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Madridistas egregios : Carlos I de España

Madridistas egregios : Carlos I de España

Escrito por: Federico Garcia "Lurker"9 abril, 2019
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Más de un siglo de historia deja una larga nómina de personajes ilustres: de los padres fundadores y los constructores de la leyenda (Bernabéu, Di Stéfano, Gento, etc.) a los arquitectos de la época actual (Cristiano, Zidane, Ramos), pasando por los héroes de los años difíciles (Pirri, Camacho, Butragueño) sin olvidar a los titanes del baloncesto (Luyk, Corbalán, Fernando Martín, Llull), cualquier aficionado del Real Madrid puede confeccionar en medio minuto una lista de veinte o treinta deportistas inolvidables que han engrandecido nuestra leyenda.

El propósito de estos párrafos es ir más allá de esta época, brillante pero limitada en el tiempo. Y es que el Real Madrid es eterno. Ese rotundo adjetivo significa que aún nos quedan muchos éxitos por cosechar y mucha gloria que alcanzar, pero no solamente eso; la RAE reserva el término “eviterno” para lo que no tendrá fin, pero sí ha tenido principio en el tiempo; por eso he buscado madridistas anteriores al año 1902, que confirmaran la condición eterna de nuestro club, y he hallado varios ejemplos espectaculares e indiscutibles a los que no dudo en calificar de madridistas egregios. Estas líneas quieren llamar la atención sobre el primero de la lista: el rey Carlos primero de España y quinto de Alemania.

Cuenta la Historia (a la que Pierre Menard llama “madre de la verdad, émula del tiempo, depósito de las acciones” entre otras lindezas) que nació nuestro héroe en Gante en el año 1500, que apenas contaba 16 años cuando fue proclamado rey de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de las islas, indias y tierra firme del mar océano, y de otros cuantos lugares que no se ponen aquí para no alargar la relación. Si eso no es echar la puerta abajo, yo no sé; ni Raúl ni Vinicius demostraron tanta precocidad, ni Bernabéu ni Florentino tanto mando.

Con 19 años es elegido emperador del sacro imperio romano-germánico. Así se convierte en el hombre más poderoso del mundo a una edad a la que otros están temblando ante la duda de si aprobarán el examen para el carnet de conducir. Con poco más de veinte años se había tenido que batir el cobre en España, en Europa y en América; a lo largo de su vida se las tuvo tiesas con los propios (comuneros de Castilla y príncipes alemanes) y extraños (franceses, turcos o indios), y aún le quedó vigor para engendrar un Felipe II, un Juan de Austria y una amplia retahíla de hijos legítimos y bastardos. Cuando se retiró a Yuste a cobrar la pensión, viajar con IMSERSO y vigilar obras con otros jubilatas, había cambiado el mundo.

Nadie puede dudar de su enorme talla histórica, y la inmensa huella que dejó la rubrica, pero ¿era Carlos I madridista? ¿en serio? Analicemos los datos y los indicios.

De su madridismo dan muestra tanto el hecho de reinar en España como el de imperar en Europa, como sólo el Real Madrid ha hecho después. Lo confirma su espíritu indomable, su afán de lucha de principio a fin y la gran cantidad de victorias que consiguió. La extensión del imperio por América no hace sino abundar en ello, así como la hazaña de que el primer equipo que lograra circunnavegar el globo fuera el suyo, es decir, el nuestro: cuando la nao Victoria atracó en Sanlúcar de Barrameda, en septiembre de 1522, sus tripulantes eran los únicos que podían presumir de haber cruzado todos los meridianos. “Una pequeña vuelta para unos hombres, pero una revolución para la humanidad”, en palabras de Elcano que luego plagió Neil Armstrong. La sección de vela del Real Madrid hace mucho que no existe, pero en su momento demostró ser la mejor del mundo, cómo no.

Los primeros años de su reinado fueron difíciles. La masa social castiza se resistía con firmeza a reconocer al nuevo rey. No ayudaba a su causa el haber nacido fuera de España, ni que no fuera capaz de expresarse en el idioma español, prefiriendo el áspero flamenco. Enseguida sufrió la oposición feroz de los socios añejos y piperos, cuya miopía no les permitió apreciar la visión universal e intemporal de su proyecto; Padilla, Bravo y Maldonado fueron los Villar, Arminio y Relaño del siglo XVI, empecinados en evitar el triunfo del advenedizo. Por suerte para el Real Madrid de entonces (que era España, como lo ha sido siempre), el joven monarca supo retirarles las credenciales oportunamente, con lo que evitó el desgaste permanente.

Toda causa noble tuvo en Carlos a su defensor, costara lo que costara, y así extendió la civilización por las Américas al tiempo que peleaba con toda el alma en Europa contra los herejes (que pretendían haber inventado el humanismo, cuando aquí les llevamos decenios de ventaja) y contra la insidiosa leyenda negra que inventaron y repitieron hasta hacerla pasar por verdad indudable, de modo que las tropas hispanas pasan por crueles frente a los benéficos ejércitos ingleses, franceses o neerlandeses; que las poblaciones indígenas hayan desaparecido en sus colonias y no en las españolas no afecta al éxito de su leyenda, que se acepta con la misma naturalidad con que se da por cierto el favoritismo de que goza el Real Madrid por parte de los árbitros y de Franco, se bendicen la invención del fútbol por parte de Guardiola y la pillería de Suárez o se aplaude la dirección técnica de Simeone, que si nunca tuvo buen toque de balón sí es diestro en tocarse las pelotas, mientras se censuran la soberbia de Cristiano y la mala fe de Mourinho, o se achaca a la floricultura el éxito de Zidane.

Contra todo y contra todos tuvo que luchar y no rehuyó la batalla. Supo vencer con honor y perder con gallardía, conquistar el respeto de los de dentro y la admiración de los de fuera. Y poco a poco, año tras año, el flamenco exótico que llegó aquí sin entender a los españoles fue mutando en uno de nosotros, asimilándose a su nueva patria, recorriendo una senda por la que años después caminaría Alfredo Di Stéfano (y otros ilustres madridistas), hasta que acabó por elegir un rincón de España para retirarse y morir. El Real Madrid (que entonces era España, insisto) le conquistó, le convirtió y le inmortalizó.

Como la de todo gran madridista, su figura se ha reproducido en numerosos cromos. Mi preferido es el que diseñó Tiziano tras la batalla de Mühlberg: se ve al campeón a caballo, con la lanza en la mano, en actitud triunfal, como un héroe clásico, como quien ha conquistado (¡una vez más!) la copa de Europa de la época. Guardo ese cromo, junto con otros muy notables, a buen recaudo en Madrid, entre el museo naval (donde hay réplicas de naves como las que rodearon la Tierra) y el jardín botánico (en que se cultivan las flores que permiten a Zidane ganar copas de Europa sin jugar a nada). Allí voy con frecuencia a verlo y admirarlo, como se contempla con devoción la sala de trofeos del estadio Santiago Bernabéu. Me atrevo a recomendar la visita.

Incomprendido por unos y aborrecido por otros, tuvo que sufrir la crítica y la incomprensión de muchos de los suyos, desde su nacimiento en Gante (como pudo ser en Cardiff) hasta su muerte en Yuste o en Chamartín, tanto da, pero su huella marca la primera mitad del siglo XVI, y en ella se reconoce nítidamente un escudo imperial: el del Real Madrid.

 

Madridistas egregios:

Capítulo 1: Carlos I de España

Capítulo 2: Isaac Newton

Capítulo 3: San Pedro

Capítulo 4: Julio César

Capítulo 5: Alejandro Magno

Capítulo 6: Moisés

Capítulo 7: Agustina de Aragón