La españolización del Madrid que prometía el candidato Riquelme la ha empezado Florentino. Y comienza con Cucurella. El lateral izquierdo de la selección española fue fichado en un visto y no visto, sin que nadie en la famélica legión de periodistas deportivos se coscase. Fue todo un golpe de efecto, sobre todo porque a Cucurella lo pretendían Barcelona y Atlético de Madrid.
Objetivamente, el fichaje es muy bueno. Ahora mismo hay tres laterales izquierdos en la nómina de la primera plantilla del Real Madrid y, sin embargo, la posición no estaba cubierta: Mendy está inválido y prejubilado, y entre Fran García y Carreras no se hace un pan ni con unas tortas. No es que el fichaje de Carreras haya resultado fallido. Considerando su primera temporada como de cortesía y más en un contexto general de caos, cachondeo y derrumbe, sigue siendo un melón por abrir. Desde luego, Carreras no ofrece el rendimiento inmediato en la alta competición que sí asegura Cucurella. Con 27 años, es campeón de Europa con España, asentado en la titularidad. Se fajó, camino de la élite, en el Éibar de Mendilíbar y en el Getafe de Bordalás, dos auténticas escuelas de instrucción militar. Tiene, además, experiencia contrastada en la aristocracia del fútbol tras cuatro temporadas en el Chelsea, con el que ganó la primera Copa del Mundo de Clubes.
La españolización del Madrid que prometía el candidato Riquelme la ha empezado Florentino. Y comienza con Cucurella
Cucurella es producto nacional, catalanísimo del Maresme. Su fichaje es un buen golpe contracultural: aunque canterano del Real Club Deportivo Español de Barcelona, pasó por La Masía y debutó, con Valverde, en el primer equipo del Barcelona, quien lo liquidó de saldo al Getafe. Es decir, CuCu pertenece a esa categoría de futbolistas que siempre están orbitando en torno al sistema solar del Fútbol Club Barcelona, que parece que tiene sobre todos los jugadores oriundos de Cataluña una especie de derecho de pernada.
Cucurella, desde ya mismo, pasa a estar bajo sospecha: con suerte no le cargarán las culpas si España se la pega en la Copa del Mundo
El Madrid, de buenas a primeras, ha llegado y lo ha alienado de algo más que L´Entorn. Tras la victoria de la selección en la última Eurocopa, Cucurella se ganó la fama de tío simpático. Cae bien, es verdad, porque es sencillo. Se le pudo ver celebrando ser convocado por España con su familia, sin las ya habituales alharacas de los futbolistas de la generación TikTok. Era la cara alegre, casi un sustituto de Reina, de un equipo «diverso», de la «España plurinacional» y «heteronormativa» que excluía a los madridistas y que abrazaron con fervor los tradicionalmente antiespañoles (en la victoria, éstos siempre abrazan las causas que ganan). Era la cara amable, un poco como Capdevila en el Mundial de Sudáfrica: el tipo con el que nadie contaba y que de repente no sólo es bueno sino que además tiene carisma, un carisma espontáneo y producto de su aparente normalidad.
Cucurella tiene un pelazo a lo Krusty el Payaso que recuerda a Breitner y a Marcelo, y que es su seña de distinción. En Inglaterra, hasta la afición del Chelsea le dedicó un cántico. Cucurella / he eats paella / he drinks Estrella / his hair is fucking massive. Sólo con aquel plácet pudo incluso aparecer en La Revuelta, el programa que sirve ahora mismo en la España oficial como ritual de humillación imprescindible, permitiéndose bromear con la farisaica política deportiva del Bilbao. ¡Sin que el PNV no le reprendiera públicamente en el Senado!
Todo eso se ha acabado. Charnego no le pueden decir, pero seguramente que veremos cómo alguno le llama botifler. Cucurella ha fichado por el Madrid y encima, en pleno Mundial. Hubo ecos de la operación Lopetegui, con los sospechosos habituales, empezando por la Marchante, rasgándose las vestiduras. Cucurella, desde ya mismo, pasa a estar bajo sospecha: con suerte no le cargarán las culpas si España se la pega en la Copa del Mundo.
Cucurella es la señal de que los tiempos, en la dirección deportiva del Madrid, han cambiado. El entrenador vuelve a tener mando en plaza. Es la clase de jugador que normalmente acaba fichando por alguno de los otros dos grandes rivales del Madrid en la competición doméstica. No se trata de superestrellas sino de grandes futbolistas que potencian una plantilla competitiva, que es lo que no ha sido la del Madrid en los últimos dos años. Lo que en el lenguaje de ahora se dice tier 2. Si no saliera Fran García incluso cabría la posibilidad de que Carreras pudiera fungir como alternativa para el puesto de central izquierdo. En todo caso, CuCu me recuerda a Marco Asensio, otro prometedor miembro de la escuela mediterránea que parecía abocado sí o sí a ser barcelonista, y no obstante cumplió como buen secundario durante los años dorados del threepeat.
Cucurella no es sólo un gran nombre emergente en el panorama europeo. Su fichaje se puede entender como un compromiso por recuperar la hegemonía nacional. El Madrid necesita afianzarse de nuevo en el palmarés español como paso previo al regreso estelar en la Copa de Europa. El Madrid debe reconquistar España, en un sentido deportivo y estético. Mourinho, no hay que olvidarlo, reintrodujo en la psique madridista la ambición por volver a ganar la Copa del Rey. Zidane continuó con esa escuela: para el entrenador de las tres Copas de Europa seguidas, la liga era innegociable. Cucurella es un buen primer paso para volver a esta gran senda.
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