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La ilusión se llama Güler

La ilusión se llama Güler

Escrito por: Antonio Valderrama18 agosto, 2026
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Confieso que no he visto un sólo minuto de la pretemporada del Madrid. Los partidos amistosos me parecen una broma imposible pues el fútbol, como todos los juegos, necesita, para existir, que nos lo tomemos en serio. Y si cada vez resulta más difícil tomarse en serio la liga de Tebas (a tenor del penalti que le pitaron al Sevilla en el descuento en el primer partido de la temporada, de este año sólo podemos esperar más ópera bufa), imagínense ustedes un amistoso en la antaño fabril Gelsenkirchen…

Allí, en la capital de la cuenca del Ruhr, nació Özil, un príncipe otomano hijo de gastarbeiters. Y Özil me hace pensar, inevitablemente, en Arda Güler, otro delfín cuya puesta de largo en los salones del gran fútbol fue, precisamente, en Alemania, hace unos meses. En el último partido serio que ha disputado el Madrid, hasta este próximo fin de semana.

Aquel día, a pesar de la derrota, en Güler se vio el parpadeo de un imperio. Quizá fuera porque, precisamente, el Madrid cayó en Múnich y sólo él lo hizo como de niño me enseñaron que debía perder el Madrid: de pie y matando. Con orgullo, casta y sobre todo, grandeza.

Hasta entonces, Güler me había parecido un jugador menor, inconcluso: una promesa por cumplir, muy lejos del recuerdo sofisticado que Özil nos había dejado en la memoria. Un Mesuto que, hay que decirlo, cuando llegó al Madrid ya era el fantasista de la selección alemana semifinalista de la Copa del Mundo de 2010, o sea, de la última gran generación que ha dado el fútbol alemán al mundo, consagrada en Brasil cuatro años más tarde.

Güler llegó al Madrid con el aspecto de un bachiller recién graduado. En aquella noche muniquesa, abrileña y trágica, descorchó por fin y mostró hechuras de jerarca. Lo veía en el campo y recordaba a Luka Modric en aquella vuelta de semifinales, con Mourinho, frente al Dortmund en el Bernabéu. Como entonces, esa noche el Madrid fue eliminado y sin embargo, había nacido algo: la tierra se sacudió con el estremecimiento que precede al parto de un dios.

Como Güler, Modric se formó como un mediapunta hasta casi los treinta años. Fue en el Madrid donde retrasó su posición y acomodó su virtuoso cuerpo, hecho tanto para la pluma como para la espada, al fragor del «pasillo interior»: ese lugar donde se fraguan los grandes títulos y que en el Madrid lleva tanto tiempo desierto que parece un palacio abandonado en donde crece la hierba por todas partes, las paredes se descascarillan y las humedades corrompen la tela de los viejos cuadros.

Como está claro a estas alturas que el Madrid no va a fichar a ningún centrocampista, pienso en Di María cuando pienso en Güler. El Fideo era otro exuberante mediapunta con tendencia a correr por el extremo izquierdo cuya reconversión en interior resultó fundamental en la conquista de la Décima. Jugador, en principio, de mecha corta, fue ganando en agonismo hasta dar la impresión de que el combustible que lo hacía correr hasta la extenuación incluso en las prórrogas, era su propio sudor, como un coche eléctrico recubierto de paneles solares.

recordaba a Luka Modric en aquella vuelta de semifinales frente al Dortmund. Como entonces, esa noche el Madrid fue eliminado, y sin embargo había nacido algo: la tierra se sacudió con el estremecimiento que precede al parto de un dios

Güler es otra clase de futbolista, más fino y menos estable. Pero vuelvo a su partido contra el Bayern porque me pareció el principio de algo. En el día más importante de la temporada dio el paso adelante. Su presencia en la zona central del campo fue ubicua: presionó, robó, se anticipó y desplegó una extraordinaria actividad en torno a Valverde, que fue el pivote. Demostró acierto y coraje, marcó dos goles que metían al Madrid en la eliminatoria. Como si hubiera querido desmentir todo lo que se le achacó hasta ese día —blandura, liviandad en el cuerpo a cuerpo, intermitencias, falta de actitud y liderazgo— Güler jugó «con pierna dura» como dicen los cancheros, pues el partido era macho. Su desfondamiento físico, justo en la media hora que el Madrid tuvo para pasar la eliminatoria, coincidió con las ausencias de Vinicius y Mbappé, que habían de liquidar el partido, a fuer de ser las superestrellas.

Güler peleó hasta el final y hasta fue expulsado, en un arranque de torería tan castizo y tradicionalmente madridista.

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Su final de temporada, en mitad de aquel aquelarre indigno del escudo en el que una innoble caseta terminó la campaña, reclama algo mejor. Es decir, una oportunidad. Tengo un mal presentimiento con respecto a la segunda venida de Mourinho, por más que adore al hombre que cambió el devenir histórico del Madrid en el siglo XXI. Sin ilusión no se puede vivir. Si la regla fundamental de un juego es tomarlo como si fuera la cosa más seria del mundo, la del fútbol es vivirlo con la ilusión de un niño. De lo contrario, esto se convierte en soccer, en un divertimento más para pasar el rato, un entretenimiento como hay tantos. No compensa. La ilusión se llama Güler porque en el terciopelo azul de su pie izquierdo se puede soñar con un vergel en medio del páramo violento que se intuye en la temporada que el sábado comienza, en Barcelona, contra el Español. Una temporada con visos de plebiscito, por más que Florentino Pérez acabe de ganar las elecciones.

 

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Madridista de infantería. Practico el anarcomadridismo en mis horas de esparcimiento. Soy el central al que siempre mandan a rematar melones en los descuentos. En Twitter podrán encontrarme como @fantantonio

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Un comentario en: La ilusión se llama Güler

  1. Planazo el de comprar a Bale por 100 y al año siguiente James por 80 para ir desplazando a Di María a otro club, solo una mente superior podría hacer eso.

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Un hombre llamado Pájaro.

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