Amo a José Mourinho. Hasta la confirmación de su segundo advenimiento, clamé por su regreso desde el 1 de julio de 2013, y sólo han hecho falta trece años para que ocurriera. Lo amo por ruedas de prensa como la que siguió a la derrota contra el Atlético de Madrid, en la que templó, mandó y lidió como hacía tiempo que no veía ni oía. ¿Queda con esto suficientemente acreditada mi adhesión a la causa?
El Real Madrid está inmerso en España en competiciones corruptas que son más concursos de chapoteo en mefíticos lodos que deporte profesional. La prensa al servicio del sistema, es decir, casi toda, manipula o, en el mejor de los casos, calla de manera cómplice ante los delitos de prevaricación y corrupción que presenciamos desde hace más de 30 años, y de los que nuestro club es principal perjudicado.
Todo lo anterior tiene una característica común: es exógeno al Real Madrid. El Club no puede controlarlo. Puede rebelarse contra ello, combatirlo o dejarlo pasar de una manera tan pastueña como crispante. Se puede reclamar y exigir, cada uno desde nuestra posición, que no se jueguen determinadas competiciones españolas, que se denuncien las irregularidades y que se abra una lucha abierta contra todo y contra todos los que nos perjudican desde fuera.
La preocupación aparece cuando lo nos daña está dentro, porque ahí sí puede actuar el Club. Puede sancionar conductas inadmisibles, puede intentar hacer cumplir unos valores mucho más definidos que los de aquéllos que presumen de ellos. Puede consagrar principios de trabajo, profesionalidad, lealtad y hombría de bien como inmutables y de obligada observancia por cada persona en nómina del Real Madrid. Por ahora, no parece que lo esté haciendo.
Como en “Rebelión en la granja”, parece que hay elementos que son más iguales que otros y que cuentan con bulas o indulgencias plenarias independientemente de su comportamiento, rendimiento o actitud. Hay jugadores intocables para cuyas tropelías no existen consecuencias negativas.
Si Florentino Pérez se marchó de su primer mandato arrepintiéndose de haber malcriado a los jugadores, ¿qué se supone que está haciendo ahora? ¿No resulta llamativo el respeto a la libertad de expresión de los jugadores cuando se veta la de los socios que muestran pancartas críticas? ¿Por qué se persigue la reventa de entradas con infinitamente más saña que la falta de lealtad que suponen las conductas de Vinícius, Mbappé y Konaté con el rollo —nunca mejor escrito— de las camisetas de apoyo a Ceuta?
¿Ejemplaridad?
Permítanme reírme.
Ahora viene una confesión personal. Si en las pasadas elecciones voté por Florentino Pérez, no fue por conformidad con su gestión, que considero catastrófica desde hace tres años, sino porque la alternativa era infinitamente peor.
Por triste que parezca, el Club se nota sin rumbo, sin dirección y preocupado por menudencias destinadas a hacerlo más atractivo hacia fuera, mientras no ataja los males que lo corroen por dentro, y la receta para el desastre se está demostrando infalible.
Ya puede ocupar el banquillo José Mourinho o Peter Jackson, con Chuck Norris de segundo: lo que queremos es lucha. Queremos valores. Queremos consecuencias.
En una palabra: responsabilidad.
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Pues lamento decirte que Mou se referiría a ti como madridista disfrazado.