Di Stéfano es, probablemente, lo contrario de la soledad. No solo porque jugaba en todas partes, de portero, de libre, de mediocentro, de delantero, de entrenador, de psicólogo y de encargado de mantenimiento. También porque desde que irrumpió en nuestras vidas, en la mayoría de los casos antes de que hubiéramos nacido, nunca ha dejado de estar.
Su frase más recordada, aquella de que ningún jugador es tan bueno como todos juntos, dista igualmente de la soledad.
Quizá Di Stéfano jugaba de todo porque no se fiaba del todo de nadie más, y así abogaba por el colectivo con la convicción de un cura que no cree del todo en el cielo pero sabe que hace falta que la parroquia se porte bien. Era un genio que había entendido que ni siquiera él podía permitirse jugar solo, y se pasó la carrera demostrándolo estando, un poco contradictoriamente, en todas partes al mismo tiempo.
Antes de los partidos, Gento repiqueteaba los tacos contra el suelo del vestuario sin moverse del sitio, como quien acelera en punto muerto. Alfredo lo escuchaba y, si le sonaba como debía, sentenciaba que Paco estaba bien y que ya podían salir a jugar.
Era lacónico y práctico. Los inteligentes no necesitan cuatro mil palabras para transmitir una idea. En la final de la Copa de Europa del 58, Rial se quejaba de que Liedholm lo regateaba hasta con las cejas. Alfredo lo solucionó diciéndole que dejara de mirarle la cara y le mirara los pies.
En ese mismo encuentro, hizo gala de nuevo de esa inteligencia útil. El inventor de la frase que coloca el grupo por encima de la individualidad, cuando observó que todos los compañeros —menos uno— se movían con el chivato de la reserva encendido, llamó a ese uno y le dijo: «Paco, gana la final». Y Paco marcó el 3-2 en la prórroga que supuso la tercera Copa de Europa consecutiva.
«Ningún jugador es tan bueno como todos juntos». La frase de Alfredo sigue colgada en el túnel de vestuarios del Bernabéu. la dijo el tipo que más cerca estuvo de desmentirla.
Cuando llegó Puskas al Madrid con medio mercado de abastos en la barriga, todos esperaban a que se pronunciara Di Stéfano. Lo vio jugar un rato y sentenció que manejaba la zurda mejor que él la mano.
Alfredo venía así de serie. En 1953, cuando parecía más cerca del Barça que del Madrid, Manuel del Arco le preguntó con qué permiso estaba en España. «Con el mío», respondió. Ya con bastón en mano, siguió igual. Después de un derbi, un reportero quiso saber cómo había visto el partido. «Sentado. ¿Cómo lo iba a ver si no?», contestó.
Este proceder puede parecer borde, sobre todo en esta sociedad almibarada de lenguaje absurdo que huye de la concisión, pero no es más que una consecuencia de su agudeza. También de su intolerancia a las boludeces.
Como entrenador conservó el mismo pragmatismo afilado. En el Madrid de Zanussi en el pecho, observó que un jugador no corría con la entrega requerida. Le soltó algo así como: «Che, te pesa la lavadora».
A los arqueros no les pedía que pararan todas las que iban dentro, pero sí al menos que no se metieran las que iban fuera.
Un tipo con ese lenguaje de Bogart en El sueño eterno no podía retirarse por una tontería como la merma de facultades físicas asociada a la edad. El motivo fue otro, mucho más serio: sus hijas ya no lo veían yendo por los campos calvo y en pantalón corto.
«Ningún jugador es tan bueno como todos juntos». La frase de Alfredo sigue colgada en el túnel de vestuarios del Bernabéu. La leen los jugadores antes de salir al campo. La mayoría, probablemente sin saber que la dijo el tipo que más cerca estuvo de desmentirla.
Esa es la mejor herencia que puede dejar un genio: convencer a los que vienen después de que no lo son, aunque él, en el fondo, tal vez nunca se lo creyera del todo de sí mismo. Cien años de Alfredo. Ninguno de soledad.
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