Escucho a Piqué permitirse el emitir burlas sobre Arbeloa después de arruinar su propia vida familiar y cada iniciativa empresarial que ha iniciado, y no puedo evitar trasladarme a un futuro aún no escrito, pero sí muy probable. Cuando Gerard Piqué esté a punto de ingresar en prisión, que es una escena que todos los españoles de bien merecemos contemplar en la tele, el mundo empezará al fin a tener algo de sentido. En cuanto se le aproximen los primeros paparazzi y los primeros micrófonos, en su último paseo como hombre libre, todavía ensayará la penúltima bromita sobre el exjugador y exentrenador madridista.
La prensa afín (valga la redundancia) valorará muy positivamente su sentido del humor en un momento tan aciago. Con un poco de suerte, esos mismos periodistas que le reirán la gracia ingresarán en prisión al poco tiempo también, pero ellos lo harán en el pabellón de los idiotas anónimos, y en su caso no habrá imágenes en exclusiva del recorrido de los últimos metros hasta la puerta del penal. Los periodistas irán a la cárcel por encubrimiento en el caso Negreira. Piqué, por corrupción en los negocios y tráfico de influencias en la organización de la Supercopa con Luis Rubiales. En realidad, son el mismo delito: pertenecer a la mafia que ha emputecido el fútbol español durante décadas y décadas.
En el caso de Piqué, sí habrá imágenes. Su pasado de enfant terrible, muñidor de contubernios y emisor de gracietas, así lo amerita. Algunos programas emitirán en directo sus últimos pasos en libertad por la calle que conduce al presidio. Con los ojos colorados, se mostrará locuaz y dicharachero. Todo hasta que algún periodista honesto, que quizá lo haya aún por entonces, le pregunte si se arrepiente de algo. Entonces aflorará el niño pera con ínfulas, el de las peinetas subrepticias cuando sonaba el himno nacional y los filardos en la coronilla de los directivos.
—Pero ¿tú sabes con quién estás hablando? ¡A mí este país me debería dedicar estatuas!
Escucharse a sí mismo soltar esa frase con la voz quebrada por la ira terminará rompiéndole en desolación, y la misma boca que un minuto antes emitía chanzas engreídas prorrumpirá de pronto en sollozos, para su propia sorpresa. Los paparazzi incrementarán aún más la densidad de chasquidos en el aire, y las preguntas de los reporteros se confundirán en un marasmo de lo que a él se le antojarán psicofonías.
—Gerard, ¿seguirás haciendo anuncios con Casillas desde la cárcel?
—Geri. ¡Geri! ¿Te arrepientes de las comisiones de Kosmos?
—Dinos: ¿qué esperas encontrar ahí dentro?
Al distinguir esa última pregunta, ya a escasos metros de la puerta de entrada, donde dos fornidos funcionarios le esperarán con ademán consuetudinario, sentirá un estremecimiento y se acordará, no sabrá por qué, de Albert Benaiges. Entonces, justo en ese momento, sentirá humedecerse su entrepierna con la última efusión mingitoria de la libertad.
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N. del E.: A pesar del uso continuo del tiempo futuro imperfecto, este artículo recrea una situación completamente hipotética.











No se si acabaré en prision. Eso que lo decidan los jueces. Vaya o no a prisión en un tio maleducado, engreido y que se piensa superior al resto. Eso de nacer guapo, rico y con talento para el futbol le ha sentado tan mal, que ha gestionado estas situaciones creyendose por encima de los demás. Es un impresentable y un mal ejemplo para el deporte
acabará
Lo de chotearse de un compañero forma parte de su engreimiento. Aunque no seamos cínicos y reconozcamos que los propios jugadores del equipo le llamaban CONO a sus espaldas