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José Antonio Reyes, belleza fugaz

José Antonio Reyes, belleza fugaz

Escrito por: Jesús Bengoechea1 junio, 2020
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Este artículo que reflotamos hoy fue publicado el día después de la muerte de José Antonio Reyes. Hoy hace un año.

No conocí a José Antonio Reyes, y sin embargo me ha dado más felicidad que muchas personas a las que he tratado durante tal vez años en relaciones de encuentro diario. Toda esa felicidad me la dio Reyes en el mismo cuarto de hora. Más a su favor, si cabe. Los otros me vieron todos los días en un lugar de trabajo o en la portería de un edificio o en un quiosco de periódicos, y ni siquiera juntando todos esos momentos lograron empatar en felicidad procurada a Jesús Bengoechea con alguien que era un completo extraño en mi vida, alguien que nunca supo de mí aunque yo sí supiera de él. Es raro, es quizá injusto. Pero es así.

Ya sé que no fue solo ese cuarto de hora. Su fugaz paso por el Madrid (una temporada) tuvo otros momentos importantes. Alberto Cosín los glosa en este otro artículo en La Galerna. Sin embargo, para mí siempre será el hombre que revolucionó aquel último y cardíaco partido en casa ante el Mallorca que, si no llega a ser por las dos dianas del utrerano tras salir desde el banquillo, habría dado al traste con la Liga de las remontadas de Capello.

Mis circunstancias personales en torno a ese partido, el 16 de junio de 2007, ya fueron contadas también. Me había casado la víspera, no sin antes haber convencido a mi abnegada mujer de que pospusiéramos un día el viaje de novios en la eventualidad de que el Madrid podría jugarse la Liga en la última jornada ante el Mallorca, como así fue. De manera que aquella tarde me encaminé al Bernabéu con los nervios a flor de piel y mi flamante nueva esposa esperándome en la suite nupcial de un hotel capitalino. De hecho, le tocaría esperarme un rato más al término del encuentro porque el Madrid, por supuesto, se coronó campeón al término del choque, y Cibeles estaba de paso entre el Bernabéu y el hotel.

Al día siguiente, ya sí, pude irme de luna de miel con la placidez de alma que produce dejar al Madrid en Madrid y como debe quedarse, es decir, campeonando. Mi mujer comentó su alivio ante el triunfo blanco: quién sabe lo insoportable que habría sido yo durante el viaje de novios de haber tenido que enfrentarme a él con el recuerdo reciente de una Liga perdida por el Madrid en la última jornada y ante el maldito Mallorca. Honestamente, nunca pude quitarle la razón.

Con la excepción de mi mujer en sí (que no me consiguió él, sino que me busqué yo solito), toda esa felicidad de esos días inolvidables se la debo a Reyes. No solo a Reyes, claro, sino a todos sus compañeros en aquel triunfo del clavo ardiendo y del estoicismo capellista. Pero Reyes fue, como decimos, un protagonista destacadísimo de aquel agónico encuentro. Revolucionó el partido, empató a pase de Higuaín, dejó a Diarra (Diarra, otro héroe improbable) el honor del gol desequilibrante y se permitió sentenciar la Liga con un disparo desde fuera del área. No he vivido jamás un éxtasis así en el Bernabéu. Fue sencillamente inenarrable.

Para sorpresa de todos, y a pesar de haber sido el héroe en aquel logro inmarcesible, Mijatovic decidió no ejercer la opción de compra sobre Reyes. La gran paradoja es que Mijatovic acertó, o eso cabe colegir del desarrollo posterior de la carrera del delantero andaluz. Su destino en el Madrid se circunscribía a llevarnos a la gloria en esa temporada inolvidable y, más específicamente, en ese partido inolvidable. Luego siguió en otros equipos, por supuesto, e hizo en ellos grandes cosas, pero la gloria del Madrid le reservaba ese protagonismo esporádico. Hay cosas que son demasiado bellas como para ser complementadas por otras. Hay joyas que deben refulgir por sí mismas, de tal modo que su brillo desluce en compañía de otras gemas. La joya que Reyes fue en aquella noche del 16 de junio de 2007 no podía formar parte de ninguna corona. Su rara hermosura debe contemplarse como lo que es, una pieza única, decididamente prendida entre dos dedos.

Después, con el tiempo, en algunos artículos aquí y allá, yo criticaría a Reyes. Al hombre que me subió a ese avión rumbo a Costa Rica, casi en volandas, acompañado por mi nueva mujer, con la mayor dicha latiéndome en el pecho y la perspectiva de unos días únicos. A ese hombre critiqué. Y aquí estoy ahora, tratando de dilucidar qué hacer con mi propia mezquindad pretérita.

Hay personas, sí, que nunca supieron de nosotros pero nosotros sí supimos de ellos. Supimos de ellos porque pusieron a vibrar en el aire la nota certera de un violín en un concierto de verano, o pronunciaron una frase en el tono exacto que el guión reclamaba en la película, o lanzaron a la red el balón cuando tanto creíamos jugarnos. Son belleza fugaz en nuestra vida. Ellos nunca sabrán qué felices nos hicieron. José Antonio Reyes nunca sabrá (ahora ya es seguro) cuán intensamente feliz me hizo.

Decidme qué hago yo ahora con esto.

Editor de La Galerna (@lagalerna_). @jesusbengoechea

11 comentarios en: José Antonio Reyes, belleza fugaz

  1. Reyes siempre me pareció un jugador diferente y creo que el Madrid fue injusto con él. Nadie sabe que hubiera pasado de continuar en el equipo. Comentarios a parte siento pena por él, por su familia y por sus compañeros de viaje. A veces las máquinas vencen a las personas y, sobre todo, que mala suerte que el coche se incendiara. D.E.P.