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¿Qué quiere el madridismo?

¿Qué quiere el madridismo?

Escrito por: Roberto Albáizar Pérez10 agosto, 2026
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Hay preguntas cuya respuesta parece esconder una enorme complejidad cuando, en realidad, basta con detenerse unos segundos para comprender que todo es mucho más sencillo de lo que el ruido que rodea al fútbol nos quiere hacer creer. ¿Qué quiere el madridismo de cara a esta temporada?

Desde hace semanas, se suceden los debates sobre el nuevo entrenador, el sistema que mejor puede encajar con la plantilla, los fichajes, las salidas, el papel de determinados jugadores o la conveniencia de incorporar alguna pieza más, como si el futuro del Real Madrid dependiera exclusivamente de acertar con una pizarra o con un nombre propio, cuando la sensación que ha dejado el equipo durante las dos últimas temporadas apunta hacia un problema bastante más profundo y, al mismo tiempo, mucho más fácil de solucionar.

El madridismo lo que quiere es volver a sentirse orgulloso de su equipo. No necesariamente orgulloso porque gane, aunque ganar sea una obligación histórica en un club que nunca ha entendido otra manera de competir, sino orgulloso porque quienes saltan al terreno de juego transmitan que comprenden dónde están, qué camiseta llevan puesta y qué responsabilidad supone defender un escudo que durante más de un siglo ha construido una identidad basada en una idea muy concreta: competir hasta el final, independientemente del rival, del marcador o de las circunstancias.

El Real Madrid ha perdido partidos durante toda su historia y los seguirá perdiendo. Ha sufrido eliminaciones dolorosas, temporadas decepcionantes y noches en las que simplemente el adversario fue mejor. Pero hay algo que el Bernabéu jamás ha terminado de aceptar, algo que provoca una decepción mucho más profunda que cualquier derrota y que en los dos últimos cursos ha aparecido con demasiada frecuencia, hasta convertirse en una sensación incómodamente habitual: la desidia.

El madridismo lo que quiere es volver a sentirse orgulloso de su equipo. No necesariamente orgulloso porque gane, sino porque quienes saltan al terreno de juego transmitan que comprenden dónde están

No hay palabra que haga más daño al madridismo que esa. Esa impresión de que algunos partidos se juegan a medio gas, de que determinados esfuerzos se negocian, de que hay futbolistas que parecen desconectarse emocionalmente del encuentro durante demasiados minutos, como si el simple peso del escudo bastara para resolver situaciones que, en realidad, solo se solucionan corriendo más que el rival, llegando antes a los balones divididos, presionando con convicción o teniendo la personalidad suficiente para rebelarse cuando las cosas empiezan a torcerse.

Es curioso porque el debate casi siempre termina girando alrededor del fútbol, cuando probablemente el problema principal no ha sido futbolístico. Claro que ha habido errores tácticos, decisiones discutibles, lesiones importantes o momentos en los que el equipo ha carecido de equilibrio, pero ninguna explicación convence del todo cuando la imagen que queda grabada en la memoria del aficionado no es la de un conjunto superado por el talento del rival, sino la de un equipo que parecía aceptar determinados acontecimientos con una resignación impropia del Real Madrid, como si perder dejara de ser una anomalía para convertirse simplemente en una posibilidad más. Y el Real Madrid nunca ha construido su historia desde la resignación. Lo hizo desde la rebeldía, desde la convicción de que los partidos terminan cuando el árbitro señala el final y no cuando el marcador se pone cuesta arriba, desde la certeza de que una camiseta no gana encuentros por sí sola, pero sí obliga a quien la viste a dejar absolutamente todo sobre el césped. Incluso cuando el fútbol no acompaña, incluso cuando las piernas pesan o cuando el rival parece superior. Esa ha sido siempre la diferencia entre un gran equipo y el Real Madrid, una diferencia que durante décadas convirtió al club blanco en un competidor prácticamente indestructible.

Por eso sorprende escuchar que el gran reto de esta temporada consiste únicamente en jugar mejor al fútbol, porque, siendo importante, quizás ni siquiera sea lo más urgente. Lo verdaderamente urgente es recuperar una manera de competir que parecía innegociable y que, sin embargo, se fue diluyendo poco a poco, hasta el punto de que muchos aficionados dejaron de enfadarse por una derrota para empezar a enfadarse por la manera en la que llegaba esa derrota, que es infinitamente peor.

El madridismo no necesita que su equipo gane todos los partidos cuatro a cero, ni espera que cada actuación sea una exhibición técnica, porque quien lleva siguiendo al club durante años sabe perfectamente que los campeonatos también se construyen desde el sufrimiento, desde los encuentros grises y desde las victorias trabajadas. Pero sí necesita reconocer determinados comportamientos que siempre formaron parte del ADN del equipo y que parecían haberse convertido en algo excepcional cuando deberían ser la norma.

Lo verdaderamente urgente es recuperar una manera de competir que parecía innegociable y que, sin embargo, se fue diluyendo poco a poco

Quiere ver futbolistas enfadados cuando pierden un balón, jugadores que no den una carrera por perdida, compañeros corrigiéndose entre ellos, líderes capaces de levantar al grupo cuando aparecen las dificultades, y un colectivo que transmita la sensación de que nadie va a regalarle absolutamente nada al rival.

Quiere volver a percibir esa tensión competitiva que tantas veces convirtió al Bernabéu en un escenario donde cualquier remontada parecía posible porque los propios futbolistas eran los primeros en creer en ella. Después llegará el análisis táctico, la evolución del juego, el crecimiento de los jóvenes, el rendimiento de los fichajes y la aparición de nuevas sociedades sobre el campo, pero todo eso será secundario si antes no reaparece una actitud que nunca debió desaparecer, porque el talento existe y nadie discute la calidad de esta plantilla.

Remontada

Lo que está en cuestión no es la capacidad de los jugadores para decidir partidos, sino su disposición para sostener durante diez meses el nivel de exigencia física, mental y emocional que implica jugar en el Real Madrid. Quizás por eso esta temporada represente una oportunidad magnífica para empezar de nuevo desde el punto de vista futbolístico y emocional, recuperando una identidad que parecía haberse difuminado entre excusas, desconexiones y actuaciones impropias de un club que siempre encontró en el orgullo competitivo su principal argumento. Si el equipo consigue reencontrarse con esa versión de sí mismo, el fútbol terminará apareciendo porque la calidad nunca ha dejado de estar ahí; si no lo hace, cualquier mejora táctica será apenas un parche sobre un problema mucho más profundo.

Al final, la respuesta sigue siendo la misma con la que empezábamos. El madridismo no pide imposibles, ni exige perfección, ni reclama victorias garantizadas porque sabe que el fútbol no entiende de certezas. Lo único que siempre ha esperado y lo único que nunca debería dejar de exigir es salir del estadio con la sensación de que sus jugadores lo han dado absolutamente todo. Hay derrotas que se aplauden y victorias que dejan un sabor amargo, pero no existe ninguna circunstancia en la que la falta de compromiso pueda formar parte de la identidad del Real Madrid. Si esta plantilla consigue entender eso desde el primer partido de la temporada, habrá dado el paso más importante de todos; los títulos, como tantas veces ha demostrado la historia, llegarán después por simple consecuencia.

 

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Roberto
Construyendo mi Torre de Babel. Escribo cuando estoy inspirado, casi siempre, sobre fútbol.

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