo lo demás. La inimputabilidad sobrevenida —o la incapacidad procesal, que son dos figuras técnicamente distintas aunque en este caso tenderán a converger— no afecta a la realidad de los hechos investigados. No borra los pagos. No anula las facturas. No destruye los expedientes de la Agencia Tributaria. No deshace los siete millones y medio de euros que fluyeron desde el FC Barcelona hasta el entorno mercantil del hombre que designaba a los árbitros.
Lo que hace, en puridad, es algo más acotado y más específico: impide que Negreira pueda ser juzgado y condenado. Puede que el procedimiento contra él derive en sobreseimiento provisional, en aplicación de medidas de seguridad en lugar de penas, o en una tramitación separada que aguarde una mejoría cognitiva que nadie espera. Pero el procedimiento contra el FC Barcelona, contra sus expresidentes, contra los directivos que autorizaron los pagos, contra los intermediarios que diseñaron el circuito opaco —ese procedimiento no tiene por qué detenerse.
La arquitectura de la causa, en efecto, nunca descansó exclusivamente sobre la confesión de Negreira. Descansaba sobre el sistema. Y el sistema sigue ahí, documentado con una minuciosidad que el propio imputado principal no podría alterar aunque quisiera.
Pero la pregunta que interesa a los juristas no es la más obvia —¿puede seguir el procedimiento?— sino la más delicada: ¿qué ocurre con lo que Negreira ya dijo?
¿Qué valor probatorio tienen sus declaraciones previas cuando su autor ya no puede ser sometido a contradicción?
La respuesta está en la naturaleza de esas declaraciones. A diferencia de una declaración prestada ante la policía —que el Acuerdo del Pleno no jurisdiccional de la Sala Segunda del Tribunal Supremo de junio de 2015 excluyó expresamente del acervo probatorio—, la declaración de Negreira ante la Agencia Tributaria tiene una naturaleza radicalmente distinta. Es un documento público administrativo, extendido por funcionarios con fe pública en el ejercicio de sus funciones, dentro de un procedimiento tributario formal. No es un atestado. No está contaminada por la presión de una detención. No es el producto de una estrategia defensiva ni de la asistencia letrada orientada a minimizar consecuencias penales.
Una declaración que compromete a su autor es, para la jurisprudencia, la más creíble. Negreira no tenía razón para mentir en ese sentido. Y no mintió
Es, en el lenguaje que usaría cualquier magistrado de la Sala Segunda, una declaración espontánea, realizada sin motivación defensiva penal, documentada por autoridad pública, anterior al proceso penal y dotada de un rasgo que la doctrina valora especialmente: es autocrítica. Negreira no estaba incriminando a nadie. Estaba describiendo su propia actividad económica para una inspección fiscal. Y en ese contexto describió los pagos del FC Barcelona como orientados a que «todo fuese neutral».
El artículo 730 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal permite leer en el juicio oral las diligencias practicadas en el sumario que por causas independientes de la voluntad de las partes no puedan reproducirse en el plenario. El deterioro cognitivo sobrevenido —que nadie en la sala de vistas puede reprochar a ninguna de las partes— encaja funcionalmente en ese supuesto. La jurisprudencia lo ha aplicado a testigos fallecidos, a enfermos terminales, a personas en paradero desconocido. La analogía con quien ha perdido su capacidad cognitiva es argumentalmente robusta, aunque no exenta de debate.
Pero incluso sin necesidad de recurrir al artículo 730, la declaración puede entrar al juicio por otra vía: el testimonio de los propios inspectores de la AEAT que la recibieron. Los funcionarios tributarios no son funcionarios policiales —a quienes el TS prohibió actuar como transmisores de declaraciones— y pueden declarar como testigos sobre lo que Negreira les dijo. El contenido de la declaración llega al juicio aunque Negreira no comparezca.
Desde el momento en que el deterioro cognitivo de Negreira se hizo visible en el procedimiento, las defensas de los acusados comenzaron a reconfigurar su estrategia. Lo que hasta entonces era una línea de defensa construida sobre la negación de la finalidad ilícita de los pagos —el asesoramiento técnico real, los informes arbitrales, la consultoría legítima— se enriqueció con un nuevo vector argumental: la imposibilidad de contradicción.
El argumento tiene una elegancia técnica que merece ser comprendida en sus propios términos. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha establecido, desde la sentencia Craxi contra Italia, que la condena no puede sostenerse cuando se basa de manera única o determinante en declaraciones de una persona a la que el acusado no ha podido interrogar ni durante la instrucción ni durante el juicio. Es la doctrina del testigo ausente. Y las defensas están intentando aplicarla aquí: si Negreira no puede ser interrogado en el juicio oral, si sus declaraciones previas no han podido ser sometidas a contradicción efectiva por sus representados, entonces esas declaraciones no pueden constituir la base de ninguna condena.
La segunda línea argumental es aún más sutil. Las defensas saben que el deterioro cognitivo de Negreira no es un hecho reciente: el diagnóstico GDS 4 —deterioro cognitivo moderado, demencia leve— ya existía cuando prestó declaración ante el juzgado de instrucción. Si ese deterioro era significativo en la época en que declaró ante los instructores judiciales, ¿no lo era también cuando declaró ante la Agencia Tributaria? ¿No estaban ya comprometidas sus facultades cognitivas cuando pronunció la frase que la acusación lleva consigo como un trofeo? El argumento busca contaminar retroactivamente la credibilidad de todas sus declaraciones anteriores, no solo las que se producirán —o no se producirán— en el juicio oral.
Hay además un tercer movimiento estratégico, quizá el más ambicioso: usar la incapacidad de Negreira para erosionar el nexo subjetivo del tipo. El delito de corrupción deportiva del artículo 286 bis.4 del Código Penal exige, en su tipo subjetivo, la finalidad de predeterminar o alterar la actuación arbitral. Esa finalidad, que la doctrina denomina ánimo de influencia sistémica, debe probarse respecto de cada uno de los acusados. Las defensas intentarán argumentar que, sin poder interrogar al único hombre que podría haber confirmado o desmentido cuál era la naturaleza real del acuerdo, la acreditación de esa finalidad es inviable. No hay confesión. No hay testigo disponible. Solo hay indicios. Y los indicios, dirán, no son suficientes.
Este tercer movimiento tiene un defecto de origen que las acusaciones intentarán explotar: confunde la ausencia de la prueba más cómoda con la ausencia de prueba. Son dos cosas muy distintas. Y el Derecho Penal español lleva décadas construyendo la doctrina que permite distinguirlas.
Cuando una causa pierde a su protagonista más expresivo, la acusación tiene dos opciones. Puede lamentarse del vacío que deja y construir sobre él una narrativa de debilidad probatoria. O puede hacer lo contrario: demostrar que la causa nunca necesitó de ese protagonista para sostenerse. Que el sistema que se investiga deja tantas huellas que su autor principal podría desvanecerse sin que la arquitectura de la condena se tambaleara.
Esa es la apuesta de la Fiscalía Anticorrupción y de las acusaciones particulares
—entre ellas el Real Madrid CF, personado como perjudicado— en el caso Negreira. Y es, hay que decirlo, una apuesta bien fundada en el material que la instrucción ha ido acumulando.
El relato acusatorio no descansa sobre la palabra de Negreira. Descansa sobre doce indicios convergentes, cada uno de ellos acreditado por prueba directa independiente. La posición institucional del receptor —Vicepresidente del CTA durante veinticuatro años— es un hecho documental, no una declaración. Los siete millones y medio de euros son una certeza matemática trazada por peritos. Las facturas con conceptos materialmente imposibles —torneos facturados antes de celebrarse— son documentos que se explican solos. La admisión del FC Barcelona ante la Agencia Tributaria de que los pagos carecían de justificación documental y tenían carácter de liberalidad es un acto formal del propio investigado, anterior a cualquier presión procesal penal.
La instrucción construyó un caso en el que el silencio de Negreira, aunque doloroso para quien esperaba su confesión, no produce el vacío que las defensas esperan
Y luego están las declaraciones que ningún deterioro cognitivo puede afectar porque son de otras personas. Albert Perrín, Vicepresidente del FC Barcelona entre 2005 y 2010, describió públicamente en mayo de 2023 —antes del proceso penal, sin motivación defensiva— cómo en 2003 la junta directiva debatió y decidió mantener los pagos por miedo a represalias arbitrales. La fórmula que usó era tan gráfica como jurídicamente precisa: ante las «mafias», «callar y pagar». Toni Freixa, Secretario y Portavoz de la misma junta durante varios años, confirmó que todas las juntas directivas sucesivas adoptaron la misma decisión conscientemente. Estas declaraciones no las puede silenciar ningún informe médico. No necesitan a Negreira para sostenerse.
La estrategia acusatoria consiste, en síntesis, en desplazar el centro de gravedad de la causa. Llevarla desde el testimonio de un hombre —que puede ser impugnado, que puede ser contaminado por el tiempo o la enfermedad— hacia el testimonio de un sistema. El sistema de pagos, con su opacidad deliberada, sus sociedades pantalla, sus facturas imposibles y su correlación exacta entre el cargo institucional del receptor y el flujo del dinero, cuenta una historia por sí mismo. Y esa historia no necesita que nadie la avale.
El punto de máxima tensión jurídica de la causa se sitúa precisamente aquí, en el territorio donde la acusación debe demostrar no solo que hubo pagos —que los hubo— sino que esos pagos tenían la finalidad que el tipo penal exige: predisponer el sistema arbitral a favor del FC Barcelona. Ese elemento subjetivo del injusto, que la doctrina denomina ánimo de influencia sistémica, es el corazón del delito del artículo 286 bis.4 del Código Penal.
Y es también, en la situación procesal que plantea la inimputabilidad de Negreira, el campo de batalla más exigente para las acusaciones.
La razón es conceptualmente sencilla. El dolo de influencia —la finalidad de condicionar el sistema arbitral— es un estado mental. No es un hecho externo. No puede ser verificado directamente. Solo puede inferirse a partir de los hechos exteriores que, en su conjunto, hacen que esa inferencia sea la más razonable. Y la inferencia más elaborada y más directa habría venido del propio Negreira: su descripción de los pagos como orientados a «que todo fuese neutral» era, en puridad, la prueba más directa del elemento tendencial del tipo.
Sin Negreira disponible en el juicio oral, la acusación debe construir ese mismo elemento subjetivo de otra forma. Y aquí entra en juego la doctrina del Tribunal Supremo sobre prueba indiciaria, que desde la STC 174/1985 —esa sentencia fundamental que cambió la comprensión constitucional de la prueba en el proceso penal— ha establecido que el dolo puede probarse mediante indicios, siempre que estos sean plurales, independientes entre sí, plenamente acreditados y convergentes en una única inferencia lógica que excluya las hipótesis alternativas.
El artículo 286 bis.4 CP añade una dimensión adicional que es, para las acusaciones, un arma de doble filo. Es un delito de mera actividad: se consuma con la realización de la conducta orientada a la finalidad ilícita, sin que el tipo requiera que ningún partido haya sido manipulado, que ningún árbitro haya recibido instrucciones directas o que ninguna decisión arbitral concreta haya sido condicionada por los pagos. Esto significa que la estrategia defensiva de demostrar la intachabilidad del arbitraje durante el período investigado —que algunas defensas han intentado activar, invocando estadísticas de saldos arbitrales— es jurídicamente irrelevante. El delito no exige resultado.
Pero ese mismo carácter de mera actividad obliga a la acusación a ser más exigente en la acreditación del elemento tendencial: si no se puede demostrar la manipulación efectiva —que en cualquier caso no es necesaria—, la finalidad de influencia debe resultar de los propios indicios con una fuerza inferencial que no deje espacio para hipótesis alternativas razonables.
Y ahí es donde el cuadro probatorio de la instrucción exhibe su solidez. La correlación exacta entre el cargo institucional de Negreira y los pagos —que comenzaron con el cargo y cesaron exactamente cuando éste abandonó el CTA—es un indicio que no admite explicación inocente: si se pagaba por un servicio técnico cuyo valor dependía del conocimiento del experto, ese valor no desaparecería con el cese institucional. El conocimiento técnico es personal; el poder sobre los árbitros era institucional. Y se pagaba por lo segundo.
Cuando el dinero sigue al cargo y se detiene con el cargo, el sistema confiesa su naturaleza aunque su protagonista guarde silencio
A esto se suma la desproporción económica —más de un millón de euros anuales por informes elaborados con fuentes abiertas, en diez o veinte horas de trabajo cada uno, según declaró el propio hijo del receptor—; la opacidad diseñada para que el club pagador no apareciera vinculado al Vicepresidente del CTA; y la ausencia de cualquier destinatario verificable del supuesto asesoramiento, dado que los entrenadores del primer equipo —quienes habrían debido usarlo—declararon no conocer siquiera la existencia de los informes.
La construcción del dolo mediante indicios no es, pues, una estrategia de emergencia ante la ausencia de Negreira. Es la metodología que esta causa siempre requirió, porque el ánimo de influencia sistémica nunca se iba a confesar en una sala de vistas. Se infiere del sistema, o no se infiere.
Hay en la historia de los grandes procesos judiciales un fenómeno que los cronistas de tribunales conocen bien: el riesgo de que la causa quede atrapada en la figura de su protagonista principal. Que el nombre del procedimiento se convierta en su único referente. Que si ese nombre desaparece del foco, la causa parezca vaciarse con él.
El caso Negreira ha corrido ese riesgo. Durante dos años y medio, su nombre ha ordenado el relato: el vicepresidente que cobraba, el sistema que pagaba, el silencio que se compraba. Era una historia con protagonista. Tenía la estructura narrativa que los medios de comunicación pueden transmitir con eficacia.
La incapacidad sobrevenida de Negreira altera esa estructura. Rompe la linealidad. Y obliga a un desplazamiento del protagonismo que, paradójicamente, puede resultar más peligroso para las defensas que la narración original.
Porque la desaparición procesal del hombre que da nombre al caso no disuelve la causa: la redistribuye. El foco se mueve desde el receptor hacia los pagadores. Desde el Vicepresidente del CTA hacia los presidentes del FC Barcelona que deliberaron y decidieron seguir pagando. Desde la figura del corrompido hacia la estructura del corrompedor. Y en ese desplazamiento, los acusados que permanecen procesalmente activos — Rosell, Bartomeu, Grau, Soler y el FCB—quedan más expuestos, no menos.
Hay además una lectura más incómoda para las defensas, que los mejores procesalistas de la acusación no han tardado en formular: una causa sin confesión, construida sobre prueba indiciaria robusta, puede ser más sólida frente al recurso que una condena basada en la palabra de un imputado. La confesión es impugnable: puede retractarse, puede alegar coacción, puede cuestionarse su comprensión. El sistema de indicios documentales, en cambio, no tiene voz que pueda retractarse. Los expedientes de la Agencia Tributaria no cambian de opinión. Las facturas imposibles no se arrepienten. El saldo bancario no olvida.
La acusación está construyendo, de forma deliberada o instintiva, el relato de un ecosistema de influencia. No el relato de un acto de corrupción. No el relato de un árbitro comprado en un partido concreto. Sino el relato de un sistema que durante diecisiete años funcionó como funciona cualquier sistema de captura institucional: en silencio, con apariencia de legalidad, con facturas que cubrían lo que no podía nombrarse.
Y ese relato, que la incapacidad de Negreira no puede destruir, ha dejado de depender de lo que el hombre pueda o no pueda decir. El sistema habla. Las facturas hablan. Los expedientes hablan. Los exdirectivos del propio club han hablado, con una candidez que ningún abogado defensor aprobaría, de «mafias» y de «callar y pagar». Negreira, en ese contexto, era el protagonista visible de un guion que otros escribieron, aprobaron y financiaron durante casi dos décadas.
Hay una ironía procesal que ninguno de los participantes en este procedimiento habría sido capaz de anticipar en el momento en que la Fiscalía presentó su denuncia en el Juzgado de Instrucción número 1 de Barcelona, en marzo de 2023. La eventual inimputabilidad del hombre que dio nombre a la causa podría convertirse, con el tiempo, en el elemento que la ponga a prueba de manera más exigente y también más definitiva.
Si Negreira hubiera podido comparecer al juicio oral con plenas facultades, habría declarado. Y en esa declaración, cualquiera que hubiera sido su contenido, se habría generado el espacio para la impugnación: la retractación, la matización, el silencio protegido por el derecho a no autoincriminarse. El procedimiento habría girado, como siempre giran estos procedimientos, en torno a lo que el testigo central dijo o no dijo, recordó o no recordó, quiso revelar o prefirió silenciar.
Ya no es la historia de un hombre que cobró durante diecisiete años. Es la historia de un sistema que pagó durante diecisiete años
Su ausencia fuerza una reconstrucción diferente. Más fría. Más documental. Más dependiente de la lógica que de la palabra. Y en esa reconstrucción, el sistema de pagos —su duración, su opacidad, su correlación con el cargo institucional del receptor, su desproporción económica, su ausencia de contraprestación verificable— tiene que hablar por sí mismo.
Las defensas intentarán que ese hablar sea insuficiente. Que la ausencia del testigo principal genere la duda razonable que impide la condena. Que el principio de contradicción —ese pilar del proceso equitativo que el Convenio Europeo de Derechos Humanos recoge en su artículo 6— se convierta en un escudo que ninguna inferencia documental pueda atravesar.
Las acusaciones responderán que la duda razonable no nace de la ausencia de una confesión sino de la existencia de una hipótesis alternativa plausible. Y que en este procedimiento, las hipótesis alternativas —el asesoramiento técnico real, la consultoría legítima, el desconocimiento de los directivos— han sido desmentidas una por una, con hechos, con documentos, con sus propias admisiones.
El procedimiento, en cualquier caso, ha dejado de ser lo que empezó siendo. Ya no es la historia de un hombre que cobró durante diecisiete años. Es la historia de un sistema que pagó durante diecisiete años. Y el sistema —a diferencia del hombre— no puede enfermar. No puede olvidar. No puede acogerse al derecho a no declarar.
La inimputabilidad de José María Enríquez Negreira no extingue la causa. La transforma. Y en esa transformación, el procedimiento puede encontrar su forma más acabada
Quedará para la Sala que finalmente juzgue esta causa la tarea más ardua y más necesaria: determinar si doce indicios independientes, convergentes, acreditados y no explicables por ninguna hipótesis alternativa razonable, son suficientes para inferir el dolo de influencia que el tipo del artículo 286 bis.4 del Código Penal exige. Si el sistema de pagos, con toda su densidad documental, habla con la claridad suficiente como para sostener una condena.
Esa es, en última instancia, la pregunta que este caso le formula al Derecho Penal español. Y que el Derecho Penal español, con sus herramientas dogmáticas y su jurisprudencia acumulada, deberá responder sin la voz del hombre que lo empezó todo.
El hombre que ya no puede hablar. Pero cuyo silencio, en la paradoja más profunda de esta causa, dice más de lo que él habría querido.
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Los aficionados al cine le debemos muchas cosas a George Lucas. Entre ellas, el concepto de rima dentro de una saga. Para el director californiano, todo su trabajo estaba en tocar el inconsciente colectivo. Más allá del archiconocido viaje del héroe, Lucas buscaba hacer poesía con su célebre saga. Por ello, cuando le preguntaban cómo tenía tan clara la estructura en Star Wars, el realizador afirmaba que «es como la poesía, riman; cada estrofa rima con la anterior».
Vengo pensando en todo esto desde el pasado día 12 de mayo. A cuento del impacto mundial de las declaraciones de Florentino Pérez, encuentro en el presidente un ánimo renovado. Es como si el máximo mandatario blanco hubiera retrocedido hasta el año 2000. Justo en el verano en el que ganó a Lorenzo Sanz aquellas elecciones.
Contra todo pronóstico, un señor semidesconocido se presentó con un discurso ambicioso y sin miedo a nada ni a nadie. Sin hipoteca alguna y con el firme propósito de hacer del Real Madrid lo que siempre había sido: un club diferente, único en la Historia del Deporte. En mayúsculas y en negro sobre blanco, el 17 de julio del 2000 Florentino Pérez serigrafió su nombre junto al del Real Madrid. Desde entonces, el club de Concha Espina superó todas las expectativas.
Ni en mis sueños más delirantes hubiera fantaseado con tantas hazañas. Y, especialmente, jamás pensé que pudiera ser posible una gestión deportiva y económica tan sobresaliente. Porque hay que decirlo sin ambages: el ejercicio de responsabilidad ética de Florentino y su junta directiva ha sido de matrícula de honor. Si ponderamos luces y sombras, la luz vence a la oscuridad. ¿Acaso hay algún tarugo que ponga esto en duda?
encuentro en Florentino un ánimo renovado. Es como si el máximo mandatario blanco hubiera retrocedido hasta el año 2000
Desde su ya célebre comparecencia, mayo ha sido de Florentino. El mandatario ha inundado titulares, copado con sus declaraciones tertulias televisivas y, en definitiva, ha regalado a la gente del mundo del fútbol la excusa perfecta para obviar los desmanes de la industria y volver la mirada al señor Pérez.
Cuando Florentino Pérez se vino arriba, sentí un inesperado sentimiento de euforia. Ver a alguien mesurado en las formas romper con el guion fue poesía. Al acabar su comparecencia, sentí una conmoción en la Fuerza. Al fin el Florentino de los famosos audios, el del palco de la Décima, se mostraba al mundo. Cuando más falta nos hacía el líder, este se nos anunció como Gandalf en las minas de Moria.
Volvamos al ejemplo de George Lucas. ¿Cómo lograba el director estadounidense armar su universo? Buscando una estructura narrativa y visual donde los diferentes elementos de las películas individuales se pudieran poner a dialogar entre ellos. Es decir, un cante de ida y vuelta que se diría en el flamenco.
Solo una mente privilegiada como la de Lucas es capaz de trazar una saga del calibre de Star Wars. Porque da igual lo que usted o yo opinemos del universo creado en 1977, es innegable que la cultura popular de nuestro tiempo no se entiende sin la existencia de esta epopeya galáctica.
Estos pequeños detalles creativos son tan necesarios en literatura como en comunicación. En definitiva, como dicen ahora los modernos, siempre se está creando un relato. Y es importante que la gente conozca estos vericuetos y los use en su vida cotidiana. No hace falta ser Joseph Campbell o Noam Chomsky para asimilar ciertos conceptos que nos facilitan la vida con los demás.
Florentino Pérez decidió el pasado martes 12 que ahora iba a ser él quien ajuste los tiempos del debate en torno al Real Madrid y su figura presidencial
He aquí un punto que está pasando desapercibido. Florentino Pérez decidió el pasado martes 12 que ahora iba a ser él quien ajuste los tiempos del debate en torno al Real Madrid y su figura presidencial. Obviando las ambigüedades entre la opinión pública y la opinión publicada, el señor Pérez dijo lo siguiente: esta boca es mía y sé cómo usarla.
Florentino Pérez pateó el tablero y los periodistas del Régimen siguen flipando en colores. Por lo tanto, tendríamos que ser más humildes y empezar a cuestionarnos si de veras el club es tan torpe en materia de comunicación. En mi opinión, de torpe no tiene un pelo el Real Madrid. Y sus responsables de comunicación, menos. Otra cosa bien distinta es si a Zutano le gusta más un estilo o si a Mengano le parece mejor actuar con señorío en las formas.
Pero lo que ya no se puede seguir manteniendo es que el club no tiene una hoja de ruta en materia comunicativa. Es más, nuestro presidente ha demostrado ser un gran narrador. Un narrador sabe que si la dinámica interna no funciona, tendrá que cambiar el guion y saltarse el preámbulo.
Y, además, un talento nato, un genio, tiene el suficiente instinto para salir con papeles y obviarlos. Mirar al tendido y empezar a torear con maestría. Porque lo de nuestro presidente el otro día, ni Morante en sus mejores tardes. Porque entre quites y medias verónicas, el presidente supo torear como quiso ante unos morlacos que cobardearon en tablas. Porque Florentino Pérez decidió el pasado 12 de mayo cargar la suerte y yo desde aquella tarde soy florentinista a más no poder.
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Buenos días, galernautas. La sección dedicada al baloncesto de nuestro club logró anoche llegar a la final de la Euroliga. Los hombres de Scariolo, a diferencia de los muchachos del fútbol, tienen la oportunidad de llevar un nuevo trofeo europeo a las vitrinas del Real Madrid. Este éxito se ha conseguido a pesar de las lesiones de los pívots Tavares y Alex Len, ausentes de estas últimas instancias de la competición, y a los que se une el gran Garuba. Como la cosa siga así, no descartamos tener que llamar de urgencia a Fernando Romay y a Arvydas Sabonis para que se den una vuelta por Atenas y ayuden a traer la Duodécima a Madrid.
La sección baloncestística del club suele utilizarse como argumento torticero contra la gestión de Florentino Pérez al frente del Real Madrid. Los éxitos suelen ser vistos de soslayo por la prensa, pero los fracasos constituyen siempre un agravio mucho más ruidoso. Aun así, lo de anoche es tan indiscutible que ni siquiera un periodista presuntamente deportivo promedio podría empañarlo.
Es de ley reconocer que As, diario prisaico, acierta bastante más en las últimas épocas, y lleva a su portada la victoria de nuestros jugadores de baloncesto. “Finalista heroico” es el titular, y resulta de una precisión quirúrgica. En su parte superior no olvidan el último encuentro de Dani Carvajal con el equipo de fútbol. Se va uno de los poquísimos, todos madridistas, futbolistas que tienen seis Copas de Europa en su palmarés. El mejor lateral derecho de la historia del club más grande del mundo. Honor y gloria a él.
Marca, últimamente más pendiente de generar o inventar barro que de informar, también se esmera y glosa en su frontispicio la victoria de anoche. “Épico Madrid”. Llegan a añadir “valga la redundancia” o “da igual cuándo lo leas” y lo habrían clavado. Nadie es perfecto. Menos aún en Marca. En un lateral se refieren al partido de esta noche en el Bernabéu, que servirá para despedir a Carvajal, Alaba, Arbeloa y quién sabe si a alguno más. La esperanza es lo último que se pierde.
Los diarios cataculés, como no podía ser de otra manera, están a sus cosas. “A por la cuarta” dice Sport. Debe referirse a su equipo femenino de fútbol, ese que machaca de manera sistemática al del Real Madrid en cada ocasión que se encuentran.
Mundo Deportivo, diario del Conde de Godó, grande de España, también titula “A por la cuarta”. Lo curioso es que la foto de portada muestra a tres jugadoras. La comisión permanente del comité de portanalistas colegiados de España está dividida. Unos —digamos el sector conservador— se inclina por interpretar que el rotativo ha hecho un ejercicio de carencia imaginativa y titula igual que su congénere sportivo, mientras que los portanalistas más vanguardistas buscan subtexto y entienden que el titular se refiere a la cuarta jugadora que iba a posar en la foto, que a la hora de cierre de este portanálisis se hallaba en paradero desconocido.
Desde La Galerna hacemos votos para que aparezca sana y salva, independientemente del resultado de su equipo, y nos ponemos a disposición de las autoridades para formar parte de los medios de búsqueda desplegados, si es que los hubiere.
Pasad un excelente día, echaos crema protectora e id esta noche los que podáis al Bernabéu a aplaudir a Carvajal.
Hay un momento en la Ilíada en el que Aquiles comprende que la guerra ya no le va a permitir salir indemne. Se trata de cuando contempla el cuerpo de Patroclo y entiende que el destino ha entrado en su tienda. Ahí aparece la auténtica zozobra del héroe: la certeza de que, aunque siga avanzando, algo esencial se ha roto. Si se acepta que el deporte de competición constituye una mezcla de guerra civilizada y de mito (pos)moderno, el Madrid vivió algo parecido cuando Garuba cayó sobre el parqué y abandonó la pista sin poder apoyar. Todo parecía indicar una rotura, precisamente y casi como broma macabra, el tendón de Aquiles. Hasta entonces todo había transcurrido dentro de los límites de la heroicidad deportiva, pero desde ese instante el guion se convirtió en una tragedia griega.
Asumamos que, a estas alturas de esta aciaga temporada, ningún Madrid juega ya partidos normales, sino que va atravesando calamidades como esos personajes mitológicos condenados a superar una prueba más difícil que la anterior. Cuando parece que no queda margen para endurecer el contexto, aparece una nueva desgracia, un sádico e inagotable más difícil todavía.
La semifinal de la Final Four había arrancado ya torcida. Sin Tavares y sin Len, durante muchos minutos el único interior real disponible —Lyles es otro tipo de jugador— fue un Garuba cohibido por el miedo a las faltas, que se movía por la pintura con la prudencia de quien es consciente de que cualquier contacto excesivo puede condenar a todo el equipo. Principal conocedor de esta desventaja, Scariolo planteó la supervivencia a través del superior talento del resto de la plantilla blanca. Hezonja castigó pronto al poste y el Madrid atacó desde el perímetro con un acierto inusitado. Los triples entraron como en una piscina, con unas estadísticas casi obscenas en el acierto. Sin embargo, el Valencia no se despegó lo esperado en el marcador, aferrado a un rebote que suponía un recordatorio de la precariedad blanca. Mientras el Madrid atacaba con inspiración, el Valencia resistía con gravedad y centímetros.
Entonces emergió Andrés Feliz, a mi juicio el mejor jugador del encuentro. Surgió en un minuto crucial, cuando Campazzo aún transitaba por una de sus noches de combustión lenta. El dominicano apareció penetrando entre cuerpos, absorbiendo contactos, robando balones, secando inmisericordemente a Montero y, por supuesto, capturando esos rebotes bajo el aro que ya son marca registrada de la casa: el duende recogiendo basura entre los gigantes. De mito griego a cuento de Perrault. A su lado estaba Deck, que es un especialista en las noches en que se exige demostrar la valentía en el barro. El argentino tuvo una actuación memorable, acaso feliz de comprobar que, por una vez en medio de esta plaga bíblica de lesiones, el damnificado no era él. Chocó, se fajó, defendió y anotó, sosteniendo emocionalmente al resto de sus compañeros. Aunque en realidad todos estuvieron muy serios: Abalde con unos minutos de valor silencioso, Okeke en la intendencia, Hezonja circunspecto y letal, Lyles confirmando su desconcierto atrás y su calidad adelante. Nadie sobraba y nadie se desconectó: todos entendieron la magnitud de la emergencia.
solo queda, en la tierra de los mitos, encomendarse al más grande todos ellos. El mito del Real Madrid
El Valencia, un punto novato, sobrevivía haciendo la goma. El descaro de De Larrea, alguna ráfaga de Taylor y, sobre todo, el rebote impedían la ruptura definitiva. El descanso llegó con una sensación inquietante para el madridismo: nueve triples anotados y apenas seis puntos de ventaja. Demasiado poco premio, puesto que parecía lógico pensar que, en cuanto el monte dejase de aportar tanto orégano, el partido se escaparía por el desagüe del rebote taronja.
No obstante, sucedió todo lo contrario. Tras la reanudación, el tercer cuarto fue el mejor tramo competitivo del Real en meses. El equipo salió aún más convencido de poder revertir el guarismo doloroso y dar un golpe en la mesa. Garuba se liberó de su timidez, Deck y Feliz continuaron amartillando, y Maledon dejó varias penetraciones de las suyas, esas en las que embolsa la pelota para protegerla entre cuerpos extraños, como una madre abnegada o un ladrón escapando por callejones imposibles. Por otro lado, Campazzo disipó sus dudas iniciales y se vistió de etiqueta: asistencias mirando al tendido, pases de prestidigitador, control de la situación… La solvencia del Madrid situó al equipo con trece puntos de ventaja al inicio del último cuarto y un panorama optimista.
Pero, cuando parecía haberse sobrepuesto a la crueldad del guionista, sucedió lo de Garuba, que dejó una atmósfera emocional extraña en el pabellón. Los merengues quedaron en un estado oscilante entre la supervivencia y el duelo, con varios minutos sin anotar, aferrados exclusivamente a una defensa titubeante. El Valencia tuvo su ocasión, olió la sangre… pero le faltó colmillo. Badio decepcionó, los triples no entraron y Pedro Martínez no supo sacar ningún conejo de la chistera que aprovechase el tambaleo momentáneo del rival. El Madrid fue descontando el tiempo como un náufrago, cada posesión una brazada, y obtuvo una tabla de salvación final inesperada cuando una absurda presión de tres contra uno le concedió un par de canastas fáciles que finiquitaron la semifinal. A esas alturas también Feliz había tenido que retirarse, agarrotado el gemelo, como si la maldición exigiera un peaje físico adicional antes de conceder definitivamente el triunfo.
En Grecia también existe una región conocida como Epiro, donde un rey llamado Pirro terminaría por erigirse como paradigma de las victorias agridulces. El domingo aguarda el mejor equipo de Europa, empujado por una grada que se presume una caldera monocolor, preparando una encerrona más que probable y armado con una colección de interiores. Precisamente la posición en la que el Madrid no tiene, literalmente, a nadie. La razón dicta que no hay opciones reales, de modo que solo queda, en la tierra de los mitos, encomendarse al más grande todos ellos. El mito del Real Madrid.
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En los últimos días, el equipo habitual de blanqueamiento sincronizado del FC Barcelona se ha dedicado a difundir un informe de la AEAT firmado en marzo de 2022. Lo presenta como si fuera nuevo y casi lo eleva a la categoría de informe de la Policía Judicial encargado por el juez instructor del caso.
Todo empezó con una publicación de Miguel Galán en X, habitual integrante de este equipo de blanqueamiento sincronizado:
HACIENDA no ve corrupción deportiva del @FCBarcelona : la Agencia Tributaria concluye que NO consta pago alguno a árbitros NI prueba alguna de que los pagos a Negreira pudieran influir en los resultados del FC Barcelona.
Los grandes medios llevan meses construyendo un relato… pic.twitter.com/cDGCpsVDjo
— Miguel Galan (@MiguelGalanCNFE) May 18, 2026
En esa publicación se da a entender que la Agencia Tributaria ha concluido recientemente, en un informe, que el Barça no pagó a ningún árbitro. Galán, además, se permite el lujo de afirmar: “Hoy difundo el informe completo, en el que la propia AEAT, tras años de inspección, descarta indicios de corrupción deportiva imputables al Fútbol Club Barcelona”.
Lo primero: ese informe ya lo difundimos quienes formamos parte del equipo de investigación de www.negreiragate.com. De hecho, fui yo quien eliminó los datos personales del documento para que pudiera publicarse cumpliendo la LOPD.
Lo segundo: ni siquiera el abogado del Barça en sala recurre al argumento de que se pagara directamente a árbitros. Según la UCO y el auto del juez Aguirre, existía una corrupción sistémica en el CTA mediante los pagos a su vicepresidente, Enríquez Negreira. Este participaba en ascensos, descensos, nombramientos internacionales y en la modificación de las clasificaciones mediante el célebre índice corruptor. Así, cualquier árbitro sabía qué le convenía. Se gana bastante más dinero en Primera y siendo internacional que en Segunda. No hacía falta pagar a los árbitros: se compró el sistema entero.
Por otro lado, es completamente falso que la AEAT descarte indicios de corrupción deportiva por parte del Barça. Entre otras cosas, porque la AEAT elaboró un informe fiscal dentro de su ámbito competencial; no le corresponde llevar a cabo una investigación judicial encargada por un juez instructor. Esa labor corresponde a la UCO y a la CNP, cuyos informes pueden leerse en la web citada anteriormente. La AEAT realizó una inspección fiscal y, después de 49 folios, concluyó lo siguiente:
El informe señala que la falta de acreditación de la actividad económica de las empresas de José M.ª Enríquez Negreira podía ser indicio de que esas facturas encubrieran servicios ilícitos. También precisa que las conductas distintas de la defraudación tributaria —incluidos los posibles delitos derivados del cargo del investigado— no quedan acreditadas en el procedimiento inspector, como no podía ser de otra forma. Una vez firmado el informe, en marzo de 2022, el expediente se remitió a la Fiscalía por la posible existencia de infracciones penales. En ningún momento la AEAT descarta delito alguno. No lo hace porque, sencillamente, no es su función.
El día anterior a esa publicación, el propio Miguel Galán sostenía que las declaraciones de Enríquez Negreira recogidas en el informe fiscal de la AEAT no constituían prueba formal alguna en un juicio. Sin embargo, al día siguiente pretendía hacer creer tres cosas a la vez: que presentaba un informe actual, que por fin hacía público algo que se estaba ocultando y que ese documento exculpaba al Barça del delito de corrupción deportiva. Todo ello, pese a que nuestro equipo de investigación lo había sacado a la luz meses antes. Un tres en uno.de corrupción deportiva. Un tres en uno.
La pregunta es inevitable: ¿quién da la orden para que todos salgan a difundir la misma noticia al mismo tiempo?
El hecho de que, tras recibir ese informe, la Fiscalía impulsara un procedimiento judicial por posibles delitos de corrupción deportiva y falsedad documental debe de significar que los jueces instructores del caso eran unos completos ignorantes. Tal vez deberían haber consultado antes al señor Miguel Galán, que, de un plumazo, ha borrado tres años de investigaciones y declaraciones testificales en sede judicial. Él, con aquel informe inicial, ya sabía que no había delito de corrupción deportiva. No sé cómo los magistrados Joaquín Aguirre López —ya jubilado— y Alejandra Gil Lima han necesitado tanto tiempo para alcanzar una conclusión tan sencilla.
Además, el avezado graduado en Derecho lleva tiempo sosteniendo —y ayer mismo lo repitió— que pagar por “neutralidad” no encaja en los supuestos de corrupción deportiva. Como si aquí todos fuéramos idiotas. Cuando Enríquez Negreira declaró ante la AEAT que le pagaban para asegurarse de que no se tomaran decisiones contra el Barça y hubiera neutralidad arbitral, no era una forma de hablar. Sabemos perfectamente para qué se pagaba. No quiero extenderme más sobre la sapiencia jurídica de Galán. Basta con recordar que ha escrito una monografía titulada “El Bulo Negreira desde el Derecho Penal”. Llamar bulo a este caso ya retrata el punto de partida. Sus razonamientos, además, resultan vergonzosos.
Lo curioso es que, en cuanto Galán publicó semejante patraña en X, el resto del equipo culé de blanqueamiento sincronizado se activó en cadena, como respondiendo a una señal:
La Agencia Tributaria concluye que los pagos a Negreira no eran para pagar árbitros pic.twitter.com/XiFHYjeq3O
— Mundo Deportivo (@mundodeportivo) May 18, 2026
💥 La Agencia Tributaria determina que los pagos a Negreira no eran para pagar árbitroshttps://t.co/Mh1WSOOJAz
— Tiempo de Juego (@tjcope) May 18, 2026
🎺 Pese a las pruebas, los trompeteros seguirán diciendo que el Barça compró árbitros
💥 La Agencia Tributaria asegura que no fue así
❌ Eso no quita que los pagos a Negreira son injustificables y el Barça debe responder por ello pic.twitter.com/iq9hFkQ1p2— Pável Fernández (@PavelFdez) May 18, 2026
🔴 Hisenda descarta que els pagaments del Barça a Negreira fossin per comprar àrbitres: "No consta cap prova"
“S'han requerit tots els moviments del compte bancari i no consta cap pagament a cap àrbitre', assegura el nou informe https://t.co/LGAexxLnBa
— ElNacional.cat (@elnacionalcat) May 18, 2026
La Agencia Tributaria concluye que los pagos a Negreira NO ERAN PARA PAGAR ÁRBITROS.
💣💣💣BOOOOOOOOOOOOM💣💣💣 https://t.co/IPrhb1hoyA pic.twitter.com/kgYOYZumpy
— -1899- (@_Futbolero_) May 18, 2026
Galán también ha aprovechado para difundir fragmentos relativos a árbitros interrogados por la Guardia Civil y mencionados en los informes de la UCO y la CNP, cuyas declaraciones no aportan demasiada luz sobre el fondo del asunto. En cambio, ha evitado referirse a quienes sí han hablado del poder y la influencia de Negreira. También ha omitido las declaraciones testificales que se están practicando en sede judicial con árbitros de los años noventa, ausentes de aquel informe y relevantes para reforzar precisamente esa idea.
La pregunta es inevitable: ¿quién da la orden para que todos salgan a difundir la misma noticia al mismo tiempo? Porque, además, demuestran no estar demasiado informados sobre el caso: ese informe lleva publicado más de un mes y resulta evidente que ni siquiera lo habían visto.
De lo que no ha informado esta prensa dedicada al blanqueamiento de las tropelías culés es de las declaraciones de Conchi, secretaria de Enríquez Negreira. Esas declaraciones sí deberían haber abierto las portadas deportivas. Las dejaré para otro artículo, para no alargar este en exceso.
Foto de portada realizada mediante IA
Viendo que se acaba una nueva temporada como seguidor del Real Madrid, hoy me apetecía escribir sobre las que ya se nos fueron hace muchos, muchos años. Me refiero a las que ni siquiera pude vivir como aficionado. Aquel fútbol del que he leído, pero no he disfrutado. El fútbol de antes, el que vivieron nuestros padres y abuelos, y los de más allá, poseía una mística y una pureza que hoy, en la era de los algoritmos y las pantallas, parece casi mitológica para quienes nacimos a mediados de los noventa.
Mi generación ha crecido más cercana a estar rodeada de cámaras tecnológicas, repeticiones en ultra alta definición desde veinte ángulos distintos y futbolistas que viajan en aviones privados con todas las comodidades imaginables. Por eso, asomarse al Real Madrid y al balompié de antaño resulta un ejercicio de fascinación absoluta, al descubrir un deporte humano, imperfecto y, precisamente por eso, infinitamente más romántico y cercano que el espectáculo industrializado que consumimos hoy en día. Aquel fútbol de antes no se medía en millones de seguidores en redes sociales ni en contratos de televisión multimillonarios, sino en la pasión analógica de unos estadios que vibraban con el crujido del graderío y el olor a puros y bocadillos envueltos en papel de aluminio.
Esto último se mantiene en gran medida, y menos mal, porque pocas cosas se hacen más eternas que un descanso sin comida. Entrar al Santiago Bernabéu en aquellas décadas dicen que era una experiencia sensorial completamente distinta a la actual. El fútbol se escuchaba a través de miles de radios de transistores que los aficionados pegaban a sus orejas para saber qué pasaba en otros campos, creando un murmullo eléctrico y colectivo único.
Aquel fútbol de antes no se medía en millones de seguidores en redes sociales ni en contratos de televisión multimillonarios, sino en la pasión analógica de unos estadios que vibraban con el crujido del graderío y el olor a puros y bocadillos envueltos en papel de aluminio
No existían los asientos de plástico numerados en todas las zonas; la gente se apretaba de pie en las gradas populares, hombro con hombro, compartiendo el frío del invierno castellano y el calor de la emoción compartida. Los estadios no eran teatros silenciosos ni centros comerciales con césped, sino calderas humanas donde el rugido del público empujaba de verdad a los jugadores. En ese ambiente, el Real Madrid forjó su identidad de las noches europeas y las remontadas épicas, no por una superioridad física de laboratorio, sino por una comunión mística entre la grada y el césped que parecía capaz de alterar las leyes de la física.
Para alguien de mi edad, acostumbrado a tener acceso a ver los partidos fuera de casa con un solo clic en el móvil y en calidad 4K, la forma de consumir el fútbol clásico parece sacada de una novela de aventuras. Las retransmisiones de antes eran un bien escaso y preciado, lejos de la saturación actual donde hay partidos a todas horas. Las salidas europeas del Real Madrid a campos helados de la Europa del Este o a las islas británicas eran, a menudo, batallas invisibles. Muchas veces no había señal de televisión y la única conexión con el equipo era la voz rota de un locutor de radio que luchaba contra las interferencias de la onda corta, o la crónica de papel impresa al día siguiente que los madridistas devoraban en su bar de confianza.
los futbolistas Eran hombres comunes que compartían el día a día con la gente del barrio, que celebraban los goles abrazándose con una fraternidad genuina
Los propios viajes de los jugadores eran una odisea humana: nada de vuelos chárter exclusivos con menús personalizados. El equipo viajaba en autobuses de línea o trenes ruidosos, compartiendo andenes y estaciones con los trabajadores de a pie, acumulando un cansancio real que luego se reflejaba en el barro del campo. La estética de aquel fútbol de antes tenía una belleza sobria y artesanal que hoy se ha perdido por completo. Las camisetas eran de algodón pesado, sin marcas de agua, sin publicidad agresiva en el pecho y con los números del uno al once rústicamente cosidos a la espalda. No había nombres impresos porque el equipo estaba por encima del individuo; la camiseta blanca era un lienzo sagrado que se oscurecía con el sudor y se manchaba de tierra.
El balón era un esférico de cuero marrón, pesado y con costuras gruesas, que cuando llovía se empapaba de agua y se transformaba en una auténtica piedra implacable. Los futbolistas salían al campo con botas negras de cuero rígido, lejos de los diseños fosforitos y ultraligeros de la actualidad, y los terrenos de juego no eran alfombras perfectas, sino auténticos campos de batalla que a partir de noviembre se convertían en barrizales donde la técnica pura tenía que aliarse con el coraje y la picaresca. Precisamente esa picaresca era parte del ADN de un juego que los de mi generación apenas podemos imaginar en la era del VAR. Hoy en día, con treinta cámaras vigilando cada pestañeo, cualquier mínimo roce es analizado al milímetro por una pantalla fría en una sala remota. Antes, el fútbol era un arte de pillos, de astucia callejera. Los defensas sabían cómo intimidar al delantero con un empujón invisible en el córner, los delanteros buscaban el desmayo oportuno en el área y rascar unos segundos al reloj era una coreografía de picardía que la grada celebraba como un gol. El árbitro, vestido estrictamente de negro, flotaba sobre el césped como la única y suprema ley humana. No tenía ayudas tecnológicas ni pantallas a las que consultar; se equivocaba y acertaba a golpe de silbato, intuición y pura personalidad.
Los jugadores protestaban, pero acataban, y el gol se celebraba al instante con una explosión de júbilo salvaje que nacía de las entrañas, sin el miedo actual a que una línea de tiralíneas tres minutos después anule la alegría. Los futbolistas de esa época no vivían en burbujas inalcanzables ni estaban rodeados por ejércitos de asesores de imagen. Eran hombres comunes que compartían el día a día con la gente del barrio, que celebraban los goles abrazándose con una fraternidad genuina y que, al terminar el partido, se daban un apretón de manos sincero con el rival sin importar la dureza de la batalla previa.
El respeto y la caballerosidad eran códigos de honor no escritos. Cuando acababa el partido, no había programas analizando cada palabra o gesto de los jugadores con el objetivo de crear crispación y comercializar con acciones esporádicas y normales que se dan en un terreno de juego. Para los jóvenes que hoy rondamos la treintena, evocar ese fútbol clásico del Real Madrid es entender que la verdadera grandeza del club no se construyó en los despachos ni en las campañas de marketing global. Se cimentó en una época donde el fútbol pertenecía legítimamente a la gente común y a los románticos, un tiempo en el que cada partido era una aventura impredecible y el madridismo era una herencia emocional que se transmitía de viva voz, de padres a hijos, como una hermosa leyenda de orgullo, barro y camisetas blancas inmaculadas. Inmaculadas, al menos, hasta la primera caída en el charco más profundo del estadio.
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No voy a culpar al equipo. Ni a jugadores en particular. Tampoco al club. Y, sin embargo, soy madridista. Créanme.
De hecho, esta condición es, sin duda, la más longeva de todas las que haya podido ser o tener en la vida. Mis primeros recuerdos sobre esta naturaleza, así la considero pues jamás hubo elección, se remontan 53 años atrás, por lo que sospecho venía ya conmigo en el momento del parto, pocos años antes. Podría pensarse que lo soy, madridista, porque lo era mi hermano mayor, pero no. Afirmo que ambos vinimos con el madridismo como vinimos con el parecido, sin verme en la necesidad de imitarle.
Presentadas mis credenciales he de decir que, en este momento, mi madridismo está dolorido. Y no lo está por los resultados. Por supuesto que deseaba que hubieran sido mejores, y me lamento de cómo han sido; pero, por suerte, yo aún encuentro consuelo en la sonrisa que me sale rememorando el gol de Carvajal. Todavía me dura. Así que no, no es por eso. Lo que me turba son las consecuencias que pueda provocar la canibalización que demuestra el madridismo picando, diríase con complacencia, en todos los anzuelos que tienden las campañas antimadridistas (quizá La Campaña) que, aprovechando el más mínimo signo de debilidad, se emplea con fruición y urgencia (no vaya a ser que se levante…).
Estamos todos de acuerdo en que durante muchos años el arbitraje viene perjudicando al Real Madrid, ¿con intención y planificación?, ¿con trama? La instrucción del juicio en el que se afirma la existencia de “corrupción sistémica”, las imágenes palmarias y, me atrevo a decir que más aún, las estadísticas, quizá así podrían demostrarlo. Podrían demostrar la finalidad de lo que ya está demostrado: los pagos del Barcelona.
Sin embargo, e inexplicablemente para mí, el madridismo, pese a dar por supuesto el amaño, culpabiliza al equipo o al club, o a los dos, de las consecuencias del mismo: los malos resultados. Lo que ocurrió el año pasado en esas tres famosas jornadas consecutivas, con alta probabilidad, con seguridad diría yo, privó al Real Madrid de ganar la liga. No obstante, se asume por el madridismo en general que fue una mala temporada.
¿Y de esta? ¿Quién puede dudar de que ha sido una mala temporada? Espero me disculpen, pero yo no me atrevería a afirmarlo. Es que no puedo saberlo. Mientras el Real Madrid juegue lastrado no puedo hacer una valoración deportiva. No sé cómo hubiera jugado el equipo si a Vinicius no le hubieran cosido a patadas sin consecuencias para los rivales; ni cómo habría sido la evolución de los partidos si nos hubieran concedido esos penaltis mediada la primera parte que repetidamente se nos niegan. Ni… etc., etc. Es cierto que ni este año ni el pasado el equipo ha mostrado capacidad para sobreponerse a tal circunstancia, como sí consiguió hacerlo en otras temporadas, sin ir más lejos hace dos; ¿pero podemos exigirle eso a nuestro equipo? Sería como exigir a la víctima del delito que se sobreponga al delincuente y, de no lograrlo, culpar a aquélla y no a éste de las consecuencias de su fechoría.
inexplicablemente para mí, el madridismo, pese a dar por supuesto el amaño, culpabiliza al equipo o al club, o a los dos, de las consecuencias del mismo: los malos resultados
Ciertamente hemos visto partidos en lo que con seguridad hemos perdido puntos por nuestros deméritos; es verdad que en ocasiones no hemos visto en nuestro equipo el coraje que a todos nos gusta. Pero que esto no nos lleve a confusión, no nos liemos, por favor. Una liga se gana cuando la proporción de partidos malos, regulares y buenos arroja un montante de puntos superior al de tus rivales. El problema es que al Real Madrid no le dejan margen para hacer partidos ni regulares. Y por cierto, las decisiones arbitrales no sólo quitan puntos: generan nerviosismo por los resultados, merman primero el ánimo y después la motivación. Mientras, al rival le suman puntos, ánimo y estímulo.
Jugando como ha jugado el Real Madrid, con la misma escasez de coraje que hemos visto en ocasiones, con los mismos errores que hemos apreciado, sin cambiar ni uno sólo de los desatinos presenciados, ¿habría el Madrid competido en la liga con decisiones arbitrales justas? La respuesta, indudablemente, es sí. Pues ya está, no hay más que decir, se induce. Lo que aparta al Madrid de la competición no son sus carencias, aun cuando las hubiera.
¿Quién puede dudar de que esta ha sido una mala temporada? Espero me disculpen, pero yo no me atrevería a afirmarlo. Es que no puedo saberlo. Mientras el Real Madrid juegue lastrado, no puedo hacer una valoración deportiva
Parte del madridismo ha convertido en mantra que el Madrid no gana por dos cosas: porque hay corrupción arbitral y, sorprendentemente sobre todo, por sus carencias. Y me atrevo a asegurar que, si se confirmara la existencia de una trama corrupta, este sería mayor éxito: conseguir que incluso la víctima desvíe la atención de la fechoría y ponga el foco en sí mismo. Tronchado de la risa ha de hallarse el enemigo. Y claro, si la propia víctima actúa así, qué le vamos a pedir al ámbito deportivo o social en general. La escasa repercusión mediática de este escándalo, es, en sí misma, otro bochorno escandaloso. Pero qué apuros les va a provocar sus silencios mientras nos ven escupiendo hacia arriba. Si hay una trama corrupta, como las razones expuestas hacen sospechar, lo que nos pasa, la falta de triunfos nacionales, se debería a su existencia, porque precisamente existiría para que ocurriese lo que está ocurriendo. Desde luego no existía para que no pasase nada.
Incluso en RMTV. Recientemente nuestra televisión ha cuantificado en 16 puntos el coste de las decisiones arbitrales intencionadamente adversas. Pongamos que solamente 10 de esos puntos se hubiesen materializado en resultado. El Real Madrid probablemente sería campeón de liga, y en ese caso la temporada no habría sido muy mala. Sin embargo, aun cuando lo que le ha condenado a que lo sea es el sistema arbitral, según la propia RMTV, tras el análisis añaden que “la temporada ha sido mala”.
De igual manera, casi siempre que en RMTV hablan de los arbitrajes, anteponen una especie de acto de contrición reconociendo que “el equipo no ha jugado bien” o que “la temporada está siendo mala”. Hay una cierto complejo o vergüenza a que se nos puede acusar de buscar excusas. ¿Excusas? Es un juicio en cuya instrucción se afirma la existencia de corrupción sistémica, son unas imágenes y son unas estadísticas. Si usted conoce a un matemático pregúntele si los sucesos que reflejan esas estadísticas podrían ser posibles sin introducir un sesgo intencionado, sin cargar el dado. Creo que RMTV debería dar un paso más: abandonar, sin complejos, las valoraciones deportivas en tanto no tengamos la garantía de un arbitraje justo. Y así hay que comunicarlo a la afición, sin apuros: hay que dejar de juzgar a la víctima por las consecuencias del delito, en tanto que se crea en la existencia de este.
Lo contrario supone ponérselo en bandeja a los ideadores de campañas antimadridistas. “Tú haz que pierdan puntos, y ya con eso ellos mismos se acusan, pierden los nervios, se meten en crisis, reniegan de sus talentos y hasta pueden acabar a tortas”
Siendo así, la prensa, que hace muchos años que abandonó su oficio para convertirse en vendedores de clics, lo tiene muy fácil para ejercer de siguiente eslabón. Titulares exagerados, llamativos, acusadores, incitadores al haraquiri, encuentran en la afición (parte de ella) un terreno abonado.
RMTV debería dar un paso más: abandonar, sin complejos, las valoraciones deportivas en tanto no tengamos la garantía de un arbitraje justo. Y así hay que comunicarlo a la afición, sin apuros: hay que dejar de juzgar a la víctima por las consecuencias del delito, en tanto que se crea en la existencia de este
En efecto, hay una parte de la afición, ampliamente representada, de cuyo madridismo tengo muchas dudas. Soy consciente de lo atrevido de juzgar el grado de madridismo de cada cual, pero asumo el atrevimiento y lo mantengo. Hay madridistas que lo son porque el RM es el equipo que gana, les gusta “ser” del RM y presumir de ello porque les hace estar del lado de los ganadores.
Sin embargo, siendo ese el origen de su sentimiento, cuando el Madrid no gana, el sentido de permanencia se tambalea. Son reconocibles porque cuando perdemos no se entristecen, se cabrean. También se les nota porque cuando el equipo gana, hablan en primera persona: “hemos ganado”, “hemos jugado bien”, “somos los reyes de Europa”…; en cambio, cuando el equipo pierde hablan en tercera persona: “han jugado mal”, “no corren”, “no generan ocasiones”… El famoso cántico “cómo no te voy a querer…” es bastante representativo de esto, y por ello, aunque he participado de él (y reconozco que con gozo), nunca ha sido de mi mayor agrado. Tuve que esperar 32 años para ver ganar una copa de Europa, y era entonces tan madridista como lo soy después de ver ganar 9; y, por cierto, en mis 53 años de recuerdos madridistas no creo haberme cabreado jamás con una derrota, sí siempre entristecido, en mayor o menor medida dependiendo de la trascendencia del partido, pero apenado en cualquier caso.
En cuanto al papel cómplice y tentacular de la prensa, alguien debería denunciar aquellos titulares (y consecuentemente al periodista que lo suscribe) exagerados, descontextualizados, tendenciosos o directamente falsos. Tanto por lo que dicen como por lo que callan. La inexistencia de algunos titulares relativos al arbitraje hace de su ausencia una difamación por omisión. Habría que hacerlo, denunciar, aunque fuese en tono “humorístico”, tal y como se hacía en el programa 90 minuti que con tanto acierto, en mi opinión, desempeñaba esta labor.
Cierto es que ni la crítica destructiva proveniente de la afición propia ni la hostilidad periodística son fenómenos de ahora. Diría yo que de siempre. Sin embargo, nunca como ahora, con las redes sociales y su imbricación en los medios, han tenido tanta capacidad de influencia. Los jugadores, jóvenes inmersos permanentemente en las redes, son permeables a lo que de ellos se dice como nunca antes se había hecho, en densidad, intensidad y acritud. Indudablemente eso influye en la persona e influye en el jugador, lesionando un rendimiento anímico que es tan importante como el físico.
En definitiva. Aunque haya aspectos del juego que nos gustaría que fuesen mejores, mientras no consideremos que el sistema arbitral es limpio, debemos abstenernos de cualquier valoración de ese tipo. El deporte, y el espectáculo que ofrece, pierde todo el sentido, y su análisis está fuera de lugar, sin la garantía del respeto hacia las reglas.
Hay que abandonar complejos y vergüenzas de las que los enemigos se sirven y alimentan para hacernos caer en ellas
¡Hala Madrid! ¡Siempre!