Hay muchos motivos por los que uno se hace de un determinado equipo. En ocasiones, uno empieza a seguir un deporte o una liga nueva y se siente atraído por un estilo de juego, algún jugador en particular o incluso por un uniforme y unos colores, y, sin darse cuenta, acaba convertido en seguidor de un nuevo equipo. A veces es una decisión consciente, pero la mayoría de las veces no lo es. De rebote, uno acaba siendo seguidor del United, del Milán, de los Rams o de los Heat.
Sin embargo, cuando hablamos de tu EQUIPO, con mayúsculas, de ese que te deja sin cenar en las malas y te lleva en volandas durante la semana en las buenas, sospecho que una de las razones más poderosas, con diferencia, es la herencia.
Yo soy del Madrid porque mi padre era del Madrid.
Porque quería quedarme con él mientras veía los partidos. Porque cuando el Madrid marcaba un gol siempre, sin excepción, chocábamos los cinco. Quería formar parte de esa liturgia, de ese sentimiento, de algo que ya intuía era más grande que nosotros dos. Con ocho, nueve o diez años, las edades en las que uno se enamora de este deporte y de este equipo, ese rato con mi padre era lo mejor de la semana.
Hace pocos días murió mi padre, a la muy injusta edad de 69 años recién cumplidos. Murió, porque los ajenos fallecen, pero los nuestros se nos mueren y nos arrancan un pedazo de nosotros para siempre.
Cuando pienso en nuestras conversaciones, incluso durante los últimos meses, dolorosos y complicados, me doy cuenta de que la mayoría eran sobre fútbol. Al margen de ocasionales charlas sobre política, algún libro o cosas del día a día, la mayoría de las veces que hablaba con mi padre lo hacía del Madrid.
Dicho así, puede parecer poca cosa. Frívolo, superficial o insustancial. Uno habla de fútbol con cualquier conocido o compañero de trabajo, al fin y al cabo. Y sin embargo, dentro de esas conversaciones cabe toda una vida en común. En nuestras opiniones, a veces coincidentes y a veces enfrentadas sobre el Madrid y sus partidos, compartíamos sin saberlo una parte de nuestra verdad sobre el mundo.
Ahora veo los partidos con mi hija, que empezó a interesarse por el fútbol hace pocos años. De forma natural, crearemos nuestros propios ritos y costumbres, nuestras propias ceremonias. Compartiremos momentos que serán sólo nuestros, y que parecerán insignificantes o incluso ridículos a los ojos ajenos, pero que serán nuestro lugar común especial.
Yo seguiré chocando los cinco en mi corazón con mi padre mientras abrazo a mi hija tras cada gol.
Mientras hablamos de la vida. Mientras hablamos del Madrid.
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Muy emotivo. En el dolor está muy bien tener esos recuerdos. Un abrazo madridista.