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Rock y madridismo (II): Paul McCartney frente al tipo del espejo

Rock y madridismo (II): Paul McCartney frente al tipo del espejo

Escrito por: Alberto Cubero19 junio, 2026
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Tras el secuestro amigdalar, McCartney empezó a escuchar sus propios pasos. Y es que, tras una reacción cerebral desproporcionada en la que la impulsividad y el bloqueo cognitivo toman el control, vienen las reacciones desmedidas, comunes en rabietas infantiles. Una rabieta muy CR7 de la que no está exento ningún genio que se precie. Y tal vez fue eso, un acceso de secuestro amigdalar, no tanto Yoko Ono, lo que lo rompió todo. Demasiados peces en una pecera cada vez más pequeña. Las personas exentas de esa reacción, tan recurrente como humana, son una anomalía genética, una especie de hombre elefante a contracorriente en un mar de gente.

Padres de casi todo, The Beatles, resulta sardónico, igual que el Titanic, siguen concitando interés después de tantos años de su hundimiento. “Hay muchas maneras de atracar un banco”, dice Loquillo, y McCartney huyó con todo el botín. Era un golpe cantado que podemos revivir como inesperados testigos en el fantástico documental, “The Beatles- Get back”. Los Beatles nos desasnaron hace casi sesenta años y lo hicieron nuevamente, en diferido y por sorpresa, mientras acariciábamos a nuestro perro desde el sofá, pidiendo pista para la creatividad descontrolada e incompatible de Paul McCartney, John Lennon y George Harrison. Sus perseguidores y sus émulos parieron hijos que ellos inspiraron. ¿Casi todas las canciones firmadas por McCartney y Lennon son probablemente solo de McCartney? Puede ser. No puede negarse, no obstante, que todo floreció gracias al contrapeso que ejerció Lennon sobre él.

Los últimos Beatles fueron una pugna de cíclopes y centauros. Tras el fin del advenimiento de los dioses de la música, con su disolución, tal vez huyendo de sus propios demonios, McCartney buscó el ángulo muerto lejos de todo, como un Dios bucólico y rural, su propia Babia. Porque aquella granja en Escocía era la casa de “valor sentimental”, un refugio de tormentas con puerto seco. Hoy, cuando IG escupe imágenes de un tiempo feliz en aquella casa, con Linda y los niños, uno no sabe si envidia el torrente creativo de un McCartney en estado de gracia o su vida recogida y familiar, suponiendo que una cosa no sea consecuencia de la otra.

“Los chicos nórdicos no lloran”. Una de las cosas que siempre han sojuzgado del cine escandinavo (Bergman, Dreyer) es la sensación de agobio y culpa. “Gertrud”, “Persona”, “El séptimo sello”, “Ordet”… son una mala noche. La inversión de la carga de la culpa en el espectador, obras de panteón que producen un placer culpable en cada escena. Y frías, porque el cine nórdico siempre ha transmitido vaho y escarcha, una distancia eterna, una proxemia kilométrica que hace pensar que observamos, indiscretos, figuras marmóreas, olímpicas estatuas de cera que no saben llorar. Los británicos son otra cosa, más de andar por casa. Como McCartney, que en su granja luchó por ser un tipo normal o jugó, al menos, a serlo. Y esa granja, por contraposición al olor a goma quemada de The Beatles, su nueva vida rural y familiar y su nueva etapa musical, fueron también un movimiento de ruptura. Tal vez su tema “Wild life” ejemplifica ese volantazo.

Un joven de Liverpool, de familia trabajadora, jugando a ser granjero, que lloró primero de amor y luego de pena, por Linda, su esposa. Fruto de ese amor rendido de bandera blanca nació “My love” (dentro del LP. “Red rose speedway”), que puede que sea una de esas declaraciones de amor con la guardia baja más francas y rendidas de la historia del rock a quien perpetraba sus cortes de pelo además de ser su compañera de viaje. Durante cuatro minutos y once segundos, el mundo es perfecto.

McCartney fue el más audaz, el primero en no aceptar el simulacro. Había debutado con un LP que era una autoafirmación desde el título mismo, con su álbum “McCartney” en 1970, un LP que era una terapia y que no habría existido sin la colaboración emocional y artística de Linda. Y es a ella a quien también dedica un tema trascendental y mágico como es su “Maybe I’m amazed”.

Disfrazado de grupo junto a Linda y la banda “Wings” (1971-1980), siempre fue un solista absoluto desde que dejó The Beatles. Dueño de su propio universo (“Yesterday” le sobrevino en el sueño de una noche en Londres en 1963), también se afanó por mostrar un lado salvaje. Hace mucho tiempo, demasiado tiempo que Fred Ulm escribió “Reencuentro”. Para McCartney el reencuentro fue con él mismo, un afán por cincelar un superyó alternativo y a contracorriente que impusiese su creatividad como un rodillo. Y ese nuevo McCartney incluía una mirada al precipicio. “La mayor estupidez que hice en mi vida” fue en enero de 1980 cuando le hallaron marihuana en la maleta en el aeropuerto de Narita (Japón). No fue solo un arresto, también fue el fín de la mirada limpia del ojo público sobre McCartney y el principio del fin para su banda Wings. Todo por 219 gramos. Y es que McCartney entonces guardaba un núcleo de metal incandescente.

Después de los Beatles queda la nada, parafraseando a Raimundo Saporta. Fue un final a primera sangre, pero igualmente doloroso. Tal vez la salida digna de McCartney hubiera sido el ostracismo, pero eligió una huida hacia adelante que acabó indefectiblemente en RAM. Un disco que gobierna estanterías, pequeñas posesiones de nuestra minúscula república. Hay obras que compramos pero que, en cierto modo nos poseen a nosotros. “¿Sabes cuál es mi disco tuyo preferido? RAM”. Le confesó un sobrino una vez. McCartney cuenta esta anécdota en el documental “Paul McCartney: Man on the run” con la satisfacción plena y consciente de la trascendencia en solitario. Como la salida de la crisálida y el fin del 25% de un todo para convertirse, de una vez, en el 100% de uno mismo. Su afán competitivo fue el resultado de esa toma de conciencia. Hacía años que McCartney ya sabía que el tipo frente al espejo era un genio. Tan solo bastaba que lo supiera el mundo.

De eficacia abrumadora pero no genial. CR7 comparte con McCartney su obcecación por el triunfo yoísta.

Zidane Cristiano Ronaldo Real Madrid

Si, como un doctor Moreau revisitado, pudiéramos crear una nueva especie que uniera la genialidad de Zinedine Zidane y la constancia abrumadora por la victoria de CR7, ese jugador sí podría compararse a lo que ha sido McCartney en la historia de la música. Tal vez “Let me roll it” es ese grito liberador de McCartney al mundo.

La banda de McCartney, cualquiera de ellas bien podría haberse llamado “John, George, Ringo, soy el jodido Paul McCartney, no sabéis con quién estáis hablando pero lo vais a saber”, aunque el nombre era demasiado largo. Por eso la llamó “Wings”. McCartney nunca ha sido un heterodoxo, ni tan siquiera un ortodoxo. McCartney es fiel tan solo a McCartney, ese primo divertido capaz de focalizar cualquier cena familiar que se precie.

A estas alturas alguien puede preguntarse qué tiene que ver McCartney con el Real Madrid. Y lo tiene. Hay que remitirse a un cajón casi olvidado de una de sus más maravillosas canciones, como es “The back seat of my car”, de su LP mágico, RAM, y hacerse fuerte en el momento cósmico que guarda un instante mágico en su minuto 3.

 

Oh oh, we believe that we can't be wrong

No, no, no

We believe we can't be wrong

Yeah, yeah, yeah

 

¿Acaso no es eso la grandeza?

Hace demasiado tiempo que McCartney cumplió sesenta y cuatro, lo cual es reflejo de nuestro propio descuento. Colillas apagadas. “The Boys of Dungeon Lane”, tal vez su adiós a la música, es también nuestra calle melancolía, una calle de la infancia en la que viviremos siempre, en la que los vecinos no envejecen y saludan eternamente al pasar. Temas que ya no son desabridos porque ya no hay nada que demostrar. Nada que reprochar porque ya nada es igual,como canta en su dulce y melancólico “Days we left behind”:

Su afán competitivo supura aún en cada gesto, no cabe la menor duda de que ha decidido resistir, ser el último de los cuatro en abandonar la escena. De los chicos de Liverpool que una vez soñaron ser músicos, quedará uno y ese será él. Y será el último porque siempre fue el primero. Feliz cumpleaños, Paul.

 

Getty Images

 

Capítulos anteriores: 

 

1.- Rock y madridismo (I)-Grand Funk Railroad: los ecos del “Power Trio”

Alberto Cubero
@woodandwines

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