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El Real Madrid y el Templo Maldito

El Real Madrid y el Templo Maldito

Escrito por: Mario De Las Heras21 septiembre, 2020
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La ausencia de gol vuelve ser el principal problema de los blancos

Supongo que el mismo partido tuvo algo que ver con mi sensación. Reconozco que mi (casi) único aliciente era ver a Odegaard, y luego el tipo de juego (dicen los expertos) no le permitió destacar. Pero se le vio la envergadura y el talento. La elegancia y la personalidad. Yo soy zidanista obligado por los hechos, pero también lo soy de fe, de admiración. Yo creo en Zidane, por eso confío en que le va a sacar todo eso al joven Odegaard para que nosotros lo veamos.

Martin Odegaard.

Pero no quería yo hablar de Odegaard porque el partido no fue de Odegaard. El partido no fue de nadie, ni siquiera de Courtois y esa parada dirigiendo la pierna interminable como desde un centro de control. El partido no fue de nadie y la sensación es fría. A este partido, como a todos los demás, parece que se le escapó el fútbol por esos enormes espacios abiertos en las gradas. Otro partido sin goles. Por fortuna (más bien por mérito), tampoco del rival.

Este fútbol del Covid es como ir en descapotable a 150 por hora. No se ve nada. No se aprecia nada. No se oye nada, por mucho que se oiga todo. El fútbol parece que se evapora ante nuestros ojos. Sube por la enorme abertura del estadio vacío y se disuelve, como ayer, hacia los montes verdes que protegen San Sebastián. Hay como una distracción constante. Una falta de concentración debido a lo volátil del ambiente. Es necesario el peso del público para controlar esto.

Todo ha perdido su ser sin la gente. Y se han perdido los goles. Los goles atenúan el vacío y su ausencia lo aumenta

Todo ha perdido su ser sin la gente. Y se han perdido los goles. Los goles atenúan el vacío y su ausencia lo aumenta. Los espectadores empapan y contienen. El público da empaque e impide que se escuchen los burdos sonidos de pachanga. Donde esté un buen bullicio que se quiten todos esos gritos de fútbol amateur. El ruido viste al fútbol de profesional. Yo debería interesarme por el Madrid, por el resultado, por el juego. Pero nada es lo mismo. Todos esos intereses se me han ido a través de las inmensas y ahora absurdas oquedades de los estadios que me distraen y que sin goles me destemplan.

Es eso que decía Oscar Wilde del encanto y la calidez de los sitios cerrados frente a la naturaleza abierta, o algo parecido. El fútbol ya no aguanta ese escape. Es como si se le escapara la vida y allí abajo, sobre el césped, no quedara nada. Ni siquiera los goles. Cualquiera diría que el público se ha llevado los goles. A este Madrid que juega bien se le han llevado el gol los aficionados. Es la vaciedad del estadio, vacío de personas y vacío de goles.

Cristiano Ronaldo.

Somos como Indiana Jones llegando al pueblo donde han desaparecido los niños. Han desaparecido los goles y alguien tiene que encontrarlos. Hay que llevar a los niños y a sus padres al fútbol a ver si con ellos vuelven los goles. Primero se los llevó Cristiano y Benzema se quedó con alguno y resistimos la pena de la ausencia que ya se alarga demasiado. Y después se marchó la gente y siguieron sin llegar los goles.

No hay público ni goles, para que alguien diga que esto sigue siendo fútbol. Esto no es fútbol  ni tampoco el Real Madrid sino un sucedáneo de urgencia, como una vejez donde se va marchitando todo poco a poco. No tenemos el público y no sabemos cuándo lo tendremos, pero neguémonos a no saber cuándo tendremos el gol. Hay que marcar goles, hay que buscarlos. Los goles para gritarlos, para admirar a nuestro goleador.

El Real Madrid celebra un gol.

Si no podemos tener público que al menos nos traigan el gol para celebrarlo y ocupar un poco ese vacío que nos enfría. El gol nos calienta hoy como una hoguera. Necesitamos goles. Brasas y llamas que nos recuerden que por dura que sea la noche somos del Madrid. El ruido de la madera repiqueteando en el fuego, pues no imagino otro invierno sin gol.

 

Fotografías Getty Images.