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Santiago Solari y el sentido de la justicia

Santiago Solari y el sentido de la justicia

Escrito por: Sergio Arellano12 septiembre, 2019
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Decía Aristóteles, considerado como uno de los polímatas más influyentes de todos los tiempos, así como el padre de la filosofía occidental, que la virtud de la justicia se constituía como la más necesaria para la conservación del mundo y para su posterior armonía, afirmando que en sí misma es la mayor de las virtudes.

Al hilo del ligerísimo preludio aristotélico, que más adelante tendrá su razón de ser, Santiago Solari aceptó en octubre el ambicioso reto de dirigir a una de las naves más exigentes del planeta fútbol, y en consonancia, se obligó a levantar y regenerar el ánimo de un equipo hundido en la zozobra que venía de digerir un durísimo varapalo en El Clásico liguero y que, con anterioridad a tal descalabro, ya daba muestras de unos síntomas de desgaste realmente preocupantes.

Es de todos sabido que acaudillar a una institución con la dimensión global del Real Madrid siempre es una empresa osada, y dicha dificultad gozaba de un plus si se ponderaban objetivamente las circunstancias con las que el argentino iba a empezar su andadura. Nuestro protagonista se presentó en su primera rueda de prensa como técnico del equipo blanco con una declaración algo carnal, asegurando que su principal idea era ir a Melilla con los dos machos bien puestos. Como anillo al dedo. A tenor de ello, y sin perjuicio de que la coyuntura en octubre fuese desoladora, desde el principio dejó bien claro el hecho de que, por razón del puesto que atesoraba, no iba a dejarse subyugar por las incesantes presiones y egos de un vestuario tan difícil de manejar y gestionar como el madridista, en donde como todos sabéis, los conflictos y los malentendidos son magnificados hasta lo absurdo. Y así fue.

Tras un comienzo de andadura algo accidentado (recordemos el revolcón en Ipurúa, el frenazo en La Cerámica, su particular lío con las preguntas capciosas y el desdibujado valor de los empates), Solari empezó paulatinamente a ganarse el crédito del aficionado merengue. Sus credenciales se focalizaron en apostar decididamente por los más jóvenes, poniendo el acento en un descarado Vinícius que sorprendió a propios y extraños con su enorme potencial y tremendo desparpajo. Reguilón, futbolista comprometido y pasional donde los haya, también se vio beneficiado por dicha política; además de jugadores como Llorente y Ceballos. Incluso Cristo González debutó en LaLiga, concretamente en el Benito Villamarín bajo el marco de un contexto endiablado y por encima de otros pesos pesados; cristalizándose así la férrea y concienzuda idea de Santiago Solari. A compás de una presteza para nada desdeñable desde la dirección técnica, (y más teniendo en cuenta su debut en la máxima élite), el rosarino dotó de cierta estabilidad y confianza al grupo, y durante los meses de enero y febrero, transformó a un equipo inmerso en una crisis terminal para convertirlo en un conjunto competitivo y solidario, con sus evidentes fisuras, pero capaz de pelear de tú a tú contra cualquiera. Y eso es, cuanto menos, elogiable.

A grandes rasgos, Solari reactivó el espíritu competitivo del equipo, ganó en escenarios difíciles como el Amsterdam Arena o El Wanda Metropolitano, pugnó heroicamente contra el Barça en Copa del Rey (con un resultado final a todas luces injusto), coadyuvó enormemente a la progresión de futbolistas como Vinícius, Reguilón o Llorente y, por encima de todas las cosas, impregnó su sello meritocrático con gallardía y determinación, sin importar la magnitud que pudieran tener ciertas decisiones.

Quizá todo ello, en líneas generales, se haya ido perdiendo gradualmente desde que Zidane tomara las riendas del equipo el pasado mes de marzo. O quizá no. Pero de lo que estoy seguro es que no valorar el trabajo que dejó en la casa blanca denotaría una sangrante falta de equidad y perspectiva, contaminada por el favoritismo infecto que algunos aficionados tienen sobre algunos jugadores.

Es cierto que hubo claroscuros y rencillas en el vestuario que precipitaron su salida. O incluso que la enlodaron, sobre todo a raíz del famoso expediente a Isco Alarcón, pero la realidad es que Santiago Hernán Solari encabezó al Real Madrid en una de las épocas más convulsas y taciturnas de la última década, y lejos de arrugarse y plegarse a las directrices populares que la putrefacta sociedad de la información vociferaba con vítores, él se limitó a seguir los dictados de su conciencia, imitando al hombre justo que planteaba Aristóteles. Un arquetipo ecuánime y meritocrático, y ese ha sido, es y será su gran legado.

La dura derrota en la vuelta de octavos de final contra el Ajax marcó de manera irreparable su destino, pero en su haber es digno poner todos y cada uno de los elementos que se han ido desmenuzando a lo largo y tendido de este artículo. ¿Y sabéis por qué? Pues porque, parafraseando a Lex Luthor, la naturaleza del hombre no se basa en hacer cosas justas, sino cosas grandes; y apuesto a que al rosarino le faltó tiempo para lograrlo.

Sergio Arellano
Colíder del movimiento benzemista. Twitter: @Arellanoglou

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