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Madridistas egregios: Juan de Padilla

Madridistas egregios: Juan de Padilla

Escrito por: Federico Garcia "Lurker"14 diciembre, 2019
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30Entre los madridistas destacados de antaño, la figura de Juan de Padilla emerge envuelta en unos tonos románticos y trágicos, debido a las fuerzas cósmicas que lo arrastraron alejándolo de su confortable vida provinciana en el seno de una familia hidalga para hacerlo brillar con fuerza durante un breve espacio de tiempo y terminar por precipitarlo al abismo poco después.

Como se ha dicho, Padilla tenía un buen pasar en Toledo, donde era apreciado y disfrutaba de las ventajas del jugador talentoso que destaca en un club pequeño y no ambiciona un destino de más relumbrón, sino que, cual Le Tissier en su Southampton, se conforma con su felicidad doméstica y su prestigio local. Pero el destino tenía otros planes para él; la que prometía ser una carrera tranquila y apacible se vería sacudida primero y truncada definitivamente después por una grave lesión en el cuello que se produjo a finales de abril de 1521.

El acontecimiento que marcó su vida y decidió su rumbo tuvo lugar cuando el mandamás de la federación se puso flamenco y exigió que todos los clubes, grandes y pequeños, pagasen un alto porcentaje de sus ingresos a la Unión Europea de Flandes y Austria, a la que se solía denominar por sus siglas: UEFA. El advenedizo adoptó una postura imperialista e intransigente y se negó a atender las justas reclamaciones de los equipos castellanos, lo que provocó la airada reacción de estos.

Así fue como Juan de Padilla se vio forzado a salir del Salto del caballo y aliarse con la Gimnástica segoviana, que dirigía el señor Juan Bravo, con la Unión deportiva Salamanca, que tenía a Francisco Maldonado al frente, y con otras escuadras históricas que a falta de la fuerza suficiente para oponerse a la tiranía centroeuropea tenían bravura sobrada para defender la justicia y la razón de sus fueros. El público les aclamaba tanto en el campo de la Albuera como en el estadio helmántico, y la gira por Castilla congregaba a la afición enardecida, que vitoreaba a los suyos y pedía la recusación de los altos mandos de la UEFA.

La unidad de los españoles agrupados en torno a Padilla y sus capitanes hubiera supuesto una seria amenaza para el nuevo orden hegemónico, de no ser porque aquí nunca faltaron los traidores, que del conde don Julián a Vellido Dolfos o Laporta acuden con sus fuerzas en auxilio del enemigo y dan al traste con las empresas más nobles e impiden la defensa de los más altos ideales. Así, Padilla vio truncadas sus esperanzas (y su garganta) en el campo de Villalar, no lejos del viejo Zorrilla, junto a sus compadres Bravo y Maldonado. El 23 de febrero, día del libro (que aquellos toscos soldados no celebraban, quizá con la pueril excusa de que aún faltaban años para que nacieran Cervantes y Shakespeare), quien comenzó su vida junto a un Tajo de agua la terminaba con un tajo de sangre. Madridista hasta los tuétanos, no es que se dejara la piel en el campo, es que lo dio todo y se dejó la vida por su equipo.

Ya me veo venir las objeciones facilonas: que si cómo puede sostenerse (y menos desde la galerna) que fuera madridista un perdedor, que si el madridismo consiste en ganar una y otra vez, que si blablablá. Señores (y señoras), si digo y sostengo que Padilla fue madridista pese a su dura derrota es porque su actitud nunca dejó de serlo, porque no rehuyó el enfrentamiento, aun con escasas esperanzas de éxito, porque luchó por lo que consideraba justo, aunque en el mundo triunfe la injusticia a menudo (especialmente si te enfrentas a la UEFA), porque mantuvo altas la dignidad y la cabeza incluso muerto, que la pusieron encima de una picota. Porque el madridismo no consiste en ganar siempre, sino en no darse nunca por vencido.

No faltará algún tiquismiquis que aprecie inconsistencia en el hecho de que hace algún tiempo trajera a este foro el ejemplo del emperador Carlos I de España y V de Alemania como paradigma de madridista egregio, y ahora presente a quien se le opuso decididamente como modelo a imitar. ¡Cuánta miopía revela esa manera de abordar la cuestión! En el Real Madrid cabe todo lo grande, todo lo noble, todo lo que es de verdad; solamente no tiene cabida lo bajo, lo ruin, lo falso, lo fingido; hay sitio para un artista como Guti o Zidane y lo hay para un luchador como Arbeloa o Camacho, sin que revienten las costuras de la casa madridista.

La talla del Real Madrid es tal que en sus filas hay espacio para los soldados más dispares, hasta para aquellos que pudieran parecer (y ser) irreconciliables o contradictorios: hay lugar para el aficionado mourinhista y para el delbosquista, para el socio oficialista y para el crítico, para el apasionado y para el frío, para el de Chamberí, el de Badalona, el de México, el de Pekín y el de Chicago, de modo que los el Real Madrid puede decir con Walt Whitman “Do I contradict myself? Very well, I contradict myself (I am large, I contain multitudes)”.

El autor de estos párrafos sólo aduce en su defensa unas palabras leídas en un viejo libro de bachillerato (creo recordar que escrito por Fernando Lázaro Carreter y Evaristo Correa Calderón) en las que don Miguel de Unamuno se defendía de la acusación de contradictorio como él solía hacerlo, es decir, atacando (se ve que también tenía gotas de sangre madridista): “Yo, lector querido, escribo con sangre de mi corazón y no con tinta neutra, así que no necesito medir mis palabras para no comprometer mi porvenir, que jamás hipoteco. Si yo me hubiese propuesto ser original, les habría dado ciento y raya a esos escritorzuelos que alardean de originales y de que no se casan con nadie. Pero yo me he casado con la sinceridad, así que si alguna vez me contradigo, me contradigo muy sinceramente”. La cita está sacada de mi memoria, esa traidora, de modo que puede no ser completamente fiel a las palabras que escribiera el trueno bilbaíno, pero creo que sí lo es en cuanto a su sentido.

Cada héroe trágico requiere un poeta que cante su historia. Es forzoso reconocer que suele darse una correspondencia bien proporcionada entre la altura del cantor de la composición y la del personaje; así Homero cantó a Aquiles en la Iliada, Eneas tuvo un Virgilio que escribiera su Eneida, y Sabina compuso el himno del Atlético de Madrid, que no podemos entender. El final de Padilla y los comuneros fue oportunamente cantado por el mester de juglaría:

Mil quinientos veintiuno

En abril para más señas

En Villalar ajustician

Quienes justicia pidieran.

Si es imposible que el Real Madrid muera, se debe, entre otras razones, al hecho de que no hay artista con un nivel suficiente para componer su réquiem. Quizá Mozart hubiera dado la talla, pero no está el hombre para muchos trotes.

 

Madridistas egregios:

Capítulo 1: Carlos I de España

Capítulo 2: Isaac Newton

Capítulo 3: San Pedro

Capítulo 4: Julio César

Capítulo 5: Alejandro Magno

Capítulo 6: Moisés

Capítulo 7: Agustina de Aragón

Capítulo 8: Mozart

Capítulo 9: Juan de Padilla